Antropología Prehistoria

La Humanidad ante colapsos: la erupción de Toba y la extinción de especies humanas.

Hasta hace relativamente pocos años la mayor parte de estudios sobre la humanidad indicaban que una de las diferencias entre nuestra especie, el Homo Sapiens, con el resto de homínidos residía en su capacidad de tener un pensamiento simbólico, lo que explicaría, por ejemplo, ciertas manifestaciones artísticas, vinculadas a la religiosidad o al pensamiento abstracto. Sin embargo, hace escasas semanas se ha confirmado lo que ya se sospechaba desde algunas investigaciones, que dicha cualidad no era exclusiva del Sapiens, ya que se han datado recientemente pinturas simbólicas atribuibles al Homo Neandertal con una antigüedad de 65.000 años y 20.000 años antes del contacto entre Sapiens y Neandertales en Europa.

De hecho, si pensamos por ejemplo en la composición de la Humanidad hace 70-50.000 años, nos encontramos que, como mínimo, 4 especies de Homo convivieron en la tierra y algunas de ellas con estrategias de supervivencia equiparables en algunos casos entre si: Sapiens, Neandertales, los Denisovanos y el llamado Hombre de Flores, alias “el Hobbit”, una especie oriunda de la isla indonesia con el mismo nombre y posiblemente una adaptación miniaturizada de los antiguos y entonces ya extintos Homo Erectus -aunque aún existe el debate si reductos de Erectus vivieron hasta esas fechas-.

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En cualquier caso, conforme nos acercamos al periodo de hace 20-15.000 años, encontramos únicamente al Homo Sapiens como especie homínida viva. La gran mayoría de los estudios señalan que el contacto de Sapiens con otras especies similares produjo en estas últimas un fuerte impacto. Aún así, el contacto entre Sapiens y otras especies no necesariamente fue el motivo de la extinción de dicha diversidad homo. Según Antonio Rosas, director del Grupo de Paleoantropología del Museo Nacional de Ciencias Naturales: “en el caso de los neandertales se trata de un fenómeno multifactorial (…) En un periodo especialmente frío, los bosques desaparecen, algo que ocurrió durante el último máximo glacial. Es muy posible que ese deterioro climático y ecológico influyese en la extinción. El número de efectivos era muy bajo y muy variable. Además, llegaron poblaciones nuevas [los Sapiens], con una tecnología distinta y un aparato cultural muy potente” [Fuente: El País Semanal, 04/09/2017].

Parece que la dispersión de los Sapiens desde África hacia el resto de continentes, fenómeno en plena eclosión en dichas fechas, afectó negativamente a otras especies homínidas, aunque no necesariamente fue un proceso rápido o enfocado en el conflicto. De hecho, parte de los Neandertales y de los Denisovanos tuvieron hibridación con los Sapiens, hasta el punto que en escenarios actuales como Europa y parte de Asia (y América), se encuentran trazos de ADN Neandertal, o que en parte de Asia (y América) y especialmente Oceanía, se encuentre también un porcentaje de ADN Denisovano en Sapiens modernos, mientras que únicamente las poblaciones de Sapiens sin hibridación se encuentran en África. De hecho en dicho escenario de hibridaciones, la genética indicaría que una cuarta especie, quizá el Erectus u otra aún sin catalogar, en esas u otras fechas, incorporó parte de su genoma en nuestra especie. Como afirmaron los genetistas Ewan Birney y Jonathan Pritchard: “Parece que, en el Pleistoceno tardío, Eurasia era un lugar interesante para el homínido, con individuos de al menos cuatro grupos separados viviendo, conociéndose y ocasionalmente manteniendo relaciones sexuales” [Fuente: Blog de José Manuel Nieves].

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Podríamos pensar en dichas migraciones y contactos de Sapiens con otras especies como un torrente desbordado que desplazaba demográficamente a otros humanos en competencia, pero las evidencias en cuanto a hibridación y varios miles de años de convivencia, sin restarle importancia a dicha hipótesis, sí que hace matizarla, más aún si pensamos que en ese periodo de hace 70-50.000 años el número total de Sapiens y otras especies Homo fue bastante escaso y, en los siguientes milenios, la cuestión no mejoró ostensiblemente. Así pues, la diversidad de especies homo y su cohabitabilidad en un mismo medio fue durante gran parte de nuestra evolución algo normal, la anormalidad es la situación que vivimos en estos últimos 20.000 años, en donde únicamente poblamos el planeta los Sapiens con reminiscencias genéticas de otros homínidos hoy extintos.

Sin descartar que el contacto de Sapiens con otras especies hermanas como causa del declive de estas últimas, los estudios genéticos realizados en los últimos años nos indican que todas las poblaciones de Sapiens actuales se remontan a unos escasos 2000 individuos, lo que significa que en un periodo antiguo, estuvimos a punto de ser también una especie extinta. Por lo tanto, debieron existir también factores comunes a la propia extinción de otros homos y la casi desaparición de nuestra propia especie, en tiempo y cronología similares.

Hace unos 75-70.000 años se produjo el llamado evento de Toba, la erupción de un supervolcán en Indonesia, la misma alcanzó una magnitud 8 o Mega Colosal, siendo el único episodio de este tipo que hemos vivido como especie. Las consecuencias de dicha erupción fueron devastadoras:

“Expulsó 2800 kilómetros cúbicos de material hasta una altura de 40 km, llegando a formar capas de entre 3 y 12 metros de ceniza acumulada en la India y sur de China. También envió a la atmósfera mil toneladas métricas de ácido sulfúrico. La ceniza bloqueó la llegada de los rayos solares provocando un descenso global de las temperaturas en unos 3 o 3,5 grados Celsius, con extremos de hasta 16 grados. El invierno volcánico tuvo unos 6 años de duración, pero los efectos de enfriamiento climático duraron otros 1800 años determinando la fase más fría de la última glaciación. Terribles lluvias ácidas se abatieron sobre la superficie terrestre. Se produjeron sequías y eventos climáticos extremos que impactaron dramáticamente en los ecosistemas” [Fuente: Historika].

Los efectos de dicho acontecimiento afectaron a todas las especies vivas del planeta, incluidos los homos. De hecho, existen ciertas evidencias que, antes del desastre de Toba el Homo Sapiens había empezado ya su periplo fuera de África, sin embargo, este evento sugiere que las poblaciones existentes de humanos entraron en declive, se aislaron entre ellas y, seguramente, interrumpió estas migraciones fuera de África de los Sapiens. De hecho, el desastre de Toba, junto a unas condiciones climáticas duras, parecen ser factores que motivaron la expansión principal del género Sapiens por Euroasia hace 70-60.000 años, es decir, el desastre paralizó o aisló esa primera tendencia migratoria, pero a posteriori configuró las migraciones que han dado paso a la humanidad actual. Las condiciones ambientales pusieron a los diferentes homos al borde de extinción o contribuyeron decisivamente a la misma.

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De hecho, el paso de épocas glaciares a otras que no, son ejemplos a lo largo de la evolución de los homínidos de adaptación o no al medio. Otros cuellos de botella como el producido durante la época del evento de Toba han sido corrientes en el transcurso de nuestro devenir. El Sapiens, por ejemplo, cuyo origen se data en hace aproximadamente 200.000 años, se vio en el trance de superar una glaciación de hace 150.000 años que también estuvo a punto de provocar su extinción. O como hemos apuntado anteriormente, el Neandertal acabó sucumbiendo ante los efectos de una glaciación de hace 30-25.000 años y la posible competencia Sapiens.

Las glaciaciones y cambios climáticos, unido a eventos como grandes terremotos o erupciones volcánicas colosales, nos indican que, pese a haber superado dichos eventos los y las Sapiens, fue en parte una cuestión de suerte. Quizá en una dimensión paralela, si es que existen, el homo dominante en el presente sea un Neandertal o un Denisovano, y ahora estarían especulando por qué ellos sobrevivieron y no otras especies como la nuestra.

Una catástrofe como la de Toba a día de hoy tendría efectos devastadores para el conjunto de la Humanidad, más aún si pensamos que la configuración de los modelos de producción, acceso al conocimiento y tecnología son muy diferentes a épocas en las que, pese a la relativo y escaso avance técnico, cualquier humano era bastante autónomo y capaz de sobrevivir en un medio natural por su propia cuenta y conocimiento.

A modo de ejemplo de las posibles consecuencias a día de hoy de una erupción colosal, podemos pensar en una época relativamente reciente, como fue el primer tercio del siglo XIX, concretamente los años 1815 y 1816, este último llamado el “año sin verano”. En la tarde del 5 de abril de 1815 el monte Tambora, nuevamente en Indonesia, entró en erupción. No fue un evento equiparable a las terribles consecuencias del evento de Toba, pero sí que nos muestra algunas pinceladas de las dificultades que tendríamos, incluso a día de hoy, ante una catástrofe natural de esta índole. Para hacernos una idea, el sonido de la erupción se escuchó a 1400 quilómetros de distancia, y según explicó Thomas Raffles, vicegobernador de la Jaba Británica y fundador de Singapur: “el sonido fue atribuido por casi todo el mundo a un cañón distante; tanto es así que un destacamento de tropas se marchó de Yogyakarta, por la creencia de que un puesto vecino estaba siendo atacado, y a lo largo de la costa, en dos instancias fueron enviados barcos en busca de un supuesto buque en apuros”. [Fuente: Hipertextual, 07/05/2017]

En el caso del Tambora. En las primeras 24 horas tras su erupción, 12.000 personas murieron por la lluvia de cenizas y restos piroclásticos, dejando a míticas erupciones como la del Vesubio y la destrucción de ciudades como Pompeya y Herculano en la antigua Roma, como meros cohetes de artificio frente a un misil Tomahawk. Otras 75.000 personas murieron en las semanas y meses siguientes a causa del hambre y enfermedades ocasionadas por la erupción. Pero lo peor aún estaba por llegar: 55 millones de toneladas de azufre fueron arrojadas a la atmósfera, provocando lluvias ácidas y la dispersión de las partículas por todo el aire terrestre, creando un manto que, más allá de provocar coloridas y bucólicas puestas de sol, crearon un freno a la penetración de los rayos solares en la superficie terrestre, provocando un enfriamiento del planeta.

Desde el siglo XIV, mítico por padecer una mini-glaciación con efectos devastadores, guerras y epidemias, no se habían registrado temperaturas tan bajas en la Tierra, y ciertos efectos sobre la economía y sociedad de entonces, se equipararían a los producidos en el siglo XIV. Según Brian Fagan, catedrático emérito de Antropología de la Universidad de California en Santa Bárbara, “durante el verano y el otoño de 1815, la nube engendró espectaculares atardeceres rojos, morados y naranjas en Londres. El cielo ‘exhibía fuego en algunos sitios’. En la primavera de 1816 seguía habiendo nieve en el noreste de Estados Unidos y en Canadá, y el frío llegó hasta Tennessee. El tiempo helador duró hasta el mes de junio, hasta el punto de que en Nuevo Hampshire fue prácticamente imposible arar la tierra. (…) aves murieron congeladas en las calles dos semanas antes del solsticio de verano. En Maine, las cosechas se marchitaron en los campos por ‘una helada muy severa’. Rebaños enteros de ovejas perecieron de frío” [Fuente: El País, 12/06/2016]. De igual modo, los precios del pan en Occidente, dada las condiciones climáticas ocasionadas por el evento de Tambora, subieron, provocando un incremento de la hambruna existente y ciertas situaciones de conflictividad social, como motines en Francia por parte de sectores populares de la población. También surgieron movimientos que, ante el escaso avance de la ciencia metereológica, explicaban los sucedido como un castigo divino por los pecados cometidos por la humanidad, el argumentario histórico típico del creyente medio ante cualquier suceso que escape, y lo suelen hacer muchas veces, de las explicaciones aportadas por páginas de cualquier libro religioso, llámese Biblia, Corán, etc.

Para finalizar esta primera parte de artículos sobre sucesos que han colapsado o puesto en peligro a la Humanidad, me gustaría mencionar que, al calor de la erupción del Tambora, nació el género narrativo de la ciencia ficción fantástica y con toques terroríficos. En medio de un contexto de sequías, heladas y cosechas perdidas, con caminos repletos de refugiados climáticos y partidas de campesinos hambrientos, un grupo de románticos, compuesto por el conocido poeta Lord Byron, su médico John Polidori, el también poeta Percy B. Shelley, su pareja sentimental Mary Shelley, hija del socialista y precursor del anarquismo William Godwin y de la pionera feminista Mary Wollstonescraft, junto a la hermanastra de Mary, Claire Claimont (amante a su vez de Byron), acabaron unas vacaciones en junio de 1816 en Villa Diodati, próxima al lago de Lemán en Suiza. Su intención fue disfrutar del paisaje y de las agradables temperaturas estivales, pero los efectos climáticos del Tambora aún estaban presentes, y un clima frío y fuertes lluvias fueron lo que se encontraron.

En ese contexto, al parecer Lord Byron propuso un “concurso” para escribir alguna obra de temática terrorífica, y tras unos meses de dicha propuesta, Mary Shelley regaló a la humanidad su célebre “Frankenstein o el Prometeo Moderno”, por desgracia, gran parte de la crítica social que emanó de dicha novela, tras su paso por el cine en el siglo XX y formar parte de la cultura popular, se perdieron, aunque ya en la época de su publicación, fue un fenómeno social y provocó cierto debate, especialmente por lo poco apropiado que significaba, para los cánones patriarcales de por entonces, que una mujer pudiese escribir semejante obra. Fue un encuentro provechoso para la literatura de género fantástico y de terror, ya que John Polidori, el médico de Byron, redactó “‘El Vampiro’, un relato que luego inspiraría a Bram Stoker para redactar la celebérrima ‘Dracula’ en 1897” [Fuente: Hipertextual, 07/05/2017].

En cualquier caso, y a modo de conclusión, debemos de pensar que en cualquier momento un evento catastrófico nos puede azotar como especie, y en alguno de ellos, quizá, no seamos capaces de superarlo o, en el caso de hacerlo, según evidencias en nuestra evolución, únicamente por parte de muy pocas personas y a expensas de una alta mortalidad.

4 comentarios

  1. Mis felicitaciones por tu artículo, poniéndonos al día del conocimiento actual sobre ésas cuestiones. Ahora bien, respecto a lo que nos aportaron los Neandertales a los Sapiens, por lo que yo leí y lamentablemente sin poder aportar las fuentes, no parece que el frío tuviera que ver con su desaparición –que sigue siendo una incógnita–, de hecho llevaban en su ADN la resistencia al mismo tras muchísimo tiempo y precisamente la trasladaron a los Sapiens “en cuatro días”, por lo que precisamente pudieron dirigirse hacia Asia y también Europa vía Mediterráneo y Península Ibérica (ésta última ruta explica la concordancia genética de las poblaciones norteafricanas y la de los primeros agricultores de la capa más profunda de Atapuerca con los vascos); posteriormente los indoeuropeos “arrasaron” hacia el oeste –(Europa), quedando actualmente sólo seis lenguas preindoeuropeas.

    Salud

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    1. Sí, en teoría los neandertales estaban adaptados a un clima más frío. Pero en las hipótesis sobre su desaparición se suele remarcar los efectos de la glaciación. Realmente aún es una incógnita el motivo de su desaparición. Supongo que con los años podremos conocer más los motivos de su extinción. Tampoco es el periodo de la humanidad que más domine, ya que me tira más el siglo XIX… Aunque en mi época de carrera, por ejemplo, aún no había estudios genéticos y el tema de la hibridación, por ejemplo, era un asunto que se debatía y muchas voces indicaban que era imposible la misma o creaba sujetos sin capacidad reproductiva, aspecto que con los estudios mencionados parece que se descarta y apunta a dicha hibridación.

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