Educación enseñanza General Pedagogía Reseñas

Reseña de «La escuela sin dogmas»

Reseña del libro La escuela sin dogmas. La comisión proescuelas racionalistas (1935), obra de Miguel A. Martínez, publicada en la revista de crítica de libros Esporas.

Estudiar la historia de la educación se convierte en algo indispensable para todo aquel interesado en conocer nuestro pasado. Buscar estudios pedagógicos sensatos, alejados de las corrientes partidistas o de las modas del momento, entraña, a veces, una dificultad que limita mucho la capacidad y el entusiasmo de aquel lector que procura investigaciones originales y rigurosas. Y profundizar en la historia social, opuesta a la pomposidad del parlamento o del palacio, vinculada a la educación en España durante el primer tercio del siglo XX, nos lleva a unas experiencias fascinantes y rupturistas, organizada por unos pedagogos y maestros militantes que fueron capaces de idear unas nuevas escuelas, al margen del dogmático sistema de enseñanza estatista y religioso hasta entonces reinante.

Miguel Á. Martínez, en La escuela sin dogmas. La comisión proescuelas racionalistas (1935), recupera una de esas propuestas hasta ahora olvidadas: el manifiesto publicado en la prensa libertaria, en el otoño de 1935, por ocho personalidades vinculadas al mundo de la pedagogía libre. Un anuncio con amplia acogida en el movimiento libertario de la época, y que configuraba las bases de lo que entendían a cómo debía ser la escuela próspera del futuro.

Los miembros de la comisión imaginaron una escuela en consonancia a las escuelas racionalistas que gestionaban los numerosos ateneos y centros obreros de su tiempo. Su alternativa bebía de las fuentes pedagógicas de la Escuela Moderna de Francisco Ferrer Guardia. Partían de la libertad como eje de todo principio educativo, para atacar a las doctrinas e imposiciones imperantes. La coeducación era uno de sus pilares fundamentales, además de reclamar una modernización en las instalaciones y recursos escolares, y llamaban a las clases populares a involucrarse en esta labor activa de la renovación pedagógica.

Sin tapujos, escribieron: «Odiamos la vieja escuela, mezcla de iglesia y cuartel», para manifestar que, tras cuatro años de República, no podían confiar en el sistema político republicano como solución a ningún problema educativo. Igualmente, señalaron a la Iglesia católica como culpable de muchos de los atrasos y de mantener al Pueblo sumido en la ignorancia y en la desigualdad. Cifraban que, solo en la ciudad de Madrid, había en 1935 más de 26.000 niños sin acceso a la escuela.

La propuesta de la comisión proescuelas racionalistas era revolucionaria, solo mediante una transformación social profunda podrían llevarse a cabo sus metas, pero amplios sectores de la sociedad española de mitad de la década de 1930 se identificaban plenamente con las propuestas anarquistas y la pedagogía libertaria que los firmantes del manifiesto defendían. La escuela racionalista fue un hecho y una alternativa clara al sistema de enseñanza estatal o de las congregaciones religiosas. Una tercera vía pedagógica aceptada y en crecimiento. A mayores, la precipitación de los acontecimientos revolucionarios, tras el golpe de Estado militar de julio de 1936, hizo que muchas de sus innovadoras propuestas educativas fueran desarrolladas rápidamente en las regiones donde los ácratas tenían predominancia.

Asimismo, es muy provechoso como Martínez rescata las biografías de esos heterogéneos miembros de la comisión, para conocer su desarrollo vital y cómo intentaron reestructurar sus vidas tras la pérdida de las conquistas revolucionarias. Entre ellos, está el valenciano Francisco Tortosa Albert: pintor, librero, autodidacta, maestro y un infatigable organizador anarquista. Tortosa estuvo varias veces en Zamora en los años 30, siempre me llamó la atención que hasta dio una conferencia en Moraleja del Vino (localidad vecina al pueblo de mi familia paterna), e imagino a los obreros y estudiantes de la comarca confraternizar con el popular activista, al cual, quizá, llegaron a escuchar sus reflexiones en torno a la enseñanza libertaria.

El anuncio en La Revista Blanca, 4-X-1935.

Y por citar solo a un componente más de la comisión, el maestro racionalista Rafael Monteagudo, ahondó en la importancia de la formación de los profesores. También insistió en que el alumnado no es espejo de una sociedad utópica, pues a la escuela trae los vicios y las virtudes adquiridos en el contexto familiar y social. La tarea de aprender será así algo a realizar durante toda la vida. Sin duda, los anarquistas creían en una Revolución desde la cultura.

Por último, es loable reconocer que, sobre todo en los últimos años, sí se están documentando, investigando y poniendo en valor, por parte de muchos docentes e instituciones, todas estas escuelas y teorías de la educación libertaria histórica en España. Por suerte, cada vez se ven más publicaciones y estudios rigurosos sobre esta interesantísima temática. La revolución pedagógica desarrollada en la década de 1930, por unas clases trabajadoras deseosas de culturizarse y construir una sociedad diferente, empieza a ser apreciada. Y novedades editoriales como el reseñado libro, La escuela sin dogmas. La comisión proescuelas racionalistas (1935), pueden ayudar en esta indispensable tarea de formación.

Inexplicablemente, todavía quedan algunas iniciativas, por suerte cada vez más escasas y anacrónicas, que ignoran por completo el legado de la pedagogía libertaria. Un nefasto ejemplo es el recién inaugurado Museo Pedagógico de Zamora, que obvia el ideario pedagógico y praxis de Ferrer Guardia y la Escuela Moderna, así como a las experiencias de la Universidad Popular de Zamora, el Grupo de Esperanto zamorano, u olvida las semblanzas de referentes y maestros locales como Luis Bazal, Francisco Portales Sirgado, Amado Hernández Pascual, Engracia del Río, Felisa de Castro o Agustín García Calvo. Y es positivo dejar esa crítica constructiva por escrito, al igual que lo hicieron aquellos miembros de la comisión proescuelas racionalistas en 1935, para que las futuras generaciones de investigadores y profesores erradiquen definitivamente todos aquellos dogmas que limitan el progreso intelectual y pedagógico de una sociedad mejor.

Portada del libro

Título del libro reseñado: La escuela sin dogmas. La comisión proescuelas racionalistas (1935)

Autor del libro: Miguel Á. Martínez Martínez

Editorial y año de publicación: Calumnia, 2024.

Reseña originalmente publicada en la Revista libertaria de Crítica de Libros Esporas (número 1, año 2025), pp. 28-31.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.