¿Con qué derecho hablan de fraternidad esos delegados, que apostrofan, insultan e injurian a los hombres de servicio en el hotel, porque no están siempre a punto para satisfacer sus más insignificantes caprichos? A hombres y mujeres del pueblo los consideran servidores, criados, lacayos, olvidando que acaso alguno de ellos se haya batido y expuesto su vida en defensa de la revolución. ¿De qué les ha servido?

Cada noche, igual que si viajaran por países capitalistas, ponen sus zapatos en la puerta del cuarto para que el “camarada” servidor del hotel se los limpie y embetune. ¡Hay para reventar de risa con la mentalidad “revolucionaria” de esos delegados!1

 

En verano de 1920 aconteció en Moscú el Segundo Congreso de la III Internacional. Un año antes la CNT, en el Congreso de la Comedia, se había adherido provisionalmente a ella. Ángel Pestaña, que se encontraba en Alemania en funciones representativas, se enteró del evento y acudió a la capital rusa como delegado de la CNT. Allí, además de entrevistarse con importantes líderes bolcheviques como Lenin, Trotsky y Zinoviev, conoció en persona y charló con Pedro Kropotkin. En diciembre, a su regreso, confeccionó El Informe de mi estancia en la URSS, en consonancia con el que a su vez elaboró Gastón Leval. Su postura, contraria al totalitarismo bolchevique, fue decisiva para que la  CNT rompiese con la Internacional comunista en el mes de junio de 1922 y se adhiriera a la refundada Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), heredera de la Primera Internacional Obrera.

He aquí el resumen que el propio Pestaña hizo de su discurso, interrupido a los diez minutos de iniciarse.

Llegó mi turno y subí a la tribuna para hacer uso de la palabra.

Dije que la situación de los delegados no acordes con lo que allí se había expuesto era extremadamente delicada y difícil, ya que toda crítica hecha a los puntos de vista sustentados por la III Internacional podían interpretarla nuestros adversarios como signo evidente de división entre el elemento trabajador, al apreciar la revolución, y no dejarían de explotar estas diferencias de apreciación para insinuar entre los obreros la especie de que la revolución era un fracaso, ya que no todos apreciábamos de igual modo los resultados.

Son estas contingencias, –continué- que todos debemos recordar en el debate que se ha planteado, pues olvidarlas equivaldría a generar diferencias nada provechosas para la causa que defendemos: la emancipación de la clase obrera.

La revolución ha proyectado un poderoso rayo de simpatía entre los obreros de todo el mundo, y sería doloroso que por entregarnos aquí a discusiones más o menos partidistas destruyéramos la labor que esa simpatía ha realizado.

Por eso, nuestras críticas deben limitarse a los extremos que no estén de acuerdo con nuestro pensar, y aun aquí, limitarnos lo más posible.

Dicho esto, entraré en el tema que aquí se está discutiendo.

A creer a cuantos oradores me han precedido en el uso de la palabra, la revolución en Europa y en el mundo entero queda supeditada a la organización de los Partidos comunistas en todos los países.

Se ha afirmado, pero eso sí sin aportar pruebas que puedan convencer a lo menos a mí, y si no pruebas cuando menos hipótesis razonables, que sin Partido Comunista no hay revolución, no se destruirá al capitalismo y las clases trabajadoras no conquistarán jamás el derecho de ser libres.

Afirmación gratuita y hasta algo fuera de lugar por sus pretensiones, ya que con ello se quiere negar la historia y la génesis de todos los movimientos revolucionarios que la humanidad ha realizado en el lento y penoso camino que recorre para acercarse a su dicha.

Se nos ha dicho: Mirad a Rusia; contemplad este bello espectáculo; el ejemplo; este ejemplo debéis admirar y en él hallaréis la confirmación práctica de nuestros razonamientos.

Y yo digo: ¿Qué debemos mirar? ¿Cuál es la contemplación que nos proponéis? Aquí no vemos más que una revolución ya hecha y el ensayo de un sistema de organización social, cuyos resultados no son lo suficientemente claros como para que sobre ellos hagamos deducciones.

Nos ponéis delante del acto consumado, y nos decís: he ahí el ejemplo.

No es así, ni situándonos en tal extremo, como podremos juzgar las pretensiones de la III Internacional.

Habéis olvidado algo muy esencial, lo más esencial para que vuestros razonamientos tuvieran la fuerza que pretendéis.

Habéis olvidado demostrarnos si fue el P.C. el que hizo la revolución en Rusia.

Demostradme que fuisteis vosotros, que fue vuestro partido el que hizo la revolución y entonces creeré en cuanto habéis dicho y trabajaré por lograr lo que proponéis.

La revolución según mi criterio, camaradas delegados, no es, no puede ser, la obra de un partido. Un partido no hace la revolución; un partido no va más allá de organizar un golpe de Estado, y un golpe de Estado no es una revolución.

La revolución es la resultante de muchas causas cuya génesis la hallaremos en un mayor estado de cultura del pueblo, entre el desnivel que se produce entre sus aspiraciones y la organización que rija y gobierne este pueblo.

La revolución es la manifestación, más o menos violenta, de un estado de ánimo favorable a un cambio en las normas que rigen la vida de un pueblo y que, por una labor constante de varias generaciones que se han sucedido luchando por la aplicación de ese deseo, emerge de las sombras en el momento dado y barre, sin compasión, cuantos obstáculos se oponen a su fin.

La revolución es la idea que han adquirido las muchedumbres de un mejor estado social, y que o hallando cauces legales para manifestarse, por la oposición de las clases capitalistas, surge y se impone por la violencia.

La revolución es la consecuencia de una proceso evolutivo que se manifiesta en todas las clases de un país, pero particularmente en las menesterosas, por ser ellas las que más sufren en el régimen capitalista, y no hay partido alguno que pueda atribuirse el privilegio de ser él solo quien ha creado este proceso.

La revolución es un producto natural que germina después de haber sembrado muchas ideas, regado el campo con la sangre de muchos mártires, arrancando las plantas malas a costa de inmensos sacrificios, y ¿qué partido si no quiere que le tomen en ridículo podrá vanagloriarse de haber él sembrado ideas, el campo regado y escardado? Ninguno, es decir, yo creo que ninguno; vosotros no sois de la misma opinión.

Decirnos que sin Partido Comunista no puede hacerse la revolución, y que sin Ejército Rojo no pueden conservarse sus conquistas, y que sin conquista del Poder no hay emancipación posible, y que sin dictadura no se destruye a la burguesía; es hacer afirmaciones cuyas pruebas nadie puede aportar. Pues si serenamente observamos lo sucedido en Rusia, no hallaremos de tales afirmaciones una confirmación.

Vosotros no hicisteis solos la revolución en Rusia, cooperasteis a que se hiciera y fuisteis más afortunados para lograr el poder.

(Extracto de Pestaña, Á. (1921):  Informe de mi estancia en la URSS. )

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Nota:

1 Extracto de conversación de Pestaña con Lenin; en Pestaña, Á. (1924): Setenta Días en Rusia. Lo que yo vi. Tipografía Cosmos, Barcelona; pp 183-189. Disponible en línea)

 

Fuente:

Fragmento extraído de http://www.fondation-besnard.org/spip.php?article444

 

A través de Discurso de Pestaña en el Segundo Congreso de la III Internacional — PARTIDO SINDICALISTA

 

 

Escrito por Sergio Giménez

Ldo. en Historia por la UIB, educador y estudiante de Trabajo Social en la UNED. Interesado en treintismo, pestañismo y herejías.

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