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Una tarde salvaje en l’Hospitalet: el desconocido inicio de la guerra entre la CNT y el Sindicato Libre

El final de la Primera Guerra Mundial inauguró una intensa oleada de agitación obrera a lo largo y ancho de Europa. Barcelona fue uno de los escenarios más conflictivos de este período, en gran medida debido al violento choque entre la pujante CNT y un mundo patronal cada vez más reaccionario. El Estado español se demostró incapaz de canalizar este enfrentamiento entre trabajadores y empresarios a través de causes políticos e institucionales, lo que transformó la lucha de clases en una cruel guerra de guerrillas conocida tradicionalmente como “pistolerismo” (1919-1923).

El pistolerismo involucró a una multiplicidad de actores, pero una de sus facetas más dramáticas fue el sangriento enfrentamiento entre la CNT y el Sindicato Libre. Existe una consolidada leyenda negra en torno al “Libre”, que ha cimentado su fama de banda de esquiroles y esbirros patronales. Sin embargo, la historia del Sindicato Libre es bastante más compleja y rica de matices de lo que se suele pensar.

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Caricatura satírica sobre el pistolerismo de La Esquella de la torratxa (27-8-1920)

El Sindicato Libre fue fundado en Barcelona a finales de 1919 por un núcleo de jóvenes militantes carlistas, los cuales querían modernizar el movimiento y apostar por una mayor sensibilidad social. Durante sus primeros meses de existencia, el nuevo sindicato mantuvo una vida oscura y lánguida, sin embargo, lentamente comenzó a atraer a algunos grupos de trabajadores descontentos con la radicalización de la CNT, especialmente en el sector de los servicios y las profesiones técnicas.[1]

Este crecimiento no se basó en el ideario reaccionario del Libre (que siempre se mantuvo en un segundo plano), sino que en su disposición y capacidad para plantar cara a la CNT, en un momento en que el sindicalismo se había transformado en una actividad peligrosa y violenta. En consecuencia, no sorprende que, desde un inicio, ambos sindicatos entrasen en una ruta de colisión que rápidamente les llevaría a una guerra abierta.

Este artículo se centra en el primer enfrentamiento con víctimas mortales verificables entre militantes cenetistas y libreños, ocurrido en l’Hospitalet de Llobregat en agosto de 1920. Un episodio que, por lo general, ha sido considerado como uno más dentro de los cientos que ocurrieron en Catalunya durante estos años. En este sentido, lo que pretendo es ofrecer una visión del inicio de la guerra entre ambos sindicatos diferente a la tradicionalmente aceptada por la historiografía, y que tiende a basarse en el testimonio de Feliciano Baratech, uno de los principales dirigentes del Libre.

En 1927, Baratech escribió una historia “oficial” del Sindicato Libre que ha tenido una gran influencia sobre los historiadores, ya que es el único relato detallado de los primeros pasos del sindicato y, por ende, de los orígenes del conflicto con la CNT. Sin embargo, tanto la cronología como la información ofrecida por Baratech son bastante dudosas, y resultan contradictorias en muchos aspectos con las fuentes de la época.[2]

Para demostrar la poca fiabilidad de Baratech, podemos comenzar reproduciendo su versión de los hechos del verano de 1920. En su listado de mártires del Libre, Baratech incluye al militante libreño Pere Porta, señalando que: “fue agredido a tiros en la villa de Hospitalet, el 24 de julio de 1920 [en realidad, 11 de agosto], yendo acompañado de dos somatenistas, quienes contestaron a la agresión, resultando muerto además de Porta uno de los agresores, el anarquista [Manel] Figuerola”.[3]

Como veremos, lo sucedido realmente esa tarde de furia fue muy diferente.

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Los Presidentes de los Sindicatos Libres de Barcelona en 1922. Fuente: Wikipedia

“¡Que me matan, salvadme!”

Los años ’20 tuvieron poco de felices en Barcelona, ciudad que se había convertido en un polvorín a punto de estallar a comienzos de la década. La pugna entre la CNT y la patronal escalaba día tras día, mientras que todos los derechos y libertades se hallaban suspendidos debido al estado de guerra declarado en 1919. La violencia se había apoderado de las calles de la ciudad, y los enfrentamientos entre grupos anarquistas, bandas parapoliciales y fuerzas de seguridad se habían convertido en un hecho prácticamente cotidiano. En este contexto, no es de extrañar que cuando el Sindicato Libre comenzó a emerger tímidamente en algunas fábricas durante la primavera de 1920, pronto surgieran las primeras escaramuzas entre cenetistas y libreños.

Para comprender lo sucedido en l’Hospitalet, es necesario hacer un pequeño inciso sobre las relaciones del Sindicato Libre con el mundo empresarial y el Somatén, la tradicional milicia rural catalana que se había implantado en Barcelona a raíz de la huelga de la Canadiense. El Somatén contaba con el apoyo de las clases altas, así como de las autoridades civiles y militares de la ciudad, lo que le permitió ejercer una labor parapolicial centrada en la represión del anarcosindicalismo. Muchos militantes del Libre eran también somatenistas, lo que les permitía circular armados y gozar de la benevolencia policial en situaciones comprometidas.

Con respecto a los empresarios, aunque con frecuencia se ha dicho que el Sindicato Libre fue una simple creación de la patronal, no hay ninguna evidencia al respecto. La burguesía catalana era reacia a todo tipo de organizaciones obreras, incluidas las amarillas y católicas, por lo que tardó bastante en comprender los beneficios de la división del movimiento sindical. De este modo, el apoyo patronal en las primeras fases del Libre fue más bien limitado, y estuvo acotado fundamentalmente a algunos industriales carlistas o a sectores especialmente conflictivos, como el de la construcción.

Joan Coll, uno de los principales protagonistas de esta historia, unificaba estas dos dimensiones, ya que era tanto empresario de la construcción (en particular, contratista de obras) como destacado miembro del Somatén. Según su versión, Coll había sido amenazado de muerte en repetidas ocasiones por miembros de la CNT, lo que llevó a la jefatura del Somatén a destinar algunos individuos de confianza para protegerle. De este modo, llegamos a la fatídica tarde del 11 de agosto de 1920, en que Coll y su escolta se dirigieron al barrio de Santa Eulàlia en l’Hospitalet de Llobregat para visitar unas obras.

A eso de las cinco de la tarde, una intensa balacera interrumpió la tranquilidad de la barriada, llegándose a disparar decenas de tiros según algunos testimonios. La dinámica real del enfrentamiento es un misterio imposible de resolver, ya que las distintas versiones disponibles son completamente contradictorias, sin que sea posible corroborarlas o desmentirlas. Mientras que Joan Coll y sus acompañantes afirmaron haber sido víctimas de un atentado, la CNT denunció que, en realidad, Coll había atacado sin provocación a Manel Figuerola, miembro de la junta del Sindicato Único de Productos Químicos.[4]

Ahora bien, con respecto a lo sucedido con posterioridad al enfrentamiento inicial, contamos con información más fiable y contrastada. Tras la balacera, Coll y su escolta comenzaron a perseguir a Figuerola por las calles de Santa Eulàlia. Desesperado, Figuerola se refugió en una taberna cercana, pero sus perseguidores lograron encontrarle. El testimonio de Joan Roura, dueño de la taberna, describe perfectamente la brutalidad de lo sucedido a continuación:

Cerca de las cinco y media me hallaba ayer tarde escribiendo una carta en un velador, detrás de la puerta de mi establecimiento. (…) Sentí unas detonaciones o disparos hechos muy cerca, y vi entrar a un hombre, que, sin duda, por lo de prisa que iba, cayó cerca del mostrador. El desconocido, dirigiéndose a mí me gritó: “¡Que me matan, salvadme!” En aquel momento entró un vecino, que es mozo de un almacén próximo, y levantándose el que estaba en tierra se le abrazó gritando: “¡Enrique, que me quieren matar!” El desconocido, sin soltar a Enrique, escondióse detrás del mostrador, a la vez que se asomaba a la puerta el contratista Sr. Coll y otros tres individuos, empuñando pistolas o revólvers. Entonces Enrique sacó la cabeza por encima del mostrador y rogó a aquéllos que no dispararan. El ruego no fué atendido, pues uno de los de la puerta, que no era precisamente el Sr. Coll entró en la taberna, y, alargando el brazo por encima de mostrador, hizo dos disparos, hiriendo al que se había refugiado allí y que era el sindicalista Figuerola.[5]

Manel Figuerola fue llevado a un dispensario de la Cruz Roja, donde falleció a última hora de la noche luego de sufrir una prologada y dolorosa agonía. Figuerola tenía 32 años de edad y vivía en el barrio de Sants de Barcelona. Según los periódicos, en sus bolsillos se encontró un papel escrito en catalán que decía: “¡Compañeros! Jurad ante mi tumba que vengaréis la muerte que me han dado”.[6] Sin embargo, dicha nota desapareció misteriosamente.

Según varios testimonios, el enfrentamiento se inició a las puertas de la fábrica textil Trinxet, una de las más grandes de l’Hospitalet de Llobregat.
Según varios testimonios, el enfrentamiento se inició a las puertas de la fábrica textil Trinxet, una de las más grandes de l’Hospitalet de Llobregat. Fuente de la imagen: Blog Local-Mundial

Crimen y ¿castigo?

La historia no acaba aquí y, de hecho, uno de los perseguidores de Figuerola acabaría muerto antes de que el sindicalista exhalase su último suspiro. Tras comenzar la balacera, el alguacil del Ayuntamiento tocó el pito de alarma para alertar a los miembros de los distintos cuerpos de seguridad. Dos de ellos, el cabo del Somatén Pere Valls y el sereno Francesc Ballester, se encontraron por la calle y se dirigieron juntos hacia el lugar de los disparos, asumiendo que se trataba de un atentado anarquista. Al llegar a la taberna de Joan Roura, vieron salir a Coll y su escolta, los cuales estaban armados con revólveres y comenzaron a huir. Valls era demasiado viejo para perseguirles, por lo que se cedió su carabina a Ballester, el cual, al ver que tampoco podía alcanzarles, disparó contra el grupo matando en el acto a un individuo que resultó ser el somatenista Pere Porta Arteaga.

La trágica confusión dejaba en una situación embarazosa e incómoda tanto a las autoridades como al Somatén. De hecho, existen varios motivos para pensar que se intentó encubrir lo sucedido y proteger a los involucrados. Los otros dos escoltas de Coll fueron detenidos, pero se les liberó antes de la llegada del juez instructor, una orden que debió venir de muy arriba. Sus nombres no fueron mencionados en la prensa, y las armas confiscadas desaparecieron y llegaron a manos del juez varios días después. Todos los somatenistas de l’Hospitalet declararon (mintiendo) que se limitaron a disparar al aire, mientras que la versión oficial de la jefatura de policía aseguró que Porta murió al repeler un atentado. Sin embargo, la inconsistencia de las declaraciones y, sobre todo, el potente testimonio de Roura, llevaron rápidamente a la detención de Ballester y Valls, que confesaron lo sucedido.

Llegados a este punto, el lector habrá podido notar que no se ha mencionado ninguna vinculación entre el Sindicato Libre y estos hechos. Es cierto que testimonios iniciales mencionaron la implicación de obreros del “sindicato católico” (el Libre era tan nuevo en ese momento que a veces se le llamaba así genéricamente), pero no fueron confirmados. Para encontrar una relación directa y verificable con el Sindicato Libre, debemos concentrarnos en los tres individuos que componían la escolta de Coll, cuyas identidades —salvo la de Porta— solo fueron hechas públicas durante el juicio celebrado en marzo de 1922.

Pere Porta tenía 30 años y era dependiente de comercio. Aunque participó en la asamblea fundadora del Sindicato Libre, su condición de libreño nunca fue mencionada por la prensa. Según algunos testimonios, Porta ingresó al Somatén debido a la muerte de su padre en un atentado. Como señalaba el ABC, “ante el cadáver de su padre, Pedro Porta juró vengarle, y decidió ingresar en el Somatén”.[7] Sin embargo, Porta era también un carlista radical y de acción. Al morir, era presidente del Comité reorganizador de los Requetés de Sant Andreu de Palomar y socio del Círculo Tradicionalista del mismo barrio, al punto que tras su muerte fue nombrado “veterano carlista”. Inicialmente, la policía señaló que las balas extraídas del cadáver de Figuerola coincidían con el calibre del arma de Porta. No obstante, es muy probable que el objetivo de culpar a Porta fuese liberar de responsabilidad al resto de los participantes.

Lo más verosímil es que el asesino de Figuerola fuese el somatenista Pere Mediavilla, el segundo miembro de la escolta de Joan Coll. Según Baratech, Mediavilla había sido delegado del Sindicato Único en la fábrica de automóviles Hispano Suiza antes de pasarse al Libre. Fuentes cenetistas aseguran que Mediavilla era una figura influyente en el requeté carlista, además de conocido confidente policial. Con tan solo 15 años, fue herido en un célebre tiroteo entre lerrouxistas y carlistas en Sant Feliu de Llobregat, que se saldó con seis muertos. En definitiva, Mediavilla fue uno de los primeros “hombres de acción” del Libre y, de hecho, poco tiempo después sería uno de los autores del fallido atentado contra Salvador Seguí en octubre de 1920.

Mediavilla fue detenido a los pocos días de la muerte de Figuerola, pero en toda la prensa apareció como “Pedro Neaville”, confusión que con toda seguridad no fue accidental. De todas formas, fue liberado rápidamente ya que, como vimos, el calibre de las balas parecía señalar a Porta. Mediavilla llegó a ocupar varios cargos importantes en el Sindicato Libre, siendo incluso miembro de su directiva. Cuando se concluyó la investigación por los hechos de Santa Eulàlia, el juez finalmente acusó a Mediavilla del asesinato de Figuerola, aunque para entonces ya había fallecido de una enfermedad en julio de 1921.

El tercer implicado era el joven Rafel Camerón, de unos 18 años, el cual había sido delegado del Sindicato Único de Artes Gráficas. Camerón había sido detenido en julio por repartir unas hojas sin pie de imprenta contra la CNT y, al registrarle, la policía encontró un carnet del Somatén y otro del Sindicato Libre. Camerón era probablemente el dueño de una libreta hallada en Santa Eulàlia tras el enfrentamiento, la cual contenía “algunas frases de dura condenación para el sindicalismo y una cuartilla de papel rojo en la que el dueño de la libreta, R. C., dispone que si muere en algún atentado sindicalista se meta dentro de su ataúd la boina roja, símbolo de los ideales que defendió toda su vida”.[8] El rastro de Camerón se pierde tras estos hechos y, aunque no lo he podido confirmar, hay indicios de que podría haber abandonado Barcelona y convertirse en militante del partido socialista.

Con respecto al juicio de marzo de 1922, no hay que pensar que lo que se juzgaba era el asesinato de Figuerola. El caso se cerró tras la muerte de los dos sospechosos y nunca se pensó en procesar a sus cómplices. El principal acusado en el juicio era el cenetista Domingo Colominas, detenido a finales de agosto y acusado de ser uno de los participantes en el supuesto atentado contra Joan Coll. Sin embargo, la verdad es que no había pruebas concretas contra Colominas, más allá de ser amigo de Figuerola y de haber sido reconocido por Coll en una rueda de presos. También se juzgó al sereno Francesc Ballester, el cual se defendió argumentando que actuó requerido por la autoridad y respetando los reglamentos. El jurado decretó un veredicto de inculpabilidad para ambos acusados, cerrando así definitivamente el caso. Como sucedía con demasiada frecuencia en esos años, ni Figuerola ni Porta obtuvieron justicia.

 

La frágil memoria del pistolerismo

Los sangrientos sucesos de l’Hospitalet significaron las primeras víctimas mortales del enfrentamiento entre la CNT y el Libre, que derivaría en una guerra abierta ya a mediados de septiembre de 1920. Ahora bien, lo más importante de este episodio es que contribuye a desmontar la versión ofrecida por Baratech y que, como mencionamos, ha sido recogida por algunos historiadores. Baratech asegura que el Sindicato Libre nació como alternativa a la CNT, pero que no pretendía enfrentarse a ella, sino que iniciar una colaboración. En este sentido, habría sido la respuesta violenta de los anarcosindicalistas la que arrastró a los libreños hacia la lucha armada y el pistolerismo.


La taberna de Joan Roura estaba establecida en el número 160 de la calle de Santa Eulalia. Pere Porta cayó muerto delante del número 52, a unos 300 metros de la taberna.

No obstante, hemos visto que desde un comienzo el Sindicato Libre estuvo vinculado con el radicalismo carlista, y varios de sus primeros militantes eran “hombres de acción” que circulaban armados y manifestaban una profunda hostilidad hacia el anarcosindicalismo, al punto de asesinar sin escrúpulos a un hombre inerme y escondido tras el mostrador de una taberna. También nos muestra el grado de protección del que gozaban por parte de las autoridades y la policía, aunque creo importante reiterar nuevamente que esta protección estaba ligada más bien a su condición de somatenistas que a su pertenencia a un sindicato aún muy poco conocido. El verdadero amparo y protección oficial del Libre se inició a comienzos de noviembre de 1920, con el nombramiento del general Severiano Martínez Anido como Gobernador civil de Barcelona. A partir de entonces, los libreños tendrían carta blanca para iniciar una cacería de cenetistas con la complicidad de las autoridades.

Por último, se hace necesario mencionar el olvido en que cayó la figura de Figuerola, a pesar de ser el primer cenetista asesinado por miembros del Libre. Manel Figuerola no aparece en ninguno de los listados de víctimas publicados posteriormente por la CNT, aunque probablemente sea el “Juan Figuerola” mencionado en varios de ellos. En este sentido, el caso de Figuerola representa un nuevo ejemplo de la fragilidad de la memoria anarcosindicalista con respecto a la violencia de la época del pistolerismo, construida muchas veces en base a relatos orales poco fiables e información fragmentaria. Toca a la historiografía, entonces, realizar un trabajo de revisión profunda de esos años, para romper de una vez por todas con la gran cantidad de mitos y ficciones que han ido cristalizando durante décadas, y que han contribuido a deformar, muchas veces hasta extremos irreconocibles, uno de los períodos más dramáticos y fascinantes de nuestra historia contemporánea.

 

Este artículo es la tercera parte de una serie sobre la memoria histórica de las víctimas del pistolerismo barcelonés. Los dos primeros se pueden consultar en los siguentes enlaces:

Enric Aimerich (a) El Guardia Rojo

Las tres muertes de José Castillo

Notas

[1] Recordemos que en el Congreso de la Comedia, celebrado en Madrid durante diciembre de 1919, la CNT acordó asumir como objetivo final el comunismo libertario. De este modo, se rompía el apoliticismo formal que, desde los tiempos de la Primera Internacional, había facilitado la convergencia entre el anarquismo y el sindicalismo políticamente neutro en Catalunya.

[2] En su libro Los Sindicatos Libres de España (1927), Baratech asegura que hubo tres militantes del Libre asesinados entre abril y julio de 1920; sin embargo, en ninguno de estos casos la prensa se hizo eco de una vínculo con dicho sindicato. Aunque es posible que tuviesen algún grado de conexión con el Libre, lo más probable es que fuesen asesinados por otro tipo de conflictos a nivel sindical.

[3] F. Baratech, Los Sindicatos Libres de España, pág. 202.

[4] La versión de Coll, que acabaría siendo la verdad oficial para la fiscalía, se puede consultar en la crónica de La Vanguardia, 12 marzo 1922, pág. 20, mientras que la versión de la CNT en El Socialista, 12 agosto 1920, pág. 2. Hay que señalar que Coll sufrió también un atentado en noviembre de 1920, resultando ileso (ver La Vanguardia, 21 marzo 1922, pág. 9).

[5] ABC, 13 agosto 1920, pág. 13.

[6] La Vanguardia, 13 agosto 1920, pág. 4.

[7] ABC, 13 agosto 1920, pág. 13.

[8] La Vanguardia, 17 agosto 1920, pág. 4.

 

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