Visionarias, librepensadoras y espiritistas. Mujeres pioneras de las luchas sociales (1830-1931).
Dolors Marín Silvestre.
Editorial Almuzara, 2025, Córdoba.

Entre la Ilustración y la Primera Internacional
En 2018 Dolors Marín publicó un libro titulado Espiritistes i lliurepensadores: dones pioneres en la lluita pels drets civils, por medio de la editorial Maeva. Ahora, en 2025, sale Visionarias, librepensadoras y espiritistas: Mujeres pioneras de las luchas sociales (1830-1931), por medio de la editorial Almuzara, versión en castellano de la anterior, aunque con algunas actualizaciones y añadidos.
Es un estudio que relata por medio principalmente de varias biografías de mujeres que destacaron por sus opiniones innovadoras y liberadoras. Algunas partes se dedican a un periódico, organización o circunstancia para contextualizar u ofrecer una perspectiva general. Hay dos temas elementales: el espiritismo y el feminismo de los que hacen gala la mayoría de las protagonistas. En un segundo plano vemos otros temas como el movimiento obrero, la ciencia de la época, el librepensamiento crítico o el anticlericalismo.
Desde las primeras páginas tomamos conciencia de que estamos en una parte de la historia popular que se ha saltado o ignorado con mucha frecuencia. Siguiendo un orden cronológico, los primeros capítulos cubren una época muy interesante que hay que tratar desde la perspectiva de las clases bajas, porque cuando se ha tratado ha sido para hablar de las revueltas de los liberales contra el absolutismo. Esa época es desde la Ilustración y la caída del Antiguo Régimen hasta el surgimiento de la Primera Internacional como inicio del movimiento obrero organizado y dispuesto a la revolución.
Quien conozca la historia del movimiento obrero en el siglo XIX y XX, conoce bien el fuerte tono anticlerical, materialista y librepensador que la caracterizaron. El anticlericalismo y la heterodoxia definieron la izquierda política que históricamente se ha dado en el siglo XIX español. Para entender cómo se dio así, hay que tomar conciencia de que la Iglesia siempre se mostró partidaria del absolutismo y del Antiguo Régimen, mostrándose encantada en seguir manteniendo la Inquisición, ya muy odiada por las clases populares desde finales del siglo XVIII. La pérdida de poder de la Iglesia se relacionó inevitablemente con la libertad y el fin de la opresión. El anticlericalismo fue el nexo coordinador de movimientos muy divergentes que se unían por apoyar la libertad y denunciar el «vivan las cadenas«. Estas ideas bebían de la Ilustración y de las nuevas ideas progresistas, materialistas y sociales que se estaban dando. Por ejemplo, podemos ver el escrito de Emmanuel Sieyès ¿Qué es el Tercer Estado?, en el que se denuncia la injusticia y opresión que sufre el Pueblo, definido como los no privilegiados (nobles y eclesiásticos). Todos esos acontecimientos políticos impactaron profundamente en toda la población, que adquirió una conciencia sobre las aportaciones positivas del progreso social, de la democratización, del conocimiento científico en el mundo real, y la justicia en la igualdad. Todo ello frente a los privilegios, el tradicionalismo estancador, la religiosidad antihumana y el autoritarismo opresor. Se libró una lucha ideológica entre la época enmarcada a finales del siglo XVIII hasta la segunda mitad del siglo XIX. Una lucha que conocemos bien por los conflictos entre absolutistas y liberales (que supondrá trágicos ejemplos como la ejecución de Mariana Pineda) así como por las aportaciones, teóricas y prácticas, de movimientos y tendencias como el socialismo utópico u otros grupos de la época. Todo ello en una época que fue configurando el capitalismo moderno.
Por ello, dedica capítulos específicos sobre Fourier y Saint Simon, pues estos dos autores realizaron aportaciones muy radicales sobre la liberación de la mujer, el socialismo y comunalismo, y, menos conocido hoy, la defensa de ideas espiritistas por parte de Fourier o de un cristianismo heterodoxo y vida en las estrellas de Saint Simon.
En este período hay más olvidos que historia, y especialmente lo han sufrido más las mujeres y marginados de distintos tipos. No en vano, incluso entre los revolucionarios se conocen más a quienes procedían de posiciones económicamente más desahogadas. Dolors Marín intenta con este libro revertir esta situación dando a conocer una multitud de mujeres (y no pocos hombres), totalmente desconocidos hoy pero importantes en la época.

En toda la obra vemos una relación muy clara entre librepensamiento, pensamiento progresista social crítico, anticlericalismo, republicanismo, masonería, anarquismo, socialismo, feminismo, abolicionismo de la esclavitud… Después, en el siglo XX se tenderá a impulsar más las escuelas racionalistas y el sindicalismo.
Es una época en que la prensa popular estaba emergiendo, al igual que los folletines populares, y se configuraron multitud de grupos de todo tipo favorables a las clases subalternas y a las ideas progresistas. Prensa, grupos e individuos que irán dando base a las futuras organizaciones más desarrolladas que conocemos algo mejor hoy día, constituidos principalmente por trabajadores y mujeres, y no tanto por intelectuales, aunque estos sean los más conocidos hoy. La multitud de nombres que se citan en este libro así lo corrobora.
Encontramos en sus páginas acontecimientos hoy olvidados pero que son claves para explicar nuestra historia contemporánea y aspectos como el anticlericalismo. Así, por ejemplo importante, es la quema de libros en Barcelona en el año 1861, que debió tener un impacto espectacular entre la población, hambrienta de cultura y escuelas, que se escandalizó al ver cómo las amenazas de la Iglesia de volver a los tiempos de Torquemada no eran sólo un ejercicio de retórica. No fue un hecho aislado: en 1857 se hizo lo propio en Cádiz, ciudad moderna y cosmopolita, bien conectada con el mundo por medio de su puerto. Pero también vemos otros ejemplos en el libro de Dolors como la huelga de siete semanas, o el asesinato de una huelguista por una esquirola en 1881, hechos que hoy no se recuerdan tanto como otros eventos como la Semana Trágica, la Huelga de La Canadiense o la Sublevación de Loja. Pero que debieron ser fundamentales en el ambiente de opinión de las clases populares.
El espiritismo
Uno de los principales méritos de Visionarias, librepensadoras y espiritistas es explicar el espiritismo, ya que incluso entre ambientes de divulgación histórica se reproducen algunas ideas equivocadas, simplificadas o tergiversadas, pese a que ciertamente el mundo académico especializado, por medio de numerosos artículos publicados en revistas académicas, sí ha tratado con bastante corrección histórica este movimiento.
El espiritismo fue un movimiento social que interconectaba unas creencias sobre la vida más allá de la muerte, varias hipótesis científicas que intentaron probar, e ideas sociales de libertad e igualdad. A menudo se ha calificado el espiritismo como una religión o creencias religiosas, pero tal extremo no es correcto. Ellos se veían como parte de la ciencia, del mundo progresista y, por eso, existieron agrupaciones que se denominaban «espiritistas racionalistas», como el Centro de Sabadell, citados en este trabajo.
El espiritismo afirmaba, efectivamente, que el fallecimiento de alguien no suponía su entrada en el cielo o infierno, o su desaparición como conciencia o alma, sino solo su «desencarnación», el «desencarnamiento», la separación de la persona, eterna, de su cuerpo, momentánea. Fuera del cuerpo, estas conciencias, que no han olvidado su pasado, siguen actuando pero al margen de los vivos. Con las herramientas adecuadas, se podían comunicar vivos y muertos. Aparte, en un momento dado, podían reencarnarse en otro cuerpo, que no podían elegir: era aleatorio. Por ello, defendían determinadas posturas sociales de igualdad, libertad y bienestar: había que elevar la posición de los pobres porque podías reencarnarte en un miserable y entonces más vale que haya mejorado su malvivir; había que defender el feminismo porque podías volver al mundo en el cuerpo de una mujer y por ello conviene que se elimine todo el machismo posible; había que defender la abolición de la esclavitud y denunciar el racismo porque también podías renacer en una persona colonizada o esclava. A raíz de estas observaciones, se desarrolló un rico pensamiento social y político, con un papel muy destacado en el feminismo, porque la popularización de varias figuras femeninas en los ambientes espiritistas durante su época dorada, ayudó a que se fuese aceptando que la mujer actuara públicamente.

No debemos pensar que el espiritismo fuese visto como una idea disparatada o propia de los ambientes ocultistas. En una época (principios del siglo XIX), no muy lejana del Antiguo Régimen, se observaba numerosas fuerzas naturales invisibles, tales como el magnetismo de un imán o las ondas de radio. Tampoco estaba muy popularizado el entendimiento de la electricidad, ni tampoco existía una producción tecnologizada ni tampoco se daban en la ciencia un método científico realmente consensuado o regulado. Con todo ello, la posibilidad de encontrar modos técnicos para comunicarse con «descarnados» era, a ojos de muchos, una hipótesis tan legítima como iluminar las ciudades con la electricidad. Una época en que se dieron polémicas científicas de todo tipo, tal como la frenología, la homeopatía o las clasificaciones raciales humanas (que hoy se consideran erróneas) o el modelo atómico-molecular (correcto aunque complementado posteriormente), no podía extrañar que se diesen también negaciones y debates en torno al espiritismo.
A ello debemos tener en cuenta el apoyo de numerosos intelectuales, escritores y científicos de la época al espiritismo (y otras ideas semejantes) que otorgaron cierta popularidad y mucha más difusión. Con todas las implicaciones sociales que arrastraban. Así por ejemplo, hubo masones que se hicieron espiritistas y crearon logias espiritistas-masónicas.
Marín también aprovecha para aclarar muchos conceptos e ideas que hoy resultan confusas: médiums, bailes de mesas, mesmerismo, sonambulismo, teosofía, etc. También sobre cuestiones científicas que fueron, primero, potencialmente ciertas y, posteriormente, polémicas, cuanto menos: homeopatía, hipnosis, magnetismo… La hipnosis, por ejemplo, se usó como pretendida anestesia.
Con todo, debemos tener en cuenta que el espiritismo fue un movimiento muy diverso y complejo, con sus propios debates y su propia evolución. La lectura no solo de este libro sino de los numerosos artículos académicos que hay en revistas históricas exponen claramente esa profundidad que debemos tener en cuenta al igual que la mayor parte de movimientos sociales constituidos por numerosas personas y asociaciones.
Sí diré que eché de menos la ausencia de una espiritista granadina: Agustina González López, la «Zapatera», autora de unos folletos increíbles, con algunas ilustraciones muy interesantes. Pero es cierto que las mujeres, textos y asociaciones que cita Dolors en su libro se ajusta fácilmente a lo que dijo Agustina. En realidad, es señal de que debemos seguir haciendo trabajos e investigaciones como este de Dolors. De hecho, ante las breves biografías que expone, la autora anima a los lectores que puedan a investigar y escribir a que elaboren monografías de muchas de las figuras que protagonizan sus páginas.
Las mujeres
Este libro, además de cubrir parte de la historia popular, del movimiento obrero y del socialismo, también abarca parte de la historia del feminismo en España, pues expone varias de sus pioneras, destacados periódicos feministas, y las primeras organizaciones importantes de mujeres. Nuevamente se sucede una infinidad de nombres y datos que a veces llegan a abrumar, aunque para bien. Pero entre todas ellas, quizás destacan Isabel Vilá, Cándida Sanz, Amalia Domingo, Ángela López de Ayala… pero son solo la punta de un gigantesco iceberg.
Llama mucho la atención el grupo de mujeres que giran en torno a «Los Pensiles», una serie de periódicos que se editaron principalmente por Cádiz: El Pensil Gaditano, El Pensil de Iberia, El Nuevo Pensil…

Es abrumador también los libros y folletos que se citan en el estudio de Dolors Marín. Muchos son de orígenes muy humildes y oscuros, como el firmado por una tal Rosa Marina, La Mujer y la Sociedad, donde se dice: «Donde la mujer es esclava, el hombre no puede ser libre«. También rescata figuras muy interesantes, como la alegoría literaria del «Cristo de las Barricadas».
El pensamiento y movimiento de Saint Simon cobra mucha importancia, porque concedía un gran protagonismo en las mujeres. Aparte de defender un cristianismo heterodoxo, también especulaba sobre la vida alienígena.
El libro encaja el espiritismo y las primeras asociaciones y campañas (como las de laicización, que se materializó por medio de bautismos laicos con nombres modernistas, matrimonios civiles, entierros civiles, etc.) dentro de la historia de las mujeres, y relata el proceso en el que es sucedido por el obrerismo, la pedagogía racionalista (algunas con influencias espiritistas, por cierto) y el sindicalismo. Por eso se cita con frecuencia a Teresa Claramunt, atea, alejada del espiritismo, pero bien relacionada y asociada con muchas de ellas.
Lo interesante es que hay un discurso propiamente de mujeres que circula entre ellas, aún con sus diferencias. Hacen notar, por ejemplo, las «madres de distintas religiones», tal como vemos en estas palabras de Cándida Sanz:
«Todas las leyes que se han dictado y todas las creencias que se han formado, muy poco o casi nada han concedido a la mujer las leyes que la han esclavizado quitándole su más legítimo derecho; las creencias religiosas cubiertas siempre con el velo del misterio, han ofuscado de tal modo su inteligencia, que la han puesto en la dura necesidad de ser egoísta, porque la mayoría de las religiones enseñan a que solamente se ame a los que profesan aquella creencia que cada grupo de la humanidad se ha formado.
Así es que cada madre de distinta religión, ha educado a sus hijos de distinto modo, y he aquí la causa de las encarnizadas luchas que tantos siglos ha viene arrastrando en pos de sí la humanidad: todos se detestan, ninguno se ama; todos son altivos, nadie humilde; todos hablan, todos gritan, todos quieren que su voz domine a los demás, todos piensan en tener razón«
Remata con un «pero nadie, absolutamente nadie, nos ha demostrado una verdad tan clara como el Espiritismo«.
Pero lo que más encontramos son reflexiones sobre la opresión contra las mujeres y la capacidad que tienen por medio de la educación a los hijos, como las siguientes, de Juana A. de Navajas:
«Si la madre es esclava ¿Puede acaso inculcar en el corazón de sus hijos sentimientos de libertad? Si la madre se halla sumida en el negro caos de la ignorancia y del error ¿puede acaso dirigir el corazón de sus hijos hacia el brillante foco de la ciencia y de la verdad?«
Las numerosísimas palabras y textos por la liberación de la mujer de unas y otras, se condensa en estas de Teresa Claramunt, no espiritista pero parte de esta historia: «Yo soy la esclava del esclavo«.
Dentro de los últimos capítulos se habla de dos asociaciones femeninas muy importantes: la Sociedad Autónoma de Mujeres y la Sociedad Progresiva Femenina. También se citan a las importantes Damas Rojas y Damas Radicales, facciones de los partidos republicanos más radicalizados, cuyos líderes intentaron controlar y calmar la extrema rebeldía de estas mujeres, reprimidas duramente durante la Semana Trágica. Otra interesante asociación fue Nivel Rojo, fomentada por López de Ayala, que se dedicaba a la medicina social y que implantará consultorios médicos en los barrios.

Pero una característica de Dolors Marín es que tiene en cuenta la vida cotidiana, que era la mayor parte de las personas que han sido parte de nuestro pasado, que conocemos por la historia. Lo cotidiano, la pequeña historia de la gente pequeña, nos ayuda a entender el trasfondo real; el de lo que con solo unos pocos datos «macro» solo nos dan explicaciones incompletas, quizás útiles para algunos análisis, pero no para tener la mayor perspectiva posible. Marín nos muestra que, dentro de su discreción, lo cotidiano era un día tras otro, el día a día de la vida de estas personas y de sus asociaciones, y que eso configuró realmente las bases asociativas y los modos de relacionarse de la gente:
«las mujeres organizan comidas, excursiones, actuaciones teatrales, musicales o declamaciones de poemas y deciden llevar a sus hijos a las escuelas racionalistas o hacer sus compras en las cooperativas obreras. Mujeres comprometidas que hacen que el gran tejido social obrerista y de las clases medias transforme radicalmente su analfabetismo en una toma de conciencia social y cultural.«
Todo esto rompe con esa imagen de la historia social de la izquierda con un pasado supuestamente unitario donde no importaba lo que ahora se llama «luchas de identidad»: siempre hubo feminismo, esperanto o volapuk, naturismo y desnudismo, siempre hubo debates sobre las creencias, preocupaciones por la salud, por la autocapacitación, por la cultura, luchas «relativas» como la vivienda (?). La imagen de un movimiento obrero de un varón fuerte con barba es solo un cartel de propaganda. Detrás hubo mucho más, sin excluir que hubiera hombres barbudos, algunos muy reaccionarios, otros todo lo contrario, y mujeres de todo tipo también. Y eso se muestra en estas páginas.

