Los sucesos de Chicago y la lucha en pro de las 8 horas.

La lucha en pro de una jornada laboral de 8 horas tiene varios precedentes históricos inmediatos e incluso, si seguimos las tesis de Maurice Dommanget (DOMMANGET, Maurice. Historia del Primero de Mayo, París, Ediciones Solidaridad Obrera, 1956.), podríamos elucubrar con posibles antecedentes de una jornada en pro de 8 horas de trabajo diario en figuras como Tomás Moro o el rey Felipe II y sus edictos que limitaban las jornadas laborales a 8 horas en sectores como la minería. Ya en el siglo XIX esta reivindicación se popularizaría gracias a diferentes socialismos y movimientos sindicales. Por ejemplo, en la figura del socialista Robert Owen ya encontramos propuestas en este sentido, al igual que en décadas posteriores se propondrá una reducción de la jornada laboral por parte de la Primera Internacional o en las campañas de diferentes sindicatos occidentales.

La disminución de la jornada laboral sin reducción de salario era una de las causas que podía hacer luchar a una población obrera esclavizada por la lógica de los salarios de hambre. Si tenemos en cuenta que una persona asalariada podía llegar a trabajar entre 12 y 16 horas diarias por un salario de miseria, nos damos cuenta que, en muchos casos, el día a día de esa población era poco más que trabajar y embrutecerse mental y físicamente en su puesto de trabajo. Y lo peor era que más de un/a podía hacerlo con el estómago vacío.

La lucha por las 8 horas, más allá del mero reformismo social que representaba, era una esperanza para poder disfrutar de una vida algo más digna, dando la posibilidad al trabajador industrial, de taller o de campo de tener 2 tercios del día a su disposición, ya fuese para formarse intelectualmente, descansar o poder tener algo de ocio. Frente a una realidad extendida de una vida basada en la explotación laboral extrema desde la más tierna infancia hasta el agotamiento físico y consecuente muerte del individuo, la cual, tranquilamente, podía llegar antes de cumplir los 40 años, la lucha en pro de las 8 horas adquiría entonces toda su lógica e importancia.

En Estados Unidos, pese a diferentes leyes que establecían la jornada de 8 horas (por ejemplo la ley Federal de 1868), éstas, normalmente, si es que se aplicaban, no pasaban más allá del mero funcionariado del estado o directamente su aplicación no era vigilada por parte de los poderes establecidos. El trabajador medio, a partir de ésta y otras leyes entendía que mediante la presión a los poderes del estado liberal poca cosa podía hacer para lograr esa u otra reivindicación. De hecho, por experiencias propias, el trabajador norteamericano, al igual que en otros estados, creía que si quería mejorar sus condiciones materiales debía de presionar, más que a la casta política, a las élites empresariales. De hecho, antes de los prolegómenos de la campaña internacional en pro de las 8 horas, ya se habían conseguido en Estados Unidos ciertos éxitos en este sentido en algunos talleres de Nueva York, Massachusetts y en algunas otras ciudades, al igual que en campañas que se arrastraban desde la década de los ‘70 por parte de la organización de los Knights of Labor.

La campaña por las 8 horas se puede considerar que nació gracias a la iniciativa del sindicalismo reformista americano de la American Federation of Labor (A.F.L). En el IV Congreso de 1884 se acordó organizar para el 1º de mayo de 1886 una jornada de lucha con el objetivo de conseguir dicha reivindicación mediante la huelga de carácter general. Dejaron, sin embargo, un margen de maniobra y organización amplio (unos 2 años) que podría haber comportado el olvido, pero con el paso del tiempo y la proximidad de la fecha diferentes organizaciones se fueron sumando a esta campaña. El anarquismo de Chicago, uno de los epicentros de este ideario en América, fue un ejemplo de lo anteriormente comentado; en un inicio no mostró demasiado interés por la propuesta de campaña, pero conforme se acercaba la fecha señalada, se fue implicando en dicha contienda.

En abril de 1886 las huelgas se empezaron a propagar por diferentes ciudades estadounidenses, así como los primeros conflictos con la patronal, tales como Lock-outs (cierres patronales), utilización de esquiroles en los centros en huelga (en Estados Unidos conocidos como scabs) o enfrentamientos entre proletariado en lucha y partidas de la porra (la Agencia Pinkerton destacó en este tipo de operaciones). La tensión social en algunas zonas estadounidenses fue alta y el 1º de mayo la huelga general en ciudades como Chicago fue efectiva.

Chicago albergaba una comunidad anarquista bastante amplia y muchos de ellos eran obreros y obreras migrantes de diferentes zonas germánicas. En dicha ciudad el anarquismo era el movimiento socialista más numeroso e importante, y a esta lucha en pro de las 8 horas le imprimieron una significación de enfrentamiento directo contra las clases dominantes.

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Fábrica de la McCormick’s Reaper Works [1890]

Al igual que en otras ciudades como Nueva York, Baltimore, Pittsburg, Washington, Saint Louis o Boston, en Chicago se consiguió la jornada de 8 horas en varios gremios como los carpinteros, los embaladores, los tipógrafos o los mecánicos, así como una reducción de la jornada a 10 horas con aumento de salario para los carniceros, panaderos y cerveceros. De hecho, antes del mismo inicio del 1º de mayo y el mes consiguiente, cientos de miles de trabajadores lograron la reducción de la jornada laboral sin pérdida de salario. Sin embargo no en todos los sitios la jornada fue exitosa, en Milwaukee, en el contexto de la huelga, se produjeron los sucesos de la Bay View Massacre el 5 de mayo, en donde se disparó y asesinó a 7 huelguistas. En el caso de Chicago, el 3 de mayo, los sucesos anunciaron el dramatismo de Milwaukee, puesto que unos millares de trabajadores fueron reprimidos cuando se dirigieron a la fábrica McCormick, la cual hacía uso de mano de obra de esquiroles para evitar el paro. Ante dicha situación los agentes de la Agencia Pinkerton y fuerzas policiales dispersaron a balazos a la multitud encolerizada, provocando 6 muertos y varias docenas de heridos.

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Si tenemos en cuenta que en Chicago la lucha y antagonismo de clases eran muy marcados, con unas élites dirigentes reaccionarias y agresivas frente a las reivindicaciones sociales y, en el otro extremo, un potente movimiento socialista de carácter anárquico, con medios de propaganda estables y potentes como las publicaciones Arbeiter-Zeitung, dirigida por el anarquista August Spies y escrita en alemán, o The Alarm, escrita en inglés bajo la dirección de Albert Parsons, así como la existencia de varias organizaciones, grupos e individuos activos que fortalecían la lucha en pro de la emancipación social, tales como las dos personalidades antes mencionados o William Holmes, Lucy E.Parsons, Sara E. Ames, William Patterson, James D. Taylor y un largo etcétera, podemos entender la magnitud de los hechos en dicha ciudad: la lucha de clases era una realidad palpable en el ambiente.

La bomba de Haymarket del 4 de mayo de 1886.

Tras la tragedia de la fábrica McCormick sectores anarquistas y obreros convocaron un meeting en la Plaza Haymarket, en un contexto de fuerte ira y rabia por lo acontecido apenas unas horas antes. De hecho, una primera versión del cartel que convocaba a dicho acto afirmaba que los obreros debían de ir armados y preparados para lo que fuese (“Workingmen Arm Yourselves and Appear in Full Force!”), aunque en la versión final, al parecer, fue descartado este lema ante la negativa de Spies de participar en el acto con dicho reclamo. De hecho, el mítin reunió a unos cuantos millares de personas, muchas de ellas acompañadas de su prole, ante el cariz pacífico que adquirió.

Bajo una leve lluvia y al atardecer se inició el acto con el discurso de August Spies, seguido posteriormente por los de Albert Parsons y Samuel Fielden. Cuando estaba casi a punto de finalizar el encuentro y nada parecía que perturbase el ambiente, fuertemente custodiado por fuerzas policiales y agentes de la Pinkerton, los cuerpos represivos decidieron atacar dicha concentración, dispersando violentamente a las personas congregadas en la plaza. En ese preciso momento el estruendo de una bomba lanzada contra la policía ensordeció el lugar.

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El policía Mathias J. Degan murió como resultado de ese accidente laboral, al igual que otros resultaron heridos aunque, de nuevo, la peor parte se la llevaron los y las trabajadoras presentes puesto que, tras la explosión, las carreras desesperadas y los disparos policiales, más muertes y una cantidad indeterminada de heridos se produjeron. No se conoce a día de hoy quien fue el autor material del atentado, hecho que hace que cualquier explicación o hipótesis pueda ser factible.

La represión policial posterior fue intensa y se detuvieron a varios anarquistas, los cuales serían víctimas de un proceso que acabaría con la ejecución de varios de ellos y el encarcelamiento de los otros. Los detenidos que llegaron a ser juzgados fueron Albert Parsons, Oscar Neebe, August Spies, Adolf Fischer, Louis Lingg, Michael Schwab, Samuel Fielden y George Engel. Excepto Fielden, Neebe y Schwab, con penas de presidio, el resto fueron condenados a morir ahorcados, acto que se produjo el 11 de noviembre de 1887 -Louis Lingg se suicidó unas horas antes en su propia celda, tras encender un pequeño explosivo (quizá en un cigarrillo) que, por otro lado, le destrozó la cara y le hizo agonizar durante unas cuantas horas.-. Todo esto se produjo tras un juicio de pandereta en el cual se juzgaban a unas ideas más que a unos posibles autores materiales de lo acontecido en la plaza Haymarket el 4 de mayo de 1886.

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La inocencia o culpabilidad por la explosión del día 4 de mayo fue sólo una excusa para abrir un proceso en contra del anarquismo y sus miembros más radicales, los conocidos como Reds. La prensa burguesa de todos los Estados Unidos así como las élites de Chicago y de otras ciudades importantes abrieron una campaña en contra del anarquismo que se revistió, sin duda, de tintes xenófobos, ya que una parte importante de los obreros radicalizados eran migrantes y esa campaña, precisamente, intentaba separar al “buen trabajador” nacido en América del migrante europeo radicalizado y anarquista.

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El Legado tras las ejecuciones del 11 de noviembre de 1887

El proceso a los anarquistas de Chicago fue una auténtica infamia y mostró al mundo entero que en la república liberal más prestigiosa del mundo se perseguía y exterminaba a los trabajadores socialistas del mismo modo que en España, Italia, Francia o Alemania. Cabe decir que no sólo se ejecutaron a estos activistas, también se clausuraron locales obreros y se practicaron todo tipo de detenciones y maltratos. La vergüenza y arbitrariedad del proceso iniciado el 21 de junio de 1886 en la corte de Cook County fue tal que, en 1893, el mismísimo gobernador John P. Altgeld promovió la libertad de los encarcelados, puesto que él mismo reconoció la falsedad del proceso (ALTGED, John P. Reasons for Pardoning Fielden, Neebe & Schwab, the Haymarket Anarchists, 1886, n.c., The Anarchist Library, 2012.).

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Caricatura contrarias a John P. Altgeld por revisar el caso de los Mártires de Chicago. El “perdón” (véase cuchillo), soltaría a los “perros rabiosos”, uno de ellos, ya suelto, es el del Socialismo, quien está a punto de atacar a una mujer que, por sus ropajes, representaría a la típica ama de casa protestante y de ascendencia anglosajona. En el fondo, reproducción del monumento a los policías muertos y heridos por la bomba del 4 de mayo de 1886.

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Sin embargo, si analizamos a los miembros del jurado es fácil comprender el resultado final de la sentencia que se obtuvo: todos eran americanos de nacimiento, blancos anglosajones, protestantes y racistas e, incluso, se decía que uno era pariente de un policía afectado en los sucesos del 4 de mayo. Realmente un jurado muy poco imparcial. La desgracia, por otro lado, acompañó a Michael Schwab tras su puesta en libertad, puesto que pocos años después de haber sido liberado, en 1898, murió por una enfermedad respiratoria contraída durante su cautiverio.

Tras su muerte los mártires alcanzaron gran renombre internacional, formando parte del imaginario político obrero, transformándose en un referente para multitud de explotados del mundo occidental.

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En el congreso de la II Internacional de 1889 se decidió relanzar la jornada de lucha del 1º de mayo, siendo especialmente activos los primeros de mayo de 1890 y 1891, aunque las diferencias de criterio entre anarquistas y marxistas provocaron una división en el movimiento obrero internacional que rompía con el espíritu combativo, reivindicativo y unitario de la jornada que en mayo de 1886 sacudió a los Estados Unidos.

El marxismo, ante un anarquismo que en casi todos los estados occidentales le sacaba ventaja numérica, prefirió normalmente un perfil bajo en sus jornadas, con manifestaciones y mítines pacíficos, al contrario que el anarquismo, el cual consideraba estas jornadas como una excusa para, no sólo conseguir las 8 horas laborales, también para acrecentar la tensión social con la perspectiva puesta en una posible insurrección. Estas divisiones y el peso internacional de la represión provocaron que ya en 1893 ó 1894 el 1º de mayo, como tal, fuese prácticamente algo olvidado y no volvió a florecer con fuerza durante bastantes años.

En cualquier caso, el 11 de noviembre fue una fecha muy memorada en ambientes obreros hasta los primeros años del siglo XX, y aunque prácticamente relegada al olvido en nuestros tiempos, tras la celebración del 1 de mayo, que sí pervive en nuestros días, está la huella de estos obreros que fueron ejecutados por sus ideas y su activismo social, y no por ser los autores de la bomba del 4 de mayo.

Las imágenes son todas ellas de la Haymarket Affair Digital Collection.

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Enlaces de interés

The Dramas of Haymarket

Haymarket Affair Digital Collection

Escrito por Fran Fernández

Francisco Fernández Gómez. Doctor en Historia, investigador y docente. Apasionado de la historia social, los estudios sobre nacionalización, las nuevas tecnologías y la confrontación de pareceres.

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