Una crítica radical de la democracia y el capitalismo
Introducción
Contra el Estado. Tesis sobre guerra, revolución y proletariado, de Agustín Guillamón, plantea una tesis central: Estado, democracia y capitalismo no constituyen esferas separadas ni reformables, sino un mismo sistema histórico de dominación de clase. Desde esta perspectiva, el libro formula una impugnación frontal del orden político contemporáneo y se sitúa como una de las aportaciones más contundentes del pensamiento crítico radical.
Lejos de inscribirse en el debate académico o institucional, la obra adopta una posición abiertamente revolucionaria. El Estado no aparece como un instrumento neutral susceptible de transformación, sino como el eje organizador de la explotación; la democracia, como su forma más eficaz de legitimación; y el proletariado como el sujeto histórico capaz de destruir ese orden.
En este marco, el texto de Guillamón no se limita a interpretar la realidad, sino que se inscribe en una tradición teórica que vincula crítica y praxis, orientando el análisis hacia la transformación revolucionaria de la sociedad.
Una crítica total del orden político: Estado, democracia y capital
Uno de los rasgos distintivos del libro es el carácter total de su crítica. Guillamón no analiza instituciones aisladas ni procesos parciales: su tesis es que Estado, democracia representativa, derechos humanos y capitalismo forman un mismo entramado histórico de dominación, inseparable en sus fundamentos.
El autor afirma que “libertad y democracia son opuestas y contradictorias” y que la democracia burguesa “se fundamenta en la existencia de individuos aislados, insolidarios y separados entre sí”.
Esta lectura se inscribe en la tradición libertaria y consejista, llevada aquí hasta sus últimas consecuencias: la democracia liberal no expresa la soberanía popular, sino la capacidad de la clase dominante para presentar sus intereses como universales.
El libro desarrolla con fuerza la tesis de que la representación política es incompatible con la libertad, porque reproduce la división entre dirigentes y dirigidos.
Derechos humanos: crítica ideológica y perspectiva histórica
El análisis de los derechos humanos se sitúa en la misma lógica. Guillamón los interpreta como productos históricos de las revoluciones burguesas, ligados a la consolidación del individuo propietario y a la legitimación del orden capitalista.
Desde este enfoque, los derechos no son herramientas neutrales, sino formas ideológicas que despolitizan el conflicto social y lo reducen a la esfera individual. La libertad se redefine así como separación, como derecho al aislamiento.
El planteamiento del autor destaca por su coherencia y profundidad, al situar estos instrumentos en la organización del sistema que los produce, revelando su función en la reproducción del orden existente.
El Estado: forma histórica, fetiche y organización de clase
El núcleo teórico más sólido de la obra se encuentra en su análisis del Estado. Guillamón distingue con precisión entre formas estatales premodernas y el Estado moderno, vinculado al surgimiento del capitalismo hace aproximadamente cinco siglos.
El Estado aparece así como una estructura histórica específica cuya función fundamental es garantizar la reproducción de las relaciones sociales capitalistas. Esta idea se desarrolla mediante una distinción clave:
• el Estado como fetiche, que se presenta como árbitro neutral;
• el Estado como organización de clase, que concentra y monopoliza la violencia.
Este doble carácter permite explicar tanto su legitimidad como su función real, ofreciendo un marco interpretativo de gran claridad y potencia analítica.
El proletariado: proceso, conflicto y actualidad
Frente a las lecturas que anuncian la desaparición de la clase obrera, Guillamón propone una definición dinámica del proletariado. No se trata de una categoría fija ni de una identidad social, sino de un proceso que se constituye en la lucha.
Esta concepción permite actualizar la teoría revolucionaria de clase en el contexto contemporáneo, marcado por:
• la precarización generalizada,
• la globalización del trabajo asalariado,
• la proletarización de amplios sectores de las clases medias.
El proletariado no desaparece: se transforma y se expande. En este sentido, el libro ofrece un diagnóstico especialmente lúcido del capitalismo posterior a la crisis de 2008, caracterizado por la intensificación de las desigualdades, la omnipresencia del poder financiero, una economía de guerra y la creciente inestabilidad social.
Revolución y praxis: la centralidad de la acción histórica
Guillamón constata que el capitalismo es, hoy, un sistema obsoleto y criminal, sin más salida que la revolución o la barbarie.
Uno de los aspectos más relevantes del libro es su rechazo a la elaboración teórica de modelos alternativos de sociedad. No propone un programa detallado ni un diseño institucional del futuro. Esta ausencia responde a una posición política consciente. Las formas de organización revolucionaria no pueden ser anticipadas desde la teoría, sino que deben surgir de la práctica histórica del propio proletariado.
En coherencia con la tradición consejista y libertaria, la alternativa al Estado se concibe como un proceso de autoorganización que emerge en la lucha de clases. Los consejos obreros, las asambleas y otras formas de organización directa se presentan como expresiones históricas concretas de esa dinámica.
Esta configuración afirma con claridad la primacía de la praxis revolucionaria como terreno donde se define la emancipación.
Estilo y pensamiento
El estilo de Guillamón es directo, combativo y sin concesiones. Su escritura rehúye el lenguaje académico y adopta un tono militante que refuerza la claridad de sus tesis.
Esta elección estilística es plenamente coherente con su rechazo a la neutralidad teórica: el libro no busca el diálogo con ninguna rama del pensamiento burgués, sino afirmar una posición de clase claramente definida.
También plantea la necesidad de analizar las derrotas históricas del movimiento obrero, desde la revolución española de 1936 hasta las revoluciones rusa (1917) y alemana (1918-1919), en diálogo crítico con autores internacionalistas, consejistas y libertarios como Rosa Luxemburg, Herman Gorter, Anton Pannekoek, Amadeo Bordiga, “Bilan”, Marc Chiric, Onorato Damen, Josep Rebull, Munis, “Alerta”, “El Amigo del Pueblo”, “Révision”, Jaime Balius, Ridel y Prudhommeaux, entre otros.
Guillamón ofrece un marco interpretativo que invita a repensar profundamente la relación entre democracia, Estado, capital y emancipación del proletariado, en continuidad con la reflexión libertaria del Grupo franco-español de los Amigos de Durruti, expuesta en el capítulo 9 del libro.
En este contexto, resulta pertinente añadir una breve referencia a la trayectoria del autor. Guillamón es un historiador y ensayista vinculado desde hace décadas al estudio del movimiento obrero, especialmente la Revolución española de 1936 y las corrientes libertarias. Su obra se caracteriza por una lectura crítica de las derrotas históricas del proletariado y por su interés en las formas de autoorganización y democracia directa, lo que sitúa este libro en continuidad con sus investigaciones previas.
Las Once tesis clasistas: la derrota de la revolución por el Estado
El combate de los trabajadores por conocer su propia historia no es puramente teórico, ni abstracto o banal, porque forma parte de la propia conciencia de clase, y se define como teorización de las experiencias históricas del proletariado internacional, y en España debe comprender, asimilar y apropiarse, inexcusablemente, las experiencias del movimiento anarcosindicalista en los años treinta. Por eso, las once tesis teorizan las experiencias del proletariado en la revolución de 1936 y 1937.
En julio de 1936, tras derrotar al ejército en las principales ciudades, la clase trabajadora no defendió el Estado republicano: lo dejó sin funciones reales. En su lugar, en Cataluña, surgieron comités de barrio, de fábrica, de defensa y de abastos; milicias obreras; colectivizaciones industriales y agrarias. Por primera vez, amplios sectores de la vida social fueron organizados directamente por los trabajadores, sin mediación estatal ni dirección burguesa. Fue una de las experiencias de autoorganización proletaria más profunda y extensa de la historia del movimiento obrero.
Eso fue la revolución social: la expropiación de la burguesía, la supresión práctica de su poder, y la gestión directa de la producción y la vida social por el proletariado.
Sin embargo, esa revolución no se constituyó como poder político. El Estado no fue destruido, sino desbordado, fragmentado y temporalmente incapacitado. Sus estructuras fundamentales permanecieron intactas, y con ellas su fundamento: garantizar la reproducción del orden capitalista.
La cuestión decisiva fue la incapacidad de esa revolución para afirmarse como poder obrero alternativo al del Estado. Los comités revolucionarios, aunque asumieron funciones reales, no se coordinaron ni se unificaron en un organismo capaz de destruir al Estado. Existió una multiplicidad de poderes locales, pero no un poder proletario coordinado y consciente de sí mismo, con voluntad manifiesta de destruir al Estado.
Ese vacío no podía mantenerse indefinidamente. En ausencia de un poder obrero, el Estado se recompuso. Y lo hizo a través de un proceso material y político en el que la ideología antifascista jugó un papel fundamental.
El antifascismo fue la ideología que permitió la reconstrucción del Estado. Al plantear la prioridad absoluta de la guerra, subordinó la revolución a las necesidades militares y reintrodujo la lógica estatal: centralización, disciplina, jerarquía, represión de los revolucionarios, control del orden público y de la economía.
En este proceso, las organizaciones obreras, incluidos los comités superiores de la CNT, se integraron en las estructuras del Estado. No se trata de una cuestión moral, ni de “traiciones”, ni de decisiones individuales, sino de una transformación objetiva: asumir funciones de gobierno implica actuar como Estado.
La revolución social quedó así progresivamente subordinada, encauzada y finalmente desmantelada. Las colectivizaciones fueron reguladas, controladas y orientadas hacia una economía de guerra, dirigida por la Generalidad. Las milicias fueron militarizadas. Los órganos de autoorganización fueron disueltos o integrados.
Las jornadas de mayo de 1937 expresaron el momento en que esta contradicción se hizo abierta y violenta. En ellas se enfrentaron, de forma irreconciliable, la tendencia a la autonomía proletaria y la consolidación del poder estatal. Su desenlace no creó la contrarrevolución: la consumó.
La revolución de 1936 mostró la capacidad del proletariado para autoorganizarse y transformar radicalmente la sociedad desde abajo. Pero también mostró que esa transformación no puede sostenerse sin la destrucción del Estado y sin la constitución de un poder obrero capaz de coordinar, centralizar y defender esas conquistas.
No hay, por tanto, términos intermedios. O el proletariado destruye el Estado y afirma su propio poder, o el Estado se recompone y destruye la revolución. Esa es la lección fundamental de 1936–1937.
Conclusión
Contra el Estado reafirma con contundencia la tesis que recorre toda la obra: Estado, democracia y capitalismo constituyen un mismo sistema de dominación de clase, inseparable e irreformable, cuya superación solo puede plantearse en el terreno de la praxis revolucionaria del proletariado.
Desde esta perspectiva, el libro no ofrece soluciones dentro del orden existente, sino que cuestiona sus propios fundamentos. Más que proponer alternativas cerradas, desplaza el problema hacia la necesidad de una transformación histórica radical, situada en la acción colectiva y en las formas de autoorganización que emergen en la lucha.
En este sentido, Contra el Estado no es solo una obra teórica, sino una intervención política en el presente. No es un libro para confirmar certezas, sino para destruirlas: quien salga indemne de su lectura, probablemente no lo ha entendido.
Balance. Cuadernos de historia, marzo de 2026
GUILLAMÓN, Agustín: Contra el Estado. Tesis sobre guerra, revolución y proletariado. Calúmnia Edicions, Benissalem, 2026, 190 páginas.

