Elecciones Fascismo

LA ULTRADERECHA ESPAÑOLA, TAN PIJA Y CLASISTA COMO SIEMPRE (I)

“Los pobres no pueden permitirse el lujo de no tener Patria”, dijo Santiago Abascal en el debate electoral televisado el pasado lunes, 4 de noviembre. Metió la frase con calzador, buscando el titular. Y sus oponentes no le recriminaron que parafraseara al mismísimo Ramiro Ledesma Ramos, el primero en aunar en España la teoría y la práctica del fascismo.

Ramiro Ledesma Ramos (1905-1936)

Pero lo que llama realmente la atención es que VOX haya tardado tanto en incorporar un discurso más social a su propaganda, a la manera de Le Pen en Francia, por ejemplo y sin ir más lejos, y se haya contentado con el mensaje ultranacionalista y xenófobo. Ante la presumible subida del partido en votos y escaños, aún deberíamos considerarnos afortunados por haber tenido una ultra derecha “tan pija y clasista” (citando a Gaspar Llamazares). Hasta ahora, claro.

SPAIN IS DIFFERENT   

Si hiciéramos una interpretación gruesa del fenómeno fascista en la Europa de entreguerras, nos contentaríamos con calificar estos llamamientos como cantos de sirena destinados a embaucar a la clase obrera. Sin embargo, el asunto es algo más complejo. En el caso de los dos modelos clásicos, el fascismo italiano y el nazismo alemán no fueron una invención de los poderosos, sino que nacieron en los tugurios, en las tabernas, en las zahúrdas, en los hogares fríos y destartalados.

[Mussolini y Hitler] atraen, sugestionan a las multitudes, ofreciéndoles no ideas, doctrinas ni problemas abstrusos de justicia y emancipación social; con eso se hubiesen quedado solos el primer día que predicaron; ofrecen pan, comida, dinero; ofrecen empleo, trabajo; ofrecen seguridad y puntualidad en la retribución; ofrecen, no el esfuerzo que ha de hacerse para producir, sino la producción que, oronda e insultante, se muestra en los escaparates de las tiendas. Los primeros y más decididos soldados del fascismo son los hambrientos, los sin trabajo, los que no tienen qué comer. Después vienen los que temen perder el empleo o arruinarse por la crisis, y en última instancia vienen los poderosos, porque temen que aquello, al crecer, les quite lo que tengan. Y precavidos, se sangran en salud, consiguiendo dos finalidades: asegurar lo que poseen y desviar el cauce del movimiento de protesta.[1]

La crisis del sistema capitalista, con su cortejo de parados forzosos, y el nacionalismo exacerbado herencia de la Primera Mundial, unido a la amenaza revolucionaria de la izquierda obrera y a un sistema democrático liberal, garantista y decadente, crearon un espacio accesible al fascismo. Luego, sí fueron las elecciones de unos cuantos dirigentes del orden establecido las que situaron realmente a los fascistas dentro de ese espacio. Por ello, al principio, los conservadores alemanes se inquietaban ante determinadas afirmaciones de los intelectuales nazis; lo mismo que los italianos con algunos obreros fascistas como Edmondo Rossoni (1884-1965), jefe de los sindicatos del movimiento hasta 1928. Es más, cuando los fascistas se dedicaban más tiempo a provocar desórdenes que a combatir el comunismo perdían su apoyo, por lo que a la larga resultó mucho más eficaz la propaganda y los gestos simbólicos que la violencia.[2] La misma Marcha sobre Roma (del 27 al 29 de octubre 1922), que concluyó con el nombramiento de Mussolini como primer ministro por el rey Víctor Manuel III, tuvo más de representación teatral que de golpe violento.

Dicho esto comprenderemos mucho mejor el caso español. Aquí, las tentativas de crear un movimiento fascista carecieron siempre de base obrera, nunca mayoritaria tampoco en los ejemplos mencionados, pero indispensable para crear movimientos de masas como eran los fascismos. Comprobaremos que fueron proyectos sufragados en su mayor parte por la derecha radical y los monárquicos, hasta en el caso de Ramiro Ledesma, a menudo puesto como ejemplo de fascismo socializante; e incluso que la iniciativa de crear publicaciones y organizaciones partía no pocas veces de los propios financieros, cuyos nombres se repiten una y otra vez, a menudo repartiendo los huevos en diferentes cestas. Aunque lo más chusco, como veremos en otra parte, será comprobar cómo los dos líderes del fascismo a la española, Ledesma y José Antonio Primo de Rivera (1903-1936), se enzarzaron en una discusión en la prensa de la época acusándose mutuamente de recibir dinero de los poderosos.

LA CAMISA NEGRA

A finales de 1922, tras la Marcha sobre Roma organizada por Benito Mussolini, el diario madrileño La Acción hacía llamamientos al golpe de Estado y alababa las virtudes al fascismo. Su director era el político y periodista Manuel Delgado Barreto, que pretendía crear un movimiento similar en España []​junto a un grupo de mauristas (movimiento precursor de la derecha radical inspirado en el político mallorquín Antonio Maura y su hijo Gabriel) y miembros de grupos rompehuelgas como la Unión Ciudadana y el Somatén. Sufragaron y publicaron la revista La Camisa Negra con objeto de facilitar la aparición de “un Mussolini español” y crear una milicia llamada Legión Nacional, a cuyas filas convocarían a los veteranos de la guerra de Marruecos descontentos con los derroteros del conflicto y con su situación personal. El objetivo de los llamamientos era tanto las clases medias como el proletariado, calcando el patrón del fascismo italiano, en una coyuntura histórica española propicia para su difusión y consolidación.[3]

Manuel Delgado Barreto (1879-1936)

EL ALBIÑANISMO

Otro precedente, fascistoide más que fascista y próximo a la derecha radical francesa (Acción Francesa y sus paramilitares: Camelots du Roi), fue el movimiento liderado por José María Albiñana (1883-1936), a medio camino entre la admiración a la dictadura italiana por su carácter contrarrevolucionario y los recelos ante el carácter popular y revolucionarios con que se presentó en su origen el movimiento escuadrista. El Partido Nacionalista Español y su milicia Legionarios de España, con camisa azul celeste y una cruz de Santiago bordada en el pecho, se formaron durante el fin de la Restauración y subsistieron durante los años republicanos, siempre con escasa financiación. Ésta procedió, sobre todo, de los reaccionarios de la Unión Monárquica Nacional, heredero del partido único de la Dictadura de Primo de Rivera, y del «fondo de reptiles» (dinero recaudado fuera de lo estrictamente establecido y que se utiliza en operaciones no presupuestadas ni registradas, como la compra de voluntades) de la Dirección General de Seguridad encabezada por Emilio Mola.[4]

LA CONQUISTA DEL ESTADO (LCE)

Junto a un grupito de afines, a principios de 1931, Ramiro Ledesma creó este semanario inspirado en el periódico fascista romano La Conquista dello Stato, fundado por Curzio Malaparte, y cuyo primer apareció el 14 marzo.  Incluye un manifiesto con un programa político de 17 puntos con algunas medidas corte socializante, como la expropiación de los terratenientes (nº 14) o la búsqueda de la justicia social (nº 15).

Las tierras expropiadas, una vez que se nacionalicen, no deben ser repartidas, pues esto equivaldría a la vieja y funesta solución liberal, sino cedidas a los campesinos mismos, para que las cultiven por sí, bajo la intervención de las entidades municipales autónomas, y con tendencia a la explotación comunal o cooperativista.[5]

José María de Areilza (1909-1998)

Sin embargo, tras probar suerte con el político catalanista conservador Francesc Cambó y con el financiero mallorquín Juan March, en enero de 1931 Ledesma logró el respaldo económico –otra vez— del «fondo de reptiles» proporcionado por el último gobierno de la Monarquía, presidido por el almirante Aznar, así como de banqueros e industriales vizcaínos: José María de Areilza, José Félix Lequerica, Luis María Zunzunegui, María del Pilar Careaga, Hurtado de Mendoza, el diplomático José Antonio Sangróniz, etc.[6] Poco interesados en el tono radical de LCE, lograron que no aparecieran críticas al capitalismo financiero en sus páginas.

José Félix Lequerica (1890-1963)

Tras la proclamación de la II República, el 14 de abril, la cantidad asignada por el gobierno dejó de recibirse, y la escasa ayuda de los banqueros bilbaínos se comenzó a destinar a grupos intelectuales más prometedores, como la futura Acción Española, así como a organizar las primeras actividades conspirativas contra el nuevo Estado. Sin dinero, el grupo originario perdió miembros y el semanario hubo de buscar suscriptores y protectores por una suma de 50 pesetas anuales. En cambio, la independencia económica respecto de los monárquicos les permitió ahondar su discurso revolucionario. Un fenómeno que se repetirá años más tarde en la Falange. Volveremos sobre ello.

JUNTAS DE OFENSIVA NACIONAL-SINDICALISTA (JONS)

Mientras tanto, en Valladolid, otro grupo liderado por Onésimo Redondo (1905-1936) publicaba Libertad, periódico de rasgos fascistoides, aunque de rancia tradición católica y agrarista. El primer número pudo salir a la luz el 13 de junio de 1931 gracias a 2.500 pesetas donadas por la familia Martín Alonso, amiga de Redondo, y más adelante recibió ayudas de grupos católicos.[7] En agosto dieron un paso más y fundaron las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica.

La unión de las agrupaciones de Madrid y Valladolid dio lugar, en octubre, a las JONS.  La fusión, que  obedeció más a razones estratégicas y económicas que a afinidades ideológicas, fue impulsada por el mismo grupo del empresariado vasco interesado en acosar a la República a través de grupos violentos radicales.[8]

Juan March (1880-1962)

Libertad siguió siendo el portavoz único del nuevo grupo, hasta que en mayo de 1933 se publicó la revista mensual JONS, que consiguió salir a la calle gracias a una ayuda económica del contrabandista y financiero mallorquín Juan March[9] y a 10.000 pesetas otorgada por los monárquicos vascos para lanzar la revista, armarse y mejorar infraestructuras, consiguiendo 400 nuevos adherentes entre los estudiantes y mayor presencia en las calles. Como cuenta el propio Ledesma en ¿Fascismo en España? (1935) tras el pseudónimo Roberto Lanzas, José Félix Lequerica y José María de Areilza fueron los intermediarios para recaudar el dinero.[10]

EL FASCIO

Los diferentes grupúsculos fascistas, entre los cuales encontramos ya a José Antonio Primo de Rivera, habían confluido en marzo de 1933 en una nueva publicación llamada El Fascio. Haz Hispano, cuyo consejo de redacción estaba compuesto por los jonsistas Ledesma y Juan Aparicio, a título individual; los escritores Ernesto Giménez Caballero y Rafael Sánchez Mazas, quizá los dos teóricos más importantes del fascismo español; y el propio José Antonio. El periódico, de vida efímera porque las autoridades ordenaron el secuestro de la edición y no permitieron publicar más números, había sido ideado y costeado –otra vez— por Manuel Delgado Barreto,[11] quien había colaborado en la Dictadura de Primo de Rivera y dirigía el diario La Nación, que contaba con el hijo del Dictador como su mayor accionista. A esta iniciativa, con apoyo de la embajada italiana, se unieron durante una velada en casa de Ernesto Giménez Caballero los directores del diario de Juan March, Informaciones (Juan Pujol) y La Época (José Ignacio Escobar y Kirkpatrick, marqués de las Marismas), además del futuro fundador de Falange Alfonso García Valdecasas, un periodista alemán y presumiblemente el embajador italiano Raffaele Guariglia.


[1] PESTAÑA, Ángel: “¿Fascismo?”, La Libertad, 21-4-1933, Madrid.

[2] PAXTON, 2019, pp. 140, 180 y 190.

[3] GIL PECHARROMÁN, Julio: “Un partido para acabar con los partidos: el fascismo español, 1931-1936”, Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne, núm. 51, 2017, pp. 69-84.

[4] GONZÁLEZ CALLEJA, Eduardo: “Camisas de fuerza. Fascismo y paramilitarización”, Historia Contemporánea, núm. 11, 1994, Bilbao, pp. 56-57.

[5] “Nuestro manifiesto político”, LCE, núm. 1, 14-3-1931, Madrid, pp. 1-2.

[6] PAYNE, 1965, p. 10; ELLWOOD, 1984, p. 28; GALLEGO, 2005, p. 110.

[7] GALLEGO, 2005, p. 111; TOMASONI, 2014, p. 126.

[8] GONZÁLEZ CALLEJA, Eduardo: “Camisas…, cit., p. 62.

[9] GONZÁLEZ CALLEJA, 2011, p. 157.

[10] LANZAS, 1935, pp. 33-34; GIL PECHARROMÁN, 1996, p. 183.

[11] LANZAS, 1935, p. 74; PAYNE, 1965, p. 23; GIL PECHARROMÁN, 1996, p. 165.

BIBLIOGRAFÍA

ELLWOOD, Sheelagh (1984), Prietas las filas. Historia de Falange Española, 1933-1983. Barcelona: Crítica.

GALLEGO, Ferran (2005), Ramiro Ledesma Ramos y el fascismo español. Madrid: Síntesis.

GIL PECHARROMÁN, Julio (1996), José Antonio Primo de Rivera. Retrato de un visionario. Madrid: Temas de hoy.

GIL PECHARROMÁN, Julio, “Un partido para acabar con los partidos: el fascismo español, 1931-1936”, Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne, núm. 51, 2017, pp. 69-84. Disponible en http://journals.openedition.org/bhce/673 (Consulta: 6-11-2019).

GONZÁLEZ CALLEJA, Eduardo: “Camisas de fuerza. Fascismo y paramilitarización”, Historia Contemporánea, núm. 11, 1994, Bilbao, pp. 55-81. Disponible en https://www.ehu.eus/ojs/index.php/HC/article/viewFile/19663/17545 (Consulta: 22-9-2019)

GONZÁLEZ CALLEJA, Eduardo (2011), Contrarrevolucionarios: radicalización violenta de las derechas durante la Segunda República, 1931-1936. Madrid: Alianza Editorial.

LANZAS, Roberto (1935), ¿Fascismo en España? (Sus orígenes, su desarrollo, sus hombres). Madrid: La Conquista del Estado. Disponible en https://es.scribd.com/document/217000205/Fascismo-en-Espana-Ramiro-Ledesma (consultada el 5-10-2018).

PAXTON, Robert O. (2019), Anatomía del fascismo. Madrid: Capitán Swing.

PAYNE, Stanley G. (1965), Falange. Historia del fascismo español. París: Ruedo Ibérico.

TOMASONI, Matteo (2014), Onésimo Redondo Ortega. Vida, obra y pensamiento de un sindicalista nacional (1905-1936) [tesis doctoral]. Universidad de Valladolid. Disponible en https://uvadoc.uva.es/bitstream/handle/10324/7379/TESIS599-141204.pdf;jsessionid=8383EFAF11239A8948DE6536A773422B?sequence=1 (Consulta: 5-11-2019).

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