Historia de la mujer

INVISIBLES PERO NO TANTO. NUEVOS OFICIOS PARA LAS MUJERES

Soledad Bengoechea,

Doctora en historia, miembro del Grupo de Investigación Consolidado “Treball, Institucions i Gènere” (TIG), de la UB y de Tot Història, Associació Cultural.

Todo logro, grande o pequeño, comienza en tu mente

Durante la primera década del siglo XX, España logró contar con adelantos técnicos y tuvo un mayor desarrollo económico. Además, consiguió elevar los niveles de escolarización. Todo ello fue muy importante para el devenir de las mujeres. El analfabetismo era aún muy elevado —se calcula que un 38% de las niñas de diez años no sabían leer ni escribir—, pero entre 1910 y 1930 el número de escuelas nacionales aumentó un 57 %. Al tiempo, el de centros dedicados a la enseñanza de las niñas pasó de 5.813 al inicio del siglo a 9.874 en los años treinta.1 En 1924, con la Dictadura de Primo de Rivera se crearon centros y escuelas específicas para los jóvenes españoles: en esto destacaron las escuelas profesionales para las nuevas ocupaciones del sector servicios. Es indudable que ello fue un motor de progreso. Y cambió algunas mentalidades. La mayor parte de estos nuevos trabajos se nutrieron de mujeres pertenecientes a las clases medias, un grupo social relativamente recién llegado entre la fuerza laboral que iba superando barreras. Aunque estas mujeres eran una minoría entre las trabajadoras, su procedencia social y sus aspiraciones de independencia económica las hacían más visibles. Hasta entonces, la presencia de las mujeres en el sector servicios había estado escasa, prácticamente limitada al servicio doméstico. Paulatinamente, ya en el otoño de los años veinte, fueron apareciendo los empleos del llamado «cuello blanco» (secretarias, dactilógrafas, archiveras, vendedoras de sellos, telegrafistas y telefonistas, trabajadoras sociales…). En fin, se fue constituyendo un grupo de mujeres cualificadas para desarrollar trabajos administrativos y burocráticos tanto en las empresas privadas como en las públicas. El trabajo de oficina aumentaba, y empezaba a dibujarse con un perfil femenino. Algunas de las nuevas mujeres que comenzaban ahora a caminar con paso decidido, cada vez más fuerte y seguro, tenían en el trabajo aparatos de última tecnología, como la máquina de escribir denominada Victoria, que había aparecido en 1913 y era de impresión frontal. Cuando entrabas en el despacho sentías el tableteo del teclado. A continuación, percibías el aroma del ramo de ciclámenes que descansaba en un jarro encima de sus mesas. ¡Y qué decir del sonido de las calculadoras mecánicas, como la máquina sumadora-listadora de Dalton presentada en 1914, que fue la primera de su tipo en usar solo diez teclas!

La vida seguía su ritmo. En estos años surgieron centros laicos de formación profesional para la mujer que convivieron con las tradicionales instituciones que existían durante el siglo XIX y principios del XX, y que en general estaban en manos de órdenes religiosas y ofrecían enseñanzas a niñas y jóvenes hijas de obreros. El mejor ejemplo de estas nuevas instituciones laicas potenciadas desde instancias públicas fue, aparte del Sindicato de la Aguja, el Institut Professional de la Dona. Esta institución, conocida popularmente como «La Cultura», se creó en 1910 en Barcelona gracias a una iniciativa, paternalista, de la católica social Francesca Bonnemaison, pedagoga y promotora de la educación femenina popular catalana —en el marco del reformismo catalán de las primeras décadas del siglo XX—. «La Cultura» amplió sus actividades a partir de 1920 con enseñanzas profesionales que iban más allá de las consideradas propias de la mujer, impartiendo cursos de taquigrafía, mecanografía, idiomas, y llegando a contar con más de seis mil asociadas.

Nuevas profesiones para la mujer

Rodeadas de libros: Bibliotecarias

Nuevas se abrían para ellas. Hablemos ahora de las bibliotecarias. No hay duda de que las bibliotecarias contribuyeron a mejorar parte del mundo de las bibliotecas públicas, acercaron la lectura a la población y promovieron el afecto y el cuidado de los libros. No podemos dejar de recordar a Angelita García Rives. Fue la primera mujer bibliotecaria en España. Nacida en Madrid en 1891, aprobó el ingreso en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, con una plaza de oficial de tercer grado, en 1913. Un año más tarde, ingresó, mediante concurso, en la Biblioteca Nacional de España (BNE). Fue una mujer que brilló en un campo marcado por la presencia masculina de entonces.2 En Cataluña, en 1915 Eugenio d’Ors propuso la creación de una escuela para la formación de bibliotecarias. El proyecto fue aprobado el 26 de marzo de ese mismo año por la Mancomunidad de Cataluña. Ofrecía formación profesional a aquellas personas, exclusivamente mujeres, que iban a trabajar en las bibliotecas de la red establecida para Cataluña. Elvira Zimmer Rodríguez, una joven menuda, nacida en Londres en 1894 de padre alemán y madre española, fue una de las primeras bibliotecarias de formación de l’Institut de Cultura con sede en Barcelona. Elvira pertenecía al primer grupo de bibliotecarias encargado de organizar la Biblioteca de Catalunya. La historia la recuerda siempre sonriente y atenta, algo miope. Elvira puso todo su saber al alcance de los usuarios del centro.

Angelita García Rives. (Fuente: PARES)

Con batas blancas: Sanitarias

La primera ley que regulaba las profesiones sanitarias en España se remonta a mediados del siglo XIX. Entonces apareció la figura del practicante, que englobaba a todos los que prestaban servicios de ayudantes de médicos, como los «cirujanos» y los barberos. Hasta 1904 solo podían ejercer la profesión los hombres. Pero después ya se abrió el camino a ellas. En 1915 se creó el título de enfermera. Por primera vez en la historia se reconocía legalmente la profesión de enfermera, es decir, se institucionalizaban los cuidados sanitarios bajo tres denominaciones distintas: enfermeras, practicantes y matronas.  Así, aunque todos tenían funciones en el cuidado de la salud y formación en parte semejante, los estudios específicos se realizaban en diferentes lugares.3

En nuestro país, el reconocimiento oficial del título de enfermera se hizo a propuesta de una pequeña congregación de religiosas dedicadas al cuidado de los enfermos, las Siervas de María Ministras de los Enfermos, replicando el modelo que habían conocido en Italia, donde algunas de ellas se había titulado. En realidad, solo pretendían legitimar las funciones desarrolladas por sus propias hermanas religiosas, pero con ello lograron dar también un gran impulso a la enfermería laica, que ya había comenzado su andadura académica unas décadas antes en la Escuela de Enfermería de Santa Isabel de Hungría de Madrid.4 El nivel de actividad que desarrollaron las enfermeras en el ámbito asistencial y de salud pública fue muy destacado. Sin embargo, dicho desarrollo no siempre se correspondía con el grado de visibilidad que alcanzaron en los equipos de trabajo donde se integraron. Mucho menos en las publicaciones científicas o en los puestos de representación institucional. Sería oportuno profundizar en el análisis de la influencia que cabe atribuir a la variable género para intentar explicar aquella falta de visibilidad.

El 8 de abril de 1924 se creó un servicio municipal para profesoras que debían asistir en los partos a mujeres de familias pobres. Aunque las parteras siempre habían estado ahí. Las reivindicaciones del colectivo formado por las matronas durante los años de la dictadura de Primo de Rivera indican que fueron el primer conjunto laboral femenino que se asoció para constituir un colegio profesional. Pionero, pues, fue creado en 1925 por veinticuatro matronas que contaron con la ayuda del Colegio Provincial de Practicantes, del que hasta entonces habían dependido. Aunque ello significó un gran adelanto en el universo laboral de las mujeres, lo cierto es que los requisitos exigidos para ejercer de matronas eran mínimos: se reducían a un examen de los conocimientos de la enseñanza primaria. Esta formalidad indica el bajo concepto que la organización sanitaria tenía de esta profesión. Ello mejoró, no obstante, y tres años después ya se solicitó legalmente que las matronas ostentasen el título de bachillerato elemental. Aun así, este colectivo, de vez en cuando, tuvo que soportar la indiferencia y suspicacia de los médicos, que a veces las menospreciaban. Además, las matronas debían hacer frente a la competencia de las mujeres pretendidamente experimentadas que actuaban como parteras clandestinas, que trabajaban en condiciones higiénicas deficientes y ponían en peligro la vida de las madres y sus hijos. Ello sobre todo era algo completamente frecuente en la España rural y profunda.

Fuente: Archivo CNT, Instituto Internacional de Historia Social.

Las docentes

De las profesiones liberales, el magisterio primario era el único ámbito en el que nunca se había cuestionado la capacidad femenina para ejercerlo, puesto que, dado los bajos niveles educativos, se valoraban más las actitudes maternales que los conocimientos académicos. Ello era más patente cuando los alumnos eran niñas y, sobre todo, si pertenecían a hogares humildes. Cuando la preocupación educativa de los gobiernos creció, se procuró una mejor preparación de las maestras, pero nadie discutió su capacidad para instruir en las primeras edades.

Si miramos la legislación docente, la ley reguladora de la enseñanza, conocida como ley Moyano, fue impulsada en España en 1857. Se aprobó gracias a la iniciativa legislativa de Claudio Moyano. La Ley de Instrucción Pública de 9 de septiembre de 1857 organizaba los tres niveles de primera enseñanza: enseñanza primaria, obligatoria de los seis a los nueve años, la enseñanza media y la enseñanza superior. Las líneas fundamentales de la Ley Moyano pervivieron hasta la Ley general de Educación de 1970, que estableció la escolarización obligatoria hasta los catorce años, y la LOGSE, de 1990, que la aumentó hasta los dieciséis.5

A finales del siglo XIX las niñas que iban a la escuela compartían una amiga invisible: Flora. La educación de una niña, se publicó por primera vez en 1881. Su autora, la maestra navarra Pilar Pascual de Sanjuán (1827-1899), tomaba a Flora de la mano desde el aprendizaje de las primeras letras y la instruía hasta dejarla casada. Pionera como maestra, el discurso de Pascual de Sanjuán sobre la mujer seguía el modelo convencional. Algunas niñas, sin embargo, no solo se miraban en el espejo de Flora; observaban con admiración, a hurtadillas otro modelo: el de sus propias profesoras.6

Las maestras «son el primer grupo con una identidad femenina diferente”, dice la periodista e historiadora Inmaculada de la Fuente.7 “Eran autónomas, viajaban a otros pueblos, en el siglo XIX muchas todavía acompañadas, y escribían en revistas profesionales», afirma la profesora Consuelo Flecha. Algunas solían casarse con un maestro, pero otras no formaban una familia y permanecían solteras y el ideal preconizado por Flora se difuminaba. Eran sumisas a la vez que transgresoras. Surgían otras voces, nacían otros escenarios.

Que la historia no se había detenido para las mujeres se hizo palpable. Las leyes educativas se fueron adaptando a los cambios sociales. Con el fin de luchar contra las altas tasas de analfabetismo, sobre todo femenino, la administración trabajaba con el objetivo de modernizar la educación. Aunque la educación para niños se creía conveniente y no fuera así para el caso de las niñas, porque se pensaba que su papel en la vida no requería sus estudios, en 1909 se implantó el régimen de igualdad para niños y niñas. Los planes de estudio incluyeron más asignaturas para las niñas con el fin de prepararlas mejor para desempeñar tareas consideradas aptas para mujeres. Y el 8 de marzo de 1910 la Gaceta de Madrid publicó una Real Orden del Ministerio de Instrucción Pública, que dirigía entonces el conde de Romanones, permitiendo por primera vez la matriculación de alumnas en todos los establecimientos docentes. Este importante hito en el avance hacia la igualdad fue posible por la tenacidad y decisión de algunas mujeres que decidieron rebelarse contra regulaciones injustas que impedían su acceso al conocimiento y su pleno desarrollo como seres humanos. Mujeres que contaban con el apoyo de La Institución Libre de Enseñanza, fundada en Madrid en 1876.

En 1911, la revista Fémina recogió un artículo sobre las primeras experiencias del método que la pedagoga Maria Montessori había implantado en algunas escuelas italianas. El Consejo de Investigación Pedagógica del Ayuntamiento de Barcelona no dudó en enviar al pedagogo  Joan Palau i Vera a Roma con el objetivo de estudiar de cerca el método y su aplicación. Al volver, fue nombrado director de la Escuela de la Casa de Maternitat, donde se implantó el método Montessori entre los alumnos de párvulos.8

La influencia del método Montessori, desarrollado principalmente durante la Mancomunidad de Cataluña, continuó después con fuerza durante la Generalidad, en tiempos de la Segunda República. Tras el paréntesis del franquismo, este influjo se fue recuperando durante la transición, en los años ochenta.

Pasado el tiempo, los nuevos oficios para mujeres se fueron revelando como un campo demasiado limitado y se inició el proceso de incorporación de las jóvenes a las profesiones hasta entonces solamente masculinas. Pero la admisión de la mujer en nuestras universidades fue más lenta que en otros países de Europa, donde las mujeres adquirieron este derecho de acceso entre 1850 y 1890. Las universidades de París y Zúrich fueron pioneras en aceptar mujeres en todos los estudios universitarios con igualdad de derechos con los varones, seguidas de otras universidades en Reino Unido, Bélgica, Dinamarca, Italia y Alemania.9

A pesar de estas rémoras, un número cada vez más elevado de mujeres, pertenecientes en general a una clase media más alta que las que hasta aquí hemos perfilado, se plantearon el acceso a los sectores profesionales más cualificados: los de las profesiones de formación universitaria y los de las profesiones liberales, de mayor calificación y estatus social. Carreras que implicaban un tipo de ocupación basado en una formación específica y en la capacidad de dirigir el ejercicio del propio trabajo. Un monopolio construido a lo largo de procesos históricos más o menos largos en los que el género, y más concretamente la exclusión de las mujeres, jugó un papel importante como mecanismo de rechazo social. El camino se demostró largo, sinuoso, pero sin posible retroceso. ¡Se hacían visibles!

El empleo público, refugio laboral de las mujeres

El espacio laboral público ofrecía a las mujeres estabilidad y tranquilidad suficientes. Proporcionaba un empleo permanente del que no podían apearlas los vaivenes del mercado laboral. Aunque para ello era preciso pasar por el oneroso trance de las oposiciones. ¡Pero valía la pena! El empleo público siempre ha sido un trabajo preciado para las mujeres. Ya a finales del siglo XIX hubo un sector de españolas que pudieron conseguir trabajar para el Estado: lo hicieron en el servicio de Correos y Telégrafos (Real Orden de 23 de octubre de 1880). Pero los de entonces eran empleos sesgados: las mujeres solo podían trabajar en concepto de auxiliares temporeras de telégrafos. Además, inicialmente, el acceso estaba limitado a «mujer, hija o hermana del encargado del servicio». Poco después, en 1884, se extendió la medida a mujeres solteras y viudas. Su misión era excesivamente simple: consistía en la admisión de telegramas exclusivamente. La estricta moral de la época se ponía de manifiesto en esta consigna: «solo se trabajaría con personal exclusivamente del mismo sexo para evitar posibles habladurías o atentados contra la moral pública».

Pero el tiempo corría a favor de las mujeres: el Estatuto de Funcionarios, denominado «estatuto Maura», de 1918, estipulaba que «la mujer podrá servir al Estado en la categoría de auxiliar». La mujer dejaba de ser considerada como algo anodino y se le permitía ejercer el trabajo, aunque fuera de auxiliar. Las primeras mujeres que ingresaron de acuerdo con lo dispuesto en este estatuto lo hicieron en 1919, cuando ya había acabado la primera guerra mundial, que tantos cambios introdujo en la mentalidad y el quehacer de las mujeres europeas. Estas funcionarias pioneras fueron pocas: solamente cuatro en el Cuerpo Auxiliar de Estadística del Ministerio de Hacienda y dos en el Ministerio de Instrucción Pública. No conocemos sus nombres: como el de tantas mujeres precursoras, han quedado en el olvido. Un paso más: el 8 de abril de 1924, durante la dictadura de Primo de Rivera, se instauró un Estatuto Municipal que fue la norma reguladora de los ayuntamientos en España. Para las mujeres de la época ello fue muy importante: con él se les abrieron las puertas de los ayuntamientos. Estas medidas apenas se contempla en los estudios sobre las mujeres, a pesar, de lo importante que fue para el feminismo.Ya existían trabajadoras que estaban al servicio del consistorio: maestras, matronas personal subalterno, pero este estatuto dispuso una serie de normas novedosas sobre el personal adscrito, sobre todo uno de sus artículos por el que se creaba un servicio municipal de profesoras en partos destinado a la asistencia de los nacimientos en las familias pobres. ¡Y ello en un régimen político dictatorial!

Gracias a estas medidas que tomó la Dictadura, entre el 27 de octubre de 1924 y el 1 de enero de 1930, Matilde Pérez Mollá ocupó el cargo de primera mujer alcaldesa en España. Pero no fue elegida por sufragio universal (eso no ocurriría hasta la Segunda República, cuando en 1934 fue elegida en Bellprat Natividad Yarza, afiliada a Esquerra Republicana de Catalunya (ERC)). Pérez Mollá había nacido en Cuatretondeta (Alicante) en 1858 y en esta localidad desempeñó el cargo por designación del gobernador de Alicante, el general Cristino Bermúdez de Castro, durante la dictadura de Primo de Rivera. En los seis años que estuvo de alcaldesa se modernizó el municipio, se construyó la primera carretera del pueblo, que unía la población con la vecina Gorga, y se instaló la luz eléctrica en calles y hogares. Mujer pionera, dio un paso más para abrir las puertas del mundo de la política a las mujeres. Los vecinos decían de ella que recorría el pueblo a caballo supervisando personalmente las medidas adoptadas para su mejora. Matilde fue una excepción, porque en aquella sociedad la mujer rural solía desempeñar un papel más tradicional. A Matilde, en estos años dictatoriales, le siguieron otras mujeres.10

¡Dígame! Las telefonistas

Otro oficio nuevo que surgió en esta época fue el de telefonista. A finales del siglo XIX aún no se había conseguido que las llamadas entre los teléfonos se hicieran de manera automática y estos se comunicaban mediante una centralita. Un abonado que quisiera comunicarse con otro debía ponerse en contacto con su central. A ella llegaban los cables de los teléfonos y allí una operadora le preguntaba con qué número quería hablar. Una vez indicado, ella ponía en contacto a los dos interesados de manera manual. De este modo, las comunicaciones pasaban siempre por las manos de estas empleadas, concienciadas casi siempre a abandonar el trabajo al contraer matrimonio. Por ello, en general, trabajaban escasos años. Las mujeres no solo ocuparon el puesto de telefonistas, también los niveles superiores, de jefas y vigilantes. Se les exigía: amabilidad y discreción, ya que tenían la posibilidad de escuchar las conversaciones privadas; facilidad de palabra, dominio en el manejo de números y conocimientos geográficos. ¿Por qué se reclutaba a mujeres? Había diversas razones: una era que al parecer el timbre de voz femenino era más comprensible en unos momentos en que la comunicación telefónica no era excesivamente buena; otra, que cobraban un sueldo inferior al de los hombres. Y finalmente que eran hábiles y disciplinadas y habían demostrado una extrema paciencia en su trato diario con los usuarios. La telefonista respondía así al ideal masculino de mujer perfecta: sumisa y paciente. El trabajo, duro, en parte estaba compensado porque su salario era superior al de otros oficios femeninos y porque además, y quizás esto era lo que se consideraba más importante, otorgaba cierta consideración social.

Fuente: Archivo Municipal de Seattle.

Parece que, por aquel entonces, como muestran las fotografías de la época, estas jóvenes realizaban el trabajo de pie. Más adelante, el 27 de febrero de 1912 se promulgó la llamada «ley de la silla», según la cual todas las mujeres que trabajaran en determinados tipos de empresa deberían de disponer de una de ellas. La nueva ley podría parecer un avance en pro de los derechos de la mujer trabajadora, pero en realidad, nos tememos, fue una ley que hacía hincapié en su debilidad física. Parecía que los legisladores en este caso no contemplaban proteger a los hombres. Al cabo de los años se pudo comprobar que la ley no había tenido el resultado que se esperaba, ya que muy pocas empresas la cumplían. No obstante, las telefonistas en estos años ya operaban sentadas. La actividad de las operadoras telefónicas era sin duda muy diferente según el servicio que se atendiera. No era lo mismo ser la telefonista de un pequeño núcleo rural de unos pocos habitantes, que serlo en una capital de provincia o atendiendo un cuadro interurbano o internacional.

Aunque las españolas iban saliendo de la penumbra, poco podía ser aún una mujer en la España de la época. Afortunadamente, las compañías de teléfonos devinieron otra de las escasas salidas laborales que tuvieron las mujeres. Esta profesión fue un instrumento de independencia y de autosuficiencia para muchas féminas marcadas por una ínfima integración en el mundo laboral, aunque nunca les sirvió como puente para llegar a desarrollar otros papeles de más responsabilidad dentro de sus empresas. En palabras de José de la Peña en su libro ‘Historia de las telecomunicaciones’ “eran la voz y el alma del sistema, pero no podían dirigirlo». Aun así, tenían muchas ventajas con respecto a otro tipo de trabajo: entre las operadoras surgió un profundo sentimiento de solidaridad y compañerismo. El tiempo se compartía con compañeras de muy diferentes procedencias y clases sociales que, de otra manera, muy difícilmente hubieran cruzado sus caminos. ¡Tenían tantas cosas que contarse! Aquellas chicas fumaban, iban en metro, eran independientes y chocaban con el machismo tradicional. No necesitaban casarse. No dependían de los hombres. Podían elegir ser madres o vivir su vida. Eran autónomas económicamente.  En el trabajo disfrutaban de salas de descanso donde, mientras estaban fuera de turno, podían relajarse. En ellas tenían revistas, libros y una persona de guardia les servía café, sin coste para ellas. E incluso alguna vez debía resultar estimulante cuando sus interacciones con los abonados llegaban a no ser profesionales para convertirse en el ejercicio de meros flirteos. Las propias empresas llegaron a sentir la necesidad de insertar anuncios en los periódicos abordando este tema.

La Compañía Telefónica Nacional de España comenzó a instalar de manera progresiva, a partir de 1924, centrales automáticas por todo el país. Eran equipos que prescindían de las telefonistas en las comunicaciones telefónicas. Esto, sin embargo, no supuso la desaparición de las telefonistas. Muy al contrario, su papel resultó fundamental en la mejora de las comunicaciones. Desde su fundación, la Compañía Telefónica apareció como punto de encuentro de sectores sociales diversos, señala la historiadora Cristina Borderías, autora de una obra de referencia sobre esta empresa. Escribe que en los años treinta accedieron a ella mujeres que venían de trabajar, de niñas, en el campo o en el servicio doméstico, pero que pudieron alcanzar más tarde un nivel de estudios primarios. O bien se incorporaron las hijas de la pequeña burguesía comercial e industrial, las de maestros o de militares, obligadas a trabajar por problemas económicos, familiares, o por desear una independencia económica. Esta autora señala que: «En el trabajo de Telefonista [en Barcelona] la mayoría de las mujeres que entraron a trabajar a partir de los años cuarenta eran inmigrantes». Es indiscutible que para la mayoría de las que provenían de la clase obrera el ingreso en Telefónica señalaba el inicio de una trayectoria de movilidad ascendente.11

Con el paso del tiempo la profesión de telefonista evolucionó hasta llegar a su desaparición. Poco a poco el servicio telefónico se fue automatizando, y de forma inevitable el número de telefonistas disminuyó sensiblemente. Su trabajo pasó a estar más centrado en las conferencias interurbanas, mientras la total automatización del servicio se iba extendiendo por el país. La última centralita manual que estuvo en funcionamiento en España fue la de Polopos, un pueblo de la Alpujarra granadina. Fue en 1988 cuando el servicio se automatizó allí y las labores de la telefonista del pueblo dejaron de ser necesarias. Las telefonistas u operadoras fueron, sin duda, las voces de una época, el alma de una empresa y la imagen de un cambio que hoy podría quedar en el olvido

Aquí Radio Barcelona: Locutoras de radio

Maria Cinta Balagué era maestra y trabajaba en el Ayuntamiento de Barcelona. Pronto, a los 28 años recibió una oferta que le llenó de ilusión: Radio Barcelona le ofrecía un contrato de colaboración. No se lo pensó mucho para aceptarla. Estaba encantada, Pensó en un pseudónimo: Salus. Iba a ser la primera mujer en hablar en una emisora española. En 1926 estrenó una sección literaria femenina en una programación que Radio Barcelona dedicaba a las mujeres, llamada genéricamente Radio telefonía femenina. Las oyentes con inquietudes literarias enviaban escritos que Salus difundía a través de las ondas. .También se radiaban las conversaciones que Maria Cinta mantenía con la pianista Emília Miret, que explicaba, según la prensa, “con una voz vibrante, clara y expresiva, el porque sí o el porque de las sonatas de Beethoven”. Maria Cinta era una mujer llena de contradicciones: avanzada en la concepción formal de la programación pero ideológicamente conservadora –si nos fijamos en los contenidos de lo que difundían. También se le daba bien la escritura, tal y como demuestran algunos de sus escritos de 1927 y la técnica Ràdio Lot, endonde se aprecia su particular visión de la radio: Siempre permaneció soltera y murió mayor, en 1985, a los ochenta y siete años de edad.

María Cinta Balagué

Un medio de comunicación es un ser vivo. A nuestros antepasados, las primeras ondas sonoras, las voces que les llegaron desde un aparato de radio, les debieron de dar esa sensación. El sonido de la radio rompió el silencio de las viviendas, se inmiscuyó en la vida de sus moradores, introdujo noticias que venían de rincones del mundo ignorados hasta aquellos momentos y acabó con la soledad de las amas de casa, de los ancianos, de los enfermos.

¿Cómo empezó todo? Un típico día de invierno madrileño, luminoso y frío, el 13 de enero de 1920, bajo el gobierno de Eduardo Dato se presentó un real decreto por el que vio la luz el precedente de lo que más tarde se denominó Ley de Radio de 1923. Mediante este decreto se aprobó la instalación de infraestructuras radioeléctricas destinadas a usos científicos, que se tradujo en el establecimiento de auténticas estructuras de comunicación radiofónica.

La periodista Sílvia Espinosa nos cuenta que las mujeres llegaron muy pronto a la radio. EAJ-1 Radio Barcelona fue la primera emisora española que empezó sus emisiones profesionales en 1924. Después de pasar una dura selección, un grupo de mujeres se incorporó a la plantilla. Fueron las pioneras. Las locutoras debían poseer una voz sonora y cálida, de timbre agradable, y una dicción clara. Eran afortunadas. Su profesión suscitaba envidia entre sus amigas, sus familiares, sus oyentes femeninas.12

Las locutoras se movían en un medio agradable. Buen ambiente de trabajo, bien retribuido. Pero su oficio no era fácil. Algunas, al labrarse un hueco en ese mundo de las comunicaciones, se hicieron un lugar en la historia. Maria Sabaté fue secretaria de dirección, pero pronto entró en plantilla. Erróneamente se le atribuyó el título de primera locutora de la casa, oficio que en realidad no ejerció fuera de su colaboración en las emisiones en pruebas. Todo indica que, como decíamos. fue María Cinta Balagué la que tuvo el honor de ser la primera mujer en hablar a través de los micrófonos de la emisora catalana, gracias a lo que se convertiría en el primer magazínde la emisora: Sección de modas y temas útiles. Por el título, prometía estar dedicado a las féminas.

También destacó Maria Queralt, una enérgica joven que realizó labores de traducción para Radiosola, el primer órgano impreso de Radio Barcelona.

Pronto más mujeres se incorporaron a esta nueva tarea, dedicándose a diferentes labores. En esos años, en Radio Barcelona trabajaban más mujeres que hombres y las funciones que llevaban a cabo estaban totalmente disociadas. De la dirección general, de la técnica y de la dirección artística se encargaban los hombres, pero las mujeres se ocupaban de las labores administrativas y financieras. El puesto de cajera, la que pagaba los sueldos a los trabajadores, era también una mujer. Incluso lo que podía parecer raro en aquella época: una mujer realizaba las labores propias de un técnico de control de sonido.

Antes de la aparición de las primeras locutoras, las mujeres solo ocupaban las ondas cuando actuaban como rapsodas, cantantes o daban conferencias. Pero en el tono de algunas de estas charlas se podía detectar a veces un marcado tono feminista, lo que evidencia el papel que por aquel entonces tuvo la radio en la información y formación de las mujeres.

La llegada de las locutoras supuso la feminización más significativa de la radio. Pioneras, comenzaron a ocupar espacios tradicionalmente reservados a los hombres. Esas voces femeninas aportaron un toque diferente a la antena. En aquellos felices años veinte, la actividad principal de las locutoras se ciñó a hablar solamente en los espacios dedicados a señoras y a leer publicidad. Pero el tiempo corría a favor de las mujeres: en la década de 1930 devino una tarea radiofónica que se ejerció, ya, sin discriminaciones de género. Durante la guerra civil española (1936-1939) las voces femeninas tuvieron que cubrir muchos de los programas que gestionaban sus compañeros varones, al estar estos en el frente.13

Ellas ocupan otros oficios

Gracias al desarrollo del ferrocarril, la mujer encontró nuevos empleos en las oficinas como vendedoras de billetes o guardabarrera. A este último se accedía por sustitución de un familiar, pero luego se pasaba a ocuparlo en propiedad. En ocasiones, este tipo de empleo se reservaba para candidatas solteras o viudas. Las casadas tenían que seguir siendo el «alma» del hogar. Otras actividades de ocio dieron a las jóvenes más preparadas nuevas oportunidades: taquilleras y acomodadoras empleadas en las modernas salas de cine mudo hasta bien entrada la década de los años veinte, o bien taquilleras de las estaciones en la red de metro, en funcionamiento en Barcelona desde 1924.

En la década de 1920, escribe la historiadora Mercè Tatjer, en Barcelona los empleos formales para las mujeres jóvenes en el sector terciario, y en especial del comercio, se ampliaron gracias al aumento del número de grandes almacenes: Casa Damians, Can Jorba, Almacenes Alemanes, El Águila, que siguieron a El Siglo, el cual tenía en la década de 1930 unos 1.200 empleados, y que poco a poco fueron sustituyendo los dependientes por las dependientas: estas y, en especial las de El Siglo, según un cronista de la ciudad, «eran una selección. Iban uniformadas de negro, con una falda plisada. Formales y bonitas». Al mismo tiempo aparecieron iniciativas privadas, como las primeras academias de corte y confección sistema Martí, y centros educativos (colegios y academias) a menudo nocturnos dirigidos a jóvenes, tanto varones como mujeres.14

Y las barreras se iban superando. Poco a poco, las mujeres devenían visibles en todos los ámbitos. En 1925, Catalina García, mujer arrojada, fue la primera española en aprobar el examen de conducir. No temía, o quizás sí, el aluvión de improperios y piropos que tendría que escuchar manos al volante. Mas tarde, con la Segunda República, otras mujeres pudieron acceder al oficio de taxistas. Citemos, entre otras, a la leonesa Piedad Álvarez, la Peñina de apodo, y Dolores Trabado, lucense de nacimiento y pontevedresa de adopción,. Álvarez no llegó a pasar por la autoescuela, sino que aprendió aparcando coches, adelante y atrás, en el parking de su madre.15

La taxista Piedad Álvarez, la Peñina. Fuente: Mundo Gráfico 18 09 1935, pág. 17.

Las costumbres cambiaban

En aquellos llamados locos años, los cambios se sucedían a buen ritmo y en todos los órdenes. Las faldas se acortaron para dejar ver las piernas, que se lucían enfundadas en medias con costura en la parte trasera o con dibujos. Antes, los vestidos y las faldas no dejaban ver los tobillos, así que acortar las faldas ¡fue toda una revolución! La mujer ahora hacía suya la calle, se apresuraba, tenía un horario. Cogía el tranvía y no podía permitirse pisarse el borde de la ropa. Con mujeres cada vez más equiparadas a los hombres, la moda imponía para ellas los trajes sastres, con chaqueta, chaleco y estilo masculino; confeccionados con tejidos de lana gruesa para el invierno como el tweed o la mezclilla, y más ligeros para entretiempo, resultaban lo más novedoso. También se impusieron los colores de moda considerados masculinos: azules oscuros, marrones y grises (el negro se empleaba única y exclusivamente para el luto).

Ahora bien, ¿cuántas muchachas en España podían permitirse ir a la moda? Sin duda, no las campesinas, ni las que zurcían redes en las playas, ni las cigarreras, ni las mariscadoras, ni las que servían, ni las «xinxes» (que así llamaban a las trabajadoras de las fábricas textiles catalanas), ni las que ya eran madres y vivían dedicadas a la prole. Pero no puede negarse que la indumentaria, que hasta entonces había diferenciado clases sociales, estado civil, edad, etc., tendía marcadamente a igualarse. Por ejemplo: los zapatos de precios elevados o al alcance de bolsillos más modestos eran de hechura similar: Marie Jane o Merceditas, con punta redondeada y una tirilla fina en el empeine. Este estilo de calzado ofrecía una mayor sujeción, indispensable para disfrutar de bailes como el charlestón. También se llevaba el estilo Oxford, con un aire masculino. Sin duda era un zapato innovador comparado con la moda anterior.

Aunque la mujer nueva se abría paso lentamente, los cambios no podían ser radicales. ¡Había avances y retrocesos! Numerosas trabas coartaban la libertad femenina. Dos mujeres que paseaban el 22 de febrero de 1911 por las calles de Madrid podrían hablarnos de ello. Ya fallecieron, pero dejaron huellas. Nos cuenta la periodista Lorena Ferro que tuvieron la «desfachatez» de caminar ese día de frío invierno vestidas con una cómoda falda pantalón. La novedosa prenda causó tal bullicio que hubo que parar la circulación de tranvías y las dos mujeres tuvieron que resguardarse en una portería hasta que los ánimos se calmaron.16

Si las oficinistas trabajaban en una empresa importante y el grupo constituía un número considerable de ellas, solían disponer de una habitación para trabajar todas juntas: amplia, casi siempre pintada de claro, recubierta de armarios que albergaban libros de contabilidad, a la par que guardaban abrigos, chaquetas, gabardinas de las trabajadoras. Un almanaque con propaganda colgaba de la pared. Un paragüero para albergar el paraguas en días de lluvia y escupideras de porcelana con altos pies de hierro descansaban en el suelo. Esto último se colocaba no para ellas, pues estaba mal visto que una mujer escupiera, sino para los hombres que pedían entrar en la sala.

Las jóvenes que venían ocupando las nuevas profesiones cincelaron un cambio importante en las formas de ocio, y en el modo en que se relacionaban con sus amigas y con los jóvenes del sexo opuesto. Incluso la forma de expresarse verbalmente se hacía menos formal para convertirse en más cercana y directa. El nuevo arquetipo se introdujo en Asturias a través de una prensa que participaba en el intenso debate sobre la condición femenina y se hacía eco de las transformaciones que experimentaban las mujeres dentro y fuera de las fronteras nacionales. En enero de 1917, en plena contienda europea, El Noroeste iniciaba una sección bajo el título de «Crónicas femeninas», dedicada a tratar los asuntos concernientes a la que ya se denominaba «mujer moderna». Su autora, que firmaba con el seudónimo de Roxana, expresaba su intención de «demostrar a los antifeministas que nuestra inteligencia puede alcanzar tanto desarrollo como la de ellos» y, al resaltar las aptitudes femeniles, valoraba positivamente la aportación de las mujeres al esfuerzo bélico, pues «todas mis lectoras saben los valiosos concursos que nuestras compañeras de allende los Pirineos han prestado a la humanidad; talleres y hospitales han sido invadidos por belgas, francesas, inglesas y alemanas». Al demostrar su valía en talleres y hospitales, las europeas, explicaba la cronista, habían favorecido más a las reclamaciones feministas.

La llegada de la Segunda República ensanchó el horizonte para la mujer, le otorgó más visibilidad en el plano político, cultural y social. Pero, como es sabido, eso ocurrió más tarde, en abril de 1931, cuando España comenzó a vivir bajo los dorados rayos de un sol que comenzaba a blanquear las acacias.

1 https://repositorio.unican.es/xmlui/bitstream/handle/10902/7785/CoboGutierrezDavid.pdf?sequence=1

2 http://redaiep.es/la-eva-bibliotecaria-angela-garcia-rives-primera/

3 Historia de la Enfermería en España, https://enfermeroblastos.webnode.es/historia-de-la-enfermeria-en-espana/

4 Manuel Amezcua, Ma Elena González Iglesias “La creación del título de Enfermera en España”, http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1132-12962015000100002

5 http://deloreanalsigloxix.blogspot.com/2018/04/ley-moyano-ley-moyano-la-ley-reguladora.html

6 http://dbe.rah.es/biografias/52227/pilar-pascual-de-sanjuan

7 Inmaculada de la Fuente, “Maestras que cambiaron la escuela”, El País, 5/noviembre/2007, https://elpais.com/diario/2007/11/05/educacion/1194217203_850215.html

8Primeras escuelas Montessori en Barcelona Primeras escuelas Montessori en Barcelona Montessori para todos, 3/4/2004 https://montessoriparatodos.es/blog/primeras-escuelas-montessori-en-barcelona/

9 “Cien años con mujeres en la universidad”, El País, 8/marzo/2010. https://elpais.com/sociedad/2010/03/08/actualidad/1268002812_850215.html

10 Matilde Pérez Mollá, la primera alcaldesa de España, 20/3/2019,

https://elmundoentrenosotras.com/matilde-perez-molla-la-primera-alcaldesa-espana/

11 Cristina Borderías, Entre líneas. Trabajo e identidad femenina en la España Contemporánea. La Compañía Telefónica, 1924-1980, Icaria, Barcelona, 1993.

12 Silvia Espinosa i Mirabet, «En femenino y singular: La mujer en la radio española desde los “felices años veinte” hasta el final de la Guerra Civil», Arenal, 23:1; enero-junio 2016, pp. 5-34; Silvia Espinosa, “La pionera radiofónica olvidada”, Barcelona, metrópolis, http://lameva.barcelona.cat/bcnmetropolis/2007-2017/calaixera/biografies/la-pionera-radiofonica-oblidada/. Soledad Bengoechea, Trencant barreres, dones piones a Catalunya al segle XX, Llop Roig. Llibres i Cultura i Tot Història Associació Cultural. Este libro estará en las librerías para Sant Jordi 2022.

13 José Emilio Pérez Martínez, Mujeres en la radio española del siglo xx (1924-1989), Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 2016.

14 Mercedes Tatjer, «El trabajo de la mujer en Barcelona en la primera mitad del siglo XX: lavanderas y planchadoras», El Trabajo, Número extraordinario dedicado al IV Coloquio Internacional de Geocrítica (Actas del Coloquio), Universidad de Barcelona, 2002, http://www.ub.edu/geocrit/sn/sn119-23.htm

1515. Enrique Mariño, “Las mujeres pioneras del taxi”, Público, 23/11/2018. https://www.publico.es/sociedad/taxistas-mujeres-pioneras-taxi.html .

16 Lorena Ferro, “Y el escándalo llegó hace 100 años con la falda-pantalón”, La Vanguardia 22/2/2011.

1 comentario

  1. Sole,
    Hay anécdota y comentarios que llegan al alma a aquell@s que (aunque de chiquillos) los hemos vivido.
    Como siempre muy documentada, te felicito.
    Salut y un fuerte abrazo.

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