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'Historia de la CNT. Utopía, pragmatismo y revolución', de Julián Vadillo [reseña]

Por Diego Cano, historiador.

Historia de la CNT. Utopía, pragmatismo y revolución. Julián Vadillo Muñoz. Prólogo de Chris Ealham. Editorial Catarata. 2019. España.

El reciente libro de Julián Vadillo Muñoz debe ser festejado porque viene a llenar un hueco en la bibliografía sobre el anarquismo y la CNT con un trabajo sintético que no desmedra el análisis de fuentes directas y la posición política polémica.

Aunque creo que la principal virtud no es la capacidad de síntesis evidente, sino, como señala Chris Ealham en la introducción, la originalidad en debatir prejuicios y los lugares comunes ya casi solidificados en el pensamiento sobre la CNT con una enorme solidez argumentativa.  La CNT fue quizás la organización sindical obrera más poderosa de España donde llego a tener dos millones de afiliados con una influencia únicas para julio de 1936.

El primero  de los debates que enfrenta el autor del libro es el prejuicio de la existencia en España de un movimiento organizado y reformista representado por la UGT y, por otro lado, uno caótico e insurreccional que sería la CNT. El segundo cuestionamiento es el lugar de común que asimila intencionalmente a la CNT con la violencia política. Este, quizás es el más difundido, donde: “la historiografía vino a sobredimensionar aspectos como la violencia finisecular convirtiéndola en la única enseñanza del anarquismo (38)”. La violencia ha tenido una “atención desproporcionada” (como bien señala Ealham en el prólogo) con el claro interés de demonizar la política de la CNT. Con firmeza Vadillo repone en su contexto histórico concreto la política de la CNT,  que como bien señala el autor esta estrategia  “oculta la labor sindical, política y cultural de un movimiento como el anarcosindicalismo que sin el sería imposible entender la historia reciente de España y su movimiento obrero (pág. 19)”. La tercera , y que quizás el libro debería haber merecido más desarrollo, es la influencia y centralidad que la CNT y el anarquismo tuvo durante la guerra civil, relegando las hipótesis que tienden a descalificar el esfuerzo de guerra, por ejemplo cuestionando la unidad de mando, cosa que Vadillo logra demostrar su falsedad.

Todos estos debates implicarían libros enteros de demostración empírica ya que su fortaleza en el imaginario cultural es tan fuerte que este libro solo viene a ser un importante mojón en esa discusión. No es el objetivo del libro demostrar todas y cada una de sus afirmaciones, solo intenta señalarlos en base al análisis que el autor viene realizando en estudio particulares e investigación de fuentes directas de los Congresos de la CNT y las prensa de la organización. Sin embargo, aunque ese esfuerzo sintético sea su principal virtud también es su principal límite, ya que muchos de los debates se quedan en afirmaciones que merecen ser desarrolladas. Por ejemplo, es interesante la diferenciación de las violencias políticas entre la “propaganda por el hecho”  con las acciones de ejecución que hubieran sido realizadas por anarquistas de manera individual. Es evidente la intención de una basta  historiografía en hacer tabla rasa de esas diferencias con el objeto de confundir intencionalmente la propaganda por el hecho con una insurrección o con una bomba con intenciones crueles y efectos colaterales buscados contra la población. Vadillo muestra que la CNT fue la organización más perjudicada en la represión por esas acciones violentas individuales que justificaban la acción  por parte del Estado.

El autor destaca a la CNT  como el sindicato mayoritario en la zona más industrial de España que era Cataluña. La CNT también se caracterizo, justamente al no ser partido político, por su capacidad organizativa democrática y racional que le posibilito tener mayor capacidad de maniobra en la vertiginosa política española de los años treinta.

El libro se desarrolla de forma cronológica  comenzando por los comienzos del movimiento libertario en España a fines del siglo XIX donde el anarquismo se hizo fuerte frente a los otros idearios de organización de la clase obrera, hasta un último capítulo breve sobre la CNT durante la transición democrática. Vadillo señala que la línea clara que marcan los cenetistas es el “antiautoritarismo libertario que se impuso en las sociedades obreras (36)”.

El crecimiento del movimientos anarcosindicalista de la CNT empieza a mostrar su fuerza en el llamamiento a la huelga general de Barcelona de 1902 y la semana trágica de Barcelona donde el movimiento obrero tenía una fuerte raigambre anarquista y Vadillo va demostrando con destreza esa creciente capacidad cenetista. Las cifras de esa huelga general fueron tremendas, casi un centenar de muertos, la represión estatal reaccionaba de manera fuertísima frente a los reclamos del movimiento anarcosindicalista. En este momento es que empezaron a actuar grupos armados civiles como el Somatén. El fracaso de la huelga mostro a los trabajadores la falta de organización para la coordinación de semejante acción y aunque consiguieron aumento salariales y parciales reducciones de jornadas de trabajo la huelga fracasó. La falta de coordinación les mostró al anarquismo la necesidad de “articular un organismo obrero (87)”.

Vadillo tiene la habilidad como historiador de acompañar los Congresos y debates del anarcosindicalismo poniéndolos en el contexto particular de la política, tensiones y conflictos que se desarrollaban en el escenario español explicando así la necesidad que potenciaba cada una de las acciones y decisiones que desarrolló la CNT. La política de la CNT, según el autor, fue: “siguiendo las bases del sindicalismo revolucionario, la CNT apostó por la acción directa, criticando y desechando el sindicalismo de base múltiple, así como por una defensa de la huelga general revolucionaria supeditada al ejercicio previo de concientización y unidad de los trabajadores (111)”.

La CNT nace como tal en 1910 “generando un auténtico terremoto en el movimiento obrero (114)” en paralelo el socialismo cambia de estrategia realizando un pacto con los republicanos alejándose del sindicalismo y por tanto de las posiciones de la CNT. El primer Congreso se realiza en 1911 y con tan solo un año la CNT pasa a estar ilegalizada. En paralelo recrudecen los atentados en los que gobierno responsabiliza al anarquismo y la CNT sufre la represión. La tensión social hizo que el sindicalismo se fortaleciera y en la importante huelga general de 1917 la CNT jugo un papel central en sellar el fin de la Restauración. El hecho emblemático es la huelga de la Canadiense que posibilito la instauración de la jornada de ocho horas lo cual expandió aún más el prestigio y capacidad de organización cenetista.  Esta huelga marcó “la mayoría de edad de la CNT (145)”.

Sin embargo en 1918 comienzan los llamados grupos de acción que se separaron de la CNT y empezaron a actuar en reacción a la creciente represión estatal y parapolicial . En este punto Vadillo intenta separar absolutamente la CNT de los grupos de acción, aunque esta posición puede resultar verosímil en tanto la organización sindical pudo haber no estado enterada de las acciones y no necesariamente haber participado en los diversos actos, el hecho de la  propia clandestinidad debilita el argumento porque los lazos entre la CNT, el anarquismo, y los militantes de los grupos de acción era sólido. Es evidente también que la acción sindical se despego de las acciones violentas. La escalada de violencia se multiplicó por los ataques del Sindicato Libre al anarquismo que respondió con mayor acción en las calles contra los rompe huelgas, y por otro lado, los grupos de acción que atacaron a los cabecillas visibles de esas acciones.

Dado este escenario de conflictividad manifiesta se fue dando “un plano inclinado hacia la dictadura” que finalmente llego en septiembre de 1923. Obviamente la dictadura trajo persecución e ilegalidad para las actividades de la CNT y su prensa. La tensión al interior de la CNT estaba entre quienes querían intentar mantener la legalidad con mayor firmeza y los que querían avanzar en las acciones clandestinas. La posición que se consolido fue la del pacto y colaboración con las fuerzas opositoras y la necesidad de derrocar. En 1927 nace la FAI que surge de la necesidad de agrupar a los diversos grupos anarquistas muchos de ellos exiliados y que con respecto a la CNT siempre fue un numero pequeño de militantes. Vadillo afirma que se creo un mito alrededor de las FAI ya sea para encumbrarla o demonizarla. La ilegalidad no impidió el crecimiento de la CNT durante la dictadura de Primo de Rivera, sino que lo convirtió en el sindicato mayoritario de los trabajadores españoles y fue protagonista de los cambios que se avizoraban. El anarquismo fue uno de los parteros centrales de la llegada de la Segunda República española.

Mucho se ha criticado al anarquismo y la CNT por tener una política activa en contra de la Segunda República. Vadillo muestra con firmeza lo errado y general de semejante afirmación. El apoyo del anarquismo fue firme al principio aunque “no iba a ser un cheque en blanco a la República (192)”, afirma.  

El trabajo del autor con los debates en los Congresos de la CNT es central para entender la real dinámica política de la organización sin dejarse mover por estereotipos. Por ejemplo, rompe con la visión de una CNT controlada por grupos extremistas al nombrar a los más moderados Ángel Pestaña como secretario general y Juan Peiró como director de la prensa Solidaridad Obrera en el Congreso de 1931. Vadillo afirma con contundencia que las FAI no controlaban a la CNT, contra la posición contraria esgrimida por la historiografía en general. En este sentido, Vadillo no señala que autor en particular es representante de estas posiciones y el lector puede intuir contra quien esta debatiendo aunque las referencias hubieran servido para una lectura más fluida.

Quizás el punto de mayor debate es la relación entre la creación de los grupos de defensa confederal  creados por la propia CNT y los grupos acción anarquista durante toda la República. Vadillo afirma con contundencia la independencia entre ambos. Esta relación quedo de manifiesto al comenzar la guerra civil cuando muchas de las personas pertenecientes a los grupos de acción pasaron a depender directamente de los mandos de los jefes del grupos confederales.  La responsabilidad y  poder de mando de Manuel Salgado Moreira o del mismo Cipriano Mera quedó demostrado con la investigación realizada por Carlos García-Alix sobre Felipe Sandoval. El clima de violencia queda explicado por el contexto donde todas las organizaciones políticas lo practican abiertamente, asumir la violencia propia de las organizaciones anarquistas no le quita un ápice a la fortaleza que el propio Vadillo demuestra en la capacidad organizativa e influencia en la clase trabajadora española y la fuerza de sus acciones que la CNT supo demostrar en toda la Segunda República.

El autor deja en claro que en el segundo semestre de 1932 la “la luna de miel” del anarquismo con la República había terminado y se pasaba a una estrategia de enfrentamiento. El punto más alto de esta conflictividad se dio en los sucesos de Casas  Viejas de enero de 1933 con el intento fracasado de insurrección y posterior feroz represión con veintiséis muertes.

Vadillo no lo dice expresamente, pero sugiere que se ha interpretado la posición de Juan García Oliver y el grupo de acción al que pertenecía con su postura de “gimnasia revolucionaria” como si fuera la posición de toda la CNT.  La organización sindical fue mucho más que el grupo Los solidarios, y su fortaleza organizativa y representativa de todos los rincones de España la hicieron tener poder e influencia en la masa de trabajadores, de ahí que esta diferenciación entre las posiciones de la CNT y la de García Oliver haga sentido. Vadillo afirma: “la estrategia que  García Oliver  llamó “gimnasia revolucionaria” había sido un fracaso y contraproducente, pues el resultado fue la debilidad de la CNT. (223)”. Faltaría,  aunque no necesariamente era el objetivo del libro, un análisis más detallado de esta relación para poder entender cabalmente como funcionaba concretamente esta articulación entre el potente órgano sindical y los grupos de acción. La próxima publicación de la biografía de García Oliver seguramente alumbrará este punto.

La llegada del llamado bienio negro de Lerroux-Gil Robles hizo replantear la estrategia a la CNT y la vuelta al pacto entre las fuerzas de izquierda volvió a ser prioridad para la organización sindical, como lo termina de demostrar Vadillo con la culminación explícita de la política de unidad acción con la UGT en el Congreso de Zaragoza de mayo 1936 con el objetivo de no permitir otra dictadura.

Finalmente, Vadillo resalta la capacidad de la CNT para realizar la organización del esfuerzo revolucionario que cayo en gran parte en sus manos durante la guerra civil. Señala también la rivalización con el PCE por la influencia sobre la “masa social”  obrera, por puestos en el Gobierno, Ejercito e instituciones y destaca “la CNT no ejerció la violencia en mayor medida que otras organizaciones del Frente Popular durante la Guerra Civil (244)”. Aquí también, aunque se pueda coincidir con la afirmación de acuerdo a los últimos estudios existentes, cabría un desarrollo más amplio que lo demuestre. El seguimiento de la prensa cenetista, por parte del autor, le permite afirmar que desde septiembre de 1936 la CNT pide el mando único y una organización militar disciplinaria, pero que no fuera como la del Quinto Regimiento comunista. Un mito más que desmonta Vadillo: la CNT estuvo de acuerdo con la militarización.

El libro de Julián Vadillo termina demostrando su hipótesis central: la CNT fue una organización sindical caracterizada por el pragmatismo en el análisis con los pies sobre la tierra y no con ideales sin sentido que definieran su política brindándole, así, mayor capacidad de influencia y poder en la España de los años veinte y treinta.

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