Conceptos

La historiografía trata sobre el cómo se hace la Historia. Se ocupa sobre sus distintas problemáticas, preocupaciones y métodos. Según la cultura, la Historia se ha escrito y concebido de una determinada manera: desde las leyendas orales que fijan las tradiciones de los primeros pueblos, a la investigación documental y metodológica de la historiografía moderna occidental. Todos los casos son un reflejo de la sociedad que la ampara y produce.

La Historia, por su parte, es el registro de los hechos ocurridos en el pasado. Cuando nació, se refería a los acontecimientos propios del Hombre, dejando aparte lo que ha pasado en el mundo más allá del ser humano. Tal concepción se debía a que los antiguos entendían que fuera de nuestra especie solo existían los dioses, propios de la mitología, y creían que el mundo sin humanos estaba carente de acontecimientos y por tanto no tenía historia en sí.

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Cómo se ha escrito la Historia

Históricamente la Historia nace gracias a la capacidad que se adquiere con el surgimiento de la Escritura. La Escritura aparece concretamente en Sumeria cuando se necesita registrar el flujo comercial y el almacenamiento de los recursos que se utilizaban para la economía y el abastecimiento de las poblaciones. Si nos fijamos, es una herramienta de servidores -directos- de las clases gobernantes y privilegiadas. La alfabetización no fue necesaria para las personas humildes, que vivían su día a día desde unos recursos escasos pero suficientes, con preocupaciones muy vinculadas con su trabajo manual diario. La Escritura quedó confinada a los grandes administradores y con ello a las élites sociales. Siendo la Historia principalmente escritura, no es difícil imaginarse que fue monopolizada por esas élites. Se dice que la Historia la escriben los vencedores, y en gran parte es cierto, pero no siempre ocurre así: a veces la escribían los derrotados, pero con ello debemos decir los dirigentes de los derrotados, que no compartían las mismas preocupaciones, intereses y convicciones con el resto de la población que pretendían proteger o representar. Y añadimos que además de los vencedores, la Historia la escriben quienes tienen el dinero. No es raro, por ello, el vapuleo contra el anarquismo que se repiten desde diferentes corrientes historiográficas, ya que siempre se ha escrito la Historia desde posiciones de Poder.

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Podemos observar la evolución historiográfica que se da dado a través de las sociedades humanas en el tiempo, especialmente en nuestro entorno, el europeo occidental:

– Historia Grecolatina: Con Herodoto se inició la historia occidental. Sus Nueve Libros de la Historia tienen el propósito declarado de vencer el olvido y explicar el por qué se dieron las guerras médicas. En su obra se concibe la responsabilidad histórica, culpando al Rey de Lidia el origen del conflicto bélico. Esto muestra que la Historia de Herodoto ya contenía cuestiones morales, políticas y pedagógicas, y en eso no lo diferenciaba de las leyendas y mitos, que en sus relatos la cuestión de su veracidad era menos importante que su objetivo educativo y formativo. Sin embargo, Herodoto hace un esfuerzo por comprobar el conocimiento verdadero y comprobado. Sus páginas están llenas de numerosos datos sobre la forma de ser de los diversos pueblos conocidos en el Viejo Mundo y el Mediterráneo.

Los romanos fueron prolíficos historiadores, debido a su espíritu práctico, tradicionalista y continuadores del legado de todo aquello que haya servido o funciona. La “virtus” era un concepto omnipresente en toda la sociedad romana, y la historia tenía un propósito moral y ejemplarizante bajo la idea de la Virtud Romana. Lejos de ser un simple patriotismo, era un conjunto de valores, que otros pueblos podían tener. De tal manera, Tácito escribió sobre los germanos, representándolos como salvajes, pero también como mantenedores de una saludable y auténtica moral y honestidad. El conjunto de tales principios permitía la constitución y mantenimiento de una sociedad fuerte y feliz.

La periodización consistió en concebir una supuesta Edad de Oro, donde todo era armonía y felicidad, las personas eran fuertes y los héroes caminaban sobre la Tierra; la Edad de Bronce donde esa armonía desaparecía, pero los humanos aún eran esforzados y duros, aprendiendo nuevas técnicas; la Edad de los Héroes donde aún quedan personas especiales que resuelven problemas y dificultades; y finalmente la Edad de Hierro, marcada por la guerra y la lucha, que vivieron estos autores grecolatinos, donde predominaba la decadencia, el sufrimiento y la imperfección, pero manteniéndose la voluntad humana.

– Historia Sagrada: Nace en el Judaísmo, en lo que nosotros conocemos como el Antiguo Testamento. Su texto sagrado no consiste en una doctrina filosófica o teológica, sino en la exposición de los hechos ocurridos desde los orígenes hasta el momento de la revelación del mismo texto sagrado. En un confuso mundo de diferentes dioses, religiones y creencias emanados por profetas y charlatanes de todo tipo, la exposición de un relato coherente de lo supuestamente ocurrido otorgaba fuerza a la religión que se sustentase en una base histórica y no doctrinal. El pueblo judío elaboró así una propia historia dando supremacía a su dios y, además, estableciendo las bases ideológicas del patriotismo, al configurarse como pueblo elegido por Dios. No en vano, la Torah, lo que es el equivalente al Antiguo Testamento, se establece en el reinado del rey Josías de Judá, necesitado de una reforma religiosa para dar cohesión a su reino. El cristianismo, con el Evangelio, los Hechos de los Apóstoles y las cartas de San Pablo, hace lo mismo: expone una pretendida historia realista, que las personas de su tiempo ni pueden contrastar, y a menudo ni les interesa. Suelen darlo por bueno, porque las dificultades técnicas de comprobar todos los datos que se exhiben en un texto suponía muchos recursos y esfuerzos de los que a menudo incluso las élites sociales se encontraban limitadas. Es así como prosperaban leyendas como la de aquellos humanos que vivían al revés en las Antípodas, los Orejones o los trolls. A veces, incluso acertaban parcialmente, como la leyenda medieval del Reino del Preste Juan, una clara referencia a la Nubia cristiana-copta.

San Agustín se encontró con una gran dificultad para los cristianos de su tiempo. Siguiendo el método teológico del uso de la historia como revelación y relato verdadero, se encontró ante el hecho evidente que mostraba que la segunda venida de Jesucristo y la implantación del Reino de Dios no se había dado, aún siendo claro que los Evangelios insistieron en la imninencia del mismo. Los paganos y judíos despreciaron el cristianismo, que hablaba del Mesías prometido y de un Reino Celestial próximo, y en los tiempos de San Agustín (354-430) ya había pasado varios siglos. Así que escribió una teoría que explicase por qué el cristianismo no se había equivocado en su relato evangélico. En su Ciudad de Dios dio con la respuesta: el Reino de Dios ya había llegado, había sido con la culminación de la Resurrección de Jesucristo, la aparición del cristianismo en el mundo terrenal y su propagación entre los gentiles y humanos de todos los rincones del orbe. La Historia solo era una transición temporal y terrenal de un proceso divino de largo alcance, que terminaría, tras indeterminados siglos, con la implantación definitiva y total del Reino de Dios, que hasta entonces solo residía en los corazones de los creyentes. De esta forma, establecía la religión interior frente a los hechos sociales de su momento, y la historia sagrada de la historia política humana, eso sí, supeditada esta última al gran y definitivo proceso que es la primera.

Al respecto, Bossuet es solo la cabeza más visible de la historiografía cristiana, que establece que la historia no es más que todo el período comprendido desde el alejamiento de Dios por Adán y Eva en el Génesis, hasta el Apocalipsis y la vuelta al Reino de Dios, siendo la historia de la Tierra y del Cielo una sola en definitiva (primando lo celestial, por supuesto), pero separada por el lapsus del Pecado Original. La Historia tiene un Fin, y es el Reino de Dios. Su Discurso sobre la Historia Universal, especie de manual de historia con enseñanzas “útiles”, está escrito para el monarca francés, está basado en el Antiguo Testamento, la historia romana, y la historia de Francia. Intenta mostrar que mientras los Imperios viven siglos de oro y decadencias, derrumbándose y mostrándose como poco estables, la Religión en cambio dura inalterable a lo largo del tiempo. No vamos a entrar en poner en duda estas palabras de Bossuet, es obvio que son más que dudosas. Pero su relato historiográfico se establece bajo esa idea.

En general, la periodización de esta Historia que siempre se define en el tiempo del Pecado Original, se establece por la Edad Natural, todo lo anterior a los Diez Mandamientos que trae Moisés; la Edad de la Ley Mosaica, que va desde Moisés hasta Jesús; y finalmente la Edad de la Gracia, que es con el cristianismo. Obviamente, se trata de la visión occidental y cristiana que nace con San Pablo. En la Edad Media fue popular la división en Seis Edades del Mundo, donde cada Edad duraba 1000 años, y se consideraba que la Tierra tenía unos 6.000 años de antigüedad.

– Historia Positivista: El humanismo donde el Hombre es la propia referencia del conocimiento humano, la laicización de la sociedad y la crítica de la Ilustración, mostrará una nueva forma de entender la Historia, bajo el prisma de la humanidad y del progreso, donde el humano puede desarrollarse para alcanzar la felicidad personal y social. Con la caída del Antiguo Régimen la soberanía del Reino no reside ya en la persona del Rey, sino que se concibe la soberanía de la Nación, que reside en el Pueblo, entendido como el conjunto no privilegiado que aglutinaba lo que se llamó Tercer Estado, y que para revolucionarios como Sieyes debía reducirse a un solo Estado, donde estuviera toda la población y no existieran los privilegios. Bajo esta idea nace la idea de la Patria y la Nación como aglutinadora de cada conjunto de población que se define política, cultural y socialmente respecto a otras poblaciones. Con el triunfo de las revoluciones burguesas a principios del siglo XIX, surge el fenómeno del romanticismo donde se añade atribuciones folclóricas y legendarias hacia un pueblo, al que se le va definiendo su carácter. Al mismo tiempo, el colonialismo incita una competición entre distintas naciones y el sentimiento de superioridad en las identidades patrióticas, donde la guerra y la explotación son manifestaciones de legítima superioridad. En fin, el patriotismo se consolida como referencia política, y toda historiografía sirve respectivamente a su país. De tal modo, no existen libros de historia de autores españoles que hablen positivamente de la invasión de Napoleón, y aquellos que lo hicieron fueron llamados “afrancesados”, y fueron exiliados. En los partidos de fútbol de hoy nos pasa algo semejante: una bandera negra o vasca es política, pero una de España no lo es, porque es solo el sentimiento hacia algo que se entiende como “natural”. Pero en realidad solo es la manifestación de una hegemonía política.

Poco a poco irá apareciendo el positivismo como corriente filosófica y epistemológica, donde se afirma solo el conocimiento adquirido por el método científico de las ciencias naturales que hayan obtenido una afirmación y comprobación de una hipótesis; en Historia se traducirá en una aplicación de los datos y documentos como la base de la ciencia de la historia, que al aglutinar una serie de hechos documentados, hace posible tal ciencia. El historiador Leopold von Ranke afirma la superación de las emociones, predilecciones, preferencias y prejuicios por parte de los historiadores, alcanzando por tanto la imparcialidad y objetividad que necesita el científico de la historia que se remite simplemente a los hechos y datos. Compte y el positivismo concibe la historia en tres fases: la fase mágica, la filosófica o abstracta, y la científica, positiva y realista. Esta última es la definitiva. Desgraciadamente, en Historia la mayor parte de las fuentes son producidas por las élites sociales, de manera que así fue inevitable hacer una historia de los reyes y de las guerras, con una visión incompleta y sesgada de la realidad del pasado. Lo cierto es que la carencia de fuentes propias del campesinado y la asimilación de un método cientificista que es propio de otras ciencias promovía la visión, por ejemplo, de una Edad Media de guerreros y reyes, todos ellos muy valientes, mientras se ignoraba lo que eran en verdad el campesinado e incluso aquella nobleza que no decía ciertos secretos, pero que se podían escubrir históricamente. En Historia el contraste y la exposición de afirmaciones de distintas fuentes siempre es bueno para tener una visión global. Asimismo, la afirmación científica en Historia simplemente no es posible: no tenemos una máquina del tiempo para afirmarlo. Solo podemos decir si una fuente es original o no, pero eso no significa que su contenido sea cierto. Finalmente, es imposible pretender mantener afirmaciones categóricas o asumidas como científicas sobre cuestiones tan cambiantes y complejas como el hombre, la sociedad o la cultura. Simplemente, no se puede determinar y cuantificar sobre campos donde los factores (entre ellos, la constante creación de significados e ideas) y conflictos de intereses impiden las pretensiones del positivismo.

Hay muchos tipos de periodizaciones, como hemos visto con Compte, pero también debemos mencionar la división realizada por el antropólogo Henry Morgan, de salvajismo, barbarie y civilización.

– Historia Marxista: En medio del mar del cientificismo que sumerge a la propia Historia y el resto de los conocimientos humanos, aparece el marxismo, también con pretensiones científicas. Pero el marxismo hace hincapié en los conflictos de intereses entre distintos grupos humanos que se han determinado por las condiciones socio-económicas. El marxismo hace una contribución muy importante, porque abre paso al estudio de las poblaciones ignoradas por la historia clásica o positivista: entran en escena trabajadores, campesinos, pobres, artesanos, etc. Ofrece una lectura de la historia donde la lucha entre las distintas clases sociales que han aparecido en la historia humana ha sido el auténtico motor de la Historia. De esta manera establece las fases de la historia en los siguientes períodos definidos económicamente: el comunismo primitivo, la esclavitud, la servidumbre, la industrialización -que vivió el propio Marx-, y el futuro de un comunismo moderno. En todas estas formulaciones, muy útiles para los movimientos que buscaban la igualdad social y la emancipación de los explotados -tanto por el despotismo como por el capitalismo-, podemos entrever la predominancia del factor económico, produciendo la teoría marxista de la prioridad de la infraestructura y de la realidad material, sobre la superestructura y todo aquello que solemos definir hoy como “construcciones sociales”. De ahí la teoría histórica que la aparición de las desigualdades económicas en los primeros tiempos de los excedentes en la agricultura produjo consecuentemente las desigualdades políticas y sociales. Ciertamente, el marxismo, hijo del tiempo del capitalismo, que domina por medio de la economía, entendió que esta hegemonía se dio en todos los tiempos, si bien de distintas maneras. Con ello, se afirmó la supremacía en la configuración de la sociedad de la infraestructura, que es la realidad material de una determinada economía y producción, sobre la superestructura, donde se sitúa la ideología dominante y el poder político de las élites. Aspecto que autores como el anarquista Gastón Leval lo invertía: es la superestructura la que determina la infraestructura, y da algunos ejemplos muy interesantes para su reflexión: la conquista militar, tanto en la antigua Mesopotamia, Egipto como en la América colonial, determina cambios drásticos de las poblaciones que vivían allí, normalmente muy sencillas y dadas al trueque y lo que es el “comunismo primitivo” en palabras de Marx; a partir de su conquista pasan a integrarse en la economía imperialistas y colonialistas de los conquistadores. Hay otros ejemplos. En cualquier caso, no vamos a asumir a priori las tesis levivistas ahora, porque nos queremos limitar, en estas líneas, en decir que a fin de cuentas las antiguas sociedades humanas no distinguían entre poder político y económico: todo era lo mismo y estaban interrelacionados. Quien gobierna se enriquece, y el enriquecido gobierna de una forma u otra. Intentar dar prioridad a la infraestructura o superestructura es, en el fondo, desconocer que la mentalidad de las poblaciones del pasado no podían discernir esas diferencias, porque su práctica cotidiana suponía que una cosa conllevaba la necesidad de la otra para su mejor función.

Con el marxismo se logra por primera vez en la historiografía que aparezca en escena la sociedad, el conjunto de la población humana como el objeto de estudio de la Historia, y principalmente de las personas más humildes, que sin embargo era la base de la realidad productiva y económica de las sociedades humanas. A partir del materialismo histórico marxista, nacen otras tendencias historiográficas cuyo objeto de estudio eran ignorados anteriormente: la Historia Social, que sin centrarse en los medios de producción, se centra en la sociedad como tal y las enormes problemáticas que conllevan -y conllevaron-; la Escuela de los Annales que estudia los procesos a largo plazo de la historia, temas como el clima, la geografía, el medio ambiente, enfermedades como la malaria y su relación con las aguas estancadas en Europa, etc.; la historia cultural que estudia los aspectos culturales históricos, el papel de las mentalidades, la literatura, las artes, y otros campos relacionados con las culturas humanas; la microhistoria que estudia hechos, personas y casos muy concretos, siendo o no excepcionales; los estudios coloniales que muestran la importancia del colonialismo histórico en la configuración del mundo que aún arrastra un postcolonialismo consecuente con esa historia colonial que sigue afectando. Y así con otros muchos ejemplos más, la mayoría de los casos muy alejados del marxismo, pero con una serie de puntos en común, y cuyo origen se debe al desafío historiográfico que planteó Marx y Engels en su conocido Manifiesto. Por ello, todas estas tendencias suelen engoblarse vagamente como historia social o marxista, con todos los equívocos que supone que se englobe bajo la denominación de “marxista”.

Gordon Childe, cercano al marxismo, se centró en las revoluciones tecnológicas, dividiendo la historia en el Paleolítico, donde se asienta originalmente el humano como animal y da sus primeros pasos, luego la Revolución Neolítica (donde se desarrolló la agricultura, la metalurgia, los excedentes, la escritura, etc.), y finalmente la Revolución Industrial actual. No faltan autores que han querido ampliar la división bajo la misma idea, planteando diferentes propuestas: la Revolución Energética o Financiera, la Edad del Plástico o de la Electrónica, etc. En la actualidad, la historia se divide en la Prehistoria, la Edad Antigua, la Edad Media, la Edad Moderna, la Edad Contemporánea, y la Actualidad.

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Historiografía y anarquismo

Con estas historiografías, la sagrada, la ciudadana grecorromana, la patriótica, la positivista de documentos emitidos por las autoridades, o la marxista, es normal que el anarquismo no esté considerado historiográficamente. Hasta el marxismo, como vemos en Hobsbawm, lo ataca. En Rebeldes Primitivos lo deforma grotesca y partidariamente, y aunque muestra cierta fascinación folclórica propia del típico anglosajón colonialista, llega a afirmar que los anarquistas españoles hubieran triunfado en su época de apogeo si hubieran seguido una disciplina de partido, dando por hecho, por supuesto, que fue el elemento clave en las revoluciones rusas de 1905 y 1917, cuestión bastante debatible. Asimismo, asimila el campesinado libertario con el bandolerismo o la Camorra italiana, reproduciendo las mismas taras que ciertos historiadores del siglo XIX como Bernaldo de Quirós. En cuanto al positivismo, la historiografía que solo acepta los documentos en las construcciones del relato histórico, podemos ver a Eduardo Comín Colomer, policía franquista, que usó precisamente los documentos de las fichas policiales y de las comisarías para historiar el anarquismo español. Siendo estos documentos muy hostiles y deformados, es previsible sus resultados y conclusiones, mostrando un anarquismo criminal, masón y siniestro. Los historiadores socialistas y republicanos intentan legitimizar su régimen ideal de la II República, poniendo a los anarquistas como los elementos desestabilizadores que impidieron su desarrollo. Sus ansias por ponerlos como criminales, especialmente a sus corrientes más activas, como la FAI, llega a deformaciones grotescas e incluso opuestas a la pura realidad. Así por ejemplo y en el caso granadino podemos ver que acusan a elementos incontrolados-anarquistas por asesinar a varios ugetistas en la retaguardia republicana de Guadix. Lo hacen sin citar, en libros como Revolucionarios sin Revolución, y normalmente basándose en testimonios de ancianos, naturalmente afines a sus posiciones. Echando mano a la documentación podemos ver que fue exactamente lo contrario: varios milicianos de la UGT asesinaron a un cenetista que fue a detener a uno de sus miembros, que abusó de un propietario; la CNT entonces organizó un entierro y al mismo acudieron 200 milicianos de la Columna Maroto, todos ellos anarquistas, lo cual causó la acusación de incontrolados, a pesar de que el frente se mantuvo con muchos efectivos, ya que ese número era muy pequeño (10%), en un escenario bélico relativamente inactivo. No hubo incidentes, pero aún así miembros de la UGT siguieron asesinando a varios anarquistas poco después y llegaron a rodear, con un batallón, la sede confederal en Guadix. En la investigación se puede ver a un tal Porcel de la UGT como elemento activo en esas hostilidades dentro de la retaguardia, con bastante impunidad por parte de los “controlados”. Para la historiografía republicana socialista, en este hecho los incontrolados y desestabilizadores fueron los anarquistas, no solo por la movilización de un día de diversos milicianos, sino porque directamente los acusan de ser quienes los asesinaron, sin más fundamento que los recuergos vagos de un supuesto testimonio. Hay muchísimos ejemplos de cómo se ataca al anarquismo desde pretensiones y partidismos por parte de historiadores que se presentan como auténticamente “los objetivos”, pero esta charla no la quiero centrar en ello. Quien quiera ver más detalles puede ver Las Negras Tormentas de la Historia, cuya versión corta está publicada pero tengo pendiente presentar, en un futuro cercano, una versión más extendida. De ese texto me limitaré a decir que lo divido en varios capítulos, según las acusaciones maliciosas que se hacen al anarquismo, como integrado por terroristas, incontrolados, milenaristas, matacuras, violentos y otros adjetivos frecuentes en la historiografía.

A partir de ese texto se reflexiona sobre por qué se atacaba especialmente al anarquismo desde las historiografías. Y se entiende que, aparte del partidismo ideológico y activista, había otro elemento fundamental, y es que estas ideologías parten de conceptos y premisas muy distintas a la que tiene la ideología anarquista. Esta tiene como premisas el rechazo de toda forma de poder, autoridad y dominio, cosas que las otras no, que según su carácter justifica y acepta determinada forma de poder y jerarquía. Este rechazo propio del anarquismo produce una visión radicalmente diferente: no se teme la acción imprevisible y diversificada de las masas de los hombres y mujeres; el anarquismo rechaza muchas justificaciones de las otras historiografías que hablan de procesos civilizadores o estabilidad política; no se ve positivamente las calculadoras y matemáticas sobre qué es mejor económica o políticamente, donde unos salvadores salvan a los demás; la libertad, y no la pretendida felicidad o abundancia, es el objetivo del anarquismo. Y una historiografía anarquista no puede limitarse al determinismo económico del marxismo o a la calculadora de un positivismo. Busca la libertad de las personas y de la humanidad, y no entra si produce más o se remite a reglas universales bien establecidas. Se remite a las personas de su momento y entorno, a su concepción de la libertad y de su voluntad. Y frente a ella, el poder y la dominación, y lo que hace para establecerse y perpetuarse, y bajo qué ideología se justifica. Me di cuenta que los historiadores anarquistas practicaban ya una historia algo distinta. Aunque se decía que practicaban un materialismo histórico heterodoxo, o un positivismo desde posiciones partidistas o rebeldes, lo cierto es que la crítica al poder y la lucha emancipadora de la gente siempre fue el eje de sus investigaciones y escritos. Había una historiografía anarquista, no teorizada ni conciente, pero sí con unas pautas más o menos practicadas, y agrupados en torno a sus posiciones declaradas hacia el anarquismo. Pero una historiografía anarquista no se determina por el bando, sino por los principios y características que la definen. Esa fue la intención del texto Hacia una historiografía anarquista: deslumbrar las posibilidades de elaborar y definir esa historiografía y comenzar un camino conciente hacia ella, a fin de entrever posibles herramientas de investigación que nos ayude en el desarrollo historiográfico y de conocer así lagunas desconocidas hasta entonces de nuestro pasado, así como dar esa teoría anarquista de la historia que tantos historiadores libertarios llevaban pidiendo desde hace tiempo.

Ese texto ofrece unas características propias de esta historiografía anarquista, que se puede resumir en los siguientes puntos: 1. La libertad como motor de la historia; la lucha entre el poder y la libertad es el rasgo definitorio de la historia. 2. Las desigualdades sociales y económicas derivan de las relaciones de poder. 3. El poder se expresa de las más diversas formas, desde lo económico hasta lo cultural, pasando por lo político. 4. Binomio entre opresor y oprimido en las relaciones institucionales. 5. El Estado como principal institución histórica del Poder y de la Dominación. 6. Distinción entre Estado y Sociedad, negando la ideología estatista que subyace en la identificación de las instituciones estatales con el conjunto de la población. Evitar por tanto que Estado y Sociedad se confundan como lo mismo.

Para todo ello, era preciso estudiar cuestiones como el origen de la autoridad y del Estado, cómo se desarrolla las desigualdades sociales, qué se entiende por Poder y dominación, cómo la especialización se convierte en autoridad, la problemática de la gestión en los momentos de escasez de recursos, la distinción entre distintas formas de relaciones de poder (clan, tribu, vasallaje, esclavitud, ciudadanía…) y la reflexión entre los conceptos metafísicos de la autoridad (dios, ley, propiedad, nación…). Todos estos elementos colleva a una original interpretación desde las distintas fases de la historia, pasando por la prehistoria, la Antigüedad, el Medievo, la Edad Moderna y la Edad Contemporánea, hasta nuestros días, donde se pueden dislumbrar imprevistas formas de poder. Fijaros en la ciencia ficción, que nos ofrecen posibilidades insospechadas pero que podrían ser reales: ¿qué pasaría en un futuro donde el mundo entero esté interconectado y dominado por una única Inteligencia Artificial infalible pero que establece cómo debemos vivir? Nos llevaría a plantearnos muchas cosas. Desde luego, una historiografía pasa por hacer un análisis de los diversos elementos que ha usado el Poder para justificarse y establecerse: la conquista militar, el miedo, el orden social y la ley, el clientelismo, el monopolio del conocimiento, la eficacia centralista, el ideal de Dios reproducido sobre la Tierra, el progreso y la civilización, el Estado como expresión real de la Comunidad, o por el propio arrastre de la Tradición: “si ha funcionado, ¿por qué cambiarlo?” El Discurso de la Servidumbre Voluntaria de La Boétie fue muy inspirador al respecto, al estudiar las causas del por qué la población se somete a unas imposiciones que las molesta y está contra su naturaleza.

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Objetividad y subjetividad militante y no militante

En las problemáticas historiográficas prima la cuestión de la objetividad y de la verificación. Se hace difícil llamar a la historia “ciencia”, pero aunque entienda que no lo sea, sí es justo decir que no es cualquier cosa, y que es bueno que exija un sistema y método de verificación para establecer la realidad histórica. En cierto sentido, es una “ciencia”, pero no al modo de ciencia natural. En la Historia, entiendo que la Objetividad es como una Utopía: probablemente nunca lleguemos a ello, pero debemos intentarlo, y quizás sí lleguemos a algo muy parecido. Al final, el camino es lo importante. Los historiadores somos humanos, y por ello tenemos una educación muy determinada: nos hemos criado en unas culturas que no hay en otros sitios, hemos bebido de una ideología hegemónica que luego ha sido contestada por los pensamientos de nuestro entorno social… Todos tenemos una personalidad y experiencia propia que es imposible abstraerse del todo. Ningún historiador se ha planteado que quizás una mantis religiosa ha sufrido una injusticia cuando su entorno natural se ha visto destruido para la construcción de una ciudad o un campo de cultivo. Alguien realmente objetivo no pensaría jamás que un humano está por encima de un animal: pensar eso, justificado o no, es ya subjetivo. Pero aceptar la realidad de nuestra subjetividad no debe presuponer una defensa de esta subjetividad. Tal cosa conllevaría a imponer los criterios personales de cada uno, y resultando que somos muchas personas, si cada uno hace lo mismo, no se llega a nada salvo al autismo generalizado. Socialmente, los humanos, como animales sociales, debemos entendernos. Nuestra principal fuerza no son las manos ni el cerebro, sino nuestra capacidad de socializar, eso es lo que nos ha permitido sobrevivir durante milenios. El esfuerzo por llegar a entendernos, respetarnos y llegar a acuerdos y consensos nos empuja a entender que el conocimiento de la realidad no es cosa de la creencia personal de nadie, sino del saber y la investigación del conjunto de personas que se esfuerzan en llegar a la realidad de algo, conformando la verdad, es decir, la realidad que se conoce en el consenso humano. Y en esto, aunque no seamos realmente objetivos, sí podemos ser honestos en nuestra subjetividad. La honestidad es una herramienta que no debemos presumir, sino simplemente asumir y seguir en nuestro trabajo. Sin ella la Historia no será nada, solo un relato de intereses en conflicto más interesante por su literatura que por su conocimiento real.

Los historiadores objetivos han tenido razones para sospechar de los historiadores militantes, pues en el mundo de conflictos, los militantes han tomado partido activo por alguna postura, y no han dudado en engañar o mentir para lograr sus objetivos. Sin embargo, yo reivindico la figura del historiador militante, primero porque los historiadores no militantes nunca han estado libres de intereses y partidismos, que aunque no se muevan en el mundo político-social, sí responden a intereses económicos, académicos, egocéntricos y de otros muchos aspectos y factores. Asimismo, los historiadores militantes a veces pueden llegar a acceder a información muy determinada, o son los únicos capaces de comprender en su genuina profundidad numerosos testimonios históricos. De este modo, tenemos el ejemplo de la fosa de Federico García Lorca. El investigador Ian Gibson tuvo una localización que fue dada por un enterrador que aseguró haberlos visto y enterrarlos. Cuando se excavó, hará no mucho años, allí solo había roca madre, imposible haberlos enterrado allí. En cambio, un periodista falangista, Eduardo Molina Fajardo, entrevistó a muchos de las personas que participaron activamente en el fusilamiento, y todos concordaban en los mismos datos, a pesar de que cuando se realizó la entrevista ya todos vivían en distintos sitios y sin compromisos. El hecho de que les preguntara un compañero falangista daba pie a pensar que dijeron lo que ellos sabían con total sinceridad. Ya si salen o no es cuestión de si pasó algo que no sabían ni sabemos, o un error de alguna índole. Desacreditar por su falangismo a Eduardo Molina es simplemente anti-histórico y realmente un ejercicio de partidismo político. Todo testimonio es bueno para la Historia, porque permite contrastarlo y valorarlo.

Este es un tema que llevo trabajando desde hace un tiempo, y procuro impulsar, porque solo está dando sus primeros pasos y yo tampoco he terminado de explorar sus posibilidades y resolver sus problemáticas. Sí he querido transmitir que, aunque nacida y dominada por el Poder, la Historia es inevitable como bien para la humanidad, y que debemos atenderla, además de disfrutarla. Prácticamente todo el abanico de las actividades humanas tienen en cuenta de alguna forma los relatos históricos, y por ello establecer un modelo ácrata en esos relatos se me antoja como necesario e inevitable. Si a ello aportamos nuevas herramientas para el conocimiento o el desarrollo humano, la labor se muestra como muy prometedora.

Francisco José Fernández Andújar

Conferencia dada en Adra el 19 de Octubre de 2016

Escrito por Fran Andújar

Doctorando en Historia. Universidad de Granada.

3 Comentarios

  1. Excelente exposición tocayo.
    En mi tesis doctoral, y tampoco me supuso ningún problema, encuadré la misma en una teórica corriente libertaria historiográfica, y algunas pinceladas que muestras en este texto, también se plantean, lo que me lleva a pensar que sí, existe una corriente libertaria propiamente dicha.

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  2. Muchas gracias por tu comentario.

    Efectivamente, llegan tiempos de analizar la historia que se ha escrito, cómo, por qué y para qué. Sin necesidad de entrar en maniqueísmos ni en el bien o mal, pero sí comprobar por qué se han dicho tantas cosas que parece no tener explicación o quedar en simples caricaturas.

    El ejemplo que citas, el de la FAI, es modélico: la FAI es una organización más, con distintas funciones a un sindicato ácrata como CNT o una organización feminista libertaria como Mujeres Libres. No es ni más “radical” ni más “reformista”. Hay gente que no está en la FAI, y sí en la CNT, y son aún más violentos.

    Lo que ocurre es que hay un mito de la FAI producido fundamentalmente por la corriente historiográfica socialista-republicana, que intenta mostrar una CNT “buena” y domesticada, frente a una CNT “mala”, aventurera, violenta e irracional, que fue la que causó las insurrecciones y las críticas contra la II República. Estos historiadores no quieren asumir la represión inherente que ejerce todo gobierno, y ejercía efectivamente la II República, y que ésta no era “obrera” como se declaraba en su Constitución, sino burguesa, y por ello se debió a su “paciencia” en la aplicación de la Reforma Agraria, frente a la desesperación del campesinado.

    Mientras el Comité Nacional de Pestaña tuvo dudas y hasta rechazo por lo de Casas Viejas, la FAI, un poco a posteriori, lo apoyó. Como Casas Viejas fue lo que causó la caída del gobierno de Azaña, piensan estos historiadores que lo malo de Casas Viejas no es que se matara a gente en ese pueblo, se reprimiera y que el gobierno viera que “se hizo lo que se tenía que hacer”, sino la imagen pública y desprestigio popular que sufrió tal gobierno. A partir de ahí, Casas Viejas, que no siguió todas las pautas del plan que se estaba desarrollando (y que se estaba posponiendo porque un sector, el de Pestaña, no lo apoyaba), se vio arropada moralmente por la FAI, y a partir del conocimiento claro y completo de la tragedia de Casas Viejas, el apoyo popular, cayendo por sus propios actos, y no de la FAI, el gobierno republicano, que también quedó en desprestigio por otros acontecimientos y factores.

    La escisión pestañista, el Manifiesto de los Treinta y los Sindicatos de Oposición han sido igualmente manipulados por la misma corriente historiográfica, en la construcción de un relato histórico de buenos y decentes frente a locos utopistas violentos. El sector “moderado” tenía el apoyo de las bases de la CNT, pero la demagogia y la infiltración conspirativa de la FAI revirtió tal posición. No conciben el modo de cómo resurgió públicamente la CNT tras la Dictadura de Primo de Rivera, y que un año de funcionamiento dio el suficiente esclarecimiento sobre cómo era el gobierno republicano y cómo se tenía que actuar. Y ahí destacaron muchas “plumas” de una prensa libertaria muy leída y quien no leía escuchaba a otros leer. El trentismo-faísmo (aquella defensa argumentada de la gimnasia revolucionaria de García Oliver, básicamente apoyar los levantamientos populares que se van a dar sí o sí y espontáneamente) no es una problemática que transcurre dentro de los sindicatos, o los centros de trabajo o en las calles. Transcurre en la prensa principalmente y a partir de que se da la razón a unos, estos adquieren más prestigio y apoyo.

    Algo que transcurrió con tiempo y racionalidad, debe ser deformada por la historiografía pro republicana, para presentarlo como obra de una organización secreta “quenosabemosbien” cómo actuaba o qué pretendía. Un saco sin fondo en el que entra todo tipo de especulaciones y poder ajustar un relato histórico de un inocente gobierno republicano de izquierdas. Ese aspecto conspirativo que se da a la FAI es lo que la hace como una especie de “paralela” que nunca fue, y de darse, hubiera sido al revés: la CNT hubiese dominado a la FAI, y con facilidad.

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  3. Muy atinado texto, Fran, justo estoy trabajando en algo que tiene varias concomitancias y del que igual extracto algo para el portal; la historiografía sobre la FAI. En él trato de desmontar los mitos sobre fenómeno del ‘coloso faísta’ que, creo, debe más a los textos de carácter histórico clásicos (y justamente por carecer de la empatia que da la Historia Social) que deforman la realidad hasta crear una verdad paralela que, por desgracia, sienta cátedra, más que a su propia actuación como organización o grupo de afinidad, al menos hasta 1937 en que se convirtió en esa máquina de burocracia con Miró, Toryho y Santillán al frente de la firma de su acta de defunción

    Volviendo (que derivo) muy de acuerdo en todo lo que dices; respecto de militar y historiar sólo tienes que recordar a Séneca: Vivir es militar, un historiador -como un neurobiólogo- también es un ser humano, saber tomar la distancia es parte de la deontología y justificarse es perder un tiempo precioso.
    Ahora mismo y dado el aluvión bibliográfico y social pienso que es más tiempo de historiografía que de historia propiamente, no quiero decir que ya esté escrito todo o que de por bueno lo ya hecho, sólo añado que es necesario (e históricamente importante) comenzar a estudiar ciertas derivas intelectuales de autores de prestigio o el porqué del interés que hoy generan los revisionismos de las nuevas hornadas patrias, que aún son peores que los Payne o Moa de toda la vida (ya sabrás por dónde voy…)
    Enhorabuena, compañero, un trabajazo que hay que difundir.
    Abrazo y salud.

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