Antropología Edad Antigua Historia de la mujer Prehistoria Sexualidad

Nos educan para violar : orígenes de la cultura de la violación [1]

Yo confié, y la víctima de la manada también. Mi compi de clase no va a ser un violador. Tampoco queremos ser víctimas en potencia, queremos vivir. Pero tenían razón. Fui al coche con él y me violó. Cuando fuimos al coche empezó a tener gestos feos, no quiso tocarme ni besarme, me quitó el pantalón, las bragas, entonces le dije temerosa “escucha, nadie me ha tocado” mientras le extendía la mano abierta en señal de stop. Él no dijo nada, se puso el condón, se me puso encima, no pude pararle aunque traté de empujarle. Fue como si me partiera por dentro y grité como en una película de terror, me tapó la boca. Al poco tiempo cerré los ojos y pensé: “Ya estás aquí, y no puedes hacer nada. Respira hondo”, y así lo hice, como en el ginecólogo. Para mi sorpresa, de hecho conseguí relajarme y dejó de doler. Al parecer es por la adrenalina, que hace que te concentres en sobrevivir. Él lo notó porque me quitó la mano de la boca, aflojó el bloqueo y me preguntó: “¿Ya mejor?”. Yo aluciné, no respondí, sólo le miré con la boca abierta y los ojos saliendo de sus órbitas, mientras él seguía. ¿Pero es que esto le parece normal?

La víctima de la manada no entró a la fuerza al portal, yo fui al coche a perder mi virginidad, a tener sexo, ¿qué tiene eso que ver con lo que pasó después? Es violación

Fuente: “Todas hacemos vida normal porque las agresiones son parte de nuestra vida“. Píkara Magazine, 27/06/2018

Aclaraciones previas

El diverso movimiento feminista vive uno de sus momentos más vitales de su Historia, como quedó patente en las manifestaciones y huelgas del pasado 8 de marzo, día de la mujer [trabajadora], o por la creciente concienciación de la población en relación a la explotación estructural a la que está sometida la mujer.

En dicho contexto, el conocido caso de La Manada ha indignado a gran parte de la población residente en el estado español. Aquella violación múltiple ejecutada el pasado 7 de julio de 2016 ha sido un tema de actualidad. Más aún cuando la sentencia afirmaba que la mujer había sido abusada y no violada, básicamente por no defenderse ante el ataque, e incluso algún magistrado hizo un voto particular, en el sentido que ni tan siquiera había sido una agresión sexual lo ocurrido, más bien sexo consentido. No pretendo encuadrar este estudio en la llamada “Herstory“, e incluso, pese a que el principal objeto de estudio se podría considerar que es la mujer como víctima de violaciones amparadas por la sociedad, considero que es un escrito masculino, es decir, realizado por un hombre y que interpela, especialmente, a otros hombres.

Sobre el consentimiento, hay que hacer un pequeño alto en el camino y sin querer entrar en el debate sobre este tema, que es largo y tendido, considero que no siempre va ligado al llamado deseo sexual y es algo que debe de quedar claro. Puede exisitir sexo consentido sin necesidad de deseo sexual, es decir, alguien acepta mantener voluntariamente una relación aunque en ese momento su líbido no esté muy al alza o sencillamente lo hace por complacer al otro y, por el contrario y sería un ejemplo la cita que abre este artículo, encontrarnos a una persona que deseaba tener sexo con alguien pero que, tras el desarrollo de los acontecimientos, finalmente resulta ser violada. En cualquier caso, sexo consentido sin deseo sexual ni empatía se pueda considerar igualmente como un tipo de violencia, incluso ligada a la llamada cultura de la violación, pero no una violación en si mismo.

Como sabemos, el caso de La Manada ha creado episodios para todos los gustos, sacando a relucir las miserias con las qué convivimos en nuestro día a día. Lo bueno, si es que tiene algo de positivo un hecho de este tipo, es que ha sacado a debate la cuestión de la llamada cultura de la violación la cual y, parafraseando al grupo musical feminista Ira en su canción “en la boca del lobo”, se puede resumir en que se educan a los hombres para violar. Esto no quiere decir que todo hombre a lo largo de su vida sea con seguridad un violador, básicamente nos hace a todos nosotros, los hombres; heterosexuales, bisexuales, homosexuales o lo que se quiera sentir, incluso asexuales, como violadores o agresores potenciales.

Tras el auge de la lucha feminista con casos como los de la Manada, se han alzado voces desde la masculinidad solidarias con ese grupo de violadores. En portales pornográficos como Xhamster calificaron en su momento como “preocupantes” el aumento de ciertas búsquedas, tales como “La Manada”, “Vídeo de la Manada”, “Wolfpack” o “Video de San Fermín”, luego que el entorno de la defensa de los agresores filtrase el vídeo del acto misógeno.

De hecho, y en consonancia con el mencionado voto particular de un magistrado, voces eminentemente masculinas apoyaron públicamente a este grupo de hombres y cuestionaron la veracidad de la mujer violada, llegando a pedir la absolución de los acusados: desde grupos y mensajes en redes sociales, a Luciano Méndez, un profesor universitario de la Universidad de Santiago, con antecedentes tales como llamar la atención a alumnas por tener demasiado escote, ya que no le dejaban trabajar. Tampoco hay que olvidar que alguno de los violadores hicieron o enviaron declaraciones a medios de comunicación, uno incluso solicitó en su momento su libertad para estar con su hija y familia, y se centraron todos ellos en criticar a la joven afirmando que en verdad todo fue consentido.

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La Manada y todo el debate que ha generado resulta interesante porque refleja, en palabras de la periodista y antropóloga Nuria Alabao, un ejemplo de una violación enmarcada dentro de una cultura que la ampara:

la violación sería sólo otra manifestación de una serie de “agresiones” que se reproducen socialmente, que nos atraviesan a todos y que arrancan con la cosificación de la mujer. Es lo que desde el feminismo se llama “cultura de la violación”.

Casos como los de La Manada se producen a diario a lo largo y ancho del globo, lo que indicaría que, en estos inicios del siglo XXI, pese al auge del feminismo aún existe un discurso y práctica cotidiana que promueve la violación como parte de un privilegio masculino.

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En España los casos de violaciones que han saltado a los titulares en la prensa son bastante habituales en los últimos tiempos, desde “spin offs” de miembros de La Manada, a un joven de 17 que viola a una chica de 12 y la graba, o los casos ya habituales de curas amantes de carne joven. Y si alzamos la vista a cualquier otro estado del mundo comprenderemos que la cultura de la violación está bastante asentada globalmente, no entendiendo de nacionalidades, religiones o clases sociales. Uno de los casos que más impacto me causó fue el de una joven violada, drogada y empalada sucedido en Argentina el pasado 2016 y que resulta bastante poco esperanzador para la condición humana:

los jóvenes comenzaron a beber alcohol y a esnifar cocaína. Según consta en el expediente, la joven fue obliga a esnifar grandes cantidades de esta sustancia hasta que sus fuerzas se vieron anuladas. Fue entonces cuando los agresores aprovecharon para abusar sexualmente de la víctima.

El informe hospitalario confirma que la joven padeció un paro cardíaco, provocado por el terror que padece alguien bajo tortura extrema. Así mismo, sufrió un síncope vasovagal derivado de la introducción en la vagina de lo que podría ser un palo largo

Otro caso similar a La Manada fue el de la violación de una turista española en Costa Rica este mismo 2018, que desencadenó una serie de protestas ante el amparo, en muchos niveles, a la cultura de la violación existente en dicho territorio, pero que también ha sacado a relucir miserias xenófobas y clasistas en un asunto como una violación con resultado mortal.

Marruecos, por proximidad geográfica, así como por ser en España los y las marroquíes el colectivo migrante más numeroso, también ha sido foco de los medios en los últimos meses, con casos como el de la adolescente secuestrada, violada y torturada por sus agresores (la drogaron y le hicieron tatuajes), o una persona neurodivergente que fue víctima de un intento de violación colectiva en un autobús.

En cualquier caso, las violaciones, eminentemente ejecutadas por uno o varios hombres contra una mujer, son moneda corriente de las más variopintas sociedades, así que no dudo en afirmar que es un fenómeno global y en plena forma en este inicio de siglo.

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“Los toros nerviosos no, los toros nerviosos no se me dan bien por mucho que digan, lo que sucede es que los domino al que se deja dominar, porque le voy a decir una cosa: pienso que los toros nerviosos son como las mujeres, la que se deja se deja y la que no se deja creo que comete un error”. Fuente: Welowersize

Orígenes de la cultura de la violación

Según he citado anteriormente, Nuria Alabao afirma que la cultura de la violación tendría su orígen en la llamada cosificación del cuerpo femenino. Si buscásemos una definición entre las existentes sobre este último concepto, me parece bastante correcta la realizada por Shannon Ridgway, cuando afirma que:

la cosificación sexual, en contraposición [al deseo sexual], implica que una persona adquiere el rol de sujeto y la otra el rol de objeto; y en el caso de las relaciones heterosexuales estos roles se reparten a menudo de manera que el hombre toma la posición de sujeto, y la mujer de objeto

Y resulta aún más interesante cuando en el mismo artículo de El Salto Diario, afirma que la cosificación va ligada a la misogínia:

La cosificación sexual no sólo forma parte del satus quo, sino que además juega un papel en la corriente subyacente de misoginia que recorre nuestra sociedad. La misoginia se define como el “odio hacia las mujeres”, pero se trata de algo mucho más complejo que eso. Es deshumanización.

La misoginia niega que las mujeres puedan tener pensamientos, sentimientos y derechos. Les roba todo lo que nos hace humanos. Y cuando reducimos a las mujeres a la suma de sus partes físicas –eso es misoginia–, se equipara a la creencia de que sus pensamientos, sentimientos y opiniones no tienen valor, que lo único que tiene valor es su cuerpo. Cuando se utiliza a la mujer para propósitos puramente sexuales y se la desecha, la estamos desestimando como persona.

Así pues, para que exista una cultura de la violación tiene que existir una sociedad en donde la misoginia exista y, al mismo tiempo, se cosifique sexualmente a las mujeres.

Si vamos unos cuantos milenios atrás en el tiempo y nos situamos en la Prehistoria, de hecho, podríamos pensar que las violaciones de hombres contra mujeres, de cazadores recolectores asaltando grupos rivales y violando a sus hembras, debió de ser el origen de la cultura de la violación, pero si pensamos en estudios etnográficos o arqueológicos que rompen con esas interpretaciones presentistas, se pueden apreciar señales que nos indicarían que, durante la mayor parte de la existencia de nuestra especie, no exisitió una cultura de la violación. Como afirmó la doctora en Biología Carolina Martinez Pulido en un artículo en “Mujeres con Ciencia” del pasado abril de 2015:

Desde la perspectiva que da el tiempo, hoy puede afirmarse que en la primera mitad del siglo XX disciplinas como la Antropología, la Arqueología, la Paleontología, la Prehistoria o la Biología, sirvieron todas de paraguas para explicar la vida de los primeros humanos según modelos repletos de asunciones sobre los hombres y las mujeres occidentales actuales.

Proyectar la ideología de la sociedad moderna a los tiempos pasados dio origen, según numerosos expertos, a la poco realista tesis de un hombre paleolítico aprovisionador y una mujer dependiente. Pese a que ese razonamiento no se sustenta ni se refleja en datos científicamente obtenidos, ha mantenido su vigencia largo tiempo debido en esencia a la falta de cuestionamientos críticos y de un simple examen más profundo de los hechos.

Junto a la bióloga Carolina Martínez Pulido, numerosos estudios de las últimas décadas han roto con ciertas interpretaciones prejuiciosas del pasado prehistórico humano. Y en conjunto, podemos especular que, cuanto menos, la mayor parte de las evidencias encontradas, así como por el estudio de algunas tribus actualmente viviendo bajo la caza y la recolección en base a parámetros igualitaristas, lo que Carlos Taibo en su reciente libro calificaría como sociedades autogestionarias y horizontales, de tipo libertario [para diferenciarlas del movimiento anarquista con sus orígenes en Época Contemporánea], indican que en un contexto igualitario y sin fuertes jerarquías, las condiciones materiales para una cultura de la violación no existen. Y así fue la vida del Homo Sapiens hasta hace relativamente poco. De forma metafórica y para reafirmar lo planteado,  me gusta recordar una frase del “primitivista” John Zerzan, cuando en su Futuro Primitivo afirmó que:

Uno de los elementos convincentes a favor de la tesis de la cooperación, contra la de la violencia generalizada y de la dominación de los machos, es la de la disminución, ya en los primeros estadios de la evolución, de la diferencia de talla entre machos y hembras. El dimorfismo sexual era inicialmente muy pronunciado: caninos prominentes o “dientes de combate” entre los machos y caninos mucho más pequeños entre las hembras. La desaparición de los grandes caninos entre los machos apuntala la tesis según la cual la hembra de la especie operó una selección a favor de los machos sociables y compartidores. La mayor parte de los simios actuales tienen los caninos más largos y gruesos entre los machos que entre las hembras, la hembra no tiene elección.

La división sexual del trabajo es otra cuestión fundamental en los principios de la humanidad; es aceptada casi sin discusión e incluso expresada por el orden mismo de la expresión cazadores recolectores (a partir de ahora recolectores cazadores). Actualmente se admite que la recolección de alimentos vegetales, que durante mucho tiempo se consideró un dominio exclusivo de las mujeres y de importancia secundaria frente a la caza, sobrevalorada como actividad masculina, constituía la principal fuente de alimentos. Siendo así que las mujeres no dependían, de manera significativa de los hombres para alimentarse, parece probable que, al contrario de toda división del trabajo, la flexibilidad y el reparto era la regla.

Así pues, si en un contexto prehistórico de igualitarismo social, las condiciones para una cultura de la violación son débiles, posiblemente esta cultura esté ligada a la aparición de la jerarquía social a fines del paleolítico y relacionada, cronológicamente, a la aparición del patriarcado, la domesticación de animales y plantas y por consiguiente el concepto de propiedad. Tampoco creo que esté mal encaminado si pienso en estudios sobre el tema tan antiguos como el clásico de Engels de 1884, titulado “El Orígen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado“, en donde, pese a las carencias interpretativas fruto del positivismo de la época y las limitaciones de los estudios por entonces existentes, ya trazaba la idea que familia patriarcal, estado y jerarquías sociales estaban ligadas en muchos sentidos a la aparición de la propiedad privada. De igual modo, si miro atrás en el tiempo y pienso en mi época universitaria, aún recuerdo cuantos tópicos acerca de la Prehistoria destrozaba la desaparecida María Encarna Sanahuja Yll en la Universidad Autónoma de Barcelona, para comprender que, a menudo, hemos aplicado en nuestra interpretación del pasado una visión presentista, especialmente en cuanto al rol e importancia de las mujeres en nuestro pasado (y presente).

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Como conclusión, no considero aceptable las hipótesis que señalan que los hombres por naturaleza sean violentos o más violentos que las mujeres, y que tras ello exista una explicación que sirva para entender la llamada cultura de la violación. Ésta apareció por un factor cultural, de una ruptura con las formas de vivir que, hasta la aparición de la jerarquía social, no se habían vivido, tal y como señalaría Margarita Sánchez Romero en “Mujeres y estrategias pacíficas de resolución de conflictos: el análisis de las sociedades prehistóricas”, dentro de Violencia deliberada. Los orígenes de la violencia patriarcal:

como señala Mª Dolores Mirón, que la mujer simbolice la paz no es tan idílico como se puede suponer, la mujer ha sido excluida de la guerra conscientemente por el orden patriarcal (Mirón, 2004, pp. 740-743). La guerra ha sido considerada como el motor de la historia, la participación en ella implica poder y toma de decisiones políticas, económicas y sociales, esferas de las que las mujeres han sido también excluídas.

Se establece, por tanto, desde muy antiguo una dicotomía que señala a los hombres como violentos y a las mujeres como pacíficas, sin que eso tenga, como ya hemos señalado, un sesgo peyorativo para los individuos masculinos. Sin embargo, creemos que, a pesar de la hipótesis biologicistas señaladas por Galtung (1996), los comportamientos violentos no tienen una explicación biológica, es decir, no se es más o menos violento o pacífico por haber nacido hombre o mujer, por la identidad sexuada de los individuos. [Página 40]

En síntesis: la cultura de la violación va ligada al patriarcado, y éste va ligado a la aparición de las jerarquías sociales, posiblemente en los últimos estertóres del Paleolítico y primeros compases del Neolítico, caracterizado éste último por la domesticación de plantas y animales. Y si pensamos en el llamado patriarcado, este se podría resumir como un sistema estructural que otorga ciertos privilegios y dominio social a la figura masculina. De esta concepción de las relaciones humanas, la figura femenina queda relegada a un segundo plano social y subyugada al dominio masculino.

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Sobre esa transición entre sociedades prehistóricas igualitarias o matriarcales y las patriarcales y jerárquicas, posiblemente una de las teorías más interesantes sean las derivadas por los trabajos de la investigadora Marija Gimbutas, quien planteará que en la llamada “Vieja Europa”, incluso en el Neolítico, con la aparición de la agricultura y la domesticación de animales y plantas, existieron sociedades complejas de corte matriarcal, lo que daría un nuevo significado y origen a la cultura civilizada europea. Dicha cultura quedaría reducida a cenizas tras las repetidas invasiones de los llamados pueblos indoeuropeos (arios), procedentes del norte del Mar Negro, de igual modo que pasaría con los llamados pueblos Semitas en la zona de la actual Palestina, Líbano, Síria, etc. Ambos pueblos, culturas seminómadas ganaderas y habituadas a la guerra, jerárquicas y patriarcales, serían según los estudios de Gimbutas los impulsores del patriarcado tras sus invasiones. Esto ocurrió entre el 5000 y 1500 ANE.

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Zona de la “Vieja Europa”, territorio que estudió en numerosos yacimientos Marija Gimbutas, descubriendo una sociedad de corte matriarcal en un contexto neolítico y de la llamada Edad de los Metales

En las sociedades plenamente históricas, es decir aquellas que ya hacían uso de la escritura y representadas por los primeros estados, Marta Ortega Balanza, en el libro anteriormente mencionado, en su capítulo “Delitos relacionados con la función procreadora femenina en las leyes del Próximo Oriente Antiguo”, señala algunas características comunes de muchos códigos de leyes de aquellos estados pristinos, tales como ser redactados para y por hombres, y en donde las mujeres, a excepción de prostitutas y algunas vinculadas a oficios concretos, eran consideradas por las leyes como propiedades masculinas (padre, marido, hermano…) destinadas a perpetuar la especie:

la ideología imperante definía a la mujer únicamente en términos de su capacidad procreadora y la educaba para cumplir con el papel socialmente aceptado de esposa y madre. Esa socialización ineludible tenía como resultado la cosificación de la sexualidad femenina, concebida como una mercancía para el disfrute del varón [Página 82]

De aquí también se puede entender que ya existiese, con la aparición de la mujer propiedad de los hombres, la figura de la prostituta, una mujer que en muchos sentidos podía ser en lo económico y personal más autónoma que una mujer casada, en el contexto ya por entonces de predominio de una familia nuclear, pero que representaba, al mismo tiempo, la sublimación del cuerpo de la mujer considerado como un producto, una mercancia. Y más allá de las prostitutas, cuando las mujeres eran mercancia al servicio de los intereses de las familias patriarcales, la cultura de la violación era ya presente, ya que empiezan a existir bastantes casos legales, especialmente notorios en el caso de la legislación egipcia, que establecían compensaciones entre familias en casos de maltratos o mujeres violadas en el seno de matrimonios pactados, que eran la norma habitual en el mundo antiguo. Por ejemplo, un padre que aceptaba que su hija se casase con el varón de otra familia, podía reclamar, como fue habitual en el antiguo Egipto, compensaciones en caso que este tipo violencias se produjesen.

Igualmente, por entonces una joven violada era más “económica” en los tratos familiares que una que llegase “inmaculada” al matrimonio. Las mujeres no eran personas, eran consideradas mercancías.

La cultura grecolatina y la cultura de la violación

En pleno siglo XXI muchos aspectos de la cultura clásica de la antigua Grecia y Roma siguen presentes en Occidente, y teniendo en cuenta que la cultura occidental es la dominante a escala global en estos prolegómenos de siglo, da cuenta de la importancia de este legado. Si analizamos las costumbres de dichas sociedades, la literatura y otras manifestaciones artísticas, leyes machistas, o incluso en la Mitología, tanto griega como romana, podemos enteder que el patriarcado gozaba de muy buena salud por aquellos tiempos, mientras que la cultura de la violación formaba parte del discurso misógeno imperante.

En el libro coodinado por Maria Dolors Molas Font, La violencia de género en la antigüedad, se da cuenta de ello en diferentes artículos, especialmente centrados en el caso de la antigua Grecia,  aunque por intereses económicos y políticos, en algunos momentos históricos, especialmente en la Antigua Roma, la opresión no fuese tan evidente, como ya remarcó en su momento Marylin Arthur en “From Medusa to Cleopatra: women in the ancient world” [Dentro de: Becoming visible: women in European History (1987)], o en el caso concreto del matrimonio romano, en un breve artículo de Eduardo Montagut en Tribuna Feminista que da cuenta de ello.

Si pensamos en los dioses griegos y romanos, podemos apreciar como la violación por sí misma era un hecho corriente e incluso no tenía una connotación negativa. De hecho, en caso de castigarse o censurarse, se hacía por el robo de una propiedad entre hombres. Aasí lo afirma Victoria Mateos de Manuel en “Licantropía y cultura de la violación“, publicado en el portal La Grieta el pasado diciembre de 2017, un excelente artículo sobre la cultura de la violación de muy recomendable lectura. Si nos centramos en dicho texto, me parece muy acertado el planteamiento de Mateos de Manuel cuando diserta sobre el hecho que en la mitología grecolatina clásica la figura del “rapto” estuviese tan presente y formase parte, al mismo tiempo, de un discurso encaminado a normalizar las violaciones contra mujeres:

En esa lógica de la disolución de la responsabilidad, a nivel terminológico, en la cultura de la violación juega un papel determinante el término «rapto», el cual ha sido usado con frecuencia en la historia para referirse al abuso sexual. El rapto de las hijas de Leucipo, el rapto de las sabinas, el rapto de Europa o el rapto de Proserpina son temas persistentes de la mitología grecolatina. La asociación entre secuestro (rapto) y violación como términos parejos se encuentra desde la Antigüedad y aporta una sutil y perversa connotación al acto de violación: éste no se trataría de una fechoría contra la mujer y, por tanto, su maldad no tendría que ver con el dolor que infringe a la víctima, sino que la violación se entendería como un mero acto de robo contra un propietario. El violador roba un cuerpo que pertenece a un padre o a un marido y, con ello, la violación queda tipificada como un acto de hurto, como un crimen contra los derechos de propiedad y no de violencia contra la mujer.

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Fuente: Hablando de todo un mucho

De igual modo, si pensamos en diferentes figuras mitológicas, a muchos se les podría calificar como violadores satisfechos y sin remordimientos, tal y como Victoria de Mateos explica perfectamente:

La metamorfosis de Ovidio, relato clave en la fijación de la cultura grecolatina en que se narran los acontecimientos vitales de los dioses, es un compendio de pasajes entre los cuales se hallan múltiples escenas de acoso y violación: Apolo y Dafne, el rapto de Prosérpina o el mito de Pigmalión, por ofrecer algunos ejemplos. Del mismo modo, Zeus, padre de los dioses y los hombres en la mitología clásica, lejos de una filiación modélica, fue un violador reincidente y sin remordimientos: violó a Leda convirtiéndose en cisne y a Europa metamorfoseándose en toro; raptó al joven Ganímedes; abusó de su madre Rea y también de su hermana Demeter, violación de la que nació Perséfone, a quien también violaron Hades y Poseidón[3]. En definitiva, nuestro legado cultural grecolatino, en el que se apoya la simbología y tradiciones del mundo occidental, es absolutamente perturbador y execrable

No quiero insistir más en este tema, pero parece evidente que la cultura de la violación en la época clásica grecolatina fue algo bastante evidente, desarrollado y que se reflejará en todos los aspectos de la vida cotidiana de por entonces. Podemos pensar que la influencia de dicha época nos queda lejana, pero si pensamos, sólo en el terreno artístico, en el Renacimiento en Época Moderna, o ya en los incios de la contemporaneidad con el arte Neoclásico, podemos comprender como ese mundo ha sido base fundamental de la evolución histórica de la cultura occidental, y en consecuencia, de la llamada cultura de la violación.

 

 

 

Diferentes manifestaciones artístcas clásicas sobre el rapto de Europa (Zeus es el toro). Fuente: El Almacén de Clásicas

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Detalle de una copa ática griega del 520-510 ANE, conservada actualmente en el Museo del Louvre, París. En ella se puede observar una escena sexual, nos encontramos a dos hombres penetrando la boca de un par de mujeres en actitud pasiva. De hecho, pese a la escasa expresividad emocional de la obra, resulta evidente quienes son los sujetos sexuales y quienes las objeto. A la mujer de la izquierda otro hombre la penetra analmente, una práctica muy habitual en la Grecia clásica y origen hoy en día de asimilar “un griego”, en el terreno sexual, al sexo anal. Las posiciones de ambas mujeres son incómodas y en gran medida humillantes, especialmente la de la izquierda, aunque la de la derecha esta siendo sujetada del cuello mientras está a punto de ser penetrada oralmente. El hombre del centro, que luce una corona de laurel, otro símbolo vinculado al abuso de las mujeres, blande en su mano derecha un objeto, seguramente una sandalia o calzado, predispuesto a azotar a la mujer que está violando junto a un compinche.

La cultura de la violación bajo el cristianismo antiguo.

La aparición y predominio del cristianismo en Occidente hunde sus raíces en la Antigüedad, siendo parte de la llamada cultura judeocristiana, la cual, en muchos aspectos, rompió con los viejos esquemas clásicos o, cuanto menos, convivió con ellos. En el terreno sexual, por ejemplo, esta moral eminentemente de carácter ético-religioso, sancionaba la obtención de placer, en contraposición al mundo clásico, que asociaba el placer sexual a un regalo de los dioses. El sexo, bajo el nuevo prisma, era algo únicamente destinado a la procreación en el contexto de un matrimonio. Eso no impedió que la prostitución siguiese siendo algo común, que las mujeres dejasen de ser propiedades de los hombres, o que la cultura de la violación desapareciese.

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De hecho, si seguimos la pista de investigadoras como Katie Edwards, podremos encontrar diferentes ejemplos de la cultura de la violación tras pasajes bíblicos, y en el caso concreto de Edwards, interesantes relecturas de los mismos.

Así pues, si nos centramos en el caso concreto del cristianismo hasta su cisma en la época de la Reforma protestante y Contrareforma católica, aparecen una serie de elementos, vinculados a las mismas prácticas religiosas de la Biblia, que nos demostrarían que la cultura de la violación, en un contexto patriarcal, siguió estando presente. De la Biblia se pueden extraer varias metáforas sobre la condición femenina, la primera de ellas es que la mujer es propiedad del hombre. Cuando Dios creó a Eva lo hizo de una costilla de Adán, es decir, un subproducto del hombre. De igual modo, cuando se representa a las mujeres autónomas, se hace como símbolo del mal o desgracias. De hecho, la misma Eva sirve para este mismo fin, ya que, cuando ofrece la manzana a Adán, sentencia la expulsión de ambos del Paraíso. Y si lo pensamos fríamente, lo que se sancionaba en la Biblia de la conducta de Eva, fue precisamente el pensar de manera autónoma.

Sobre el caso concreto de la cultura de la violación, el mundo judeocristiano responsabilizaba a la mujer de mantener su “honra” intacta antes del matrimonio. En otras palabras, si era violada era en parte por su culpa, porque “se dejó hacer“.

Un ejemplo de ello lo encontramos en Samuel 11-14:

Y David envió a Tamar a su casa, diciendo: Ve ahora a casa de Amnón tu hermano, y hazle de comer.

Y fue Tamar a casa de su hermano Amnón, el cual estaba acostado; y tomó harina, y amasó, e hizo hojuelas delante de él y las coció.

Tomó luego la sartén, y las sacó delante de él; mas él no quiso comer. Y dijo Amnón: Echad fuera de aquí a todos. Y todos salieron de allí.

10 Entonces Amnón dijo a Tamar: Trae la comida a la alcoba, para que yo coma de tu mano. Y tomando Tamar las hojuelas que había preparado, las llevó a su hermano Amnón a la alcoba.

11 Y cuando ella se las puso delante para que comiese, asió de ella, y le dijo: Ven, hermana mía, acuéstate conmigo.

12 Ella entonces le respondió: No, hermano mío, no me hagas violencia; porque no se debe hacer así en Israel. No hagas tal vileza.

13 Porque ¿adónde iría yo con mi deshonra? Y aun tú serías estimado como uno de los perversos en Israel. Te ruego pues, ahora, que hables al rey, que él no me negará a ti.

14 Mas él no la quiso oír, sino que pudiendo más que ella, la forzó, y se acostó con ella.

15 Luego la aborreció Amnón con tan gran aborrecimiento, que el odio con que la aborreció fue mayor que el amor con que la había amado. Y le dijo Amnón: Levántate, y vete.

16 Y ella le respondió: No hay razón; mayor mal es este de arrojarme, que el que me has hecho. Mas él no la quiso oír,

17 sino que llamando a su criado que le servía, le dijo: Echame a ésta fuera de aquí, y cierra tras ella la puerta.

18 Y llevaba ella un vestido de diversos colores, traje que vestían las hijas vírgenes de los reyes. Su criado, pues, la echó fuera, y cerró la puerta tras ella.

19 Entonces Tamar tomó ceniza y la esparció sobre su cabeza, y rasgó la ropa de colores de que estaba vestida, y puesta su mano sobre su cabeza, se fue gritando.

Otros fragmentos bíblicos, especialmente del Antiguo Testamento, siguen mostrando diferentes situaciones en donde se responsabiliza a las mujeres del mantenimiento de su “honra”, culpabilizándolas o despreciándolas en caso de ser violadas. Amnón violó a su hermana y sabía que no le pasaría nada a priori, puesto quien tendría todas las consecuencias de humillación y desprecio público sería Tamar. De hecho, tras la violación de Tamar, quien tomará cartas en el asunto será una figura masculina, concretamente otro hermano de Tamar, Absalón, quien vengaría el acto de Amnón. Al final un asunto de hombres que se resuelve entre hombres, quedando la mujer reducida a una mera mercancía, en este caso mancillada, pero mercancía al fin de cuentas.

Otro ejemplo interesante que refuerza esta idea lo encontramos en el Crimen de Guibeá (Jueces 19), que en palabras de Victoria de Mateos de Miguel:

En él un hombre entrega a su esposa para que sea abusada colectivamente, apareciendo la licitud de la violación en grupo y el papel social de la mujer como mera moneda de cambio entre varones. Además, el estatuto de víctima en tal acto reprobable es inexistente: la mujer, contaminada tras la violación y teniendo que asumirse como culpable de la misma, acaba descuartizada por su marido. Dice así:

«Ya estaba animándose cuando los del pueblo, unos pervertidos, rodearon la casa, y aporreando la puerta, gritaron al viejo, dueño de la casa:

— Saca al hombre que ha entrado en tu casa, que nos aprovechemos de él.

El dueño de la casa salió afuera y les rogó:

— Por favor, hermanos, por favor, no hagáis una barbaridad con ese hombre, una vez que ha entrado en mi casa; no cometáis tal infamia. Mirad, tengo una hija soltera: os la voy a sacar, y abusáis de ella y hacéis con ella lo que queráis; pero a ese hombre no se os ocurra hacerle tal infamia.

Como no querían hacerle caso, el levita tomó a su mujer y se la sacó afuera. Ellos se aprovecharon de ella y la maltrataron toda la noche hasta la madrugada; cuando amanecía la soltaron.

Al rayar el día volvió la mujer y se desplomó ante la puerta de la casa donde se había hospedado su marido; allí quedó hasta que clareó.

Su marido se levantó a la mañana, abrió la puerta de la casa, y salió ya para seguir el viaje, cuando encontró a la mujer caída a la puerta de la casa, las manos sobre el umbral. Le dijo:

— Levántate, vamos.

Pero no respondía. Entonces la recogió, la cargó sobre el burro y emprendió el viaje hacia su pueblo.

Cuando llegó a casa, agarró un cuchillo, tomó el cadáver de su mujer, lo despedazó en doce trozos y los envió por todo Israel.

Cuando lo vieron comentaban:

— Nunca ocurrió ni se vio cosa igual desde el día en que salieron los israelitas de Egipto hasta hoy. Reflexionad sobre el asunto y dad vuestro parecer».

Otro aspecto importante a considerar en la época final del mundo antiguo, con el cristianismo siendo religión oficial, tanto en el Imperio Romano de Oriente como en el de Occidente, y durante todo el medievo y mundo moderno, en sus diversas corrientes, es el hecho que la moral judeocristiana fue la moral dominante en Occidente y otras latitudes del mundo. Durante ese largo periodo pervivió la idea sobre la mujer como la de un objeto destinado a la procreación vía unión matrimonial. Dichos matrimonios eran pactados y ellas meras mercancías de los hombres.

A día de hoy nos resulta chocante que los matrimonios sean de ese modo, como lo demuestra que sea noticia de vez en cuando el hecho que, en otras culturas no tan occidentalizadas, sea aún corriente la concertación entre familias de los matrimonios, y como a menudo se derivan de esos tratos flagrantes violaciones e incluso pederastia, puesto que la concertación de matrimonios, recurrentemente, comporta una fuerte diferencia de edad entre el hombre y, para ser exactos, la niña. En cualquier caso, el pactismo familiar para la creación de matrimonios, situación que provocaba una recurrente, silenciosa y perenne situación de violaciones en el seno de las uniones sagradas, fue algo común hasta bien entrada la época contemporánea, aunque en dicho contexto medieval, en los estratos superiores de la sociedad, apareció el llamado amor cortés, el cual sería la base para el hoy hegemónico amor romántico. Por un lado una muestra de libertad personal ante dicha concertación marital, pero que, como apreciaremos en la segunda parte de este artículo, siguió relegando a la figura femenina a un papel subalterno y que no mejoraría ostensiblemente sus condiciones materiales de vida. De igual modo, apreciaremos la evolución de la cultura de la violación desde la aparición del amór cortés medieval hasta nuestros días.

A modo de conclusión de esta primera parte, la llamada cultura de la violación va asociada a la aparición del Patriarcado, mientras que éste aparece en un contexto de centralización y jerarquización social, con sus raíces en los fines del Paleolítico y Mesolítico, asociado a la germinación de la vida sedentaria neolítica y que culminará con los estados del mundo antiguo. En los estados analizados, vincualados con nuestra cultura occidental, se da cuenta de cómo la cultura de la violación estaba normalizada. La irrupción del cristianismo en el occidente antiguo será la semilla de una nueva concepción de las relaciones sociales, lo que comportará una relectura de la sexualidad. En ella, la cultura de la violación seguirá estando presente, aunque con matices con respecto al mundo de la mitología grecolatina, mientras que perdurará la idea que la mujer es un ser dependiente del hombre y continuará estando marginada socialmente, lo que favorecerá el fortalecimiento y consolidación de un sistema patriarcal y, en consecuencia, de una cultura de la violación.

 

2 comentarios

  1. En la copa ática, puede ser posible que la persona que está siendo sodomizada sea otro hombre. El tipo de peinado es parecido al de los otros hombres y diferente al de la mujer de la derecha, a la que también se ven los pechos, cosa que no sucede con la persona de la izuierda.

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    1. Buena observación. La verdad es que pensé que era una mujer, en parte porque en la mayoría de fuentes que he consultado la imagen se asocia a mujeres siendo violadas, por ejemplo en el libro de “Violencia Deliberada” que he utilizado en el artículo. Mirando otras cosas sobre la imagen en Internet también aparecen interpretaciones que la ven como una muestra de la atrevida sexualidad en la antigua Grecia, como una especie de precedente del porno o similar.

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