Jaulas vacías, celdas abiertas, alegría en el corazón
La Antorcha, marzo 1923
En los años 20 del siglo pasado, el nombre de Houdini, el actor de los escapes imposibles, y sus proezas eran muy conocidos en el mundo.
Houdini «escapaba» para entretener; el protagonista de esta historia «escapaba» para alcanzar la libertad. He aquí a Ramón Silveira, un Houdini gallego y anarquista.

Referir a la vida de Ramón es como describir el paso de un cometa: un tiempo en las portada de los diarios y en boca de todos… más luego su rastro se pierde y su nombre se lo traga el olvido, «la única venganza y el único perdón” en palabras de Borges.
Sabemos que nació en Ourense en 1896 y que llegó a la Argentina con 20 años en 1916. Por entonces, España estaba inmersa en la Guerra del Rif que con intermitencias, se desarrolló desde 1909 hasta 1927. Por este motivo no es descabellado suponer que Silveyra emigró para evitar el servicio militar obligatorio.
Instalado en Buenos Aires, trabajó en diferentes oficios. Fue carnicero, carrero, obrero en los talleres Vasena, repartidor del café Paulista y panadero.
No sabemos si portaba en su baúl de inmigrante ideas anarquistas, o si se comprometió con ellas en Buenos Aires, en donde en 1919 se vio envuelto, como obrero de los talleres Vasena, en el mismo ojo de la tormenta. Durante esos días de la Semana Trágica, fue herido por la policía cuando intentó detener un carro con alimentos destinado a los huelguistas.
Los anarquistas avalaban la “acción directa”: el capital no entendía ni entiende de razones humanitarias.
En abril de 1921 una bomba estalla en la puerta de la fábrica de fideos «Allende» en medio de un conflicto entre la patronal y sus obreros . Las esquirlas se cobran una vida, la de una mujer que transitaba para su infortunio por la acera de enfrente.
Los perpetradores huyen, pero los vecinos alcanzan a tomar la chapa del coche. Pensemos en que en esos tiempos no eran tantos los automóviles que circulaban por las calles porteñas. La policía buscó entre «los desconocidos de siempre»: los anarquistas. Llegó entonces hasta el chófer y así finalmente cayeron los cuatro involucrados.
Uno de ellos, el sindicado como el autor material del hecho, era Ramón Silveira. Juzgado, fue hallado culpable y condenado a 20 años de cárcel fue recluido en la cárcel de Sierra Chica.
Casi dos años después, Silveyra vuelve a ocupar a la prensa y preocupar a la policía social: el 11 marzo de 1923 se fugó del penal. Fue una fuga pergeñada con paciencia, inteligencia y con la inestimable complicidad de los compañeros de ideas … Aprovechando los horarios de visita, del brazo de una dama y con un atuendo que le habían provisto… salió muy ufano por la puerta misma de la prisión.
¡El sistema carcelario había sido burlado! El Estado, siempre aliado del capital, quedaba expuesto al ridículo.
Involucrada en esta fuga estuvo la escritora Salvadora Medina Onrubia, aunque en sus memorias, escritas muy lejos en el tiempo, mezcla las dos fugas protagonizadas por Silveyra.
La alegría febril de la libertad sería en esa ocasión efímera para Ramón. La División de la Policía Social se lanza a la caza del hombre y diez días después lo localiza en la ciudad de Carmelo, Uruguay. Pese a la presión obrera, con huelgas en las dos orillas del Río de la Plata, Silveira a la postre fue extraditado en junio. Esta vez, iría a purgar su pena a una cárcel considerada inexpugnable. O casi. Se trataba de la Penitenciaria Nacional ubicada en la calle Las Heras, dentro de la ciudad de Buenos Aires .
A veces, dicen, la vida da revancha. Silveyra tuvo la suya.
El 23 de agosto del mismo año, una noticia sacude a la opinión pública: 14 reclusos de Las Heras se han fugado a través de un túnel de más de 60 metros excavado por debajo de los dos muros del recinto. Entre ellos, no podía ser de otro modo, estaba el Houdini gallego, Silveyra.
El túnel partía de una dependencia de servicio donde se guardaban trastos de limpieza y salía al jardín que bordeaba la Penitenciaria. La tarea, toda una obra de ingeniería, se había realizado por turnos entre los presos que asistían a clases nocturnas.

Atónitos, los vecinos del lugar vieron como emergían de un boquete los prófugos y, abandonando sus uniformes, se perdían en la ciudad. De hecho, todo indica que en este escape colaboró una de las figuras destacadas del anarquismo expropiador: Miguel Ángel Roscigna.
Dos días después, el diario Crítica recibía con la correspondencia del día, un polín; el gorro de presidiario llegaba con una nota firmada por Silveyra rogando que el mismo fuera entregado al comisario de la Policía Social, como un souvenir suyo
Esta vez el pájaro no volvería a la jaula…
Mientras la vergüenza y la indignación manchaban a todos los integrantes del aparato represivo del Estado…en los barrios humildes y las fábricas dominaba un clima festivo.
Después… el gallego anarquista literalmente se esfumó…
Nada se supo ni se sabe que fue de él tras el exitoso escape.
Nos va de pensar que, bajo otro nombre y otros cielos, el temerario Ramón siguió bregando por una sociedad de seres humanos iguales y libres.
Bibliografía:
- Mil Claveles Colorados, incluido en: Vanina Escales, ¡Arroja la bomba! Salvadora Medina Onrubia y el feminismo anarco, Buenos Aires, Marea, 2020.
- “El que se fugó dos veces” Fernando Quesada en Todo en Historia, n° 30. 1969.
- Hemeroteca: Crítica 1921/1923, Caras y caretas 1921/1924, La Antorcha 1923
Artículo cedido por su autora, Gabriela Cladera Jaime, a quien agradecemos su colaboración con Ser Histórico.

