Opinión

Fuimos negros con ojos azules

Hace unos 7000/5000 años aproximadamente, la Península Ibérica estaba poblada de personas negras con la peculiaridad de tener mayoritariamente los ojos azulados.

La Península había sido el último reducto del Homo Neandertal, el cual ante la llegada de los primeros Sapiens a Europa, acabó diluyéndose con ellos, que no extinguiéndose. Las poblaciones actuales europeas tenemos aún un porcentaje de ADN de nuestros antepasados neandertales e incluso de otras especies humanas con las que los Sapiens se cruzaron. En el Pleistoceno había más de una humanidad, o sencillamente una y muy diversa en cuanto a genética.

Hace 40.000 años los Sapiens se asentaron en Europa en el contexto de su expansión por Eurafrasia. Eran grupos nómadas, dedicados a la recolección y la caza. De piel negra y alta estatura se comenta, alrededor de los 180 centímetros. Las evidencias sobre ellos no presentan pruebas concluyentes de jerarquías o privilegios sociales, más bien lo contrario. Hace unos 20.000 años la última glaciación se acentuó, obligando a la población de Sapiens europeos a resguardarse en las penínsulas Ibérica, Italiana y de los Balcanes.

Hace unos 10.000 años la glaciación de Würm empezó a remitir y se inició el actual periodo Interglacial, caracterizado por el calentamiento natural del planeta, aspecto que desde la industrialización estamos acelerando por nuestra acción antrópica.

También la población que se había refugiado durante el último pico glacial en Iberia empezó a presentar una mutación que cambió su aspecto físico. Seguían siendo personas de piel oscura, bien adaptadas a un medio no siempre benévolo durante las glaciaciones, pero empezaban a destacar por tener los ojos de color azul, seguramente derivado de los cambios ambientales y una diversificación de su dieta. Dicha mutación se expandió rápidamente por toda Europa Occidental. Eramos por entonces aún cazadores y recolectores, especialmente esto último. Los cambios climáticos nos condujeron a ser menos nómadas y, aunque no se abandonó el estilo de vida paleolítico, en Europa ya se coqueteaba con la agricultura. Estamos, en cierta manera, viviendo en el llamado Mesolítico, el periodo de transición entre la vida nómada y la sedentaria.

El Neolítico aparece en la Península Ibérica de la mano de pueblos agricultores de Anatolia, quienes fueron poblando durante miles de años años Europa, especialmente su cuenca mediterránea. Seguramente en su caso, como dato anecdótico, eran de tez blanca.

A día de hoy, para una persona media nacida en la Península Ibérica, si pensamos en su ADN más antiguo, tiene aproximadamente un 20% de aquellos negros de ojos azules y un 50% aproximado de los primeros agricultores que trajeron el Neolítico a Europa hace unos 7000 y 5000 años. No hay evidencias palpables que el contacto de estas dos culturas fuese especialmente hostil, coexistiendo ambas y predominando la de tipo agrícola en zonas más óptimas como la cuenca marítima, mientras que en el centro y norte de Europa predominaron las formas de vida más paleolíticas.

El cambio en el estilo de vida introducido por la domesticación de animales y plantas provocó cambios importantes en la cultura y hasta naturaleza de nuestra especie. El igualitarismo de antaño siguió estando presente, hasta entonces los antiguos grupos nómadas, compuestos por 20 ó 30 personas, pasaron a ser concentraciones en poblados que fácilmente podían albergar centenares o miles de habitantes. La natalidad aumentó drásticamente, ya que la vida agrícola y ganadera posibilitaba tener más recursos, así como obtenerlos de forma periódica y planificada. Sin embargo, la diversidad alimentaria se empobreció.

En la domesticación de plantas, por ejemplo, se optaron por criterios como obtener alimentos más sabrosos, que no desde el punto de vista nutritivo, que seguramente desconocían o ignoraban. Igualmente, la variedad de alimentos, ligada a unos pocos cultivos o productos animales, se empequeñeció. Esto explica que la altura de aquellos antepasados se redujese, hasta los 160 cm aproximadamente de media. También explica que la esperanza de vida se redujese drásticamente: periodos de malas cosechas, aparición de nuevas enfermedades, a menudo originadas por antiguas mutaciones beneficiosas para la vida nómada (obesidad, diabetes, etc), o la proliferación de epidemias provocadas por la mayor concentración humana, que a su vez vivía en contacto directo con animales, con el consiguiente traspaso entre especies de virus y otros patógenos, explicaría en parte esta drástica reducción de la esperanza de vida, de unos 20 años, en refernecia a esas culturas nómadas en donde, una vez superada la niñez, se podía vivir hasta los 60 con cierta facilidad.

Si pensamos fríamente, en la península hace unos 5.000 años la vida tampoco era un edén, existían dificultades y retos para sobrevivir, pero las sociedades, tanto sedentarias cómo nómadas, coexistían y vivían, sus respectivas poblaciones, en una cierta igualdad. Seguramente ayudaría que tanto unas como las otras, si pensamos en teorías al respecto como las ya veteranas (pero aún muy actuales) de Marija Gimbutas, tenían un sistema de creencias similar. Desde el Paleolítico, desde Europa a Oriente Próximo, las evidencias arqueológicas muestran que exisitó un culto a la feminidad, que representaba la vida y la muerte, la regeneración, el principio y el fin, en síntesis, un complejo sistema de creencias que daban sentido y justificarían el mundo que les rodeaba. Y muchas de las evidencias arqueológicas nos indican que la vida era bastante igualitaria y comunal. Los primeros pueblos agricultores mantuvieron este sistema de creencias, así que en muchos sentidos, pese a las formas de vida diferenciadas, tenían puntos en común en aspectos culturales con los pueblos nómadas, no en vano ellos también tenían raíces en ese tipo de culturas.

El choque cultural, social y político no tardaría demasiado tiempo en llegar. Hace unos 4500 años llegaron nuevos pobladores a la Península Ibérica, los Yamnayas, un pueblo estepario de tipo Indoeuropeo. Los Indoeuropeos, al igual que pueblos considerados semitas, fueron mayoritariamente culturas que mantuvieron su forma de vida nómada, pero habían domesticado animales. Eran, por así decirlo, pueblos nómadas de tipo ganadero. En ambos casos sus sistemas de creencias eran diferentes a la de los pueblos “matriarcales” que poblaban por entonces Europa. Normalmente entre sus dioses la figura suprema era masculina, presentaban fuertes jerarquías sociales y destacaban por ser patriarcales. A los guerreros indoeuropeos, normalmente hombres, se les enterraba en unos túmulos conocidos como Kurganes.

La investigadora Marija Gimbutas hace más o menos medio siglo ya planteó que esa cultura cambió drásticamente la forma de vida en el continente. Los más recientes estudios genéticos parece que le dan la razón. Destacados son los referidos a Iberia, en donde el genóma antiguo existente, únicamente en el caso masculino, desapareció casi en su totalidad en apenas 400 años a partir de la aparición de los Yamnayas, quedando el ADN originario del Paleolítco como mero reducto en las poblaciones actuales (prácticamente insignificante). Los estudios indican que fue eliminado por el ADN masculino indoeuropeo. Los Yamnayas trajeron consigo el exterminio genético del hombre negro con ojos azules, ellos trajeron consigo el tono de piel blanca hoy predominante y la tolerancia a la lactosa, mutación que se había producido por su contexto social ganadero.

¿Qué pasó para extinguirse el linaje masculino existente? La respuesta obvia fue que los invasores tuvieron un acceso preferente a las mujeres. Si pensamos históricamente, por ejemplo en invasiones de pueblos herederos de las culturas nómadas indoeuropeas o semitas, se nos pueden ocurrir multitud de opciones. Quizá fue algo similar a la conquista de América, en donde se entraba en poblados a ver a cuantos hombres se mataba y a cuantas mujeres se violaba, y posteriormente ejercer un acceso preferente sobre ellas. Otra opción sería la de algunos pueblos semitas o indoeuropeos que en terreno capturado esclavizaban a la población, y en algunos casos se castraba a los hombres. En el fondo poco importa, no tenemos fuentes escritas que nos lo expliquen. Pero pueden hacer volar la imaginación. Pocas opciones se me ocurren que expliquen lo sucedido de forma benévola, más si pensamos que eran guerreros, jerarquizados y machistas.

Durante los siglos posteriores la Historia de Europa ha estado marcado por las constantes entradas de poblaciones desde la estepa euroasiática. Pueblos que en su mayoría seguían siendo indoeuropeos (hay excepciones como los Hunos o los Mongoles), patriarcales y jerárquicos. En el caso de la Península Ibérica, por contra, también históricamente ha sido destacada la presencia de pueblos semitas, a la par que indopeuropeos.

En los estertores de la Prehistoria peninsular y primeros coletazos de la Historia, por la península habían puesto sus asentamientos pueblos indoeuropeos como los Celtas desde el norte, conviviendo y mezclándose con lo que quedaba de las viejas poblaciones ibéricas tras el paso de los Yamnayas, o quizá otros migrantes como los denominados pueblos del mar sobre el 1200 AEC, un periodo de caos generalizado tras la caída de los Hititas en Anatolia y su dominio del Hierro. También indoeuropeos como los griegos, mediante sus asentamientos mediterráneos, pusieron pie en la península, con algunas colonias que vivían del comercio con los pueblos ibéricos que se encontraron. También pueblos semitas como los fenicios y posteriormente los púnicos, si es que no los consideramos a ambos pueblos directamente fenicios, pasaron por estas tierras. La mayor parte de los alfabetos que conocemos en occidente, parte norte de África u Oriente Próximo, fueron inspirados por el alfabeto fenicio. Y finalmente llegaron los romanos, que no dejaban de ser los descendientes de una antigua invasión indoeuropea, la de los itálicos, y que destacaban por ser patriarcales, jerárquicos y violentos.

De los romanos hemos heredado infinidad de aspectos sociales y culturales, por ejemplo las lenguas actuales habladas en la Península Ibérica, todas ellas a excepción del Vasco (es Prehistórica), son descendientes del latín. Y éste se impuso, algo que no consiguieron los Yamnayas con su lengua, a los idiomas presentes en el territorio conquistado. Al ser el latín una lengua de poder, su uso y dominio, por las buenas o por las malas, se impuso a lo largo del Imperio. Y es una característica histórica propia de imperios, pensemos en ese sentido idiomático en los antiguos imperios hispano, portugués, francés, británico, o la preminencia actualmente del inglés y la cultura norteamericana.

Mucha gente sabe que el Imperio Romano se derrumbó por las llamadas invasiones bárbaras, pero no fue únicamente por ello. Epidemias devastadoras que se producían de vez en cuando, corrupción, gobernantes incompetentes, desequilibrados y a menudo sádicos, desigualdades sociales, hambrunas periódicas, crisis económicas, junto a las invasiones de esos pueblos bárbaros, acabaron con el Imperio Romano, al menos en Occidente, en la parte Oriental, la mitad del Antiguo Imperio Romano seguirá viva hasta 1453, cuando caerá ante la expansión del que será conocido como Imperio Otomano.

En Iberia quienes se acabaron imponiendo al colapso del imperio fueron los llamados Godos. Originarios entre Escandinavia y la actual Alemania (no se sabe su origen exacto), empezaron por dar brega a los romanos en sus fronteras para acabar siendo un pueblo “tope” o freno a otras invasiones, ya que se les adjudicaron tierras en los territorios fronterizos, llegando así a acuerdos con los romanos. Ante el desmoronamiento del gobierno de Roma, se asentaron y dominaron territorialmente la actual Península Ibérica y territorios hoy franceses, ya que por entonces estaban intentando expulsar a otros pueblos nómadas dados al pillaje, las violaciones y a lo que se presentase.

Ya con el poder más estable, los godos se consideraban como continuadores del Imperio Romano y la identidad religiosa era la que regía sus vidas, sirviéndoles para justificar dicha continuidad. La Iglesia ante la caída de Roma, no tuvo reparos en sostener y justificar a esos reyes de origen godo.

El cristianismo es una religión de origen semita pero que se expandió por todas las fronteras imperiales y más allá. Como otras religiones semitas o indoeuropeas es patriarcal: la máxima figura es masculina, las mujeres son analizadas como portadoras del mal, el rol de las mismas es secundario, etc. Al principio fue perseguido por el Imperio Romano, pero paulatinamente fue aceptado hasta que fue declarado la religión oficial. En la Iglesia estaba la continuidad moral del antiguo y nuevo poder de la Europa Occidental del siglo V.

Poca tranquilidad tuvieron los habitantes peninsulares durante esos siglos godos. Guerras civiles, intrigas palaciegas, enfermedades, miseria, pobreza, el poder de la Iglesia que sumía al pueblo en la ignorancia, conquistas efímeras de territorios peninsulares por el Imperio Romano de Oriente, entre un largo etcétera de sucesos, me hacen recomendable no listar los reyes godos y no indagar demasiado en esa época. Dudo que la vida promedia fuese muy feliz.

En el siglo VIII la entrada musulmana en la península replegó a los gobiernos cristianos a las zonas del norte, mientras que el territorio musulmán abarcaba más de dos tercios de la península. Hasta 1492 el mundo cristiano y musulmán vivieron realidades cambiantes y recurrentemente en conflicto, pero la tendencia general fue la del paulatino incremento de los territorios cristianos hasta la caída del reino nazarí de Granada en 1492. Mismo año que unos barcos con personas de cultura indoeuropea y cristiana llegaron a América, sí, Colón y los suyos financiados por la misma Castilla que había conquistado Granada, y que a su vez estaba enlazada matrimonialmente con la corona de Aragón.

Ya entrados en la Edad Moderna, si es que se puede considerar moderno un periodo de caza de brujas, colonialismo, inicios del capitalismo actual, centralización de los estados, dogmatismos religiosos, continuidad de epidemias y endémicas guerras, fuimos gobernados en gran parte de la Península por la dinastía de los Habsburgo o Austrias, germánicos dados a la endogamia y a las taras genéticas, heredadas de generaciones de cruces sexuales entre primos o sobrinas y tíos. Y, si pensamos más ampliamente en el contexto de las casas reales, entre ellas mismas.

Los Austrias aguantaron en la Monarquía Hispánica hasta la muerte de Carlos II, “el Hechizado”, que vivió aquejado de infinidad de males y murió sin descendencia. Por cuestiones endogámicas anteriormente citadas, a la muerte de Carlos en 1700, la dinastía de los Borbones, que controlaba Francia, reclamó sus derechos dinásticos, entrando en guerra contra los Austrias. Después de años de guerra, Felipe V fue proclamado primer rey borbón de la monarquía hispánica. Los Borbones aún hoy en día son los jefes del estado en España. A la Historia han aportado guerras, muchas derrotas, corrupción, en algunos casos adicción a ver sangre (no es broma, de ahí su gusto por las guerras o la caza), y en la mayoría de dicha estirpe, adicción al sexo, la fiesta y el desmadre. Cualquier Borbón es un bribón, y no creo que se ofendan por ello. Juan Carlos I “el emiratí”, destacó por poner varias veces dicho nombre a embarcaciones suyas. De casta le viene al galgo.

En el siglo XIX e inicios del XX parecía que la tendencia histórica de incremento o cuanto menos pervivencia de las desigualdades se ponía en duda, y se empezó a luchar en contra de ello. No fue la primera revuelta social masiva en la Historia, es algo que siempre ha estado ahí, pero en esos siglos los proyectos socialistas y obreristas presentaban alternativas consistentes al sistema vigente, si los comparábamos, por ejemplo, con las revueltas campesinas de unos pocos siglos e incluso decenios atrás.

Fue un periodo complejo, las identidades modernas como la ligada a la religión fue aún muy importante en Occidente, mientras que las identidades nacionales ligadas al incipiente liberalismo se fueron implantando. De hecho, la identidad del Antiguo Régimen, especialmente palpable ya en el siglo XX, se integró dentro de los discuros nacionalistas y las políticas liberales, siendo a menudo su vertiente más conservadora y madre de movimientos como el Fascismo. Pese a ello, las clases más humildes y desheredadas empezaron a plantear, especialmente en la segunda mitad del siglo XIX, proyectos que representaban, por así decirlo, una enmienda a la totalidad de los sistemas que hasta entonces existían, ya fuesen más liberales o más cercanos al absolutismo. Planteaban la construcción de una sociedad nueva, sin los errores del pasado. Libre, justa e igualitaria. Es algo que envidio de aquella época.

A inicios del siglo XX triunfó en Rusia un alzamiento obrero. Quienes se hicieron con el control fueron los marxistas de tipo bolchevique y lamentablemente, si lo pensamos históricamente, el aviso de Bakunin a Marx tenía mucho sentido: el poder corrompe. Y mientras dominaban al estado, éste, por sus caracerísticas o por la naturaleza por la que fue ideado, acabó por corromperlos. Quizá sea una visión simplista, a buen seguro lo es, pero el hecho es que el proyecto soviético u otros similares por ser de raíz marxista, como China, Cuba o Corea del Norte, han fracasado en su objetivo, precisamente marxista, de conseguir una sociedad igualitaria y libre.

Allí donde el marxismo puso sus pies, fracasó. Por el camino, al ofrecer proyectos tangibles, barrió del escenario a quien hasta entonces había sido el movimiento de tipo socialista más popular, como fue el anarquismo. Prácticamente desaparecido de la Historia del siglo XX, a excepción del papel del anarcosindicalismo en la Guerra Civil Española (una derrota revolucionaria), o en los años de dispersión de la centralidad obrera en favor de otras luchas (feminismo, LGTB+, ecologismo, etc), durante los ’60 y ’70 del siglo XX. Aunque existió un “último asalto proletario” a finales de los ’70, la cáida de la URSS en 1989 provocó la base de los tiempos que ahora vivimos de predominio capitalista.

Revolución tecnológica de por medio, vivimos en un mundo en donde el Capitalismo es el sistema hegemónico, incluso en territorios supuestamente marxistas como es China. Las epidemias, las guerras y la hambruna, a nivel global, son una constante que aún se padece en el mundo, tal cual empezó a suceder por Iberia hace unos 4500 años. El nacionalismo es la identidad primaria en la mayor parte del mundo. En Iberia también. En Occidente llevan siglos cultivándolo, mientras que los proyectos marxistas, todos ellos, a día de hoy e históricamente, tienen más de nacionales que de proletarios, ya que desde hace décadas han invertido en fomentar el mundo de los estados-nación.

Desde hace meses vivimos en medio de una pandemia que ha traído de nuevo una de las recurrentes crisis económicas capitalistas. La mayor parte de la población, aún con trabajo e ingresos, teme por su futuro, tiene serias dificultades para llegar a fin de mes, la misería se expande, las injusticias sociales, también. Y entre tanto nos estamos cargando el planeta.

Hay días que me levanto pensando que me gustaría mirarme al espejo y tener ojos azules y la piel negra. Si tuviese que escoger una época de toda la Historia y Prehistoria de la humanidad que ha vivido en estas tierras, me quedo con esa. Aquella en que grupos humanos recolectores y que aún no conocían a los Yamnayas o similares, eran soberanos, decidían posiblemente entre iguales, no tenían demasiados problemas de salud, recolectaban y cazaban en un medio natural en donde vivían en equilibrio, en fin, quizá no un edén, pero casi que lo prefiero a la realidad de nuestro presente.

Miro a mi alrededor y veo a personas que se llenan de ira por el color de una bandera, en el fondo un trozo de trapo, pero aún está reciente y vivo el tema nacionalista entre Catalunya y España. Pienso que se pelean por una invención nacida hace apenas 150 ó 200 años, de un discurso fruto de la implantación del liberalismo en su guerra contra el Antiguo Régimen, y que esas identidades no aportan nada útil al conjunto de la Humanidad.

Veo como se gestionan crisis como las del COVID-19, a nivel global, y veo mucho nacionalismo y capitalismo. Las raíces de la epidemia y su extensión es hija de nuestro sistema: deforestación, explotación animal generalizada, sistema económico globalizado, concentración de la población en ciudades muchas veces insalubres, contaminación, demografía excesiva para los recursos existentes y coexistencia con otras especies, entre un largo etcétera de factores inherentes a nuestro sistema, aglutinándose todo alrededor de un capitalismo que campa a sus anchas en un contexto de estados-nación omnipresentes, explican la realidad en donde vivimos. Y en este sistema no prima el beneficio social, ni tampoco el ecológico, ni tan siquiera tiene una ética definida, al capitalismo lo mueve el mero beneficio económico. Y no deja de ser, en el fondo, esa búsqueda del beneficio económico el mismo espíritu de conquista y exterminio del adversario que, en su momento, debieron demostrar aquellos primeros pueblos nómadas indoeuropeos, quienes trastocaron Europa hace miles de años.

Las únicas voces discordantes con la gestión de la pandemia y con presencia visible en las calles en estas tierras han sido hasta el momento conspiranoicos, mientras se sigue hablando del Borbón, de la suspensión de las fiestas de un pueblo, de Torra y Puigdemont, del FAQS de TV3, de Cayetana Álvarez de Toledo, de cribados masivos de PCR en barrios eminentemente pobres, la mansión del Coletas, o de las brabuconadas racistas o machistas de Vox.

¿Hasta cuando vamos a permitir que la cultura patriarcal, el capitalismo, el odio al diferente, los patriotismos o la religión nos domine? ¿No habrá llegado el momento de mirar atrás para plantear otro futuro? ¿Qué pasado te inspira?

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