Guy Debord fue un pensador auténtico porque fue un hombre consciente de la potencia del espéctaculo. En un mundo donde diariamente millones de miradas encajan blandamente continuas radiaciones de estímulos visuales es difícil hallar personas capaces de penetrarlas. La sociedad del espectáculo, publicado en 1967, intentó ser un avisó sobre el cambio radical que estaban sufriendo las medidas de referencia acostumbradas para el tiempo y el espacio humanos.

La sociedad del espectáculo fue dado a conocer no solamente como una sentencia contra su época sino también como una panorámica en profundidad de la misma es que hoy podemos considerarlo un libro clásico. Un clásico no es sólo un libro capital o una obra magna o una creación misteriosa sino también un yacimiento en el cual pueden seguir hallándose vetas, décadas -o siglos- después de escrito. 

Guy Debord quiso destruir la sociedad que le tocó en suerte, esa pretención pertenece al rango de los gestos de amor. Porque los torpederos de una época son también los que aman más intensamente.

El espectáculo, si se buscan sus raíces, nace con la modernidad urbana, con la necesidad de brindar unidad e identidad a las poblaciones a través de la imposición de modelos funcionales a escala total.

El sistema de dominio espectacular se expande autocráticamente, al igual que lo hacía el sistema pedagógico para anteriores generaciones, es decir, como avanzadillas militares sobre espacios humanos no regulados: a todos quiere concernir, a nadie quiere dejar librado a sus propias potencialidades. El imperativo autocrático de nuestra época requiere de tecnologías sofisticadas y de burocracias especializadas en el arte de la vigilancia, tanto como técnicas para el olvido de la historia. En el extremo, la memoria histórica es forzada a pasar a la clandestinidad y el ojo a despegarse de su cuenca.

El espectáculo desdeña la experiencia vivida, la actividad conversacional y la sociabilidad espontánea, es decir, desestima la reunificación de la comunidad como movimiento inventivo en si mismo.

Guy Debord pertenece a la estirpe de aquellos que suponen que lo que es experimentable no puede ser representado, y que la contemplación de simulacros o la estimulación sensoríal por medios técnicos son sucedáneos vitales decididamente insuficientes.

El situacionismo no fue otra cosa que la desembocadura de un delta de corrientes estéticas y políticas que aún creían en el poder revolucionario del arte.

Se dirá que no es mucho lo que unas pocas personas pueden hacer. Pero no pocas veces la historia de una idea comienza con la fe y la energía de un puñado de fieles.

Al comienzo, la izquierda oficial, y los intelectuales de revista cultural los trataron con indiferencia, como hacen los señores cuando se enfrentan al insolente. Pero la insolencia devino activismo productivo, a saber: un modo de hostigar al mundo a fin de removerlo de sus cimientos.

El espectáculo se impone como obligatorio porque está en posición de ejercer el monopolio de la visualidad.

El espectáculo es una gran máquina disuasiva de la vista: procede a la manera del jugador de ajedrez, disolviendo la estrategia del adversario por adelantado. Se trata siempre de la antigua veda política: <>

Dispusieron de un estilo y llevaron a cabo tres o cuatro intervenciones nítidas, <> sostenida a fuerza de belicosidad, inaceptabilidad ética de la vida falsa, crítica sin contemplaciones a la izquierda estatista, voluntad de negación del mundo e imaginación política.

Si de tiempo se trata, entonces en la fundación de la Internacional Situacionista en 1957 se arrancó la espoleta a una bomba de explosión retardada. Pero también el situacionismo no deja de ser el eco de explosiones anteriores. La I internacional, la Revolución Española, la revuelta húngara de 1956, la Comuna de París, el espartaquismo, la insurrección de Kronstadt, instantáneas que vuelven una y otra vez en el libro de Debord para hacernos remontar el árbol genealógico de la frustración socialista, visitado nuevamente por respeto hacia el fracaso. No es fácil debilitar a las antigues estirpes. La superfície muere a la primera helada, pero las raíces resisten bajo tierra; cuando vuelven a brotar, lo hacen a la manera del géiser.

En el guión de su última película In girum imus nocte et consumimur igni, Debord descríbia amarga y descarriadamente la condición humana: <>. Gente, entonces, que se engaña a si misma sobre casi todo. El rechazo a la sociedad espectacular, la crítica a la organización de la circulación urbana, la tervigersación de materiales artísticos administrados y, como alternativa, la construcción del mundo bajo el signo de la situación no fueron únicamente las tácticas para fomentar la vida táctil contra la representación contemplada; también expresan la inquietud por fundar un ámbito de libertad en donde pueda desplegarse una estilística existencia.

Justamente la cultura espectacular vino a desorganizar la precaria unidad de los trabajadores garantizada por una cultura festiva en común. La administración del estado de cosas siempre ha necesitado de experto en el arte de desorganización de la comunidad, pero la historia de la guerra política contra el estado es también la historia de la amistad política. En la promoción de otra sociabilidad, siempre encontraremos la vindicación de la fiesta y el banquete y el rechazo a la vida alienante.

Guy Debord ha escrito: <> El ojo y el tacto aprenden a borrar todo aquello que contradiga el marco de visibilidad y tactilidad al que el cuerpo se ha adaptado como a un nicho psíquico.

El sintoma de nuestra época se muestra en el hecho de que estamos siendo observados todo el tiempo. El estado ha refinado sus instrumentos de vigilancia, y quienquiera huir hacia lo oscuro se enfrentará con artillería iluminadora en su fuga. Ocultarse será una de las tareas más improbas del futuro. Y a los que pretendan dañar al capital circulando por las redes informáticas les espera su propia ordalía.

Debord publicó una serie de glosas a manera de revisión de su propio libro y las título <<Comentarios sobre la sociedad del espectáculo>>. Allí se postula la emergencia de <> como superación a dos variantes que nacieron con el siglo, el poder espectacular concentrado (que prioriza la ideología del estado totalitario como una verdad) y el difuso (que prescribe la elección deliberada de una variedad de mercancías). La combinación de ambos de cumple a través de la incesante renovación tecnológica, la fusión económica entre lo público y lo privado, la imposición de un verosímil que no admite réplica, y la abolición de la memoria histórica. No menos significativo que estas mutaciones resulta la persecución y descalificación de las maneras de vivir, los  procedimientos políticos o los modos de pensamiento no colonizados por el espectáculo. Pero a los nuevos <> ni siquiera se los juzga, sólo se hace silencio a su alrededor.

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La sociedad del espectáculo, 1967. Guy Debord

Escrito por Redacción y Colaboraciones

Artículo firmado como Redacción, resultado de una colaboración puntual recibida o copiado de otro blog (citando procedencia).

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