Entre los días 20 y 22 de junio apareció en la prensa el caso del juego de la bomba o de los anarquistas. Situado principalmente en el extrarradio norte de Madrid (en la barriada de los Cuatro Caminos), los ecos del reciente atentado de Mateo Morral (el 31 de mayo de 1906) se mezclaban, como veremos, con el prejuicio moral contra el niño golfo y los propios conflictos en el desarrollo urbano de la periferia, completamente obviados en los análisis del momento.

El primer medio donde aparece la información es La Época, que el día 20 de junio incluye un artículo firmado por Matamoros sobre el juego de la bomba, situándolo en el extrarradio madrileño y, en general, en los barrios humildes, con un curioso “etc.” que, dada la disparidad geográfica de los barrios aludidos (“Peñuelas, Vistillas, Cuatro Caminos, etc.”), parece cargado de prejuicio de clase . En esta primera alusión al juego aparecen ya como inspiradores los nombres de Ravachol, Pallás y Morral, así como las enseñanzas de la Escuela Moderna (“¡qué campo tan abonado para sus enseñanzas tendría la nueva institución en los alumnos de los Cuatro Caminos!”)

Mateo Morral había visitado las inmediaciones del lugar donde los niños jugaban justo después del atentado

Al parecer, hubo algún niño herido, y las informaciones llegaron a preocupar al Gobierno Civil, que dio órdenes el mismo día a la policía para que pusiera fin a la práctica y detuviera a los autores (El Heraldo de Madrid. 20-6-1906). La prensa burguesa lamentaba que el juego de los anarquistas, como apareció nombrado en la mayoría de los artículos, viniera a sustituir a los juegos “de toros, justicias y ladrones”, o incluso a las pedreas o las navajas, tan habituales en barrios bajos y del extrarradio.

La información más extensa y descriptiva, que será utilizada después por otros medios, es una carta al director de El Imparcial de Emilio Gil Álvaro, comandante de infantería y Juez militar de instrucción.

La carta relata cómo, al pasar el militar por la barriada de los Cuatro Caminos, le llamó la atención que los “obreros y mujeres”, vecinos, miraban con cierta despreocupación –“lamentándose pasivamente”- como los jóvenes y niños de la barriada jugaban a detonar bombas. Según el comandante de infantería, cuatro o cinco mozalbetes (“alguno tal vez ya de dieciocho años”) dirigían las operaciones, rodeados de un centenar de críos.

La peripecia está narrada en un tono por el que el militar parece darse gran importancia (se ve en cómo persigue a los más mayores, o en cómo examina el elaborado artefacto pese a “no explicar cómo estaba dispuesto para que no sirva de lección a nuevos aprendices”), y se detiene a añadir a su peculiar aventura por el extrarradio madrileño que los chicos, de ocho o diez años, acompañaban las detonaciones con gritos de “¡Viva los anarquistas!” Finalmente, tiene que admitir el prohombre que, pese a desplegar sus mejores ardides para detener a alguno de ellos –habla aquí de un chico con blusa blanca, lo que denota  que hablamos de un trabajador-, tiene que desistir por la falta de ayuda del vecindario. “Como no recibí auxilio de nadie, antes bien se reían las gentes del toreo que resultaba, bajé a los Cuatro Caminos en busca de guardias de cualquier clase”

El método con el cual elaboraban las bombas lo describían en EL País (21-06-1906):

Los golfos cogen una lata de pimientos o de sardinas, colocan en ella la correspondiente mecha, impregnada en cloruro de calcio, según unos, y llena la lata, según otros, de la citada materia. Hacen el fondo de la lata un agujero.

Según las descripciones, la lata podía alcanzar un tercer piso, y solían cubrirlas con arena y guijarros –según otras versiones agua- para provocar una suerte de efecto metralla.

Hasta la prensa que quitó algo de hierro al asunto considerándolo una chiquillada, ponía aquellos días el acento en el golfo, “los ineducados que viven más en la calle que en la escuela” (La Época), e, indirectamente, en el discurso de la degeneración. El propio Gil Álvaro hablaba en su carta de “gérmenes psíquico-infecciosos que un día se convertirán en horribles delitos, al fermento de las pasiones y las necesidades de la edad viril”

Best seller de la época y auténtico tratado de la Mala vida y la golfería como hecho patológico.

El vocablo golfo se había introducido en el castellano recientemente (lo usa por primera vez Pío Baroja en 1897) pero a estas alturas ya se había convertido en el faro que guiaba una ideología estigmatizadora que patologizaba la pobreza y a las clases improductivas.

La Correspondencia Militar (22-06-1906) se sumaba al paradigma de la reclusión, tan propio de los tiempos: “A los locos se les recluye en el manicomio. A los asesinos debe, por precaución, hacérseles una sangría suelta. Y a los nenes que empiezan a jugar a la bomba recluirlos en un asilo, multando convenientemente a sus papás”.

Por su parte, el diario integrista El Siglo Futuro (21-6-1906) aprovechaba para cargar contra liberales, republicanos y anarquistas, con el foco puesto en el reciente atentado de Mateo Morral contra el cortejo de boda de Alfonso XIII y Victoria Eugenia. Para el diario, la permisividad y el alejamiento de la doctrina católica había traído lo mismo aquel suceso que a “esos anarquistas en flor de los Cuatro Caminos”.

Aprovechaba el diario para citar el nombre de José Nakens, seguramente de forma nada casual (como tampoco era aleatorio que se citara a Ferrer Guardia en las distintas informaciones). Ambos, editor de El Motín y pedagogo, estaban apareciendo esos mismos días en los papeles  con motivo del proceso judicial del atentado, dado que los dos estaban encausados por encubridores de Morral. Tampoco la asociación con el barrio de Cuatro Caminos parece casual, ya que, según el propio proceso judicial, tras el atentado el veterano editor se dirigió a la barriada con Mateo Morral en busca de Isidro Ibarra (anarquista en quien pensó para ocultarle), y ambos estuvieron una hora en compañía de un grupo en el merendero de Canuto González, un popular establecimiento de la barriada situado a pocos metros del lugar donde los niños jugaban a anarquistas. El periplo de la huida fue ampliamente publicitado durante aquellos días.

Los juegos infantiles y la lucha por el espacio

Tranvía de la Ciudad Lineal a la altura de 1905 | Foto sacada de http://www.rayosycentellas.net/madrid/?p=2168

¿Dónde ponían los petardos los muchachos que jugaban a los anarquistas de la barriada de los Cuatro Caminos? Algunas informaciones de aquellos días hablan de que los artefactos eran colocados en desmontes, y al paso de carros y tranvías. Cabe pensar que, simplemente, los vehículos podían ser blancos fáciles, desprevenidos. Un elemento más de diversión dentro del juego.

Sin embargo, el contexto espacial tiene cierta importancia a la hora de atender al detalle. La barriada de Cuatro Caminos, extrarradio norte obrero a continuación del Ensanche de Madrid, se articula en torno a la carretera de Francia –actual calle de Bravo Murillo y antigua carretera de Irún, principal entrada norte de mercancías y viajeros hacia la ciudad-. De hecho, pese a que a la altura de 1906 la prensa no diferencia aún ambas zonas, la mentada carta al periódico sitúa los juegos en el lado Oeste de la calle, conocida como barrio de Bellas Vistas (y no de Cuatro Caminos).

«Grupo de “golfos” según ABC en 1905. En el asilo de la calle Galileo

Durante el último tercio del XIX habían comenzado a aparecer las primeras líneas de tranvías para conectar los nuevos barrios creados tras la puesta en marcha del Plan de Ensanche y los núcleos surgidos de la eclosión del extrarradio madrileño. Aparece ahora un elemento nuevo, una frontera interior en las calles, que viene a sumarse en las mismas a los coches de caballos, diligencias, un sistema de ómnibus que nunca terminó de explotar y, sobre todo, a los viandantes. Por otro lado, hasta después de la Primera Guerra Mundial no se terminará de democratizar el uso diario del tranvía, por lo que para las clases populares y obreras de la barriada no resultaba aún una novedad de la que sacar provecho.

La llegada de las máquinas vino a incrementar un conflicto por el espacio que ya se daba con los carros y que el peatón perderá definitivamente con la eclosión del automóvil. Hasta el momento, la vida en la calle, incluso en una tan transitada como la Carretera de Francia, no entendía de espacios segregados y aceras. Allí se concentraba la mayoría del comercio -en gran medida callejero-, y la vida diaria de los vecinos. La prensa daba noticia de numerosos accidentes con carros y diligencias, que no pocas ocasiones fueron el detonante de tumultos, motines y linchamientos. Desde el siglo XVIII se habían ensayado en la ciudad ordenanzas encaminadas a ordenar el tránsito por este motivo. Pero la velocidad de tranvías (y luego de automóviles, agravado porque se entendieron como un símbolo de distinción de clase) vino a acrecentar un conflicto en el que, además, siempre estuvieron los niños en el centro.

La calle Almansa era un antiguo camino vecinal contiguo, precisamente, a unas cocheras de tranvías. La prensa obrera llegará a bautizar al nuevo método de transporte los tranvías mataniños, dado que estos, acostumbrados a jugar libremente en la calle, fueron víctimas frecuentes de las máquinas.

Sólo un año después, en 1907, encontramos ya una nota en El País (22-5-1907)  firmada por un grupo de republicanos radicales, vecinos de Cuatro Caminos, que hacía referencia a los peligros del coche. Pedían al alcalde que obligara a los automóviles a “regular la marcha al pasar por las calles del barrio, para evitar las desgracias que a diario ocurren”. El mismo conflicto estaba presente ya con el automóvil, pues, en un momento en el que apenas había matrículas en la ciudad. Por poner otro ejemplo, sin movernos del lugar donde los críos jugaban a bombas, podemos trasladarnos a julio de 1923. Un hombre fue arrollado frente a la calle Almansa por el coche 19 del tranvía de la Compañía Madrileña de Urbanización, que iba a la Ciudad Lineal. Los viajeros pidieron auxilio y llegaron “varios miles” (La Opinión, 21-07-1923), que intentaron dar la vuelta sin éxito el vehículo para sacar el cuerpo del accidentado. Aunque, finalmente, el hombre resultó estar vivo, nadie hubiera apostado a favor de ello, y la gente congregada intentó prender fuego al tranvía. Tuvieron que intervenir para evitarlo la Guardia Civil, la Policía y guardias de seguridad.

Tal vez deberíamos saber más sobre el juego de la bomba –o de los anarquistas-, para sacar conclusiones firmes sobre su naturaleza, dado los sesgos interesados -por ideología y clase-, de la prensa de diferentes tendencias. Sin embargo, resulta imposible no captar el aroma de simpatía a lo antiautoritario que desprende el relato y, quizá en un segundo nivel de interpretación, lo que de resistencia a un proceso conflictivo de cambio de la calle tiene el caso.

Escrito por Luis de la Cruz

Historiador local, bibliotecario, eterno aprendiz de periodista, admirador de mis amigos activistas... adicto a pasear con mirada política. Autor de Contra el running. Corriendo hasta morir en la ciudad postindustrial. Fundador del periódico local Somos Malasaña.

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