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El conflicto de las Carolinas de 1885. Características del nacionalismo español a finales del siglo XIX

Unas islas perdidas en el Pacífico

Las islas Carolinas están situadas en el océano Pacífico, al oriente de las Filipinas y al sur de las islas Marianas, en lo que se conoce como Micronesia. La densidad de población es bastante baja, albergando poco más de 125.000 habitantes en una extensión que no alcanza los 1.200 km2. Actualmente este archipiélago está formado por dos estados, el de la República de Palao y los Estados Federados de Micronesia. Fueron descubiertas por occidente en 1526 por el explorador hispánico Toribio Alonso de Salazar. En 1885, nominalmente, pertenecían a España.

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Unas décadas antes del conflicto entre Alemania y España por la posesión de las islas Carolinas, el desconocimiento de las mismas era bastante alto en el conjunto de la sociedad española. La mayor parte de las referencias a ellas eran unos cuantos puntos en mapas geográficos. Las historias que llegaban sobre las mismas eran escasas y oscilaban entre dos visiones que perduraron hasta la eclosión del conflicto en 1885. Por un lado existía cierta visión romántica y benevolente que creía que allí vivía “el pueblo más dulce, más cordial, más generoso y tal vez más bello de la tierra; un pueblo aparte, privilegiado por el suelo siempre verde, por el cielo casi siempre azul, y por aguas siempre tranquilas y transparentes” [Aventuras histórico-literarias (…). 1859, p.480.], por contra, existía otra que afirmaba que existía una climatología muy dura, piratería, apetencia por la carne humana occidental o guerras y pillajes entre tribus. Ambas posicionamientos son indicativos de la percepción que se tenía en la metrópoli: distorsionada y vaga, una visión que, pese a la mayor cercanía, también se producía en la colonia de Filipinas.

Las Carolinas importaban bien poco a los gobiernos decimonónicos españoles, por ejemplo tanto Cánovas del Castillo como el ministro Calderón Collantes, entre 1875 y 1876, según diferentes notas y declaraciones, renunciaron a la soberanía nominal de dicho archipiélago. Demasiado costoso y de poca utilidad para un Estado español preocupado en otros temas más acuciantes y con unas arcas bastante famélicas. Su interés por el mismo no se acrecentó hasta bien entrada de la década de los ’80, con un rey enfermo, cierta crisis en la Restauración y un contexto internacional de fuerte imperialismo.

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España en el verano de 1885

En ese verano los ecos del terremoto del 25 de diciembre 1884 en Andalucía seguían aún presentes. No era para menos, aquel sismo de una magnitud de unos 7 grados en la escala Richter afectó a unos 100 municipios y provocó numerosos muertos, heridos y edificios destruidos. A los pocos días, igualmente, unas fuertes nevadas empeoraron la situación, dejando la zona completamente devastada.

A los problemas no resueltos del terremoto se sumaban los endémicos que padecían el campesinado y proletariado, con unos niveles de vida bastante precarios. La estabilidad política tampoco era demasiado sólida en ese verano. Las disputas entre canovistas y sagastinos eran bastante agrias en una Restauración aún no consolidada y con sectores opositores políticos, tanto por la izquierda como por la derecha, bastante beligerantes en contra de las políticas de las dos facciones que ostentaron el poder. Y a esto se sumaban los certeros rumores de un rey enfermo.

Pero entre todos los problemas el más importante era la impresionante pandemia de cólera que asolaba Europa y con especial virulencia diferentes zonas de España. Este periodo, comprendido entre 1881 y 1896, tuvo su punto álgido en España ese 1885 y afectó a gran número de personas. El saldo final de cadáveres durante el episodio fue de unas 120.000 almas. En otras palabras, 120.000 cadáveres víctimas de una enfermedad que se sentía especialmente cómoda en zonas con condiciones higiénicas insalubres. El pésimo sistema sanitario, las deficiencias higiénicas en la mayor parte de núcleos habitados, así como el paupérrimo sistema de distribución del agua fueron causas que explicarían aquella virulencia y ese brote de 1885.

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Fuente imagen: www.historiadelamedicina.org

Furia española

En ese contexto puede sorprender la furia nacionalista que se desató por unas colonias que “apenas habían sido visitadas por las autoridades españolas, con excepción de unos pocos misioneros que no habían tenido éxito en la empresa de evangelizar las islas, y que, por tanto, permanecían como un apéndice inexplorado de las colonias de las Marianas y las Filipinas, sin presencia alguna de representación de España ni de su administración, mientras aumentaba progresivamente el asentamiento de comerciantes alemanes y británicos y de metodistas norteamericanos” [ELIZALDE PÉREZ-GRUESO (1992), p. 56]. De hecho unos meses antes del inicio del conflicto, en septiembre de 1884, una comisión de residentes en las islas reclamó al gobierno español presencia efectiva del estado para la protección de los colonos o la buscarían en otra potencia.

En enero de 1885 algunos periódicos difundieron la noticia del asesinato del gobernante español a manos de lugareños. Es decir, las islas Carolinas eran entonces una especie de colonia nominal sin control efectivo del territorio, por eso no debe de extrañar que, en pleno contexto de expansión colonial y poco después de la Conferencia de Berlín, de finales de 1884 e inicios de 1885, Alemania quisiese ampliar sus territorios con unas islas donde tenía intereses comerciales y que podían ser útiles, quizá, en el tránsito naval internacional una vez que finalizasen las obras del canal de Panamá, entonces en plena construcción. Y no necesariamente el acto debía de ser agresivo, ya que las relaciones alemanas con la monarquía española y Cánovas eran buenas, así que mediante la diplomacia podía ser posible un acuerdo de cesión amistosa de aquellas abandonadas islas sin dominio efectivo. ¿Qué fue lo que falló? Algo tan sencillo como que el suceso de pérdida de territorio, aunque fuese uno de este tipo, significaba un episodio dado a proclamas patrióticas en contra del gobierno, y en ese contexto, los movimientos políticos de diferentes matices jugaron su rol discursivo en el asunto, ya fuese para atacar o defender al gobierno conservador, o sencillamente ganar adeptos en base a proclamas patrióticas.

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Unos meses antes, en marzo de 1885, ante el empuje de Alemania y Gran Bretaña, España cedió Borneo y concedió franquicias comerciales en Joló. Una muestra clara de la decadencia internacional española ante el empuje de las potencias coloniales finiseculares y la necesidad de adquirir ingresos y reducir gastos. El día 6 de agosto verbalmente y el 11, por escrito, el embajador alemán comunicó al gobierno el interés germano por las Carolinas. Ante este suceso y el clima político que vivía España, se ordenó que zarpasen dos barcos de guerra desde Filipinas, el Manila y el San Quintín, para ocupar el territorio del archipiélago. Alemania, por contra, mandó zarpar un cañonero para el mismo fin, el Illtis.

En ese momento, aproximadamente entre el 12 y 13 de agosto, tras una nota española de protesta ante la pretensión alemana, empezaron las primeras manifestaciones de ardor patriótico y se empezaron a organizar manifestaciones nacionalistas como la que se produjo en Madrid pocos días después, el domingo 23 de agosto, con la presencia de unas 50.000 personas que clamaron en contra de Alemania y jalonaron vivas a España.

Entre el 21 y 22 de agosto llegaron a Puerto Tomil (Yap) los buques españoles, aunque tampoco hicieron ninguna ocupación efectiva ya que estaban haciendo, en teoría, los preparativos para tal fin. El día 25 el Iltis llegó sobre las 17:20, pocas horas después un oficial alemán se presentó en el buque español San Quintín y comunicó, según los supuestos de la conferencia de Berlín, la ocupación de las islas, alegando igualmente la conformidad de los extranjeros y residentes en ellas. El que tenía que ser gobernador español de las islas, Enrique Capriles y Osuna protestó enérgicamente e hizo enarbolar la bandera española en Yap, provocando igualmente la protesta teutona. Finalmente el capitán de los buques españoles, Guillermo España, decidió retirarse de la zona tras realizar la oportuna protesta.

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Imagen de La Ilustración Española y Americana relativas a la manifestación del 4 de septiembre en Madrid,así como un bucólico grabado de los territorios en disputa.

A los pocos días la noticia se conoció en España y provocó un endurecimiento de las reacciones patrióticas. El 4 de septiembre, una nueva manifestación recorrió las calles madrileñas y un grupo de jóvenes furiosos y exaltados entró en la embajada alemana encaramándose por el balcón y, tras algunos destrozos y la rapiña del asta de la bandera imperial y del escudo de las águilas germanas, quemaron los restos en la puerta del Sol ante la sede del ministerio de Gobernación. Vivas a España, vítores hacia su honra, insultos a la raza germánica y vivas a las raza latina (cuando los manifestantes desfilaron ante las embajadas italianas y francesas), o gritos de enaltecimiento al ejército y, especialmente, al héroe general Salamanca fueron comunes, quien en un momento de furia arrancó de su pecho las condecoraciones recibidas del príncipe prusiano y se hizo popular al emitir un comunicado en el cual, afirmaba, que las substituiría por otras ganadas en el campo de batalla. También se relataron gritos favorables a iniciar una guerra contra los alemanes, o recurrentes referencias de las gestas patrias durante la guerra de la Independencia.

Finalmente, con el paso de las semanas, la tensión bajó algunos enteros y el conflicto, después de la petición de Bismark, fue mediado por el Papa León XIII, el cual emitió un laudo pontificio el 22 de octubre de 1885 en el que se reconocía la soberanía española de las islas, siempre que existiese una presencia efectiva en el territorio del estado, reconociendo también a Alemania la soberanía de las islas Gilbert y Marshall y, en las Carolinas españolas, ciertas ventajas económicas, como la posibilidad de tener una estación de suministro de carbón. Tras esta propuesta los gobiernos de España y Alemania firmaron el 17 de diciembre el “Protocolo Hispano-Alemán” que sellaba definitivamente el conflicto por dichas islas. Un protocolo que duró hasta 1899, cuando en el contexto de hundimiento colonial de 1898, Alemania compró las islas por 25 millones de pesetas.

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Moneda española que circuló en las Carolinas. En 1899 la soberanía será alemana, como refleja el detalle del punzón en referencia al Kaiser Alemán. Fuente imagen: Wikimedia

Las características de la furia española

Más allá de los sucesos, el análisis del conflicto puede ser útil para entender las bases argumentales y definitorias de lo que significaba sentirse español en 1885. Como veremos, más que posicionamientos claros de manifestaciones que se podrían enmarcar en esquemas nacionalistas de tipo liberal, basado en el presupuesto que la nación es representada por la ciudadanía, o en esquemas de tipo esencialistas o historicistas, con una concepción metafísica de unas naciones perdidas en los albores de los tiempos y con características histórico-raciales que determinaban a los individuos, nos encontramos como ambos modelos, tanto por parte de sectores “liberales” como por los “reaccionarios”, se utilizaban indistintamente y que el concepto, o conceptos, de los que significaba ser parte de la nación española, a esas alturas, era una suma de planteamientos de origen liberal y, especialmente, historicistas.

Resulta evidente que la oposición al gobierno de Cánovas utilizó el suceso para criticar las políticas gubernamentales, a las que se sumaban críticas a la monarquía por parte de sectores republicanos y carlistas. También parece clare que los partidarios del gobierno minimizaron los sucesos si tenemos en cuenta que, hasta entonces, el Imperio Alemán era de los pocos aliados internacionales del estado español y que éste no disponía de medios militares suficientes para resolver el conflicto por esa vía. Sobre estas evidencias no entraremos en su análisis, pero sí que lo haremos con algunos periódicos representativos para entender los discursos en referencia a lo que significaba formar parte de la nación española. Y escogemos a la prensa porque en esa época su popularización fue al alza y fue un potente agente nacionalizador de las masas.

Las cabeceras analizadas son Las Dominicales de Librepensamiento, que representaría a sectores liberales librepensadores bajo el impulso de Ramón Chíes y Fernando Lozano Montes, alias Demófilo, El Correo Militar, publicación militarista y que, pese a sus orígenes republicanos, en aquellos tiempos fue próxima a los postulados canovistas, El Imparcial, fundada por Eduardo Gasset, de ideología liberal y que con más ahínco promovió las manifestaciones patrióticas o colectas para la construcción de navíos de guerra, El Liberal, fundada a partir de una escisión de periodistas republicanos temperados del anterior, entre ellos Miquel Moya, El Día, fundada por Camilo Hurtado de Amézaga, de tendencia monárquica liberal, La República, órgano de los republicanos federales españoles, bajo la tutela de Enrique Pérez de Guzmán, marqués de Santa Marta, La Época, claramente canovista y El Siglo Futuro, fundado por Ramon Nocedal en 1875 y de tendencia carlista y anti-Restauración. A partir del análisis de dichas y variadas cabeceras podemos observar algunos de los parámetros “esenciales” que todo patriota español, por entonces, hacía como propios.

En este caso, los datos mostrados son apuntes rápidos, por lo cual les falta en algunas afirmaciones mayores citaciones o aparato crítico, en cualquier caso esta carencia es deliberada, puesto que puede servir para crear debate. En cualquier caso, si lo que se afirma alguien lo encuentra dudoso y quiere contrastar, dejo enlazado el resultado de una búsqueda en la Hemeroteca Digital de la BNE, con el término Carolinas, entre 1884 y 1885, en referencia a la prensa antes mencionada. Puede ser un buen inicio para el contraste de opiniones.

Sin más dilación, apuntamos ciertas ideas tras analizar los discursos españolistas en esos medios con la excusa del conflicto colonial de 1885:

  • La nación española la formaban todos los ciudadanos.

Este argumentario discursivo representa a la concepción nacionalista más propia de la genealogía liberal, afirmando que España estaba compuesta por todos los ciudadanos bajo dominio de la ley. Lo encontramos especialmente apreciable en algunas argumentaciones de sectores republicanos y librepensadores y, curiosamente, por los sectores canovistas favorables a una visión menos conflictiva del suceso, al apostar por la vía diplomática y el derecho internacional para resolver el asunto.

En un artículo de Demófilo en Las Dominicales de Librepensamiento resulta especialmente esclarecedor este tipo de argumentación nacionalista, al afirmar que “en todos los mapas y en todas las geografías hemos aprendido que eran de España [Las Carolinas]; que formaban parte del territorio español, el cual según la ley fundamental que nos hemos dado en uso de nuestra soberanía es uno e indivisible, y no se puede ceder o permutar sin una ley hecha en cortes” [LOZANO MONTES, Fernando (a. Demófilo). “Proceso a la Restauración”. En: Las Dominicales de Liberpensamiento, nº136 (23/08/1885), p. 1.].

  • Es asunto de hombres.

En todas las publicaciones consultadas, con más o menos fuerza, domina cierto lenguaje viril, produciéndose una especie de relación entre patria y los patriotas con una fuerte carga que se podría afirmar que es patriarcal y machista.

En este tipo de discurso nacionalista, la patria representaría el elemento femenino y el patriotismo el elemento masculino y dominante. Ella es quien nos ha visto nacer pero siempre estará indefensa sin la vigilancia del elemento masculino, en este caso, los patriotas. Una concepción metafísica que al mismo tiempo indica un alto grado de machismo en la concepción del mundo por parte de los patriotas españoles. Es tan constante este tipo de lenguaje que en cualquiera de las publicaciones enlazadas, cualquier lector interesado, podrá encontrar ejemplos de ello.

  • Honra y militarismo.

Pese a que en un inicio algunas publicaciones como La Época, El Correo Militar o las republicanas y librepensadoras, se mostrasen contrarias a la guerra contra Alemania por la obviedad no confesada de una derrota más que segura, cuando se dio a conocer el incidente entre los barcos españoles y alemanes en Yap, y al calor de la manifestaciones y actos en la calle, el tono militarista subió muchos enteros; articulistas como Demófilo en Las Dominicales muestran una evolución en este sentido; pese a mostrarse a mediados de agosto contrario a la guerra por no poder ganarla, se sumaba a los posicionamientos de periódicos como El Imparcial de iniciarla por una cuestión de honra, que equivalía defender que se tenía que acudir aunque signifique una derrota más que segura.

  • Racismo y xenofobia.

En las manifestaciones patrióticas de esos días se ensalzó constantemente a la raza latina, lo que nos llevaría a afirmar que, de manera generalizada, la raza y sus características, fueron uno de los rasgos más definitorios y diferenciadores entre naciones. Algo comprensible, si tenemos en cuenta que entonces las concepciones raciales eran moneda común de la mayor parte de las ideologías, no en vano estaban bastante aceptadas en los estudios científicos, sociales y humanísticos.

Sin embargo, el concepto de raza y su aceptación rápidamente también daba lugar a posicionamientos de desprecio al resto, de xenofobia. Incluso entre algunos sectores republicanos federales subyacía un racismo xenófobo, ya que los pobladores originarios de las Carolinas eran seres inferiores a la raza latina, por eso estaba justificado el dominio de dichos pueblos. También en las referencias a la conquista y colonización de América en los medios por parte de España subyacía ese elemento. La xenofobia, igualmente, durante este conflicto llegó a niveles delirantes, por ejemplo, en El Imparcial se llegaron a escribir artículos criticando la costumbre de beber cerveza, típica de los bárbaros y pérfidos alemanes, afirmando que quien consumiese cerveza era un mal patriota y que se tenía que beber únicamente vino para poder ser considerado un buen español.

  • El catolicismo de la patria.

En este caso, como era de esperar, fue un rasgo especialmente apreciable en las publicaciones de inspiración ultra-católica y católica, quienes asimilaban como rasgo definitorio del españolismo al mismo catolicismo. No es un discurso que, por entonces, fuese el mayoritario, de hecho si bien era fácil de observar en las publicaciones conservadoras, no lo era tanto en periódicos liberales o progresivos. Sin embargo, lo que resulta curioso, o quizá no, era el hecho que aparecieron los apelativos a la catolicidad de España en contextos donde también se criticaba a la raza germana, produciéndose un paralelismo entre raza y religión, criticándose a los germanos por ser pérfidos e inferiores a los latinos y españoles y, entre otros argumentos, ser los causantes del cisma protestante.

Conclusión

A finales del siglo XIX casi cualquier movimiento nacionalista era, como hoy en día, un conglomerado de discursos contradictorios y dispersos. Los nacionalismos, entre muchos otros matices, han sido, son y serán un agente creador de fidelidad hacia la continuidad del estado (por encima de los gobiernos), o el forjado de sentimientos de adhesión a otro potencial, también sirven como herramienta eficaz para desmovilizar o movilizar a la población, lo que se traduce en ser una potente arma para el control de la población. No ha de extrañar que hoy, en pleno siglo XXI, un invento forjado en los estertóres del Antiguo Régimen en Occidente sea el que configure el mundo actual, el de los llamados estados-nación.

Fuentes Consultadas

Fuentes hemerográficas (Hemeroteca Digital de la BNE).
La Época
Las Dominicales de Librepensamiento
El Liberal
El Siglo Futuro
El Imparcial
El Correo Militar
El Día
La República
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