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Quintacolumnistas en la CNT durante la Guerra Civil: el caso de Madrid.


Que las banderas –rojinegra incluida— se llenaron de barro y sangre durante la Guerra de España, es algo que nadie debería poner en duda. Pero no es menos cierto que algunos de los escasos autores que abordan el tema de los emboscados continúan la tendencia de atribuir la mayor parte de las miserias del bando antifascista a los anarquistas, a la CNT o a los incontrolados de la FAI.

Mediante el repaso de algunos casos extraídos de trabajos existentes y de algunos documentos de archivo, trataremos de comprender un poco mejor la práctica del quintacolumnismo y el encubrimiento en algunas organizaciones libertarias.

INTRODUCCIÓN

Estamos ante hechos difíciles de documentar. Al tratarse de una actividad secreta dejó poco rastro. Mucha información procede de declaraciones hechas bajo presión y torturas por parte de detenidos y detenidas que después, ante el juez, no siempre se retractaban de lo dicho. Además, la mayor parte de los miembros de la Quinta Columna no quisieron contar sus vivencias por vergüenza, por considerar su misión poco decorosa; y quienes sí lo hicieron tienden a exagerar sus hazañas.

Por otra parte,  la acusación de quintacolumnismo fue un arma arrojadiza contra el adversario político en el bando leal. De colaborar con los fascistas fueron acusados por los comunistas los miembros del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) juzgados tras los Hechos de Mayo de 1937; y por trabajar para el enemigo fueron inculpados, tras hacer grandes servicios contra la Quinta Columna, Antonio Verardini (Madrid 1910 – 198?), Jefe de Estado Mayor de la columna Del Rosal y después del IV Cuerpo del Ejército, y, muy allegado a él, Alfonso López de Letona (Madrid, 1912 – 1943), ambos cenetistas de ocasión aunque no por ello necesariamente traidores.

Por todo ello, no siempre es sencillo precisar si Fulano era un emboscado o un infiltrado del bando leal, a su vez, entre los reaccionarios, o si Mengano fue un doble agente que daba una de cal y otra de arena según las circunstancias y el momento.

LA QUINTA COLUMNA

Suele atribuirse la invención de la expresión al general Emilio Mola (Placetas, 1887- Alcocero, 1937) quien, al referirse al avance sus cuatro columnas sublevadas hacia Madrid, durante una alocución de radio, habló de una quinta columna formada por simpatizantes dentro de la capital, los cuales trabajaban clandestinamente a favor de la victoria del bando nacional. Según otros autores fue el general José Enrique Varela (San Fernando, 1891-Tánger, 1951) quien pronunció la frase. Sea como fuere, la expresión aparece por primera en Mundo Obrero el 3 de octubre de 1936, en un artículo escrito por La Pasionaria titulado “Frente de Madrid”, y rápidamente se popularizó.

Viñeta aparecida en La Libertad, Madrid, 20-4-1937.

La labor desarrollada por las personas que, por un motivo u otro, no eran favorables al bando leal fue diversa. Los desafectos (término que comenzó por referirse a los servidores y funcionarios del Estado para acabar generalizándose al resto de la población) eran quienes no simpatizaban con la República.  Los derrotistas, que crecieron como los hongos con el transcurso de la guerra, sobre todo en 1938, eran quienes desmoralizaban tanto el frente como la retaguardia; por ejemplo, mediante comentarios en una trinchera o en conversaciones de bar. Los bulistas o propagadores de bulos también emponzoñaban el ambiente. Y, cómo no, encontramos las clásicas figuras de los saboteadores y los espías.

Pero la Quinta Columna debe ser entendida en función de su valor organizativo y militante. Un monárquico de Renovación Española, por ejemplo, que se quejara de las autoridades en la cola del pan, un falangista que escondiera a un cura en su casa, o un médico católico y tradicionalista que pusiera trabas al reclutamiento durante las revisiones médicas, no deben ser considerados, sin más, quintacolumnistas. El general Vicente Rojo Lluch (Fuente la Higuera,1894 – Madrid, 1966) lo explicó muy bien:

Forman la Quinta Columna los elementos que, encubiertos en el campo adversario, se mantienen positivamente organizados para participar de manera activa en la lucha, en condiciones de tiempo y espacio previstas, tan pronto como suene la hora de la decisión, tanto en las acciones que la preceden como en la rápida explotación del éxito, cuando éste se alcance […]. No se trata de simples espías o saboteadores, de agentes desmoralizadores ni de meros agitadores, sino de una malla fuertemente tejida que se tiende sobre las actividades en las que se puede restringir o anular la capacidad de acción, el poderío de las columnas combatientes o el de los comandos.[1]

Bien por creación espontánea entre facciosos que se iban encontrando en la retaguardia, bien aprovechando estructuras organizadas con anterioridad al estallido del conflicto (el Socorro Blanco de los carlistas, por ejemplo), o bien siguiendo órdenes de los servicios de inteligencia de los sublevados, radicados en Burgos, Salamanca o Francia y asesorados por las agencias alemana e italiana, siempre encontramos detrás un entramado (normalmente triangular, en que cada miembro sólo conoce a dos personas de la organización) que los define como integrantes de la Quinta Columna. 

Cronológicamente, nos hallamos ante un fenómeno difícil de delimitar. En primer lugar, porque es difícil fijar en qué momento exacto los restos de los sublevados el 18 de julio (“pacos” o francotiradores, grupos armados, conspiradores, etc.) se comienzan a reorganizar clandestinamente. Y segundo, porque cada pueblo, cada ciudad, cada región, tiene sus propias singularidades.

Lo que sí podemos afirmar es que fue de menos a más. Durante los primeros meses, factores como las dudas sobre la victoria final, cuando no se sabía siquiera si era un golpe de Estado fracasado o una guerra en toda regla, o la férrea represión sobre los insurrectos por parte de la Justicia popular, habrían postergado su crecimiento.

Encontramos entonces organizaciones preexistentes que a duras penas logran reorganizarse. Es el caso del Auxilio Azul (también conocido con el nombre de Auxilio Azul María Paz en honor a su fundadora), heredero de la Sección Femenina de la FE y de las JONS, que venía actuando en la clandestinidad desde marzo de 1936, es decir, desde que se ilegalizó el partido; o el del referido Socorro Blanco, organización formada en 1933 por las margaritas de la Sección Femenina del partido Comunión Tradicionalista para ayudar a los presos o parados y a sus familias. Poco a poco, estas mujeres se irán integrando en las estructuras de la Quinta Columna que se irán conformando en la mayor parte del territorio leal.

Grosso modo, a finales de 1936 se formarían los primeros grupos. Desde la primavera de 1937, con una retaguardia menos revolucionaria – o más apaciguada, según se mire—, comienza a desarrollarse el fenómeno; de hecho, es entonces cuando se desarticulan las primeras redes. Su apogeo se alcanza al año siguiente, a medida que va cundiendo el derrotismo. Y al final la Quinta Columna, volviendo a su etimología, tendrá una importancia decisiva en la caída de las últimas zonas leales en manos franquistas, no sólo en el momento de salir de las alcantarillas, sino también en las negociaciones entre los bandos de los últimos compases de la guerra; por ejemplo, durante el golpe del Coronel Segismundo Casado, que acabó con el Gobierno de Negrín en marzo de 1939, cuando su ayudante, el Teniente Coronel José Centaño de la Paz, o su médico personal, el Comandante médico Diego Medina, mantuvieron perfectamente informado al gobierno de Burgos de todos sus actos.   

CARNETS CONFEDERALES

La afiliación a sindicatos y partidos de izquierdas se convirtió en práctica obligatoria no sólo para quien quisiera trabajar, sino también para todo aquel que pretendiera circular por el territorio leal a la República sin ser detenido. Según el historiador e hispanista estadounidense Michael Seidman, entre un 80 y un 85% de la gente que vivía de su salario ingresó en partidos y sindicatos una vez iniciada la guerra[2].

Lo más natural para la clase obrera era adherirse a un sindicato. De hecho, a comienzos de 1936, UGT y CNT rondaban el millón y medio de afiliados cada una, mientras el PSOE, por ejemplo, tenía entre 60.000 y 75.000. Se entiende, pues, que los sindicatos recibieran una avalancha de nuevas incorporaciones en la España leal –que incluía casi todas las grandes ciudades españolas—, con una mayor presencia de elementos hasta entonces ajenos a la clase proletaria; máxime en un ambiente revolucionario que continuó durante algunos meses, en que incluso se llegaron a cambiar modas y costumbres: vestimenta, saludos, etc.

De otro lado, mayor número de adherentes significaba mayor poder y presencia en las calles. Esto último nos interesa especialmente, pues la CNT se hizo con el control de importantes zonas, como por ejemplo la ciudad de Barcelona. Y bien por principios, bien por rivalidad política, no estuvo representada en la mayoría de gobiernos de la República durante la guerra.

Dicha rivalidad política entre las distintas organizaciones de la retaguardia republicana propició que todas relajaran los controles sobre la lealtad de las nuevas incorporaciones. Manuel Uribarri (Burjassot, 1896 – 1962), capitán de la Guardia Civil que dirigió el Servicio de Información Militar (SIM, inteligencia republicana) entre febrero y mayo de 1938, aseguraba que “todos los partidos y sindicatos pecaron de incautos abriendo de par en par sus puertas al enemigo emboscado en la retaguardia[3]. Lo mismo escribió, desde el otro bando, el quintacolumnista  Santos Alcocer (Zaragoza, 1907 – Madrid, 1987), quien aseguró que estaban infiltrados en todas las organizaciones[4].

Con todo, nos volvemos a encontrar ante un fenómeno muy heterogéneo. Variables como el círculo de amistades, la influencia de la persona afectada, las organizaciones predominantes en cada zona o la cercanía al frente de guerra, influyeron en la elección de determinado partido o sindicato en detrimento de otros. Y en nuestro caso –algo que no siempre han tenido en cuenta los estudiosos del tema—, la idiosincrasia de la CNT, con una estructura horizontal y un funcionamiento asambleario, supone que cada Federación, cada Sindicato, cada Sección, cada Comité, cada ateneo, etc., dispusiera de amplia autonomía. Ojo, pues, al generalizar.

En cuanto a la emisión de carnets –y esto vale también para avales, salvoconductos y otros documentos—, debemos recordar que los sistemas de identificación durante la guerra eran todavía muy rudimentarios. La cédula personal, antecedente de nuestro DNI, no tenía entonces foto ni huella dactilar; era un sencillo papel fácil de emitir y de falsificar. Aun así, no toda la población disponía de ella. Sí tenían foto los carnets de partidos y sindicatos, y los militares, pero falsificarlos no era excesivamente complicado; bastaba conseguir una pequeña imprenta, el equipo fotográfico necesario, dibujantes expertos, ácidos y otros productos químicos para el borrado, fijado y demás tratamientos que necesitaran los papeles. Después compraban, robaban o se tomaban prestados los originales, y se borraban o manipulaban algunos datos. Los sellos o tampones se intentaban conseguir mediante sobornos u otros métodos, y, en caso contrario, se tallaban sobre caucho, una patata o cualquier superficie que pudiera trabajarse y empaparse de tinta[5].

Para la obtención engañosa de carnets y otros documentos, normalmente eran los afiliados previos a organizaciones sindicales quienes los conseguían para los miembros de la Quinta Columna. Usaban básicamente dos procedimientos: obtener carnets sindicales y rellenarlos con nombre real o ficticio, y usar Tarjetas de evacuación oficiales para cambiar su identidad[6]. Estas tarjetas fueron emitidas a los numerosos desplazados internos o refugiados a causa de la guerra, personas del territorio ocupado por el enemigo, o bien de las zonas de frente evacuadas forzosamente, que  necesitaban ser alojadas y atendidas en los pueblos y ciudades de la zona leal; personas fuera de su residencia de origen que precisaban, entre otras cosas, de una nueva dirección para recibir sus cartillas de racionamiento y de documentación que acreditara su situación de desplazado o refugiado. Así, un evacuado forzoso que por motivos bélicos hubiera tenido que huir sin papeles tenía facilidades para adquirir nueva identidad usando las tarjetas provisionales; unas fichas, por cierto, de baja calidad, fáciles de reproducir y de las que se hicieron muchas.

Sirva de ejemplo del primer método la historia de Enrique López López, gallego, presidente de la patronal metalúrgica de Madrid antes de la guerra y dueño de un comercio de venta de máquinas de escribir, que acabó ocupándose de la tirada de salvoconductos en la sede de la Federación Local de Sindicatos, situada en la calle Luna 11. Tras el golpe del 18 de julio, unos milicianos incautaron una máquina de escribir de su tienda, ubicada en la Puerta del Sol 6, y más tarde volvieron porque no funcionaba bien. Cuando comprobaron la maña del vendedor con el aparato, no dudaron en ofrecerle tarea en su local. Y Enrique, preocupado por si alguien le reconocía y temiendo ser detenido cualquier día por una patrulla de control, no dudó en aceptar la propuesta. En septiembre u octubre de 1936, le dijeron que acudiese al Comité de Defensa de la CNT, donde trabó amistad con su paisano Manuel Salgado Moreira (Coruña, 1899 – Londres, 1967), jefe de los Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra y representante de la CNT en el Estado Mayor del general Miaja hasta noviembre de 1936. Un día acudió a una tertulia de café frecuentada por otros destacados miembros de la CNT, entre ellos Isabelo Romero y Cesar Ordax Avecilla, obteniendo finalmente de Salgado el carnet confederal con fecha 10 de octubre de 1936. Llegó incluso a acudir, como experto en el manejo de máquinas de escribir, al  Ministerio de la Guerra[7].

Como curiosidad, añadir que Salgado y su grupo se encargaron, desde la sección de Estadística, y una vez sustituidos los Servicios Especiales por el Servicio de Información Militar (SIM, inteligencia y contraespionaje republicanos), de la depuración interna de la CNT e incluso a la ejecución de infiltrados y sospechosos.

Carnets de un presunto emboscado.

Carnet del SIPM, el segundo emitido el 1 de abril de 1939.

José Cazorla  (Madrid, 1906 – 1940), delegado de Orden Público en la Junta de Defensa de Madrid desde comienzos del 37, recordaba que “casi todos los fascistas detenidos poseían su correspondiente documentación que los acreditaba como antifascistas y, en ocasiones, más completa que la de cualquier antifascista auténtico[8]. Tanto fue así que, con el tiempo, los carnés expedidos con posterioridad al 18 de julio de 1936 perdieron valor y eficacia, aumentando su cotización según su antigüedad[9]; ya no bastaba estar afiliado para dejar de ser sospechoso.

MADRID

La Quinta Columna en Madrid es la mejor estudiada. La elevada densidad de población en la ciudad, el hecho de tener una larga línea de frente durante toda la guerra, con continuo goteo de personas e información de un lado otro, y su importancia simbólica y estratégica la convierten en paradigma del quintacolumnismo.

Según Javier Cervera, tres cuartas partes de los desafectos procedían de la clase media, y la gran mayoría de los miembros de la Quinta Columna eran falangistas. Fue Manuel Valdés Larrañaga (Bilbao, 1909 – Madrid, 2001), amigo personal de José Antonio Primo de Rivera, quien en 1937 se encargó de organizar y dirigir la Falange clandestina desde un hospital penitenciario, a las órdenes directas del jefe del Servicio de Información y Policía Militar (SIPM, agencia de inteligencia del bando nacional), el coronel José Ungría (Barcelona, 1890 – Madrid, 1968).

Existieron alrededor de veinte organizaciones. Algunas de las más conocidas fueron el Grupo de Antonio Bouthelier-Antonio Ortega, Las Hojas del Calendario y la Organización Antonio. Se infiltraron por doquier: centros de trabajo, sindicatos, instituciones republicanas, unidades militares –incluido su Estado Mayor—, etc.

Antonio Bouthelier Espasa (1911 – Madrid, 1981), letrado de las Cortes Generales y miembro de la Organización Sindical durante el franquismo, fue un camisa vieja enmascarado en la CNT, hijo de un coronel médico asesinado en el cementerio del Este en noviembre de 1936. Como Doctor en Derecho, solicitó la afiliación al Sindicato Único de Técnicos en diciembre de 1936, y formó parte de las milicias confederales[10]. Escribió, bajo pseudónimo, en el periódico Frente Libertario, la cabecera del Comité de Defensa de la Región Centro, desde donde criticó a las autoridades republicanas, y era secretario personal del citado Manuel Salgado Moreira. También fue abogado en los Tribunales Populares, logrando, por ejemplo, la absolución del quintacolumnista José Rubio Galán[11].

Al grupo de Bouthelier pertenecían Antonio Ortega, Ezequiel Jaquete y Antonio Acevedo, entre otros. Se ocupaban sobre todo de obtener información militar, que luego hacía llegar al SIPM. Para ello, tuvieron emboscados en el Estado Mayor republicano del Ejercito del Centro; es el caso de un capitán que se encargaba de mecanografiar las órdenes, quien hacía dos copias y una la pasaba a la red clandestina falangista de Antonio Bouthelier. Después, desde una emisora de radio ubicada en la calle de Vallehermoso, transmitían esa información a los mandos nacionales y, a su vez, recibían nuevas instrucciones. Otra tarea importante del grupo era pasar gente al otro lado por la zona del Tajo. Gracias a que eran propietarios de un carnet confederal, se les permitió, entre otras cosas, hacerse con un camión de la CNT que utilizaban para trasladar personas y documentación a Puerto Lápice (Ciudad Real).

El delineante Juan Tebar Carrasco, cenetista que ocupó la secretaría del Sindicato de Enseñanza, entró para trazar planos en la Brigada Stajanov y saboteó los que pasaban por sus manos. Encubrió en su sindicato a varios correligionarios, entre ellos Manuel Hernández Fernández, Emilio López Membiela, Emilio López Latorre, Ciriaco Prieto Muñoz y José González Cabo. Falangistas unos; de Acción Popular (partido derechista católico, embrión de la CEDA) otros. Según Cervera, eran autónomos y se relacionaron con la Organización falangista Golfín-Corujo[12].

Entre finales de octubre y comienzos de noviembre de 1937, gracias al chivatazo de un carabinero que supuestamente colaboraba con los emboscados, la Brigada Especial de la República, al mando del comisario Fernando Valentí, se puso tras su pista. Lograron infiltrar a un agente en otro  grupo mayor que se reunía en el Café del Prado, quien pronto comenzó a proporcionar nombres y direcciones. De este modo los pseudocenetistas del Sindicato de Enseñanza  fueron detenidos[13].

La Organización Antonio, por otra parte, infiltró al Comandante de Inválidos Francisco Urzaiz Guzmán en el Comité de Defensa confederal. Fue destinado allí por orden del mismísimo general Miaja, Presidente de la Junta de Defensa de Madrid, permaneciendo desde comienzos de la guerra hasta que pasó en 1937 al Centro y Unidad de Instrucción Militar de la CNT, sito en la calle Salas, del que fue Jefe de Sección de Organización[14]. Curiosamente, su testimonio fue decisorio en la absolución de su hermano Alejandro, militar juzgado ese mismo año por desafección. Urzaiz jugó también un papel fundamental en la lucha contra los comunistas durante el golpe de Casado.

La organización clandestina España, Una fue también conocida como Antonio del Rosal, nombre del jefe del grupo. Aprovechando su condición de hijo de Francisco del Rosal, teniente coronel y jefe de columna confederal durante la guerra, consiguió un carnet falso de oficial de complemento que le permitió moverse con total libertad por los frentes. Cuando se desarticuló el grupo, todos los miembros del grupo poseían carné confederal[15], lo que motivó protestas por parte del mencionado delegado de Orden Público, el comunista José Cazorla.

El grupo Golfín-Coruso, también llamado Asunto del Melón, heredó en gran parte las funciones y a los activistas que quedaron de la Organización Antonio, desarticulada en la primavera de 1937. Estaba dividido en cuatro grandes células, una de las cuales tenía la misión específica de infiltrarse en la CNT. Los había encargados de obtener los carnets, como Joaquín Merino García; otros, como Lino Merchán Rodríguez, captaban a otros cenetistas; y, por último, otro grupo incrustado en el Sindicato de Comunicaciones (Federico Romañas García y Enrique Pardo Vázquez) tenía encomendada la misión de controlar los telégrafos para usarlos cuando fuera necesario[16].

Florián Ruiz Egea, Doctor en Filosofía y Letras, y bibliotecario de la Biblioteca Municipal de Chamberí, era titular del carnet 196 del Sindicato de Técnicos de la CNT, creado por funcionarios del Cuerpo Facultativo de Archivos y Bibliotecas en 1937. Con frecuencia era requerido para valorar los libros de bibliotecas incautadas. Siguiendo instrucciones del Comité Regional de Defensa, dirigido por Eduardo Val,  fue ejecutado por Felipe Sandoval en un lugar conocido como “la granja”, esto es, el jardín del Colegio de Huérfanos y Telégrafos de Canillas, en la finca El Quinto[17].

Florián Ruiz Egea. Fuente: https://www.periodicohortaleza.org

Otra bibliotecaria, del antiguo Palacio Real, fue Matilde López Serrano.
Poseía carnet confederal. Como Ruiz Egea, tras el golpe de Estado formó parte de la Junta Delegada del Tesoro Artístico especializada, en recogida y conservación. Sin embargo, trabajaba también para el SIMP. Al terminar la guerra recuperó supuesto en la biblioteca del Palacio Real[18].

Más casos. Uno de más conocidos es el de algunos miembros del entorno del faísta Melchor Rodríguez (Sevilla, 1893 – Madrid, 1972), concejal, delegado de prisiones y alcalde de Madrid durante los últimos días de la contienda. Más allá de sus acciones humanitarias que dieron cobijo y salvaron a muchísimas personas, resultó que su secretario, Juan Batista, y su chófer, Rufo Rubio, fueron activos quintacolumnistas.

Melchor Rodríguez despachando con su secretario. Fuente: https://jlgarrot.files.wordpress.com

También Raimundo Campos, impresor del diario CNT, era un falangista camuflado. Fue miliciano, miembro del Socorro Rojo Internacional y de la UGT. Al enterarse de que había sido descubierto por sus compañeros se suicidó de un disparo en la cabeza[19].

Manuel Ruiz González, 33 años, asentador del Mercado de Pescados y afiliado a la CNT. En los primeros días de la sublevación se mudó a un domicilio en el Puente de Vallecas, pero fue detenido dos veces por su pasado reaccionario. Manuel, que era falangista, logró ser puesto en libertad gracias a recomendaciones y se esfumó del barrio. Dirigió un grupo de la Quinta Columna cuyas reuniones tenían lugar en el segundo piso del Hotel Valencia, sito en la calle Pi y Margall 22, que era regentado por él en ausencia de su dueño. Cuando cayó Málaga, en febrero de 1937, el grupo creyó que Madrid no tardaría en sucumbir y se preparó para la lucha armada; pero un registro en el hotel y en el Mercado Central de Abastos desbarató sus planes. Las autoridades se incautaron de un arsenal de armas y municiones; y entre los detenidos estaban un primo y una prima de Manuel, el sereno del hotel y un empleado del Mercado[20].

También disponemos de algunas pistas que nos permiten rastrear el enmascaramiento de reaccionarios en el Partido Sindicalista de Ángel Pestaña (en adelante PS), cuyos adherentes estaban afiliados a la CNT y a la UGT a partes iguales.  Para un partido que a duras penas superó los 30.000 adherentes, la necesidad de aumentar su número pudo potenciar todavía más la falta de inspección sobre los recién llegados. 

Valentín de Pedro
(Tucumán, 1896- Buenos Aires, 1966). Fuente: http://www.estelnegre.org

El fenómeno aparece retratado con bastante fidelidad en varias novelas-testimonio del cerco de Madrid, escritas por militantes del PS. En La vida por la opinión. Novela del asedio de Madrid (1942), obra del escritor y comediógrafo anarco-sindicalista argentino Valentín de Pedro, se puede leer que en todos los organismos oficiales –Justicia, Policía, Cuerpo de Prisiones— había personas dispuestas, bien por afinidad ideológica o bien por humanidad, a ayudar al enemigo; que muchas mecanógrafas que entraron a trabajar para la Administración republicana, Sindicatos y Comités de organismos de izquierdas, eran quintacolumnistas disfrazadas de proletarias; o que en la Escuela de Capacitación Teatral, creada durante la guerra y dependiente del Sindicato Único de Espectáculos Públicos de la CNT, se dio cobijo a falangistas y otras personas afines con los sublevados[23]. Bien debía conocer el autor esto último, pues fue él su director, y a tenor de algunas declaraciones[24] recogidas durante la revisión de la sentencia que lo condenó a treinta años de prisión, parece claro que amparó en su seno a elementos reaccionarios. Ahora bien, ¿fueron quintacolumnistas?

También el pestañista Ángel María de Lera, en su tetralogía de novelas titulada Los años de la ira (Las últimas banderas, 1967; Los que perdimos, 1974; Oscuro amanecer, 1976; y La noche sin ribera, 1977), muestra su obsesión por el tema. Matilde, la novia de Federico Olivares, protagonista y trasunto del autor, al final de Las últimas banderas resulta ser una falangista perteneciente al Auxilio Azul. Quizá se trate de un recurso novelístico que no se corresponda con la realidad, pero el quintacolumnismo es un tema presente en toda la obra.

Algunos casos concretos. El comerciante Carlos Santos Gracia fue denunciado por el SIM en el verano de 1938 por un delito de desafección al régimen. Cuando estalló el golpe de Estado había sido detenido en su pueblo, Fuencarral, durante veinticuatro horas; nada extraño si tenemos en cuenta que durante Octubre de 1934 había denunciado a algunos vecinos a la Guardia Civil, por lo que le tenían ganas. Al ser liberado se marchó a la ciudad y, después, a Barcelona. De regreso en Madrid fue llamado a filas y, tras la recomendación de un amigo, en enero de 1938 decidió adherirse al PS. En la Dirección General de Seguridad constaba su nombre como antiguo afiliado a Acción Popular y a la Falange primigenia, por lo que fue encarcelado en la prisión militar de San Antón hasta el final de la guerra. En su declaración judicial reconoció haber falsificado su nombre y lugar de nacimiento al rellenar su ficha de afiliación, sustituyendo su segundo apellido por ‘García’ y su localidad de origen por Trucias (Vizcaya). No admitió, sin embargo, su pertenencia a AP ni a FE; sólo declaró haber votado al Partido Radical de Alejandro Lerroux en las elecciones de 1934[25]. 

Más interesante durante aquel verano fue la detención por el SIM Antonio Perxés Costa, anarco-sindicalista, Presidente de la Agrupación local del PS, antiguo miembro de la Junta de Defensa y ex Consejero Provincial de Madrid.  La acusación era de alta traición por un hurto de alhajas y monedas de oro de una sucursal madrileña del banco Crédit Lyonnais por valor superior a 2 millones de pesetas; en principio nada extraordinario, pues los robos de joyas fueron entonces muy frecuentes. Según su declaración judicial, dio la guerra por perdida cuando los facciosos cortaron las comunicaciones con Cataluña, y quiso asegurarse la huida y la ayuda a otros camaradas, por lo que habría persuadido al Juez Delegado especial de evasión de capitales, Antonio Márquez Rubio, que era amigo y compañero de partido, para aprovechar su labor de traslado de joyas al Banco de España y perpetrar el  robo[26].  Fue condenado a 30 años de cárcel y 10 de inhabilitación de cargo público. A su compañero lo condenaron a muerte.

Antonio Perxés Costa, a la izquierda de la imagen, al comienzo del entierro de Ángel Pestaña (Rambla del Estudis, Barcelona, diciembre de 1937). Fuente:
Mundo Gráfico, Madrid, 22-12-1937.

Cervera, sin embargo, nos revela que el caso de Márquez Rubio fue de los más sonados de infiltración en los tribunales. Al parecer, estaba conchabado con tres empleados del Crédit Lyonnais y su cometido era impedir que, con el dinero y las joyas, se compraran armas para la República[27].

 

BIBLIOGRAFÍA

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NOTAS
[1] ROJO, Vicente (1967): Así fue la defensa de Madrid. México: Era. En PASTOR PETIT, 2006, p.54.
[2] SEIDMAN, Michael (2003): A ras de suelo. Historia social de la República durante la Guerra Civil. Madrid: Alianza Editorial. En CORRAL, 2017, p. 194.
[3] PASTOR PETIT, 2013, p. 307.
[4] ALCOCER, Santos (1976): La quinta columna. Madrid: G. del Toro. En PASTOR PETIT, 2013, p. 307.
[5] IMANOL: “Los falsificadores”, en periódico Diagonal, 29-4-2016. Disponible en: https://www.diagonalperiodico.net/blogs/imanol/falsificadores.html (consultado el 17-02-2019)
[6] PASTOR PETIT, 2013, p. 304.
[7] RUFIÁN MELANCÓLICO (posible nick del pintor Carlos García-Alix): “Desafectos, derrotistas, quintacolumnistas y demás ralea”, en blog La biblioteca fantasma: reseñas de libros viejos (2005-2012). Disponible en: https://bremaneur.wordpress.com/2010/12/06/desafectos-derrotistas-quintacolumnistas-y-demas-ralea/ (consultado el 12-2-2019)
[8] PASTOR PETIT, 2013, p. 324.
[9] CORRAL, 2017, pp. 194-195.
[10] Centro Documental de la Memoria Histórica, DNSD-SECRETARIA, FICHERO, 8, B0099358 y B0099359. Disponibles en: http://pares.mcu.es/ParesBusquedas/servlets/Control_servlet?accion=2&txt_id_fondo=116994 (consultado el 18-2-2019).
[11] Todo lo relacionado con Bouthelier y su grupo, en CERVERA, 2006, pp. 339-341.
[12] Ibidem, p. 293
[13] VARGAS, Alberto: “La traición que desmontó la mayor red de la Quinta Columna”, en La Vanguardia, 10-10-2012, Barcelona. Disponible en:  https://www.lavanguardia.com/cultura/20121010/54351661950/jimenez-de-anta-traicion-quinta-columna.html (consultado el 17-2-2019)
[14] Expte. nº 639 instruido contra URZAIZ GUZMAN, Alejandro por el delito/s de Desafección al Régimen.Archivo Histórico Nacional, FC-CAUSA_GENERAL, 277, Exp.15. Disponible en http://pares.mcu.es/ParesBusquedas/servlets/ImageServlet (consultado el 18-2-2019).
[15] CERVERA, 2006, p. 301.
[16] Ibidem, p.305.
[17] BAJO, Jaime: “Florián Ruiz Egea, un ‘quintacolumnista’ ajusticiado en Canillas”, en Hortaleza, periódico vecinal, 31-3-2015. Disponible en: https://www.periodicohortaleza.org/florian-ruiz-egea-un-quintacolumnista-ajusticiado-en-canillas/ (consultado el 16-2-2019).
[18] RUFIÁN MELANCÓLICO: “Desafectos…, cit.
[19] Ficha de Raimundo Campos. Centro Documental de la Memoria Histórica, DNSD-SECRETARIA, FICHERO, 9, C0040514.  Disponible en: http://pares.mcu.es/ParesBusquedas/servlets/Control_servlet (consultado el 18-2-2019); RUFIÁN MELANCÓLICO:Desafectos… cit.
[23] DE PEDRO, 2014, pp. 154-155 y 220-221; PASTOR PETIT, 2013, p. 270.
[24] Dichos documentos se conservan en el Archivo militar de Guadalajara. Citado por SALAZAR, Aníbal: “La Guerra Civil con ojos de perro: una novela desconocida sobre el asedio de Madrid” [introducción], en DE PEDRO, 2014, p. 29.
[25] Expdte. núm. 383 instruido contra Carlos Santos Gracia por el delito/s de Desafección al Régimen. Archivo Histórico Nacional, FC-CAUSA_GENERAL, 30, expdte. 12.
[26] Expdte. núm. 77 instruido contra Julia de la Cuesta Almoina, Pilar Pérez Eguiluz, Antonio Perxés Costa y Antonio Marqués Rubio por el delito/s de Apropiación indebida. Archivo Histórico Nacional, FC, CAUSA_GENERAL, 77, expdte. 20.
[27] CERVERA, 2006, p. 294.

 

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