Fuente: Jorge Matías en Medium

Después de un empalagoso intercambio de tuits entre las cabezas visibles de Podemos, el habitualmente críptico Íñigo Errejón cerró el hilo de tuits con esto:

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Aunque puede entenderse en sentido humorístico, lo cierto es que Errejón es bastante dado a estas cosas:

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“Pero por la Patria, lo que haga falta”. La ambigüedad de la frase puede albergar cualquier atrocidad. Por la Patria, invadir Polonia o cualquier patria ajena, por la Patria dar un golpe de Estado, por la Patria un pelotón de fusilamiento, por la Patria hacerte tragar con medidas que te perjudican. No creo que Errejón estuviera pensando en esto, pero no por ello encuentro menos inquietante una frase tan vacía, pues podría darse el caso de que algún día intentaran llenarla. El uso propagandístico de la patria ha dado lugar a muchas atrocidades a lo largo de la Historia, pero hoy no es el día para enumerarlas y probablemente no existe espacio en todo internet que pueda darles cabida.

Del mismo modo que los sacerdotes te piden fe, algunos quieren que lo des todo por la patria. El sentimentalismo, supongo, tiene mucho que ver aquí, así como una visión romántica del mundo, o de tu país, o del retrete de tu casa, de tu familia o el bar donde bebes hasta que se te cae el hígado. Es fácil dejarse llevar por ese sentimiento aparentemente común.

¿Pero qué patria es esta? Soy un mero currito, nadie se acuerda de los que son como yo. Prácticamente hemos desaparecido de los discursos de la gran mayoría de partidos políticos. Desde los autoproclamados habitantes de esa franja llamada clase media, la gente más o menos acomodada que con la crisis empezó a incomodarse, hasta estudiantes universitarios o gente con estudios superiores que creen que algo les corresponde por el mero hecho — por muy loable que sea — de tener esos estudios o estar cursándolos, ellos existen. No es que formen parte de los discursos, es que son el discurso en sí.

El patriotismo, ese sentimiento, no lo tengo. No digo que esté bien o mal tenerlo, digo que no lo puedo tener. No lo encuentro dentro de mí, ni me ilusiona encontrarlo. No comparto la histeria que levanta, no me veo reflejado en él. Es fácil, dada mi condición social, capturarme en esa jaula, o al menos debería serlo. Muchos curritos como yo sienten eso, que es como la comida china, que te llena y dos o tres horas después ya estás con hambre.

En su lugar, lo que siento es que soy un extraño en casi todas partes. Quienes dirigen o van a dirigir el país, prescinden en sus discursos de la gente como yo, aunque la gente como yo les vote. Cuando unos barrenderos se ponen en huelga para defender sus derechos, son atacados por personas que les llaman privilegiados. Un extraño no puede tener privilegios, aunque esos privilegios sean trabajar diez horas diarias por un salario. Entiendo que la gente que vino a este mundo con un pan o la panadería entera bajo el brazo, sea patriota, pero resulta que quienes menos patriotas son, suelen ser ellos, pues el dinero no conoce patria alguna ni la necesita.

Vivimos en un país con muchos extraños, en realidad. Más de cuatro millones de extraños no tienen nada que hacer, y los extraños que hacemos algo, hace años que nos dejamos las ganas en algún sitio, quizá perdidas en los discursos políticos de antaño.

Me crié en un lugar sin patria, pues la patria no acudió a vernos allí más que en los mundiales de fútbol, o en la Eurocopa, o en forma de policía. Allí no hay patria que valga, por mucha creencia que se tenga en ella. En ese aspecto, es similar a Dios. El día a día era un ir y venir a ninguna parte, o al trabajo si tenías suerte, rodeado de hormigón y maceteros con tierra seca, maceteros apátridas y extraños que yacen en las plazas, agrietados y confusos, vacíos de sí mismos. Había un buen número de farolas apátridas que no daban luz, y papeleras rotas que no alojaban papeles ni cigarrillos, y en el suelo, aplastadas, estaban las colillas de cigarrillos llegados de otra patria o las jeringuillas usadas con heroína de otro lugar.

Decía Max Aub que uno es de donde hizo el bachillerato, es decir, que no soy de ningún lugar, pues no hice bachillerato alguno. Somos miles sin patria pero con futuro incierto. A quienes les pedirán patriotismo en nombre de la nada, los que nos compraremos un coche de otra patria de segunda mano. Los que escucharemos las llamadas al patriotismo y gritaremos gol. Los que más fuerte gritan, los que mejor lo celebran, porque el ruido de la patria no te deja oír más que el orgullo. Un orgullo insano, que se agota en las venas hasta el próximo mundial, cuatro años, como las elecciones, el arroz tres delicias de la nueva política.

Pero conmigo no cuenten para eso. No soy amigo de lo intangible. Y siempre estuve fuera.

Escrito por Redacción y Colaboraciones

Artículo firmado como Redacción, resultado de una colaboración puntual recibida o copiado de otro blog (citando procedencia).

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