Arqueología Religión

El fraude del milagro de Calanda al descubierto

El fraude del milagro de Calanda al descubierto1

El misterio de Velilla de Ebro, o como buscando un signo divino, la Iglesia española se encontró a un vulgar tullido del siglo XVII

Preámbulo

Bajo la visión de los creyentes, el milagro de Calanda parecía apuntar a ser uno de los pocos milagros creíbles, al resultar ser el mejor documentado de la historia de la cristiandad, y además relacionado en directo con una prueba palpable de la resurrección de la carne. Y el motivo de semejante creencia pasaba por el hecho supuesto de que la Virgen del Pilar, restituyó a Miguel Pellicer, un humilde campesino de Calanda, en Teruel, una pierna amputada y enterrada, con testigos, veintinueve meses atrás, en el hospital de Zaragoza. Milagro que la Iglesia local dio por autentificado en 1641, tras incoar el correspondiente Proceso canónico que mandó hacer el arzobispo de Zaragoza, Pedro Apaolaza. Historia que tan solo en el siglo XX, dio para imprimir ocho espesos libros2.

Por otra parte, antes de iniciar la historia, es de recibo expresar nuestro agradecimiento a determinadas personas de la propia Iglesia española, por su colaboración durante determinadas indagaciones conducentes al estudio del fraude del milagro, como fue el caso del jesuita Braulio Manzano Martín, que autorizó la admisión en el archivo del Colegio del Salvador de Zaragoza, donde mandó abrir sin reticencia alguna todos los cajones, poniéndolos al alcance de los investigadores. Al igual que sucedió con el sacerdote Agustín Gil Domingo, principal responsable del Archivo Diocesano de Zaragoza en 1999, ya que gracias a su gestión personal ante el vicario metropolitano se pudo acceder sin cortapisa alguna al protocolo notarial, que al final resultó ser el elemento fundamental del actual trabajo, desde aquí a ambos, estén donde estén, gracias3.

La Tradición

Calanda es célebre por sus tambores, por ser la patria chica de Luis Buñuel y por su Milagro. Según consta en la historia eclesiástica aquella localidad turolense fue testigo la noche del 29 de marzo de 1640, de un prodigio sin igual en la Iglesia católica. Un campesino, Miguel Pellicer, más conocido entoces como el Cojo de Calanda, al cual dos años y medio antes, teóricamente, le habían amputado y enterrado la pierna derecha a la altura de la rodilla, delante de testigos, en el hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza, debido al daño causado por el paso sobre la espinilla de una rueda de carro cargado a tope, a lo que se vino a sumar una gangrena posterior, la noche citada recuperó de forma milagrosa el miembro perdido, y según declaraciones del interfecto gracias a la supuesta intercesión divina de la Virgen del Pilar, a la que dijo haber visto en sueños aquella noche.

Y de aquel modo se inició la historia de uno de los milagros más fascinantes y mejor documentados de todos los tiempos, conocido de forma vulgar como el Milagro de Calanda, que en opinión de los expertos, es el milagro mas “estupendo” de la Virgen del Pilar, en torno al cual se ha estado tejiendo durante largos años una saga de publicaciones con el afán de preservarlo de los embates de los descreídos, aunque muchas de ellas muy poco rigurosas con lo acaecido, según la documentación coetánea.

Siete años después de aquel evento, el 12 de septiembre de 1647, el protagonista de aquel milagro mientras regresaba a Zaragoza procedente de Mallorca, donde por encargo del Cabildo del Pilar había estado “recaudando limosnas” (sic), moriría de una enfermedad desconocida a su paso por la población aragonesa de Velilla de Ebro, sumido en el más absoluto anonimato (sic). Un hecho que pasó inadvertido hasta el año 1849.

Aquel año, Francisco Serrano, capellán penitenciario del Pilar, dirigió una carta a Eusebio Manero, cura beneficiado de la iglesia de Calanda, solicitándo que investigara el tema de la muerte de Miguel Pellicer, tras oír, muy escandalizado, que un prebendado del Pilar utilizaba en sus sermones a Miguel Pellicer como ejemplo de ingratitud a la Virgen del Pilar, afirmando que dicho individuo había sido ajusticiado como “vulgar delincuente” en Pamplona, en los años posteriores al milagro.

Ejemplo moralizante que se venía utilizando de manera machacona en el Pilar, cuando menos, desde hacía 100 años. Aquella indagación dio como resultado que se conociera en aquellas fechas la existencia de la partida de defunción de Velilla de Ebro, con la cual se cerraba definitivamente el enigma, en todo cuanto se refería al lugar de su enterramiento o a la fecha concreta de la muerte de aquel beneficiario del milagro. Y así quedó la historia hasta 1972.

Una investigación forense sorprendente

Aquel año de 1972 salió a luz un libro escrito por el canónigo zaragozano de La Seo, Leandro Aina Naval, El milagro de Calanda a nivel histórico. En un capítulo de dicha obra, Aina desmentía con enfasis la aparente indiferencia de la Iglesia por la suerte final sufrida por Miguel Pellicer. Unos cuantos años más tarde, unos investigadores dedicados en aquel tiempo a investigar el milagro bajo el aspecto histórico, indagando sobre Aina en el archivo del Colegio del Salvador de Zaragoza les aparecio una sorpresa4.

Fallecido Aina, sus papeles particulares, que eran muchos y variados, fueron a parar a dicho archivo y entre ellos apareció un borrador de la que debería haber sido una segunda edición revisada del libro de 1972, destacando en él varios capitulos, donde se recogía, por ejemplo, la extraña historia de la desaparición del manuscrito original del Proceso de 1641, o en otro el desentierro de un cadaver, explicando Aina en dicho capitulo que en septiembre del año 1949 se había realizado, en una zona muy concreta del cementerio de Velilla, una “diligencia, bajo el control de la autoridad eclesiástica”, en la cual habían participado varios conocidos médicos de Zaragoza.

Según explicaba también el mismo Aina en aquellos papeles, durante dicha diligencia se procedió a la apertura de un enterramiento, en el cual apareció una osamenta a la que un grupo de expertos forenses practicó un concienzudo reconocimiento, que no dio, según Leandro Aina un resultado positivo, sin especificar exactamente qué cosa en concreto estaban buscando con aquel reconocimiento, o que poderoso motivo había existido para realizar semejante exhumación5.

Se inicia la caza

Partiendo de aquellos datos inciertos, en los inicios del siglo XXI, después de diversos tanteos6, los mismos investigadores decidieron averiguar sobre el terreno que había de cierto tras aquella intrigante historia, y por lo mismo tomaron el camino de Velilla, preguntando allí a la gente mayor de la población si sabían algo de aquel desentierro de un cadáver en 1949, pregunta a la que algunas personas mayores respondieron que sí, afirmando que siendo ellos muy niños habían visto en el ayuntamiento de su pueblo, expuesto en una caja de madera, el cadaver del Cojo del Calanda. Es más, los niños de aquella epóca se inventaron incluso una canción infantil que hacía alusión a aquel peregrino evento.

Confirmada la historia de la exhumación, los investigadores se dirigieron entonces al Archivo Histórico del Colegio Notarial de Zaragoza, al partir de la premisa simple de que para desenterrar un cadaver hacía falta una diligencia oficial, y que caso de llegar a realizarse, dicha diligencia debería constar en algún protocolo notarial.

Teoría que se vio confirmada, ya que bastó con preguntar en dicho colegio, si durante los años 1949 o 1950 se había producido el desentierro de un cadaver en Velilla, y la respuesta fue afirmativa. Y con ella se llegó a la certeza de la existencia de cierto protocolo notarial, redactado por Rafael Aldama Levenfeld7, en su caso notario de Pina de Ebro, a instancias del arzobispo de Zaragoza, Rigoberto Domenech Vall, sin que constaran más detalles en la inscripción notarial, pero que nos hizo sospechar que se trataba de la exhumación del supuesto cadáver de Miguel Pellicer, el supuesto agraciado por el milagro de la Virgen del Pilar.

Un tiempo despues los mismos investigadores tuvieron constancia de que la operación se había realizado a petición del arzobispo de Zaragoza, Rigoberto Domenech Valls8, pero en su caso representado por el deán y vicario general Hernán Cortés Pastor, fechada no en el año 1949, como afirmaba el canónigo Leandro Aina en su borrador, sino en 1950, protocolo que por imperativos legales, todavía no se podía consultar libremente en dicho Colegio notarial hasta el año 2050, y menos aún al ser los dos investigadores seglares, literal sic., ya que de haber sido miembros del estamento religioso lo hubieran podido consultar sin más cortapisas, tal como les dijo de forma muy amable el funcionario de servicio.

En busca del Protocolo perdido

A la vista del problema, se solicitó una entrevista con el decano del Colegio de Notarios, que tras mantener una amigable charla, durante la cual le explicaron los motivos de aquel interés, confirmando el decano lo mismo, que no se podía acceder al Protocolo, recomendando, eso sí, que se buscaran alguna persona dentro de la propia Iglesia que los avalase, porque por lógica en algún sitio debería haber una copia legalizada del dichoso Protocolo.

Saliendo del despacho del decano, los investigadores tuvieron la feliz idea de visitar un lugar que conocian muy bien, el Archivo Diocesano de Zaragoza, un lugar idóneo al que podían acudir con la intención de preguntar allí si tenían la dichosa copia, y si esta se podía consultar libremente a diferencia del original. Y muy pronto concluyeron las dudas, ya que bastó con preguntar al sacerdote archivero Agustín Gil Domingo responsable principal de aquel archivo en 1999, que sorprendido preguntó a su vez si estaban muy interesados por aquel protocolo, al decirle los investigadores que sí, con un gesto les indico que lo siguieran, encaminando los tres sus pasos hacia el interior de la dependencia, parando finalmente ante la puerta del despacho del vicario metropolitano, una vez dentro y tras una breve presentación, y aun más breve exposición de la petición, el vicario dio sin más problemas su consentimiento.

Y de aquella forma, en apariencia tan simple, se pudo acceder sin cortapisas al protocolo en cuestión, aunque evidentemente gracias a la intermediación del sacerdote Agustín Gil, que minutos más tarde dejaba sobre la mesa de la sala de investigadores una vieja y humilde carpeta de color azul con gomas.

Al abrirla, dentro de ella y unido al ansiado Protocolo notarial, había muchas más cosas, como por ejemplo, un informe forense emitido y firmado por reconocidos peritos cualificados de la Facultad de Medicina de Zaragoza; la copia manuscrita de las actas notariales levantadas por Guillermo Legáz Jerez, notario mayor de la curia arzobispal de Zaragoza; un conjunto de cartas intercambiadas entre algunos de los protagonistas que participaron en la exhumación, y seis fotografías que ilustraban tan atípica indagación, a la que asistieron entre médicos, periodistas, autoridades judiciales y civiles, un total de 33 personas, así como 6 representantes de la Iglesia, entre ellos el propio Leandro Aina, el mismo que afirmaba en 1972 que los resultados de la indagación habían sido negativos.

La historia oculta de la exhumación del cadaver del Cojo de Calanda

Dicha historia, y según aquellos papeles, de la cual se han cumplido ya 71 años, se inició de hecho el 14 de abril de 1950, cuando sorpresivamente se presentaron en Velilla de Ebro, el juez del pueblo de Quinto de Ebro (Zaragoza) Vicente Lope Ondé y el director de la Hoja del Lunes de Zaragoza, el periodista Emilio Alfaro Lapuerta9, a los que acompañaba Esteban Calomarde, cura de Gelsa, y en su caso anterior párroco de Velilla de Ebro, que habían llegado al pueblo con la clara intención de rebuscar en el antiguo cementerio del pueblo la tumba perdida de Miguel Pellicer, cuya ubicación era muy conocida gracias a una mantenida tradición oral. En dicha operación también se vieron implicados, les gustase o no, Angel Serrano, el cura de Velilla de la época, y el médico de la misma población Enrique Llobet.

A las cuatro y media de la tarde de aquel mismo día, cuando hacía pocos minutos que los principales responsables del asunto ya se habían marchado del pueblo al hacerse tarde, tras haberse subido al autobus con dirección a Zaragoza, los dos últimos personajes, Serrano y Llobet, con la ayuda de dos vecinos más, que habían seguido cavando, encontraron un cadáver “casi completo”, en el cual sé “apreció una hendidura en la parte superior de la tibia derecha, en la que según la tradición la Virgen Santísima hizo el milagro” (sic).

Dos días más tarde, según la correspondencia que se conservaba, el cura Serrano comunicaba por carta aquel hallazgo al arzobispo de Zaragoza Rigoberto Domenech, solicitándole instrucciones concretas al respecto “ya que dicho cadáver ha quedado sometido a vigilancia por orden del juez”.

Aquel mismo día, y por consejo de Ramón Celma Bernal, director de El Noticiero de Zaragoza y a su vez médico, el arzobispo Domenech tomó la decisión de designar, como peritos a: Valentín Pérez Argiles10, catedrático de Medicina Legal; a Tomás Lerga Luna, académico de Medicina; a Pascual Albalate, médico forense de Pina de Ebro y al médico titular de Velilla de Ebro Enrique Llobet, el mismo personaje que había participado el primer día en la búsqueda del cadáver. A partir de aquel momento el arzobispo Domenech pasó a delegar todas las gestiones de aquella operación, dejándolas en manos del vicario general de Zaragoza, a su vez deán del Cabildo, Hernán Cortés Pastor.

Valentín Pérez Argiles y José Conde Andreu, en la exhumación oficial. Archivo autor.

Hernán Cortés lo primero que hizo fue solicitar un informe por escrito, sobre su participación personal en la historia, a los párrocos de Velilla de Ebro (Angel Serrano), Gelsa (Esteban Calomarde) y de Quinto (Juan Francisco Abella). Este último contestó a vuelta de correo alegando su total ignorancia sobre aquella operación, de la que solo había tenido noticias a posteriori.

Por el contrario, el cura de Velilla daba cuenta al vicario Cortés de nuevos detalles afirmando que “la tibia (derecha, la del milagro) es de un grosor mayor que la de la izquierda”, y que siguiendo instrucciones del arzobispo había cubierto el cadáver con media caja de madera, cubierta a su vez con tierra, poniendo el lugar bajo vigilancia.

El antiguo cura de Velilla, Calomarde, justificó su intervención al vicario aduciendo tres motivos de peso: su conocimiento de la partida de defunción de Pellicer “quemada por los rojos” durante la guerra y que él había visto antes; su larga amistad con muchos testigos que conocían, por tradición oral, el lugar exacto del enterramiento y el recuerdo de un azulejo, adosado a la pared del cementerio, que marcaba exactamente la ubicación de la tumba recién abierta.

Desembarcan las autoridades

Tras aquellos informes, el 4 de mayo de 1950, desembarcaron en Velilla una multitud de personajes, traídos ex profeso en un autobús especial, que venían encabezados por el vicario Hernán Cortés, y seguidos por dos notarios, uno civil, Rafael Aldama y Levenfeld y otro eclesiástico, Guillermo Legáz, encargados en su caso de levantar acta de lo que tenía que acontecer aquel día.

Los forenses Pérez Argiles y Conde Andreu midiendo los huesos. Archivo del autor

Junto a los notarios estaban los peritos designados unas fechas antes por el propio arzobispo Domenech, a los que se unió uno nuevo: José Conde Andreu, un ferviente creyente, que devendría con los años en académico y vicedecano de la Facultad de Medicina de Zaragoza, y que además se haría muy popular entre los medios científicos, por sus experimentos con cadáveres en un intento encaminado a averiguar las causas físicas de la muerte en la cruz de Jesús.

No entraremos en los detalles de la operación, nada más referir que los peritos tomaron las medidas antropométricas del supuesto cadaver del personaje, verificando que “la pequeña irregularidad en la cara interna de la tibia derecha (que aún careciendo de significado médico, pudiera tenerlo en otro orden más elevado de ideas). Estimamos que la existencia de un callo de fractura hubiera sido contraria a la perfección de las obras sobrenaturales”. Es decir, que al no encontrar un callo de fractura en aquella pierna, supuesta del milagro, significaba según los peritos que podría haber existido “algo milagroso”.

Finalmente, y después de unas someras pruebas, los peritos forenses levantaron un informe cuyas conclusiones finales daban que:

“1ª Por la edad, sexo probable y antigüedad, pueden ser los restos estudiados los correspondientes a Miguel Pellicer”; “2ª Si los datos históricos que puedan existir respecto a su talla y forma de su cráneo resultan concordantes, podrá alcanzarse la certeza moral”, “3ª La irregularidad existente en la tibia derecha y el hecho de ser 5,5 mm más corta que la izquierda, inversamente a la norma (sin que tan pequeña diferencia pudiera producir claudicación) son dos circunstancias que, aunque de valor limitado, pueden estimarse como meros indicios a favor de la identificación de Miguel Pellicer”, “Es cuanto pueden informar, según su leal saber y entender, a Mayor Gloria de Dios y de la Santísima Virgen del Pilar”.

Se entierran de nuevo los restos de Pellicer y de paso el expediente

Tras emitirse aquel informe, el 9 de mayo de 1950, que fue enviado únicamente al arzobispado, la historia se paralizó para resucitar, cinco meses más tarde, tras recibir una carta el notario civil Aldama y Levenfeld del arzobispo Domenech en la cual se le solicitaba, de forma perentoria, que se personara en Velilla, y que una vez allí procedíera a dar fe pública del enterramiento definitivo del cadáver de Miguel Pellicer, que estaba depositado en el ayuntamiento, en una caja sellada y lacrada, desde el mes de mayo anterior. Según las minuciosas instrucciones del arzobispo, a dicho sepelio deberían asistir únicamente como testigos “el Sr. Cura, el Sr. Alcalde y dos testigos”. Ceremonia que, según figura en el protocolo, tuvo lugar en el cementerio local el día 16 de septiembre de 1950, a las doce horas, de forma discreta y sin más incidentes.

No es difícil el suponer, aunque no existe documentación al respecto, que el arzobispado debió pedir a todos los participantes de la historia que guardaran el secreto, dado que ningún medio de comunicación de la época recogió la noticia durante aquellos días, teniendo en cuenta el gran número de periodistas involucrados en la misma. Solo así se puede entender que el asunto se mantuviera inviolado, durante 22 años, hasta el año 1972. Momento en el que el canónigo Leandro Aina pretendió hacer pública la noticia en la reedición de su libro del milagro, justificando en su descargo que la operación de Velilla no había resultado positiva, opinión más que contradictoria a la vista del informe forense que apuntaba justamente todo lo contrario.

Se desconocen también, puesto que en el expediente conservado no figuran, las causas que motivaron el que no se diera a conocer al público el hallazgo, o las razones que impelieron al arzobispo Domenech a abrir aquella tumba, para después archivar el caso dando carpetazo al asunto. Salvo que la explicación a ésta extraña actitud resida en un comentario, dirigido al notario Aldama, y redactado por el propio arzobispo Domenech, donde le justificaba que era muy “conveniente volver a dar sepultura a los restos encontrados hasta que nuevamente sean necesarios para su estudio”.

Comentario que parecía indicar, en cierta manera, que Domenech había decidido traspasar la responsabilidad del asunto a sus sucesores en el cargo de arzobispo, para que ellos decidieran qué hacer, literalmente, con el “muerto”. “Muerto” que se sepa que nadie más levantó.

Por otra parte, la evidente falta de voluntad del arzobispo Domenech por aclarar el misterio se hace muy patente hoy en día a la vista de la documentación que se conservaba, y muy en particular gracias a una de las fotografías que se plasmaron del evento, donde no es difícil vislumbrar la existencia de una serie de indicios que, de haberse tenido en cuenta en aquella ocasión, hubieran permitido afinar aún más en cuanto a la identificación definitiva del cadáver de Velilla de Ebro. Empezando por dos hechos anómalos que se recogian en el propio informe forense.

Cuestiones ortopédicas

Primero, que el cadáver conservaba todavía en 1950 restos de vestimenta y los zapatos. Motivo por el cual los peritos forenses aconsejaron al arzobispo, con buen criterio, que hiciera analizar dichos restos por arqueólogos, cosa que no se realizó, perdiéndose así una posibilidad de oro. Y, segundo, que los forenses destacaron en su informe lo anormal que resultaba que la talla de los zapatos del difunto, fuese ostensiblemente mayor que lo que correspondía al individuo. Y la única explicación que supieron o quisieron dar los peritos a dicha anomalía fue que: o que dichos zapatos no correspondían al mismo cadáver, o que el cadáver había sido enterrado, en la época, con unos zapatos que no eran los suyos propios.

Pues bien, la clave para resolver aquel último misterio se encuentra precisamente en la parte inferior en una de las fotografías conservadas, la misma en la que aparecen los zapatos en discusión junto con los restos de la osamenta. Por ella se aprecia que en realidad los peritos están hablando de unos “escarpines”, detalle que los peritos se callaron, por ignorancia o por intéres, justamente el mismo tipo de calzado que se utilizaba de forma habitual en el siglo XVII, el mismo siglo al que pertenecía Miguel Pellicer11.

Así, a modo de conclusión, si el calzado que portaba el cadáver exhumado en 1950 era de la época, en principio y con indiferencia del problema de la talla, el personaje, por lógica, debería corresponder también al mismo periodo. Conclusión a la cual fueron incapaces de llegar los forenses, que en caso de haberlo hecho, habría permitido fechar con algo de más certeza los restos.

Probable cadáver de Miguel Pellicer, a la derecha arriba plantillas ortopédicas, abajo escarpines. Archivo del autor.

Otra de las cuestiones que trajo de cabeza a los forenses en su informe de 1950 fue la existencia de unas comprometedoras “plantillas” -que también aparecen en la parte superior derecha de la fotografía-, medio cubiertas por los restos de los harapos de la vestimenta, y sobre las cuales no se definieron en ningún sentido. Sin embargo, es bien patente que tales plantillas corresponden a lo que se conoce entre los profesionales actuales como “palmillas”, piezas de carácter ortopédico que se utilizaban y se utilizan para corregir determinadas deformaciones plantarias o compensar diferencias de longitud en las piernas, tal como ya se hacía ya en el siglo XVII.

Y en este caso, tal como se aprecia en la foto, dichas “palmillas” no son del mismo tamaño. Y justamente el grosor y alzado de la palmilla derecha son muy superiores a los de su gemela la izquierda. Lo que viene a indicar que el individuo en cuestión que las utilizó en vida, tenía un grave problema en su pie derecho. Problema que evidentemente se intentó corregir, con la ayuda de un profesional, disimulando el defecto de su cojera mediante el uso de una “palmilla”, para compensar con ella la menor longitud de la pierna y el apoyo plantario de la extremidad. Curiosamente la misma extremidad que, según la tradición, la Virgen del Pilar restituyó a Miguel Pellicer.

Conocido lo anterior, el aparente problema de los forenses, en cuanto a la divergencia entre la talla del individuo con la de sus zapatos, se resuelve mediante una solución muy simple. Basta para ello con pensar que el individuo en cuestión portaba unos “escarpines” ortopédicos de mayor tamaño que el que debería corresponderle, que en su caso le permitía a su vez el uso de unas necesarias “palmillas” con las que disimular la evidente cojera de su pierna derecha.

Un cojo muy normal

Lo que lleva a la conclusión final de que el misterioso cadáver de Velilla reúne en sí las siguientes premisas: la época, una cojera en su pierna derecha, las palmillas y unos escarpines ortopédicos. Si a ello unimos la dificultad, por una mera cuestión estadística, de lograr en una excavación localizar a una persona con estas características tan peculiares a la primera tentativa, sería sorprendente que los restos de Velilla no se correspondieran con la persona física que se supone que estaban buscando.

Personalidades reunidas en Velilla de Ebro, el 4 de mayo de 1950. Archivo del autor.

Todo lo cual apunta, de manera racional, -más que las débiles pruebas forenses de 1950- que nos encontramos, casi con toda la certeza, ante el cadáver de Miguel Pellicer, el Cojo de Calanda. El mismo al que la Virgen del Pilar, según la tradición, le restituyó, casi perfecta, su pierna derecha, amputada dos años y medio antes.

De aceptar la posibilidad de que se trata del mismo personaje, la incógnita que ahora se plantea, a nivel histórico, es por qué en el siglo XVII se aceptó la historia del milagro, dado que lo único que se aprecia en los restos óseos recuperados, es que Miguel Pellicer en el momento de morir era cojo. Y muy probablemente como consecuencia de los efectos secundarios del accidente que sufrió en su día, sin descartar que aquellos defectos pudieran corresponder al hecho de haber estado ocultando la pierna buena, durante dos años, al estilo del Buscón, llamado don Pablos, de Quevedo, produciendose de aquel modo, una atrofia muscular que le acortó la pierna de hecho sana

Defecto físico que ya se reconocía textual en la propia sentencia del Proceso del milagro, al explicarse el momento en que se le descubrió la pierna, detalle en el que nadie quiso reparar, y en este tiempo seguimos igual:

no pudo dicho Miguel afirmar el pie, porque tenía los nervios y dedos de él encogidos é impedidos, ni sentía calor natural en la pierna, la cual se mostraba con un color lánguido y mortecino; ni ésta igualaba á la otra en lo largo y grueso; todo lo cual, al parecer, desdice y repugna á la esencia del milagro; lo uno porque no se obró en un instante; lo otro porque cosa tan imperfecta no pudo provenir de Dios, en cuyas obras no cabe imperfección”

Y a esta misma conclusión debió llegar el canónigo Leandro Aina, para escribir que la indagación de 1950 había resultado negativa. Puesto que en ella se esperaba confiadamente encontrar señales sobrenaturales del milagro, y no secuelas físicas, consecuencia lógica de unos hechos físicos.

De ahí también, que uno de los pocos testigos vivos de aquella indagación de 1950, en este caso concreto el sacerdote Angel Serrano, el cura de Velilla de la época, recordara filosófico en nuestros días que: “Allí salió un esqueleto […] una señal del milagro tenía que ser una cosa maravillosa, y allí no había ninguna señal milagrosa […] era un esqueleto normal...”. Sirva dicho comentario final como constancia, a título respetuoso, sobre lo versátil y dubitativo del carácter humano, a la espera siempre de una oportuna señal, que generalmente nunca llega.

Escritura del notario de Pina de Ebro con motivo de la exhumación. Archivo del autor

Conclusión

Al descubrirse la historia en la prensa nacional12 , en la prensa local zaragozana se desencadenó una catarata de quejas con sus pertinentes cartas de lectores, muchos de ellos de gente cercana al cabildo, que en algunos casos tenían trazas de veladas amenazas y en otras con intentos de crear el descrédito de los autores, y en general negandose a reconocer los “afectados” que toda la documentación inherente al caso había salido de los propios archivos de la iglesia y con la autorización explicita de un personaje de las altas esferas, que ante nuestra pregunta de si podíamos hacer público aquel material, nos respondió de forma vehemente, “Yo soy un hombre de Fe, pero eso de ahí es un timo”, dijo señalando los papeles, y dandonos la mano se despidió sin más13. Y siguen los pataleos.

Notas al pie

1 Ángel Briongos y Antonio Gascón. Publicado con el título “El milagro del Cojo de Calanda”. En: La Aventura de la Historia, nº 26, diciembre de 2000, Madrid.

2 Los más destacados fueron: Tomás Domingo Pérez, El Milagro de Calanda, y sus fuentes históricas, Zaragoza, 2006. Leandro Aina Naval, El Milagro de Calanda a nivel histórico. Zaragoza, 1972.

3 Ambos sacerdotes han fallecido.

4 A. Gascón, A, Briongos, El milagro del cojo de Calanda: La génesis de un mito, Zaragoza, 2015. 

5 Borrador del libro de Aina, que se conservaba en el archivo del Colegio del Salvador de Zaragoza.

6 A. Gascón, A vueltas con Miguel Pellicer. El Periódico de Aragón,. Zaragoza, 29 de marzo de 2000 Cartas del lector.

7 Fallecido en Zaragoza el 29 de septiembre de 1989.

8 Rigoberto Doménech Valls fue obispo de Mallorca entre 1916 y 1924 y arzobispo de Zaragoza entre 1924 y 1955.​

9 Emilio Alfaro Lapuerta, escritor y periodista fue fundador de la Hoja del Lunes de Zaragoza, y su director hasta su fallecimiento. Cronista oficial de la ciudad de Borja y académico.

10 Famoso por sus discursos contra la homosexualidad. “Discurso sobre la homosexualidad”, Sesión inaugural del curso academico, Academia de Medicina, Zaragoza, 1959.

11 Detalle que indicó de forma amable la directora del Museo Textil y de la Indumentaria de Barcelona.

12 Antonio Pardo, La Virgen del Pilar se queda sin milagro, Interviú, nº 1243, p.50-53; José Gregorio González, El milagro más asombroso. El prodígio del cojo de Calanda, El Día de Tenerife, 3 de enero de 2016, p. 6-7.; El presunto cuerpo del “cojo de Calanda” exhumado en secreto, El Día de Teruel, 12 de noviembre de 2015, p. 33-34.

13 Ester Casorrán Berges; A vueltas con el milagro de Calanda, Heraldo de Aragón, 25 de noviembre de 2015, p. 23.; A. Gascón: Calumnias e infundios, en una supuesta defensa del milagro de Calanda, Kolenda, nº 9, Calanda, agosto 2016.

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