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Vida triste de mujeres alegres. Prostitución en España en los albores del siglo XX [Soledad Bengoechea]

Huid, huid de las mujeres / Que son dañosas culebras

En todas las épocas en las que la literatura ha tenido carácter social, la figura de la prostituta ha sido frecuentemente representada.1

Pintadas, cantadas, filmadas, esculpidas y especialmente escritas, las prostitutas han sido reflejadas en las artes desde diferentes ópticas que van desde la degradación al poder sutil, pasando por refugio de amores frustrados.2 Mujeres tan señaladas por la sociedad como inspiradoras de personajes artísticos en una gama que las mostraba como personas liberadas, o como viles pecadoras, influyentes hetairas y cortesanas, crueles, mentirosas y ambiciosas, seres que se abrían paso en la vida o servían de consuelo de los hombres. Muchas veces, lejos de la denuncia periodística, la literatura ha dado visos de normalidad y ha idealizado la prostitución. ¡E incluso lo ha hecho el cine! A menudo se dice que eran mujeres libres, olvidando que siempre estaban bajo el mandato de los hombres.

Durante siglos, España se debatió entre posicionamientos diferentes en relación al meretricio. El debate comenzó hacia el siglo XIII, cuando la prostitución se encontraba consentida, controlada y reglamentada por los poderes políticos y religiosos, en base al mantenimiento del bien común a partir de lo que el filósofo José Antonio Marina ha llamado «el mito del desahogo». Dicho mito entra dentro de los sistemas de legitimación de la prostitución. Sostiene que favorece el incontrolable instinto masculino responsable, al ser reprimido, de actos violentos contra la mujer y el orden público. El eterno asunto de la prostitución, como suele decirse habitual huésped de la noche, llegó a ser una cuestión especialmente preocupante en la época, con mayor incidencia durante el último tercio del siglo XIX y principios del XX. Así lo demuestran los documentos municipales y gubernativos, las medidas profilácticas y los numerosos textos sobre la cuestión editados en este período, por no hablar de la muy leída novela de Eduardo López Bago: La prostituta (1884).

Para los médicos higienistas, la prostitución constituyó una de sus principales preocupaciones. Era evidente que las enfermedades de transmisión sexual causaban estragos. Así es como la moralidad como exponente del comportamiento social de las gentes, por una parte, y la profilaxis como método para evitar las posibles enfermedades, por otra, se impusieron en aquella sociedad. El resultado fue la creación de institutos profilácticos encargados del control de las enfermedades venéreas. A partir de la elaboración de estadísticas, se aportaron medidas que tenían como finalidad aminorar las consecuencias de las enfermedades derivadas de su ejercicio, en especial de la temida sífilis, el llamado mal francés. A principios de siglo XX, a los aquejados de esta afección se les recomendaba el Salvarsán, un compuesto orgánico de arsénico. La sífilis podía llegar a provocar ceguera, parálisis, demencia, trastornos neurológicos y muerte. A las meretrices controladas se les expedía un certificado de sanidad que debían llevar siempre con ellas. Estaban obligadas a renovarlo cada mes. Estas medidas no obtuvieron mayores resultados. Ni la policía, ni los clientes exigían el certificado, por lo que los tratamientos médicos de las enfermedades sexuales requerían de constancia y disciplina que a menudo ni prostitutas ni enfermos estaban dispuestos o podían.

El burdel, junto con otras formas de prostitución, como la clandestina, fue tolerado siempre con la condición de que no se situara próximo a escuelas e iglesias. En realidad, formó parte de los barrios bajos del espacio urbano y social español dentro de lo que podemos considerar como la «edad de plata» de la prostitución reglamentada, tolerada, que se sitúa entre mediados del siglo XIX a 1935. En el año 1900, de hecho, la totalidad de las 18 ciudades españolas con más de cincuenta mil habitantes disponía de una reglamentación y un servicio local de higiene especial. Y ya entrado el siglo XX, rara era la ciudad, por muy pequeña que fuera, donde no hubiera el correspondiente servicio de atención en el mismo sentido. Durante la dictadura franquista, concretamente en 1941, se prohibió esta ley, pero durante la posguerra, tiempos de hambres y penurias, la prostitución se extendió a lo largo de la geografía española. Y así se llega al 18 de junio de 1962, en que España se convirtió de manera oficial en abolicionista. A pesar de que la democracia fue restaurada en 1975, no se revisó el Código Penal hasta 1995, en el cual la mayoría de las leyes que regulaban la prostitución fueron abolidas. Revisiones posteriores, en 1999, se dirigieron mayormente a penalizar el tráfico de personas relacionado con la prostitución, y en el año 2000 la ley de Inmigración siguió otros precedentes europeos de ayuda a víctimas del tráfico de personas dándoles asilo si colaboraban con las autoridades.

A principios del siglo XX, en el País Vasco «el mundo del pecado» gozaba de una cierta tolerancia, siempre y cuando las «mujerzuelas» no se mezclasen con las «mujeres honradas», “que no se encontrasen en los mismos espacios públicos, que no se las pudiera confundir a unas y otras, encerrándolas si era necesario, creando guetos, llevándolas a los extrarradios de las ciudades, marcándolas con una vestimenta específica.” A nadie le gustaba que le recordaran que estaban ahí. Esta invisibilidad solo se rompía cuando las instituciones se veían obligadas a abordar el tema con fines higienistas. Y no porque hubiese una preocupación por la salud de estas mujeres, sino para que no contagiasen sus enfermedades a ciudadanos considerados respetables. Hay que tener en cuenta que los lupanares pobres de entonces estaban mal ventilados y eran nidos insalubres de bacterias, virus y de todo tipo de parásitos, insectos y ratoncillos. Estaban ubicados en casas de apariencia asimétrica, generalmente edificadas con maderas, con techo de zinc, donde combatían el calor imperante con abanicos que colgaban de sus techos. Las paredes de las habitaciones estaban desnudas o decoradas de manera exuberante, lujuriosa y los camastros cubiertos con sábanas que muy de vez en cuando veían el agua y el jabón; toscas mantas los cubrían en el frío invierno.3

Prostitución y miseria

No había trabajo, no había para comer, no había nada y me tiré a la calle. Lo único que me dijo mi madre fue «Haz lo que te dé la gana, pero sin quedarte embarazada4.

Aunque todo indica que la prostitución, en general, nunca ha sido voluntaria, no existen estadísticas que permitan demostrarlo. Fuentes diferentes a las frías estadísticas indican que ha sido siempre un recurso para paliar la pobreza extrema. Acudamos sin más a la literatura. Se podía llegar fácilmente a ser una prostituta. Imaginémonos un hogar con una joven que tiene una hermana tuberculosa, una madre con los huesos deformados de lavar ropas ajenas y un padre en paro. Un tupido velo no permite vislumbrar datos sobre los grados de violencia que se han ejercido siempre en las prácticas sexuales en el mundo del libertinaje, tanto voluntaria como no. También difumina la observación de los tratos degradantes, vejatorios y contrarios a los derechos humanos por los que muchas prostitutas debían pasar para ganar dinero, conservar «su oficio», o cuando no su propia vida. Mujeres, jóvenes y sobre todo vulnerables, indefensas y casi siempre solas, las prostitutas han sido desde el decimonónico Londres de Jack el Destripador un blanco fácil para los asesinos en serie. Nadie denunció nunca su desaparición, nadie las echaba de menos.

Varios factores contribuyeron a incrementar poderosamente la prostitución en las ciudades de las primeras décadas del siglo XX: el crecimiento urbano, la migración de campesinas solas, la falta de empleo, los bajos salarios de obreras y otras trabajadoras urbanas. Ya se sabe que la miseria amodorra el pudor. En todas las épocas. Además de estos factores, no puede obviarse el hecho de que la campesina joven, sola y analfabeta debía enfrentarse en la ciudad a la ausencia de controles tradicionales, como el de la familia, al tiempo que vivía el desarraigo cultural y afectivo. Sobre todo una de las grandes dificultades que padecían todos los pobres de la ciudad era la carencia de vivienda. Cuando llegaban algunas campesinas emigrantes, debían refugiarse en casas de inquilinato o pensiones donde el hacinamiento y la falta de privacidad allanaban el camino hacia la prostitución. La prensa denunciaba frecuentemente la existencia de personas sin escrúpulos dedicadas a la trata de blancas, al tráfico de mujeres o de niñas con propósitos de explotación sexual, aprovechándose de la ingenuidad de estas campesinas recién llegadas a la ciudad. La atención se dirigía hacia adolescentes, niñas de trece a diecisiete años que andaban por las calles vendiendo periódicos, flores, que llegaban a la ciudad solas, emigradas del campo, con frecuencia sin trabajo. Cerca de las estaciones de ferrocarriles se les ofrecía alojamiento inmediato en casas, pensiones, residencias, prostíbulos o lugares de trata encubiertos. También a veces había un proxeneta que utilizaba la última página de los periódicos para reclutar pupilas. No era difícil encontrar anuncios como el siguiente: «Hacen falta jóvenes agraciadas para trabajo fácil».

La vinculación entre prostitución y miseria y entre prostitución y situaciones de vulnerabilidad, como lo estaban y están las mujeres inmigrantes, siempre ha sido y es, en general, evidente.

Como ocurría a lo largo y ancho de la geografía española de la época, en el País Vasco las niñas que habían sido llevadas muy jóvenes a las ciudades para trabajar como sirvientas en las casas acomodadas solían, con frecuencia, ser despedidas tras quedarse embarazadas del señor o del señorito. En la calle y sin ningún tipo de recursos acababan prostituyéndose. Según un estudio de 1900, el 60 % de las jóvenes que empezaban como sirvientas en San Sebastián terminaban tarde o temprano siendo víctimas de la seducción de los señoritos. Y si nos trasladamos a Madrid se observa que el 58 % de las prostitutas se iniciaba en la carrera por seducción, bien del amante, bien del señorito, mientras que un 24% se atribuía al hambre. También muchas costureras, planchadoras o lavanderas con raquíticos salarios caían en la prostitución. Y aquellas mujeres que no tenían alguien que pudiera responder por ellas, tenían todas las papeletas para terminar ejerciendo la «mala vida». De otras, como taberneras, posaderas, mesoneras, se decía que «su honra se tenía en poca valía y se les presuponía una conducta provocativa». Su valoración social era determinante para que se condenase o no la violencia ejercida contra ellas.

Las mujeres de mundo

En aquellos años de finales del siglo XIX y principios del XX, una época que las crónicas han definido como sumamente hipócrita en lo que concierne a la moral, se dio el caso de las nuevas mujeres galantes, es decir, de mujeres que vivían en los márgenes de la sociedad respetable: daban a sus congéneres la apariencia de independencia y libertad sexual, por más que sus vidas no fueran un lecho de rosas. Un grupo de mujeres galantes marcarían un hito cultural en la Francia del siglo XIX, por ser el primer indicio, al margen de las primeras feministas, de lo que podría considerarse una posible primera imagen de la mujer emancipada. Aristócratas y ricos burgueses iban a la caza de las beldades del momento. Y estas eran, por lo general, mujeres de carácter fuerte y grandes ambiciones que no deseaban pasarse la vida amamantando niños ni limpiando pañales. Eran mujeres que, en algunos aspectos, gozaban de gran visibilidad visual porque muchas veces fueron modelos de pintores de fama.

La doble moral masculina subsistía, desde los tiempos de la Grecia clásica, y los hombres calificaban a las mujeres en dos categorías: unas, las esposas, sumisas, y las otras, transgresoras, mujeres con las cuales libremente podían divertirse. Las primeras, para exhibir, y las segundas, para comportarse sin máscaras y sin ninguna clase de ataduras. Para los varones el sexo se democratizaba, y las mujeres entregaban sus favores al mejor postor, a cambio de lujos que no podían costearse por sí mismas. Mientras jóvenes desdichadas se prostituían en la calle o en sucios y oscuros burdeles y eran objeto de injurias e indignación por una buena parte de la población, estas nuevas hetairas eran libres y contaban con recursos: paseaban en carruaje, se vestían a la última moda, se maquillaban y perfumaban con productos carísimos, iban a la ópera, tenían amistades literarias, gastaban fortunas en las mesas de juego y podían permitirse elegir a sus amantes. Eran las demimondaines, o mujeres de mundo. Podríamos definir a las demimondaines como juguetes, a veces sofisticados, refinados para sus protectores, ¡motivo de orgullo para ufanarse de una compañía en definitiva comprada! A causa de sus encantos y su refinamiento, las demimondaines pasaban ante la vista del de la gente corriente por damas de sociedad, aunque ninguna mujer autodenominaba decente se hubiese atrevido a tenerlas por compañía. Ellas, al igual que las hetairas, inspirarían grandes obras artísticas y traerían de cabeza ¡a más de una testa coronada! Pero cuando llegaba el momento en que aquellas caras pintadas, llenas de polvo de arroz se exhibían cansadas, envejecidas, sus dueñas tenían que cambiar de ciudad o autoexiliarse a los extrarradios. Pocas veces aparecen en los libros de historia.

En el Madrid de los primeros años del siglo XX las prostitutas de alta categoría solían acudir a cafés como el popular Fornos, situado en la calle Alcalá, esquina a la de Peligros. En los reservados numerados de su entresuelo se reunían habitualmente los tertulianos, pero también ese lugar podía servir para otros menesteres. Estaba situado en la calle Alcalá, esquina Peligros; fue abierto en 1870 sobre el solar de un convento desamortizado y se mantuvo en activo hasta 1908. Fornos era un mundo nuevo. Lujo, escándalo. Divanes de rojo terciopelo, frescos con angelotes en los techos, alfombras blancas y cubertería de plata. En la planta de arriba funcionaba un restaurante de aire europeo. En la entreplanta, cuartos privados para comer, charlar, conspirar y… pecar. Un lugar frecuentado por viejos linajes, ricos novísimos, poetas en ciernes y gentes de lo peor en busca de una vida mejor y más brillante.5

Madrid y Barcelona, territorios de burdeles

Cuando era niña, no imaginé que un día sería puta, claro que vivía en una calle donde el negocio se ejercía con total libertad y de forma tan natural que enseguida aspiras a unirte al gremio.6

Con el tiempo los meublés se fueron convirtiendo en espacios importantes de sociabilidad masculina. En ellos no solo se hacían tratos sexuales, sino que eran también el refugio de bohemios, sin distinción de sexos, intelectuales, artistas y «marginales», gente que a menudo pasaba hambre y penurias monetarias, y buscaban nuevos espacios, libres del rígido control social que las costumbres y la moral católica trataban de imponer en los centros urbanos. En Madrid, la calle de Sevilla, la Puerta del Sol y la Plaza Mayor eran los lugares donde, preferentemente, las prostitutas ofrecían sus servicios. En torno a 1890, el Diccionario Enciclopédico de Montaner y Simón cifraba en mil el número de rameras madrileñas, pero en 1901 esta cifra se había doblado. Sin embargo, a esa cantidad de prostitutas reconocidas había que añadir las clandestinas, que no pasaban reconocimientos médicos y no se alojaban en las casas de tolerancia. Simplemente abordaban a los posibles clientes en la calle, en los espectáculos o en los tugurios de los barrios bajos, de modo que estos autores cifran en el 6,23 % el porcentaje de madrileñas que se dedicaban a ese negocio, cuyas edades abarcaban de la niñez a la vejez. La promiscuidad de los barrios bajos propiciaba que las mujeres se iniciasen sexualmente a muy temprana edad. Si se observa la procedencia laboral de estas mujeres, vemos cómo las criadas eran las que nutrían el mayor contingente. Se ha tratado este tema anteriormente. Algunos estudios posteriores elevaban a más del 50% el porcentaje de las que provenían de este oficio. Los motivos eran obvios: causas culturales, de inferioridad social, y, sobre todo, económicas. Derivado de todo ello, como también se ha señalado con anterioridad, también estaba el hecho de que en numerosas ocasiones el señorito, o el señor, las dejaba preñadas y estas debían marcharse de la casa sin tener donde cobijarse. En el mismo contingente venía a continuación otro oficio masificado: las modistillas. Se calcula que alrededor de un 20 % de las prostitutas provenían de los talleres de labores y confección, que, a veces, encubrían actividades  non sanctas y surtían de material fresco a libertinos adinerados. Citemos, por ejemplo, a La Fornarina, antes lavandera, que pasó del taller de confección a modelo desnuda del pintor Saint-Aubin, y debutó en el papel de esclava en la revista El pachá Bum-Bum y su harén (1902), aunque bien es verdad que, ya de adolescente, hacía la carrera en los soportales de la Plaza Mayor.7

Calle Alcalá de Madrid en 1902. Fuente: Secretos de Madrid

La literatura nos ha dejado numerosos testimonios de la abundancia de casas de mala vida en el entorno de la calle Ceres, en Madrid, que luego cambió su nombre por el de Libreros, al parecer, a propuesta del escritor y antropólogo Pío Baroja. Otra zona muy abundante de casas públicas era el dédalo de callejuelas agolpadas entre las calles de Mesón de Paredes y Embajadores, donde también proliferaban las llamadas casas de dormir. En ellas los miserables se hacinaban a cambio de alguna moneda. Son numerosas e igualmente terribles las descripciones de estos lugares. Escogemos una de ellas:

Redúcense a grandes pisos interiores; sin apenas luz ni ventilación; ahumados; sucios; mugrientos; desprovistos de las más rudimentarias condiciones exigidas por la higiene; en aquellas habitaciones infectas descúbrense a ambos lados repugnantes y desunidos catres, luciendo una ropa destrozada, negra, llena de manchas. En el fondo de la casa se encuentran los cuartitos de preferencia, que se pagan más caros por el aislamiento que ofrecen por constar de mayor y más lujoso mobiliario, pues se dispone en ellos de una silla rota y de una escarpia en funciones de percha. Los precios suelen ser: un real la cama en la alcoba común y dos o tres el dormitorio por separado, subiendo hasta una peseta si se facilita luz para acostarse. La hora de entrada oscila entre las doce y las dos de la madrugada.8

En las cercanías del Retiro, concretamente, en el entorno de las rejas del Jardín Botánico proliferaban las «perdidas» de ínfima categoría, que, en el buen tiempo dormían en la misma calle, como hacían los golfos, abundantes en la misma zona.

Delincuencia y prostitución eran actividades paralelas. En Madrid, se calcula que unos tres mil eran los delincuentes habituales. De ellos, un tercio estaba compuesto por mujeres y niños en proporción similar. Sin embargo, no puede decirse que la noche madrileña fuera especialmente peligrosa, porque la mayor parte de ellos se dedicaban al timo, el hurto y el descuido. El atraco y el asalto eran ocasionales. A veces, se empleaban niñas o adolescentes dispuestas a declarar vejaciones sexuales para chantajear a la víctima. En mancebías y timbas abundaban el chulo y el guapo, y en el mundo de la prostitución no faltaban las llamadas «tomadoras», que desvalijaban al cliente con diversos artilugios.

Como en el resto de España, en Barcelona, en aquellos años, y también bastante después, una gran parte de su población se hallaba sumida en una situación de pobreza y de marginación extrema. La precariedad y la inestabilidad del mercado de trabajo era el pan de cada día. En aquella sociedad, el ejercicio de la mendicidad y de la prostitución constituía una forma de vida habitual para todas aquellas personas que, sin otros recursos, aspiraban a asegurarse unos mínimos vitales de existencia. Las condiciones higiénicas y sanitarias de algunos de los barrios más populosos de la ciudad, como el Raval o la Barceloneta, eran totalmente precarias. En ellos se hacinaban la mayor parte de los grupos de población que formaban el estrato social más deprimido de la urbe barcelonesa. Constituían una mano de obra barata y no cualificada que residía en viviendas sin ningún tipo de medidas de higiene. También en pensiones situadas en calles y callejuelas desprovistas de alcantarillado, que despedían un hedor insoportable. A estas condiciones infrahumanas se sumaban los estragos ocasionados por las epidemias, por las enfermedades de todo tipo, por la desnutrición y, en definitiva, por el pauperismo endémico que se manifestaban en aquellos barrios con mayor rigor.

La topografía de la prostitución mantuvo por lo general hasta hace poco sus espacios tradicionales dentro de los cascos urbanos o en determinados «barrios reservados», más o menos apartados, como el famoso Barrio Chino barcelonés (el Raval), Tierra Negra, en el barrio de Pueblo Seco, que siguieron conservando por entonces sus características tradicionales de zonas «de vida alegre». La afluencia a los prostíbulos era lógicamente mayor los fines de semana y en ocasiones festivas especiales, cuando se producían incluso verdaderas colas en torno a ellos:

Eran días de sorteo de quintas, de manifestación de adhesión organizada, de partido de fútbol, de corrida de feria, cuando de la provincia toda se desplazaban en trenes y camiones los machos, dispuestos a cumplir con un tributo tan tradicional y consabido que en la misma cola podían encontrarse padres, hijos, tíos, sobrinos y, en ocasiones, hasta los representantes de tres generaciones de una misma familia.9

Sin duda, Madame Petit, ha sido el prostíbulo más famoso de la historia del Barrio Chino de Barcelona. A lo largo de su existencia vivió momentos de máximo esplendor, hasta la miserable decadencia de sus últimos años. Paco Villar situó su apertura alrededor de la Exposición Universal de Barcelona de 1888, aunque su época de mayor auge se produjo más tarde, entre 1915 y 1920. La incipiente riqueza de Barcelona durante la Primera Guerra Mundial trajo consigo la llegada de prostitutas de lujo de toda Europa que huían de la guerra y perseguían el dinero. La gran actividad que generaba el negocio obligó a construir un muro en el interior de la manzana que privaba a las casas vecinas de la visión de las ventanas del Petit. La identificación externa del local era sencilla y discreta y consistía en un simple y pequeño rótulo luminoso situado sobre la puerta de acceso en el que se leía «Petit». La diversificada oferta sexual y puntual limpieza en las habitaciones propiciaron la aparición de las primeras vedettes.  Barcelona emprendía así un período marcado por los locales de juegos de azar, del tango y la inserción musical de ritmos caribeños y africanos, que a la par se acompañaron de paraísos artificiales con la introducción del consumo de cocaína: una nueva droga de efectos, desequilibrio y desvarío mental.

Habitación del “Madame Petit”. Fuente: Història de Barcelona

Ramón Draprer, literato, describió en Guía de la prostitución femenina en Barcelona  su visita a Madame Petit:

El techo pintado con motivos sexuales estaba sostenido por columnas en las que aparecían talladas figuras femeninas, y en derredor habían palcos cerrados con celosías, desde donde los más respetables clientes podían elegir a las mujeres de su agrado sin ser vistos por el resto del personal. El salón también contaba con exquisitos muebles y cortinajes. Un trío musical alegraba a la congruencia, que sentados a las mesas del café contemplaban el ajetreo de las prostitutas. Además, disponía de un saloncito privado para exhibiciones pornográficas destinado a las carteras privilegiadas: se comenta que eran periódicas las prácticas con animales. La categoría del establecimiento quedaba demostrada con un añadido servicio de restaurante.

Las habitaciones, acogedoras y limpias, poseían bidets, y el cambio de ropas de las camas después de cada ocupación fue norma de la casa. Había una habitación denominada la superespecial, la cual era capaz de alojar a cinco o seis parejas. También destacaba otra habitación preparada para actos necrosexuales, que contenía como únicos elementos decorativos un ataúd y cuatro grandes cirios. Para los partidarios de las fantasías sexuales, se ofrecía una amplia sección de disfraces. Las pupilas eran de lo más selecto. Casi todas las naciones tenían cabida en Madame Petit.

Los franceses, que toman su vida sexual muy seriamente, y la lengua francesa, tan frecuente para nombrar asuntos relacionados con la sexualidad, inventaron el bidé… ¿tal vez para la higiene después de la actividad sexual?

Soledad Bengoechea, doctora en historia, miembro del Grupo de Investigación Consolidado “Treball, Institucions i Gènere” (TIG) de la UB y miembro de Tot Història, Associació Cultural.

1 Sergio Fanjul, «Prostitutas de novela», El País, 3 de abril de 2012, citando a Javier Aparicio, profesor de literatura de la Universidad Pompeu Fabra.
2 Sergio Fanjul, «Prostitutas de novela», El País, 3 de abril de 2012.
3 Charo Roquero, Historia de la prostitución en Euskal Herria, Txalaparta, Tafalla, 2014.
4 Aurora M. Alcojor, «Triste vida alegre», PorFinEnÁfrica.com, 2010, http://porfinenafrica.com/2010/09/triste-vida-alegre/
5 https://historia-urbana-madrid.blogspot.com/2010/05/el-cafe-de-fornos.html, 18/marzo/2010
6 Josué Fidel, «Diario de una prostituta», https://www.wattpad.com/88277477-diario-de-una-prostituta.
7 Javier Barreiro, El Madrid nocturno de fines del siglo XIX (1890) Publicado: septiembre 14, 2015 en Artículos, Literatura.
8 Javier Barreiro, «El Madrid nocturno del siglo XIX (1890)», Siglo Diecinueve, n.º 20, Universidad de Austin, Texas, 2014.
9 Jean-Louis Guereña, «El burdel como espacio de sociabilidad», Hispania, LXIII/2, n.º 214, 2003, http://hispania.revistas.csic.es/index.php/hispania/article/viewFile/224/227.

5 comentarios

  1. Muy acertada la foto. Excelente entrada del artículo. Por su longitud, podría editarse en serie de varios capítulos.

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  2. Como siempre un artículo muy interesante y muy bien documentado que refleja muy bien ese “oficio” que dicen que es el más viejo del mundo, ya que permanece en el tiempo y esconde todo tipo de historias.
    Me gusta verte tan activa, a mí me aturde mucho el calor.
    Un abrazo muy fuerte para toda la familia.

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