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Cuando hasta Pío Baroja escribía sobre los revolucionarios de Villalpando

Hay sucesos que merecen la pena ser narrados. Los protagonistas, a veces, son gente sencilla cuyas vidas rozan lo admirable. Esto debió de entender Pío Baroja cuando comenzó a escribir su novela “La familia de Errotacho”, publicada por Espasa-Calpe en el año 1932, escritor que prestó atención a un grupo de zamoranos quienes se propusieron transformar de raíz la sociedad que conocían. Eran los anarquistas de Villalpando y su pretendido objetivo fue hacer la Revolución Social.

En el otoño de 1924 París era un hervidero de activistas políticos y anarcosindicalistas españoles contrarios al dictador Miguel Primo de Rivera. Baroja, lo cuenta a la perfección en su novela: «En muchas capitales de francesas y en pueblos de la frontera ha habido y hay colonias de obreros españoles perseguidos por el gobierno de la Dictadura (…) La mayoría de esos obreros conservan un odio muy vivo y fuerte contra la Dictadura, que los ha apaleado, encarcelado y martirizado. Algunos se escaparon de España porque la vida les era materialmente imposible con las vejaciones y los tormentos a los que les sometió la Guardia Civil y la Policía. En París, en Burdeos, en Bayona y en la frontera nuestros obreros seguían celebrando reuniones y pensando con entusiasmo en volver a España».

Aurelio Lobato Quevedo. Facilitada por ARMH.

En el exilio parisino, un grupo de transterrados pertenecientes a la CNT, decidió que para derrocar al tirano debían tomar las armas y entrar por la frontera para llegar a Madrid. Entre ellos, había unos cuantos trabajadores villalpandinos que se sumaron a la causa: Abundio Riaño González -quien erróneamente Baroja dice que es aragonés-, Gabriel Lobato Quevedo, Ángel Fernández Herrero, Casiano Alonso Pozo, Claudio Valeriano Gónzalez López -conocido como Cuatro ojos, por las lentes que portaba debido a su acuciante miopía-, Claudio Infestas y Jesús Gómez.

A los preparativos de la insurrección se animó un puñado de ilusionados activistas libertarios españoles quienes felices llegaron desde París y otros lugares. Y así, empezó la trágica aventura. El ínclito novelista vasco indica que tras esperar en San Juan de Luz, al atardecer del 6 de noviembre de 1924, alrededor de una cincuentena de insurrectos entraron por las montañas en la frontera de Vera de Bidasoa. Portaban algo de armamento, munición, octavillas proclamando la revolución y una desmesurada pasión por poner en práctica sus ideas. Una vez en el pueblo, divididos en diferentes partidas para no ser descubiertos, tuvieron un primer encontronazo con la Benemérita y se inició un tiroteo en el cual fallecerían dos guardias. Finalmente, según me informó el prestigioso historiador vasco Miguel Íñiguez, en la acción perderían la vida cuatro obreros, hubo unos veinte detenidos y algunos heridos.

Gabriel Lobato Quevedo. Facilitada por ARMH

El complot había sido un fracaso. Fue el momento de la desbandada por la sierra y retornar a Francia fugados, otros revolucionarios detenidos serían juzgados -con tres condenas a muerte- y por supuesto, la dictadura no había sido derrocada. Incluso, como anécdota, también los literatos Unamuno, Soriano y Blasco Ibáñez serían juzgados en rebeldía. La emoción había dado paso a los más profundos sentimientos frustrantes, ahora la añorada revolución proletaria no había sido posible.

Un joven vecino de Villalpando, Abundio Riaño, nunca más volvería a su querida Tierra de Campos. Había muerto durante la refriega, tenía solo 22 años. Años más tarde, derrotado el dictador y proclamada la II República, se cambiarían los papeles y su gesta sería puesta como ejemplo popular, hasta sería nombrada una calle en su honor en Villalpando. En la novela, Baroja lo describe de la siguiente manera: «Venía el muerto con la ropa empapada en sangre. Tenía la cara blanca, tapada medias por el ala del sombrero. Era hombre joven y guapo, con las manos pequeñas, la ropa nueva, aunque manchada de barro. Algunos pensaron que debía ser el principal de la expedición (…) Dijeron también que el sargento reprochó al cabo el haber matado a aquel hombre sin defensa, ya rendido».

El escritor Pablo Martín Sánchez publicó una exitosa novela, en el año 2012, utilizando como motivo literario aquellos sucesos revolucionarios con dedicación y esmero. Su título, explícito y pasional, “El anarquista que se llamaba como yo, siendo un libro que todavía puede verse en los escaparates de algunas de nuestras librerías.

A mayores, otros villalpandinos participantes en la intentona serían hechos presos (Casiano Alonso tendría una condena inicial de doce años de presidio, y Ángel Fernández de diez). Cumplidas sus penas, consolidado el régimen republicano en España, varios regresarían a la localidad terracampina donde fundarían el dinámico Sindicato Único de Trabajadores de CNT-AIT, inscrito el 19 de octubre de 1931, protagonizando diferentes huelgas, mítines y diferentes actividades político-culturales con muy buena acogida por parte de los jóvenes de la villa. Valeriano Cuatro ojos, revolucionario adulto participante en el conato de Vera y que poseía una vasta formación cultural de carácter autodidacta, popularizaría la lectura de novelas y textos ácratas entre la juventud local; los hermanos Lobato Quevedo –hombres que también habían emigrado a la Argentina antes-, se convertirían en auténticos referentes en las reivindicaciones sociales y laborales del lugar, sin aceptar nunca una remuneración por ello; y el sindicato tuvo una activa presencia en la prensa anarquista de la época, especialmente a través del semanario¡Campo Libre!. Promoviendo un sindicalismo de carácter autogestionario y fundamentado en los preceptos libertarios, antagónico al sindicalismo mayoritario de nuestra época. El profesor Agapito Modroño, en su investigación sobre el Villalpando de los años 30, recoge algunos datos de esta genuina experiencia.

Es muy importante recordar que la Tierra de Campos zamorana, poseía una notoria tradición de lucha campesina desde principios de siglo XX. En el año 1904 se produjeron importantes huelgas agrícolas en varios pueblos (Fuentes de Ropel, Benavente, Castroverde, Cerecinos de Campos, Villamayor, Tapioles, o Villalpando), y se crearían diversas asociaciones obreras y campesinas. Todo aquel movimiento serviría de cimiento para las avanzadas propuestas que “los exiliados de Francia” traerían a su regreso. Igualmente, un destacadísimo periodista ácrata, Jacinto Toryho (1909-1989) era oriundo de Villanueva del Campo; y algún contacto debería mantener el famoso director del diario “Solidaridad Obrera (y en su juventud colaborador de EL CORREO DE ZAMORA) con los simpatizantes de su pueblo, puesto que allí habría incluso detenidos durante la insurrección libertaria de diciembre de 1933. Potentes sindicatos cenetistas terracampinos también hubo en Valderas (León), Aguilar de Campos y Medina de Rioseco (Valladolid).

Varios cenetistas de Villalpando en las fiestas locales de 1936. Proporcionada por Agapito Modroño

Asimismo, dentro de este panorama reivindicativo terracampino -cuyos protagonistas supo aprovechar Pío Baroja para ficcionar “La familia de Errotacho-, es curioso observar como hasta en el mapa gráfico elaborado por el hispanista Gerald Brenan, en su irremplazable obra “El laberinto español, figura la Tierra de Campos como zona de influencia específicamente libertaria.

Una gran sorpresa me produjo, recién pasado el confinamiento en 2020, encontrar entre los fondos del mítico archivo IISG de Ámsterdam, la antigua documentación del Comité Peninsular de la FAI, sección del Servicio de Prensa Clandestina y Revolucionaria. Allí, se indicaba la existencia de una consolidada red de grupos y afinidades de la organización específica anarquista -la FAI- con presencia, en el año 1934, en las siguientes localidades de la Tierra de Campos zamorana: Benavente, Pobladura del Valle, Valdescorriel, o el propio Villalpando.

Igualmente, cabe recordar que la familia Lobo Casquero procedía de Cerecinos de Campos. El artista Baltasar Lobo colaboró con las publicaciones periódicas anarquistas y su compañera sentimental (Mercedes Comaposada) fue una de la promotoras del colectivo feminista “Mujeres Libres”. Y por último, otra relevante activista de la asociación antiautoritaria femenina –en su sección barcelonesa-, era Felisa de Castro Sampedro, natural de Belver de Campos.

Todo este magnífico movimiento tuvo el fatídico desenlace que todos conocemos, siendo muchos de sus militantes asesinados tras el golpe de Estado militar de 1936, no sin antes haber hecho frente a los fascistas la noche del 19 de julio a las afueras de Villalpando, pero eso es parte de otra historia que también merecería la pena tenerla muy presente. Hoy, nos hemos ocupado de la parte heroica cuando nuestros paisanos de Tierra de Campos aspiraron a transformar todo.

Hasta hace poco tiempo, unos excelentes amigos residían en la ciudad francesa de Hendaya. Cada vez que les hacíamos una visita, me gustaba aprovechar la estancia y acercarme hasta la cercana Vera de Bidasoa y pasear entre sus caseríos. Cuando me preguntaban el motivo por mi preferencia de viajar hasta el bonito pueblo navarro, no podía menos que exclamar con orgullo: “es que allí estuvieron unos paisanos míos. Fijaos si tenía importancia lo que hicieron que hasta don Pío Baroja decidió escribir sobre sus increíbles vidas”.

Artículo publicado originalmente en La Opinión- El Correo de Zamora, el 8 de enero de 2023, en su suplemento cultural dominical (p. 1-3).

1 comentario

  1. tengo anotado, aunque nunca lo comprobé, que 30 km al norte de Villalpando, en Urones de Castroponce (Valladolid), José Herrero fue el 1 de enero de 1904 el primer alcalde socialista de España

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