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¡De todos los virus, el Capital es el más letal! [Eulogio]

Tres meses después de que China advirtiera de su existencia, el coronavirus, cuya aparición y propagación fueron favorecidas por el modo de producción y de distribución capitalista a nivel mundial, impuso a casi toda la población terrestre el “arresto domiciliario” aunque por ahora sin control electrónico. En regla general, resulta ser una cárcel más confortable que la de las celdas o calabozos de los centros carcelarios, pero no dejar de ser una prisión. Y además, para algunos, una cantidad muy importante por lo general obviada e ignorada, el domicilio se reduce a una superficie de 10 m2, o a una sola estancia en la que cohabitan bastantes personas amontonadas como para que resulte totalmente irrisorio guardar la distancia de seguridad. También hay que mencionar a todos aquellos que lo pasan canutas en la calle, sentados o tumbados en cartones. Además, la comida, para todos aquellos que trabajan en economía sumergida, autóctonos como extranjeros, con o sin papeles, es pan rancio con agua si no tienen la suerte de recibir la ayuda de asociaciones caritativas o la de los vecinos solidarios. Peor si cabe en las grandes concentraciones de miseria y de pobreza en los países menos desarrollados, en América Latina, en Asia, en Oriente Próximo, en África donde ni siquiera están reunidas las condiciones mínimas de higiene. Esto, no le preocupa ni lo más mínimo a la clase dirigente, la cual, tras haber recortado los presupuestos de la sanidad pública, allá donde existe, durante años, no tiene reparos en afirmar ahora que la salud es más importante que la economía. ¿A quienes están tomando el pelo?

Como cuando la mal llamada gripe española a finales de la primera guerra mundial, en 1918, (que sea dicho de paso provocó la muerte de entre 50 y 100 millones de personas en el mundo), se negó al principio la gravedad del virus. Entonces, ante la evidencia de su propagación exponencial y mortal, la Triple Entente y la Triple Alianza se acusaron mutualmente de haber originado la enfermedad que se extendió de forma fulminante en las desastrosas y miserables condiciones creadas por la carnicería bélica. En aquella época, sólo la prensa española, país neutro, pudo hablar libremente de la epidemia, razón por la que se la llamó gripe española. Actualmente, casi un siglo después, son dos de las potencias mundiales más importantes (Estados Unidos y China) las que se han acusado mutuamente de haber originado la Covid-19. ¡No hay frente en el que no se manifieste la competencia capitalista!

En esta ocasión, tras haber reconocido su gravedad, casi todos los países han hecho lo mismo que en la ciudad de Wuhan, en China: prohibición de salir a la calle salvo para comprar en los supermercados, para pasear al perro sin alejarse del domicilio y para ir a la farmacia o al banco, eso es todo. Si no, ojo con los controles de policía y las multas desorbitadas, y, en algunos países (como China y Rusia) ojo con las importantes penas de cárcel. Sin embargo, además de las cajeras, de los repartidores, de los basureros, de los camioneros, del personal sanitario, de las mujeres de la limpieza, de los trabajadores del sector agroalimentario…, otros condenados al arresto domiciliario no sólo han gozado del derecho a salir, sino que se les ha obligado a hacerlo para ir… a trabajar, para no interrumpir el engranaje creador de beneficios bastante dañado antes de la pandemia a la que se le acusará, claro está, de todos nuestros males. La producción tiene que reanudarse cuanto antes, aunque de paso tengan que sacrificarse vidas humanas. De todas formas, la clase dirigente capitalista dispone de muchísimos sustitutos en las largas listas del paro endémico, ese nutrido ejército de reserva que tan bien sabe manejar. Pero, una vez más, nuestros gobernantes, de cualquier tendencia política, se atreven a decirnos que “la salud es lo primero”.

Impresiona ver con qué rapidez « nuestro » sistema mundial de explotación ha conseguido que hagamos lo que ha querido, cuando ha querido, y además con un retraso evidente. Pensándolo bien, la cosa provoca escalofríos. Tanto más, que a pesar de estas medidas, a día 14 de mayo de 2020, ya había más de 300 000 muertos en el mundo (datos oficiales de los que hay que desconfiar). Y ello porque China tardó en reconocer lo que estaba pasando en Wuhan, reprimiendo e incluso haciendo desaparecer a todos aquellos que querían hacerlo mundialmente público; porque casi todos los países prefirieron no interrumpir sus actividades productivas y comerciales; porque la mayoría de países carecían de los medios para enfrentarse a la pandemia: escasez de test, escasez de máscaras, escasez de camas, escasez de personal sanitario que además trabajó casi siempre sin las protecciones suficientes… El periódico Le Monde (Francia), en su suplemento del fin de semana del 9-10 de mayo, incluso reveló que las autoridades francesas “competentes” ordenaron la destrucción de millones de máscaras a partir del año 2011, y ello duró hasta el mes de marzo 2020, en plena pandemia.

Por consiguiente, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el sistema mundial capitalista en el que vivimos, basado en la búsqueda incesante de beneficios, es responsable de la muerte de la mayoría de los terrícolas infectados por la enfermedad, independientemente incluso del origen de la pandemia.

¡Claro está, el capitalismo aún está lejos de los 19 millones de muertos de la Primera Guerra Mundial y de los 70 millones de la Segunda carnicería a la misma escala! Además, resulta evidente que superaría todos los récords, si desencadenara una tercera guerra mundial. [¡Si no hacemos nada, probablemente ni tendremos la oportunidad de poderlo constatar! Como bien dijo Einstein, tras la tercera guerra mundial, la siguiente se haría probablemente con arcos y con flechas]. Tampoco puede compararse con las 25 000 personas que mueren de hambre cada día en el mundo, o sea, más de 9 millones por año. Ni tampoco con el hecho que la malnutrición provoca la muerte de 3,1 millones de niños menores de 5 años, cada año. Ni con los 2 millones de fallecidos cada año vinculados con el trabajo, según afirma la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Ni incluso con los accidentes de carretera que cada año provocan 1,35 millón de muertos en el mundo. Ni con… ¡la lista no es exhaustiva, ni mucho menos!

«Nuestra» civilización mundializada, que de civilizada no tiene nada, es la de la muerte a gran escala. Además, si bien es cierto que cualquiera puede ser víctima de la pandemia, la muerte no deja de ser selectiva. Los barrios más pobres de las grandes aglomeraciones lo saben muy bien, como también muchos ancianos hacinados en hogares para moribundos, púdicamente llamados residencias para ancianos. Estos pueden fallecer, ¡ya no le son de utilidad alguna al gran Dios Capital! Por ejemplo, en España, probablemente también en otros lares, cuando los hospitales se vieron desbordados en pleno auge de la pandemia, los mayores de 80 años no tenían ninguna posibilidad de ser ingresados. ¡Su muerte además de anunciada fue inminente!

Sin embargo, la lucha contra la pandemia produjo aspectos positivos: 

  • En las carreteras y las autopistas, en las ciudades y las grandes aglomeraciones, casi no circularon coches. Los aviones desertaron el cielo, y algunas fábricas tuvieron que interrumpir momentáneamente su actividad, a la espera de reanudar la producción estrujando más si cabe al personal. Resultado: “nuestra” civilización contaminante ha reducido sus estragos a la mitad… ¡en dos o tres meses!
  • El confinamiento en su fase más estricta mostró claramente que muchas industrias y muchos sectores no son necesarios, que incluso son superfluos para la vida de la especie humana. Los que trabajan en estas industrias lo hacen únicamente porque tienen que vender su fuerza/capacidad de trabajo para subsistir y los que las dirigen sólo las hacen funcionar mientras puedan sacar beneficios, independientemente de su utilidad o de su nocividad.

Los trabajadores de los sectores clave han mostrado claramente que, sin ellos, el resto no puede funcionar. Aquellos que en general cobran los salarios más bajos, aquellos que están en el escalón más bajo de la jerarquía social, encargados de la limpieza, cajeras, auxiliares de enfermería, celadores, repartidores, basureros, camioneros, obreros, enfermeras… se han encontrado solos ante el peligro, muy a menudo sin disponer de las protecciones necesarias y sin que la gran mayoría haya podido realizarse el test del Covid-19 y ello, en unas condiciones de trabajo casi siempre peligrosas y lamentables.

  • En general, la solidaridad entre familias ha sido manifiesta, sobre todo en relación con los ancianos que por lo general no han tenido que hacer ellos mismos sus compras, asumidas por los vecinos más jóvenes.

Ante la obligación de ir a trabajar, a pesar de los peligros evidentes de contagio (la prueba, tras el curro es obligatorio volver a confinarse), en los sectores como el agroalimentario y la limpieza, el porcentaje de absentismo laboral alcanzó el 40%.

Que todos estos trabajadores, incluidos los del transporte público, reflexionen.

¿Y si después del confinamiento todos ellos pararan para exigir una reducción masiva de las horas de trabajo, una mejores condiciones para realizarlo y una fuerte subida de su salario real? ¿Si exigieran contratos indefinidos para todos aquellos que han sido contratados para hacer frente a las urgencias? ¿Y si en vez de protestar por las molestias que esto les podría ocasionar, todos los demás trabajadores, los de todos los demás sectores, se solidarizaran y exigieran lo mismo? ¿Y si se exigiera que todas las mercancías humanas, dejadas de lado, arrojadas en las basuras del paro, recuperasen un puesto de trabajo, lo cual permitiría además reducir aún más la jornada laboral?

coro

Que la economía capitalista pueda o no asumirlo no es asunto de los parias de la tierra.

¡Después de todo, sin los trabajadores, NADA PUEDE FUNCIONAR! ¿Y si, en vez de aplaudir en los balcones a los “héroes” explotados de los servicios sanitarios, exigiéramos ya todo esto? ¿Y si mostráramos que no queremos que todo siga como antes?

¿Y si apostáramos decididamente por extender y consolidar la unión de todos los explotados, la de la clase de los proletarios, para crear la relación de fuerza necesaria para derrocar el orden establecido, en todas partes en el mundo?

En la Ideología Alemana (1845-46), Marx y Engels afirman que:

«Los diferentes individuos sólo forman una clase cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase, pues por lo demás ellos mismos se enfrentan unos con otros, hostilmente, en el plano de la competencia”.

Resulta evidente que, si todo vuelve a ser como antes de la pandemia, las mismas condiciones producirán los mismos efectos y favorecerán necesariamente la aparición de nuevas pandemias, probablemente más mortíferas que la que acabamos de sufrir. Para que las cosas no sigan como antes, tenemos que rechazar la lógica del capitalismo que desea que “nos enfrentemos unos con otros, hostilmente, en el plano de la competencia”, debemos mostrar, al contrario, que somos solidarios unos con otros, que no pedimos ni exigimos nada en función de las posibilidades del capital y de sus beneficios, que no nos importan, sino en función de las posibilidades de la sociedad liberada del capital, y, por ende, en función de las necesidades del ser humano y de la humanidad.

En movimiento, a través de nuestras luchas, nuestros intereses plantean inexorablemente la necesidad de una sociedad sin clases y por consiguiente sin Estado, de una sociedad cuyo objetivo no son los beneficios, sino la satisfacción de las necesidades del género humano, que ya no dañarán a la naturaleza de la que forma parte y de la que depende.

Resulta totalmente aberrante que mientras unos trabajan 8, incluso 12 horas por día, por un mísero salario, otros estén en el paro, sin recibir ninguna prestación o una miseria cuando ya no tienen derecho a prestaciones. De un país a otro puede haber matices, pero en lo esencial es exactamente lo mismo. La alternativa que tiene la mayoría de la población es la de ir apagándose currando o ir apagándose en el paro. Hoy en día, ni los estudios, ni los diplomas universitarios constituyen una garantía para evitar esas alternativas. Por lo visto, el proletariado ya no existe, ¡pero la proletarización va a buen ritmo! ¿Cómo se come esto?

Aristóteles (384-322 a. J.-C.), afirmó en su obra “La Política” que “si todo instrumento pudiera ejecutar por sí solo su propia función, moviéndose por sí mismo, […] si, por ejemplo, los husos de los tejedores tejieran por sí solos, ni el maestro tendría necesidad de ayudantes, ni el patrono de esclavos”. Ahora bien, la historia de la humanidad, que está hecha de fango, de sangre y de lágrimas, ha cumplido de sobras esas previsiones del filósofo griego. La sociedad capitalista mundial que culmina esa Historia dispone de unos medios que ni siquiera puede utilizar, ya que resultaría prácticamente vano el trabajo humano, tan imprescindible para la creación de plusvalía, necesaria para su infernal acumulación. Añadamos que, una gran parte de todo cuanto hacen producir a sus esclavos contemporáneos, no tiene interés alguno y muy a menudo resulta nocivo para el ser humano y su entorno. ¡No digamos la manera de producirlo! En fin, la humanidad liberada del capital podría producir menos cantidades, de mayor calidad, en unas condiciones respetuosas con el medio ambiente para satisfacer las necesidades del conjunto de los habitantes de la corteza terrestre.

El derecho a la pereza debería ser una realidad, pero a falta de una revolución social mundial realizada por los esclavos asalariados, el fango, la sangre y las lágrimas insisten y persisten cuando, es el colmo, el capitalismo no garantiza, ni mucho menos, su sacrosanto derecho al trabajo para todos, que no es sino el derecho que pretendidamente tenemos todos de vender nuestra fuerza de trabajo para subsistir.

Varias pandemias, dos guerras mundiales y unos conflictos bélicos incesantes son el pan de cada día del sistema social que nos domina y nos aplasta. Los “progresos” científicos y técnicos, casi todos debidos a la industria mortífera del ejército y de la guerra, con la lógica de este sistema, nos enajenan, nos idiotizan, hacen que dependamos de ellos además de correr el riesgo de transformarnos nosotros mismos en robots y, por consiguiente, en seres sin voluntad propia.

Además, al filo del tiempo, el capitalismo ha perfeccionado los medios para controlar a sus esclavos. Georges Orwell, si viviera todavía, hubiera constatado que su excelente novela, 1984, está, hoy en día, en parte superada. Y lo peor, si cabe, es que poco a poco todas esas medidas coercitivas han sido integradas y finalmente aceptadas por el conjunto de la población, como por ejemplo las cámaras de vigilancia en las calles de las grandes ciudades. Y ahora, con la pandemia del coronavirus, incluso nuestra temperatura puede ser controlada por las autoridades a través de nuestro teléfono móvil que, por si fuera poco, les puede servir para localizarnos e indicarles todos nuestros desplazamientos.

En un texto de 1978, «fucilazos sobre el Estado», G. Munis, un ilustre desconocido, como desgraciadamente tantos otros, escribía:

« Los potentados del siglo XX, sean burgueses o altos burócratas, son enterrados solos, pero antes han chupado en forma de plusvalía salud y vidas humanas en el área mundial, y dado muerte, en guerra, a millones y millones de personas. Y si ya no comen carne humana, la devoran en forma de trabajo asalariado, vomitan inversiones, como sus semejantes vomitaban manjares en los banquetes romanos, y vuelven a devorar músculo y tuétano bajo el aspecto de beneficios, de crecimiento industrial y de poder. Formas y proporciones han cambiado mucho; el contenido no. Todavía está “perfeccionándose” en ese sentido, pero resulta imposible imaginar que el Estado descubra otra fase más opresiva. Una cosa me parece cierta, sin embargo: si se le deja llegar a la “perfección”, la humanidad no volverá a levantar cabeza durante siglos.”

Si el capitalismo pudo perfeccionarse, y sigue haciéndolo, es fundamentalmente porque todas las revoluciones que pretendieron atacarlo, incluso destruirlo, fracasaron. Y también la revolución rusa fracasó, dando paso a la mayor y más desconcertante mentira de la historia de la humanidad. En efecto, el comunismo jamás ha existido, por lo tanto, nunca ha fracasado, como se complacen en repetir los políticos de cualquier tendencia. No señores, en la mal llamada “URSS”, en la China de Mao, en la Cuba de Castro, en los países del Este, imperó o impera todavía el capitalismo de Estado. Son los partidos “comunistas”, sucursales de Moscú, quienes salvaron el capitalismo mundial en todas partes. Políticos tan burgueses como Churchill (Grecia tras la represión en la que participó con la complicidad del P”C” de una insurrección obrera en Salónica al final de la Segunda guerra mundial) o George Pompidou (Primer ministro en Francia, en Mayo 68) lo reconocieron incluso públicamente. Podemos añadir el destacado papel que tuvo el P “C” de Carrillo en la transición española tras la muerte del Generalísimo, papel reconocido y halagado por todas las fuerzas políticas del país, incluidos los actuales altos dirigentes del PP.

Tras la caída del muro de Berlín, el efecto nocivo del virus de la mentira, que nos inculcaron masivamente, se fue difuminando, aunque aún persiste. Como también perdura, con más fuerza actualmente, otro gran mito, el de la democracia que se presenta como el único sistema posible y humano, cuando en realidad, Libertad, Igualdad, Fraternidad no significa sino Infantería, Caballería, Artillería (Marx en 18 Brumario de Luis Bonaparte).

Ahora, más que nunca, la humanidad sólo tiene dos alternativas. O hacia el abismo con esta civilización capitalista en declive, o hacia la cima a través del movimiento independiente de los esclavos modernos, los cuales, a través de la revolución mundial irán eliminando la esclavitud asalariada y las clases sociales a través del planeta tierra.

¡De todos los virus, el capital es el más letal!

Como lo expresa a la perfección una pintada francesa: “¡No hay que volver a la normalidad, ya que la normalidad es el problema!”

Y, como bien dijo Arthur Rimbaud, «Cambiar la vida»… o ir apagándose y morir, añadiría yo.

Eulogio

14 de mayo 2020

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