Guerra civil Española Historiografía Revolución Social

Reflexión sobre la historia como teorización de las experiencias históricas del proletariado

¿Qué es la historia?

La historia no es un relato neutral ni un depósito de fechas muertas: es un campo de batalla. Y como tal, está atravesada por intereses, silencios y tergiversaciones. Quien pretende aproximarse a ella con honestidad no puede hacerlo desde la cómoda distancia del erudito que clasifica documentos, sino desde la conciencia crítica de que cada archivo es también una trinchera.

En los últimos años se ha intensificado una operación de maquillaje del pasado, especialmente en lo que respecta a las experiencias revolucionarias del siglo XX. Se vacían de contenido, se reducen a anécdotas pintorescas o, peor aún, se integran en el relato oficial como meros episodios inevitables de un progreso que siempre desemboca en el Estado y el mercado. Este proceso no es inocente: responde a la necesidad de desactivar cualquier memoria que pueda cuestionar el orden existente.

Tomemos como ejemplo la revolución social. No como concepto abstracto, sino como práctica concreta, vivida en las calles, en los talleres, en las colectividades. Allí donde los trabajadores dejaron de obedecer, donde la propiedad privada fue abolida de facto y donde la vida cotidiana se reorganizó sobre nuevas bases, surgió algo que desborda las categorías habituales de la política institucional. Eso es precisamente lo que resulta intolerable para la historiografía dominante: la evidencia de que la sociedad puede organizarse sin jerarquías impuestas.

Sin embargo, esta memoria persiste, fragmentaria pero obstinada. Aparece en los testimonios olvidados, en los periódicos clandestinos, en las actas de asambleas que nunca debieron sobrevivir. Es una memoria incómoda, porque no ofrece soluciones fáciles ni héroes inmaculados. Está llena de contradicciones, de derrotas, de errores. Pero es, precisamente por eso, profundamente humana.

El problema no es que la historia sea compleja, sino que se la quiera simplificar hasta hacerla irreconocible. Frente a esa tendencia, la tarea del historiador crítico no es embellecer ni condenar, sino comprender. Comprender implica restituir los conflictos, dar voz a los vencidos y resistirse a la tentación de cerrar el pasado con interpretaciones definitivas.

En última instancia, lo que está en juego no es solo la interpretación de lo que ocurrió, sino la posibilidad misma de pensar alternativas. Si aceptamos una historia domesticada, también aceptamos un presente sin fisuras y un futuro clausurado. Por el contrario, si recuperamos la dimensión conflictiva del pasado, abrimos la puerta a imaginar —y quizás a construir— otras formas de vida.

Porque la historia, cuando se la arranca de las manos del poder, deja de ser un museo y se convierte en una herramienta. Y toda herramienta, en manos adecuadas, puede servir para algo más que contemplar: puede servir para transformar.

Crítica del dogmatismo en El programa comunista

Lejos de aplicar el materialismo histórico como método de investigación concreta, El programa comunista lo transforma en un sistema doctrinal cerrado. La Guerra de España no es analizada como un proceso histórico real, contradictorio y dinámico, sino como un caso que debe encajar —forzosamente— en un esquema teórico preexistente.

En este sentido, no hay investigación, sino verificación ideológica.

Todo aquello que no coincide con el dogma bordiguista queda automáticamente excluido del campo de lo real. La consecuencia es radical: lo que no encaja en la teoría no ha existido, no merece análisis o es considerado irrelevante.

Así, fenómenos decisivos de 1936 —como:

  • los comités revolucionarios
  • las colectivizaciones
  • las formas de poder obrero local
  • la ruptura inicial del aparato estatal

son despojados de su contenido revolucionario o directamente ignorados, no tras un examen crítico, sino porque contradicen la premisa fundamental: la inexistencia de revolución sin partido.

Este procedimiento invierte completamente el materialismo histórico. En lugar de partir de la realidad para elaborar categorías teóricas, se parte de categorías rígidas para negar la realidad cuando esta las desborda.

Desde una perspectiva materialista —como la desarrollada por Agustín Guillamón en sus Tesis sobre la Guerra de España— este enfoque no solo es insuficiente, sino profundamente problemático. El materialismo histórico no consiste en aplicar esquemas universales, sino en analizar relaciones sociales concretas, conflictos reales y procesos históricos específicos.

Reducir la revolución española a una “no-revolución” por no ajustarse al modelo ideal de partido y toma del poder estatal equivale a sustituir la historia por la teología política.

En última instancia, el bordiguismo incurre en aquello que pretende combatir: una forma de idealismo. No el idealismo democrático o antifascista, sino un idealismo de signo inverso, donde la Idea (el programa) prevalece sobre la realidad histórica.

CRÍTICA A LOS TEXTOS DE “PROGRAMA COMUNISTA” SOBRE LA GUERRA DE ESPAÑA (2016-2026)

Los textos publicados por el llamado “partido comunista internacional” en los números 53 a 56, del 2018 al 2024, de El Programa Comunista sobre la Guerra de España constituyen un ejemplo paradigmático de cómo una doctrina política petrificada puede sustituir el análisis histórico concreto por la repetición ritual de esquemas ideológicos previamente establecidos.

No estamos ante investigaciones históricas originales, ni ante aportaciones documentales relevantes, ni siquiera ante una reelaboración crítica de los trabajos clásicos de la Fracción Italiana de los años treinta. Estamos ante una lectura catequística de la revolución española, subordinada por completo a las necesidades de auto confirmación doctrinal del bordiguismo contemporáneo.

La conclusión aparece decidida antes incluso de examinar los hechos: la Guerra Civil fue exclusivamente una guerra imperialista entre dos fracciones burguesas; el proletariado fue incapaz de actuar como clase autónoma; el antifascismo constituyó una mistificación total desde el primer momento; y la ausencia del partido comunista revolucionario hacía inevitable la derrota. Toda la complejidad histórica del proceso revolucionario español queda reducida a la ilustración pedagógica de una tesis ya conocida.

Este método no es marxismo. Es escolástica.

La función del materialismo histórico no consiste en violentar la realidad para hacerla encajar en categorías abstractas, sino precisamente en comprender el movimiento contradictorio de las clases sociales en situaciones históricas concretas. Y la revolución española de 1936 fue una situación concreta, irreductible a un esquema mecánico sobre el “curso hacia la guerra imperialista”.

El proletariado español no fue una masa pasiva arrastrada por el antifascismo desde el primer día. La insurrección obrera del 19 de julio de 1936 destruyó parcialmente el aparato estatal en numerosas ciudades, expropió fábricas y talleres, organizó milicias, levantó comités revolucionarios de barrio, controló abastecimientos, transportes y producción. Durante semanas existió una situación revolucionaria real.

Negar esto o minimizarlo significa ignorar la experiencia histórica efectiva del proletariado español.

La principal insuficiencia teórica de los textos bordiguistas consiste en su incapacidad para comprender la dualidad de poder surgida tras la derrota militar del golpe fascista en Barcelona y otras zonas republicanas. Mientras el Estado republicano sobrevivía formalmente, el poder real estaba parcialmente en manos de los comités obreros. Esa contradicción era el núcleo mismo del proceso revolucionario.

La cuestión decisiva no era únicamente la “ausencia del partido”, convertida por el bordiguismo en explicación universal de toda derrota histórica, sino el problema concreto de la destrucción total del Estado capitalista y de la centralización del poder proletario revolucionario.

Los Amigos de Durruti comprendieron tardíamente (en el verano de 1937) esa necesidad, cuando propusieron sustituir el Comité Central de Milicias Antifascistas por una Junta Revolucionaria capaz de coordinar y centralizar el poder de los comités obreros.

Los textos de Programa Comunista ignoran casi completamente esta problemática real. Hablan constantemente del “proletariado”, pero apenas estudian las formas concretas de organización proletaria surgidas en julio de 1936. Hablan de “guerra imperialista”, pero silencian la experiencia revolucionaria de los comités de defensa, las patrullas obreras, las colectivizaciones y las barricadas de mayo de 1937.

La historia viva desaparece bajo la abstracción doctrinal.

Existe además otro problema fundamental: la total incapacidad para distinguir entre el anarquismo de Estado y el anarquismo revolucionario.

Para el bordiguismo todo el movimiento libertario aparece fundido en una misma categoría indiferenciada. La CNT ministerial, García Oliver, Federica Montseny, los comités superiores, los comités de barrio, las Juventudes Libertarias y Los Amigos de Durruti quedan subsumidos bajo una vaga condena general del “anarquismo”.

Ese procedimiento no es análisis histórico: es simplificación ideológica.

La participación gubernamental de la CNT constituyó efectivamente una política contrarrevolucionaria. Pero precisamente por eso surgieron sectores libertarios revolucionarios que combatieron esa política desde posiciones de clase. Ignorar esa escisión interna significa no comprender nada de la dinámica real del proceso revolucionario español.

El bordiguismo contemporáneo continúa prisionero de una visión teleológica de la historia. Todo aparece explicado retrospectivamente por la derrota final. Como Franco venció y la revolución fracasó, se deduce que todo estaba perdido desde el principio. Pero la historia no funciona así. Las derrotas revolucionarias son procesos abiertos, llenos de contradicciones, alternativas y posibilidades reales.

La revolución española no fue una ilusión pequeñoburguesa ni un simple episodio preliminar de la Segunda Guerra Mundial. Fue la última gran tentativa revolucionaria del proletariado europeo antes de 1939.

Su derrota no invalida su existencia.

La principal lección histórica de 1936 sigue siendo hoy la necesidad de destruir completamente el Estado capitalista mediante organismos revolucionarios surgidos de la propia clase obrera. Y precisamente porque esa revolución existió realmente, aunque fuese derrotada, sigue siendo indispensable estudiarla sin dogmas, sin catecismos y sin anteojeras doctrinales.

La historia revolucionaria no necesita sacerdotes de la ortodoxia.

Necesita comprensión crítica de las experiencias reales del proletariado.

Agustín Guillamón

Barcelona, mayo de 2026

Véase:

Tesis sobre la Guerra de España:

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