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Enfermedad, religión y poder. La peste negra del siglo XIV [Jordi Maíz]

 

Jordi Maíz – Grup d’Estudis Llibertàris Els Oblidats
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Texto aparecido originalmente en Illa Negra, nº2. Mayo 2020.

Al atardecer aparecían —entre silencios— esas figuras de larga capa, rostro cubierto y máscara con pico de ave. Se entremezclaban en el interior de esa protección, diferentes olores por el vaivén de las hierbas aromáticas que allí se introducían. ¿A qué se debía semejante ungüento? Con ello pensaban ahuyentar los males, pues creían que la epidemia se transmitía a través del olfato. A su alrededor, varios cuerpos estirados sobre las callejuelas y unas manos, entre sollozos, se levantaban al paso de las capas negras esperando una simple ayuda. Este podría ser el relato de cualquiera de los espectadores de las epidemias de peste que asolarían el siglo XVI y que no diferían mucho de la gran peste negra de 1348 que devastó Europa. Hasta la fecha, esa pandemia —la de mitad del siglo XIV— es considerada la plaga más mortífera que pasó por occidente en los últimos tiempos. Por su extensión geográfica y por la elevada mortalidad —que en algunos casos superó incluso un 60% de la población— marcó un antes y un después difícil de prever.

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Expansión de la pandemia de Peste Negra en el siglo XIV. Fuente: Reporte Índigo

Pocas zonas se salvaron del envite, los cadáveres se amontonaban por el trazado y los edificios asistenciales de las ciudades. Las urbes, verdadero hervidero del nuevo escenario económico, político y cultural de los siglos bajomedievales, se convirtieron en un macabro panorama para la multiplicación del contagio. La Edad Media fue una etapa —como las pasadas y las que vendrán— con grandes carestías, hambrunas y guerras constantes que no hacían más que dejar en la más absoluta miseria a la mayor parte de la población. La cotidaniedad de la muerte permitía por un lado, la búsqueda de explicaciones y creencias con las que ocupar el tiempo y la mente mientras que, por otro, banalizaba también las desgracias del día a día. Quienes vivieron el acontecimiento se aferraron a todo tipo de creencias, bulos y especulaciones, para que en buena parte de las mentes se configurase una explicación con la que poder marcar un punto y aparte.

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Las rutas comerciales entre ciudades, malas cosechas y pésimas condiciones de vida, guerras y otros factores ayudaron a la expansión de la Peste Negra. Fuente del mapa: El Independiente.

¿Era una señal del Apocalipsis? Así lo creyeron muchos, desde ancianos a niños, pasando por todos los oficios; los teólogos no iban a ser menos, pues entre ellos convivían todo tipo de debates sobre la mísera vida terrenal y las maravillas del mundo por venir. Tomás de Aquino, el santificado, se acogía a esos argumentos cuando afirmaba que la muerte humana —más allá de las guerras y epidemias— era fruto del castigo de Dios[1], que los condenaba a perder su paraíso a consecuencia del pecado original. Pues eso era en realidad lo mundano, la causa y la consecuencia de sus hechos, que como seres predestinados —según las creencias de muchos del momento— acabarían afectando, casi por igual, a un hortelano de la Palencia del siglo XII, a las trabajadoras que cardaban lana en Gante o a los herreros de las manufacturas de Pisa. El mundo de las creencias y de los temores tenía en la Edad Media una presencia significativa. Pese a ello, los historiadores se empeñan en buscar testimonios y relatos sobre la muerte en el medievo, sobre sus grandes místicos o textos que versan sobre biografías de monarcas y emperadores; mientras que abandonan el relato sobre la desgracia común, la vida mundanal y cotidiana, la vulgaridad.

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La Peste Negra en Tournai (Bélgica) en 1348. Fuente: The Black Death

De la epidemias de peste del siglo XIV sabemos algunas cosas y se repiten otras tantas con poco fundamento. A ciencia cierta, desconocemos el origen del gran azote de 1347/1348, pese a que la mayor parte de especialistas lo sitúan en los entornos montañosos del suroeste de Asia, en la confluencia de lo que hoy sería Mongolia, China y norte de la India. Las noticias que conservamos, a cuentagotas, describen brotes de peste por aquellos entornos en varias etapas de la primera mitad del siglo XIV. No eran los primeros brotes, ni serán los últimos, pues esta parte del mundo, al igual que otras, no están ni estarán al margen de las infecciones que se han propagado a lo largo de la Historia. Seguramente, la epidemia empezó a circular entre viajeros, trajineros, feriantes y comerciantes de esos lugares, hasta que a través de la rutas mercantiles, los mercaderes genoveses la transportaran hasta sus emporios del Mar Negro [2]. En la ciudad portuaria de Caffa (actual Teodosia, Crimea) la epidemia ya era una realidad en los años cuarenta del citado siglo. La urbe, desde el siglo XIII, era un enclave estratégico en manos de la todopoderosa república de Génova, es decir de sus mercaderes, quienes se aseguraban el control de ese lugar como si de una plataforma logística se tratase. Caffa era un escenario geopolíticamente muy importante, por lo que no era de extrañar que varios pueblos se disputaran y aspirasen al control de la ciudad y las caravanas que allí confluían; el pastel era muy goloso.

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Ejemplo del famoso uniforme de doctor durante los diferentes episodios de Peste Negra en la crisis del medievo y Época Moderna. Fuente: University of Iowa

Los tártaros, originarios de la cercana Mongolia, encabezados —en esos momentos— por Djani Beck, se habrían lanzado al asedio del valioso enclave [3]. Desde 1343 habían aumentado sus operaciones para controlar el lugar, que soportaría —gracias a su excelente sistema defensivo— esos ataques. A pesar de la disputa política en la zona, al poco tiempo la epidemia era también una realidad tanto para los habitantes de Caffa como para los que la asediaban. Los soldados tártaros morían con cierta rapidez; Beck y sus tropas decidieron pasar a la acción de la forma más virulenta posible. Se atrevieron a catapultar al interior de la ciudad a los soldados muertos y moribundos. Por un lado, provocarían un pánico indescriptible más allá de los muros que la defendían; mientras que por otro, multiplicarían —quizás sin saberlo— el contagio entre los resistentes de sus fortificadas calles.

Llama la atención que a la gran peste negra de 1348 se le denomine así, cuando apareció y se propagó unos años antes, cuando ya estaba presente en Europa (Génova o Venecia por ejemplo) hacia 1347 y cuando su extensión temporal sobrepasa la citada fecha. Sea cuando fuere, la epidemia se diseminó por buena parte de Europa a gran velocidad; en muchos casos, por tierras maltrechas en el contexto de la ‘Guerra de los Cien Años’, inmersos parte de sus habitantes en lo que se vino a denominar la crisis del siglo XIV [4]. Un buen ejemplo de la desesperada situación serían los testimonios que relatan —por ejemplo— la huida masiva de médicos de las zonas más conflictivas. En esa época, la sanidad —si me permiten la expresión— distaba mucho de cómo la conocemos en la actualidad. Pero pese a ello, podemos lanzar ciertas hipótesis cuando nos acercamos a la idea de que la epidemia, aunque no entendía de clases, tenía categorías. Las gentes de bien, en el sentido económico, los ricoshombres del lugar podían pagarse un servicio médico y una asistencia quizás más cuidadosa; que si bien no les libraba de la muerte, podía facilitarles algunas atenciones. La mayor parte de la población carecía de esos servicios, por lo que su suerte y sus necesidades más básicas, dormir a cobijo, beber agua y comer, quedaban pendientes de los grupos y personas, que de forma totalmente voluntaria y gratuita mayormente, pudieran ofrecerles, aunque fuera desde la distancia.

En Génova, Florencia o Venecia, repúblicas con un alto porcentaje de labores mercantiles, el número de infectados crecía rápidamente y los muertos —según algunos datos— pudieron superar con creces el 50% de la población. ¿Qué explicación se podría dar a semejante calamidad? ¿Se debía culpar a los mercaderes genoveses en la propia Génova? ¿A quién culpar de la epidemia? Se necesitaban respuestas inmediatas pero también soluciones y esperanzas a medio y largo plazo. En el imaginario colectivo de las repúblicas italianas parecía difícil hacer responsables a mongoles o chinos, en tanto que, para la mayoría de la población eran dos palabras y conceptos que no existían, eran una quimera quizás al alcance de muy pocas personas. Y la situación exigía una respuesta creíble, cercana, palpable y quizás, terrenal. Así que pronto se encendería el engranaje para culpabilizar a propios y extraños de tales sucesos, el chivo expiatorio estaba ya en marcha [5].

Mientras llegaban nuevos rumores, inculpados y posibles tratamientos, se repetía la idea de que las plagas eran castigo de Dios y el mejor bálsamo eran las ceremonias expurgatorias. Después de 1348 proliferaron todo tipo de actos contra la epidemia y sus males, los terrenales y los espirituales; los confinamientos, castigos y autocondenas eran cada vez más habituales. Las brutales imágenes de los flagelantes, con sus métodos de castigo físico duro y sanguinario, animaban el inconsciente de los espectadores y cumplían un ritual místico de difícil parangón. Las ceremonias, en muchos casos multitudinarias, no hacían más que propagar la enfermedad. Pero, ¿de qué servían esas oraciones si parte de la población no creía o simplemente no las cumplía? Eso debieron pensar, así que la solución era relativamente fácil, de las peregrinaciones y romerías se pasó —en un abrir y cerrar de ojos— a los sermones públicos a los que finalmente se obligó a asistir a personas y colectivos sobre los que recaían todo tipo de sospechas. Algunos judíos, por ejemplo, fueron obligados no sólo a escuchar estas arengas, sino que se empezaron a realizar en el interior de sus propios templos, en las sinagogas, bajo pena de castigo corporal y económico. La cuestión no era menor, pues pasamos de la esfera privada, de la oración silenciosa en sus habitáculos, a la obligatoriedad de actos públicos en lo que se acusa a unos y otros de las desgracias individuales y comunes. Sólo faltaba sobrepasar una delgada línea para hacer brotar los ataques y hogueras en las que sacrificar —cuán ceremonia iniciática— con la esperanza de esperar el fin de la maldición.

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Flagelantes del s.XV. Fuente: Wikimedia

Para los cristianos del medievo, los judíos eran —ante todo— los sospechosos habituales de la crucifixión y muerte de Jesús; por tal motivo, a lo largo del tiempo habían sufrido innumerables ataques. Para buena parte de la opinión de la época, los judíos como grupo, habían orquestado una planificada conjura para acabar no sólo con Jesús, sino con el cristianismo en su totalidad. Por ello serían acusados, a la vez que supuestamente descubiertos, por sus malignos planes. Para algunas mentes de la época, los judíos habían envenenado las fuentes de agua con la temida enfermedad, la peste negra. El tiempo que pasó entre la acusación y la acción contra ellos fue relativamente breve. En diversos lugares del continente o en las islas mediterráneas, se atacó a personas y propiedades judías, asaltaron sus casas y negocios para acabar con tanto mal. Había sido relativamente fácil olvidar a los genoveses en todo este asunto, pero los testimonios también afirman que las casas de los grandes comerciantes genoveses fueron motivo del pasto de la turba tanto en 1348 como en los grandes ataques contra los judíos en el año 1391 [6], pero de eso casi nadie se acuerda. De los púlpitos a los incendios, el escaso tiempo que pasó entre la acusación y la acción determinó también la violencia a la fueron sometidos. En diversos lugares se asaltaron viviendas y negocios para dar fin a la pandemia, en urbes del centro del continente se documenta la quema —en vida— de más de 500 personas [7]; en las juderías del Sur de Europa fueron asesinados individuos en diversas localidades, saqueadas y quemadas pertenencias de cualquier acusado de prácticas judaicas. En algunos lugares ya se había expulsado a los judíos tiempo atrás, con motivo de otras acusaciones, en las que se involucraron a templarios, cátaros y demás heterodoxias; no había tregua. ¿La ausencia en estos lugares de pobladores judíos les eximió de la plaga? Por lo que sabemos no fue muy diferente de lo que ocurrió en algunas zonas del norte de Europa en las que las citadas herejías, ni los judíos tenían presencia alguna, la epidemia fue también muy mortífera [8].

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Fosa de los judíos de Tàrrega. Restos arqueológicos de un antiguo cementerio judío medieval en la ciudad catalana de Tàrrega. Las investigaciones arqueológicas han registrado dos fosas comunes con 69 personas enterradas, posiblemente víctimas del asalto al callo judío de la ciudad en 1348. Fuente: Museu de Tàrrega

Al margen de la polémica religiosa y de las salvadoras acciones relatadas, cierto es que la dinámica del siglo XIV y del escenario político posterior fue muy diferente. El paso del tiempo no volvió a dejar las cosas como estaban. Cuentan las crónicas que el pillaje y la delincuencia se extendieron, incluso algunos y algunas se dieron al libertinaje; clérigos entregados en cuerpo y alma a los placeres terrenales, a la ruptura del celibato, llegando a la locura de la ciudad terrenal. Las nuevas y viejas calamidades, miedos y guerras de la época, se manifestaron en enfrentamientos a sangre y fuego. Las monarquías, los decadentes poderes feudales, la Iglesia y la nueva burguesía mercantil, en una pugna constante, se disputaban sus espacios y cuotas de poder. El modus vivendi de las élites no dependía exclusivamente de la peste negra, ni de tal o cual guerra, sino más bien de la situación de privilegio o poder en la que quedasen después de dicha fatalidad, y eso era una carrera a la que no estaban dispuestos a renunciar.

Notas

01 Summa theologica, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2010.
02 Benedictow, Ole J.: La Peste Negra, 1346-1353. La historia completa, Akal, Madrid, 2011.
03 Hommaire de Hell, Xavier: Les steppes de la mer Caspienne, le Caucase, la Crimée et la Russie méridionale. Voyage, Vol. 2, Chez P. Bertrand Ed., París, 1848.
04 Hilton, Rodney (ed.): La transición del feudalismo al capitalismo, Crítica, Barcelona, 1977.
05 Niremberg, David: Communites of violence. Persecution of Minorities in the Middle Ages, Princeton University Press, Nueva Jersey, 1996; Valdeón Baruque, Julio: El chivo expiatorio. judios, revueltas y vida cotidiana en edad media, Ámbito, Valladolid, 2000.
06 Wolff, Philippe: “The 1391 Pogrom in Spain. Social Crisis or Not?,” Past and Present, 50 (1971): 4–18.
07 Por ejemplo así ocurrió en Basilea (1348), Erfurt (1349) o Estrasburgo (1349). Niremberg, David: Communites of violence…; Foa, Anna: The Jews of Europe after the Black Death, University of California Press, Oakland, 2000.
08 Benedictow, Ole J.: La Peste Negra…

3 comentarios

  1. Si sabemos algo de las ciudades es por que alli estaban normalmente los cronistas y las personas letradas que podian escribir. Pero en las ciudades medievales solo vivía el 10% de la población total. Funcionarios, comerciantes, jefes militares, curia…. el pueblo no vivía alli casi. Vivían en el rural.
    Las ciudades era sitios insalubres y propensos a enfermedades, amen de la corrupción financiera, claro.
    Las ciudades no era lo que era la Edad Media, solo la de sus amos. Fueron ellos los quepropalaron la enfermdad por el rural, precisamente, huyendo de ella.

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  2. Sobre lo sjudios, si bien es verdad que habia una idea d eenemigos del cristianismo, no se les atacaba solo por eso. Los oficios de algunos judios era odiosos para la mentalidad cristiana no financierista del rural cristiano: cobraban los impuestos (la nobleza y corona les otorgaba esa labor

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  3. Sobre los judíos, si bien es verdad que había una idea de enemigos del cristianismo, no se les atacaba solo por eso. Los oficios de algunos judíos era odiosos para la mentalidad cristiana no financiera del rural cristiano: cobraban los impuestos (la nobleza y corona les otorgaba esa labor, esa y la de prestamistas (con intereses altisimos): Eso les granjeaba la animadversión no solo del rural si no de la nobleza. Resultaba que cuando la nobleza y corona se habia endeudado demasiado con los prestamistas judíos… preferían no tener que devolver el prestamista… y comenzaban a exaltar a las masas y a sacar a relucir el viejo rollo de que si nos querian mal…. aprovechando cualquier situación negativa, como las enfermedades. Eran el chivo expiatorio perfecto, pero no solo por su religión (los guetos eran tanto hechos por los cristianos como por ellos mismos que no querían tampoco mezclarse con los cristianos: era un aislamiento querido y oportuno por ambas partes), si no por la animadversión hacia sus negocios, que sufrían duramente). Así pues también era una lucha de clases encubierta, no un mero racismo o xenofobia sin sentido. Eran estilos de vida muy diferentes: el urbano financiero y el rural comunalista y de intercambios.

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