El autor del texto es Jaime González Arguedas, y fue publicado en el blog Pellizcos de Clío, el 16 de febrero de 2026.
Llámeme cursi, pero estoy convencido de que el amor salva vidas. Y no me refiero sólo al amor hippie y altruista (lo que los griegos se denominaban agape), o al de un padre por su hijo (para el que acuñaron el término storge) o a la amistad (a la que llamaban philía) sino al eros, palabra que engloba tanto el amor romántico como la pura atracción física. Por eso, me llama la atención una deriva que están viviendo las generaciones más jóvenes. Las encuestas en diferentes países señalan que los menores de 35 años, no solo se casan menos, sino que cada vez tienen menos relaciones amorosas estables. La consecuencia es que tienen menos sexo que las generaciones anteriores. Es lógico. Por mucho que uno ligue, nadie alcanza con rollos de una noche las cifras anotadoras de una pareja de novios en su prime hormonal.
Esta deriva afecta a todos, pero parece impactar especialmente a los heterosexuales. Como en cualquier fenómeno sociológico complejo, las razones son múltiples. Una podría ser la tinderización de las relaciones, con sus checklists, sus red flags (perdone la jerigonza anglosajona) y su tendencia a instalar lógicas de mercado en las relaciones humanas. A ello se añade uno de los efectos secundarios del feminismo pop: la propagación entre las chicas de la desconfianza hacia los varones, como un peligro sexual o como una amenaza que sabotea carreras profesionales y te carga silenciosamente con las tareas de los cuidados y de la casa. Una desconfianza recíproca se está popularizando entre los chicos. Las corrientes de esa cosa que llaman “manosfera” describen a las mujeres como seres narcisistas que ven a los hombres como meros cajeros automáticos y dispensadores gratuitos de atención: una pésima inversión de tiempo y activos. No es de extrañar que en muchos países se observe un distanciamiento político creciente entre los sexos. Los jóvenes se escoran hacía la derecha y las jóvenes hacia la izquierda. La consecuencia es que hoy se habla ya de una epidemia de soledad entre los chicos. Entre las chicas se ha popularizado el término “heteropesimismo”, que no deja de ser una forma alambicada de referirse a la soledad, y si hay algo más tóxico para la salud que el azúcar, el tabaco o el sedentarismo es sentirse solo o sola. Esa es una de las razones que me llevan a pensar que el amor salva vidas, pero no la única.
Este progresivo distanciamiento entre chicos y chicas jóvenes preocupa a mucha gente, pero a mí, la verdad, no me inquieta demasiado. ¿Sabe por qué? Porque no hay mercado ni ideología capaz de domar las hormonas de un/-a veinteañero/-a y del roce nace el cariño y del cariño el amor (o al revés). Ideología y mercado pueden marear a la gente, pero la cabra tira al monte y, antes o después, la mayoría hace caso a lo que le pide el cuerpo. No sé si los hombres y mujeres heterosexuales estamos condenados entendernos, pero sí a atraernos y, a menudo, en algún momento a desear estar juntos contra el mundo. En el pasado ya se intentó poner trabas al eros, cercenar esa fuerza de gravitatoria que une las bocas y los corazones. Se hizo con todas las armas disponibles al servicio del Estado. ¿Y saben qué? No funcionó. Mi bisabuela solía decir que la jodienda no tiene enmienda y no le faltaba razón.
Hace casi un siglo un vegetariano que detestaba el tabaco, tras pasarse años conspirando en las cervecerías, terminó haciéndose con el poder en un potencia centroeuropea. Se llamaba Adolf Hitler. No sé si le suena. Bajo el brazo traía una religión (porque eso es lo que era el nacionalsocialismo, una religión), para la que la raza constituía el alfa y el omega de absolutamente todo. Si el sujeto político del comunismo es el obrero y el del liberalismo, el individuo, para el nacionalsocialismo es lo que en alemán se denomina Volk. En los diccionarios lo traducen como “pueblo”, pero, hágame caso, no es eso. Para los nazis el Volk era una “comunidad racial”. Tu pertenencia a ella no la determinaba tu lugar de nacimiento, tu religión, tu cultura o tu idioma, sino tus antepasados, reales o supuestos. Por eso, hubo polacos, ucranianos y yugoslavos que no hablaban ni papa de alemán, pero fueron catalogados como “alemanes étnicos”. Dentro de la cosmovisión nazi, la humanidad estaba dividida en un conjunto de razas en eterna disputa y en este combate a muerte solo existía un principio ético natural y, por tanto, divino: el más fuerte tenía el derecho y el deber de exterminar al más débil. La más elevada de todas era la raza aria, que a veces se definía de una manera y otras de otra, porque la coherencia ideológica nunca les importó un pito a los nazis. Ni siquiera se esforzaban en pensar las cosas hasta el final. Dentro de la raza aria, el linaje más puro era el nórdico, cuyo principal representable era -fíjate tú qué casualidad- el pueblo alemán.

Unir y fortalecer al Volk constituía un “deber sagrado” para el nacionalsocialismo, igual que preservar y potenciar su excelencia genética. Por eso, ya en 1933 implantaron la esterilización forzosa de los discapacitados y los considerados “asociales”. Más tarde se iniciaría el programa Aktion T4: el asesinato en masa de decenas de miles de seres humanos que padecían alguna afección considerada incurable y que constituían una “carga” para el sistema sanitario alemán. Esto incluía desde epilépticos a niños con síndrome de Down, así como a cualquiera considerado un “discapacitado físico o mental”, por ejemplo, pacientes con depresión o incluso veteranos de la Primera Guerra Mundial con trastorno por estrés postraumático.

Pero nada, absolutamente nada, les producía más horror a los gerifaltes nazis que la mezcla de la “raza nórdica” con otras inferiores, ya que, de acuerdo con los dislates del Rassenlehre y el “racismo científico” en boga, llevaría a la degeneración genética y, por tanto, al colapso moral y civilizatorio del Volk alemán. La gran amenaza en este sentido eran los judíos, pese a que su número en la Alemania de 1933 ascendía a unos 500 000, es decir, menos del uno por ciento de la población. Según la propaganda nazi, estos no solo se caracterizaban por una extraña mezcla de vaguería, parasitismo y riqueza, sino por una ambición continua por destruir a la nación alemana. Ellos eran los culpables de la derrota en la Primera Guerra Mundial, las crisis económicas, el marxismo y el cristianismo (que a veces los nazis definían como un regalo envenenado de los judíos) y albergaban más terribles conspiraciones para terminar con Alemania. El más horrible de estos planes era la “contaminación racial”. Supuestamente, los judíos eran una “raza corrupta”, porque se había mezclado con otras, y buscaban el mestizaje con la sangre nórdica para llevar al debilitamiento genético y espiritual del Volk. Hitler, en el Mein Kampf, ya había afirmado que “la mezcla de sangre y la consiguiente disminución del nivel racial es la única causa de la desaparición de las antiguas culturas, ya que los pueblos no sucumben por perder guerras, sino porque pierden la fuerza de resistencia que solo la sangre pura alberga.» De ahí, el terror histérico de los nazis a lo que ellos entendían como “mestizaje”. Argumentos históricos, científicos o de cualquier tipo para justificar toda esta sarta de estupideces no se daban muchos, pero se repetían como si fueran verdades incontestables.
Un buen ejemplo del nivel de imbecilidades que repetían los gerifaltes nazis era Julius Streicher. El Gauleiter de Franconia (jefe regional del partido) y fundador y director de la furibunda publicación antisemita Der Stürmer, en un discurso de 1934 formuló sin despeinarse la siguiente teoría biológica. Según él, el esperma de un judío constituía una “proteína de una especie extraña” que, al acceder al cuerpo de una mujer “aria” durante el sexo, se introducía en su sangre intoxicando su alma (Sí, su alma. En una misma frase pasó de la biología a la teología sin pestañear). La mujer quedaba así impregnada de judaísmo, lo que le impedía tener en el futuro hijos arios, aunque su siguiente pareja lo fuera. En 1935 amplió este dislate en un discurso multitudinario en Hamburgo, afirmando que la sangre judía introducida en el cuerpo de una mujer aria tardaba diez generaciones en desaparecer (ni nueve ni once, justo diez generaciones). Para apuntalar semejante delirio, no se le ocurrió otra cosa que contar con tono cuñado la siguiente “anécdota”: la hija de un profesor universitario se había casado con un judío y, tras quedarse embaraza, había parido un “monito”. El ¿chascarrillo? no terminaba ahí. La chica se separó del judío y, fíjate tú, se fue a casar con un hombre de la SS, cosa que le sirvió de más bien poco, porque tuvo otro mono. El amigo Streicher no soltó esta sarta gilipolleces en la oscura barra del bar de un prostíbulo de carretera, sino en un estadio de una de las principales ciudades del Reich ante unos 20 000 espectadores.

Para entonces Der Stürmer y el resto de la propaganda nazi ya habían popularizado un término peyorativo para criminalizar las relaciones sexuales entre judíos y no judíos: Rassenschande (profanación racial). En principio, no se trataba de un delito tipificado como tal, pero con la llegada de los nazis al poder, se sucedieron los casos de pandillas de paramilitares de la SA que impunemente detenían o daban palizas a hombres judíos que salían con alemanas no judías. Para estas mujeres, los matones de camisa parda habían acuñado un insulto: Judenhure (“puta de los judíos”). En toda Alemania se dieron casos de parejas obligadas a pasearse en público con carteles denigrantes al cuello.

No obstante, no fue hasta 1935 que, por medio de la Ley para la Protección de la Sangre Alemana y el Honor Alemán, cualquier tipo de relación de carácter sexual entre “arios” y judíos quedó prohibida. En un principio, en este tipo de delitos el punto de mira de la Justica se dirigió hacia los hombres judíos, con los que tenía una extraña obsesión. La propaganda los presentaba como seres de aspecto físico grotesco, pero al mismo tiempo les atribuía unos poderes hipnóticos para seducir a despistadas de sangre aria. Por ello, cualquier interacción entre un judío y una “aria” podía adquirir carácter sexual a ojos de los jueces. Un tribunal de Hamburgo condenó a un judío a dos años de cárcel por un beso y un tribunal de Fráncfort sentenció a otro a un mes de prisión por haber mirado a una chica en la calle a las 11 de la mañana. La condena social para las “arias” que habían cometido Rassenschande era devastadora. Independientemente de su sexo, a partir de 1935 el destino reservado para los judíos que intimasen con “arios” era normalmente el campo de concentración.

Pero, pese a todos estos peligros, seguía habiendo gente lo suficientemente cuerda como para no dejar que una ideología desquiciada se le metiera en la cama. Irma Eckler y August Landmesser eran una pareja que en agosto de 1935 iniciaron los trámites para casarse. En ese momento Irma ya estaba embarazada. Como era judía y ya se preveía la prohibición de este tipo de uniones, cosa que ocurrió el 15 de septiembre por la ley que hemos mencionado antes, las autoridades denegaron la solicitud. Pese a vivir una época de locos, Irma y August eran personas normales con una hija en común, así que, sin importar el peligro, siguieron juntos. Sin embargo, cuando en julio de 1937 a las autoridades les llegó el soplo de que Irma estaba de nuevo embarazada, la policía detuvo a August, que pasó varios meses en prisión. August no negó ser el padre de la segunda criatura, pero arguyó que creía que Irma era una Mischling (mestiza). Y es que cuando los nazis se pusieron a legislar en este sentido se toparon de frente con la complejidad del mundo real. Por ejemplo, ¿un católico con dos abuelos judíos debía ser considerado judío o no? Las leyes de Nüremberg de 1935 trataron de poner orden al racismo, pero como en ellas se acudía a la vez a categorías biológicas y religiosas el resultado fue un barulllo todavía mayor. Eso sí, quedó establecida una jerarquía de estatus raciales: había judíos y Geltungsjuden (personas consideradas a efectos prácticos como judías) por un lado, y Mischlinge (mestizos) por otro. Como podrá suponer, era mejor estar en este segundo grupo. El problema era que Irma no se hallaba en él, por lo que, tras explicarle todas estas idioteces a August, el juez le liberó, no sin antes recordarle que la reiteración en la “profanación racial” supondría una pena de varios años de prisión. Irma arguyó también que creía ser “mestiza”. Tuvo suerte y la cosa coló. August, como ya hemos dicho, era una persona normal, por lo que tras su excarcelación en mayo de 1938 siguió manteniendo el contacto con su novia y sus dos hijas, cosa que pronto fue descubierta por las autoridades. En julio la joven pareja fue arrestada. August fue enviado a un campo de trabajo, donde permaneció dos años y medio. Irma fue transferida primero al campo de concentración de Lichtenburg y luego al de Ravensbrück, donde murió asesinada en 1942 en el marco de una “operación de limpieza”. Las niñas fueron enviadas a un orfanato. Las Leyes de Núremberg no solo eran criminales, sino que además eran una chapuza que carecía incluso de una mínima lógica interna. Por ello, aunque las dos tenían los mismos padres, a las niñas se les había asignado estatus raciales diferentes. Ingrid, la mayor, era considerada “mestiza”, por lo que pronto fue entregada a sus abuelos “arios”. Irene, la menor, era, vaya usted a saber por qué, Geltungsjudin. En principio permaneció en el orfanato, siendo luego entregada al cuidado de un “matrimonio mixto”.

¿Que qué era un “matrimonio mixto”? Aquel conformado por una persona judía y una no judía. Para una ideología que consideraba las uniones maritales como fábricas reproductoras de la raza, estos Mischehen constituían la peor pesadilla posible. No abundaban mucho, porque la población judía era pequeña, pero conformaban un número a tener en cuenta. Se estima que, en 1933, cuando Hitler llegó al poder, había en Alemania unos 35 000 “matrimonios mixtos”. Como hemos visto, desde el primer día, los nazis se pusieron manos a la obra para evitar que hubiera uno solo más. Los medios de comunicación, los discursos e incluso celebraciones en principio tan inocentes como los desfiles de carnaval trataban de convencer a los alemanes de que acostarse con una persona judía era practicar el sexo con un enemigo, con un monstruo perverso, con un ser semianimal parasitario que ansiaba secretamente tu ruina.
Esta propaganda podía disuadir a muchas parejas de seguir adelante, pero, como hemos visto en el caso de Irma Eckler y August Landmesser, continuaba habiendo gente inmune a la idiotez. Por ello, hasta la prohibición en 1935 de este tipo de uniones, los funcionarios encargados de los registros matrimoniales tenían instrucciones de tratar de disuadir a las “parejas mixtas” de seguir adelante, lo que incluía todo tipo de admoniciones en medio de la ceremonia. ¿Se imagina que el funcionario que le está casando se ponga a regañarle en medio de la boda? El veto por ley de estos matrimonios supuso un respiro para los más furibundos antisemitas, pero seguía habiendo decenas de miles de Mischehen. Disolverlos por decreto crearía innumerables problemas burocráticos, así que la estrategia de las autoridades fue tratar de convencer a los cónyuges de que lo mejor era divorciarse. Así, la Gestapo solía intentar intimidar a la parte judía por medio de amenazas, que alternaba con incentivos y promesas. Otras veces convenía más centrar la presión en el cónyuge “ario”, especialmente cuando su carrera profesional dependía del Estado.
A Franz von Hösslin, director de la Orquesta de la Ópera de Breslau, le dijeron en 1936 que tenía que decidirse entre su puesto y su mujer, que era judía. Él eligió a su esposa, así que no le renovaron el contrato. Debió pensar entonces aquello de “para lo que me queda en el convento, me cago dentro”, porque en un acto oficial decidió no dirigir a la orquesta mientras interpretaba la Horst-Wesel-Lied, el himno oficial del Partido Nacionalsocialista. Ello le costó su despido inmediato. Solo pudo dar un último concierto, cuyas entradas se agotaron rápidamente. La velada fue de lo más inusual. En el abarrotado auditorio, oleadas de aplausos interrumpieron varias veces a los músicos. En un momento un grupo de nazis empezó a insultar a Hösslin, a lo que el público reaccionó con abucheos contra los alborotadores. Terminado el concierto, los asistentes acompañaron al director hasta su hotel, donde hubo más ovaciones. Por desgracia, semejantes demostraciones multitudinarias de coraje civil fueron la excepción en la Alemania nazi.
No todos elegían como Hösslin. El actor Gustav Frölich estaba casado con la soprano judía de nacionalidad húngara Gitta Alpar. Un día ambos acudieron a una recepción que daba Joseph Goebbels. El ministro de Propaganda del Reich hacía y deshacía carreras profesionales en la industria del cine alemán. Convenía caerle en gracia. El matrimonio se sentó a una mesa con otros dos actores. Cuando todos se pusieron en pie para cantar la Horst-Wesel-Lied, Gitta permaneció ostensiblemente sentada. Más tarde un oficial y una dama se acercaron a la mesa y le pidieron a Gustav que los acompañara, pues Goebbels quería conocerlo en persona. Gitta se dispuso a levantarse, pero le dijeron “¡Usted no!”, así que Gustav la dejó sola y se fue a saludar al todopoderoso ministro. Poco después Gitta regresaría a Hungría y se divorciaría de su marido.
El también actor Hans Albers se vio ante un dilema parecido. Se había hecho un hueco en la industria interpretando papeles de galán como el de Mazzepa en El ángel azul. Rubio y con los ojos azules, tenía una cara que se ajustaba a los ideales físicos nazis, si bien trataba de ocultar su progresiva calvicie con sombreros y tupés. Goebbels quería convertirlo en la respuesta alemana a Clark Gabel. Solo había un problema. Desde la década de los años 20 convivía con Hansi Burg, que procedía de una famosa familia judía de artistas. Esto preocupaba a los gerifaltes nazis, hasta que en 1935 el actor escribió una carta a Goebbels comunicándole que había puesto fin a su relación con Burg. Ella se casó entonces con un actor noruego, pero todo era, en realidad, una triquiñuela para engañar a los nazis. Burg y Hans continuaron viviendo juntos. La noticia no tardó en llegar al ministerio de Propaganda y Goebbels prohibió a los estudios alemanes contratar al actor. Este finalmente cedió y cortó definitivamente la relación. Burg emigró a Inglaterra. Durante la guerra Albers se convirtió en una de las grandes estrellas del cine alemán. Finalizado el conflicto, Burg volvió con Albers, que abandonó a su novia de entonces. El actor obtuvo así la coartada perfecta para que le perdonaran sus éxitos profesionales durante el Tercer Reich.

Todos estos son ejemplos de cuchara de oro. La mayoría de las “parejas mixtas” no se contaban entre los afortunados de la clase acomodada, donde abundaban los patrimonios fastuosos y aún reinaban las buenas maneras. En la clase media y en la obrera estos dilemas te abocaban a consecuencias mucho más radicales. Para un gris funcionario municipal o para un policía sin galones el despido significaba el desempleo y por tanto el empobrecimiento de la familia, una situación que se hacía más dramática si tenías hijos. Algo parecido le ocurría al pequeño empresario. El propietario de una carnicería o una panadería no solo tendría que enfrentarse al ostracismo social, sino al acoso de la SA y a la disminución de clientes, lo que llevaría a la quiebra el negocio.
La situación se hacía todavía más desesperada cuando era el marido quien era judío. Decretos sucesivos los expulsaron del funcionariado. Profesores de universidad, jueces y fiscales, de pronto, se vieron en la calle. A los médicos se los fue echando de los hospitales públicos y finalmente se les prohibió tratar a pacientes que no fueran judíos. Los dentistas fueron excluidos de las compañías de seguros, con lo que en la práctica se les impedía trabajar. Los miembros del partido en las fábricas se ocuparon de lograr el despido de sus compañeros judíos. Para los empresarios, ya fueran propietarios de pequeños negocios o de grandes compañías, las cosas no fueron mejores. Las políticas de “arianización” se ocuparon de hundirles la vida. Desde 1938 quedó prohibido para los judíos regentar negocios y comercios y ofrecer bienes y servicios. Sus empresas, ya fuera una fábrica o una sastrería, les fueron expropiadas y transferidas por precios irrisorios a propietarios “arios”. A menudo, los “matrimonios mixtos” trataron de sortear la ley poniendo la empresa a nombre del suegro o el cuñado “ario”, pero pronto las autoridades nazis detectaron estas añagazas y las prohibieron. La consecuencia fue que excatedráticos de universidad se veían obligados a malvivir dando clases particulares de inglés y brillantes hombres de negocios trataban de sacar adelante a sus familias como vendedores ambulantes. En una sociedad en la que el hombre seguía siendo quien traía el dinero a casa, para una mujer “aria” seguir casada con un judío era un suicidio económico. Suponía condenar a tus hijos a la miseria sin ninguna esperanza de que un golpe de suerte pudiera cambiar las cosas.
Aceptar el chantaje y divorciarse parece lo más razonable, ¿no? Imagine que es usted una de esas mujeres y que tiene, por ejemplo, un hijo de dos años y otro de cinco. ¿Abandonaría a su marido, aunque fuera por el bien de su prole o aceptaría la caída en la miseria, el desprecio de los vecinos, el ostracismo social y las burlas insultantes cada vez que tuviera que hacer algún trámite burocrático y el funcionario de turno del ayuntamiento descubriera que era una “profanadora racial”, una Judenhure? Hemos dicho que en 1933 había unos 35 000 “matrimonios mestizos” en Alemania. ¿Cuántos cree que eligieron la opción más lógica, más sencilla, menos dura? ¿Qué porcentaje diría usted que se divorció? Sé que no lo sabe, pero deténgase un momento y piense en una cifra que le parezca plausible.

¿Ya la tiene? Bien, pues de los 35 000 matrimonios arriba mencionados solo el 7 % cedió a los insultos, a los despechos, a la propaganda, al aislamiento social, al hambre y a un futuro devastador para sus hijos. Solo alrededor del 7 % se divorció. No sé a usted, pero esa cifra me parece un milagro. La inmensa mayoría tuvo la valentía de permanecer con su mujer o su marido y negarse al chantaje, pese a que era lo más difícil, lo menos lógico y lo menos aconsejable. Saber que hubo tantísima gente tan loca como para hacer lo que le pedía el corazón, porque de otra manera no podían vivir, es algo que me llena de optimismo. Si alguna vez una civilización alienígena superior se presenta de pronto en la Tierra, creo que deberíamos mencionarle este dato. Ese 7 % es uno de esos números que nos salva como especie.
Eso sí, para 1939 el número de Mischehen en Alemania se había reducido a poco más de 20 000. Este bajón se debió, sobre todo, a la emigración. Con el estallido de la guerra, las políticas antisemitas dieron un salto cualitativo. Si hasta entonces el objetivo de los nazis había sido, en líneas generales, aislar, apartar, empobrecer y expulsar a los judíos alemanes sin importar cuántos pudieran morir, a partir de 1941 y, sobre todo, 1942, la estrategia pasó a ser asesinarlos sin importar demasiado los recursos que pudiera costar. Para el 93 % de “matrimonios mixtos” que resistieron el chantaje, su decisión, en la mayoría de los casos, terminó convirtiéndose en la diferencia entre la vida y la muerte. Y es que en las autoridades nazis solían hacer excepciones provisionales con los judíos casados con “arios”. Por ejemplo, los llamados “matrimonios mestizos privilegiados”, aquellos en los que el marido era “ario” o tenían hijos considerados «mestizos», recibían cartillas de racionamiento para “arios”, por lo que estaban mejor alimentados. Asimismo, si el marido era “ario”, se solía permitir que su esposa le transfiriera su patrimonio.
Pero también si el cónyuge “ario” era la mujer cambiaban las cosas para su esposo. En febrero de 1943 la SS y la Gestapo iniciaron una gran redada para detener a todos los judíos que aún quedaban en Berlín y enviarlos a los campos de concentración. Entre los más de 8000 arrestados había unos 2000 que estaban casados con mujeres “arias” y que fueron separados y confinados en un edificio de la Rosenstraße, cerca de la Alexanderplatz. La misma noche de su detención, sus esposas empezaron a congregarse frente al inmueble para exigir su liberación. A lo largo de los días siguientes, la policía les exigió que se dispersaran, pero las mujeres permanecieron impertérritas, turnándose para mantener viva la protesta frente al edificio donde estaban encerrados sus maridos. Sabían que si se marchaban jamás volverían a verlos. Algunas fuentes dicen incluso que las amenazaron con el uso de la fuerza. Fuera cierto o no, no sirvió de nada. Las mujeres permanecieron firmes y, al final, las autoridades acabaron cediendo. No querían un escándalo en la capital del Reich en medio de una guerra que empezaban a perder. Los judíos casados con “arias” fueron liberados, si bien se les impuso trabajos forzados.
En medio de una tempestad de aniquilación, el acta matrimonial fue, de hecho, la tabla se salvación para la mayoría de los judíos de los Mischehen. Y es que fueron excluidos de las grandes oleadas de deportaciones que entre 1941 y 1944 trasladaron a los judíos alemanes a los campos de exterminio. No fue hasta enero/febrero de 1945 que se eliminó la excepción y se ordenó su envío a los campos de concentración. Para entonces, el ejército soviético estaba alcanzando la orilla del río Oder, a unos 60 km de Berlín. El régimen se estaba derrumbando. El caos impidió llevar a cabo muchas de las órdenes de deportación. No había soldados para custodiar a los detenidos. No había trenes para transportarlos. Apenas había lugares dónde llevarlos. La mayoría de estos últimos judíos alemanes se salvó. Se estima que, cuando terminó la guerra, en el país aún quedaban entre 11 000 y 13 000 “matrimonios mixtos”. Entre 11 000 y 13 000 personas seguían vivas gracias a que sus cónyuges se negaron a hacer lo lógico, porque no era razonable: se aferraron con todas sus fuerzas a la mano de su compañero o compañera para impedir que se lo tragara el torbellino genocida. Omnia vincit Amor (“Todo lo vence el amor”) escribió Virgilio hace 2000 años. La historia de los “matrimonios mixtos” alemanes presta un nuevo sentido a sus palabras. Por eso, sé que por mucho mercado y mucha desconfianza que se inoculen, al final, la cabra tira al monte, la jodienda no tiene enmienda y la mayoría termina haciendo caso del verso siguiente del poeta romano (“cedamos también nosotros al amor”). Así que, cuando alguien en su presencia dude de que el amor salva vidas, hágame un favor: háblele del 7 %.
Jaime González Arguedas es Licenciado en Historia y máster en estudios avanzados por la Universidad Complutense de Madrid, completó su formación en la Universidad Libre de Berlín. Desde 1999 reside en la capital alemana, donde trabaja como periodista para el canal de televisión internacional DW. En dicha cadena ha participado como asesor y guionista en la elaboración de numerosos documentales de tema histórico. Esta labor la compagina con su vocación literaria. Su último libro de relatos se titula La batuta rota. El artículo aquí publicado, originalmente apareció en https://pellizcosdeclio.wordpress.com/, el 16 de febrero de 2026.

