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Alicante 1939, una tragedia olvidada

Imagen destacada: Dibujo de un niño en 1938 sobre los bombardeos contra alicante. Fuente: Restos de la Guerra Civil en la Provincia de Alicante.

El 10 de febrero de 1939 las tropas franquistas llegaron a la frontera francesa poniendo fin a la Cataluña republicana. En esa fecha, unas 460.000 personas, según estima Hugh Thomas, habían tomado el camino del exilio. Las cifras varían en función de los autores. Así Ricardo de la Cierva calcula en 527.000 el número de exiliados entre febrero y  finales de abril de aquel año. Azaña, por su parte, (vol.III, p.553) habla de 220.000. Álvarez del Vayo, a su vez, afirmó que habían atravesado los Pirineos 440.000 personas. Finalmente, Sir John Simpson, en Refugees (Chattam House, 1939) habla de 453.000.

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Mapa de la ciudad de Alicante unos pocos años después de la Guerra Civil, datado en 1943. Fuente: U.Texas – Pinterest

El éxodo de Cataluña en unas semanas de crudo invierno soportando bajas temperaturas, nieve y esperando, a muchos de los fugitivos de las tropas nacionales un internamiento en campos de concentración como el de Argelès-sur-Mer, ha sido ampliamente tratado por los historiadores. Paradójicamente, otra tragedia que hubiese podido desembocar en otro éxodo masivo,  si se hubieran dado las circunstancias, ha sido relegada al olvido o, en cualquier caso, mucho menos estudiada. Se trata del drama de los republicanos atrapados en Alicante en marzo de 1939.

Si las condiciones del exilio en Cataluña fueron terribles, al menos, las personas que huían del fascismo tuvieron escapatoria y pudieron refugiarse en Francia. No fue el caso de todos aquellos que en los meses de febrero y marzo de aquel año permanecieron en lo que quedaba de la España republicana, la zona centro-sur. La inexistencia de fronteras terrestres hacía imprescindible una siempre más difícil huída por vía marítima y, si a ello se añade el bloqueo de los puertos por la armada franquista, las falsas promesas de barcos de rescate por parte de las autoridades y el abandono de las potencias democráticas, es fácil de comprender que Alicante se había convertido en una auténtica ratonera para los republicanos.

Se trataba, además, de la ciudad donde había  sido fusilado José Antonio Primo de Rivera el 20 de noviembre de 1936, lo cual la estigmatizó a ojos de los sublevados que la convirtieron en uno de los objetivos principales de los ataques aéreos de la aviación legionaria italiana desde Mallorca.

Alicante era una urbe próxima a los 100.000 habitantes en 1936, capital de la provincia homónima en la cual, en las elecciones del 16 de febrero de aquel año, los candidatos del Frente Popular habían obtenido el triunfo más amplio de las tres que conformaban el País Valenciano.

En efecto, los candidatos de las izquierdas habían obtenido 131.274 votos y 8 diputados (PSOE: 4: Izquierda Republicana: 3; Unión Republicana: 1) por 113.875 sufragios de la coalición de derechas y centro y tres parlamentarios elegidos (CEDA: 2: Republicanos Independientes: 1).

En Alicante capital, el dominio de la izquierda era todavía más claro ya que en la ciudad el Frente Popular había arrasado en los comicios obteniendo el 80’72% de los votos.

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Avenida de Alfonso X el Sabio, Alicante.

El 18 y 19 de julio las tropas permanecían acuarteladas en la capital lucentina a la espera de instrucciones de Valencia, sede de la Capitanía General de la Tercera División Orgánica, al mando del general Martínez Monje. La indecisión de este, las movilización de las organizaciones políticas y  obreras del Frente Popular y, posteriormente, de los libertarios, amén de la decidida actitud del gobernador civil Francisco Valdés Casas, inclinaron la balanza del lado de la República. Hubo conatos de rebelión en diversas localidades como Torrevieja o Alcoy, que fueron sofocadas en los días posteriores. En la misma ciudad de Alicante, el mismo día 19, un centenar de militantes de  Falange de la Vega Baja al mando de Antonio Maciá y Antonio Piniés Roca de Togores intentaron un golpe de mano para liberar a José Antonio Primo de Rivera, encarcelado a escasa distancia del cuartel de Benalúa. Sin embargo, efectivos de la Guardia de Asalto dirigidos por el capitán Eduardo Rubio Funes los interceptaron en los Doce Puentes, a la entrada de la capital y, tras un intenso tiroteo detuvieron a la mayoría de ellos.

El día 22 de julio llegaron al puerto tropas leales al gobierno a bordo del destructor “José Luis Díaz” cuya marinería se unió a los milicianos que controlaban la ciudad y que vigilaban el cuartel de Banalúa el cual quedó totalmente aislado. Al día siguiente, y ante los rumores de que las tropas acuarteladas iban a salir a la calle, miles de alicantinos se acercaron al recinto militar y el general Aldave, consciente de su fracaso, ordenó la salida pacífica de sus soldados siendo inmediatamente detenido y, con él, un grupo de militares conjurados.

El 5 de noviembre se produjo el primer bombardeo aéreo cuando aún no se habían construido los refugios. El segundo tuvo lugar el 28 del mismo mes, pocos días después de la ejecución de José Antonio Primo de Rivera, a las 19.30h, conocido popularmente como el de las “ocho horas” por su larga duración. Fueron arrojadas 160 bombas sobre la CAMPSA y el casco urbano que ocasionaron dos muertos y seis heridos. Y esto solo seria un aperitivo de lo que iba a suceder en los años posteriores. Si en 1936  Alicante sufrió dos ataques aéreos, en 1937 fueron cuatro y llegaron a su apogeo en 1938, con nada menos que 52 incursiones. Incluso el último año, 1939, de enero a marzo, cuando ya era evidente la derrota republicana, la ciudad recibió la visita de los aviones italianos en doce ocasiones de enero a marzo.

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Bombardeo realizado por aviones S79 sobre el puerto de Alicante, el 12 de julio de 1938. Fuente: Restos de la G.C en la provincia de Alicante

Sin embargo el bombardeo más mortífero fue el del Mercado Central del 25 de mayo de 1938, que algunos historiadores como Ángel Viñas así como Roque Moreno, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alicante, en el libro La aviación fascista y el bombardeo del 25 de mayo (Publicacions de la Universitat d’Alacant, 2018) comparan con el de Gernika. El de la  población vizcaína tuvo, como es sabido, una enorme repercusión internacional lo cual no sucedió en el caso del de  la capital lucentina relegado al olvido, como tantos otros que padecieron diversas localidades de la costa mediterránea.

La incursión se produjo sobre las once de la mañana  por parte de nueva aviones Savoia-79 durante 15 minutos y en dos pasadas. Roque Moreno afirma que “todo parece indicar que no sonaron las sirenas de alarma” ya que, los aparatos no entraron por el mar como venía siendo habitual sino por el interior con lo que no fue posible avisar.  ¿Por qué el Mercado Central? Según el investigador Pablo Rosser, se quería minar la moral de la población civil : “No dispongo de datos y pensamos que la Quinta Columna,-afín a los sublevados-, propagó el rumor de que había sardina fresca y alcachofa de la Vega Baja en el mercado”. Hubo casi 300 muertos y miles de heridos.

El diario socialista de la tarde Avance dio el día 27 la cifra de 250 muertos “la mayoría mujeres y niños nos ha causado la aviación italo-alemana en su última incursión sobre Alicante”. Aparte de la prensa, facilitaron también sus estimaciones, casi todas similares, los Ingenieros del Ejército (300 muertos), el Sindicato del Agua, Gas y Electricidad, (cerca de 300 muertos). Finalmente, la Comisión Oficial designada por Inglaterra y presidida por el coronel Smith habla de 236 muertos y 224 heridos.

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Efectos de los bombardeos del 25 de mayo de 1938 sobre Alicante. Fuente: Restos de la G.C en la provincia de Alicante

Eliseo Gómez Serrano  (Valencia, 1889- Alicante, 1939), maestro, miembro de Izquierda Republicana, concejal del Ayuntamiento alicantino en 1931 y diputado a Cortes  en 1936 recoge en sus Diarios de manera directa los numerosos bombardeos sufridos por la ciudad. En relación al del Mercado Central afirma:

Será difícil que en Alicante se olvide la fecha de hoy: 25 de mayo de 1938. La ciudad ha sufrido el más intenso y trágico de los bombardeos aéreos. Esta vez no han venido los inhumanos aviadores extranjeros a arrojar su carga siniestra sobre el puerto y sus aledaños. La ciudad misma ha sido su “objetivo de guerra”. Todas las bombas han caído dentro del cuadrilátero formado por las calles de Alfonso El Sabio, López Torregrosa-Rambla., Explanada y Paseos de Gadea y Soto (…) La mañana era espléndida, de cielo azul y transparente, sin una nube, con excelente visibilidad. El error no ha sido posible., habiendo quedado bien claro el propósito de los infames enemigos de causar un día de intenso dolor a Alicante. Se ha venido deliberadamente a destruir  y matar a gentes indefensas e inocentes. “La guerra total, malvados.”

Después de la ocupación de Cataluña en enero y febrero de 1939, la zona republicana quedaba reducida a la zona centro-sur de la Península. Solamente Negrín y los comunistas creían en ese momento que era posible resistir unos meses más con la esperanza de que, en ese intervalo temporal, estallaría la guerra en Europa lo cual, según ellos, colocaría a la República española del lado de Francia e Inglaterra. Por eso, el jefe de gobierno regresó a España el 10 de febrero procedente de Francia. No le acompañaron ni Azaña ni Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes y que debía suceder a Azaña tras la dimisión de este como presidente de la República el 27 de febrero, aunque se negó a  hacerlo con el consiguiente vacío legal. Ese mismo mes, Francia y el Reino Unido reconocieron al gobierno del general Franco. El 5 de marzo en la posición Yuste (mansión señorial conocida como El Poblet, en el término municipal de Petrer) se celebró el último Consejo de Ministros de la II República terminado el cual se conoció la constitución del Consejo Nacional de Defensa en Madrid presidido por el coronel Casado. Al día siguiente, Negrín y su ministro de Exteriores Álvarez del Vayo, acuden a despedirse de los dirigentes comunistas concentrados a pocos kilómetros. Allí se encontraba la plana mayor del PCE -Pasionaria, Líster, Modesto, Albertí…- e incluso miembros del Komitern como Togliatti o Stepanov. Cerca de las dos de la tarde, el jefe de gobierno y el resto de miembros del gabinete tomaron un avión en el aeródromo de El Fondo de Monòver rumbo a Toulouse.

Casado había querido desembarazarse de Negrín y de los comunistas para reemprender las  negociaciones que había iniciado con el gobierno de Burgos a fin de dar a la rendición una mínima apariencia de pacto. El 16 de marzo, sin embargo, Franco le envió un mensaje en el que señalaba que solo le interesaba una entrega incondicional. A partir de ese momento, el objetivo del coronel era el de ganar tiempo para permitir que huyeran quienes asi lo desearan. El 25 de marzo despegaron seis aviones de la España central transportando a Francia cierto número de funcionarios  y otras personas temerosas de las represalias.

Esa misma jornada, el 16 de marzo, había había salido de Alicante un barco en dirección a Orán con centenares de pasajeros a bordo aunque el 8 del mismo mes el Estado Mayor de la Armada franquista hubiera declarado oficialmente cerrada toda la costa comprendida entre Sagunto y Adra para la navegación de cualquier clase de embarcaciones , independientemente de su bandera y mercancía. Y la única posibilidad que tenían los republicanos de huir masivamente de España era, precisamente, en buques mercantes. El encargado de ejecutar la orden fue el almirante Francisco Moreno, jefe de las Fuerzas y Operaciones del Bloqueo del Mediterráneo creadas en octubre de 1937 con sede en Palma.

El barco que zarpó de la capital lucense el 16 de marzo era el African Traider, contratado por la Federación Socialista de Alicante para evacuar a los suyos con 1250 pasajeros que llegaron a Orán el día 21 burlando el bloqueo. El 12 del mismo mes, un gran número de refugiados había embarcado en el S. Bonwyn por el puerto de Almería y el 14 los vapores Stanhope y Stancor recogieron en Valencia y Gandía a otros centenares más de ellos.

El 26 Casado telegrafió a Burgos anunciando que la aviación se rendiría al día siguiente. Franco le respondió que los ejércitos nacionales estaban a punto de avanzar y exigió que las unidades del frente republicano enseñaran la bandera blanca antes de que comenzara el bombardeo artillero y aéreo. Algunas horas más pronto Togliatti y Jesús Hernández  habían salido de Valencia en avión con destino a Argelia.

El Consejo Nacional de Defensa  decidió no ordenar que se resistiera al avance franquista  y permitir que todos cuantos lo desearan regresaran a sus casas. Entonces se produjo la autodesmovilización del ejército republicano. Los soldados abandonaron el frente para dirigirse a sus hogares  y los oficiales no trataron de impedírselo. A las once de la mañana del día 28 el coronel Prada rindió el ejército del centro en nombre del general Matallana. Simultáneamente otras columnas de los sublevados  cruzaron el frente de Guadalajara para unirse a las fuerzas que avanzaban desde Toledo y en Madrid la quinta columna salió de sus escondrijos. Al mediodía, el primer ejército franquista, a las órdenes del general Espinosa de los Monteros  entró en la ciudad y ocupó los edificios gubernamentales.

También durante aquella jornada, al enterarse de la ocupación de la capital de la República, el general en jefe del Ejército de Levante, Leopoldo Menéndez López, ordenó rendirse a las tropas bajo su mando. Mientras tanto Casado, que se había instalado en la Capitanía General de Valencia, envió un telegrama al primer ministro británico pidiendo urgentemente barcos para recoger a 1.000 republicanos, petición que fue rechazada por Chamberlain. Se trataba de un último esfuerzo desesperado. 24 horas antes, el coronel había publicado una nota en la prensa valenciana local y regional en la que decía que la preocupación prioritaria del Consejo Nacional de Defensa era evitar una huida desordenada y facilitar la salida de quien quisiera exiliarse. Incluso aseguró que el general Franco había comunicado que facilitaría la evacuación que quien lo pidiera. Era falso. Ni Franco estaba dispuesto a dejar escapar a los republicanos fugitivos ni Casado disponía de los medios para facilitar la evacuación.

De hecho, el mismo día 28 salió el último barco del puerto de Valencia con 500 refugiados, el Lezardieux, que consiguió burlar el bloqueo. En un informe posterior del comité comunista se dice que embarcaron en él 51 cuadros del partido gracias a las gestiones de una comisión francesa que había llegado en la nave para ayudar en la evacuación y que gestionó con las autoridades locales que aquella fuera de carácter proporcional entre los partidos miembros del Frente Popular.

En Alicante, mientras tanto, afluían miles de republicanos, las calles  estaban llenas de vehículos de todo tipo y por ellas deambulaban soldados, mujeres y niños que se dirigían al puerto y que, en muchos casos, se cruzaban ya con los falangistas y miembros de la quinta columna. Se concentraron en el puerto entre quince y veinte mil personas de las cuales pudieron embarcar la noche del 28 entre dos mil seiscientas y tres mil en el Stanbrook, un barco que había hecho varios viajes para ayudar a la República y que había sido fletado por la Federación Provincial Socialista alicantina gracias a las gestiones de Rodolfo Llopis. El capitán de la nave, Archibald Dickson (Cardiff, Gales, 1892- Mar del Norte, noviembre 1939) recogió a tantos refugiados como pudo ya que había gente hasta el palo mayor, en las bodegas, en el puente y, sobre el techo de las cocinas y las máquinas hasta el punto de que la línea de flotación estaba sumergida. Avel.lí Artís-Gener  lo describe con estas palabras en La diáspora republicana (Editorial Euros.S.A. 1975):

El pasaje diseminado por las reducidas cubiertas, amenazaba con hundir el buque porque todos sus pasajeros se concentraban, fuese a babor o estribor, según divisaban algún barco sospechoso, con lo cual escoraban peligrosamente el navío.

El mismo capitán británico en una carta escrita el 3 y 4 de abril desde Orán traza un perfil de los refugiados en el Stanbrook

Entre los refugiados había todo tipo de clases de gente, algunos aparentaban ser extremadamente pobres y parecían consumidos por el hambre y mal vestidos, vistiendo una variedad de atuendos que iban desde monos a viejas y desgastadas piezas de uniformes e incluso mantas y otros peculiares trozos de tela.

Había también algunas personas, mujeres y hombres, con una buena apariencia y que asumí eran mujeres y parientes de funcionarios. Algunos de los refugiados parecían llevar consigo todas sus posesiones terrenales cargadas en maletas; bolsas de todas las descripciones, algunas atadas en grandes pañuelos y unos pocos con maletas.

Dickson consiguió salir del puerto y nada más dejar atrás la bocana, un avión fascista arrojó dos bombas que, por fortuna, no dieron en el blanco. El Stanbrook tuvo que navegar en zig-zag por una ruta irregular para evitar nuevos ataques. Horas después partía el Maritime, que tenía un tonelaje superior, pero cuyo capitán apenas admitió a treinta y dos pasajeros mientras quedaba en el muelle una multitud desesperada que iba engrosando cada minuto que pasaba.

 

 

 

 

 

 

El Stanbrook llegó a Orán y permaneció aislado, en cuarentena, separado de tierra firme por alambradas y tropas coloniales francesas. La mujeres, los niños,-más de cien menores de diez años iban en el barco-, los enfermos y los ancianos fueron desembarcados en los primeros días. Pero la mayoría de refugiados tuvieron que esperar casi un mes para poder bajar a tierra, siendo instalados en varios campos de concentración y no sin que antes se abonasen los gastos de alimentación y estancia en el puerto. Pese a la solidaridad de la colonia española y de muchos compañeros franceses de izquierdas, las condiciones higiénicas eran terribles y al final se declaró una epidemia de tifus que obligó a las autoridades de París en Argelia a desalojar el barco.

La Comisión Cívica de Alicante para la Recuperación de la Memoria Histórica inauguró el 7 de abril de este año 2018 un busto  en homenaje al capitán Archibald Dickson en el Muelle de Levante de la ciudad, cerca de las Escalinatas de la Reina.

Entre la gente que no había podio embarcar en Alicante los hubo que  buscaron otro puerto o bien que optaron por salir de la ciudad por tierra. Algunos, que no osaban atravesar la zona ya acordonada por sacos terreros y vigilada por falangistas armados con las mismas armas que habían  entregado los republicanos, se echaron al agua tratando de salvar a nado la escollera; fue el caso de un grupo de alumnos de un colegio racionalista de la ciudad que, tras acompañar al puerto a sus maestros anarquistas, Martínez y Muñoz, se volvieron a casa después de saltar al mar y nadar hasta la playa del Postiguet.

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Republicanos desembarcando del Stanbrook en el puerto de Orán, el 30 de marzo de 1939. Fuente: El Mundo

Entre la riada humana  que crecía cada vez más cundió el desánimo cuando se supo que el Stanbrook y el Maritime ya habían zarpado. Para evitar que, si aparecía alguna nave, se pudiese producir una batalla campal para embarcar, máxime teniendo en cuenta que muchos iban armados y  que el estado de desesperación en que se encontraban iba in crescendo, se formó una improvisada Junta de Evacuación, integrada por todas las representaciones políticas y sindicales. El propósito de esta era el de encuadrar a los militantes correspondientes a fin de elaborar un plan de embarque y organizar la vigilancia. Para dicho propósito se entablaron contactos con la Comisión de Ayuda y con la Comisión Internacional, encabezada por el diputado francés Charles Tillon. En este instante, la mencionada comisión hizo saber que los barcos estaban cerca y que arribarían durante la noche, hecho que, efectivamente, se produjo. No obstante, la nave que llegó dio media vuelta sin acabar de entrar en el puerto, lo cual se repitió en la del 29 al 30.

El día 30, precisamente, primero los falangistas  y después las tropas italianas de la División Littorio controlaron la plaza del Mar, cerrando la salida. Mientras tanto, entre los congregados, se intentaba mantener un cierto orden y fortificar la entrada del puerto con sacos terreros y ametralladoras y se soñaba con que se les permitiera mantener una zona neutral. La promesa no se cumplió, pero ello facilitó el desarme de los republicanos.

En aquellos últimas horas de la República en la capital lucence se llegó a situaciones verdaderamente esperpénticas, en las que un mismo despacho era utilizado por los republicanos, que intentaban arreglar documentos para su exilio, mientras unas mesas más allá, los falangistas, daban órdenes para poner controles y detener a los grupos de republicanos que seguían llegando a la ciudad. Así lo sostenía el que era por aquel entonces el jefe  de la Falange alicantina:

Nos movíamos entre los rojos como si no existieran, dándose el caso de que, mientras en un ángulo  del despacho un grupo de rojos se interesaba enérgicamente por sus pasaportes, en otro ángulo, la Falange daba órdenes encaminadas al desarme.

Eliseo Gómez Serrano plasma en sus Diarios cuál era el ambiente en la urbe alicantina el dia 30 de marzo de 1939.

La ciudad ha amanecido con numerosas colgaduras y banderas rojo y gualda. Grupos de jóvenes falangistas con los brazaletes rojinegros recorrían las calles, montaban guardia en los edificios públicos y constituían retenes en los lugares estratégicos.

El Salón España que al comienzo del movimiento fue el cuartel general de la CNT, orlado con sus colores rojo y negro, es ahora la dependencia de la falange.

He ido al puerto. Una enorme y abigarrada multitud en la que figuraban miles de soldados del disuelto ejército republicano, daba una impresión lastimosa. Hombres, mujeres, niños, aguantan a pie horas y horas la llegada de un hipotético barco que les ponga a salvo de la que imaginan sed de venganza del enemigo de ayer. Estoy convencido de que la inmensa mayoría de estas pobres gentes no tienen porque (sic) expatriarse. ¿Podrán? Nada se sabe de los barcos prometidos . Hay aquí quien está esperando dos días con sus noches. A las 6.30 h. de la tarde (hora solar que es la hora oficial ordenada por las nuevas autoridades), entran las tropas del Ejército nacionalista. Se componen de un destacamento de la División italiana “Littorio.” Los soldados en camiones van muy bien uniformados.

La desolación y la desesperación de todos aquellos atrapados entre el mar y las tropas del general Gambara amén de los elementos de la quinta columna, se elevan entonces hasta el paroxismo. Muchas personas deciden en aquel momento quitarse la vida lanzándose al mar, entre 22 y 136, según diversas fuentes. Eduardo de Guzmán, director de Castilla Libre, órgano de la Federación regional Anarquista del Centro, llegó al puerto de Alicante procedente de Madrid (y previa escala en Valencia) por la mañana del día 29, es testigo de la entrada de las tropas italianas el 30 y da cuenta de las situaciones límite que se produjeron en aquellas dramáticas horas.

4-abril

Impresiona el aire desolado de la multitud. Impresionan más aún los frecuentes suicidios. Un individuo de cierta edad se tira de cabeza al agua; dos muchachos jóvenes quieren auxiliarlo y el suicida se defiende de ellos con uñas y dientes. Es una pugna breve y angustiosa que muchos presencian desde el borde del muelle. Al final, los jóvenes tienen que desistir y el viejo desaparece bajo el agua.

En la parte exterior del puerto, dos cadáveres flotan junto al rompeolas. Debieron suicidarse al amanecer, sin que nadie se diera cuenta. Otro, que va caminando al parecer con entera tranquilidad, se pega un tiro en la cabeza y cae sobre una mujer tumbada y dormida  que se despierta con un grito de horror. Se produce otro hecho más dramático aún: un muchacho joven se dispara un tiro en el pecho y la bala, después de atravesar su cuerpo, va a herir mortalmente a un viejo de pelo blanco. Los dos se derrumban muertos casi al mismo tiempo.

En dos días más, el enemigo no tendrá nada que hacer porque nos habremos matado todos.

Un episodio especialmente dramático es el referido por Carmen Arrojo a El País del 1 de abril del 2009. En él, la mujer cuenta sus vivencias el 1 de abril de 1939 en el puerto de Alicante: “Delante de mí, un hombre se rebanó el cuello con una navaja. No olvidaré nunca aquel grito espantoso de una de sus hijas”. Julio Pérez Roda quiso arrojar luz sobre ese fragmento de la historia y telefoneó al programa “Hoy por hoy” de la Cadena Ser para matizar la narración de Carmen Arrojo. Él era entonces solo un niño nueve años, pero recuerda con nitidez la huida en camión a Alicante y los días pasados en el puerto, a la espera de encontrar un hueco en alguno de los barcos que, supuestamente, habían de facilitar la evacuación de los republicanos:

Este señor, según contaban, se puso un puro muy grande en la boca, se sentó tranquilamente, lo encendió  y, una vez que estaba encendido, cogió una navaja y se dio un corte de lado a lado en el cuello y cayó, como es lógico, muerto en un momento. Y dijeron: “Pues ese señor que acaba de matarse es el alcalde de Azira”

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El alcalde de Alzira era Francisco Oliver. Tras ocho años al frente del Ayuntamiento -excepto en el periodo comprendido entre octubre de 1934 y abril de 1936, en que se formó una gestora-, Oliver  parece que dejó el gobierno de Alzira en manos del primer teniente de alcalde en la última etapa de la guerra para reforzar la lucha en el frente. Oliver era, junto a Pedro García, uno de los grandes líderes del socialismo alcireño que se caracterizó por sus políticas sociales, promoviendo repartos de comida para quienes no tenían y creando comedores sociales.

Los que no optan por quitarse la vida, al ver cómo los soldados del general Gambara entran en el puerto comienzan a romper en pedazos los documentos que acreditan su filiación.

Las tropas españolas exigieron entonces la entrega de los prisioneros o, en caso contrario, disparararían indiscriminadamente, cosa que sucedió hasta tres veces. Empezaron una vez más las deliberaciones sobre si suicidarse, dejarse matar ahí mismo o entregarse: la gran mayoría apostó por esta última opción. Antes, sin embargo, tiraron las armas, joyas, relojes, especias como el azafrán  y todo lo que era de valor al fondo del mar para que no cayese en manos enemigas.

Finalmente, a las seis de la tarde empezó el éxodo del puerto que finalizó a la mañana siguiente.

Los hombres y mujeres allí congregados, ya cautivos, fueron llevados a un campo de almendros -inmortalizado en la novela de Max  Aub Campo de los almendros, 1968-, situado entre La Goteta y Vistahermosa, siendo- según varios testimonios-,  ayudados por la población civil en esta triste marcha. Otros fueron encerrados en los castillos de Santa Bárbara y San Fernando, en la Plaza de Toros, en algunos cines, en la Escuela de Ciegos e incluso en el  Reformatorio de Adultos.

No se sabe con certeza cuántos pasaron por aquel recinto improvisado, quizás unos veinte mil, de los que algunos pudieron huir y otros perecieron en el intento. En pocos días, los prisioneros fueron clasificados y trasladados a otros lugares; así, se intentaron separar a los jefes y oficiales militares que, junto a algunos otros, fueron distribuidos, como ya se ha comentado, por los castillos de Alicante y el cine Ideal.

La mayoría de prisioneros, tras atravesar el frente marítimo de la ciudad, fueron enviados desde la estación de Murcia, en trenes de mercancías, hacia el campo de trabajo de Albatera, construido por la República en 1937 para más de un millar de detenidos. Estaba situado junto a la estación ferroviaria, en el actual municipio de San Isidro, en un saladar. Durante varios meses, el campo de trabajo de Albatera, atestado hasta límites inimaginables -pudo con más de quince mil reclusos en los primeros días-, se convirtió en un lugar inhumano, tan duro como cualquier otro en la Europa de aquellos años.

El control del recinto estaba en manos de las tropas regulares marroquíes, principalmente. Entre tiendas improvisadas hubo sacas de prisioneros, disparos arbitrarios, fusilamientos en la madrugada, vejaciones de todo tipo como soportar los rigores del sol del verano desnudos sobre un saladar, gerifaltes falangistas que llegaban en busca de vecinos de su pueblo, alimentación extremadamente insuficiente e inadecuada y un largo etcétera de penalidades.

Un triste final para miles de personas abandonadas a su suerte por las potencias democráticas de la época y engañadas por Casado. El olvido a que han sido relegadas durante muchos años es una injusticia añadida. Su compromiso y padecimiento deben ocupar el lugar que se merecen en la Memoria Histórica.

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Campo de concentración de Albatera. Fuente: Recuperando Memoria

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Villapalos, Víctor en “El final de la guerra civil en el puerto de Alicante”, 07/03/2012, (en línea) (consulta 14/07/2018).Disponible en:

https://www.victorvillapalos.es/el-final-de-la-guerra-civil-en-en-el-puerto-de-alicante/

WEBGRAFÍA

“Primeros días de la sublevación militar del 18 de julio en Alicante.” En: Información, 19/07/2011, (en línea)(consulta 08/07/2018). Disponible en:

https://www.diarioinformacion.com/opinion/2011/07/19/primeros-dias-sublevacion-militar-18-julio-alicante/1150170.html

Documento sobre el final de la guerra civil en Alicante y las actividades de la Comisión Cívica. Comisión Cívica de Alicante para la recuperación de la memoria histórica, diciembre 2013, (en línea) (consulta 12/07/2018).Disponible en:

https://comisioncivicalicante.wordpress.com/2013/12/10/documento-sobre-el-final-de-la-guerra-civil-en-alicante-y-las-actividades-de-la-comision-civica

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