Las Bombas en Barcelona de 1893. Pinceladas biográficas de Pallàs y Salvador.

Paulí Pallàs Latorre nació en 1862 en el pueblo catalán de Cambrils. Fue un obrero litógrafo y de tendencias más bien marxistas en sus inicios militantes. A caballo de la década de los ‘80 e inicios de los ‘90 del siglo XIX se asentó junto a su familia en Argentina y residió igualmente un breve periodo en São Paulo, Brasil. En 1892 regresó al llano barcelonés, afincándose en la población de Sants. Entonces era ya un firme partidario del anarcocomunismo y se le relacionaba directa o indirectamente con el entorno del sabadellense Ravachol. Su regreso a España coincidió con otro célebre migrante proveniente de Sudamérica, como resultó ser el agitador anarquista Francesco Momo, quien morirá en Sant Martí de Provençals tras estallarle una bomba Orsini que fabricaba en marzo de 18931. A él se le atribuyeron la fabricación de las bombas lanzadas por Pallàs y Salvador en la Gran Vía el 24 de septiembre y la de El Liceo el 7 de noviembre de dicho año.

Cuando practicaron el registro de la casa de Pallàs se encontraron ejemplares de varios periódicos anarquistas, tales como El Productor de Barcelona, La Anarquía de Madrid, La Révolte, así como La Controversia de Valencia. También se le encontró una litografía de los Mártires de Chicago y un ejemplar de La Conquista del Pan de Kropotkin, posiblemente recién editado por el entorno anarquista valenciano. Curiosamente, cuando en 1896 se vuelva a editar dicha obra, esta vez en Barcelona por parte de Sebastià Sunyer, Emili Hugas, Lluís Mas y otros anarcocomunistas, se desencadenará igualmente otra oleada represiva; el conocido Proceso de Montjuïc.

A Pallàs se le debería de situar en unos años de efervescencia en la aparición de nuevos grupos anarquistas y como ejemplo típico de los anarquistas surgidos en aquellos años. No destacaba especialmente por ser un militante conflictivo o docto en las polémicas, al igual que tampoco destacaba como propagandista. Sin embargo eso no impedía que Pallàs se relacionara y participara en la actividad de diferentes grupos anarquistas y que fuese habitual de locales y espacios obreros. Era más que redactor, un suscriptor de periódicos, más que orador, un anarquista más entre el público, más que traductor, un lector de las obras de Kropotkin, en síntesis, fue la personificación del activista medio. El porqué de la decisión de Pallàs de cometer un atentado no es sencillo de explicar. Lo que sí es cierto es que tenía a su disposición el explosivo necesario para cometer un atentado y lo utilizó a la vista de todo el mundo. Su objetivo no fue otro que el famoso general Arsenio Martínez Campos, símbolo del fin del Sexenio Democrático y del nacimiento de la Restauración.

Aprovechando el desfile militar del domingo 24 de septiembre de 1893, realizado con motivo de la fiesta de la Mercè de Barcelona , se armó con dos bombas que tenía escondidas en un punto de la montaña de Montjuïc, se dirigió entonces al cruce de la Gran Vía con la calle Muntaner con la intención de atentar contra uno de los causantes del nacimiento de la Restauración, el odiado general Arsenio Martínez Campos. Allí lanzó dos bombas, las cuales ocasionaron heridas de escasa entidad al general junto a otras 16 personas. Murió, eso sí, Jaume Tous, un guardia civil natural de Palma de Mallorca.

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Pallàs fue detenido en el acto, puesto que ni tan siquiera se molestó en huir. Su acción obtuvo inmediatamente eco internacional, y al igual que la figura de Ravachol, fue reconocido por la prensa anarquista como uno de sus figuras míticas. Desde la Patagonia a Nueva York, pasando por Londres, París o la misma Barcelona, la figura de Pallàs alcanzó la categoría de mito, encontrando su acción un apoyo casi unánime entre las filas anarquistas. Para quienes apostaban por las represalias, era un hecho de venganza contra la tiranía, para sectores más moderados, fue un acto comprensible dadas las circunstancias de desesperación y miseria en las que vivía la población.

Ese apoyo casi unánime contribuyó a alzar a Pallàs a la categoría de mártir de la idea. Se abrieron colectas solidarias para su familia y la pareja formada por Teresa Mañé y Joan Montseny llegaron a ahijar a sus hijas, destacando ambos también en la campaña propagandística alrededor de una figura, como la de Pallàs, simpática y no demasiado conocida del anarquismo del llano.

Los diferentes medios propagandísticos anarquistas existentes en el estado coincidieron en apoyar el acto, a excepción de La Tramontana de Llunas, que pese a recaudar dinero para la familia del anarquista, denunció la estrategia utilizada por Pallàs como contraria a los intereses de la causa libertaria.

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Tras el atentado se inició una habitual campaña represiva, clausurándose diferentes publicaciones, locales anarquistas y persiguiendo a sus integrantes. En Catalunya, tal y como indica Antoni Dalmau en su libro El Procés de Montjuïc, la misma noche del atentado se inició una batida contra todo el anarquismo conocido, lo que comportó la detención de personalidades de todas las tendencias anarquistas, desde Francesc Abayà, un habitual en las batidas policiales desde el mayo de 1890, o antiguos procesados por su vinculación a El Porvenir Anarquista, el atentado de la Plaça Reial de 1892 y el entorno informalista anarcocomunista, como fueron Emili Hugas, Martí Borràs, Joan Gabaldà, el italiano Ettore Luigi Bernardini o Francesc Baqué, recientemente liberado de presidio por su posible vinculación con un petardo explotado en una iglesia. Como apunta Dalmau, se intentó detener a personas que ya estaban en prisión, puesto quela batuda va ser tan arravatada que es va donar el cas que Domingo Mir, un fideuer ja condemnat anteriorment, va rebre la visita de la policia a casa seva per ser detingut” 2.

El juicio contra Pallàs fue rápido y la condena a muerte fijada contra él se marcó para el 6 de octubre de ese mismo año. Un tiempo récord, si tenemos en cuenta que el atentado se produjo el 24 de septiembre. Pallàs entonces tenía 31 años, convirtiéndose su ejecución en una de las manifestaciones anarquistas públicas más masivas y notorias de ese año.

Millares de personas subieron a primero hora de la mañana al castillo de Montjuïc, lugar en donde se esperaba fusilar al ya mitificado anarquista. Entre el público asistente a la ejecución se dieron vítores a la acción de Pallàs, a la Anarquía y a la dinamita, lo que denotaba que atentados de este tipo encontraban simpatías entre amplios sectores de la población.

En el contexto de la represión aún presente tras el atentado de Pallàs, los rumores afirmaban que éste gritó antes de morir fusilado algo así como que la venganza sería terrible. El 7 de noviembre ese presagio se materializó cuando Santiago Salvador, un anarquista originario de Castellseràs, un pueblo de la Franja aragonesa, lanzó dos bombas Orsini mientras se representaba la obra Guillermo Tell en el templo de la burguesía catalana: el teatro de El Liceu, provocando varias decenas de víctimas y la consternación de una parte importante de la sociedad catalana.

La unanimidad entre anarquistas no fue la misma que en el atentado de septiembre, puesto que entre las víctimas habían menores de edad y personas que pese a su condición de clase, no tenían demasiada significación. Aunque una parte muy importante de ellos sí que defendieron el atentado, puesto que lo analizaron como un golpe de una clase, la obrera, contra su enemiga, la burguesía.

Santiago Salvador nació en 1865 y es posible que fuese amigo y compañero de luchas de Paulí Pallàs, aunque de ser cierto debió de ser en 1892, cuando Salvador estuvo unos meses viviendo y trabajando de camarero en Hostafrancs, un barrio barcelonés fronterizo con Sants, localidad de residencia por entonces del de Cambrils. Según Antoni Dalmau, Salvador llegó a Barcelona desde Valencia tres días después del atentado de la Gran Via. Los motivos de su llegada al llano son aún hoy en día poco claros, aunque no se puede descartar que viniese ya con el objetivo de vengar a su compañero Pallàs. O sencillamente con la intención de vengarse de las torturas sufridas en recientes detenciones. De hecho, su nombre apareció como uno de los detenidos en Madrid a raíz de las detenciones que se dirigieron contra el entorno de La Anarquía, periódico anarquista de Madrid, en donde militaban, entre otros, otro petardista, con un perfil muy interesante, como el tipógrafo Francisco Ruiz, quien atentaría fallidamente en la residencia de Cánovas del Castillo, el palacio de la Huerta de Madrid, en junio de 1893.

Antes de la llegada de Salvador a Barcelona, alternó entre trabajos legales como ilegales, dedicándose también al contrabando o a pequeños hurtos. En los meses previos a su llegada residió en Valencia y tuvo problemas con su casero, lo que le ocasionó una detención tras enfrentarse a un guardia municipal. Según algunas fuentes libertarias e historiográficas fue torturado, siendo esta experiencia uno de los motivos que condujeron a Salvador a realizar un atentado.

Sin caer en las ridiculeces lombrosianas, puesto que Salvador fue uno de los casos analizados por Lombroso, lo cierto es que el aragonés tuvo una infancia difícil, con un padre que maltrataba a su esposa, con antecedentes familiares de muertes por suicidios, así como otros factores que nos indicarían la existencia de un carácter tendente a la depresión. Si al posible carácter inestable fraguado por motivos genéticos, como podía ser cierta predisposición a padecer depresiones, sumamos factores ambientales, como la propia miseria familiar en la que vivía, la dura relación con su padre o las torturas sufridas en detenciones, nos dan una idea de algunas de las causas que pueden hacer entender la determinación de Salvador en cometer ese atentado.

Más allá de su estado físico y mental, me inclino a pensar que fue una persona con una fuerte sensibilidad acompañada de un carácter irascible. Muestra de ello serían algunos episodios vitales suyos, por ejemplo cuando a los 13 años, armándose de un revólver, intentó asesinar a su padre o que en Valencia le propinase varios golpes a un guardia por los problemas que tuvo con su casero.

Al igual que el de Pallàs, Salvador estaba casado y tenía descendencia, y según se desprende de las informaciones policiales vertidas en periódicos burgueses, formaba parte de un supuesto grupo llamado Benvenuto Salud, en el cual también militaba supuestamente Paulí Pallàs.

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Ese grupo inspirador de los atentados no fue más que una patética e incongruente invención policial, una más entre un largo etcétera de montajes y mentiras. En el caso de la bomba del Liceo, sólo habría que recordar que el de Castellseràs fue detenido en enero de 1894 en Zaragoza, y pese a reclamarse confeso del atentado, las maquinaciones policiales ya habían conseguido varias autoinculpaciones entre el gran número de anarquistas detenidos.

Benvenuto Salud o la imaginación del Poder.

No es descartable que tanto Pallàs como Salvador compartieron militancia en un mismo grupo, o que tuviesen contactos comunes como Francesco Momo u otros migrados argentinos, como fue José Vega Sánchez, o con sectores de los primeros anarcocomunistas, tanto de Barcelona como de València, pero la hipotética composición del grupo Benvenuto Salud, supuestamente autores de los atentados de 1893, demuestra que fue un producto cocinado desde dependencias policiales, puesto que al lado de nombres como los petardistas Pallàs y Salvador, las fuentes policiales colocaban nombres más fácilmente identificables con otros ambientes y grupos, como serían los casos de Alfredo Baccherini Santini o Manuel Ars.

Baccherini fue un destacado anarquista italiano residente en Barcelona desde 1892. Anteriormente residió en Algeria, mientras que en el llano fue cercano al ambiente de Fortunato Serantoni y no destacó, entre sus compañeros anarquistas, por ser un radical de palabra u obra, más bien lo fue por ser un tipo simpático y abierto. En 1895, ya residente entonces en Buenos Aires, fue el posible compañero sentimental de la viuda de Salvador, dato que nos podría indicar cierta conexión con el autor del atentado, aunque tampoco significa que formase parte de un mismo grupo.

Otros nombres relacionado con el supuesto grupo, como fueron Manuel Ars y Pere Marbà, excelentemente biografiados por Antoni Dalmau4, sabemos que destacaban por entonces por su activismo sindicalista y participación en los proyectos antiadjetivistas. Por ejemplo, ambos en 1890, junto a Anselmo Lorenzo, participaron en un mitin antipolítico en el antiguo salón de baile de la calle de las Ramelleres de Barcelona, mientras que el primero en 1892 había destacado en la huelga de estampadores de Barcelona, con clara influencia anarquista, mientras que el segundo participó en el Congreso Amplio de los Pactos de Unión y Solidaridad, celebrado en Madrid en marzo de 18915, una de las iniciativas puente entre el sindicalismo de la Primera Internacional en España, de la FTRE y de las futuras Solidaridad Obrera y CNT.

Otro de los supuestos integrantes del grupo era Domingo Mir, el cual cuando se producen las detenciones ya estaba en la cárcel, lo que dificultaría el supuesto rol de Presidente del grupo de afinidad, tal y como defendía la Policía. Primero de todo porque sería el primer grupo anarquista de acción que tuviese la figura de presidente, y segundo porque desde la cárcel resultaría casi imposible planificar los atentados de Pallàs y Salvador. Sin embargo, como en ocasiones pasadas, el estar preso no significaba el librarse por acciones callejeras. Fermín Salvochea, el mítico anarquista gaditano, durante años padeció este tipo de situaciones, siendo condenado o juzgado por sucesos que se habían producido en momentos en los que estaba preso. Según las maquinaciones policiales, Mir entregó el “mando” del grupo a Mariano Cerezuela, quien sería entonces el verdadero inductor de los actos de los anarquistas de Castellseràs y Cambrils, dada la flaqueza de la argumentación inicial de las fuerzas coercitivas.

En el listado de supuestos componentes de dicho grupo, destacaban otras personalidades como Miguel Nacher Garrigues, en la casa del cual, según la Policía, se creó el citado grupo en el mes de julio de 1892. Posteriormente se reunieron en varias ocasiones en una taberna de la calle Diputació de Barcelona, en donde los integrantes entregaban una suma de dinero a Ramon Talarn, el tabernero del local, con el objetivo de “alquilar” el espacio. Éste último también resultó detenido6. Otros nombres, como el de Josep Bernat o Josep Codina, en todo caso, se relacionarían con sectores informalistas cercanos a Sunyer, Molas, Borràs, Saperas o Hugas. De Jaume Sogas poco conocemos de él, más allá de tener el infortunio de ser amigo de Santiago Salvador y haber aceptado que éste pasase un tiempo en su casa tras el atentado. Sobre Domingo Mir no sabemos su adscripción exacta en Barcelona, pero fue uno de los detenidos junto a Teresa Claramunt por los disturbios durante el mítin estudiantil del Teatro Calvo Vico en 1893, lo que nos daría un posible perfil próximo también al antiadjetivismo.

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En conjunto, la invención de dicho grupo fue una triste maniobra policial y judicial para conectar todos los atentados de 1893 bajo la teoría de la existencia de una conspiración. El resultado de ello fue una excusa perfecta para desatar la mayor persecución antianarquista que había conocido la ciudad de Barcelona hasta entonces, sobrepasando el número de detenidos, en los momentos más álgidos, las cuatro centenas de personas.

Prácticamente todos los anarquistas destacados en Barcelona y su llano fueron detenidos y hacinados en presidios y navíos como el Navarra, anclado en el puerto de Barcelona. Paralelamente el gobierno español empezó a desterrar a los anarquistas extranjeros que detenía, especialmente los italianos. En ese contexto, por ejemplo, Giuseppe Chiti, el fundador del grupo barcelonés de jóvenes Hijos del Mundo, resultó detenido, junto a su padre7 y a un número elevado de anarquistas italianos y franceses. Muchos de esos nombres desaparecerán del ambiente local en los siguientes meses, lo que nos da una idea del gran número de expulsiones y migraciones “voluntarias” que se produjeron, superiores a las que se desatarán unos pocos años más tarde en el contexto del Proceso de Montjuïc.

Durante los diferentes interrogatorios se torturaron a varios detenidos8 y una vez juzgados se dictaron varias sentencias de muerte por el atentado de la Gran Vía, en el contexto del galimatías judicial orquestado.

A modo de ejemplo de las formas y el tipo de justicia que existía en España, cuando apareció la primera sentencia del juicio, la cual absolvía a los anarquistas Domingo Mir y Francesc Vilarrubias, pero condenaba a cadena perpetua a Jaume Miralles, Josep Codina y Joan Carbonell, y ordenaba las ejecuciones de Manuel Ars, Josep Bernat, Mariano Cerezuela, Josep Sàbat y Jaume Sogas, el abogado Josep Puig d’Asprer, defensor habitual de anarquistas9, decidió entonces plantear un recurso a las sentencia por considerarla excesiva. El caso fue elevado entonces al Consejo Superior de Guerra y Marina, pero desgraciadamente para la estrategia de la defensa, significó un endurecimiento de las condenas: Francesc Villarubias y Domingo Mir, que habían sido declarados inocentes, fueron condenados a cadena perpetua, mientras que a Codina se le elevó la misma a pena de muerte. Y eso sin contar posibles muertes acontecidas derivadas de las duras condiciones penitenciarias, como fue el caso del anarquista catalán Altafulla10.

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En la madrugada del 21 de mayo de 1894, coincidiendo con la ejecución del mítico Émile Henry en Francia, se fusilaron en los fosos del castillo de Montjuïc a unos anarquistas inocentes en venganza de los atentados de 1893.

Durante casi todo el año siguiente, tras la detención en enero de Santiago Salvador en Zaragoza, el espectáculo mediático alrededor del aragonés cubrió las páginas de la prensa y fue tema recurrente en las conversaciones de cafés y plazas de España. Un serial mediático con conversión temporal al catolicismo del foribundo terrorista, lo que provocó campañas a su favor por parte de cierta clientela católica.

Finalmente, la ejecución a garrote vil de Santiago Salvador el 21 de noviembre de 1894 puso fin al duro capítulo represivo al cual fue sometido el anarquismo tras los atentados de septiembre y noviembre de 1893. La represión desencadenada tras los mismos terminó de convencer al anarquismo de la imposibilidad de la lucha bajo parámetros legales, a excepción de figuras muy concretas, como Josep Llunas.

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Entre 1890 y 1893 el anarquismo en España fue muy duramente reprimido, convirtiéndose en la práctica en un movimiento clandestino. Sin esa represión y al igual que en otros estados, difícilmente las acciones dinamiteras y otros atentados protagonizados por anarquistas hubiesen adquirido la fuerza demoledora que mostraron en esos años. El coste político para esos estados fue el entrar en una espiral de represión y atentados que ni tan siquiera se consiguió atajar con las legislaciones antianarquistas de dicha década y posteriores décadas, en donde el anarquismo se transformó para dichos gobiernos en la primera amenaza a criminalizar y combatir.

Notas

1Concretamente el 13 de marzo de 1893.
2DALMAU, Antoni, El Procés de Montjuïc, Barcelona, editorial Base, 2010, p. 77.
4Véase:
– DALMAU I RIBALTA, Antoni. “Retrats d’anarquistes igualadins i anoiencs (III), Manuel Ars i Solanellas (1859-1894), l’estampador afusellat injustament a Montjuïc”. En: La Revista d’Igualada, nº28, Abril de 2008, pp. 16-41.
– DALMAU I RIBALTA, Antoni. “Retrats d’anarquistes igualadins i anoiencs (VI). Una vida per la causa: Pere Marbà i Cullet (1860-1938?). En: La Revista d’Igualada, nº31, Abril de 2009, pp. 6-21.
5Dicho congreso pese a ser auspiciado por el sindicalismo anarquista, estaba abierto a todas las tendencias. En ese contexto Marbà se enfrentó dialécticamente a Pablo Iglesias sobre cuestiones doctrinales y estratégicas, aspecto que será muy recordado de la figura de este igualadino. Otra coincidencia de ambos sindicalistas anarquistas residía en ser originarios de Igualada, ciudad que nutrió de anarquistas de todas las tendencias al movimiento barcelonés, puesto que en el ámbito anarcocomunista más informal, tanto Martí Borràs como Josep Molas, era originarios de dicha ciudad.
6Nuevamente sería detenido durante el Proceso de Montjuïc en 1896.
7Antonio Chiti (Livorno, 1838 – Livorno, 23/07/1915). Antiguo internacionalista italiano, a inicios de la década de los ‘90 residirá en Barcelona junto a su hijo Giuseppe. Seguidor de Andrea Costa, uno de los fundadores del Partidos Socialista Anárquico Revolucionario, de tendencia malatestiana y creado en el congreso de Capolago, Chiti derivará hacia posicionamientos parlamentarios durante esa década.
8Entre ellos a Mariano Cerezuela, quien tras padecerlas, acusó a unos cuantos anarquistas en sintonía con las maquinaciones policiales. Este hecho hizo que una pieza separada del caso de la Gran Via continuase su trámite. Será la que provocará las penas de muerte. Es decir, fueron sentencias de muerte basadas en declaraciones sustraídas mediante tortura.
9En 1896, por ejemplo, defendió a los anarcocomunistas Lluis Mas, Julián Montes, Juan Perona y Julio Lijo por un caso de desacato a la autoridad y gritos subversivos. También hizo labores de defensa durante el Proceso de Montjuïc. Nacido en Barcelona en 1870, era masón y librepensador. De tendencia republicana, a lo largo de su vida virará entre posicionamientos federalistas a lerrouxistas, aunque en este último contexto, mostrándose crítico por el talante abiertamente españolista del partido. En 1917 fue diputado provincial de Barcelona. Durante la II República desempeñó varios cargos políticos como el de gobernador civil de Lleida y fue diputado al Congreso por Girona como miembro de la Coalició Catalana Republicana. Murió en Madrid en 1938.
10Un dato interesante sobre la represión relacionada con los casos de Pallàs y Salvador fue el caso del anarquista Josep Altafulla, posiblemente originario de Vilassar de Mar. Según se desprende del ejemplar del 11 de noviembre de 1895 del periódico bonaerense La Voz de Ravachol, Altafulla fue detenido a raíz del atentado de Pallàs, tras reconocer que le conocía y que era anarquista él también. En dicho periódico apareció una carta de Altafulla, fechada a 25 de noviembre de 1893, la cual tenía que haberse editado en el famoso libro Proceso de un gran crimen. Por entonces el anarquista denunciaba su injusta situación y relataba su experiencia, al tiempo que aseguraba que se encontraba muy mal de salud. Altafulla murió en prisión debido a su estado, siendo una de las víctimas más desconocidas en el contexto de este caso represivo.

Escrito por Fran Fernández

Francisco Fernández Gómez. Doctor en Historia, investigador y docente. Apasionado de la historia social, los estudios sobre nacionalización, las nuevas tecnologías y la confrontación de pareceres.

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