Fuente original: Jorge Matías en Medium (20/08/2016)

No es ningún secreto a estas alturas para quienes me leen. Me crié en un barrio marginal, y en él viví la mayor parte de mi vida. Los del barrio nunca tuvimos en la boca la palabra “clasismo”, pero sabíamos que existía esa diferencia entre ellos y nosotros. Esas diferencias eran o son asimiladas y asumidas casi como algo inamovible. Pero dudo mucho que cualquiera de nosotros, en el fondo, no quisiera salir del barrio. Soy uno de los que lo han hecho.

De niño, vi muchas cosas que no son habituales. Apuñalamientos a cuchillo jamonero, persecuciones policiales, palizas, incendios provocados, tiroteos entre clanes de narcotraficantes. Regueros de sangre desde el cuarto piso hasta el portal y la ambulancia del aparcamiento por una trifulca familiar en nochevieja. Fusiles Kalashnikov en la casa de un camello. Chavales inyectándose heroína a oscuras en mi portal. Yonquis vendiendo material choriceado.

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En fin, es difícil. Nunca podré quitarme todo eso de encima. Forma parte de mí, como mi pene o mi brazo, y periódicamente asalta mi cabeza. Aunque con el tiempo, y como en toda la sociedad, la violencia y la inseguridad han descendido, allí se sigue viviendo peor y más inseguro que en Malasaña o Chueca.

De un tiempo a esta parte, generalmente en RRSS, aunque también en manifestaciones y movimientos sociales, la palabra “clasismo” se ha hecho habitual. En ninguno de esos lugares suelo ver a quienes son realmente víctimas de ese clasismo que se pretende denunciar especialmente después de la publicación del archifamoso Chavs de Owen Jones, quien actualmente ha decidido apoyar al partido que precisamente más está contradiciendo su discurso en el libro. Es más, el auge de la nueva política no ha hecho más que empujar hacia arriba el desprecio de clase, a pesar de todo. El discurso ficticio de la crisis, ese que nos dice que las clases medias son quienes han soportado lo peor de esta inacabable tortura económica, es el que reina, y rara es la semana o el día en el que un periódico afín a la nueva izquierda no nos obsequia con el triste relato de una persona con estudios superiores que tuvo que emigrar a Alemania con el triste propósito de cobrar más dinero y tener un trabajo decente y un futuro prometedor. Así, los que más palos hemos recibido, en el fondo, no existimos para los medios. Es más, renacen de sus cenizas viejos prejuicios como el del PER de los jornaleros, o el albañil que enseña la raja del culo y cobra más que un licenciado cuando debería estar comiendo mierda a cucharadas. Que hubiera estudiao.

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En los discursos de los partidos políticos de nuevo cuño, no existimos. Soy consciente de la risita que les causa mi afirmación a muchos cuando digo que el Partido Popular ha sabido canalizar todo esto, conscientemente o no. También soy consciente de que en mi barrio, en el que me crié, es la derecha quien arrasa en las urnas, y lo que es peor, lo encuentro perfectamente normal y comprensible.

Cuando era un chaval, fui a la proyección de un documental sobre racismo y a su posterior charla en la Casa de la Juventud de Alcalá de Henares. Los recuerdos que tengo de aquello no son muy esperanzadores, la verdad.

Al finalizar el documental, nos sentamos en círculo. Allí había filósofos jipis, sesudos politólogos, extraños artistas y mucho rollo bohemio moderno. Una de las asistentes trabajaba en alguna historia de integración en barrios pobres y nos dijo que teníamos que acercarnos a los gitanos, que no muerden. Es más, repitió docenas de veces que ella se dedicaba a ayudar a esa gente. Lo repitió hasta que prácticamente era la única persona que hablaba. No tardé en darme cuenta de que yo ya sabía que los gitanos no muerden y de que yo era el único de los allí presentes que vivía con ellos. Todos los días, a todas horas, fui al colegio con ellos, jugué con ellos de niño, les veía a diario. ¿De qué coño me estaba hablando esta tía?

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Creo que ese fue el primer día en el que me di cuenta de que hay un abismo entre toda esta izquierda buenista y moderna y los que son como yo. Las veces que intenté hablar fui interrumpido por sesudas diatribas en las que hasta se citó a Maquiavelo. El único que vivía en un barrio marginal, el único que se crió en un barrio de gitanos, apenas pudo hablar. Por supuesto, sé que si hoy me viera en las mismas circunstancias, hablaría y me terminarían expulsando de la sala, pero ese es otro tema.

¿Es esta izquierda que trata a los pobres como a indígenas del Amazonas la izquierda que queremos? Esta es la clase de gente que acude a países pobres a decirles que lo suyo está bien, les dan limosna y se vuelven impregnados de exóticas culturas y no menos exóticas conciencias. El respeto a una cultura pasa, en estos casos, por limitar su acceso a la mefistofélica medicina occidental, pues su sabiduría milenaria, esa que te lleva a los 40 a la tumba, es respetable.

Con los años y esta…¿moda? de acusar de clasismo a otros, se establece también ese discurso según el cual el indígena o la choni y el cani, deben salir de sus miserias por sí mismos y cualquier ayuda externa real es una intromisión clasista en sus vidas proporcionada por la burguesía que realmente no les comprende. Aunque esto suele ser así muchas veces, como en el caso de la paternalista asistente social que mencioné más arriba, lo cierto es que por sí mismos barrios como el mío no van a ir a ningún sitio.
Por alguna extraña razón que no alcanzo a comprender, vivir en la misma ciudad y bajo el mismo ayuntamiento que el barrio gentrificado de turno lleva a que estos sean tenidos en cuenta y lo tengan todo más o menos resuelto, y a que tú, pobre habitante del extrarradio rodeado de drogatas, tengas que encabezar tu propia revolución sin ayuda de nadie. Por eso estamos practicamente excluídos del discurso neopolítico. No es cómodo admitir que junto a tu existencia de clase media, justo al otro lado, pared con pared, sobrevive la chusma como buenamente puede. Realmente no hay ninguna diferencia sustancial entre quien acusa de clasismo a alguien que dice que en esos barrios falta educación y quienes matan a la milana bonita de Azarías.

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Pero quizá lo que más me irrita de todo esto, es esa suposición de que los barriobajeros, muchos de nosotros sin estudios, somos idiotas. Cuando alguien acusa a otro de serlo por carecer de estudios, está cayendo en una falacia lógica. Pero muchas veces quien pretende defender a la persona sin estudios está cayendo exactamente en lo mismo pero bajo un repugnante paternalismo. Porque demasiadas veces veo ahí un mucho suponer, en uno y otro, y es suponer que, en el fondo, carecemos de capacidad para entender el mundo que nos rodea, así que no intentes enseñarnos nada, dará exactamente igual.

Soy consciente de que para arreglar muchos barrios como el barrio en el que me crié, hace falta ayuda. Lo que se hace muchas veces acusando a otro de clasismo es exactamente igual que mirar hacia otro lado, aunque bajo una pátina de asquerosidad políticamente correcta, de limosna de misa de domingo, de dejarte morir en un mortuorio de las Hermanas de la Caridad, de Cáritas.

Hace tiempo fui acusado de clasista por escribir un post sobre chonis y canis en el que llamaba chonis y canis a chonis y canis. Parece ser que no podía utilizar esos términos alguien como yo, que no es choni o cani, y eso es clasismo. Esta especie de classplaining es muy frecuente. Es exactamente lo mismo que hacía aquella asistenta social: ignorar que yo soy más como ellos que como tú. Que soy uno de ellos, y tus lecciones de moral políticamente correcta supuran, ellas sí, un clasismo repugnante, de misa y banco de alimentos, de “son pobres pero buena gente”. Te voy a decir una cosa: la pobreza no te hace mejor persona. Es más, es probable que te haga mucho peor persona. Esto es así, y es lo que he vivido. No me des lecciones, monja de los huevos.

Escrito por Redacción y Colaboraciones

Artículo firmado como Redacción, resultado de una colaboración puntual recibida o copiado de otro blog (citando procedencia).

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