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El caso de los Golluts de Ribas de Freser [Antonio Gascón Ricao]

La encarnizada lucha entre la ciencia y la religión

Anders Adolph Retzius1, anatomista y antropólogo sueco, publicó a principios del siglo XIX una serie de trabajos sobre anatomía del cráneo humano. Unos trabajos que permitieron abrir el camino a la ciencia de la antropología, en aquellas fechas una disciplina todavía por nacer. La principal aportación de Retzius en aquel campo, el “Estudio comparado de los cráneos de las diferentes razas humanas” (1832), estaba fundamentada en la teoría de que las primeras etnias que poblaron Europa en los tiempos prehistóricos eran de origen mongólico o tartári­co.

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Diferentes instrumentos utilizados en las mediciones craneales. Fuente: Narcolépticos.

Años más tarde, los avances de la sociedad civil, tanto en el campo de las ciencias como en el terreno social, produjeron una enorme inquietud en el seno de la Iglesia católica. Como conse­cuencia de ello, Pío IX2, el Papa de la época, publicó en 1864 su encíclica Sylla­bus errorum, donde condenaba radicalmente a las insti­tu­ciones no tradicionales, en este caso las no controladas por la propia iglesia, o a todas las nuevas teorías sociales en boga, tales como el sindicalismo, el liberalismo o la democra­cia.

En la misma encíclica, Pío IX propugnaba la vuelta inmediata de los poderes temporales, incluidos los de los propios estados, a la sumisión incondicional dimanada de las directrices eclesiásticas y más concretamente a las del propio Papado. Siguiendo aquella misma línea fundamentalista, cinco años más tarde y tras un Concilio Vaticano, se promulgó el dogma de la “infalibilidad” del Papa, un tema hoy todavía candente.

En las conclusiones del mismo Concilio se definían las relaciones que deberían existir en el futuro entre la religión y la cien­cia. Según aquellas conclusiones y dado que el Vaticano poseía el depósito “sagrado” de la fe, se arrogaba para sí el derecho de instruir a todos los hombres. Es decir, el derecho a la educación. Un derecho fundamental que en Europa tímidamente empezaba a pasar a manos del estado laico. Al mismo tiempo se expre­saba enérgi­camente, el “deber” que tenía la Iglesia de conde­nar sin palia­tivos a la ciencia en general, dado el enorme peli­gro espiritual que representa­ba aquella al inducir a los hombres al racionalismo o al ateísmo, según la Santa Sede, dos enormes males.

De igual manera, se prohibió a todos los fieles cristianos el creer o el soste­ner las conclusiones que por otra parte estaba extrayendo la propia ciencia y más aún las que fueran contrarias a la doctrina “revelada” por la Biblia. Máxime cuando algunas de aquellas mismas conclusiones ya habían sido condenadas anteriormente por la propia Iglesia, recordándoles de paso que deberían tener muy cuenta que dichas conclusiones científicas eran “graves errores revestidos con la apariencia de verdad…”.

Negar lo evidente

En aquel ambiente enrarecido, la Iglesia también se negaba a aceptar, por ir contra la “fe revelada”, ciencias tales, como por ejemplo, la geología (el estudio de la antigüedad de la Tierra), la arqueología (la búsqueda de restos prehistóricos), o la propia antropo­logía (el estudio de los restos humanos prehistóricos), sin dudar un ápice en exco­mul­gar, con todas las consecuencias que ello representaba, a los científicos más avanza­dos que tenían el valor de poner en duda públicamente y con pruebas, por ejemplo, la hipotética fecha de la creación de la Tierra establecida de antiguo por la Iglesia, o la creación de un Adán perfecto, tanto en lo intelec­tual como en lo físico, “a imagen y semejanza de Dios”.

El motivo residía en que los cálculos sobre la supuesta edad del mundo o sobre la idílica visión de un Adán primigenio, o respecto la creación de todos los animales cono­cidos, temas todo ellos supuestamente ya resueltos de antiguo por los teólogos católicos, por medio de las páginas de la Biblia, una fuente “inspirada” en su caso por Dios, estaban entrando en brutal colisión con la edad auténtica de la Tierra, con los restos aparecidos de los prime­ros homínidos, o con el descubrimiento de los restos fósiles de los grandes saurios. Hechos que hacían tambalear la hasta entonces firme y monolítica fe religiosa o a la propia “Revelación” divina, abocada ahora a un callejón sin salida.

Por otra parte, España era uno de los países europeos más reaccionarios, y donde el peso específico de la Iglesia se hacía más patente en todos sus estamentos sociales. De ahí la valentía de determinados intelectuales empeñados tozudamente en iniciar la vía del racionalismo científico, aparcando incluso a un lado su propia fe religiosa, actitud les llevó a tener que buscar campos donde dicho enfren­ta­miento entre ciencia y religión fuera clarificador para el gran público, muy conscientes de las graves consecuencias personales que ello les reportaría. Un ejemplo de ello fue, sin duda, el caso de Miguel Morayta y su implicación en el asunto de los Nans o Golluts de Ribas.

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Dibujo de 1903 de “El País”. Fuente Wikipedia

Los enanos de Ribas

El principal responsable de aquella historia, el madrileño Miguel Morayta de Sagrario, era en aquellos días catedrático de Historia de la Universidad Central de Madrid y abogado, y a su vez autor de la primera carta pública en la que se denunciaba la existencia del Nans o Golluts de Ribas. Por lo mismo, responsable intelectual de la polémica que se suscitó en aquellas fechas, aunque sus antecedentes anticlericales ya se habían iniciado un año antes, al haber sido excomulgado por la igle­sia española, al poner en duda lo que él consideraba un -hipotéti­co- Diluvio Universal, durante su discurso inaugural del Curso Académico de la Universidad de Madrid.

Así mismo, en sus años de estudiante, Morayta había sido fundador junto a Castelar y Canalejas del Eco Universitario, después sería, sucesivamente, diputado republicano, ex-secretario de la Junta Revolucionaria de Madrid en 1868, secretario general del ministerio de Estado a la proclamación de la I República en 1873, o miembro fundador del Gran Oriente Nacional de España, donde alcanzó el cargo de Gran Maestre en 1889. Autor prolífico de obras de historia pura, en 1898, Morayta sería acusado por los conservadores de ser el “autor intelectual” de la sublevación de Filipinas.

Aquella excomunión eclesiástica no impidió precisamente el que Morayta volviera a la carga en 1886, aprovechando sus vaca­cio­nes estivales en el valle de Ribas (Gerona). Aunque en aquella ocasión, a diferencia de la anterior, el tema tenía mucha enjundia, ya que se trataba de una denuncia sobre la posible existencia de restos vivos de una primitiva raza tártara en aquellos valles, de acuerdo con las teorías del antropólogo sueco Retzius. Y no se le ocurrió mejor tribuna para el debate que exponer el tema desde las páginas de la prensa madrileña.

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Fotografía de un “Gollut”. Archivo personal Antonio Gascón

Morayta debió ser consciente de que al exponer el caso de los “nans” (enanos) de Ribas a través de la prensa, explicando de forma dramática y con todo lujo de deta­lles los aspectos físicos de aquellos infeli­ces, aquejados endémicamente de cretinismo y bocio, se generaría un lógico enfrenta­mien­to entre los partidarios de la teoría de la evolu­ción por un lado y de sus detractores por el otro. Estos últimos divi­didos en dos grandes bandos también opuestos; los ultra conservadores religiosos y los “higienistas”, como así sucedió.

La aparición de su artículo-denuncia en un diario concreto de Madrid, dirigido personalmente a Manuel Antón Ferrándiz, un importante miembro de la Academia de Ciencias Naturales, produjo el efecto esperado. El alicantino Antón, además de ser antropólogo y zoólogo, era licenciado en Física, doctor en Ciencias, profesor de antropología de la Universidad Central de Madrid, director de antropología del Museo de Ciencias Naturales, diputado conser­vador o descubridor del primer cráneo de Cromagnon en España.

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Manuel Antón Ferrándiz, Fuente: Diccionario Biográfico de la RAH

El hecho de que Morayta escri­biera una carta a su amigo Antón desde el Hotel-Balnerio Perramón de Ribas, el día 20 de agosto de 1886, lugar donde habitualmente pasaba sus vacaciones estivales, no tendría mayor importancia, si dicha carta no hubiera sido dirigida al diario El Globo de Madrid. Por otra parte, tanto Morayta como Antón resi­dían de habitual en Madrid, y por ello resultaba anormal la forma de hacer llegar la información, salvo que el interés de Morayta residiera en que la misiva tuviera la notoriedad que tuvo, apuntándose él mismo un tanto, al publicarse en las páginas de aquel diario el día 9 de septiembre siguiente.

Otro hecho destacable fue que Morayta no actuaba por iniciativa propia, sino al parecer por encargo de Antón. El encabezamiento de la carta así lo apuntaba: “Querido amigo: cumpliendo mi promesa de darle cuantas noticias he podido recoger relativas a aquellos habitantes…”. Comentario del que se desprende que Morayta, previamente, ya había hablado con Antón del tema en Madrid, o que su papel en aquella historia se redujo a investigar la vida y milagros de los Golluts, comunicándoselo después a Antón. Por otra parte, Morayta era historiador de profesión y su incursión en un campo tan ajeno como la antropología no hacía más que reafirmar que aquella obedecía a un encargo específico del propio Antón, antropólogo de carrera. Pero, ¿motivado por qué?

La existencia de los Golluts en Ribas o en los pueblos de aquella misma comarca no era ni mucho menos desconocida. Es más, la gente docta de la región ya hacía tiempo que catalogaba a aquellos infelices como semi-cretinos o cretinos, atacados además de bocio endémico, fruto de la miseria del medio en que vivían y propiciado por la endogamia entre personas ya diagnosticadas clínicamente como fatuos o demen­tes. De hecho, el caso del valle de Ribas no era único, ya que existían también individuos afectados de las mismas o similares lacras en el Montseny, en el Moncayo, en Almería o en Las Hurdes. Luego, ¿qué indujo a Morayta y Antón a pensar que los de Ribas eran diferentes?

Determinados párrafos de la carta de Morayta, inducían también a pensar en un trasfondo en el cual se entremezclaban intereses de todo tipo. He aquí un ejemplo: “… He procurado, amigo Antón, proporcionarme, para hacérselos llegar, unos cuantos cráneos y huesos de estos nanos; pero mi diligencia ha chocado contra la preocupación…”. Preocupación ¿de quién? o ¿por qué?

Habría que matizar que la preocupación que apuntaba Moray­ta, residía con toda probabilidad en una simple cuestión económica, ya que de continuar adelante aquella investigación, la publicidad, en este caso negativa que caería sobre la comarca, podría llegar a afectar los intereses de determinadas personas de Ribas, pertenecientes en particular a las clases más pudientes.

De hecho, hacía muy pocos años que las famosas aguas de Ribas, que se podían tomar en un balneario concreto, estaban fomentando un turismo incipiente pero acaudalado, que por otra parte constituía una fuente local de riqueza alternativa, y a su vez condicionaba una inversión económica en nuevos establecimientos hoteleros, inversión o negocio que podía verse trun­cado de hacerse pública la existencia, en una barriada muy concreta de Ribas, de un buen número de semejantes fenómenos, hecho más que suficiente para espantar al incipiente turismo.

Es también muy probable, que en aquellas mismas personas residiera también la potestad, al ocupar convenientemente los cargos públicos locales, de dar los permisos necesarios para poder inhumar restos humanos en el cementerio de la población, y que aquellas mismas personas, como salvaguarda de su inversión, negaran dicha inhumación a Morayta, porque el estudio de aquellos restos proporcionaría una mala publicidad al pueblo y a sus propios negocios.

Posiblemente por ello, Morayta se planteó el escri­bir una carta pública, con el beneplácito de Antón, porque si el tema resultaba interesante entre los medios antropo­lógicos, ello permitiría a las autoridades nacionales tomar cartas en el asunto, con lo que las dificultades de Morayta podrían salvarse mediante vía administrativa, con independencia de los intereses particulares locales.

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Fotografía de una “Gollut”. Archivo personal Antonio Gascón

Por el contrario, en aquella lucha de intereses también había otras personas, aparte de Morayta, muy interesadas en que se diera publicidad al tema del hallazgo de posibles individuos descendientes de una raza tártara, al menos es lo que apuntaba Moray­ta: “… Si se cumplen ofertas hechas, documentos de estos (se refiere a los Golluts) […] bastaran para determinar la existencia de hechos históricos…”.

El anterior comentario, a pesar de ser oscuro, apuntaba a que Morayta tuvo en la mano o supo de la existencia de determinados documentos concretos que certificaban la llegada y asentamiento de la discutida raza tártara, de la cual podrían resultar descendientes aquellos extraños seres. Hecho que da en suponer, que al hacer público aquel comentario, Morayta, está muy seguro de la auten­ticidad de los mismos, ya que en aquel envite se jugaba su propio prestigio como historiador.

Impaciente, Morayta, no pudo reprimirse la lengua avan­zando a Antón parte de aquella historia: “…aquí van estas noticias. Ellos (los documentos), creo, han de servir […] porque podría ser… que en este Valle de Ribas se de la prueba viviente que hubo en Europa… una raza tártara…”. En este comentario, Morayta, está jugando muy fuerte, al apuntar todo de nuevo a la certeza que estaba manejando una docu­mentación auténtica, salvo que califiquemos a Morayta de persona incons­ciente, cosa que su propia trayectoria posterior desmiente.

Remataba el comentario de que todo lo anterior estaba avalado por “observaciones muy valiosas, […] por la autoridad del que las hizo…”. En este párrafo, Morayta, prudentemente, guardaba silencio al no dar el nombre concreto de la persona a la que se refiere, pero, es indudable que para él, aquella misma persona, merecía todo su respeto ya que debía tratarse de alguien muy conocido dentro de los círculos inte­lectuales y científicos, aunque probablemente fallecida. El comentario realizado en tiempo pasado apunta a ello.

De ahí que el tema de los “golluts”, o “nans” de Ribas, pasara a ser orden del día dentro de los temas que se discutían de habitual en la propia Academia de Ciencias de Madrid, y que como tal figure en sus actas. Sin embargo, en el seno de la Academia, nadie se atrevió a recoger el guante lanzado por Morayta, o bien porque dieron por sentado que se trataba de simples creti­nos, en el sentido médico, y no de descendientes de primitivos tártaros, o porque al no ser la mayoría de sus miembros partidarios de la evolución, negaban de por sí, siguiendo a la Iglesia, semejante posibilidad.

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Golluts de Ribas de Freser. Archivo personal Antonio Gascón

El tema también saltó a las páginas de otro diario de prestigio; La Vanguardia de Barcelona, si bien el corres­ponsal se limitó a “fusilar” la carta de Morayta no atre­vién­dose el periodista a entrar en más honduras. Pero donde realmente se generó una dura controversia fue en la propia comarca afectada por la denuncia, el Ripolles y en el valle de Ribas. Y no era para menos, ya que la existencia de una posible raza tártara o por el contrario el reconocer la existencia de casi un centenar de individuos afectados de cretinismo en el vecindario, resultaba a todas luces incómodo e inquietante. Por ello mismo, tanto Ripoll como Ribas se vieron de esta manera enfrentados en aquella polémica.

La disputa vecinal

Los vecinos de Ribas, sin pensárselo un momento, se hicieron partidarios interesados de la teoría de Morayta, haciendo bando con él y enfrentándose a la opinión contraria expresada por la prensa local de Ripoll. Con ello trataban de salvar, no solo el buen nombre del pueblo, sino también el evitar de paso que semejante lacra social, el bocio o el cretinismo, espantara a los posibles clientes de un floreciente negocio que empezaba a dar sus frutos, en su caso el turismo.

Ribas un pequeño pueblo de montaña sin apenas recursos económicos, había descubierto que sus aguas medicinales atraían durante el verano a un número cada vez mayor de turistas. Un balnea­rio y tres o cuatro hoteles, más las fondas locales y algunas casas parti­culares, se llenaban cada temporada, lo que les permitía mal que bien aguantar su precaria economía. Los “golluts”, residentes de antiguo en la vieja Vilademunt, barrio de aquella pobla­ción, no dejaban de ser un aspecto curioso más del paisaje, que hasta entonces nadie había resaltado.

El Taga, semanario editado en Ripoll, entró pues en liza, de la mano de su director y fundador, el pintor escenografísta y arquitecto del ayuntamiento de Ripoll Joaquín Nolla i Aliu, y de su segundo, el notario José Requesens i Molins, notario de Ripoll, una publicación creada básicamente para ejercer la crítica municipal contra Antonio Mª Ginesta, el alcal­de en aquel momento de Ri­poll.

Pero el brindis lo dio el dipu­tado conservador Félix Macià Bonaplata, prohombre local, que por tener hasta tenía su propio periódico “La Lucha Nueva”, el mismo personaje que había dotado a Ripoll de ferrocarril o que contribuyó al proyecto de reconstrucción del derruido monasterio de Ripoll. De hecho, fue Macià Bonaplata el que incitó a Nolla a retomar el guante de Morayta y devolvérselo. Los argumentos esgrimidos por Nolla, por supuesto, eran contrarios a la existencia de la raza tártara, basando los mismos en su propia y particular experiencia personal del conocimiento del territorio o de sus habitantes, tras largos años de deambular con su mochila por aquellos parajes.

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Fotografías de Golluts. Archivo personal Antonio Gascón

Igual que los miembros de la Academia de Ciencias de Madrid, Nolla negaba de por si la existencia de vesti­gios primitivos y enfatizaba que el único responsable de la existencia de dichos seres eran las enfermedades tales como el bocio y el cretinismo, mal que azotaba de tiempos inmemoriales aquella comarca. Pero, en cuanto hacía a sus argumentos en torno a la arqueología o la etnología, eran bastante pueriles ya que se apoyaban en la falta de elementos arqui­tectónicos singulares o en la falta de costumbres asiáti­cas entre los habitantes de Ribas.

Por supuesto, que los comentarios de El Taga cayeron muy mal a sus vecinos de Ribas, lo que provocó fuertes enfrentamientos entre ambos pueblos llegándose del insulto a mayores, lo que obligó al semanario ripollense a tener que pedir disculpas y a reconducir el tema desde el punto de vista “higienista”, con todo tipo de recomendaciones de tipo médico, profilácticos y educativos, como medio de poder erradicar el problema. Pero el mal ya estaba hecho.

Algunas aclaraciones y más misterios

Es importante advertir que aquella misma polémica, nos ha permiti­do conocer la suerte que corrían de manera habitual aquellos desdicha­dos, y todo gracias a los comentarios de El Taga, corroborados por un suelto de la prensa de unos años antes. Los “nans” eran habitualmente vendidos o alquilados por sus propios parientes más cercanos a circos ambulan­tes o a las ferias para su exhibi­ción, como medio de conse­guir unos míseros ingresos fami­liares extras, o simplemente abandonados a su propia suerte que los abocaba a la mendicidad ambulante.

Una cuestión que todo el mundo pareció olvidar en el fragor de aquella disputa intelectual fue la propuesta de Morayta de exhumar unos cuantos cráneos para su estudio, y que a él le habían negado sorpren­dentemente. Como igualmente cayó en saco roto otro de sus comenta­rios en que hacía pública la existencia de determinados docu­mentos hasta entonces inéditos, en poder de una persona de gran prestigio que demostraban que su afirmación no era gratuita, documentos que nunca llegaron a ver la luz, tal vez por el riesgo entrevisto por su poseedor, o por sus familiares, de caer en la impopularidad o bajo las iras de los integristas católicos al estar en disputa el tema de la evolución humana.

Antón, al que había dirigido su misiva Morayta, un creyente conven­cido, limitó su papel a explicar en la prensa mediante carta, lo acontecido en la Acade­mia de Ciencias, o sea, ni blanco ni negro sino todo lo con­tra­rio, finalizando la misma con una vaga promesa de despla­zarse algún día a Ribas, promesa que nunca cumplió. Lo que venía a demostrar, por una parte, el poco interés de los anatomistas en tratar de aclarar el misterio, y por otra, el recelo­ de no encontrarse ante otro mayor que pudie­ra echar por tierra, una vez más, al beatífico y celestial Adán de la Histo­ria Sagrada.

Morayta poco conformista, y muy dado a la sana polémica, al editar al año siguiente una monumental Historia de España, refirió en ella el incidente sin rebajar un ápice su postura, confiando que la antropolo­gía, la arqueología o la historia le dieran la razón, como así fue en términos generales. Última disciplina, de la que empezaban a desaparecer tímidamente a las historias míticas sobre fundaciones o las piadosas referidas a milagrosas apariciones en momentos culminantes de nuestra Historia.

El triunfo de la evolución

Los católicos integristas atrincherados, entre otras, en la Univer­sidad de Barcelona, tardaron todavía ocho años en dar res­puesta a Morayta, pero dándosela en Bruselas y bajo el amparo de un oportuno y socorrido Congre­so Católico Científico, explicación que le correspondió a un catedrático de hebreo inmerso de pleno en la “Verdad Rebelada”, como explicación única a la aparición del hombre perfecto, recordando de paso que el solo pensamiento de semejante aberración como la de Ribas podía hacer caer a la inocente juventud en el “pecado mortal” y en el “castigo eterno”.

Antón, con los años, iría poco a poco modificando sus posturas como antropólogo, tratando de compaginar su fe -al estilo de un conocido jesuita de nuestra época que llegó a la Academia francesa- con los más recientes descubrimientos que hundían poco o poco, pero inexorablemente, el barco de sus creencias dejando paso a la ciencia pura, que demostraba que la evolución había existido y que aquella se venía arrastrando desde épocas inmemoriales.

En medio de toda ello, la historia de aquel colectivo marginado, falta de apoyos científicos y documentales, que negaran o reafirmaran la teoría expuesta por Morayta, cayó casi en el olvido, al ser recordada esporádicamente en algún que otro artículo, pero cada vez más deformada o entresacada de forma interesada de su contexto histórico. La existencia hasta épocas muy recientes de individuos de aquella especie, ha permitido que sobreviva su historia, pero trasportada casi en la actualidad al terreno de la leyenda fantástica, al unirla, no sabe­mos por qué, a la de los enanos, gnomos y otros entes propios de los bosques.

Por otra parte, la existencia en aquella época de aquel colectivo enfermo no era patrimonio único del valle de Ribas, pues, el macizo del Montseny y el valle de Boí, en Cataluña, o la sierra de Alcu­bierre en Aragón, por citar algunos luga­res concretos, eran también focos endémicos de cretinos y “go­lluts”, consecuencia de la miseria y de las malas condi­ciones alimenti­cias e higiénicas y en muchos casos, como en Ribas, agravada por la ingestión de aguas minera­les dietéticas y poco o nada yodadas.

Epílogo

Fuera de España, en Italia o Francia, existían también situa­ciones semejantes o idénticas, la diferencia fundamental con el caso español, fue que los go­biernos extranjeros estaban ya elabo­ran­do planes sanitarios para erradi­carlas en aquella misma época. Por el contrario, en España se siguió durante muchos años una política de silencio y de ocultamiento, tanto por parte de las autoridades civiles como médicas, rota de vez en cuando por alguna “impertinente” ponencia médica, presentada a destiempo en los Congresos y que recordaba puntualmente la existencia del pro­blema, pero estudiándolo a nivel meramente estadístico. Al final, dicho problema sanitario se solucionó en nuestro país de forma natural hace apenas unos años, y gracias justamente, ironías del destino, a lo negado por los pro­pios detracto­res de Morayta, a causa de la propia evolución humana.


ANEXO I

Primera noticia periodística sobre la existencia de un nanu, aparecida en el Diario de Barcelona del año 1851.

Acaba de llegar a esta capital procedente de Fraxenet (sic)* en la provincia de Gerona, de donde es natural, Pedro Roca, soltero, de edad treinta años, el cual se hace notable no tan solo por su baja estatura, sino por el gran número de extraordinarias papadas que en forma de disformes bolsos, cuelgan de su garganta. Este infeliz para colmo de su desdicha es además sordo-mudo, y todos sus sentidos se hallan sumamente embotados. Viste un traje español antiguo. Con dificultad puede andar y saludar al mandato de su padre, a los que van a visitarle. Este es un anciano septuage­nario que goza de completa salud, y sus facultades intelectua­les están muy despejadas. No dudamos que semejante fenómeno llamará la atención de los naturalistas y personas curiosas”.

Bibliografía básica:

Nadal Lacaba, Rafael, “Ensayo sobre la determinación de las principales causas de los Bocios o Labanillos, que padecen algunos habitantes del norte de Cataluña…”, memoria manus­crita de la Real Academia de Medicina de Cataluña, núm. 276, año 1830, v. XII, 4.

“El Globo – Diario Ilustrado…”, año XII, Tercera época, Madrid, núm. 3976, jueves 9 de septiembre de 1886.

“La Vanguardia – Diario político y de avisos y noticias”, año VI, Barcelona, núm. 423, edición de la tarde, sábado 11 de septiembre de 1886.

“El Globo – Diario Ilustrado…”, año XII, Tercera época, Madrid, núm. 4058, jueves 9 de diciembre de 1886.

“El Taga – Semanario de Ripoll”, año I, Ripoll, núm. 7, domingo 19 de diciembre de 1886.

“El Taga – Semanario de Ripoll”, año II, Ripoll, núm. 1, sábado 1 de enero de 1887.

“El Taga – Semanario de Ripoll”, año II, Ripoll, núm. 4, domingo 23 de enero de 1887.

Donadiu-Puignau, M. Delphiu, “L’origine dels nains de la Valleé de Ribas”, Troisème Congrès Scientifique International des Catholíques, Bruxelles, Sociéte Belge de Librairie, 1895.

Atienza, Juan G., “Guía de los pueblos malditos españoles, Editorial, S.A., Arín, 2ª ed. Barcelona, 1985.

Ferrerons Ruiz, Ramón, “Els nans de la vall de Ribes”, en Annals [1993-1994], Centre D’Estudis Comarcals del Ripollès, pgs. 89-108.

Antonio Gascón Ricao,Golluts, los enanos de los Pirineos”. Karma-7. Barcelona, octubre de 1998.

Notas

1 Anders Adolph Retzius (Lund 13 de octubre de 1796 – Estocolmo 18 de abril de 1860), fue profesor de anatomía y supervisor en el Instituto Karolinska en Estocolmo. También fue  antropólogo , y sus estudios sobre el cráneo humano llevaron a las clasificaciones de dolicocéfalo y  braquicéfalos
2 Pío IX o Pío Nono fue el 255° papa de la Iglesia católica y el último soberano de los Estados Pontificios.

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