Anarquismo Biografías Reseñas

Aurelio Fernández, un Solidario en el ojo del huracán

Reseña del libro de Manel Aisa Pàmpols “Tras las huellas de una vida generosa. Aurelio Fernández Sánchez y los Solidarios” Eds. El Lokal 2017


Ya todo es nuestro… y no es de nadie, los hombres son viejos y, para llevar a la realidad el gran sueño de la anarquía se necesitan hombres que aún no existen”
Joan Llarch

Manel Aisa Pàmpols es uno de esos raros artesanos de la Historia que dedican un ingente número de horas robadas a su tiempo para reconstruir las historias que le apasionan y conseguir así apasionarnos a todos. Es conocido en el mundillo libertario por su -ya cerrado- puesto en el Mercat del llibre de Sant Antoni (Barcelona) dónde su mítico carro acumulaba las joyas literarias ácratas, esos ejemplares descatalogados o kilos y kilos de viejos CNT y “Solis”, además de sus consejos bibliográficos y conversación erudita.

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Es imposible hablar de esta biografía sin hablar del autor. Y me resulta complicado hablar de Manel sin hacerlo del Ateneu Enciclopèdic Popular (AEP) de Barcelona, seguramente el mayor depósito documental sobre la historia del movimiento libertario en Cataluña, del tiempo del pistolerismo y de la guerra y de la Revolución. El trabajo del AEP sobrepasa el del almacén de una vorágine documental inabarcable de colecciones de prensa, de libros, fotos, manuscritos, affiches y miles de objetos de todo tipo y pelaje; lleva a cabo, además, exposiciones y actos, aunque -egoístamente- lo realmente importante es la fuente documental que simboliza; el Ateneu es la Meca de cualquier investigador o aficionado a la Historia del proletariado que visite la ciudad condal. Y ahí está siempre él, Ariadna Fitó, Pep Castells, Antoni Estradé o alguno de tantos “amigos del AEP” dispuestos a echar un cable al recién llegado.

Con esta introducción tan sólo pretendo poner en antecedentes y valor la cualidad y la calidad del libro a la vez que la de su autor, que en ocasiones se entremezclan ya que no nos encontramos ante un texto y un autor corrientes, aquí se citan la pasión y el rigor sin que ninguno pierda en el combate en su denodada lucha por dar voz a los desheredados, los piojosos que mueven la historia y devolver la merecida gloria a unos hombres y mujeres que no solo hicieron la historia: ellos fueron la misma Historia.

Manel Aisa ya documentó de modo magistral y evocador el caso de la épica Huelga de alquileres barcelonesa de 1931 y el Comité de Defensa Económica -editado, al igual que el que nos ocupa, por la Asociación Cultural El Lokal que resucitó en plena eclosión del movimiento de la PAH y las luchas sociales del 15M, con el que el pueblo se sintió plenamente reconocido; ese sentimiento de solidaridad y apoyo mutuo que muchos creían estar inventando desde sus jóvenes asambleas de “indignados”. Este trabajo sirvió para recordarles y recordarnos a todos que gran parte de ese bagaje social que parecía resurgir desde las ruinas de este desalmado mundo, pertenecían al espíritu anarcosindicalista de más de cien años atrás.

Ya antes nos contó la época del pistolerismo catalán en su valioso Efervescencia social de los años 20 en Barcelona, un meticulosos trabajo de cirugía historiográfica en la que la narración de la historia de una ciudad se vuelve más y más violenta, en tanto nos va arrojando a la cara uno a uno los nombres de los militantes caídos y heridos o torturados durante los fogosos tiempos de entreguerras en una Barcelona de fuego, alucinante y bastante desconocida, los años de aquel desigual combate contra los “sindicalistas amarillos” creados por la autoridad, la patronal y la oligarquía para acabar con los cenetistas, un momento en los que los militantes comenzaban a tomar conciencia de la necesidad de la gimnasia revolucionaria “made in García Oliver” con la que todo un paisaje obrero empoderado asombraría al mundo la década siguiente.

Ambos libros ya son de referencia para cualquier investigación erudita sobre el tema, no hace falta más que observar las bibliografías en los textos recientes para ver el impacto que han producido sobre cualquier investigación seria sobre el tema y las recurrentes citas a sus trabajos.

Pero esta vez se ha enfrentado a la biografía de uno de los personajes con más recodos y sombras de la historia de la CNT, especialmente durante el tiempo de la Revolución Social y la guerra: Aurelio Fernández Sánchez, uno de los más influyentes anarquistas del periodo revolucionario en Cataluña y a su vez más denigrados y eclipsados cuando no ignorados por la historiografía académica.

Si ya contábamos con las inestimables memorias históricas de Juan García Oliver, Abad de Santillán, Sanz o Miró, además de la impecable biografía Durruti, El proletariado en armas de Abel Paz, este trabajo viene a cuadrar el círculo, a tratar de hacer justicia con un personaje esencial en la complicada labor de vigilar la retaguardia, a la vez que rellenar ciertos huecos y confrontar algunos lugares comunes dados por hechos -como el manido caso del asunto de los maristas, que al fin ve cierta luz entre los hectolitros de confusión vertidos desde las universidades-

Todo ello gracias a un ingente trabajo en el que se hilvanan los recuerdos ajenos y las entrevistas -dándoles coherencia narrativa- con datos inéditos que se aprecian fruto de una exhaustiva labor de búsqueda en las colecciones de cabeceras, cientos de cartas y documentos internos que rebosan en los anaqueles del AEP.

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Quisiera aprovechar este punto para decir que mi primer contacto con la figura de Aurelio no fue sobre su lucha o su vida ejemplar, sobre sus numerosos pasos por la cárcel y los exilios. Lo primero que recuerdo leer sobre él fueron acusaciones del academicismo tachándolo del “fruto de la revolución que acabó devorándose a sí misma”; las acusaciones de “terrible monstruo” en su etapa al frente de la seguridad en la Barcelona revolucionaria por parte de Josep Termes, Ucelay Da-Cal o Antonio Elorza, quienes perpetuaron su mito como “asesino despiadado” -adjetivo que compartió con Eroles, Escorza o Asens, miembros de la autoridad barcelonesa en esos años- y que, pese a lo ejemplar de sus actuaciones, no lograrán salir del aire del crimen impune hasta que otros “Maneles” se encarguen de tan necesarios rescates históricos.

En la abundante bibliografía “académica”consultada nadie se ha molestado siquiera en verificar o investigar la realidad sobre el tema de los Comités de Defensa o las Patrullas de Control, al parecer para los revisionistas que copan las listas de ventas es más útil historiográficamente el tener un grupúsculo fácilmente inculpable a modo de “As en la manga”, oculto y convenientemente ensombrecido, sobre el que poder cargar las tintas en la tan traída y llevada consigna del “fue culpa de la CNT el perder la guerra”.

Y sobre todo tratar de contemporizar y colocar toda esta actuación en su momento; la historia, al menos como la contempla Manel, consiste en tener un ojo en el pasado y un pie en el presente, la objetividad que muchos historiadores enarbolan como bandera es la más parcial de las actitudes, la más servil y aúlica, justamente de la que huye nuestro autor que empatiza irremediablemente con los desesperados y olvidados del sistema.

El personaje vivió en épocas convulsas; monarquías cargadas de desastres a sus espaldas y libre represión, dictaduras que enviaron a la clandestinidad y a la deportación a cientos de libertarios, así como un increíble instante revolucionario en medio de una conflagración en la que, el pueblo español, abandonado por el mundo contra un ejército sublevado con la ayuda de la Alemaia nazi y la Italia de Mussolini, agonizaba mientras los políticos patrios divididos y preocupados de sus miles de intereses, medio pueblo español sufría muerte y persecución de un ejercito implacable contra el que no hay quien pueda, como decía el gran amigo del protagonista del libro, García Oliver.

Aisa nos muestra al anarquista asturiano y nos habla de una vida intensa y coherente, llena de un inevitable frenesí en un obrero concienciado, ¿de qué sirve una revolución sino para ser parte de ese incendio? Fueron los años en que le tocó vivir quienes forjaron a aquellos hombres; junto a Ascaso, Jover, Torres Escartín, García Oliver o Durruti formó parte de los Solidarios, el mítico grupo de afinidad expropiador y justiciero cuyo nombre se extiende desde Europa a América. La narración de sus aventuras en Francia y salida a Bélgica son tratados de forma casi novelesca, allí los Solidarios trataron de atentar contra Alfonso XIII, atentado que originariamente se remonta al encargo por parte de exiliados italianos para hacerlo contra Mussolini, excelentemente narrado por Manel.

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Frustrado este intento fueron detenidos Ascaso, Durruti y poco después Gregorio Jover, con García Oliver -habiéndose convertido en los cinco anarquistas más buscados en Francia- huyó a Bruselas y más tarde, con la ayuda de Besnard, Juanel y Fauré, fundaron en Lyon la Federación Anarquista en Lengua Española. Coincidiendo con la campaña internacional para la liberación de Durruti, Jover y Ascaso y su posterior liberación, Aurelio y García Oliver volvieron a España donde su actividad fue también frenética y remarcable: del complot del comisario Doval, conocido como el del Puente de Vallecas (al más puro estilo de los de los Anido y Arlegui de los años del pistolerismo), al atraco al banco de España de Gijón con Torres Escartín, juicio para el que contaron con Eduardo Barriobero para su defensa narrada con prodigalidad en el libro. Aurelio fue enviado al penal de Cartagena en noviembre de 1930 de donde ya no saldría hasta la amnistía en abril de 1931, tras la llegada de la II República, la misma que en 1933 reprimiría el obrerismo con una dureza inusitada; una huelga en la sección del Transporte de Barcelona acabó para él, junto a Pellicer, Aldabadetrecu, Eroles, Campos y muchos destacados militantes más con cárcel, torturas y el paso por el buque prisión Manuel Arnús, días más tarde serían enviados a la Modelo de Barcelona.

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Otro dato interesante y novedoso que aporta es la información de que Aurelio y su compañera Violeta pertenecían al grupo de afinidad Sol y Vida, que estaría presente en la creación de la FAI en 1927 en la mítica playa valenciana, al parecer jugó un destacado papel en la creación del “coloso”, algo que suele ser obviado en los estudios y ensayos sobre la ensombrecida Federación.

Al contrario de lo que sucedió con la mayor parte del incauto pueblo español, la llegada de la II República no le encontró aupado al ánimo de bullicio popular, sino tratando de propagar la idea de la inminencia de la sublevación militar, lo que apunta a que nada más lejos de la idea del exaltado de gatillo fácil que los “creadores de la Historia” nos han querido vender, más bien da una clave para entender la tan denostada postura cenetista durante esos breves meses del Frente Popular; no se le pueden achacar “dobleces”, dejaron clara su propuesta de que, bien porque ganase la reacción derechista de la CEDA o bien por el triunfo del Frente Popular -con la consiguiente nada secreta inminente insurrección fascista-, había que estar preparado para una pronta Revolución social.

En los primeros compases de la guerra nos encontramos a Aurelio en el Comité de la Federación local de Barcelona. Estuvo presente en la famosa asamblea del 21 de julio donde se debatió la propuesta de García Oliver de “ir a por el todo”, apoyada por Aurelio y José Xena al frente de la delegación de Hospitalet, ésta no prosperó y granjeó a los ponentes la fama de anarcobolcheviques que arrastraron toda su vida y aún hoy. El día 23 Aurelio se significa en el Comité de Milicias Antifascistas y junto a Asens al cargo de las patrullas de control, fue el responsable de los diversos sindicatos y agrupaciones que componían el grueso del poder obrero de la calle en aquellos primeros días de la Revolución. Más adelante formó parte de la Junta de Seguridad interior dependiente del Consell de la Generalitat, aunque a condición de disolver el Comité de Milicias Antifascistas que ya estaba tocado de muerte desde los sillones ministeriales, que no podían tolerar que el pueblo fuese dueño de su destino.

Las “guerras del pan” artificializadas por Comorrera, el asesinato del “Cojo de Málaga” o los sucesos de la Fatarella precipitaron el ocaso del frente antifascista que culminaría en los primeros días de aquel trágico mayo de 1937 y Aurelio se vio relegado a ocuparse del cargo de Sanidad y Asistencia social, ante el incesante flujo de personas que llegaban día a día a Barcelona huyendo del avance del terror franquista.

Aquí cabría destacar su iniciativa de apoyar las demandas de los doctores que promovían una innovadora reforma de las terapias decimonónicas sobre salud mental que se practicaban en Catalunya. Tras los hechos de mayo los representantes del POUM y CNT cayeron en desgracia aunque unos más que otros: el POUM fue eliminado gracias a las maquinaciones de la Generalitat -manipulados por los consejeros rusos- y del PSUC, mientras Aurelio se vería obligado a renunciar de su recién estrenado puesto en favor de Valerio Mas, aunque de facto continuó colaborando en la tarea de asesor en Sanidad.

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En agosto del 37 se culmina la maniobra anticenetista; el Dr. Negrín da vía libre a la creación del SIM (Servicio de Investigación Militar), auténtica inquisición contrarrevolucionaria bajo la supervisión del Kremlin que, con las patrullas de control ya disueltas, dieron rienda suelta a las conocidas sacas y ejecuciones a gran escala entre los opositores o renuentes a los dictados de Moscú. Esto trajo consigo la enésima encarcelación de Aurelio encausado por diversas acusaciones de robo e incluso de una estrafalaria acusación de un intento de atentado contra el presidente de la Audiencia, Andreu Abelló, con una petición de seis años y un día y su inhabilitación para cargo público. Esto se comprende mejor cuando se pone sobre la mesa que Aurelio era la imagen de la FAI, el poder popular sin amo que el entramado reformista instalado entonces en el poder no podía soportar. No es hasta enero de 1938 cuando sale en libertad condicional gracias a las presiones de García Oliver. Aurelio pronto vuelve a sus ocupaciones en la Confederación continuando siendo una de las voces más respetadas: en septiembre de 1938 se confirma como secretario de la Federación Local de Barcelona.

Hay una frase “fuerza” que Manel Aisa repite en varias ocasiones “A Aurelio le tocó bailar con la más fea”: el hecho de que uno de los anarquistas expropiadores por excelencia, continuo huésped de cárceles y conocedor del peso de la ley se convirtiese en el “Jefe de la policía de la Revolución”, ya es por sí motivo suficiente para dedicar un ensayo al personaje. Tengamos en cuenta la posición complicada de una retaguardia repleta de “pacos” y quintacolumnistas -pese a las teorías revisionistas rampantes hoy que lo niegan y usan como acicate para sus pustulentos libelos pagados por FAES-. En tales circunstancias había que mantener a toda costa las conquistas revolucionarias y Aurelio en un alarde de increíble generosidad supo hacer de tripas corazón y encargarse del trabajo que cualquier libertario aborrecería y condenaría, pero que era inexcusablemente importante si se quería no solo mantener la revolución sino además intentar ganar la guerra.

Ante la tragedia de la inminente victoria franquista, el 24 de enero de 1939 Aurelio junto a su compañera Violeta y García Oliver con su hermana Mercedes y el hijo pequeño de ésta, cruzaron la frontera con destino a la vecina Francia junto a la riada humana que huía del avance fascista, allí Aurelio pasará por el campo de detención de Renes a causa de sus antecedentes penales en su época de ‘Solidario’ Curiosamente es Aurelio junto a Lluis Companys uno de los objetivos de extradición prioritarios para el gobierno golpista y, ante la inminencia de una posible entrega por las autoridades francesas, fue la constancia de Violeta quien consiguió su excarcelación e incluso cabe que tanto el JARE como el SERE iniciasen acciones para posibilitar su huida, para ponerse a salvo como ya lo habían hecho compañeros con más suerte sobre todo en aquellos días en que aún había algo de dinero y las relaciones entre sus diversos miembros no habían saltado aún por los aires.

No sé si esta sociedad está preparada para comprender a un personaje como Aurelio, demasiado fascismo en España” le dijo Abel Paz a Manel hace casi 35 años, cuando éste le habló de emprender el proyecto. Tantos años después el autor aún se lo sigue planteando. Pero ha llegado el momento, dice, desde el rabioso y necesario desafío al olvido y a la desmemoria que aqueja a este país, lo que ahora le ha empujado en esta tarea de poner por encima del tapete del olvido esta carta, bien sea porque ha llegado el momento o porque es tiempo de volver al juego.

En la historia oficial del PCE sobre la guerra, que según me contaron Pepe Rodríguez y Andy Durgan, fue un encargo a Ramón Mercader que “algo tenía que hacer hasta matar a Trotsky” comentó jocosamente uno, se acusa a Joaquín Ascaso y a Aurelio de huir en posesión de bienes saqueados; de Ascaso sabemos que murió casi en la indigencia y sobre nuestro protagonista Manel apunta cómo al hablar con su viuda Violeta Fernández Saavedra le dijo “le acusaban del robo de unas joyas” y mostrándole las manos desnudas añadió soriente “Fíjate! yo, que ni siquiera llevo un anillo, nada!” Tras la extradición y posterior asesinato de Companys las cosas se aceleraron y consiguieron un pasaje a Nueva York y de ahí a México donde falleció “en plena consciencia de lucha y la satisfacción de haber sido fiel siempre a sus principios” según una nota de El Frente Libertario el 21 de julio de 1974 “con 76 años de una vida dedicada a la Revolución”

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Aurelio Fernández y Rivas Cherif

Con los recurrentes (por atinados) recuerdos a las palabras de Abel Paz este trabajo viene a confirmar que las revoluciones siempre tienden a sufrir un desgaste y se pierden, lo realmente importante es vivir la efervescencia del momento revolucionario. Y si alguien vivió esa intensidad nueva desde el ojo mismo del huracán fue, sin lugar a dudas, Aurelio Fernández.

Manel Aisa Pàmpols, Tras las huellas de una vida generosa. Aurelio Fernández Sánchez y los Solidarios 312 págs. El Lokal 2017.

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