En estas fechas de Febrero nos encontramos con una de las fiestas más populares y queridas: el Carnaval. Se afirma que, etimológicamente, se refiere a la carne de algún modo, y esto cobra sentido porque son los días previos a la Cuaresma, el «ramadán» cristiano, que realmente dicta no comer durante esos días, pero se tuvo que rebajar el nivel exigido, verdaderamente alto. Antes de entrar en la abstinencia alimentaria de la Cuaresma, se celebra, entre todos, en las calles, una festividad de comer mucho antes de hacer como Jesús en los Evangelios1, ayunar durante cuarenta días, que también fueron días de todo tipo de privaciones, de modo que también, antes de ello, hacen todo tipo de actividades alegres y divertidas. Es así como se justifica el Carnaval, pero no es menos cierto que existía, desde tiempos romanos, las Saturnalias, una festividad pagana de grandes celebraciones, con ciertos excesos. No cabe duda que el Carnaval es una continuación de dicha fiesta, anterior y contraria a la oficial: el ayuno de la Cuaresma, que hoy se ignora a grandes rasgos, pero que nunca se practicó literalmente por las comunidades cristianas, en tanto no comer nada durante cuarenta días: básicamente fue un cambio de dieta en el que se eliminó lo más tentador y costoso: la carne. Nunca se obligó a comer pescado, y de hecho, literalmente hablando respecto al ayuno, tampoco debería comerse. Y ya que estamos con lo establecido, podríamos recordar que la Iglesia Católica indica que todos los viernes del año no se debería consumir carne, pero naturalmente da libertad a cada fiel a cumplir -según sus capacidades- las penitencias. Además, aún hoy, se supone que no se debe comer nada ni el Viernes Santo (la Pascua) ni el Miércoles de Ceniza (comienzo de la Cuaresma, opuesto al Martes de Carnaval)2. Con todo, debemos mencionar que existen en todo el mundo fiestas semejantes, aunque en el caso islámico, la más parecida de ellas, con sus raíces en el año nuevo, la celebración primaveral y la afirmación vital, el Nawruz, ha sobrevivido muy mal en la actualidad. Un trabajo de Ahmed Shafik3 nos relata con detalles el contenido de las festividades carnavaleras musulmanas, que comparte lo característico de las carnestolengas cristianas: inversión del orden social, agresividad, total libertad, creatividad…
En cuanto las Saturnalias, existe amplia bibliografía, pero vamos a citar un clásico, que explica y da base a casi toda esa historiografía, aunque obviamente está lejos de nuestra actualidad y contexto: Saturnales de Macrobio. Precisamente esta obra ofrece varias versiones del origen de esta festividad, puesta en boca de los asistentes a un banquete, durante los días de la festividad en el año 384, cuando el cristianismo ya es la religión oficial del Imperio. Macrobio ya resalta que es una festividad relacionada con los alimentos y los frutos del campo (y los excrementos que sirven de abono, como señala el autor), anterior a la fundación de Roma, en una época en que no existía la esclavitud, y por ello se da la costumbre de dar «toda licencia» a los esclavos durante los Saturnales, lo cual no comprende Evangelo (díscolo asistente al banquete y aparente representante del cristianismo), y se replica con un alegato sobre la humanidad de los esclavos, no solo por ser también, como considera evidente, seres humanos, separados solo por la fortuna y acaso el carácter, pero todos capaces de grandes proezas, tener talento e intelecto4. Naturalmente, Saturnales es una exaltación del paganismo frente a la Cristiandad. Es una fiesta de jolgorio, comer, beber y divertirse, donde se hacían regalos, que se reguló para que no fuesen de gran valor y así no dejar diferencias entre ricos y pobres en el acto de regalar. Siendo el Carnaval un seguimiento de las Saturnalias (que se celebraba el 17 de Diciembre según esta obra) y de la concepción pagana de la festividad y del banquete, es normal su contraste con el cristianismo, tal como vemos en una obra del pintor Pieter Brueghel el Viejo. Se da un dualismo entre materalidad-felicidad-vida-paganismo frente a espiritualidad-esfuerzo-vidaeterna-cristianismo. Sí hay, desde la Antigüedad, elementos de defensa de pobres y esclavos, era fundamental «eliminar» durante la fiesta las «clases sociales» de la época, tal como insiste Macrobio. Esto causó la admiración del anarquista Luigi Fabbri:
«La leyenda cantada por los antiguos poetas latinos del tiempo saturnal, que presenta a los hombres viviendo libres, sin ley ni amo, es un indicio de que el alma humana ha aspirado siempre a la libertad, y de que entreveía el ideal, sin creer en su realización posible, en una sociedad de gentes libres e iguales.«5


El Carnaval se opone a la Cuaresma, haciendo la primera de paganismo y la segunda de cristianismo, que a su vez se traduce en orden social y establecido, lo hegemónico. El Carnaval no es hegemónico, pero tiene varios días en los que triunfa, tal como representa la batalla entre los ejércitos de Don Carnal contra Doña Cuaresma la Cuaresma que aparece en El Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita, donde acaba triunfando, tras varias derrotas, la Cuaresma. Reproducimos una parte de la batalla, pero el relato es mucho más amplio:
«El primero de todos que atacó a don Carnalfue el puerro cuello blanco y lo dejó malherido: le hizo escupir flema, esto fue una gran señal;pensó doña Quaresma que era suyoel campamento. Acudió luego en su ayuda la salada sardina, atacó muy fuertemente a la gruesa gallina: sele atravesó en el pico y la ahogó de prisa; después a don Carnal le rompió la capellina. Vinieron grandes mielgas en la delantera,los verdeles yjibias guardan los flancos:mezclada está la pelea en muy mala manera, caen por ambos lados muy buenas seseras. Del lado de Valencia llegaban las anguilas, en salazón y curadas,en grandes manadillas, daban a don Carnal en medio de las costillas;las truchas delAlberche le daban en las mejillas. Andaba ahí el atún como un bravo león, se topó con don Tocino, le dijo muchas injurias;de no ser por la cecina, que le desvió el pendón, le hubiera dado a don Lardo en medio del corazón«6
Este contraste, que puede verse como una simple preparación de la Cuaresma, y en algunos momentos un resquicio del paganismo, fue desarrollándose a lo largo del tiempo en el Medievo hasta nuestros días, adquiriendo significados más complejos y profundos, al convertirse en un rasgo fundamental de la cultura popular medieval, que a su vez se inspiraba en diversas corrientes culturales de la época. Esto es, por ejemplo, la idea de lo grotesco, lo exagerado hasta niveles imposibles o ridículos de los objetos y partes del cuerpo, en continua contradicción y desajuste. Asimismo, la importancia del comer antes de la Cuaresma se relacionó con las ideas de los banquetes populares y la vida en la plaza. Fácilmente se relacionaba con las ideas y deseos de abundancia y felicidad, que formaban un rasgo típico de la literatura utópica medieval, bastante desconocida en nuestro tiempo, pero que existió. Las utopías medievales eran mundos donde, en vez de sociedades tecnológicamente avanzadas, eran básicamente países con un medio ambiente natural compuesto por deliciosos alimentos. Algunos ejemplos de estas utopías medievales fueron el Voyage et navigation de Panurge, disciple de Pantagruel, donde las montañas son de harina y mantequilla, los ríos de leche y los pasteles salen como salen las setas, entre otros detalles7, o el romance de Guillon de Bordeaux que cita Bajtin8, donde el pan crece con profusión y no pertenece a nadie. Obras de caballerías incluían una pequeña parte carnavalera. Así, Aucassin et Nicolette habla de un reino, el de Torlore, con un rey que da a luz y la reina hace la guerra, una guerra que consiste en lanzar y golpear con manzanas silvestres, huevos y queso9.
Las visiones de la abundancia se llevaban a la realidad, aunque fuese por unos días. Y esta se asentaba en la vida pública, en la plaza pública, colectivamente, porque todo se compartía para fomentar el significado colectivo de lo que era el Carnaval, la celebración del mundo terrenal y material como tal. La abundancia se acompañaba con la diversión, juegos y signos del Destino terrenal (a veces con la adivinación). Todo se hacía colectivamente porque el individuo en la Edad Media era pobre, con pocos recursos y su vida cotidiana giraba en torno a la vecindad y la fuerza colectiva. Existía en el Medievo antecedentes del individualismo, pero estaba muy reservado a las ideas de méritos y honor de la aristocracia o la salvación del alma religiosa. La vida terrenal exigía más la consideración hacia los demás, de manera que el disfrute y valoración individual en el Carnaval se da pero muy posteriormente, ya en el siglo XIX, cuando va tomando más fuerza popular las nuevas concepciones de individualismo.

Como la religión era la base del orden social medieval, un día como el Carnaval, dedicado a hacer lo contrario del ideal religioso, facilitó la idea de ser también un día pagano, y por tanto, en el contexto medieval, diabólico, porque entonces lo opuesto al cristianismo era en Europa el paganismo, y si Satán es el opuesto de Dios, el paganismo es satanismo. Por ello, se empezó a relacionar, muy superficialmente, y siempre en un contexto divertido e inocente, la idea del Carnaval como un día no tanto de Satán sino de los diablillos más traviesos y golosos (para los autores del Malleus Maleficarum, no era tan inocente10). Es verdad que se llamó Día del Diablo en algunas ocasiones, pero no se entendió como una convicción religiosa, ni tampoco como un movimiento insurgente. Más bien, se interpretó como una conciencia del mundo material y animal, así como una divertida fiesta de intercambios y experimentación de roles no habituales ni comunes. Por ello se hacían todo tipo de locuras, extravagancias y diversiones, como parte de la fiesta popular y los significados que entran en relación con los intereses y preocupaciones populares, de lo que ha configurado su cultura en sí. De tal manera hacían actividades extrañas, muchas de ellas provenientes de ser una fiesta propia, pero al quedar ilegalizadas, pasaron, en muchos casos, a distintos carnavales locales. Los localismos hacían variar mucho lo que se hacía y no se hacía en el Carnaval de un lugar u otro. Pero debemos citar los siguientes ejemplos como actividades reconocidas por gran parte de la población popular de los siglos medievales y renacentistas:
1. La Fiesta de los Locos, que se hacía en distintos días, como en el día de San Esteban,o el de San Juan, Año Nuevo, Trinidad o Inocentes. Lo celebraban colegiales y clérigos. Al principio se hacían en iglesias pero se fue perdiendo hasta llegar a fines de la Edad Media en la que se ilegaliza, pero para burlar la prohibición, se incorpora al Mardi Gras, al Carnaval, que la ley no podía tocar, por respeto a las costumbres, lo conocido como «ley natural», que el Derecho medieval reconocía y respetaba. En la fiesta, muy habitual en Francia, se hacían danzas, disfraces y máscaras. En año nuevo y Trinidad (siguiente domingo al Pentecostés) se hacían los mayores desenfrenos, principalmente degradaciones contra los ritos y símbolos religiosos. Aparecían en el altar borrachos y comiendo, luego se desnudaban mientras hacían gestos obscenos. Hay literatura respecto a esta fiesta11. En 1444 la Facultad de Teología de París censura y ataca esta fiesta. El Concilio de Toledo del siglo VII prohibió estas parodias contra lo sagrado, aunque su aplicación no siempre fue muy efectiva, pero sirvió para que en el reino visigodo fuera menos frecuente.
2. La Fiesta del Asno recuerda la historia de la huida de María con el niño Jesucristo hacia Egipto, cuando Herodes hace la matanza de niños para evitar la aparición del Mesías prometido. En esta fiesta se recuerda la importancia que tuvo, entonces, el burro que llevó al niño Jesús y su familia. Gracias a él se salvó el Salvador, por lo cual se debía celebrar la Misa del Burro. Estas misas están divididas en varias partes, que en lugar de terminar con un «amén», se gritaba cómicamente «¡hi ha!», como si fuera un burro. Al final, el sacerdote rebuznaba tres veces, seguido por el público que hacía lo mismo12. En la humillación contra las élites, fue frecuente hacer justas con asnos en lugar de caballos.
3. La Fiesta de los Tontos tenía un «obispo de la risa» que en un oficio solemne tenía mierda en lugar de incienso, impregnando todo el espacio con su olor. Cuando terminaba, tal obispo se subía en una carreta llena de excrementos, y con varios sacerdotes, iban por las calles tirando «boñigas» a la gente. Lo ponemos entrecomillas porque a veces era humana, no animal. Se hacían ocasionalmente travesuras y golpes. Los excrementos era la «alegre materia»13.
4. La Fiesta de los Carros era habitual en España. Consistía en varios coches grandes con cómicos encima. En la procesión habían monstruos (mezcla cómica de animales y humanos), moros y negros con cuerpos caricaturizados, o jóvenes danzando eróticamente14
5. Las correrías de diablos por la ciudad o pueblo consistía en gente disfrazadas de demonios con utensilios de cocina como armas y objetos de ruidos, que corrían de forma alocada, dando gritos y alborotos. A menudo robaban y allanaban propiedades. Todo esto se hacían en algunas ciudades en concreto. El día habitual eran los anteriores al Misterio de la Pasión o San Juan15.
6. Bodas en los que cualquiera podía atacar a puñetazos a otros, que Rabelais recoge en su Gargantúa, pero ciertamente exagera grotesca y violentamente16.
7. Disputas de Gordos contra Flacos17.


El «ritual» más habitual en el Carnaval fue el del Destronamientos18 que reproducen la idea de nacer lo nuevo y morir lo viejo: la regeneración del mundo que evoca el materialismo del Carnaval y la anulación del poder y de la autoridad. Goethe describió el Carnaval como algo popular independiente del Estado y de la Iglesia. Describió brillantemente el espíritu del Carnaval, aunque desde su perspectiva, un tanto racionalizada, y en su época, cuando se estaba comenzando a regularizar estas fiestas en ciertas partes de Europa. Visitó el Carnaval de Roma en 1788 y pudo conocer su característica abolición de toda jerarquía, aspecto nada cómodo para los intelectuales de la época, y su cosmovisión materialista:
«puesto que la vida, como el carnaval de Roma, sigue siendo en su conjunto inabarcable, ingrata y aun no exenta de peligros, querríamos que este despreocupado grupo de personas disfrazadas recordara la importancia de todos los placeres momentáneos que nos brinda la vida y que tan a menudo nos parecen nimios.«19
A menudo se convertía en episodios de crítica muy corrosiva, que en algunos casos explotó en sublevación. El líder de los artesanos de la región de Romania apareció disfrazado de oso en la reunión del Consejo de la Ciudad y tomó asiento, como se acostumbra en el Carnaval, en la silla de mayor rango. A lo cual se opuso el juez que lideraba la reunión, interpretando el gesto como una amenaza real contra el poder. Al día siguiente, seiscientos trabajadores del sector textil tomaron las calles completamente armados, festejando las fiestas como nunca antes, y proclamando, macabramente, que los ricos de la ciudad habían hecho su fortuna a expensas de los pobres y que solo quedaba «venderse carne cristiana a seis centavos la libra«. El Martes de Carnaval, las élites, organizadas en el Gran Consejo de la Perdiz, emboscaron a los artesanos, disfrazados de ovejas y capones, matando a varios de ellos y haciendo prisioneros20.

La plaza pública es el corazón de cada pueblo (pueblo en su sentido de personas y también el de espacio geográfico). También suele ser el lugar de la fiesta, como el Carnaval21. La plaza era un lugar de libertad, familiaridad y franqueza, con un lenguaje propio de la gente. El aire libre de la Plaza es la cultura y mentalidad que da origen al Renacimiento. El comer bien es contrario a la tristeza, es parte de esa cultura positiva del Carnaval popular en la que se fomenta el dar y ser buen compañero, en un alegre materialismo de la risa, que iguala a las utopías medievales, bucólicas y abundantes. En el Carnaval, no hay distinción espectadores-actores: «lo viven, ya que el carnaval está hecho para todo el pueblo«, es universal y solo sigue la ley de la libertad22. La plaza es el lugar del pueblo, donde la gente va a informarse, a hablar, a divertirse, a encontrarse, a ofrecer trabajo, a buscar trabajo. A todo.
La Parodia fue una constante medieval. Tenemos muchísimos ejemplos a nivel literario pero también a nivel de representaciones: El Evangelio de los Borrachos o el Testamento de un Cerdo, el Orlandino de Folengo con su torneo de justas entre Carlomagno, caballeros en asnos y burros, utilizando cacerolas como cascos, entre otros muchos ejemplos23.

La tontería se entendía como una incomprensión de las leyes y de las convenciones del mundo. Aprovechando su inocencia y falta de intenciones malignas, se utilizó como un recurso de rebeldía y libertad de expresión en determinados contextos. En tiempos pasados se asociaba la locura con la inocencia insolente y atrevida, sujeta a la verdad, y en ciertos casos a la diversión. Es así como se hace entender el Elogio de la Locura de Erasmo de Rotterdam, obra abundante en críticas sarcásticas contra su tiempo. La presentación de la Locura en dicha obra es la típica del Carnaval y de las fiestas populares, un buen exponente de lo que era realmente:
«La gente dirá lo que quiera acerca de mi persona (pues no desconozco la mala fama que la locura tiene, incluso entre los locos), pero no deja de ser cierto que yo, sí, yo sola, poseo el secreto de distraer a dioses y hombres. Lo demuestra claramente el que tan pronto como me he presentado ante esta numerosa asamblea para tomar la palabra, una viva y singular alegría iluminó todos los semblantes. Sí, de vuestros rostros se ha borrado la pena que los nublaba y habéis aplaudido con tan amables y francas carcajadas que he creído que seguramente todos os hallábais embriagados con el néctar de los dioses de Homero, mezclado al nepentes. En cambio hace un instante, llenos de melancolías y temores, cualquiera os habría tenido por individuos escapados del antro de Trofonio.
Del mismo modo que cuando el sol muestra a la tierra su resplandeciente y luminoso rostro, o cuando después de un crudo invierno retorna la primavera en alas de los céfiros e inmediatamente todo se transforma y la rejuvenecida Naturaleza se engalana con alegres colores, así han variado vuestros rostros al verme aparecer.
Respecto al asunto que hoy me trae ante vosotros con tan caprichosa vestimenta, lo sabréis si tenéis a bien escucharme; pero no con la atención que se concede a los sermones de los predicadores, sino con las enhiestas orejas que ponéis para escuchar a los charlatanes, a los hipócritas y a los bufones de feria. O mejor aún, con las que puso nuestro amado Midas para oír en otro tiempo a Pan.«24
Además de imitar y parodiar reyes, también se hicieron juicios ficticios y cencerradas, torturándose a gatos de diversos modos25. La violencia era un elemento recurrente en los espectáculos populares, tal como vemos en muchas obras de títeres, especialmente las de guante, en la que suele ser un instrumento común de los muñecos las «cachiporras», siendo un género propio y muy celebrado los dedicados a golpearse unos a otros con toda la virulencia posible. En Gargantúa y Pantagruel, obra cumbre carnavalera, de François Rabelais, uno de los grandes clásicos literarios, se relata con frecuencia (y cierta exageración) las agresiones contra quienes destacaban por sus cargos -figurados-, tales como reyes, esposos o patronos de eventos. Agresiones que quizás no ocurrían con la brutalidad que se describe, pero que eran parte del habitual escarnio del Carnaval. La violencia era parte de la vida cotidiana de la gente, desgraciadamente o no, y por tanto formaba parte de la concepción materialista y mundana de las carnestolendas. Se hacía el suficiente daño, físico y verbal, como para ser aconsejable portar máscaras, pues si bien los oligarcas no podían vengarse en las fiestas carnavaleras, sí podía hacerlo, aunque fuese indirectamente, en días posteriores. Prohibir o restringir la Máscara suponía matar el espíritu del Carnaval, no solo por la impunidad ante las élites, sino por erradicar un elemento necesario para provocar la mayor confusión igualitaria entre los festejantes, entre todo el pueblo que sale a la calle. A veces habían golpes y palizas en ciertos carnavales, como el de Aviñón, que evoca, exageradamente, Rabelais26.
El disfraz es otro elemento casi imprescindible. Con el disfraz se transformaba el mundo cotidiano y el orden social a un nuevo mundo, libre, diferente, dibujado y construido por sus protagonistas. El disfraz hace a todos diferentes entre ellos, cada uno es único, pero esas diferencias hacía que todos fueran iguales, porque la diferencia no suponía superioridad en un mundo libre con cada individuo con un criterio personal. El ser «todos» diferentes los hacían, paradójicamente, iguales en esta condición, y en esa diferencia se daba el igualatarismo carnavalero, que culminaba en representaciones de caídas y muertes de reyes. Dados a las inversiones, fue habitual el travestismo. Pero también el disfraz significó, para muchos, la sinceridad social frente a la hipocresía reinante:
«Socialmente hablando, el Carnaval también se justifica de sobras en una sociedad estructurada sobre los cimientos de la hipocresía. Detrás de los disfraces y las máscaras los hombres dan rienda suelta, durante unos días, a una personalidad aherrojada y a unas inclinaciones inconfesables. Paradójicamente las jornadas de Carnaval pueden convertirse en los únicos momentos de sinceridad en el serhumano y, llegado elmiércoles de Ceniza, vuelve el hombrea ponerse la careta.«27
El banquete es imprescindible en las festividades pero muy especialmente en el Carnaval, que en el contexto cristiano era el elemento que le daba nombre y motivaba. Comer colectivamente era parte de la fiesta, y había que consumir toda la carne existente. Eran habituales los callos, que por mucho que se limpiasen los intestinos, casi nunca conseguía eliminar todos los restos, quedaba aproximadamente como un diez por ciento de excrementos, según nos relata Bajtin. Esta cuestión reforzaba esa visión de la vida material, biológica, donde además de alimentarse, era imprescindible execrar. El Carnaval, además de relacionarse con la comida y la carne, también lo fue con la mierda28. Dentro del ciclo de la vida del materialismo carnavalero, se nacía, se alimentaba, se execraba, se reproducía, se fluía y se moría. Incluso entraba en el juego las enfermedades, también parte de la vida, tal como se recoge en algunos ejemplos literarios, que vemos en Le triumphe de très haute et puissante Dame Verolle (El triunfo de la altísima y poderosísima Señora Sífilis, 1539). También la violencia y las deformidades. La vida, tal cual es, o más bien como suponían. Es la visión de la vida en el Antiguo Régimen, en un contexto de Cristiandad ante el mundo. Frente al idealismo y perfección de la Vida Eterna, la aceptación del mundo que se vive con su imperfección, en una especie de rememoración de la envidia de los dioses griegos hacia la mortalidad de los hombres.
El Carnaval, para Bajtin, era un «Segundo mundo» según Bajtin29. Derivó hacia una forma de liberación y expresión libre30. Contenía una filosofía donde el cuerpo y lo material es universal y popular31. Adquiere fuerza los genitales, el vientre y la boca, sobre todo. El pueblo no quiere las propuestas progresistas de aristócratas y burguesía, sino la de radicales populares32. Eran habituales las blasfemias de todo tipo33.

El teatro popular recurría a marionetas y títeres, que se representaban en las calles y lugares públicos34. Como hemos mencionado, los títeres de cachiporra, en los que se golpean profusamente, fueron muy habituales. Esto causó el escándalo del «prudente» Jovellanos, que quiso su prohibición y reforma, no ya por los golpes, sino por el derroche de injurias y groserías que se arrojaban alegremente:
«Acaso deberían desaparecer con él los títeres y matachines, los pallazos, arlequines, y graciosos del bayle de cuerda, las linternas mágicas y totilimundis; y otras invenciones que aunque inocentes en sí, están deprabadas y corrompidas por sus torpes accidentes. Porque ¿de qué servirá que en el teatro se oigan solo exemplos y documentos de virtud y honestidad, si entre tanto, levantando su púlpito en medio de una plaza, predica D. Cristobal de Polichinela su lúbrica doctrina á un pueblo entero, que con la boca abierta oye sus indecentes groserías? Mas si pareciese duro privar al pueblo deestosentretenimientos, que por baratos y sencillos son peculiarmente suyos, púrguense á lo menos de quanto puede dañarle y abatirle. La religion y la política claman á una por esta reforma.«35


Hubo varios tipos de muñecos y representación: de guante, marionetas, por sombras, varillas, mecanismos, de peana, de manos, etc. Los materiales y recursos eran variados y a veces muy precarios, como hemos visto en las palabras de Jovellanos, o como observamos en el Quijote: el Maese Pedro que aparece en la segunda parte hacía sus muñecos con pasta.
Tomó gran importancia la figura del arlequín, que no es algo propio o exclusivo del Carnaval. Es una figura cultural de Europa. El arlequín va en campanillas, que rebajan la solemnidad de la religión y son muy habituales en los carnavales medievales36. Una obra de 1904 titulada El Origen del Arlequín sitúa el origen de esta figura en uno de esos diablos alborotadores que entraban en algazaras. De ahí pasó al Carnaval, como otros elementos populares37.

Conocemos sociedades como la masonería pero dedicadas a la risa y la comicidad, como el Reino de la Clerecía o el Reino de los Niños Despreocupados, que también eran como compañías teatrales y editores de obras38. Estos últimos representaban disparates y su director se le llamaba Príncipe de los Tontos. La Clerecía llegó a tener la aprobación de Felipe el Hermoso y estuvo bastante oficializada hasta su disolución en 1547. Representaban moralejas y farsas paródicas.
El paso de la Edad Media a la Edad Moderna se caracteriza por la centralización estatal, el establecimiento de monarquías absolutistas, el colonialismo y un auge de la mercantilización internacional. Las clases populares siguen teniendo mucha autonomía, dentro de una opresión de poderes absolutistas, pero a medida que el Estado monárquico aumenta sus herramientas de alcanzar más población bajo la idea de «todo para el pueblo, pero sin el pueblo», y aparece una Ilustración preocupada en actuar sobre ellos, esta autonomía se va limitando y acaparando estatalmente. Con todo, la población se rebela e incluso aprende a convivir escapando de los controles, dándose casos de vivir al margen como modo de vida para muchos, que la literatura picaresca representó con brillantez. El Carnaval, que nunca fue una fiesta estática, sino que ha ido variando con el tiempo, aunque manteniendo su carácter popular, se vio afectado por la creciente regulación por parte de las autoridades, quedando constreñido, pero no dominado ni controlado, ya que todos hacían lo posible para burlar las normas, o mejor, crear nuevas formas de diversión. Pero esto facilitaba que fuera «conducido», estrategia que sería la preferida por las autoridades burguesas, conscientes de lo imposible que era prohibir no ya el Carnaval, sino casi cualquiera de sus múltiples actividades.

Al respecto, Gozález Alcantud hizo un recorrido de este aumento de controles e intentos de domesticación. En España este cambió fue muy intenso con la llegada de los Borbones, que en 1703 dieron auto para evitar que los niños, amparándose en las «Carnestolendas», tirasen lodo e insultasen a los extranjeros. En 1767 prohibieron que se tirasen, aún en Carnaval, huevos, harinas, agua (clara o sucia) ni lodo, contra la gente en lugares públicos. Tampoco atar objetos a las colas de los perros, costumbre muy habitual en los carnavales de la época. Tampoco golpear a la gente con pellejos, vejigas ni otras cosas, diversión y práctica típica39. En cambio, sí se permitía, para las élites, aquello que no fuese ultrajante: «recibe con placer y gratitud el huevo dorado esmaltado lleno de polvo de chipre oloroso, que don Tadeo Barberini, prefecto de Roma, le lanza» al cardenal Antonio Barberini, que a su vez compra 46 docenas de huevos, y ha destruido el resto de huevos existentes en Roma para evitar que la gente los tire durante el Carnaval. Los excesos de tirar huevos supusieron decretos prohibiendo que se fabricasen para realizar bromas, con amenazas de penas consistentes en latigazos, galeras, e incluso la muerte40. A mitad del siglo XIX, el Carnaval de Cádiz no se distinguía por las coplas o canciones, sino por el «saquillo»: un saco lleno de guijarros o arena que las muchachas tiraban desde sus balcones a los viandantes de las calles. Se quiso prohibir tan «bárbara» práctica, pero los burgueses fueron conscientes que existían prohibiciones desde 1585, las cuales casi todas fracasaron, y por ello prefirieron no prohibir, sino incentivar alternativas, tales como que durante el Carnaval se usaran las plazas más importantes para realizar juegos gimnásticos, bailes y representaciones artísticas, que llamarían fácilmente la atención de toda la población, que olvidaría así estas bromas pesadas y violentas41. Otras costumbres eran levantar las faldas de las muchachas por parte de «chicos harapientos» de un determinado barrio. Por su parte, las mujeres se ponían en huelga y no trabajaban en casa: «estaban en sublevación: el diablo andaba suelto«. Se utilizaban plumeros de papel para sacudir los rostros de la gente y se manchan las manos para ensuciar las caras de los demás42. Con todo, para el Ayuntamiento de Cádiz del siglo XIX, el Carnaval no aparece como una fiesta oficial43. Se promociona así el fomento de agrupaciones musicales, las cuales ya existían, y siempre tuvieron un caracter informal y espontáneo. Aunque no solían emplear la violencia que hemos visto, por lo que en parte se dio cierta domesticación de la agresividad popular, agresividad que se debe para Alberto Ramos Santana:
«Es el momento en el que se permite la inversión de las jerarquías sociales, así como la expresión de una oposición política que no tiene posibilidad de manifestación legal. Pero también es el tiempo en que el hombre da suelta a la carga irracional que soporta, entregándose a actos arbitrarios y violentos descargando así la agresividad contenida durante mucho tiempo«.44
Para Salvador Rodríguez Becerra:
«cumple unas funciones sociales y sicológicas que ninguna otra fiesta puede proporcionar. El Carnaval rompe el orden social, enfrenta las clases, libera los instintos y rompe las represiones. Todo esto lo realiza a través del disfraz (…), dando rienda suelta a la fantasía y a la libertad. Si estas funciones no las realiza otros tipos de fiestas o actividades, como creemos, y si la problemática de opresión y desigualdades sigue existiendo, y a la par, las libertades mínimas están garantizadas y la libre expresión respetada, el carnaval no morirá«45.
El puro populismo, en un contexto histórico del surgimiento de la identidad nacional, reprodujo en algunas épocas que muchas agrupaciones musicales recorrieran las calles cantando «canciones del país y patrióticas«, lo cual se ha interpretado como cierto espíritu conservador. Pero esas canciones patrióticas que hemos detectado son el Himno de Riego y la Libertad. Es decir, en su contexto, tendencias liberales y anti-absolutistas.
El proceso antes mencionado de estatificación durante la Edad Moderna culmina con la revolución de Estados Unidos primero y luego la francesa, que establecen el nuevo Estado contemporáneo, fundamentado en la soberanía popular o nacional, y con ello, el establecimiento de derechos y obligaciones, una constitución para todos, la ciudadanía de la población propia de ese Estado, y, en fin, la necesidad de «servir» de ese Estado al conjunto de sus ciudadanos, lo cual suponía crear unas estructuras estatales que exigía una ampliación del control estatal sobre toda la gente. Creará, asimismo, escuelas para homogeneizar social y culturalmente a la amalgama popular, a menudo vistas por las élites como caóticas y hasta perversas, y junto a ello fomentar sentimientos nacionales y patrióticos, con los consiguientes movimientos culturales como el romanticismo. Estos grandes procesos afectarán al Carnaval, que perderá gran parte de su salvajismo y los muchos elementos violentos que la acompañaban, fomentándose, en cambio, otros como las coplas, bailes y disfraces, estando en disputa la cuestión de la máscara, un elemento característico del Carnaval, imprescindible en el pasado para evitar las venganzas de las élites ultrajadas por las burlas carnavaleras del populacho, que concretamente solían ser muchos de sus allegados. Asimismo, la ideología dominante cambió, pasando del cristianismo absolutista a la liberal capitalista, unida a esa idea democrática nacionalista, que supuso intentar que la práctica mercantil de producción y consumo se extendiese a toda la población, lo cual supondrá nuevas adaptaciones del Carnaval a estos cambios, viendo regulaciones municipales al respecto, identificaciones nacionales de cada Carnaval y un auge de productos típicamente de la festividad. En cualquier caso, no hay que pensar que se «domesticó» todo, siguió siendo un día popular, bastante ingobernable en muchos sentidos (aunque sociedades de las élites, de tipo cultural o artístico, empezaron a intentar oficializarla y apropiárselas), y la propia población también había cambiado por sí misma, con sus propias diferencias no conducidas por las élites. La gente había cambiado, por supuesto con las influencias políticas de los gobernantes y élites, pero también por su propia vida cotidiana, y eso afectaba a su propio humor, hábitos, costumbres, valoraciones, visiones, y con ello, el Carnaval, que naturalmente tampoco podía ser igual al de los siglos pasados.

A finales del siglo XIX el Carnaval se encontraba en crisis a causa de la fuerte estatización y regulaciones contra el Carnaval. Las élites animaban a los gobiernos a reprimir el Carnaval. En el siguiente extracto de un artículo publicado en La Alianza por José García Jiménez, vemos la radicalidad y fuerza de la fiesta contra lo hegemónico, aprovechando la libertad que da la propia Máscara, que sigue despertando las iras de los «bienpensantes»:
«España no ha sido la que menos ha disfrutado de orgía y grandes regocijos durante la fiesta del Diablo corno también se le llama, puesto que el Carnaval más bien ha servido para decir verdades, que con la cara descubierta hubiera dado repugnancia y rubor pronunciarlas.«46
En periódicos como La Alianza se celebraba que cada año iban menos gente. Despreciaban su bullicio vulgar y sus ataques contra la moralidad, por medio del desenfreno y la sensualidad, de orgías y borracheras. Tal lo vemos en artículos de Eduardo Esteban Ramírez en La Alianza, allá por 1890 o los de Francisco Flores Arenas en La Moda por 1842. Este último derrochaba asco puro contra los pobres mientras elogiaba los bailes en el Casino de las clases altas. Representan las élites, las cuales son incompatibles con el espíritu anticlasista del Carnaval y deben recurrir a fiestas comunes y adaptaciones que reglamentan para disfrutar, a su manera, la fiesta. Como dice Rodríguez Becerra:
«intensifica la conciencia de clase y aumenta la tensión entre ellas hasta el punto de que la agresividad, normalmente ritualizada, se manifiesta realmente. Esta tensión ha provocado la ausencia habitual de las clases altas durante estas jornadas.«47
En España eran frecuentes los carnavales, siendo el más famoso el de Cádiz, pero estaba extendido en todo el país. Impresiona ver las letras de sus comparsas, chirigotas, coros, etc. Conocemos unos aleluyas del siglo XIX sobre el Carnaval español, y vemos en sus dibujos representaciones de diablos, locos, puñetazos, banquetes, travesuras y diversiones varias. Se la identificaba como un «bacanal» y confirma a Bajtin cuando relata a la gente humilde que se disfrazan de reyes. Seguía siendo una fiesta irreverente: se podría decir que incluso mucho más que en la actualidad.

Con todo, se hizo notar los progresos deseados por las élites, que poco a poco conseguían regularizar, y sacar el Carnaval de las calles para llevarlos a los salones burgueses:
«De fiesta popular y callejera ha ido degenerando en bailes de clubes y salones, donde, bajo la protección del disfraz, la voluptuosidad se desencadena y el alcohol hace estragos. Las únicas expresiones carnavalescas al aire libre suelen ser decretadas por gobiernos o municipios, hallándose ausente la espontaneidad en ellas. En Iberoamérica, antaño muy ferviente de los desfiles de carrozas y el baile en la plaza pública, la fiesta es una caricatura irreconocible del Carnaval pretérito. Río de Janeiro, que todavía atrae a millares de visitantes para las jornadas del Rey Momo, dejó de ser, en parte, aquella urbe a la que acudían, descendiendo de las fabellas, de sus cerros, todos los grupos de comparsas que alegraban sus arterias con sus bailes, cantares y disfraces. También allí el Carnaval se ha retirado a los círculos privados. El Carnaval es una tradición que se apaga.«48
Santiago Moreno escribió un libro sobre las coplas de Carnaval en Cádiz durante la Segunda República, y como siempre, se reproduce el sentir y pensamiento de las clases populares que le dan vida. Entonces, se había producido un fenómeno de democratización y popularización política, casi siempre a favor del pueblo, de los marginados, olvidados y reprimidos. La política fue el principal tema de conversación entre la gente y así lo vemos en muchas coplas de la época, como en esta que interpreta un político «agrario» (corriente partidaria de la figura del propietario rural, típicamente derechista y caciquil) por parte de «Los oradores cómicos y parodistas de tangos argentinos Salinas, Pepete y Velicas»:
«Señoras y caballeros:
escuchad aquí al agrario
porque antes de ser cocinero
también ha sido boticario.
A mi me dicen cavernícola;
si me dijeran tabernícola,
tragaría lo de taberna.
Nuestro bloque o sea el agrario,
no es un bloque de cemento,
porque los bloques del agro
sólo se hacen de pimiento.
Quiere el obrero del campo
quitarnos la agricultura,
pero nosotros sabemos
que entre col y col, lechuga,
y me dicen santurrón
por mis misas y mis rosarios,
ignoran que Rosariyo
es sobrina de un notario.
No hablarme de C.N.T.,
y para mi es un sinapismo
el decirme que se acerca
la hora del comunismo.
Hermanitos, la oración
es pan espiritual,
pero las roscas de Castro,
señores, ese sí que es pan.
Ahora le ha dado al obrero
el declararnos la guerra,
y escriben en los papeles
y hasta escriben en la tierra.
No puedo llamarlos esclavos
y quieren las ocho horas,
y alturas de tenedores
el cabo de las espiochas.
Señores agrarios, el papel de carcas
nosotros debemos de hacer triunfar
y nuestro triunfo será repetido,
porque así lo exige el papel de calcar.
Recemos, recemos por el campesino,
por el obrero y por el menestral,
y que nuestra iglesia sea dueña y señora,
por siempre, hermano: seculan, seculan.
Que la iglesia católica y apostólica
triunfe de toda idea pagana,
porque, hermano, es una razón de peso
decir que la iglesia también es romana.
Agnus dei quitelle pecato di mundi,
porque chibateo yo algo el latín,
rebanitis tiernitis, papitis muy fritis,
macanudi tori el barrenderin.
Aprestemonos, hermanos,
a guardar nuestros dineros
por si hay que hacer una jira
a nuestra Villa Cisneros.
Porque allí hay unas negras
que sólo por pocas perras
hacen no sé cuantas cosas
y pasaremos las negras.
Yo, que del agro soy,
por eso defiendo al agro,
y si yo al agro defiendo
es porque importo algo.
He dicho.«49
Lo habitual son canciones y coplas izquierdistas, porque la mayoría de la población se mantenía en esas posiciones, y casaba con esa vieja concepción del Carnaval como inversión o supresión del orden establecido y con ello depositaria de una cultura y concepción alternativa a lo hegemónico, vinculada a lo popular, a la vida cotidiana de la gente. No se trata tanto de libertad de expresión, la cual se asume (tanto para actores como público, porque ambos se confunden y deben estar confundidos), sino de un espíritu popular, rebelde y creativo, contrario siempre a las opresiones, injusticias y desigualdades. En el libro de Santiago Moreno podemos ver frecuentes referencias, por parte de muchas agrupaciones, a Fermín Salvochea, la Ley de Fugas, caciques o chismoneos de actualidad o la vida callejera gaditana.

Por ello, fue lógico que el franquismo prohibiese el Carnaval50, aunque hubo resistencias y casos clandestinos. La muerte del dictador supuso su recuperación parcial en España, pero no total. Hoy está menos extendido que en 1940, pero se ha visto, a menudo, que muchos añoran su espíritu, e intentan retomar su plenitud. Pero para ello requeriría una tradición y costumbre hoy cortadas por la dictadura, y una autonomía e iniciativa que se hace difícil en un mundo consumista y servicios institucionales. El Carnaval puede renacer, pero debe hacerlo con su antiguo espíritu: popular, de todos, desde abajo y autogestionado. Nunca fue un producto de consumo ni una actuación teatral de agrupaciones musicales hacia un público dispuesto a divertirse, por muy superior que sea eso hoy respecto a otros espectáculos. Para conseguir su característica libertad popular, no solo debe desprenderse de las leyes ordinarias, sino de toda clase social, de toda discriminación, de toda diferencia, como decía Macrobio. No hay diferencia entre actor y espectador: la gente actúa si quiere, si no quiere actuar pues no actúa; no hay censura contra quien actúa pero tampoco censura contra quienes les contesta… No hay normas que establezcan nada y todo el mundo se confunde, porque todo el mundo es Pueblo. Es por eso que las élites sociales siempre despreciaron y temieron el Carnaval popular. Es una fiesta donde los protagonistas son todos y mantiene un espíritu de rebeldía, libertad, felicidad material e igualdad.
1En la versión de la web de la Conferencia Episcopal, que recoge de la edición BAC: Evangelio según San Mateo, Capítulo 4, versículos 1 y 2.
2Código de Derecho Canónico, Libro IV, Parte III, Título II, Capítulo II, «De los días de penitencia». Ver en: https://www.vatican.va/archive/cod-iuris-canonici/esp/documents/cic_libro4_cann1249-1253_sp.html
3Ahmed Shafik, «Formas carnavalescas del Nawruz en el medievo islámico», Al-Andalus Magreb, nº 20, 2013, págs. 217-249.
4Macrobio, Saturnales, Akal, Madrid, 2009, págs. 112-114, 126. El alegato: 127-137. En páginas anteriores y posteriores hay más detalles interesantes sobre las Saturnalias, referidos a su origen, cambios de duración y varios elementos como las velas o figuras.
5Luigi Fabbri, ¿Qué es la Anarquía?, sin datos, sin paginar. Es un folleto, generalmente impreso sin preocupación en datar.
6Arcipreste de Hita, Libro de Buen Amor, Brontes, Montcada y Reixac, 2018, págs. 150-151. La batalla entera en págs. 147-153.
7Le disciple de Pantagruel, Denis de Harsy, Lyon, 1538, pág. 29.
8Mijail Bajtin, La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento, Alianza, Madrid, 1999, pág. 268.
9Aucassin et Nicolette, Librairie Bachelin y Deflorenne, Paris, 1856, págs. 77-78.
10Heinrico Institoris y Jacobo Spreger, El Martillo de las Brujas, Maxtor, Valladolid, 2004, pág. 254. Institoris es latinización de Kramer. Spreger se suele escribir Sprenger.
11Félix Bourquelot, L’ office de la fête des Fous de Sens, Duchemin, Sens, 1856; Henri Villetard, Remarques sur la fête des fous au Moyen-âge, Picard et fils, Paris, 1911.
12Mijail Bajtin, La cultura popular…, pág. 79.
13Mijail Bajtin, La cultura popular…, págs. 133 y 158.
14Mijail Bajtin, La cultura popular…, págs. 206, 234.
15Mijail Bajtin, La cultura popular…, págs. 85 y 239. Las armas de cocina en págs. 165 y 236. Ver también en Émile Jolibois, La Diablerie de Chaumont, Miot, Chaumont, 1838.
16Mijail Bajtin, La cultura popular…, pág. 237.
17Mijail Bajtin, La cultura popular…, pág. 268.
18Mijail Bajtin, La cultura popular…, págs. 178 y siguientes.
19Johann Wolfgang Goethe, El Carnaval de Roma, Alba Editorial, Barcelona, 2014, págs. 45-46, 80-81. La frase en pág. 92.
20Emmanuel Le Roy Ladurie, El Carnaval de Romans, Instituto Mora, México, 1994 págs. 192-193, 196, 226, 236-237.
21Mijail Bajtin, La cultura popular…, pág. 132.
22Mijail Bajtin, La cultura popular, Alianza, Madrid, 1999, págs. 12-13, 25, 139, 246-247, 254, 256.
23Mijail Bajtin, La cultura popular…, págs. 81, 197, 219.
24Erasmo de Rotterdam, Elogio de la Locura, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2008, pág. 19.
25Robert Darnton, La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia cultural francesa, Fondo de Cultura Económica, México, 2002, pág. 89.
26Mijail Bajtin, La cultura popular…, pág. 182.
27Enciclopedia anarquista, tomo 1, Tierra y Libertad, México, 1972, pág. 444.
28Mijail Bajtin, La cultura popular…, pág. 147.
29Mijail Bajtin, La cultura popular…, pág. 11.
30Mijail Bajtin, La cultura popular…, págs. 19, 69, 79, 84, 89.
31Mijail Bajtin, La cultura popular…, págs. 24, 87.
32Mijail Bajtin, La cultura popular…, pág. 125.
33Mijail Bajtin, La cultura popular…, pág. 173.
34Mijail Bajtin, La cultura popular…, pág. 40.
35Gaspar Melchor de Jovellanos, Memoria sobre las diversiones públicas, Imprenta de Sancha, Madrid, 1812, pág.
36Mijail Bajtin, La cultura popular…, pág. 192.
37Mijail Bajtin, La cultura popular…, pág. 240.
38Mijail Bajtin, La cultura popular…, pág. 91.
39José Antonio González Alcantud, Agresión y rito, Diputación Provincial de Granada, Granada, 1993, págs. 77-78.
40José Antonio González Alcantud, Agresión y rito, págs. 76-77.
41José Antonio González Alcantud, Agresión y rito, págs. 79-80.
42Alberto Ramos Santana, «Aproximación a una historia del Carnaval gaditano», Carnaval de Cádiz, Ayuntamiento de Cádiz, Cádiz, 1983, págs. 25-27.
43Alberto Ramos Santana, «Aproximación a una historia del Carnaval gaditano», pág. 23.
44Alberto Ramos Santana, «Aproximación a una historia del Carnaval gaditano», pág. 17.
45Salvador Rodríguez Becerra, «Cultura popular y fiestas», Los Andaluces, Istmo, Madrid, 1980, pág. 481.
46La Alianza, 22 de Febrero de 1898, nº 587, pág. 1.
47Salvador Rodríguez Becerra, «Cultura popular y fiestas», pág. 457.
48Enciclopedia anarquista, tomo 1, Tierra y Libertad, México, 1972, pág. 444.
49Santiago Moreno Tello, Las coplas del Carnaval de Cádiz durante la Segunda República (1932-1936), Univerisdad de Cádiz, Cádiz, 2020, págs. 199-200.
50Alberto Ramos Santana, El Carnaval Secuestrado, Quorum, Cádiz, 2002, págs. 207-208.

