Jazz musica

ONLY WHITE PEOPLE (SOLO PERSONAS BLANCAS)

ONLY WHITE PEOPLE

(SOLO PERSONAS BLANCAS)

Creía que el jazz podía servir como un arma social frente a la segregación.

INTRODUCCIÓN AL RELATO:

Este relato de ficción está basado en hechos y personajes reales. Es la historia de la relación profesional que mantuvieron a mitad del siglo pasado, como dúo ocasional, dos grandes del jazz: Louis Armstrong y Ella Fitzgerald. Fue una de las colaboraciones más icónicas de este estilo de música, que de haber perdurado les habría convertido en la pareja musical más famosa de todos los tiempos. Él, Pops o Satchmo, así le llamaban, el mejor trompetista, ídolo de ella, que era quince años más joven, la que sería «la primera Dama de la canción» y que ya le imitaba en sus comienzos en sus actuaciones.

Habían tenido un encuentro muy ocasional en 1946, ya que su química musical fue instantánea, pero la etapa más productiva se produciría diez años más tarde, cuando Norman Granz, fundador y propietario de la más importante discográfica de jazz, la Verve Records, y mánager de Ella, decidió unir a ambas superestrellas, los dos músicos afroamericanos, reconociendo el inmenso potencial de combinar la voz cristalina, precisa, femenina, prodigiosa e inagotable de ella con la más ronca, áspera, cálida y carismática de él y además, nada más y nada menos que su trompeta. Ambos artistas destacaban por su virtuosismo individual y su capacidad para improvisar, la fusión perfecta, hipnótica entre la sofisticación vocal y el alma del jazz de Nueva Orleans.

Así nacieron tres inmensos discos: Ella and Louis (1956), Ella and Louis Again (1957), explorando la balada y el swing, y Porgy and Bess (1959), una interpretación de la ópera jazz de George Gershwin, que eternizaron.

José Antonio Díaz

Norman Granz

Me lo contó ella aquella tarde de junio de 1996, ya estaba casi ciega, unas gafas carey ocultaban su luz. Una suave sonrisa cubría su rostro. Hacía pocos dias que había llegado del hospital, lo odiaba. Estábamos en el patio trasero de su mansión de Beverly Hills, en Whittier. En su nuevo trono, desde hacía tres años: su silla de ruedas. Sus piernas se las llevó también la diabetes; siempre habían querido bailar y volar.

Alice, su nieta, correteaba por allí y de vez en cuando se nos acercaba y le preguntaba:

—Abuela, abuela, ¿necesitas algo?

—No, hija —le contestaba—. «Sólo quiero oler el aire, escuchar a los pájaros y oírte reír.»

Ray Brow Jr., su hijo, no paraba de atender el teléfono, contestando a tanta llamada como se recibía interesándose por ella. Le oí responder a Norman Granz, su manager, y a varios amigos más.

Ella llevaba así varias tardes, prácticamente desde que llegué. Tenía muchas ganas de que estuviéramos juntas, y quería contarme muchas cosas. Hablaba de forma atropellada, no quería que se le olvidara nada antes de que me volviese a Manhattan. Incluso hasta me repetía las mismas cosas; tenía prisa, y eso me preocupaba.

Por alguna razón, siempre salía él en sus conversaciones. Y además lo hacía con entusiasmo.

«El día del entierro —me decía con esa clara y precisa vocalización que siempre le caracterizó, con su admirable rango vocal—, estábamos allí en la sede del histórico Séptimo Regimiento de Caballería, en la Quinta Avenida. Y de ahí fuimos al Flushing Cemetery, un cementerio no sectario. Portaron su féretro Bing Crosby, Dizzy Gillespie, Count Basie y hasta el mismo Frank Sinatra. Yo me acerqué a cogerlo también, pero no me dejaron, por ser mujer. Aquello me despertó tantas y tantas injusticias y recuerdos de mi infancia en Yonkers… Allí vivía con Tempie, mi madre (el accidente de tráfico que se la llevó no le permitió verme triunfar, con lo que hubiera disfrutado) y con su novio, Joseph Da Silva, ese maltratador, que a punto estuvo de arruinarme la vida, ya que mi padre, maquinista de trenes, nos abandonó poco después de nacer yo; el muy cobarde.»

«A él —me recordaba como si se tratase de una cosa muy importante— le pasó algo parecido. Su padre, que también se llamaba Williams, como el mío, desapareció de sus vidas. Y unos años más tarde lo tuvo que cuidar su abuela Josephine, que había sido esclava, como a mí la tía Virginia. De cornetista en los suburbios de Stroville. Como yo: cantante en las calles de Harlem.»

«Creo que éramos almas gemelas. Sólo nos separaba el tiempo y la distancia —poco más de quince años, y mil ciento sesenta y dos millas, las que hay de Newport News a New Orleans («El sitio más sureño encima de la tierra»)—, pero nos unió el jazz, la música siempre une, es el lenguaje universal, y el jazz más —comentaba totalmente convencida—. Y es que ambos improvisamos en nuestras vidas tanto o más que en nuestra profesión.»

Hizo un silencio evocador que enternecía, y continuó con un pequeño giro en su discurso.

«¡Ay!, el abandono familiar en la niñez, la pobreza, ser mujer y, además, de raza negra, el maltrato de mi padrastro, la segregación racial… ¿Sabes? ¿Te he contado lo de Marilyn?» —Mil veces, me dije para mis adentros, pero fui rotunda en un no que la animó a contármelo una vez más.

«Pues a mediados de los años cincuenta —así empezaba siempre— yo cantaba en pequeños clubs nocturnos de aquí. Me hacían entrar por la puerta de los callejones, cantaba y volvía a salir. Empezaba a ser conocida, ya no era aquella chica que quería ser bailarina y que igual cantaba swing que blues, bossa nova, samba, góspel, calipso o pop. Ya era una cantante de jazz que se consolidaba, que le gustaba a la gente, pero me faltaba dar el salto, y para eso la aspiración de todas las cantantes de color era hacerlo en el icónico Mocambo Night-Club. Allí actuaron Dorothy Dandridge y Eartha Kitt, a pesar de su color de piel. Era un lugar mítico y de élite, únicamente para gente blanca y de gran poderío, donde iban casi todas las noches las grandes estrellas de Hollywood, como Frank Sinatra, Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Judy Garland, Liz Taylor, Grace Kelly… A mí no me querían por ser negra.»

«La prensa o la radio más abierta debió de comentar algo de esto y llegó a los oídos de Marilyn Monroe, que era algo más que “una rubia tonta”: la artista más grande en ese momento, toda una figura de renombre, la más cotizada con esa aura de mito erótico y un glamour que trascendía su inmensa belleza; y, a su vez, una mujer inusual y adelantada a su tiempo, aunque ella no fuese consciente, con grandes objetivos y ávida de conocimiento para aplicarlo a su carrera artística. Le recomendaron en sus clases de canto que me escuchara, y se enamoró de mi voz. Y ni corta ni perezosa hizo una llamada a Charlie Morrison y Félix Young, los dueños del Mocambo, y les propuso algo que no pudieran rechazar: que, si me contrataban, ella estaría todas las noches allí, en primera fila, lo que les garantizaba de forma directa, no solamente mucha publicidad, sino prensa y tener a otras grandes figuras de Hollywood en el club. La oferta era tentadora, pero la legislación estadounidense del momento obligaba a que la población afroamericana tuviese entradas diferenciadas a los locales públicos a las de la población blanca, y le pusieron una condición que al final se tuvieron que tragar —me decía riéndose—: que tendría que entrar por la puerta trasera, a lo que Marilyn contestó que eso era innegociable y que yo entraría por la misma puerta que ella, la principal. Y claudicaron, claro. Allí nació una hermosa amistad entra nosotras y mi carrera se disparó. ¡Cuánto le debo a esa pobre chica!»

«Al año siguiente aparecí en la película Pete Kelly’s Blues, firmé un contrato, por fin, con la Verve, grabé los tres discos con él, no me faltaron conciertos, viajé a Europa, y en Berlín grabé uno de mis mejores discos. Era el año 1960. Canté en la Deutschlandhalle, allí donde Adolf Hitler pronunció un discurso condenando a dos grandes intelectuales alemanes como fueron Kurt Weill y Bertolt Brecht, y a los que yo rendí un sentido homenaje con un final del Mack the Knife, una canción compuesta por Kurt Weill con letra de Bertolt Brecht para su drama musical The Threepenny Opera

«Visité España hasta en tres ocasiones, grabé los famosos Song Books de los grandes: Cole Porter, los Gershwins, Rodgers & Hart, Duke Ellington, Harold Arlen, Jerome Kern o Johnny Mercer. A partir de ahí todo fue coser y cantar, y todo de la mano de Norman Granz, que ha sido para mí como el padre que no tuve o como un hermano; tiene mi misma edad (bueno, yo soy un año mayor que él).»

«Listo, listísimo, y bueno como él solo. ¿Que hizo mucho dinero? Cierto, tanto como el que nos hizo ganar a los demás.»

Y volvió a contarme la historia de la JATP (Jazz At The Philharmonic), ese espectáculo itinerante de jazz ideado por Norman cuando salió del ejército, que recorrió el mundo, desde América hasta Oceanía, durante tres décadas, con una docena de músicos que formaban la mainstream, los más destacados del momento: Nat King Cole, Willie Smith, Don Byas, Duke Ellington, Oscar Peterson, Dizzy Gillespie, Jimmy Smith, Stan Getz, Coleman Hawkins y ella.

«Eran conciertos organizados como grandes Jam Session, que Granz revistió de una propuesta ideológica: reparto de beneficios con los músicos, negativa a organizarlos en ciudades en las que se segregara al público por su raza y reivindicación del “buen jazz”.»

«El primero de ellos se celebró en el Philharmonic Auditórium de Los Ángeles; de ahí, el nombre de la idea.»

«Parece que lo estoy oyendo, el día que me llamó urgente para hablar conmigo —continúo diciéndome—. Mis piernas temblaban. Hace ya de esto cuarenta años, los mismos que tenia yo por aquel entonces. Me dijo: “Tengo un proyecto para ti, pero no estarás sola, estarás con él. Tres discos en menos de cuatro años. ¿Qué me dices?”. Y le contesté que nunca podría decirle que no, sería una desagradecida, pero le juré que me moría de miedo. ¿Cantar y grabar con mi ídolo? Dudé por vez primera de mi capacidad, pero el sí ya estaba dado. (Quién me iba a decir a mi cuando aprendía a tocar el piano escuchándole en la radio, igual que a las Boswell Sisters, o el día de aquel premio en el Harlem Apollo Theater de Nueva York, cuando gané el concurso Amateur Night Shows cantando Judy, al estilo de Connee Boswell, o cuando canté y grabé la versión de la nana A Tisket a Tasket en 1938, que un día cantaría con él…). Ahora quedaba saber qué diría él; o, peor aún, qué diría Joe Glasser, su manager.»

«Ya sabes de su fama: mafioso, de origen judío ruso, promotor de peleas, obsesivo con el dinero… A veces me pregunto cómo pudo ponerse en manos de tal personaje y además fundar la Associated Booking Corporation, por la que desfilaron nada más y nada menos que Duke Ellington, Benny Goodman, Lionel Hampton, Woody Herman, Dave Brubeck, BB King… Claro que tenía sólo veinticinco años cuando se conocieron en The Sunset Café, de Chicago, y Glasser era el dueño, y él creyó finalmente que podía “brillar” como vocalista a su lado.»

«El caso es que Joe cedió. A saber la cantidad que tuvo que pagarle Norman para comprar su sí.»

«¿Sabes lo que es estar con tu ídolo, el hombre que siempre has admirado trabajando todo ese tiempo juntos?»

«Ya sé que me dirás que era más mayor que yo. ¿Y qué?»

«Llenaba el escenario con esa sonrisa eterna. Ensayábamos en el Hollywood Bowl y después grabamos en Radio Recorders y en Capitol Studios de Hollywood.»

«Si ya era un sueño tenerlo en el estudio embocando su trompeta, de la que era un virtuoso, colocándola sobre sus labios de tal forma que, tras muchas horas de interpretación, surgía en su labio superior una hendidura, tanto más hermosos eran los descansos, con su extraordinaria elocuencia y simpatía. Sacaba su pañuelo blanco y, secándose el sudor, me hablaba de su infancia, del pueblo judío, de los Karnofsky, que le enseñaron la cultura del esfuerzo cuando le acogieron, al otro lado de las vías, en su New Orleans natal. Se abría la camisa a la altura del cuello y me mostraba la estrella de David que llevaba colgada como amuleto en su honor, a pesar de ser bautista. No en balde, Morris, uno de los hijos de esta familia, le prestó dinero para que pudiera comprarse su primera trompeta… Que llegaba todas las noches cenado a casa, donde Mayann, su madre, o Lucy, su hermana, le esperaban por si les llevaba algunas sobras. O se reía a carcajadas, con una risa contagiosa, contándome que la crítica pensaba que él había sido el creador del scatting, una improvisación vocal en el jazz en el que se entonan varias onomatopeyas y sílabas o palabras sin sentido al ritmo de la melodía y que yo también he practicado durante toda mi vida. Cuando no era verdad. Lo que le pasó es que grabando la canción Heebie Jeebies se le cayó al suelo la hoja con la letra y tuvo que improvisar palabras sin sentido que imitaban el sonido de un instrumento, acordándose de lo que solía hacer el humorista Joe Sims. O lo de cuando se cambió su fecha de nacimiento, diciendo que había sido el cuatro de julio de mil novecientos, cuando había nacido el cuatro de agosto de mil novecientos uno, según se pudo demostrar quince años después de su muerte (parece que el historiador estadounidense Thaddeus Jones descubrió una partida de bautismo expedida en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de Nueva Orleans, que certificaba ese dato; había cambiado la fecha para poder tocar y cantar un año antes en los clubs y cabarets). O también me hablaba de aquella estúpida noche de fin de año en la que le cogió el revolver a su padrastro y disparó al cielo con tan mala (o buena) suerte que lo detuvo la policía. Digo o buena porque le sirvió, como a mí, para aprender en el reformatorio: él, en la Colored Waifs Home, un hogar de detención para niños negros, donde Joseph Jones, el director, y el profesor Peter Davis detectaron pronto sus habilidades y le sugirieron que cambiara la corneta, por la trompeta; y yo, en el State Training School For Girls, donde el juez del condado de Westchester, George W. Smyth, me sentenció a mis quince años porque era «ingobernable”.»

«Siempre aparecen personas importantes en nuestras vidas.»

Ray la interrumpió para recordarle que debía cenar pronto para poder descansar bien. Y anunció que la cena estaría lista en diez minutos.

Ella le contestó que no tenía apetito.

Y él, animoso y para estimularla, le dijo que le había preparado una ensalada y una lubina como la que refería tantas veces que había comido aquel verano con Iñaki Añúa en el restaurante El Portalón, en Vitoria, en uno de sus tres viajes a España.

—Anda, que voy a ponerte una música suave de fondo —y entró en casa y sonó Summertime.

La voz ronca de Pops le despertó nuevos recuerdos y dejó fluir de nuevo la conversación, y me habló de lo mucho que le gustaba a él la comida, especialmente la comida Cajun, tan característica de Luisiana, cocina tradicional de los descendientes de desplazados franco-canadienses expulsados de Acadia.

«¡Y la pasta! ¡Le gustaría la pasta! Me contó que tuvieron que ingresarlo en el hospital en uno de sus viajes a Italia por la cantidad de espaguetis que comió.»

«Pero su plato favorito se lo hacia su última esposa, Lucille Wilson, con la que convivió treinta años: el arroz con frijoles. Hasta el punto de que en su museo se conserva la última receta de ella.»

«Y no quiero contarte nada de su obsesión por los laxantes, justo ahora que voy a intentar cenar, pero me contaba que cuando descubrió su remedio favorito, Swiss Kriss, regalaba paquetitos a sus amigos y conocidos con unas tarjetas que imprimió que decían: “Déjalo todo detrás de ti”.»

«Nos habíamos despedido justo después de grabar Porgy and Boss. ¡Qué años! Los mejores de mi vida, sin duda.»

Ray le acercó la cena y Alice insistió en dársela, cosa que a ella le agradó. También a mí me ofrecieron tomar algo, pero decliné porque me esperaban en el hotel.

—Mamá, me ha dicho Norman —le decía Ray—que pasará mañana por aquí a verte, que estaba terminando una grabación con Oscar Peterson, que también te manda recuerdos, en vuestro nuevo sello, Pablo, el que os ha diseñado Picasso.

Y de nuevo rememoró las tres grabaciones con él, que siempre estuvieron acompañadas por Oscar y su trío.

«Oscar, tan grande como su propio corazón —me decía— deslizaba sus manos al piano mejor incluso que Erroll Garner y que George Shearing. ¡Qué maravilla! ¡Qué nostalgia!»

«Yo estaba muy nerviosa cuando empezamos a grabar aquellos discos. El primero, con once canciones elegidas por Norman. Abrimos con Can’t We Be Friends? Sonaron las primeras notas del piano y yo no me sostenía. “El grandullón de Montreal” me miró, levantó una de sus manos y me dijo con el pulgar que todo iba a ir bien. Entoné el primer verso (I thought I’d found the man of my dreams) y, no sé cómo, todo fue como un milagro. Durante el minuto inicial de trompeta de él, cuando cantamos Tenderly, no dejaba de guiñarme, y para cuando llegué al último verso de April in Paris, con la que cerramos (What have you done to my hear), ya no sabía lo que era estar nerviosa.»

Cenó poquito y le dije que no hablara mientras comía, que yo esperaría a que acabase, y después me iría, pues me esperaban aún seis horas de vuelo.

—Sí, abuela, no hables ahora, tienes que comer despacito, que si no te atragantas —le decía la nieta.

Yo la notaba reflexiva, e incluso ausente, mientras masticaba. Y tras un largo silencio, nos dijo: «Estoy lista para irme ahora.»

—Abuela, no digas esas cosas —la interrumpió Alice—. Tú no te vas a morir nunca.

Terminó de cenar y me apretó fuerte la mano, y se me saltaron las lágrimas.

Ray vino a recogerla, postrada en su silla de ruedas, y la metió en casa para subirla al dormitorio, y, antes de despedirnos, se acercó unas medallas a la boca para besarlas: la Medalla Nacional de las Artes y la Medalla Presidencial de la Libertad de Estados Unidos. Dos lágrimas la acompañaron a su habitación; y tres besos: el de Alice, el de Ray y el mío.

Me marché al hotel y, de ahí, al aeropuerto. Cuando llegué a casa, mientras me cambiaba de ropa, puse el contestador para escuchar los mensajes recibidos en esos cinco días que había pasado con ella. Uno tras otro me recordaba la gente a la que tendría que llamar en los próximos días para responderles, pero el último recorrió mi cuerpo como un escalofrío. Era de Ray, roto, y decía:

«Mamá nos ha dejado. Ha volado, como una hoja sobre Manhattan. En el cielo la esperaba Satchmo. En la puerta, la única puerta, allí no hay más. Ella & Louis again. Él la ha recibido como se recibe a una reina, a una primera dama (la reina del Jazz, la primera dama de la canción), con el mejor de sus saludos, ¡cantándole su Hello Dolly

Trabajo de José Antonio Díaz

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