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Costumbres comunales de Aliste

Reportaje de la Redacción editorial de la antigua revista cultural extremeña Raíces, publicado en el número 6 (invierno-primavera del año 2014), sobre las costumbres comunales en la comarca zamorana de Aliste.

Si es tu gusto brindaré, y brindaré por la yunta, por quién mejor, si es como el clamoreo de la cigarra cuando el arado clava la fina garra a la eterna compañera del labrador. Si ella vive su vida y es el testigo más cercano a sus gozos y a sus pesares. Si ella tiene consejos de buen amigo al regar el barbecho que le da el trigo con el sudor que vierte de sus hijares. Por ella va mi brindis, por esa yunta de labor que hace un trono de los terrones y de la mies estereña las procesiones, cuando en el acarreo su fuerza junta luciendo sobre lomo las guarniciones. La que airosa pasea las barbecheras y al pegarse a la tierra sube y resopla y al cantar las alondras más mañaneras acompaña el acento de sus colleras el gañán cuando dice la primer copla. Labradores de Castilla, labradores de León. Con el cesto en la vendimia y en la siega con la hoz. Brindemos amigos míos por la sufrida yunta de la labor, la que sabe del fuego de los estíos y entre las nieves, el  viento y los rocíos es el brazo derecho del labrador.  Argimiro Crespo

Introducción

Campo de Aliste es un territorio zamorano situado en la parte más occidental de Castilla y León. Limitando al norte con las comarcas de Sanabria, La Carballeda y Tábara, al sur con Sayago y al este con tierras de Alba, es comarca rayana en su parte más occidental, abrazando terrenos con la zona portuguesa de Tras-os-montes. Componen este país dieciséis municipios administrativos y hasta cincuenta alquerías anejas, extendiéndose la superficie total de la comarca a lo largo y ancho de casi doscientas mil hectáreas de terreno. Históricamente ha pertenecido al partido judicial de Alcañices, capital administrativa de la comarca y residencia del marqués que lleva su nombre. A pesar de compartir rasgos culturales en torno a una identidad común, esta comarca a día de hoy sigue sin ser reconocida administrativamente. Sus municipios se aglutinan en la mancomunidad Tierras de Aliste. A su vez, Aliste está dentro del GAL (grupo de acción local) ADATA, organismo que diseña, coordina y gestiona las estrategias de desarrollo rural que se comenzaron a gestar mal y tarde durante los años noventa del pasado siglo. 

Signo de esta identidad común son las hablas alistanas (dialecto occidental del astur-leonés) que supone un bellísimo rasgo que ha identificado a los habitantes de Aliste a través de un habla localista. Ahora mismo su uso se restringe casi en absoluto a las personas ancianas, pero nosotros hemos tenido el privilegio de presenciar  conversaciones en Alistano entre el compañero de Gallegos del Campo que nos acompañaba y nuestros informantes. El cariño de esta persona por su tierra le ha llevado a mantener con orgullo un rasgo de identidad colectiva que poco a poco va desapareciendo. ¿Qué es el lenguaje? Como se apresuraría a decir el zamorano Agustín García Calvo, es lo más común y próximo que existe entre las personas, aquello que construye la realidad cuando es el sentir común del pueblo el que lo transmite, pero también cuando el lenguaje pierde su carácter puramente común y popular, se convierte en la mejor herramienta de la dominación para perpetuar la realidad falsificada en que vivimos. Dicho esto, el Alistano como lengua local, cotidiana y ligada a un mundo apegado al terruño, estaba al servicio de ese mundo comunal compartido y transmitido de generación en generación, habiéndose creado multitud de términos únicos de la zona para referirse a infinidad de conceptos relacionados con los oficios y espacios colectivos. Aún nos acordamos de una de las bellísimas palabra que escuchamos y que significa juerga o fiesta colectiva: la joldria.

La economía de Aliste ha estado limitada desde antiguo por los usos agro-ganaderos que permitía la configuración edafoclimática de la zona. Su territorio, desplegado en dos zonas orográficamente bien diferenciadas entre sí como son la parte montañosa y el altiplano, alterna grandes extensiones de cultivos de secano, dehesas de robles y encinas, páramos dedicados al pastoreo de la cabaña ganadera, montes y colinas donde abunda el pino resinero de repoblación, manchas de castaños, fresnos, sauces y otros árboles de hoja caduca y diversos bosques en galería que acompañan en su discurrir hasta el Duero a los principales ríos comarcales, el río Aliste y el río Manzanas. 

El clima de Aliste, categorizado como de transición, contiene características de clima subhúmedo, una variante del clima mediterráneo continentalizado, típico de la meseta superior. Este clima expone a la comarca y sus habitantes a los rigores estacionales, con unos fríos y largos inviernos y secos y calurosos veranos. 

Las heladas, resistentes a desaparecer hasta bien entrada la primavera, no permiten dilatar en el tiempo ciertos cultivos, siendo difícil en diversas aldeas de Aliste encontrar testimonios que den cuenta del cultivo histórico de ciertas solanáceas, pues estando obligados a retrasar la siembra hasta bien entrado abril e incluso mayo, podía ser común llegar a la cosecha con las primeras heladas otoñales. 

Es una comarca poco abundante en árboles frutales, olivos o viñas, aunque dependiendo de cada municipio, se han ido adaptando variedades frutales (el cerezo o la higuera) y vitícolas, existiendo una auto-producción de vino a escala comarcal. Dedicada mayormente al secano, las grandes llanuras y ondulaciones alistanas han estado cultivadas principalmente de centeno, aunque también se siembran desde antaño trigo, cebada y otros cultivos forrajeros como los nabos. La diversidad hortícola está condicionada por los microclimas locales, la situación y orientación de los huertos, la posibilidad del riego y la fertilidad de la tierra. 

La cabaña ganadera, muy abundante y principal sustento de los alistanos, está compuesta por ganado vacuno, ovino y en menor medida caprino, porcino, avícola y apícola. 

No era común poseer grandes rebaños en esta comarca y durante siglos, diversos usos colectivos rigieron la gestión ganadera. En Aliste escaseaban los équidos, pues las labores de yunta y acarreo se han realizado históricamente con vacas, siendo la vaca alistana hoy ya casi desaparecida, un animal perfectamente adaptado a los rigores de la zona.

Aliste a lo largo de la Historia

Aliste ha sido durante siglos una plaza fronteriza, quedando expuesta a los envites y conflictos históricos. Marginada, abocada al aislamiento por el desinterés institucional y la falta de atención e inversión pública, ha vivido comúnmente olvidada por las distintas administraciones, siempre en estrecha relación con sus parientes de Tras-os-montes tanto o más que con el resto de su provincia. Se tienen datos de asentamientos en el periodo neolítico así como de la ocupación de estas tierras por los Astures, una de las diversas tribus celtas establecidas en la península ibérica. Durante la ocupación romana, Aliste estaba cruzada por dos vías principales y se estableció como lugar de paso y descanso para las tropas que luchaban por un lado contra Vacceos y Brácaros y por otro lado contra los Cántabros. Situada dentro de la Hispania Citerior romana, posteriormente en la Hispania visigoda, sufrió numerosas incursiones y ataques de los ejércitos francos provenientes de la antigua Galia.

Durante el periodo medieval, Aliste se constituye igualmente como fin y comienzo de reinos. En el siglo VIII los árabes llegan a la ciudad de Zamora, pero la mayoría de pueblos conservan sus habitantes y tradiciones cristianas previa tributación. Hubo una cierta emigración hacia los reinos cristianos del norte, pero en lo que concierne a Aliste, las crónicas indican que esta zona no se vio afectada por la llegada musulmana a Zamora. Durante el periodo de reconquista, Aliste pasa a formar parte del reino de León en el año 1050 y desde entonces comenzarán a llegar los primeros mineros que se encargarían de explotar las minas de hierro y cobre de la Sierra de la Culebra, dando lugar a los primeros oficios relacionados con la metalurgia, de los cuales han llegado algunos hasta nuestros días, como indica la tradición fuellera de pueblos como Codesal.

Aliste ha estado siempre marcada por su condición de frontera, que ha determinado su configuración política, económica y social. 

Durante los siglos XVIII y XIX Aliste cae en el olvido, consecuencia de la lejanía respecto a los centros de poder tanto portugueses como españoles y de la falta de interés comercial por los productos elaborados en la comarca. Aliste se encierra sobre sí misma y gestiona una vida local centrada en la economía de subsistencia y la autosuficiencia.

Facsímil de la obra de Méndez Plaza

Las costumbres comunales de Aliste en la obra de Santiago Méndez Plaza

Cuando leímos por primera vez el libro de Félix Rodrigo Mora, Naturaleza, ruralidad y civilización, nos llamó la atención en el capítulo de Bienes Comunales de Castilla una breve nota a pie de página que nos citaba la obra de un tal S. Méndez sobre el mundo rural popular de Castilla. Esta obra llevaba por título Costumbres comunales de Aliste cuya fecha de edición data del año 1900. Pero no es hasta el verano pasado cuando un ejemplar fotocopiado de dicho trabajo llega a nuestras manos. Lo primero que nos sorprendió gratamente de este breve estudio es el posicionamiento que adopta el autor, quien huye de un vago costumbrismo de lo pintoresco para situar la obra en clave de crítica social, tomando partido a favor de lo que él denomina unas prácticas ejemplares y nobles. Entendiendo sus limitaciones y obligados a contextualizar tanto el ánimo del estudio, como la época y la procedencia social  del autor, la obra de Santiago Méndez defiende en diferentes ocasiones la pervivencia de unas costumbres en claro síntoma de decadencia y la prevalencia de las mismas como herramientas válidas y necesarias en la construcción de una sociedad más humana y más justa. Sorprende el acierto y la anticipación con que Méndez Plaza realiza duras críticas al capitalismo, al individualismo, a la propiedad privada y a los nuevos hábitos socio-culturales importados desde los centros urbanos, pero también es verdad que en ciertos pasajes del texto los comentarios del autor dejan entrever un cierto prejuicio hacia los “atrasados” alistanos a la hora de juzgar ciertos hábitos o incluso retazos de su personalidad tanto individual como colectiva.

Desde que leímos esta obra decimonónica que permite un acercamiento privilegiado en clave comunal a la vida de nuestros antiguos, el deseo por conocer la comarca y saber qué quedaba cien años después de todo lo narrado fue creciendo entre la redacción de Raíces. Nos intrigaba saber: ¿Cómo sería ahora mismo la vida en Aliste? ¿Cómo habrían configurado la comarca los acontecimientos del siglo XX con todo su devenir político y social de por medio? ¿Habrán perdurado ciertas prácticas comunales incrustadas en la inercia cotidiana de sus gentes? ¿Perdurará una memoria viva colectiva de todo aquello y se reivindicará con orgullo? ¿Habrá sido enterrada en las fosas del olvido? ¿Cómo se habrá enfrentado Aliste a la modernidad, con todos sus avances en infraestructuras y en tecnología? ¿Cuáles habrán sido los estragos del éxodo rural en esa zona y qué bondades habrá venido a inaugurar la sociedad de consumo?

Leyendo el libro de Méndez Plaza es fácil sacar las conclusiones de su trabajo, a saber, que la vida en común era en Aliste lo fundamental y que la base de su subsistencia era el trabajo cooperativo, jugando la propiedad privada un papel anecdótico en su supervivencia. Lo único que no llegamos a entender es por qué el autor omite estudiar el fenómeno del concejo abierto como órgano de decisión y organización de la vida social aldeana. Se nos ocurren dos hipótesis: o bien es que sencillamente ya no existía como tal o es que el concejo había mutado en lo que aún hoy en día significa en Aliste ir de concejo que no es otra cosa que hacer trabajos comunitarios desde y para el municipio.

Para repasar brevemente las raíces de la organización concejil aldeana con una cierta organización y sistematización del hecho comunal podríamos decir que nace durante la Alta Edad Media entre los siglos IX y X. Por aquel entonces se desarrollaron principalmente en la mitad norte de la península ibérica y auspiciadas por el avance de la repoblación cristiana, diversas formas de organización rural popular que tienen en lo comunal su rasgo distintivo, eso sí, subsumidas en un régimen feudo-vasallático. Algunas de estas prácticas y regimenes de propiedad han llegado hasta nuestros días, aunque muy desvirtuadas, como son el concejo abierto aldeano, las juntas vecinales y los montes comunales.

Este régimen comunal se manifiesta en la instauración del concejo abierto como órgano decisorio, la extensión de las tierras comunales como uno de los regimenes de propiedad más representativos, así como en infinidad de prácticas y rituales cotidianos compartidos por el común de los vecinos y vecinas del concejo. A sabiendas de que este régimen de organización popular (heterogéneo y con una implantación muy diversa en cada territorio ibérico) estaba transversalmente mediatizado por las diversas fuerzas del momento (religiosas, feudales y patriarcales principalmente), no queremos extendernos en este texto sobre el grado de estratificación o igualitarismo en estas prácticas. Para el enriquecimiento de un debate en torno a esto, os remitimos al resto de contenidos de la revista, donde se tratan con un poco más de profundidad las implicaciones de dichas fuerzas en la organización social del momento. 

Al parecer, mientras que en otras partes del territorio ibérico, dichas prácticas comienzan a ser barridas y proscritas durante toda la Baja Edad Media y hasta bien entrada la era contemporánea, en Aliste y gracias a las características sociales, económicas y zonales que hemos detallado anteriormente, pervive todavía en los albores del siglo XX una configuración de la vida en clave comunitaria aunque con la institución concejil desaparecida, lo cuál nos ha generado bastantes interrogantes. Hay que dejar claro cuanto antes que dichas prácticas entran en una decadencia absoluta durante las primeras décadas del siglo XX, aunque Santiago Méndez Plaza en su investigación de campo fechada en 1897(aunque publicada en 1900), nos describe la segunda mitad del siglo XIX como un periodo crucial para el abandono de muchas prácticas comunales, como veremos más adelante.

Pero ¿de qué nos habla Méndez Plaza en su libro? En la introducción del libro podemos leer: En su relación de igual a igual, la estrecha solidaridad en que viven podría servir de modelo práctico, si no de comprobación, a ciertas formas de organización más o menos comunistas, más o menos colectivistas ideadas por teóricos y reformadores para mejorar el estado presente de la sociedad(…) Todas las manifestaciones de su vida son comunales; todos los servicios cooperativos; el cambio de productos por la permuta, es más frecuente que por la moneda como intermediario; la retribución por salario se usa poco, y menos aún el ajuste por un tanto alzado o destajo (…)

Para más adelante aseverar que: (…) bien puede decirse que el comunismo está en la sangre de estas gentes y constituye un signo indeleble de su raza (…) 

Pero como decíamos más arriba, Méndez Plaza no tarda en denunciar las diversas fuerzas que ya en ese periodo han hecho un daño irreversible a los alistanos y su cosmovisión colectivista, además de denunciar que a pesar de gestionar unos recursos escasos de una forma bien parecida al comunismo y la autarquía, Aliste ha estado sometida históricamente a diversas formas de poder: 

(…)Del antiguo vasallaje no se emanciparon sino para caer en otro acaso más cruel y tiránico(…) primero dependieron del señor feudal, más tarde de los delegados de la monarquía absoluta; hoy gimen bajo el poder de los capitalistas, que les brindan las migajas de su dinero a un interés del 25% al 100%, verdadero azote, en competencia con el del fisco, que los desangra y aniquila(…) tocamos muy de cerca los males del individualismo y del concepto moderno de propiedad, precisamente en estos tiempos es cuando despierta en este país el individualismo(…) hasta principios del siglo XIX casi todos los términos municipales cultivaban en régimen comunal, a excepción de una limitadísima parte de tierra, que constituía los huertos particulares próximos al casco de la población(…) conforme al decreto de 1813 se desamortizan y reparten en Aliste como en el resto de España los terrenos baldíos y de propios, como si la propiedad comunal fuese de tan gran daño…(…) las comunidades y muchas otras asociaciones que desde antiguo se conocían en estos pueblos, unas han desaparecido y otras se van modificando, aunque lentamente, pero no porque estas instituciones no respondan a los mismos fines que antiguamente, sino porque se oponen al espíritu y tendencias  de los tiempos presente. El abuso en el gobierno de estas instituciones se hace intolerable; de la falta de sentido moral y el espíritu de contención en el tuyo y mío origina que cada cual mire antes sus propios intereses que los de la comunidad; y relajados los vínculos de solidaridad y afecto necesarios en tales comunidades, no es extraño que muchas de estas prácticas hayan desaparecido y otras, arraigadas en antiguas creencias, desaparecerán en un plazo no muy largo (…)

No sólo las reminiscencias feudales y las políticas liberales comienzan a ahogar política y culturalmente las peculiaridades comunales de Aliste, también la iglesia está detrás de la desarticulación de ciertas prácticas que contravenían el orden moral de la jerarquía eclesiástica: (…)La reunión de las mujeres para hilar durante las veladas en las noches de invierno, las rondas de mozos y mozas, las guarderías y los enterramientos a la “roda” o turno, y en la misma forma la prestación de servicio de sacristía, todo esto va desapareciendo; así sucede con los hilandares, por la predicación constante de los curas párrocos de estos pueblos, que ven en tales reuniones un foco de corrupción en vez de ser un recreo honesto (…) los sacerdotes de cada pueblo han tomado una parte muy activa para que desaparezcan los hilandares toda vez que ha perdido su primitivo carácter de ser únicamente reunión de mujeres(…)

Pero también se responsabiliza en el texto a la introducción de costumbres culturales ajenas a sus usos tradicionales, en el vestir o en el refinamiento de las necesidades así como en el intento por extender la gestión estatal allí donde antes no llegaba o no quería llegar. Dos ejemplos de esto que decimos lo vemos en la implantación de la escuela y la introducción de nuevos hábitos de ocio y consumo: (…) los campesinos que tales cambios y mudanzas quiere introducir en sus costumbres se aficionan al mayor pulimiento en todas sus cosas, a un mayor refinamiento en la satisfacción de sus necesidades, a la par que el hombre cambia la clase de camisa, va más a la taberna, hace más frecuentes los viajes a la villa, allí come y bebe en exceso, se aficiona al tabaco, no trabaja lo que debe(…) el labrador que, saliendo de su círculo social, modifica sus costumbres, labora la ruina sin conocerlo, encontrándose cuando menos piensa agobiado por las deudas, sin capital, sin paz en su casa y aún con falta de salud, pues todos los males se dan cita donde no hay dinero(…) Hasta el año 1857 no hubo otros maestros que los galocheros, gallegos y leoneses que en la temporada de invierno iban al campo de Aliste(…) la instrucción del galochero era muy escasa, pero la suficiente para enseñar a leer, escribir, sumar y restar(…)Ahora la enseñanza es oficial, pero lejos de haber aumentado el número de hombre y mujeres que saben escribir, ha disminuido en gran proporción(…)desde el año 1860 al 70 se ha ido organizando la enseñanza oficial, los galocheros no han vuelto a este país y han sido sustituidos por los maestros nombrados por el estado(…)

El libro estudia brevemente las tareas y oficios que se realizan comunalmente y los diferentes rituales de carácter ancestral que rigen y auto-regulan las buenas prácticas de la comunidad y sus individuos. Estas tareas y oficios que se reflejan en el estudio son las que nos han servido de base para indagar en el recuerdo de las personas de Aliste a quienes hemos tenido ocasión de entrevistar. Son los siguientes: 

-Las rozadas: la limpieza, desbroce, acondicionamiento, siembra, guardería y cosecha de tierras comunales dedicadas al cultivo del cereal. 

-La industria pecuaria: recría y guardería del ganado; seguros y sociedades de accidente sobre el ganado y sociedades de recría.

-Industria fabril: fabricación de paños y lienzos; sastrería; molinos de uso común; cestería y forja

-Contratación: la permuta; la moneda; el crédito; garantía personal y préstamos sobre el ganado.

-Enseñanza y medicina: enseñanza de los galocheros; temporada de escuela y pagos de los galocheros por todos los que la utilizan; asistencia facultativa, médicos, ministrantes y barberos; concierto entre éstos sobre presentación y retribución del servicio.

-Fiestas y recreos: veladas de mujeres en común, el hilandar; calefacción y alumbrado; censura de costumbres; introducción de la taberna; casamientos; rondas de mozos y mozas…

-Ojeo de lobos y otras costumbres comunales

Además de la obra de Méndez Plaza, existe otro estudio coetáneo elaborado por el eminente Joaquín Costa en torno al concejo colectivista zamorano de Sayago. En dicho texto Joaquín Costa organiza una seria exposición de oficios y actividades que todavía a finales del siglo XIX se seguían realizando de forma comunitaria.

Estas actividades eran las siguientes: sorteo periódico de tierras para el cultivo del cereal; sorteo de labranzas; la cosecha de la bellota y recolección del corcho; gestión de pastos comunales; veladas del pueblo en común o “serano”; la administración concejil, la casa del concejo y la taberna.

Portada de la revista Raíces

Visita a la comarca de Aliste

Durante la última semana de noviembre del pasado año, organizamos al fin una visita a Aliste. Gracias a la colaboración de ciertos compañeros y compañeras ligados al Ateneo Libertario de Zamora quienes sintieron como propio este humilde proyecto, pudimos acercarnos a la comarca y conocer a sus gentes con un programa de alojamiento, actividades, visitas y entrevistas previamente organizado. La expedición se componía de un nutrido grupo de unas nueve personas entre quienes estábamos los redactores de Raíces, un grupo de amigas que viven de forma colectivista en la salmantina Sierra de Francia, un compañero catalán vinculado a diferentes experiencias de autogestión, compañeros de Zamora ligados al Ateneo Libertario y a la CNT-AIT y miembros del 15M de Aliste, sin cuya inestimable ayuda y buen hacer esta vivencia no podría haber sido posible. Para realizar las entrevistas y con el ánimo de abarcar cuanta más gente y cuantos más lugares, nos dividimos en dos grupos, para luego volver a reunirnos y poner en común lo que cada grupo había hecho, conversado o visitado. 

Gracias a dios (y nunca mejor dicho), Teófilo Vicente Nieto, el párroco de Aliste, nos brindó la posibilidad de pernoctar en una acogedora vivienda de San Vitero, de propiedad parroquial, y también nos ofreció un interesantísimo diagnóstico sobre las causas y consecuencias de la decadencia rural de la zona y la fatal pérdida de las costumbres comunales. Su dilatada experiencia vital en la comarca y su perspectiva como cura de base que ha optado por el mundo rural, obrero y de clase así como por la vida en comunidad, muy en sintonía con muchos de nuestros puntos de vista, por cierto, fue clave para ir poniendo en orden todas las vivencias, diálogos e intuiciones que íbamos cosechando en cada nuevo encuentro.

Nuestros objetivos estaban bien delimitados ya a priori y eran los siguientes: realizar entrevistas abiertas tanto formales como informales con personas de avanzada edad, pues son ellas las que pueden guardar mejores memorias sobre el modo de vida comunal; viajar por la comarca; recorrer los pueblos y los campos y visitar edificios de uso comunal (molinos, hornos, destiladoras, casas del concejo, eras y telares, espacios de reunión…).

Las entrevistas se han desarrollado en ambientes informales y en espacios bien diversos. Hemos hablado con gente en sus propias casas al amor de la lumbre, también en la casa parroquial donde nos alojábamos, en plena calle, camino de los huertos, en bares y en tiendas, en la casa de algún alcalde, al calor de la alquitara… 

Aun reconociendo que es difícil conseguir generar el clima idóneo tan precipitadamente para dialogar con personas ancianas a las que se les pide que abran de repente el cajón de sus recuerdos y vivencias, algunas de estas de gran intimidad y significación en sus vidas, hemos disfrutado muchísimo durante nuestros diálogos con todas ellas, nos hemos reído y hasta llorado, compartido historias de todo tipo, anécdotas, desahogos, miserias, alegrías, miedos y confesiones. Les mandamos desde aquí a los y las vecinas de San Vitero, Nuez, Moldones, Figueruela de Arriba, Gallegos del Campo, Pobladura de Aliste, Santa Cruz de los Cuérragos y Codesal nuestro más profundo agradecimiento y los mejores deseos para sus vidas.

Las costumbres comunales en la actualidad

Nuestros encuentros con los ancianos y ancianas del lugar revelan cuán perdidas están hoy en día las costumbres comunales practicadas en Aliste durante siglos. Si esta cultura colectivista se enmarcaba bajo unas condiciones materiales muy determinadas, el giro de 180º que dichas condiciones dieron durante la primera mitad del siglo XX, acabó por desarticular estas prácticas basadas en la necesidad mutua. Es obvio que dichas condiciones materiales además de configurar un modo de gestión en torno a ellas, también moldean al ser humano, que aprehende y hereda una forma determinada de permanecer anclado a un ambiente relacional concreto, desarrollando un mundo moral con un modo particular de entender la convivencia entre sus miembros.

Por tanto, las novedades que introdujo el avance del capitalismo no sólo afectaron a la gestión comunal de la vida material de Aliste, sino también a la forma en que hasta entonces sus miembros se venían relacionando. Algo que ha caracterizado las respuestas de la mayoría de personas entrevistadas ha sido la valoración positiva, sin fisuras, del progreso material, encontrando muy pocos testimonios que expresasen nostalgia por el pasado en clave social y relacional. Sin embargo, Teófilo, el párroco, nos comentaba que en ciertos eventos colectivos (concejos, fiestas, bodas) las ancianas y ancianos sí que muestran abiertamente su apego y cariño por un pasado que sin duda les ofrecía momentos colectivos de gran intensidad. Nuestra intuición al escuchar a unos y otros, cuyos testimonios poco difieren de lo que nos podría contar cualquier abuelo nuestro, es que aún a pesar de esa nostalgia por un pasado en que los pueblos se encontraban llenos de vida, de juventud, de música, de rituales sociales y joldrias, pesa demasiado el desagradable recuerdo de sus condiciones materiales, dominadas por un alto grado de austeridad y muchas penurias. A pesar de lo azaroso de su día a día, la vida era escasa en comodidades.

Nos preguntamos si esta contradicción entre los testimonios recabados por nosotros y la experiencia del párroco podría ser parcialmente explicada por el efecto que los entrevistadores (que a ojos de los paisanos somos gente proveniente del mundo culto, urbanizado y mil veces declarado superación del atrasado mundo rural tradicional) hayamos producido en los informantes a modo de presión. Esta presión por la diferencia de origen entre nosotros y ellos pudo haber condicionado sus respuestas y empujado a nuestros interlocutores a no mostrarse como seres “atrasados”; en contraste con el lugar cercano, cotidiano y muchas veces festivo desde el que se relacionan con un párroco afín a ese mundo rural. 

Dicho esto, conviene señalar que nuestro interés se centra tanto en la reflexión en torno a las causas y consecuencias de la desarticulación de esa experiencia material, como de las transformaciones sociales. Nos ha resultado difícil recopilar datos concretos sobre fechas, acontecimientos o límites geográficos a la hora de averiguar en qué años, debido a qué y de qué manera comenzaron a desaparecer prácticas comunales concretas. No es de extrañar, pues durante un único fin de semana, con unas pocas entrevistas y con un contexto donde los diálogos son tan provocados y precipitados, es difícil y aventurado sacar conclusiones cerradas. Por otro lado, como desde un principio sabíamos de nuestras limitaciones para realizar un estudio exhaustivo basado en datos, descartamos tal posibilidad para centrar el reportaje en otro paradigma. Pues si bien, tenemos al alcance libros y estudios que expliquen de manera documentada el éxodo rural de Zamora, pocos documentos existen donde se plasmen reflexiones y debates colectivos en clave de transformación social sobre la historia comunista de estos pueblos, que desarrollaron prácticas colectivistas más allá de la conciencia ideológica y el racionalismo moderno. Y este escenario hoy ya desaparecido, pero que cuenta aún con algunos testigos vivos, inspira y evoca a cualquier amante del mundo rural tradicional y también ayuda a encauzar un debate colectivo en torno a la construcción de una sociedad decente, guiando nuestras intuiciones y contrastando nuestros a veces débiles e ideologizados discursos con las limitaciones que se esconderían a la hora de ponerlos en práctica.

Para resumir, nuestra experiencia en Aliste nos obliga a dignificar públicamente un mundo rural demasiadas veces estigmatizado, denostado, sometido y vilipendiado. Pero también nos sitúa, y agradecidos estamos por ello, ante el precipicio de la vacuidad con que a menudo elaboramos nuestras proyecciones ideológicas, pues una vez apercibidos del terreno abismal que se sitúa ante nosotros al intentar hacerlas realidad, estamos en mejores condiciones para intuir los durísimos pasos a seguir (y desandar) en el camino hacia una sociedad que pudiésemos calificar como verdaderamente decente, esto es, una sociedad organizada en pequeños núcleos convivenciales donde el pan de cada día no descansase sobre la explotación de recursos y personas ajenas a las decisiones de la propia comunidad. Sabemos que no lo tenemos fácil, sea en el terreno de la compresión o en el de la acción, y no ayuda a subir los ánimos estar en el aquí y en el ahora de un mundo que en los últimos decenios ha tejido una inmensa maraña de interdependencias a nivel planetario, cuya superación nos obligaría a realizar esfuerzos y renuncias difícilmente asumibles hoy en día. Menos aún para los territorios que gracias a esa explosión del desorden global hemos pasado en apenas un siglo de habitar en el cielo abierto de la necesidad a vivir bajo el confortable techo de la posibilidad, aunque haríamos bien en matizar que esa posibilidad es una fuente alienación en sí misma. El diálogo con los lugareños nos ha dado la oportunidad de comprender a grandes rasgos qué ha pasado en la sociedad alistana durante los últimos 70 años de desmoronamiento del mundo rural. Por otra parte, es destacable la información que nos han proporcionado nuestros informantes en un plano más íntimo y personal, aquél que alude al sentir de los individuos con quienes hemos estado. Esta información, que valoramos como fundamental, nos ha dado la oportunidad de situarnos mejor junto a los anhelos, sufrimientos, ilusiones y deseos de estas personas, miembros de una generación que ha vivido a caballo entre dos mundos: el antiguo, que obligaba a sus miembros a batallar contra la permanente austeridad material, pero que ofrecía un mundo social repleto de valores nobles y de gran humanidad; y el contemporáneo, que introdujo las posibilidades técnicas y económicas necesarias para escapar de la extrema necesidad, eso sí, a cambio de vender el alma de sus pueblos al dinero, el éxodo y la atomización de los sujetos.

Pero, ¿De qué está compuesto ese rechazo hacia su pasado? ¿Por qué no encontramos remembranzas equilibradas entre lo objetivamente mejor y lo objetivamente peor de ese tiempo? Difícil de contestar, pero es evidente que la memoria en torno a la cosmovisión socialista que componía la vida de antaño ha sido relegada al anecdotario de sus recuerdos, y apenas se adivina que constituya un símbolo de orgullo individual y colectivo a la hora de mentar las formas de vida pretéritas.

Para explicar tal renegación por lo que vivieron en sus años mozos, no nos basta con aferrarnos a los argumentos que versan sobre la dominación política y económica que sufrían, pues esto no dejaría de ser una visión miope. Por lo que hemos advertido en nuestros diálogos, si preguntamos a estas gentes por las causas fundamentales que materializaban un sentimiento de opresión en sus vidas, sentimiento del que quisieron escapar en cuanto tuvieron las puertas de la modernidad abiertas de par en par, nos podrían responder que si bien es cierto que los poderes fácticos ejercían una cierta opresión sobre la comarca, lo que marcaba realmente el destino de sus gentes era la privación para disfrutar de los cambios que la sociedad de consumo estaba brindando en otros lugares. Y ojo, no estamos restando importancia a los factores que contribuyeron a dinamitar esa sociedad comunal bajo transformaciones políticas ( que sí fueron transcendentales), pero es evidente que la colonización que ha hecho el mundo industrial ha tenido un fuerte impacto, no solo en las condiciones materiales del proletariado y del campesinado, sino también en la transformación de los sujetos, moldeando sus aspiraciones e imaginarios, es decir,  la vida interior de las personas y los modos de juzgar su propio devenir en el mundo.

¿Hasta qué punto afectaban en Aliste las derivas de la alta política o los sucesivos cambios de régimen? Tenemos la impresión de que los alistanos vivían centrados en sobrevivir con los recursos que tenían a mano, estando abocados a olvidarse de un mundo exterior que llevaba siglos dando la espalda a sus gentes.

Y es ese olvido el que por una suerte de destino común mantiene a estos hombres y mujeres hasta bien entrado el siglo XX con las mismas primitivas prácticas socialistas que habían ido desarrollando a lo largo de la historia y que sin duda les había configurado como sociedad tanto en lo material como en lo cultural.

A continuación repasaremos la memoria viva de algunas costumbres comunales citadas en el libro de Menéndez Plaza a través del testimonio de nuestros informantes. Comenzaremos con una de las prácticas más ancestrales y que más ha tardado en desaparecer.

Contraportada de Raíces

Las rozadas

Como apuntábamos más arriba, la rozada consistía en el desbroce, quema de rastrojos, roturación, siembra, guardería y cosecha de los campos de secano dedicados al cultivo de cereal. En el pueblo de San Vitero los testimonios son escasos. Nuestros dos informantes de entre ochenta y noventa años apenas recuerdan los tiempos en que las rozadas se hacían en común aunque sí recuerdan que cuando la rozada era colectiva cada vecino aportaba una yunta. También recuerdan vagamente la costumbre de vigilar los campos por la noche y llevar el cayato, del que existían dos varas de distinta factura que se iban turnando los guardeses nocturnos al darse el relevo, de forma que pudiesen controlarse las ausencias. Lo que sí recuerdan mejor era la siembra de los quiñones, terrenos comunales que se repartían entre los vecinos y donde cada cual sembraba lo suyo. Sin embargo, en pueblos como Nuez, Gallegos del Campo o Figueruela de Arriba recuerdan bien esta práctica. Eutiquiano, octogenario vecino de Gallegos del Campo nos cuenta que eran dos personas de cada casa quienes iban a la rozada. Recuerda que los campos dedicados a la rozada estaban a más de 5 kilómetros del casco urbano y que eran bastante pobres y pedregosos. Nos cuenta que cada vecino llevaba su pote que luego se ponía a calentar en una hilera de hogueras que las mujeres solían atender. Este vecino nos ofrece datos muy detallados, como las 90 gavillas de centeno que podía acarrear cada carro, o los cuatro sacos de cien kilos de centeno para cada vecino que daba la rozada del Berrocal. Nos cuenta que el pueblo elegía entre los vecinos mejor valorados por todos a los jueces de las rozadas, cuya misión consistía en cuidar el buen hacer de todo el mundo y la equidad tanto en los trabajos como en el reparto del grano. Para evitar que el ganado entrase en la rozada, nuestro informante recuerda que desde la siembra hasta la cosecha no se pisaba ese lugar con los rebaños. También recuerda mucha juventud, muchos cantos y muy buen hacer por parte de todas las personas. En Figueruela de Arriba algunas mujeres nos explicaron cómo se escogía la hoja de tierra a rozar, se hacía una raya y todo el pueblo iba a cortar la maleza y a quemarla, aportándola al terreno hasta octubre en que se sembraba el grano. Nos recuerdan que se sembraba y se segaba a mano y que debido a la pendiente del lugar era imposible arar a yunta. Nos remarcan que las mujeres, incluso embarazadas o con niños, trabajaban igual que los hombres. También nos describieron algunos juegos de siega entre mozos y mozas que amenizaban el final de tan ardua tarea y cómo era común el canto de rondas durante las siegas, costumbre que se perdió con la introducción de la maquinaria. Estas mujeres establecen 1959 como el año de la última rozada en común, fecha en que se repartieron los quiñones. Nos recuerdan que el terreno comunal de los quiñones tenía mejor tierra que los campos de las rozadas y al repartirlos permitió a los vecinos más humildes plantar patatas y trigo. En su testimonio aseguran que durante la postguerra muchas personas marcharon del pueblo debido al hambre y que el reparto de quiñones fue fundamental para estas familias más humildes.

En el resto de pueblos ninguna persona nos supo aclarar el año en que terminaron las rozadas, pero atendiendo a sus edades y algunos datos que nos ofrecieron debió ser en torno a los años 50. De lo que sí dan testimonio en todos los pueblos es que la práctica comunal murió cuando los pueblos decidieron partir los quiñones. Para Eutiquiano dejar las rozadas fue como una opinión unánime de todo el pueblo, que vio en el reparto de los quiñones una forma de incrementar la producción de la tierra, donde cada vecino hacía y deshacía a su forma. En San Vitero recuerdan que todo aquello terminó cuando empezó a evolucionar la vida y se comenzó a introducir el nitrato, el tractor y el herbicida.

Ir a concejo

Una de las prácticas que mayor recorrido histórico ha tenido en Aliste ha sido ir de Concejo. A toque de campana tañida y junto a la iglesia, eran convocados un alma de cada casa, normalmente varones y siempre las viudas (aunque eran admitidas mujeres mozas y casadas según en qué época, lugar y para qué tareas) con la finalidad de realizar trabajos colectivos de aprovechamiento agrícola y de mejora, arreglo o construcción de infraestructuras de uso público. Así, era cotidiano ir a concejo de caminos, de molinos, de bellota, de pastos, de helechos…

En Gallegos del Campo nos recuerdan que todas las semanas se hacía concejo. La gente respondía muy bien y aunque se hacía justicia a quien faltase, la buena fe guiaba el ánimo de todo el mundo. Recuerdan que las normas del concejo eran decididas por todo el mundo y que la función del alcalde era únicamente velar por el cumplimiento de dichas normas colectivamente asumidas. También recuerdan ciertos roces en los concejos de pastos, pues los vecinos que tenían poco ganado se solían quejar de que aportaban el mismo trabajo que los vecinos con mayores rebaños. Las mujeres de Figueruela con quienes pudimos hablar afirman que en su pueblo era normal que la mujer incluso casada, participase de los concejos. Ellas nos cuentan que en este pueblo el concejo se anunciaba en la iglesia el día anterior y el alcalde era el que disponía sobre las tareas a realizar y la fecha elegida. Preguntadas sobre la aceptación de las tareas por parte de los vecinos, recuerdan que a unos les parecía bien y a otros mal, pero que no se rechistaba. Cuentan que todos los años eran las mismas tareas: limpiar praderas en primavera; limpiar las llaneras en invierno; arreglar caminos; limpiar las acequias de los molinos; quitar juncos y maleza de las riberas de los arroyos; coger bellotas para el ganado; arreglar edificios de uso común…

Los vecinos de San Vitero recuerdan que eran solamente 13 días al año de concejo obligatorio. Pero aseveran que no se era muy riguroso sancionando las faltas. Mismo testimonio dan las mujeres de Figueruela quienes aseguran que las multas por faltar a concejo se pagaban en cántaros de vino o latas de escabeche, que era disfrutado por el común de los vecinos en una merendola colectiva.

Pero en la actualidad según nuestras limitadas averiguaciones, solamente en el pueblo de Nuez se siguen realizando concejos periódicos. Es gracias a un grupo de vecinos y vecinas apoyados por el actual alcalde, que todavía se siguen convocando trabajos comunales donde a día de hoy, el ánimo de encuentro vecinal alrededor de un trabajo que repercute en el bien del pueblo, está por encima del objetivo del concejo en sí mismo. Estos vecinos de Nuez nos han mostrado imágenes de concejos de bellotas relativamente recientes (de unos 30 años de antigüedad). En ellas se podían ver a diversas familias comiendo juntas en el campo junto a multitud de sacos llenos de bellotas, recogidas en la dehesa comunal. 

Ojeo de lobos

Sin duda los ojeos de lobos y los préstamos de dinero han sido las dos prácticas ancestrales que han pervivido durante más tiempo en Aliste. 

Esta zona de la península albergó un importante número de lobos, que se movían con facilidad y seguridad en el refugio natural que les ofrecía la zona de los Arribes y las sierras de la Culebra y Tras-os-montes. Los ataques de lobos sobre el ganado lanar sobre todo, eran habituales y los daños que ocasionaban en los rebaños los fueron convirtiendo en el principal enemigo de los ganaderos de Aliste. En la memoria de nuestros informantes están aquellas terribles noches de su infancia en que sus padres les obligaban a quedarse en el campo con el rebaño, escuchando a los lobos. Quizás esas experiencias, sumadas al miedo secular sobre este animal, han ayudado a construir un relato de la relación humano-lobo donde este último no goza de absolución alguna. Durante nuestro viaje por Aliste nos preguntábamos si acaso el lobo no ayudaba en aquel entonces a regular las poblaciones de jabalíes, corzos, ciervos e incluso zorros. Son estos animales los que hoy en día por la falta de depredadores mayores y por la escasez de monte salvaje, hacen más daño a las tierras de cultivo y las pequeñas explotaciones ganaderas. Pero no hemos encontrado testimonio alguno que pudiese valorar aportación positiva alguna de la presencia lobuna en tierras de Aliste.

Dicho esto, los ojeos de lobos eran la única actividad colectiva realizada entre varios pueblos al mismo tiempo. Cuando se daba cuenta de algún ataque, se ponía en conocimiento del pueblo y  se elegía junto a los pueblos vecinos un día para realizar el ojeo. Elegido el día, se juntaban en el comienzo del ojeo una multitud de vecinos y vecinas, por un lado hombres y mujeres separados entre sí varios metros que avanzaban en columna gritando y golpeando el suelo. Por otro lado las personas con escopetas, quienes estaban obligadas a acudir con munición a los puestos de tiro. Cuando la columna de personas se situaba a una distancia prudencial respecto a la posición de los tiradores, ésta dejaba de avanzar y se esperaba a que el lobo, ahuyentado por la muchedumbre hacia la dirección de los tiradores, apareciese para ser abatido. 

Los préstamos

Hasta bien entrado el siglo XX el dinero ha sido en Aliste un actor secundario de su vida económica. Era un bien necesario para el pago de la recaudación municipal y estatal, para adquirir un número muy limitado de bienes y para satisfacer el pago de las pocas propiedades privadas que poseían.

Todos los testimonios que hemos podido recoger revelan cuan común era en los pueblos de Aliste prestarse dinero entre vecinos, en la mayoría de ocasiones sin intereses que añadir a su devolución. No sabemos en qué año comenzó a decaer esta práctica, pero de lo recogido en nuestras entrevistas parece ser que fue con el primer banco de crédito abierto en Alcañices en los años sesenta, que comenzó a desarrollarse la usura con cobertura legal por estas tierras, aunque Méndez Plaza denuncia ya en su investigación el papel de los usureros que desangran a los alistanos. Debemos pues permanecer prudentes ante estos datos. Quizás, detrás de la implantación del banco de crédito en Alcañices se escondía el interés de hacerse con los ahorros de los alistanos emigrados, que o bien mandaban dinero a sus familiares o bien regresaban con un buen puñado de ahorros que comenzaron a depositar en el banco. Pero según nuestros informantes, antes de que el primer banco se instalase en la comarca, adquirir crédito en Aliste era una cuestión de vecindad. Aunque como hemos dicho, la mayoría de los préstamos entre vecinos funcionaban sin intereses a pagar, a veces ciertas familias otorgaban préstamos a un interés del seis por ciento. Lo que sí era normal es que la devolución del préstamo estuviese garantizada por otros vecinos, que con sus propiedades avalaban el crédito y daban confianza al fiador. Hemos averiguado que fue práctica común pedir crédito avalado por terrenos agrícolas e incluso casas, por vecinos que emigraban a América gracias al crédito y que en su mayoría nunca volvieron a Aliste, acumulando los fiadores muchas de estas propiedades dejadas en aval por los emigrados.

Como dato curioso tenemos el testimonio de Domingo, el sastre de San Vitero, quien nos confesó que en el pueblo de Villarino eran sólo 8 ó 10 vecinos los que podían prestar dinero y sí que intentaban conseguir beneficios a costa de ellos . Él, nacido y crecido en Villarino, asegura que estas familias pudientes vivían peor que las familias pobres, pues era tanta su obsesión por prestar dinero con intereses que llegaban a escatimar en su propio bienestar, vistiendo y comiendo igual o peor que el común de los vecinos. Recuerda este hombre haber comido carne repugnante durante las peonadas en los campos de estas gentes, mientras que en su casa se comían liebres que su padre cazaba. 

Los Hilandares

Otra de las prácticas comunales que han pervivido hasta el ecuador del siglo pasado han sido las reuniones de mujeres para hilar la lana y el lino. Llamadas históricamente hilandares, Méndez Plaza da cuenta en su libro de la importancia que ha tenido para Aliste este espacio exclusivo de mujeres y la decadencia de esta costumbre ya a finales del siglo XIX, muy desvirtuada entre otras razones por la acción de los párrocos de esa época y la relajación en conservar el hilandar como un espacio único de mujeres. Durante el siglo XX nuevos factores terminarían de dar la puntilla a esta práctica ancestral, siendo la causa principal la introducción de la industria textil, que conllevó el final de las plantaciones de Lino y de la manufactura local. 

Por lo tanto, no hemos encontrado ningún testimonio que nos hable de reuniones exclusivas de mujeres, si bien el oficio de hilar sí era desarrollado por mujeres, era común ver mozos rondando los hilandares o algunos maridos que se adjuntaban a la conversación durante las noches del hilandar. En el pueblo de Gallegos del Campo, Eutiquiano nos cuenta que se reunían unas ocho o diez mujeres por barrio. Se escogía la casa en función del espacio de la cocina y las mujeres se reunían junto al candil de petróleo.

Lo que sí podemos intuir de nuestros diálogos es que el hilandar era una costumbre importante, pues en las reuniones las mujeres ponían en común sus opiniones y versiones sobre la vida del pueblo y como apunta Méndez Plaza, ayudaban a regular ciertos conflictos latentes o posibles diferencias entre vecinos. 

A propósito de estas tareas relacionadas con el mundo textil de Aliste, nos ha parecido conveniente compartir con los lectores y lectoras el recuerdo común de nuestros entrevistados sobre la dureza del trabajo del lino. Todos coinciden en señalar lo sacrificado que resultaba el proceso completo del lino. Domingo, el sastre de San Vitero, no dudó en referirse al lino como “una tragedia muy larga”, lo que nos puede dar una dimensión real de lo que suponía la recogida, puesta en remojo, majado, espadado y cardado del lino hasta dejarlo listo para la rueca y el huso con el fin de poder urdirlo. Hasta la introducción de otros elementos de la industria textil, Aliste ha vestido a sus gentes con lana y lino de manufactura local exclusivamente, siendo aún reconocida por su belleza y compleja factura la famosa capa alistana.

Concejo abierto

Como ya mentábamos en la introducción de este texto, no hemos encontrado restos del concejo abierto en la memoria de nuestros informantes. Méndez Plaza tampoco aborda en su decimonónico texto la institución concejil como órgano decisor, lo que nos lleva a concluir que dicha fórmula de organizar la vida común de Aliste fue relegada al olvido mucho tiempo atrás, seguramente por las fuerzas políticas que persiguieron los rasgos de autonomía popular heredados de la Alta Edad Media.

Sin embargo, en pueblos como Gallegos del Campo, Eutiquiano nos cuenta cómo algunos temas de interés común eran tratados en reunión vecinal, una vez convocado el pueblo a campana tañida. El alcalde buscaba entonces cotejar la opinión de los vecinos antes de adoptar una postura en asuntos comúnmente relacionados con temas tributarios u órdenes venidas de las autoridades regionales. 

Industrias comunales

Si bien la mayoría de edificios que han albergado prácticas comunales son hoy en día lugares abandonados o transformados en museos etnográficos, todavía quedan en algunos pueblos espacios colectivos en uso. Es el caso del pueblo de Moldones, donde aún hoy se mantiene en uso para el común de los vecinos una alquitara comunal. Los vecinos organizan los turnos de destilación a la roda, palabra utilizada en otras zonas de Aliste para referirse a los turnos de las labores comunales.

Se trata de un edificio propiedad del pueblo que alberga una enorma alquitara de cobre ennegrecido calentado a fuego de leña. Este espacio es usado por todos los vecinos que elaboran vino, y que tras desalojar el hollejo ya fermentado de sus caldos, acuden para destilar el alcohol de las borras y sacar su aguardiente. Coincidió nuestra visita con una de estas familias que trajinaba su destilación y que nos ofreció uno de los momentos más mágicos que hemos podido vivir en Aliste. Al atravesar la puerta del tenado, nos encontramos a dos personas muy ancianas sentadas junto a la lumbre que calentaba la alquitara. Trajinando con la pota, un hombre se afanaba en echar leña a la lumbre, asegurar la entrada de agua en la parte superior de la pota y la constancia en el fluir del fino hilo de aguardiente que iba saliendo de la pipa. La penumbra del lugar, el color oscuro de las paredes ennegrecidas por los constantes ahumados, la cantidad de achiperres antiguos depositados por todos lados, las telarañas, la belleza del cobre y el rostro amable y sereno de la pareja de ancianos, nos retrotrajo a otra época y nos ofreció la posibilidad de dialogar con tres generaciones de alistanos al mismo tiempo alrededor de una de las pocas prácticas ancestrales que todavía perviven en el cotidiano de estas gentes.

También en Moldones pudimos visitar un horno comunal hoy en día en desuso y una pequeña representación de los útiles antiguos de la vida cotidiana. 

Otro de los lugares tradicionalmente utilizados comunalmente fueron los molinos hidráulicos para moler el grano. Aunque hemos tenido problemas para desentrañar la propiedad de los edificios, en San Vitero uno de nuestros informantes nos asegura que el molino era de todo el pueblo. Aunque al preguntar por la titularidad del molino no es capaz de aclararnos a quién pertenece, nos asegura que ha sido una herencia de padres a hijos. También nos dice que esos derechos familiares sobre el molino se podían comprar y vender, aunque acabamos nuestro diálogo sin tener clara la diferencia entre la propiedad, la titularidad y el derecho de uso de estos molinos. Lo que sí nos pudo aclarar es que eran los vecinos que usaban el molino los encargados del mantenimiento de las instalaciones y que la molienda se organizaba por turnos de horas. 

Esta confusión sobre la titularidad de los bienes comunales ha sido una constante durante nuestras entrevistas. Unos entrevistados atribuyen la titularidad de los montes comunales al ayuntamiento, otras al propio pueblo, otros vecinos nos aseguran que eran los asociados los que atesoraban la propiedad, y lo mismo pasa con las casas del concejo, no hemos sido capaces de averiguar realmente el régimen de propiedad y de gestión de estos espacios, hoy en día bastante relegados a usos muy puntuales y pocas veces bajo necesidades verdaderamente colectivas.

Otras costumbres

Guiados por el estudio de Méndez Plaza, preguntamos a todos nuestros informantes por sus recuerdos sobre otras costumbres comunales como la recría de ganado, el papel de los galocheros en la educación de los niños y niñas así como los entierros, las bodas o la asistencia médica. Si bien, algunas personas recuerdan el pastoreo comunal, nadie recordaba haber conocido las recrías. Por otro lado, los galocheros son una figura olvidada en Aliste, incluso la propia palabra ha resultado desconocida para algunas entrevistadas. 

El papel de la mujer en Aliste

Durante nuestro encuentro con el párroco de Aliste y al ser preguntado por el papel social de la mujer, nos aseguró que Aliste había sido un matriarcado encubierto. Lo que nosotros hemos observado es que en Aliste la mujer tiene una forma de estar en lo público distinta a otras zonas del mundo rural ibérico. Nos referimos a la espontaneidad con que hablan públicamente o mandan callar con autoridad a los hombres que tienen a su lado compartiendo diálogo. Nos preguntamos si esa actitud de afirmación de su propia libertad para hacer y decir puede tener que ver con el importante hecho de que más allá del ámbito privado, donde efectivamente la mujer ejercía el control de las gestiones cotidianas, la alistana ha trabajado tanto o más que el hombre en las tareas del campo. Ha sido costumbre en Aliste que la mujer haga labores de yunta y acarreo, que trabaje el huerto y que disponga como el hombre en ciertos ámbitos de la gestión campesina. Pero creemos que aún con estas particularidades, podemos adolecer de un cierto romanticismo conceptual que esconde una injusta división sexual, al hablar de matriarcado encubierto, cuando lo que nos muestra un análisis más sosegado de la sociedad alistana es que si efectivamente es la mujer de Aliste la que ha llevado a sus espaldas el mayor peso de la gestión de la supervivencia, esto no se ha correspondido luego con una igualdad con respecto al hombre en el reparto de obligaciones y derechos. Por ello, a lo que quizás se podría aludir al hablar de un matriarcado encubierto, amén de esta amplia responsabilidad en el ámbito de la producción, sería en realidad un desentendimiento de los varones con respecto a la gestión del ámbito privado y la preeminencia de la mujer a la hora de decidir cuestiones de ámbito familiar, pero no relativas a la comunidad, al menos en los órganos decisorios formales. 

Nos preguntamos si ese “estar en lo público”, ese espacio de afirmación que la mujer reivindica y ejerce frente al varón, fue incluso más acentuado en siglos pasados, cuando la sociedad Alistana era todavía más primitiva, la estratificación social de las familias era aún menor y el tamiz del nacional-catolicismo del franquismo no había conformado una cultura extremadamente sexista. Si como advierten algunos antropólogos, el grado de estratificación social de una comunidad está en relación con su tamaño, especialización y acumulación de excedentes, es posible que esta sociedad, en un pasado no muy remoto, careciese de grandes desigualdades sociales. Además, estas teorías muestran que mientras que existe una economía de subsistencia, que no diferencia por categorías entre las esferas reproductivas y productivas sino que brinda a todo quehacer el mismo significado de cara al servicio de la reproducción de la comunidad, resulta más difícil otorgar mayor valor social a las muchas veces diferentes ocupaciones del hombre y de la mujer. Tras estos argumentos, no queda fuera de lugar la denuncia de Méndez Plaza, cuando alude al peligro que representa para las costumbres comunales, y la relación entre hombres y mujeres, la introducción de nuevas formas de vivir el ocio proveniente de una sociedad más compleja y estratificada, que ayudan a contagiar esta estratificación y también a consolidar un mayor valor y prestigio social a las tareas y actitudes de los hombres frente a las de las mujeres.

En cualquier caso, lo que sí queremos compartir con todas vosotras es la compleja reflexión a la que nos aboca el estudio de unas sociedades cuyos sistemas morales, éticos, religiosos, políticos y económicos estaban completamente ligados a la supervivencia. Esto nos obliga a realizar un profundo ejercicio mental, abandonando los juicios y prejuicios que constituye nuestra condición cultural actual, para poder comprender el porqué de un mundo relacional que desde la forma actual de nuestro pensar nos podría resultar a todas luces inaceptable.

Así nos ocurre cuando pensamos en el tratamiento a la infancia, la relación entre sexos, la institución del matrimonio, las relaciones filo-paternas, la relación entre el ser humano y los animales y también cuando pensamos sobre la omnipresencia de la religión católica,  que copa y dirige la vida espiritual de las personas.

Primera página del artículo en la revista

Pérdida del mundo comunal

Las costumbres comunales de Aliste comenzaron su decadencia en un periodo que se abre desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el final de los años cincuenta del pasado siglo, cuando desaparecen por completo sus rasgos más distintivos. Fueron pues, más de cien años de progresiva erosión de unas prácticas sociales que hoy en día sólo existen de forma testimonial, pero cuyas huellas siguen de alguna manera presentes tanto en el paisaje como en el paisanaje de este lugar.

Una mezcla de factores muy complejos derivados de la evolución del estado moderno y del capitalismo, fueron los que contribuyeron a liquidar ese régimen colectivista, sin que podamos aludir a una única causa como responsable final de tal liquidación. Como decíamos más arriba, si esas prácticas respondían a las necesidades, aspiraciones y posibilidades de un contexto espacio-temporal muy determinado, su pérdida no se puede entender sin trazar la destrucción de dicho contexto y por ende, la gama de nuevas posibilidades llegadas con los vientos que arreciaban en el mundo moderno. 

Nosotros hemos listado una serie de factores que pudieron contribuir a la decadencia del mundo comunal y que serían los siguientes: el éxodo poblacional; la introducción del dinero; la extensión de la propiedad privada; factores endógenos y ligados a las condiciones extremas del lugar; la mayor permeabilidad con el exterior; la introducción de innovaciones técnicas, haciendo prescindible la ayuda mutua; introducción de nuevos hábitos y posibilidades de ocio; nuevas aspiraciones sociales; penetración del Estado; el desarrollo de las ciudades industriales y la extensión del trabajo asalariado.

Creemos que todos estos ingredientes, sin excluir otros, fueron fundamentales para el abandono de las prácticas comunales. 

La comarca de Aliste apenas planteó batalla ante el imparable empuje del desarrollo capitalista. Sus miembros decidieron emigrar a los polos industriales anhelando retribuciones económicas y materiales a sus sudores diarios. Nada que reprochar en la lejanía temporal y en la comodidad de nuestro mundo actual ante personas que efectivamente, nacían sin nada, trabajaban de sol a sol durante toda su vida y morían con la misma escasez con que la vida les había alumbrado. Quienes se quedaron en Aliste intentaron aprovecharse de las ventajas que introdujo la maquinización del campo y en menor medida del turismo. La comarca comenzó a recibir el dinero que iban generando sus emigrados y el Estado se iba implantando en todas sus formas (infraestructuras, servicios sociales, entramado institucional, burocracia, banca, etc.). A pesar del rodillo modernizador y la decadencia en que el éxodo rural ha sumido a los pueblos (campos abandonados, pueblos sin juventud, casas vacías…), Aliste ha conservado en la inercia de algunos irreductibles, ciertos rituales cotidianos de antaño. Así, hasta hace poco era posible todavía escuchar la reja de la yunta entrando en la besana, ver segadores con su dedil enfundado cortando haces de centeno, cruzarse con carros tirados por vacas recorriendo los carriles, vivir multitud de manifestaciones colectivas de carácter popular y religioso, y si uno tenía suerte, podía escuchar el canto del codesalino Argimiro Crespo entonando un brindis en plena faena estival.

 Pero volvamos a preguntarnos sobre esa fragilidad con que un mundo opuesto de raíz a la lógica de la mercancía ha resistido al imperialismo cultural y su sistema de acumulación material, pues nos obliga a reflexionar en torno a su naturaleza, a sus fortalezas y  más aún sobre sus debilidades. En páginas anteriores describíamos las prácticas comunales no sólo como una herramienta para alcanzar unos objetivos colectivos determinados, sino también como símbolo de cierta virtud forjada en una comunidad moral concreta. Sin embargo, muy distintas a las de Aliste son las formas de resistencia que han planteado otras sociedades que han sido igualmente víctimas del avance de las culturas hegemónicas, algunas de ellas combatidas hasta la exterminación después de haber intentado resistir ante las injerencias externas. Ante ciertas culturas que, orgullosas de su personalidad y celosas de su naturaleza espiritual, material y moral, defendieron a capa y espada su idiosincrasia frente a los intentos de dominación externa, Aliste nos presenta su derrota bajo otro paradigma. Su territorio a día de hoy no es testigo mudo de ninguna resistencia colectiva consciente librada frente a un mundo que cumplió la amenaza de liquidar su personalidad histórica. Muy al contrario, en lugar de encontrarnos cara a cara con una suerte de supervivientes de guerra, vemos a nuestros entrevistados como a unos hombres y mujeres enormemente aliviados al haber podido disfrutar gran parte de sus vidas de unas condiciones de existencia inmensamente más afortunadas que las de su juventud, cuando el despliegue de la mercancía y de los avances técnicos eran todavía anecdóticos en Aliste. Pero en cualquier caso, el escenario decadente y solitario de algunos pueblos nos evoca a conflicto, a pérdida, a derrota. Las cicatrices de esta decadencia nos delatan una deserción masiva y hoy, silenciosamente aguardando a la nada, casas y tierras en barbecho perpetuo lloran la tristeza por un mundo rural huérfano de ventura, juventud y vitalidad.

Todo esto nos lleva a reflexionar sobre los puntos débiles de esta pretérita sociedad, que ha mantenido unas prácticas comunales tan sólo mientras la necesidad material reinaba en la vida de sus gentes, disolviendo dichas prácticas una vez lo material ha quedado resuelto por la mediación del Estado y del capital. Al fin y al cabo las preguntas son obvias: ¿quedan estas prácticas colectivas relegadas solamente a una vida materialmente determinada, en este caso por la austeridad? ¿Cuál es la naturaleza de esa fuerte seducción que ejerce el capitalismo técnico sobre los individuos? ¿Cómo es capaz de desintegrar cualquier rasgo cultural diferenciador incluso sin recurrir a la violencia y la represión explícitas? ¿Cómo consigue, a la par que sube al tren del progreso material a pueblos enteros, borrar las huellas de sus propios cursos históricos? ¿Dónde nace esa capacidad para moldear sujetos a su antojo, hasta el punto de unificar los anhelos de los dominantes y los dominados en una suerte de destino común? 

Durante nuestra conversación con el párroco, en torno a la desintegración del apoyo mutuo en Aliste, éste planteaba que no hemos sabido educar la ayuda mutua al margen de la necesidad. Su teoría es que en el momento en que la necesidad (hablamos aquí de necesidad como un estado de supervivencia material que condiciona el resto de decisiones que toma una persona o una comunidad) ha desaparecido, se ha perdido también ese mutualismo. Según él, sería por tanto esta desaparición de la necesidad el punto de partida para conseguir refinar la solidaridad y convertirla en mera virtud. Lo que nos planteamos de manera especulativa desde las páginas de esta revista, es si realmente puede existir una ayuda mutua al margen de la necesidad, o si no es esta necesidad (contextualizada por ejemplo en una economía que tenga en cuenta el sentido de los límites, que no está basada en expropiar recursos ajenos) la que pone en juego el apoyo mutuo entre sus miembros.

Esto nos lleva a lanzar algunas reflexiones finales: ¿Sobre qué procesos y relaciones sociales descansa este despliegue de posibilidades que otorga el mundo industrial?

 ¿Debe ser la necesidad de las comunidades humanas una excusa o el fundamento mismo del apoyo mutuo? ¿Se puede dar ese apoyo mutuo en sociedades donde sus miembros pueden resolver las necesidades prescindiendo de los demás? 

¿En qué medida ayudan las implantaciones técnicas a convertir prescindible la ayuda entre personas? Y en ese caso ¿No sería prioritario comenzar a delinear el trazo de un horizonte basado en el encuentro entre iguales que redefiniendo sus necesidades, se buscan para cubrirlas? 

Los interrogantes permanecen abiertos y somos nosotras quienes debemos ir resolviéndolos poco a poco, construyendo y manteniendo espacios de encuentro colectivo tanto en las ciudades como en los pueblos, desembarazándonos de apegos superfluos y lastres ideológicos, en definitiva, identificando las necesidades reales del individuo y de su colectividad. Es hora de resolver las verdaderas causas de nuestra opresión social, plantarlas cara y reinventar aquél mundo decente antes aludido que pueda albergar unas prácticas verdaderamente dignas de ser vividas y, a pesar de los sacrificios, disfrutadas, esto es, reivindicadas.

Publicado en Raíces (número sexto, invierno-primavera de 2014), pp. 19-36, firmado por la redacción editorial de la revista.

Fiesta alistana del Corpus en Gallegos del Campo, en los años 80, fotografía de Manuel Lorenzo.
Trilla en Figueruela de Arriba, también en la década de 1980, foto de Bernard Chenot.

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