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México 68: resignificar la lucha

Aquella primera represión desató otras, completamente insensatas que partieron en dos la opinión nacional: acá, los hombres del poder y la gran propiedad; allá, los estudiantes, los profesores, los intelectuales y buena parte del pueblo.
Ricardo Garibay

 

Tratar un hecho histórico como un fracaso o un triunfo en sí mismo es un error metodológico. La historia pocas veces presenta hechos que puedan considerarse como triunfos o fracasos; pocas veces son las que se puede aplicar una declaración tan salomónica. Claro que existen los retrocesos y los avances en el crecimiento de la humanidad, y aunque aparentan ser más los primeros que los segundos, siempre hay, en última instancia, crecimiento.

La masacre mexicana de Tlatelolco en 1968 —como otros movimientos estudiantiles— también suele pensarse en términos binarios: por un lado, la manifestación estudiantil era una expresión popular que buscaba ampliar la democracia liberal; por el otro, el reclamo de los jóvenes y universitarios representaba la necesidad de una revolución social. Estas posturas determinaron en cierta forma el análisis histórico. Se dio así lugar a un pensamiento que predominó —o predomina— en la mentalidad social: el movimiento estudiantil del 68 fue un fracaso, ya que apenas habría cambiado la política gubernamental de Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) en los años restantes y no logró llevar a cabo un cambio revolucionario en la sociedad.

Sin embargo, valerse de la historiografía predominante y de los datos oficiales no aporta suficiente claridad sobre los hechos. Ni siquiera puede establecerse, al día de hoy, una cifra exacta de los muertos y heridos de la masacre. Ya en aquella época se estimaban números inexactos: para algunos periódicos, oscilaban entre veinte y treinta muertos y entre cincuenta y ochenta heridos. Actualmente, se calcula que pueden ser entre doscientos cincuenta muertos y mil heridos, además de otras desapariciones y detenciones ilegales que no constan en actas oficiales.

Así, si bien el movimiento del 68 fue heterogéneo y complejo, casi siempre se lo trató de manera homogénea y simple. De hecho, el primer abordaje que se realizó sobre el asunto, a cargo del gobierno y los medios, fue en esa línea. La decisión de presentar los hechos bajo una perspectiva “uniforme” fue bien recibida por la opinión pública, aun cuando es probable que el oficialismo fuera consciente de las distintas posturas y grupos presentes en las manifestaciones.

Como segundo abordaje de los hechos y primer acercamiento historiográfico, el libro La noche de Tlatelolco. Testimonios de historia oral (Elena Poniatowska, 1971) es tal vez el texto más valorado debido a su pronta salida. A partir de allí, el análisis se encuentra entre dos posturas conocidas. Por un lado, una tendencia liberal progresista que es crítica con el mandato de Díaz Ordaz mientras revaloriza la lucha democrática y el triunfo de una apertura política. Por el otro, una tendencia neomarxista o nueva izquierda que analiza el hecho como una victoria de alternativa política pero que ha fracasado como revolución. Así mismo, la primera tendencia buscó revalorizar los logros de la Revolución Mexicana y considerar que aún faltaban objetivos por cumplir, reconociendo los abusos del gobierno. La segunda tendencia intentó poner en tela de juicio el proyecto de la misma Revolución, considerando un impedimento para el alcance de la justicia social la hegemonía del Partido de la Revolución Institucional (PRI).

Si bien existe una extensa cantidad de libros, artículos y material audiovisual sobre el tema, sorprende la permanencia de estas dos posturas en el imaginario de la sociedad mexicana. Incluso cuando todos los años se realiza una gran manifestación estudiantil recordando el 2 de octubre, persistiendo en varias ocasiones los enfrentamientos entre los jóvenes y la policía.

Los estudios sobre las manifestaciones y la masacre de octubre del 68 entienden como primer desencadenante al incidente de fútbol americano del 22 de julio de aquel año. Reavivando los conflictos entre las dos universidades, dos grupos de estudiantes se enfrentaron: uno de la Vocacional 2 del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y otro de la preparatoria Isaac Ochoterena de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Al día siguiente, se organizó un ataque a los edificios de la preparatoria Isaac Ochoterena, el cual se efectúo impunemente frente a la presencia de los Granaderos. El ataque, donde participaron una gran cantidad de estudiantes, fue orquestado por grupos pandilleros y porros[1] manipulados por el poder político. Finalmente, ese día, luego de que las hostilidades hubieran terminado, un grupo del Cuerpo de Granaderos entró en los edificios de la Vocacional, reprimiendo a maestros y estudiantes, responsabilizando y persiguiendo, más tarde, a partidarios comunistas.

Por ello, las primeras demandas fueron que el gobierno no interviniera en los asuntos estudiantiles[2]; la destitución de los responsables de las intervenciones; la desaparición del cuerpo de Granaderos y la creación del Consejo Nacional de Huelga (CNH), el cual sería la principal organización de las manifestaciones estudiantiles. Ya luego se sumarían otras como el desconocimiento y cierre de la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET) del Instituto Politécnico Nacional, por ser una organización patrocinada por las autoridades; la desaparición de la Porra Universitaria y del Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO, representante de la derecha anticomunista en el mundo universitario); la expulsión de los estudiantes miembros de dichas agrupaciones y del PRI; indemnizaciones por parte del gobierno a los estudiantes heridos y a los familiares de los muertos; excarcelación de estudiantes y presos políticos y, tal vez la demanda más directa al estado[3], la derogación del artículo 145 y 145 bis[4] del Código Penal que sirvió de herramienta para la persecución ideológica y política.

Según Pedro Castillo[5], hubieron por lo menos tres tendencias predominantes en las manifestaciones. Por un lado, el bloque democrático–burgués conformado por disidentes del aparato gubernamental, quienes no buscaban acabar con la hegemonía del partido pero que sentían insatisfechas las demandas fundamentales de la Revolución. Podríamos incluir aquí a algunos rectores o miembros de la FNET que, sin querer romper relaciones con el estado, pedían por una apertura democrática (o de autonomía), condenando la intervención militar a las universidades. Por otro lado, el bloque pequeño burgués radicalizado, compuesto por aquellos críticos al gobierno y la hegemonía del PRI, de tendencia socialdemócrata o liberal, quienes a la vez condenaban las represiones. Finalmente, el tercer bloque ideológico proletario, que pedía por cambios revolucionarios, aun cuando no fuera un grupo socioeconómico homogéneo. Criticaban al gobierno y al sistema mismo, encantados por la relectura de la nueva izquierda latinoamericana y los movimientos guerrilleros. No eran todos necesariamente de tendencia comunista pero sí intelectual, allegados a las teorías marxistas y anarquistas.[6]

Por esto, analizar los testimonios del 68 es una tarea compleja, no solo por la cantidad de los mismos sino también porque una de sus principales características es que contemplan más de un ideario. En otras palabras, la masacre de Tlatelolco no es una lucha de clases sino una lucha de ideas llevadas a la calle.

Si bien algunas consignas como “libertad”, “reforma”, “revolución”, “paz” y “diálogo” eran comunes para todos, fueron, en muchas ocasiones, palabras abstractas y sin contenido real. Como todo movimiento heterogéneo, varias agrupaciones se aglutinaban bajo las mismas banderas pero no tenían los mismos objetivos finales. Sin embargo, como detalla Pedro Castillo, con el correr del tiempo, y llegando hacia su fase más álgida antes de la masacre,

“las principales ciudades de país estaban en movimiento organizando la lucha libertaria. La represión había originado que parte de las nuevas estructuras de organización pasaran a formas más evolucionadas de lucha. Las ideas insurreccionales y guerrilleras comenzaron a cobrar simpatías en ciertos sectores, sobre todo en los fogueados brigadistas que eran los que mantenían y soportaban el peso del movimiento. El Consejo Nacional de Huelga, aunque era el centro político y espiritual del movimiento, estaba siendo rebasado por la fogosidad del brigadismo.”[7]

Como recordó Carolina Pérez Cicero, estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, “los brigadistas eran muchachos y muchachas de la base estudiantil que realizaban todo tipo de actividades, desde recolectar dinero hasta hacer mítines relámpago en la calle, en los barrios más alejados, en las colonias proletarias…”[8]

Así, la participación de brigadistas no solo fue vital para la viralización de las ideas del movimiento sino también para la verdadera autonomía y autogestión social. Las partidas de varios jóvenes a veces contradecía a las organizaciones estructuradas como el CNH: pintaban paredes, pegaban carteles, pedían colectas, repartían volantes, realizaban happenings y salían al encuentro de la gente.

El surgimiento de las brigadas representaba el verdadero espíritu de lucha, ya que estos rompían las barreras que separaban a los intelectuales de la realidad social, de las calles. El número de brigadistas oscilaba entre grupos de unos cuantos hasta unos doscientos o más, siendo organizaciones horizontales e independientes del espacio universitario. Es decir, seguían actuando aún cuando el ejército ocupaba universidades.[9]

Como se evidencia en algunos de los testimonios recogidos por Elena Poniatowska, el movimiento estaba compuesto por diferentes puntos de vistas y miradas sobre la situación, pero ante la importancia de las brigadas casi todos están de acuerdo.

Tal fue el impacto de las brigadas en la masificación del movimiento que, como sintetizaría Castillo, el gobierno sólo tenía una opción: “Díaz Ordaz y su estado mayor político-militar decidieron poner fin al entusiasmo libertario y dieron la orden de perpetrar una masacre en el mitin realizado en la ‘Plaza de la Tres Culturas’ en Tlatelolco el día 2 de octubre.”

Luego de la masacre, todo es confuso, al menos para las distintas miradas de los protagonistas y los historiadores. Algunos alegan que el movimiento perdió fuerza principalmente porque los líderes del CNH tenían reuniones secretas con funcionarios del estado para llevar adelante negociaciones. Es decir, estaba condenado a terminar en un intento de reforma más que en un intento revolucionario. Por otro lado, se habla de negociaciones el mismo 2 de octubre a la mañana por dichos dirigentes que buscaban el diálogo con el gobierno y que planificaban cancelar la manifestación para no entorpecer la misma. No obstante, Díaz Ordaz ya tenía decidido reprimir a los estudiantes y apresar a los líderes del CNH. La lucha, a pesar de todo, seguiría muchos años más: nacen, de los sesenta, los movimientos guerrilleros, las reivindicaciones sociales y el espíritu de solidaridad que tanto caracteriza al pueblo mexicano.

Una mirada hacia el futuro

De esta manera, difícilmente pueda hablarse de fracaso si se tiene en cuenta la importancia de la acción directa de las brigadas para las ideas del movimiento, la alta participación de diversos actores políticos y la revalorización de los jóvenes como partícipes activos de la sociedad.

Si acaso se hablara de triunfo en la Historia, el foco debería centrarse en el crecimiento social y cultural. Ese crecimiento es constante y, por lo tanto, difícil sería considerar un triunfo completo. Así mismo, con el análisis crítico de los hechos recordamos las injusticias, las desigualda­des, los razonamientos oscuramente lógicos de la humanidad; los tan llamados fracasos. Si acaso se hablara de fracaso en la Historia, este tendría que ser identificado con la pérdida de innumerables vidas que se han sacrificado para cambiar el mundo.

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Imágenes

Portada del artículo: La universidad en la cárcel. Heberto Castillo, 1970.

Tanque: Este diálogo no lo entendemos. Serigrafía (MUCA, UNAM. 1968).

Referencias

[1] Comúnmente, llamado así a quienes siguen algún equipo deportivo. A partir de la creación de la Ciudad Universitaria en 1954, y cierto preferitismo del gobierno a la UNAM, los enfrentamientos entre la UNAM y el IPN se corporizaron en los partidos de fútbol americano. Así, el gobierno comenzó a infiltrarse y a cooptar las porras que apoyaban al equipo de la UNAM, utilizándolas para provocar o denunciar activistas. Por ello, se conforman las sociedades nacionalistas llamadas “porros”, financiadas para denunciar mítines o manifestantes disconformes con el presidente.

[2] La represión estudiantil y la intervención directa en las instituciones educativas, a través del monopolio de la fuerza por parte del Estado, fue una constante en la década del cincuenta y el sesenta. Gómez Nashiki (1988). 1948-1968 Veinte años de represión.

[3] Nota de los editores: se ha respetado la decisión del autor, que optó por la grafía “estado” para referirse a la institución “Estado”.

[4] El cual permitía al Estado considerar ciertos delitos llamados “disolución social” para reprimir o tomar acciones militares.

[5] Fue un activista y preso político en el movimiento del 68.

[6] Castillo, Pedro “La lucha de clases en el ´68” citado en Héctor Gómora “En busca del 68. La historia no oficial de un movimiento estudiantil en México”. Laberinto: México, 2005.

[7] Castillo en Gómora (2005) p. 46.

[8] Poniatowska, Elena. La noche de Tlatelolco. Testimonios de historia oral. Ediciones Era: México, 2007, p. 70.

[9] Poniatowska (2007) p. 70.

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