El crecimiento sostenido del gasto militar global, la concentración del mismo en un puñado de potencias, la expansión récord de la industria armamentística y la integración creciente entre economía civil y militar muestran que el capitalismo contemporáneo avanza hacia una forma de economía de guerra permanente, donde la destrucción y su metódica preparación se convierten en mecanismos de reproducción del sistema.
La guerra, el fascismo y la lucha de clases
La guerra y el fascismo no son un accidente provocado por líderes enloquecidos e ideologías insolidarias y crueles, sino el producto inevitable del curso histórico del capitalismo. La guerra es la expresión más auténtica de la naturaleza obsoleta, irracional y criminal del capitalismo actual.
El poder político no es de individuos como Donald Trump, Vladimir Putin, Xi Jinping, sino de las gigantescas concentraciones industriales y financieras del capital, que dirigen, controlan y manipulan los distintos aparatos estatales.
La Segunda Guerra Mundial no se produjo porque Hitler estuviera loco, sino porque el nazismo y el fascismo, pero también las democracias y la Unión Soviética, intentaron solucionar el paro masivo y la depresión económica mediante inversiones públicas y en industria bélica. Quien estaba enloquecido era el sistema capitalista, sumido en los años treinta en una fortísima depresión, sin más salida que una economía de guerra global: como hoy.
Hoy, esta dinámica se expresa en una tendencia cada vez más clara hacia una economía de guerra global. El gasto militar mundial ha alcanzado aproximadamente 2,8 billones de dólares anuales, el nivel más alto jamás registrado, tras más de una década de crecimiento continuo. Este gasto representa ya en torno al 2,5 % del PIB mundial, con más de la mitad concentrada en unas pocas potencias.
Los principales presupuestos militares ilustran esta concentración del capital armado: Estados Unidos supera los 900.000 millones de dólares anuales, China los 330.000 millones, Rusia ronda los 190.000 millones, mientras potencias como Alemania e India superan ampliamente los 90.000–100.000 millones. No se trata de cifras aisladas, sino de la expresión de una reorganización estructural de la economía mundial en torno a la guerra.
El aumento de los precios del petróleo dentro de ciertos límites beneficia a las distintas burguesías nacionales: a la estadounidense, convertida en uno de los principales productores y exportadores mundiales; a la rusa; y también a la iraní, que continúa colocando su crudo en el mercado mundial incluso en condiciones de conflicto.
El aumento de la inflación, ligado al encarecimiento energético, no daña esencialmente a las grandes empresas, que trasladan los costes a los precios. Golpea, en cambio, a los proletarios, cuyos salarios reales se reducen. De este modo, la inflación se convierte en un mecanismo indirecto de redistribución favorable al capital.
La guerra no solo responde a intereses geopolíticos, sino que alimenta directamente al aparato industrial y tecnológico. Las 100 mayores empresas armamentísticas del mundo generan ya cerca de 700.000 millones de dólares en ventas anuales, en crecimiento constante. La destrucción y la producción de medios de destrucción se convierten así en un sector clave para la acumulación. Y abre perspectivas para futuros planes de reconstrucción de lo destruido.
Europa ofrece un ejemplo particularmente claro: el gasto militar ha crecido a ritmos de dos dígitos, superando niveles que no se veían desde la Guerra Fría. Las industrias civiles se reconvierten, los planes de rearme se multiplican y los Estados canalizan recursos públicos hacia el complejo militar-industrial. Alemania resuelve la crisis de producción de su industria automovilística, convirtiéndola en industria bélica.
Esta tendencia confirma que la guerra no es una anomalía, sino un componente estructural del capitalismo en su fase actual. La preparación permanente para la guerra, la militarización de la economía y la integración entre Estado e industria bélica configuran una economía de guerra global, donde la producción y la destrucción forman parte del mismo ciclo de valorización del capital.
El incremento de los presupuestos de defensa implica siempre. y en todas partes, el recorte de los presupuestos de educación, sanidad, servicios sociales y pensiones. Es el conocido dilema entre mantequilla o cañones.
Y esa economía, enferma y criminal, sólo puede conducir a la guerra; una guerra considerada como motor y fin en sí misma. Orwell ya lo avanzó en su novela 1984.
El entrelazamiento de intereses entre potencias rivales demuestra que las contradicciones entre Estados no son absolutas. Las burguesías compiten, pero también cooperan, comercian y se benefician mutuamente incluso en contextos de conflicto. La rivalidad fundamental y última es la existente entre los capitalismos de Estado chino y estadounidense.
Lo que cuenta para la burguesía internacional no es tanto quién vence, sino que la guerra exista, que destruya excedentes, reactive la producción y discipline a la clase trabajadora. La guerra imperialista es, en última instancia, una guerra contra el proletariado mundial.
Las declaraciones en defensa de la democracia o del antiimperialismo encubren esta realidad. Bajo la máscara democrática, lo que impera es la dictadura del capital. Las libertades se conceden solo en la medida en que no obstaculizan la acumulación; en tiempos de crisis y guerra, son recortadas hasta la caricatura o eliminadas.
Los partidos de la izquierda liberal, al limitarse a gestionar el capitalismo, desarman políticamente a los trabajadores. Incapaces de ofrecer una alternativa real, dejan el terreno abonado para el avance del fascismo, que canaliza el descontento hacia salidas autoritarias y reaccionarias.
La Segunda Guerra Mundial sumó unos ochenta millones de muertos y desaparecidos. Por primera vez en la historia de la humanidad HOY está en riesgo la continuidad de la especie. La revolución no es una utopía, ni una idea quimérica o imposible: es una necesidad material urgente.
Así, pues, la humanidad se enfrenta a una disyuntiva histórica: no entre democracia y fascismo, sino entre guerra o revolución. La única alternativa real es la existente entre revolución o barbarie. Basta con conectar la tele o la radio para comprender que la barbarie ya está aquí: en Gaza, Cisjordania, Líbano, Irán, Ucrania, Minneapolis…
¡Contra la guerra entre los Estados, mediante la lucha de clases!
¡Guerra a la guerra!
Mayo 2026
Agustín Guillamón

