El anarquismo organizado hispano, 1870-1882

El movimiento anarquista organizado nació en España oficialmente en el congreso de la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de los Trabajadores, ocurrido en Barcelona en 1870. En el ocaso del Sexenio Democrático (1868-1874) la sección hispana de la Internacional fue ilegalizada, permaneciendo en esa situación hasta 1881, momento que el nuevo gobierno sagastino promovía la legalización de las organizaciones obreras. En ese contexto la mayor parte de las secciones internacionalistas se integraron en la nueva organización de referencia, la Federación de Trabajadores de la Región Española, la cual nacía nuevamente en Barcelona en 1881.

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Los primeros años de la FTRE no fueron tranquilos, ya que existieron purgas internas entre partidarios de la antigua tradición insurreccional, continuadora de la labor de la FRE-AIT, y los dirigentes de la organización, básicamente colectivistas partidarios de la legalidad. Procesos represivos como la Mano Negra, errores y traiciones de los dirigentes de la nueva FTRE, así como la proliferación de las más variadas tendencias, provocaron que dicha organización cayese en una espiral de crisis que forzó su desaparición en 1888. En ese contexto, ya en 1882, en el congreso de la FTRE en Sevilla, el anarquista Miguel Rubio se reclamó anarcocomunista, que significaba una crítica a la concepción hasta entonces clásica del anarquismo, la colectivista. Frente al posicionamiento individualista del colectivismo, que defendía que el trabajador debía de recibir el producto íntegro de su trabajo, el anarquismo internacional tendía hacia abrazar un ideal comunista, que preconizaba que el sistema anterior era injusto, puesto que crearía nuevas desigualdades, puesto que no resolvía los problemas de quienes no podían trabajar (enfermos, viejos, etc.), crearía jerarquización de rentas en base a las diferencias entre terreno de cultivo, y dificultaría la creación de procesos productivos complejos.

La solución comunista pasaba por el fomento de una socialización total de la riqueza producida. Frente a la idea de recibir el producto íntegro del trabajo, que se consideraba de igual modo como una pervivencia del salario, defendía la abolición del dinero o cualquier grado salarial, al tiempo que apoyaba la capacidad humana de producir según las posibilidades de cada cual, y poder consumir según las necesidades. En pleno contexto histórico de industrialización, estas ideas de una abundancia sin necesidad de dinero, no resultaban extrañas al común de la población.

En esta entrada analizaremos los primeros síntomas de la penetración de las ideas anarcocomunistas en el llano barcelonés, por entonces uno de los principales centros de actividad anarquista en toda la cuenca mediterránea.

Barcelona, 1883-1885. Los pioneros anarcocomunistas.

En el llano barcelonés desde 1883 es evidente la existencia de corrientes críticas con el colectivismo legalista imperante. Y ya en 1885 existe la constancia de un manifiesto firmado por los Grupos anarquistas comunistas de Barcelona, lo que indicaría la existencia de un primigenio movimiento anarcocomunista estructurado en base a grupos de afinidad, es decir, la unión de unos pocos individuos, o incluso unas pocas decenas de personas, con el objetivo de desarrollar los mecanismos necesarios para alcanzar un objetivo.

Poco sabemos, en cualquier caso, del contenido de dicho manifiesto, sus autores o su grado de difusión, pero sí que sabemos que obtuvo cierto recuerdo posterior1. Otro motivo para asegurar con rotundidad que existieron ese tipo de grupos comunistas antes de 1885 en Barcelona y las localidades aún independientes de su llano, lo encontramos en el Congreso Cosmopolita de julio de 1885, en donde partidarios de dicha corriente intervinieron, así como miembros de la FTRE, tanto legalistas como partidarios de la corriente aventina2 y componentes de Los Desheredados, escisión insurreccional, nutrida en esos años por purgados de la FTRE.

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Según la breve crónica de la Federación de Trabajadores de Montevideo, publicación colectivista impulsada por el catalán Sacaries Rabassa3, al parecer se aprovecharon esas fechas para celebrar varios congresos impulsados, básicamente, por la FTRE. Uno de la comarcal catalana, otro estatal, al tiempo que se planificaba éste u otro en un sentido “Amplio”, lo que significaba que estaba abierto a cualquier tendencia y, finalmente, el denominado Cosmopolita. En dicha crónica se explica que “al regional concurrieron, 26 ó 28 Federacions locales; al Cosmopólita hubo representaciones de Francia, Italia, Suiza, Inglaterra, Estados Unidos, isla de Cuba, Costa de África y creemos que alguna otra región4.

El recuerdo de dicho congreso por parte de los colectivistas legalistas fue filtrado posteriormente por Max Nettlau, asegurando que fue un auténtico desastre: insultos, amenazas y tensiones elevadas entre participantes. A ciencia cierta es de suponer que, por el contexto, existiesen bastantes tensiones, pero desde la óptica de los primeros anarquistas comunistas, el recuerdo del mismo fue diferente. Consideraban que fue una de las primeras ocasiones para debatir y confrontar públicamente sus planteamientos en Barcelona y, al mismo tiempo, marcar un perfil propio frente a la FTRE, especialmente en el ámbito organizativo.

Finalmente, otra muestra de la existencia de un movimiento estable ya en 1885, se encuentra en una publicación francesa de la ciudad de Burdeos, concretamente al primer número del periódico anarcocomunista Le Forçat du Travail, de septiembre del 1885, cuando entre sus suscriptores nos encontramos con un listado de Barcelona con bastantes referencias con evidentes inclinaciones y resonancias comunistas. En el listado aparecen dos mujeres, una que firma como una compañera que quiere el exterminio de la burgesíay otra que firma como una mujer que intentaron ahorcarla. Muy probablemente, una de esas dos mujeres, fue Francesca Saperas, compañera del zapatero anarcocomunista Martí Borràs, uno de los primeros en España y amigo de Miguel Rubio, quien ya se proclamó en 1882 como comunista y anarquista.

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Sobre los grupos concretos en dicho listado, aparecen los nombres del llamado grupo de Acción de Barcelona y el grupo de Zapateros Anarquistas, en el cual se debería de situar con bastante probabilidad a la antigua sección de zapateros de la FTRE, en la cual Martí Borràs fue la figura más conocida. Finalmente nos encontramos con la firma de 22 hombres, entre los cuales los de un tal Francisco Rojas, otro de un tal Fernando Naturalista y finalmente un tal Paul quien, posiblemente, fuese un migrado en Barcelona. Entre quienes no firmaban con su nombre de pila, dos se definían directamente como anarquistas de tipo comunista, mientras que el resto optaba por incluir sus iniciales o frases comunes en dicho tipo de suscripciones, a medio camino de la chanza y la reivindicación, con ejemplos del tipo “uno que quiere destruir el voto”, “un partidario de la nitro-glycerina”, “un admirador de Orsini”, “un enemigo de los privilegios” o “un raja tablas”. Entre las iniciales, una de ellas parece encajar con el nombre de Jaume Clarà y otra, quizá, se refiera a la de un nombre que en los próximos años será habitual de los ambientes comunistas, como resultaba ser el de un tal Robert, del cual, desgraciadamente, poca cosa he podido averiguar.

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En síntesis, las fuentes indicarían que en 1885 ya existían como mínimo dos grupos de esta índole en el llano barcelonés, uno vinculados posiblemente a la antigua sección de zapateros de la FTRE, mientras que el otro, el llamado grupo de Acción, nos indicaría algún tipo de grupo de autodefensa o partidario de las represalias. La composición de dicho ambiente era mayoritariamente masculina, aunque también incipientes mujeres participaban en el mismo. Otro dato que se intuye en ese listado es la probable presencia de migrantes perfectamente integrados en las dinámicas locales, algo normal si tenemos en cuenta los planteamientos internacionalistas, solidarios y cosmopolitas del anarquismo y la historia del llano barcelonés como centro receptor de migrantes, tanto económicos como políticos a lo largo de todo el siglo XIX, siendo quizá, en el caso de anarquismo, el caso más célebre el configurado por los anarquistas franceses exiliados de Francia tras la Comuna de París y otras localidades en los ’70, con Paul Brousse, Emmanuel Fournier o Charles Alerini como figuras más destacadas. Si bien es cierto que estos grupos extranjeros se solían vincular a menudo por sus respectivas lenguas, también lo era que eran considerados como iguales en el seno de la lucha local, y su implicación, en muchos sentidos, completamente conforme con las dinámicas locales. Por entonces, el anarquista comunista italiano Fortunato Serantoni, empezó a residir en Barcelona, integrándose en diferentes luchas y proyectos en los siguientes años. Lo dicho, nada nuevo en el horizonte.

El anarquismo barcelonés recibió pero también envió anarquistas por todo el mundo, puesto que ante el avance de las comunicaciones y el transporte se transformó en un movimiento con una dinámica transnacional. El entorno anarcocomunista barcelonés conformado desde 1883, en apenas dos años fue lo suficientemente importante como para emprender su primer proyecto propagandístico de envergadura, el periódico La Justicia Humana, aparecido en 1886 y decano de las cabeceras anarcocomunistas en España junto a El Socialismo de Cádiz, impulsado este último por el célebre Fermín Salvochea.

La presencia de grupos franceses e italianos coordinados en proyectos con sus equivalentes autóctonos en Barcelona, o incluso la existencia de grupos mixtos, en donde la nacionalidad era un aspecto secundario de la afinidad, fue algo que ya existía en 1885 y no se perderá a lo largo de los siguientes años. A botón de ejemplo, en el año 1887, Jaume Clarà, una de las figuras más notorias del anarcocomunismo barcelonés, escribía en La Révolte que los comunistas anárquicos habían decidido, tras el fin de La Justicia Humana, crear un nuevo periódico, y en ese proyecto reconocía que contribuían beaucoup de compagnons de l’extérieur qui nous manifestent depuis longtemps le désir de voir en Espagne la propagande communiste anarchiste s’élever à la hauteur des autres régions, nous avons décide de fonder un organe pour défendre ces principes5. En otras palabras, la nota de Clarà nos muestra una característica de este primigenio movimiento anarcocomunista, análoga a cualquier ciudad receptora de migrantes anarquistas, como podían ser Marsella, París, Chicago o Buenos Aires, como es el hecho que más allá de la existencia de grupos vinculados a dominios idiomáticos, existía la tradición de una praxis encaminada a integrar a dichos migrantes en las dinámicas locales. De este modo se explica que en unos pocos años, dada la naturaleza internacionalista del anarquismo, se lograse implantar la concepción comunista y anarquista, sin necesidad de una organización internacionalmente estructurada.

Notas

1 Aunque debió ser un texto colectivo, me inclino por pensar que su principal redactor fue Rafael Roca, quien en 1889 también será uno de los principales redactores del conocido Manifiesto de Barracas en Buenos Aires, uno de los hitos “fundacionales” del anarcocomunismo en Argentina.

2 Se les podría definir como legalistas convencidos que, ante el peso de la represión y ciertas formas de actuación de la Comisión Federal, intentan rectificar ciertos planteamientos, con el objetivo de relajar la creciente tensión en el seno de la FTRE y el movimiento anárquico.

3 A finales de la década e inicios de la siguiente residirá en Buenos Aires y formará parte del entorno anarcocomunista de los Rafael Roca, Victoriano San José, Pierre Quirole, Manuel Reguera, etc. De él Josep Termes afirmó que en 1870 representó en el congreso fundacional de la FRE a sectores obreros catalanes reformistas, negando su posible vinculación con el anarquismo. Dado su rol unos pocos años después, seguramente Termes se equivocó.

4 “Revista Internacional. España”. En: Federación de Trabajadores, 26/09/1885, p.4.

5 CLARÀ, Jaume. “Espagne”, En: La Révolte, 18-24/02/1887, p.2.

Escrito por Fran Fernández

Francisco Fernández Gómez. Doctor en Historia, investigador y docente. Apasionado de la historia social, los estudios sobre nacionalización, las nuevas tecnologías y la confrontación de pareceres.

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