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“Si el camino es difícil es porque vas en la dirección correcta”: el caso de las mujeres españolas (siglo XX) [Soledad Bengoechea]

La mujer española y su entorno

Un viajero que recorriera España en los primeros años del siglo XX podía observar su despoblamiento: contaba con unos escasos dieciocho millones de habitantes, de los cuales solo un 17% residía en ciudades. No se alcanzó la veintena hasta entrada la primera década del siglo. Los años finiseculares habían significado una crisis económica de gran intensidad. Se agravó por las pandemias de cólera, que se habían cebado en las hacinadas e insalubres barriadas pobres disparando la mortalidad a niveles catastróficos. Aquel era un mundo que nos resulta familiar y, a la vez, tremendamente extraño. Las poblaciones humanas eran menos saludables que las actuales. La causa principal de la mala salud seguía siendo, con mucho, las enfermedades infecciosas. El cólera apareció en marzo de 1885 en Valencia y de allí el brote se extendió a toda la Península, causando un total de 335.986 infectados y 119.493 fallecidos. El cólera es una enfermedad bacteriana que, por lo general, se propaga a través del agua contaminada. Provoca diarrea intensa y deshidratación. Si no se trata, el cólera puede ser mortal en cuestión de horas, incluso en personas que anteriormente eran sanas. En aquella época, la mayoría de los hogares españoles todavía no tenían agua corriente, por lo que las infecciones eran frecuentes. España era entonces un país atrasado, con grandes diferencias dentro de las distintas regiones de su geografía. La industrialización solo había llegado a algunas zonas de Cataluña, Vizcaya y Asturias:

“Mientras la miseria avanza rodeándonos por todos los lados, solo prospera y arraiga el espectáculo nacional”
Fuente: La Tramontana, 14/08/1885, p.4. [Archivo Digital de Fran Fernández]

“La cuchilla del cólera, a diferencia de la muerte que iguala a ricos y pobres, sí que se cebó entre los más desfavorecidos, ya que la mayoría de las víctimas, principalmente ancianos y niños, provenían de familias humildes que vivían en zonas donde las aguas fecales se mezclaban con las de beber al tener un deficiente sistema de alcantarillado, como el barrio del Carme [de Valencia], el entorno del antiguo Hospital General o las áreas de huerta donde se regaban las hortalizas con aguas contaminadas con heces”.[1]

1890 se estrenó con una epidemia de dengue, por entonces también llamado «trancazo», que el año anterior ya había causado estragos. El dengue, provocado por un virus, producía fiebres altas y dolores terribles en las articulaciones y en los músculos, entre otros problemas. El 1 de enero se llevó por delante al mismo Julián Gayarre, a la sazón y para muchos, el mejor tenor del mundo[2].  En toda España había epidemia de dengue o trancazo, que de varias formas se denominaba. Pero,  sin duda, Madrid fue la ciudad donde la enfermedad se dejó sentir con mayor rigor, causando muchas defunciones. 

En los estudios médicos suscitados por la enfermedad se constató que ésta se cebaba en una gran parte de la población porque presentaba un estado misérrimo. Con motivo de la epidemia algunas autoridades visitaron los barrios extremos de Madrid. Igual lo hicieron representantes de la Iglesia. Fueron a Chamberí, los Cuatro Caminos, Lavapiés, las Peñuelas, la Fuentecill y las afueras de la Puerta de Toledo. En fin, recorrieron lo que pudieran denominarse los arrabales de la capital. Después difundieron que «estas grandes convulsiones las enviaba Dios para que los hombres asustados de las miasmas de pantano que se asomaban a la superficie acudieran a sanear el fondo». 

La enfermedad, con su cortejo de pulmonías y sus aterradores ataques, perdía importancia ante el mal horrible y eterno que aquejaba a la clase baja de Madrid: la miseria. He aquí el panorama que describían los que iban a llevar socorro:

“Hombres y mujeres casi desnudos, sin ropas; niños igualmente privados de vestidos; habitaciones sin cristales, sin muebles, sin camas, sin fuego: tabucos incapaces para dos personas, ocupados por seis u ocho; seres hambrientos cadavéricos, muriendo lentamente, hacinados; enfermos sin asistencia; algún muerto insepulto durante días y días por deficiencias de nuestra organización administrativa; un cuadro horrendo en el que se mezclaba el llanto de las pobres criaturas pidiendo pan, con los gemidos de las madres incapacitadas para dárselo, las quejas de los postrados en el lecho con las lamentaciones de los que les asistían, las maldiciones y juramentos de los impacientes con las frases resignadas de los sufridos; he aquí lo que hallaron los periodistas encargados de repartir los socorro”.[3]

Propaganda de ¡Pum!, un ponche “preservativo” ante la epidemia de Dengue de 1890. Fuente: El País

La evolución de la demografía española de comienzos de siglo XX se vio interrumpida por la irrupción de otro virus que produjo la gripe del otoño de 1918. Un virus, convertido en pandemia, se inició de forma silenciosa pero borró de la faz de la tierra de cincuenta a cien millones de personas. La llamada «gripe española» de 1918, que surgió en realidad entre los soldados norteamericanos que luchaban en Francia durante la primera guerra mundial, fue la mayor de las epidemias sufridas por la humanidad desde la Peste Negra medieval y la causa de la mayor mortalidad del siglo XX. 

Los investigadores creen que la pandemia llegó a Madrid por tren desde Francia y se extendió en verano por las fiestas populares.  El mismo  Alfonso XIII enfermó entre marzo y julio de 1918. Y eso que no pertenecía a ningún grupo de riesgo (tenía 32 años y la gripe afectaba más a los jóvenes; además se le supone bien alimentado y cuidado), pero el virus, igual que ahora, no diferenciaba entre casas y palacios.[4]

En Valencia, por ejemplo, la gripe fue especialmente beligerante en aquel fatídico otoño de 1918. Más concretamente, entre los meses de agosto y diciembre de ese año. La ciudad estaba teñida de luto. Raro era ver por la ciudad a un hombre o a una mujer con otro color de ropa que no fuese el negro. A causa de la gripe,  en este período la tasa de mortalidad se disparó hasta casi rozar las noventa muertes por cada diez mil habitantes. En la actualidad, esta tasa provocaría la pérdida de más de siete mil vidas solo en la ciudad de Valencia. En la  provincia de Alicante, la tasa todavía superó en aquel período las 120 muertes por cada diez mil residentes. Las cifras de Castellón son similares a las registradas en Valencia. La segunda ciudad española en padecer sus consecuencias fue la castellana Burgos. La epidemia de gripe  llevaba semanas vampirizando el corazón de los burgaleses que asistían entre estupefactos y resignados a la muerte de sus miembros más jóvenes y robustos.  La gripe de aquel año era letal, mortal de necesidad. El virus que la causó no venía del cerdo, sino de las aves. En pueblos como Poza de la Sal o Briviesca, los médicos fallecieron víctimas de la epidemia y no pudieron detener el avance de la enfermedad.[5]

Petición sobre el toque de campanas durante la pandemia de Gripe Española de 1918 en Burgos. Fuente: RTVE

Pero probablemente donde el virus se cebó con más ímpetu fue en Zamora. Seguro que factores importantes contribuyeron, como las condiciones de insalubridad que presentaba la ciudad. Era tal el descuido en que autoridades y ciudadanos mantenían a Zamora que el 21 de septiembre, el Heraldo de Zamora decía que la urbe parecía una «pocilga». La gente aún convivía con los animales y muchas viviendas carecían de retrete o de agua corriente. Los dos periódicos locales más importantes hicieron esfuerzos para disipar la ignorancia de la población. Sobre todo intentaron explicar el concepto de contagio. No fue fácil, la ignorancia era una de las características de la España de entonces. Los sacerdotes no daban abasto en sus parroquias. España se convirtió en un velatorio. Aunque el número de fallecidos era tal que los funerales se limitaron a ceremonias de poco más de quince minutos. Escaseaban los ataúdes y sepultureros y los cuerpos se acumulaban en morgues y cementerios. Y el redoble de campanas se prohibió para no alarmar más a la población. La muerte no reparaba en el sexo: afectaba a hombres y mujeres por igual, pero probablemente se infectaron más féminas, pues ellas eran las que, siempre olvidadas de todos, invisibles, cuidaban a los enfermos. Eran ellas las que registraban los sonidos de las habitaciones de los dolientes, quienes amortajaban a los difuntos y acogían a los huérfanos.

Aunque aquella gripe horrible no entendía de clases sociales, no era lo mismo estar contagiado y habitar una tipo de vivienda u otra. La mayoría de las casas en las que vivían las familias artesanas y obreras que padecieron aquella pandemia eran modestas. Se caracterizaban por la ausencia de ventilación y luz natural y por tener unas condiciones higiénicas pésimas. Así era más difícil presentar reto al virus. Además, oculta, la tuberculosis, acechaba en cada rincón. Al entrar en aquellos hogares se notaba un ambiente cargado. No era raro que muchas de esas viviendas carecieran de cocina y que, sobre todo las del campo, tuvieran solamente un hogar o chimenea para cocinar. En la pequeña estancia, una mesa, cubierta con un paño de cretona, si lo había, una alacena y unas pocas sillas. Al anochecer, mientras en el fuego se hervía algo en el puchero, muchas familias se reunían a su alrededor para rezar el rosario. La religión estaba muy presente en aquella sociedad, sobre todo entre las mujeres.

“[…] cada rellano es un pueblo; cada puerta una tribu; cada alcoba una familia. La escalera es pestilente; las puertas exhalan el vaho del pudridero; el aire acre, pastoso, averiado, mugriento, abrasa la garganta. 

La luz es turbia; muchos cuartos lóbregos” […][6]

Al carecer de agua corriente en las casas, cada día las mujeres tenían que coger varias veces el cántaro para ir a la fuente. Las fuentes eran uno de los lugares unidos al colectivo femenino. Significaban para ellas un lugar de encuentro en el que intercambiar opiniones y noticias. Eran espacios donde las mujeres podían contar a sus amigas y convecinas sus cuitas, sus sentimientos, sus alegrías, sus miedos, sus penas… ¿cómo escribir una historia de las mujeres real, creíble, si no te has acercado nunca a esas fuentes? Si pudiesen hablar podrían explicarnos las vidas de las mujeres mejor que cualquier escrito, que cualquier crónica. La sociabilidad femenina estaba relacionada con un trabajo exterior a su vivienda que suponía una prolongación del trabajo doméstico, pero que les permitía el contacto con otras mujeres. En las zonas más atrasadas también existía la figura del aguador, que permitía conseguir agua suficiente para los menesteres caseros más perentorios. Los aguadores se reunían en las principales fuentes de las ciudades para abastecerse de agua. Luego la distribuían  a las casas de los compradores o bien la vendían  por la calle. 

Otro de los espacios públicos con mayor presencia femenina era el mercado, con sus vendedoras, compradoras, mujeres de las clases menos favorecidas y, en ocasiones, de las clases medias que a menudo se servían de las criadas para llevar la cesta de la compra. Constituía también un lugar de encuentro e información para las mujeres. 

Fotografía de la anarquista Francesca Saperas Miró. Fuente: Ser Histórico

Las calles de algunos pueblos y ciudades pequeñas en que estaban situadas las casas modestas eran estrechas, sucias, malolientes, la mayoría sin empedrar y, a veces, sin salida. Cuando no había instalada alguna farola de gas, sobre todo en las zonas rurales, estas calles y plazas permanecían bien oscuras. Cuando la lluvia era abundante se convertían en un lodazal. Los niños correteaban por ellas, jugando con una pelota, con lo que fuera. Las niñas, la mayoría peinadas con trenzas, saltaban a la cuerda.  Todos, niños y niñas, hijos de familias modestas, llevaban alpargatas desgastadas, ropas con penachos. Perros sucios, gatos mutilados y gallinas que picoteaban obsesivamente vagaban por todas partes. Con el buen tiempo, el vecindario sacaba las sillas a las puertas de la casa y allí debatía de lo divino y humano. Sentadas, las mujeres solían remendar la ropa de la familia, mientras los hombres no paraban de fumar tabaco barato. A partir de cierta edad, unas y otros tenían la boca medio desdentada, con agujeros negros. El aire llevaba el sonido de las campanas; se acercaba la noche. Las madres reclamaban a sus hijos a gritos desde las ventanas y balcones: ¡Es hora de volver a casa!, gritaban. La chiquillería se empujaba y reía. En aquellos barrios pobres, las callejuelas olían a pobreza. A veces, en verano, el hedor era insoportable. A ello no eran ajenos los numerosos animales existentes: ovejas, cabras, cerdos y, sobre todo, caballos y bueyes, que tiraban de los carros por los callejones. Se encargaban  de aumentar la suciedad. Mientras las ruedas de los carros contra el empedrado se hacían sentir una nube de moscas les seguía. Las ratas esperaban la noche para hacer su presencia. Como si eso no fuera suficiente, los carniceros y matarifes sacrificaban a los animales en plena vía pública. Y los barrios de los curtidores y tintoreros eran foco de infecciones y miseria. En los suburbios había casas autoconstruidas o bien barracas, y más lejos, ya en la montaña, familias que vivían en cuevas. Eran los «cueveros»: 

[…] aunque se pueden encontrar referencias históricas anteriores, las cuevas se expanden fundamentalmente a lo largo del  siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX, coincidiendo con etapas de expansión demográfica, inmigración y puesta en cultivo de nuevas tierras. En un principio dicho proceso  puede estar conectado, como ocurrió en la provincia de Granada, con los procesos de desamortización de Mendizábal (1836) y de Madoz (1855). En efecto, el aumento de la superficie labrada supuso un fuerte atractivo para la llegada de población a las comarcas de Guadix, Baza y Huéscar, procedente en gran medida del este peninsular. Más adelante, el crecimiento de las cuevas está en relación con el incremento experimentado por la población, el aumento de demandas de viviendas y la extensión de la pobreza que afecta a sus habitantes.[7]

En las zonas industriales resultaba conveniente que las viviendas estuvieran cerca de las fábricas. Así surgieron los barrios obreros. Al principio contaban con edificios de dos o tres plantas, pero aumentaron progresivamente en altura y volumen a la vez que se extendían los suburbios de las principales ciudades. Crecían desordenadamente, sin orden ni concierto. El poder municipal no atendía los servicios mínimos: las calles, patios y corredores estaban muy degradados por el amontonamiento de basuras y desperdicios. También en estos lugres el peligro de infecciones era constante. 

Ser mujer en aquella España

Aunque los sectores más conservadores adjudicaban a la mujer el epíteto de «ángel del hogar», como si ella hubiera estado siempre dedicada solamente al quehacer de la casa y a los cuidados domésticos, lo cierto es que la mayoría de las mujeres españolas de las clases menos acomodadas habían trabajado siempre: en el campo, en los talleres, en el hogar. Pero en el espacio público o semi-público su invisibilidad era absoluta. El trabajo a domicilio ocupó en siglos anteriores a un número creciente de mujeres. En épocas en las que el trabajo agrícola quedaba paralizado, esposas e hijas se dedicaban a estas labores. La hilanza de la seda, el lino, la lana y posteriormente el algodón fue la actividad más corriente. La materia prima les era suministrada por algunos miembros de los gremios urbanos -a finales del XVIII también por las fábricas-. Veían en las campesinas una mano de obra más barata que la existente en la ciudad. Esta situación se generalizó por toda España. Tuvo una especial incidencia en Andalucía, con la seda en Sevilla y Granada; en Galicia, con un desarrollo excepcional del lino en el XVIII; en Valencia, donde se habla de casas embarazadas con multitud de tornos, que mueven sin cesar aquellas gentes; o en Cataluña, que desarrollará durante la decimoctava centuria la hilanza del algodón amparada en sus fábricas de indianas[8]. Y en el campo, sin ir más lejos, porque estamos hablando de una sociedad donde la agricultura era uno de los sectores productivos más importantes. Pensemos también en los mercados, en el servicio doméstico, en el trabajo de la aguja, y no acabaríamos. 

Las colonias industriales fueron una modalidad de urbanización que se extendió a finales del siglo XIX en zonas alejadas de las ciudades. Muy importantes en Cataluña, el grueso fueron las textiles creadas en la segunda mitad del siglo XIX, junto a los ríos Llobregat, Ter y afluentes. Eran núcleos de población formados en torno a una empresa, que era la propietaria del conjunto urbanístico, compuesto por los edificios propios de la actividad industrial (fábrica, almacenes), las viviendas de los obreros y, habitualmente, otros edificios de servicios (tales como escuelas, comercios, iglesia…). Las colonias eran por lo general de tamaño respetable, algunas podían superar los 3.000 habitantes. Su arquitectura, elegante y heredera del modernismo de la época, con chimenea incluida, fue en su día totalmente rompedora, más aún si se tiene en cuenta el entorno rural. El paternalismo industrial se ejerció en las colonias industriales como un remedio a la conflictividad laboral y las demandas obreras que se extendieron en las zonas industriales a finales del siglo XIX e inicios del XX. El patrón era presentado como un protector y benefactor de sus trabajadores que velaba por su bienestar. El obrero, por su parte, debía mostrar obediencia, respeto e incluso devoción a su patrón. Respecto a las mujeres, la mayoría trabajaban en la fábrica de la propia colonia, aunque también podían hacerlo otras féminas de los alrededores. En algunas colonias, las mujeres que salían de la fábrica, independientemente de la edad, mayoritariamente lo hacían por un tiempo inferior a un año. La crianza de los hijos o la atención a familiares mayores o enfermos las obligaba a dejar temporalmente la faena. Estas circunstancias eran las que alegaban mayoritariamente para faltas de puntualidad o asistencia. En conclusión, la relación de la mujer con el mundo laboral era diferente que la del hombre. Él sólo dejaba el trabajo por el servicio militar o por jubilación.  La vinculación de la mujer con la empresa era menos estrecha, tenía un menor grado de responsabilidad con la faena porqué era más discontinua.[9]

En las calurosas noches de verano, las mujeres acostumbraban a  salir a las calles y plazas del recinto, a veces amurallado, para relacionarse con sus vecinas y compañeras de trabajo, mientras la chiquillería correteaba y los hombres iban al casino. El sistema de las colonias industriales entró en decadencia en la década de 1960. El aumento del nivel de vida, el deseo de tener una vivienda propia, un mayor acceso a la educación y los nuevos estilos de vida hicieron tambalearse el mundo plácido y seguro de las colonias.

Había una línea divisoria que separaba tanto a la mujer del mundo urbano como a la del rural: la clase social. Esta señalaba la diferencia de las mujeres humildes en cuanto a vivienda, vestido, peinado, ocio y alimentación respecto a las opulentas. Además, la esperanza de vida de las mujeres que vivían en el campo o en los barrios obreros de las ciudades era muy inferior a la de quienes conformaban las clases acomodadas. 

“El vagón de tercera clase”. Honoré Daumier (ca. 1862-1864). Fuente: My Modern Meet

El analfabetismo era endémico entre las mujeres menos privilegiadas: un 70 % en el año 1900. Con un poco de suerte, las niñas pasaban por las aulas el suficiente tiempo para aprender cuatro letras y algunos números. Un ejemplo: en los albores del siglo XX el 56,26 % de las niñas orensanas estaban sin alfabetizar. Orense era la provincia gallega con mayor número de analfabetas[10]. La incultura era inmensa. Pero no solo era patrimonio de las clases menos favorecidas. En el caso de las mujeres, entre las burguesas y aristócratas, en general, la educación no pasaba de ser un mero adorno. Algo igualaba a las mujeres de alta y baja cuna: los lamentos durante el parto, ya que en aquella época apenas existían métodos para calmar el dolor.

El tema del aseo corporal no estaba muy interiorizado. Entre nuestras antepasadas corría la leyenda de que limpiarse mucho era perjudicial para la salud. Se entendía que lavarse con mucha frecuencia era síntoma de ser una fulana, o tener los «cascos ligeros». Se pensaba, también, que si te lavabas la piel por los poros podías contraer enfermedades. De ahí que, muchas veces, cuando ellas se levantaban se limitaban a pasarse un paño mojado por la cara y a lavarse las manos en una palangana. ¡Y no todas! Y es que lavarse resultaba complicado. En invierno, si se quería no congelarse de frío había que calentar el agua y depositarla, en el barreño. En él se aseaban las mujeres y sus hijos pequeños. Un método muy popular empleado por ellas para lavarse el pelo era usar mostaza en polvo. Se extendía como si fuera el champú seco, que se enjuagaba con abundante agua. También se utilizaba levadura de cerveza. 

¿Sumergirse en un poco de agua caliente? Las mujeres del siglo pasado no soñaban con placer con este momento… ¡Muchas de ellas por nada en el mundo hubieran aceptado tomar un baño![11]

Hasta no hace mucho, en numerosos pueblos de España en las viviendas no había váteres. Cuando alguien tenía que hacer sus necesidades, lo hacía en el corral trasero que había en la casa. O en un cuartucho que tenía un agujero en el centro. En la habitación donde se dormía solía haber un orinal. A la hora de acostarse se colocaba debajo de la cama y, durante el día, en un cajón de la mesita de noche, si es que la había. Las aguas sucias se arrojaban a un cubo que se vaciaba en la calle por la noche. Era insano y antihigiénico, dado que en las calles no solía haber sistemas de alcantarillado.

El lavado de la ropa, tarea típica de mujeres, era toda una odisea y para realizarlo se usaban métodos diversos, según la zona. Uno de ellos era recurrir al agua del río. Las mujeres bajaban hasta el agua y allí, de rodillas, lavaban la ropa. Otro, muy corriente también, consistía en utilizar una cuba de madera, con un agujero lateral cerca del fondo, donde se ponía la ropa, lo más extendida posible. Después, se cubría la tapa del colador con un lienzo fuerte y se esparcía allí ceniza vegetal. A continuación se echaba agua caliente sobre la ceniza. El líquido que salía del colador se calentaba de nuevo y se vertía otra vez sobre la ceniza. Esta operación se repetía durante varias horas. Finalmente se aclaraba la ropa y, en las zonas más soleadas se secaba al sol tendida en cuerdas que se sujetaban sobre palos o asidas entre dos árboles. En invierno, en los lugares más lluviosos y húmedos, se ponía la ropa a secar dentro de las casas, generalmente en la cocina, cerca de la chimenea. Pero había lugares en que la ropa blanca se colocaba en el lavadero, con jabón casero y luego esa ropa se ubicaba sin aclarar directamente al sol, para que la blancura fuera mayor.[12]

“La Lavandera”. Honoré Daumier , 1863. Fuente: Wikimedia.

Las familias que podían permitírselo contrataban lavanderas o enviaban la ropa a lavar fuera de casa. Fue así como surgió el gremio de las lavanderas. Eran famosas por su fuerza física, su lenguaje rudo ¡Y por sus dichosos sabañones! Además de bajar al río o utilizar las cubas de madera, más tarde se reunían en los lavaderos públicos de pueblos y ciudades con su verborrea y sus canciones. Los lavaderos se encontraban junto a cauces de agua corriente, que se canalizaba con grandes tuberías y se calentaba con hogueras. Las mujeres usaban jabón elaborado con grasa animal y hervido con lejía y restregaban la ropa sobre una tabla. Después, escurrían la colada con sus propias manos. Una vez escurrida, la ropa se colgaba en tendederos comunitarios.

Bajo el eufemismo de «amas de casa», «sus labores» o incluso «tareas propias de su sexo» se escondían, a veces, no solamente las tareas domésticas dedicadas a la propia familia, sino el trabajo de mujeres que cosían, bordaban, lavaban o peinaban para obtener unos bajísimos ingresos. En estas tareas, el pago se hacía por trabajo realizado y no por el tiempo empleado. Era frecuente que las viviendas de estas mujeres dispusieran solo de una habitación, y eso teniendo en cuenta que hacia 1900 el número de hijos por familia oscilaba entre cuatro y cinco, quizás tirando a poco, cifra no extraña en aquella época cuando las tasas de mortalidad infantil diezmaban las familias pobres. Trabajar, comer, dormir, morir, amar y parir se hacía en un único espacio, terreno fundamentalmente femenino, sobre todo en las zonas urbanas. Nunca se hablaba de estas mujeres, nunca ninguna historia las recordó. El hombre buscaba sus lugares de ocio en el exterior, cafés, casinos y bares, en compañía de otros hombres. En general, las clases populares hacían mucha vida en la calle. Ello reforzaba cierto sentimiento de barrio, de solidaridad vecinal, sobre todo entre las mujeres que trabajaban en casa y cuidaban de sus vecinos enfermos o vigilaban a los niños pequeños mientras los padres trabajaban. Para la mayoría de ellas, las tareas relacionadas con el cuidado de terceras personas era vivida como una «obligación moral», asumida tanto desde lo personal como desde lo social, y entendida desde ambas perspectivas como una tarea «natural» y oculta a los ojos de los demás y de las estadísticas[13]. Los cuidados a las personas y las actividades que implicaban ha sido tradicionalmente asignado a la población femenina y reconocido como un “trabajo de mujeres”, fuese o no retribuido. Los cuidados son una expresión de lo “femenino” en nuestra sociedad.  Es un trabajo devaluado, en gran parte porque las que tradicionalmente lo han efectuado han sido las mujeres.[14] 

El sustento de las clases populares era claramente insuficiente, las dejaba casi inermes ante la enfermedad y diezmaba las generaciones. El pan constituía el alimento básico de su dieta y apenas probaban la carne. Pero los hábitos mostraban las diferencias sustanciales entre distintas zonas de España. Por ejemplo, no era lo mismo vivir en el País Vasco o Cataluña, donde la alimentación era más abundante, que en Andalucía o Castilla. 

Solo un 26 % de los españoles nacidos hacia el año 1900 alcanzaban los 65 años, y la esperanza de vida de las mujeres que vivían en el campo o en los barrios obreros de las ciudades era muy inferior a la de quienes conformaban las clases acomodadas. Las disponibilidades de energía y calcio para los jóvenes y los adultos de la clase obrera eran claramente inferiores a sus necesidades, lo que se reflejaba en una baja estatura. Las mujeres se alimentaban peor que los hombres, comían menos y productos de menor calidad, debido, fundamentalmente, a la distribución desigual de los recursos dentro de la familia.

Hacia la feminización de la sociedad a lo largo del siglo XX

Estas páginas han realizado un corto recorrido por algunos lugares de España en los albores del siglo XX. Han sacado a la luz ciertos aspectos de aquella sociedad anquilosada, mísera. Las mujeres han sido protagonistas relevantes de esta breve historia. En general, ellas fueron las que más padecieron aquella sociedad machista, retrógrada. Pero lentamente, estimuladas por algunas mujeres pioneras, fueron dejando atrás su condición de mujeres sumisas, dóciles, resignadas para ostentar la categoría de independientes, empoderadas. De tal manera se ha ido haciendo la mudanza que una mujer del año 1900 poco o nada tiene que ver con una del 2000. Probablemente, a lo largo de la historia nunca ha habido una época de cambios tan extraordinarios para las mujeres como el siglo XX.

El camino recorrido por las mujeres a lo largo del convulso siglo XX ha sido arduo. Incansables, seguimos ahí. Es una tarea que ha requerido mucha constancia. El cambio de mentalidad ha sido enorme. Muchas mujeres han ido dejando atrás su invisibilidad. Incluso la invisibilidad de la mujer de edad está mudando. Pero aún es necesario seguir dando pasos adelante. 

Las españolas ya no viven, visten o actúan como antes. Tienen derechos: pueden votar, afiliarse legalmente a partidos políticos, a sindicatos. Trabajan en todos los ámbitos. Son libres para decidir cuándo quieren ser madres. Salen solas por la noche, viajan sin necesidad de ir acompañada de un varón. Los espacios íntimos han cambiado y las familias no son lo que eran. Hoy, el cómo y con quién vivimos es, más que una exigencia social, una opción de vida fruto de la libertad de elección. Pero hay que estar atentas: las mujeres se incorporan más frecuentemente al trabajo fuera del hogar mientras sigue habiendo una carga familiar mayor para ellas, al tiempo que los dirigentes continúan siendo sobre todo hombres y el salario de unos y de otros no es equiparable… Es necesario seguir superando barreras

Notas

  1. Rafael Montaner, «Epidemia histórica: Valencia en los tiempos del cólera», El Mercantil Valenciano, 21 de junio de 2009, donde cita a la historiadora de la ciencia María José Vaguean, https://www.levante-emv.com/valencia/2009/06/21/epidemia-historica-valencia-tiempos-colera-13248562.html
  2. Jesús Cacho,  “Una guía para españoles esperanzados”, Vox Populi, 15/5/2016.
  3. Luis Pérez Nieva, “Crónicas madrileñas”, La Ilustración, núm. 480 (12 de enero de 1890), p. 18.
  4. Laura Spinney, El jinete pálido, Crítica, Barcelona, 2018.
  5. Daniel Guindo, Las Provincias, viernes, 1 agosto 2014, https://www.lasprovincias.es/valencia-ciudad/201408/02/otono-1918-letal-valencia-20140801234111-v.html
  6. Carlos Pereira Martínez y Ana Romero Masiá, «Constancio Romeo Lasarte (1852-1917): un mestre laico na Coruña». http://anuariobrigantino.betanzos.net/Ab2009PDF/2009%20225_252%20PEREIRA.pdf
  7. Eugenia Urdiales Viedma, «Cuevas vivienda en Andalucía». http://www.al-axara.com/blog_ver.php?tipo=22&ref=117
  8. Ángeles y Braulio López Ayala , Mujer y trabajo, , http://www.vallenajerilla.com/berceo/lopezayala/mujerytrabajo.htm
  9. Raquel, Castellà i Perarnau, “Còdol-Dret, Vida d’una colònia industrial (1867-1964)” Publicació Les Masies de Roda : Ajuntament de Les Masies de Roda, 2006.
  10. Mar Gil, «El analfabetismo femenino era el más alto de España en 1900», La Voz de Galicia, 8 de marzo de 2011.
  11. «Esto te dejará en shock: la higiene de la mujer en el siglo xix», Holahola.cc,  https://holahola.cc/entretenimiento/35703
  12. La colada de nuestras bisabuelas, 29/3/2011, http://muchaespumita.blogspot.com/2011/03/la-colada-de-nuestras-bisabuelas.html . Se remite a “LA NIÑA INSTRUÍDA: Fisiología e higiene aplicada a la economía, medicina y farmacia domésticas para su lectura en colegios de niñas” [1910]
  13. María José, Valderrama Ponce, “El cuidado, ¿una tarea de mujeres?” Vasconia. 35, 2006, 373-385
  14. Carrasco,Cristina, Borderías, Cristina y Torns, Teresa (eds.), El trabajo de cuidados. Historia, teoría y políticas, Madrid, Catarata, 2011,  Introducción, pp. 13-96. P. 72.

Soledad Bengoechea, doctora en historia, miembro del Grupo de Investigación Consolidado “Treball, Institucions i Gènere” (TIG), de la UB y miembro de Tot Història, Associació Cultural.

4 comentarios

  1. Es cierto el escenario que dibuja la autora con cierto dramatismo; pero retuerce la verdad, al situarla únicamente en España, dando la falsa impresión de que la falta de higiene, el analfabetismo, el bajo nivel sanitario, etc. fueron males “propios de los españoles”.
    El artículo desprende un cierto aroma de anti-españolismo.
    La autora se “olvida” de contar que los ante-descritos males eran omnipresentes: que el concepto de higiene se inicia en el primer tercio del siglo XIX (la primera Cátedra de Higiene, en Europa, se funda en 1818, en Paris), que el concepto de enfermedad infecciosa se inicia en 1876, postulado por Koch, que el concepto de enfermedades infecciosas y su atención, fueron muy posteriores, que los antibióticos se empezaron a utilizar en el primer tercio del siglo XX, y que su uso se generalizó sobre los años 50 del mencionado siglo, etc.
    Con toda humildad, creo que este artículo no es riguroso, desde el punto de vista histórico, al ofrecer, únicamente, una parte de la verdad, o lo que es lo mismo que…

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