Los paseos del historiador local por las fuentes, a veces, deparan curiosos virajes hacia la vida de personajes cuya importancia parece exceder sus estrechos límites geográficos. En mi caso, estudiando los barrios del extrarradio norte madrileño, a caballo de los siglos XIX y XX (Cuatro Caminos y Bellas Vistas)1, di el otro día con las andanzas de Francisco Ruiz Castellanos, alias Frasquito, que empezó a ejercer como verdugo en la Audiencia de Madrid en 1878 y que, cómo veremos, alcanzó cierta notoriedad en la vida pública de la ciudad, pero también en las sombras del extrarradio obrero, entonces en formación.

Entre los reos que pasó a garrote vil cuentan los obreros anarquistas Juan Oliva Moncasi y Francisco Otero González, ajusticiados por sendos atentados contra Alfonso XII, así como siete condenados por pertenecer a la Mano Negra, la supuesta organización que sirvió de excusa para desencadenar una campaña de terror sin parangón en la década de 1880. La prensa dio tratamiento de personalidad al verdugo en el viaje que tuvo que hacer a Jerez para la ocasión, o al menos se publicaron semblanzas extensas del personaje.

La ejecución de los reos acusados de ser de la Mano Negra en Jerez por Ruiz Castellanos y sus ayudantes. Ilustración de la época.
La ejecución de los reos acusados de ser de la Mano Negra en Jerez por Ruiz Castellanos y sus ayudantes. Ilustración de la época.

De la importancia social del verdugo, aún en aquellos momentos, da idea la expectación suscitada por la ejecución de los reos del Crimen de La Guindalera (1886), en el que una pareja de amantes contrató a un sicario para matar al marido, en aquel barrio del extrarradio madrileño. El caso atrapó la atención de la sociedad madrileña de la época y al ajusticiamiento, en la Cárcel Modelo de Madrid y oficiado por nuestro hombre hoy, acudieron 10.000 personas.
Aunque no conocemos ningún retrato suyo, más allá de alguna ilustración en prensa, el diario La Monarquía nos ha dejado una vívida descripción con motivo de una ejecución, en 1888:

El verdugo se llama Francisco Ruiz Castellanos, es natural de Purchena (Almería) y tiene treinta y cuatro años.
Es bajo de estatura, delgado, moreno, ojos melados, con largas pestañas, bigote sedoso, de dimensiones ordinarias; tiene ancha frente, que pretende aminorar echándose los cabellos hacia adelante; su boca es pequeña, y cuando sonríe se le nota la falta de tres dientes.

Viste pantalón color pasa, americana con anchas trencillas de seda y chaleco gris, calza botas de paño negro y tacón alto; una camisa de cuello bajo y corbata de medio color con alfiler, sombrero hongo negro y cadena con medallón.

Fue soldado, y en la guerra de Cuba ascendió hasta alférez graduado, sargento primero. Es casado y tiene un hijo de cinco años: disgustos matrimoniales le separaron de su mujer.

Con estas tres ejecuciones serán treinta y nueve el total de las verificadas por el ejecutor de la Justicia de Madrid, quien desde ayer mañana ha estado constantemente custodiado por una pareja de la Guardia civil.

Sabemos de él que aprendió el oficio de su padre, y sobre su figura penden diversas historias, no sabemos cómo de legendarias, como aquella que dice que presumía en las tabernas de su habilidad con el garrote, haciendo demostraciones con los hierros con los que su padre había ejecutado al Cura Merino; o la que da cuenta de que tenía por costumbre besar a los reos antes de apretar el tornillo.

Desde bien pronto aparece el nombre del ejecutor de la justicia en las secciones de sucesos, y ya relacionado con el extrarradio norte de Madrid (y más concretamente con el barrio de los Cuatro Caminos y sus alrededores). El 27 de julio de 1883 La Correspondencia de España incluía una nota sobre una reyerta en la calle Tiziano entre dos hombres “que poco antes habían estado apurando algunos vasos de vino”. En esta ocasión, el verdugo acabó en el hospital de La Princesa con una grave herida en el muslo –probablemente un navajazo-, lo que no sería un hecho inusual en su vida.

En abril de 1885 fue sentenciado a seis meses y un día de prisión, de nuevo tras verse involucrado en una reyerta tabernaria y por haber disparado su pistola contra uno de sus contrincantes. Según declaró el verdugo, se había citado en duelo con un grupo de hombres que no le habían dejado entrar a un baile el día anterior. Según declararon estos, en cambio, se encontraban todos juntos, bebiendo copas en una taberna del Paseo de Luchana. Tras hacer Ruiz Castellanos alarde de dinero y haber pagado una ronda (ganaba unas 3000 pesetas al año más las 30 del día de ejecución), otro de los hombres del grupo quiso pagar, a lo que siguió una conversación de borrachos muy creíble, dada la catadura del personaje:

-Aquí no paga nadie más guapo, porque yo sólo tengo dinero y sangre.

-Vaya una cosa; lo que a ti te falta es valor y sangre: porque te dan los hombres atados, que si no…
El verdugo respondió con un bofetón e instantes después los cinco hombres que allí había salieron de la taberna, blandiendo navajas, los unos, y revólver nuestro protagonista, que hirió levemente a uno de sus contrincantes.

Tras su salida de la cárcel siguió ejerciendo como maestro del garrote vil y violento noctámbulo. En 1892 la Guardia Civil volvió a detenerle en la zona norte cuando, borracho, trataba de agredir navaja en mano a cuanto transeúnte pasaba por allí.

Meses después, encontramos un esclarecedor titular: “Otra vez el verdugo”, con el que dejaba bien claro el diario El País del 16 de agosto de 1893 la naturaleza pendenciera y contumaz de Ruiz Castellanos. Por si quedaba alguna duda, comenzaba la noticia: “Difícilmente pasa día sin que el ejecutor de la justicia, Francisco Ruiz Castellanos, deje de dar que hacer a las autoridades y que alguna de sus víctimas (mujeres por regla general) no vaya a dar con sus magullados huesos a la casa de socorro”. La noche anterior le había tocado el turno a Cristina Sanz, con quien tenía una relación, según deja caer el periódico. Francisco le dio a la mujer una paliza en la calle Juan Pantoja, del barrio de Cuatro Caminos. Según el parte médico, fue “mordida, pisoteada y hasta arrastrada por el suelo, como pudo apreciarse por el arrancamiento de gran parte de su cabellera”. Según El País, el propio Francisco se presentó en el puesto de la Guardia Civil de Tetuán de las Victorias (contiguo a Cuatro Caminos), para ser curado de algunas lesiones en los dedos de la mano derecha, aunque otros medios hablan de captura y detención.

Millán Astray dirá en una conferencia celebrada en el Ateneo de Sevilla en 1927 que “había besado la mano del Santo Padre, y que de niño besó la del verdugo de Madrid Francisco Ruiz Castellanos”. Curiosas asociaciones las del fundador de la Legión.

Muchos debían ser los odios sembrados por el administrador de la justicia madrileña en el extrarradio norte madrileño, y pronto encontraría la horma de su zapato. Según recoge El Correo Militar de 7 de noviembre de 1893, Ruiz Castellanos acababa de salir del hospital (tras ser herido de nuevo en una reyerta nocturna), cuando se dirigió a cobrar el alquiler a Joaquín Bartolesi, zapatero de la calle Hernani (Cuatro Caminos), cuya casa administraba. Como el zapatero le dijo que volviera en unos días a cobrar lo adeudado, el verdugo sacó “una faca descomunal que hizo huir aterrorizado al zapatero a sus habitaciones interiores, de donde salió provisto de un revólver, que disparó contra Castellanos”

El balazo, alojado en el abdomen, acabaría con la muerte de Ruiz Castellanos pocos meses después, en el Hospital de La Princesa. Aunque no son pocos los que debieron alegrarse del suceso, también había gente que admiraba al infame personaje. Así, por ejemplo, Millán Astray dirá en una conferencia celebrada en el Ateneo de Sevilla en 1927 que “había besado la mano del Santo Padre, y que de niño besó la del verdugo de Madrid Francisco Ruiz Castellanos”. Curiosas asociaciones las del fundador de la Legión.

¿Qué nos cuenta la vida de Francisco Ruiz Castellanos del ámbito local?

Seguramente podríamos extraer de su peripecia algunas características que sabemos propias de un extrarradio madrileño entonces en formación. La centralidad de la taberna en un espacio habitado por gentes de extracción obrera –con gran presencia de población jornalera e inmigrante-, por ejemplo. Sin embargo, me parece interesante centrarnos en el episodio de su muerte.

Chiste sobre las resistencias a cobradores publicado en El Mentidero
Chiste sobre las resistencias a cobradores publicado en El Mentidero

Joaquín Bartolesi, zapatero de profesión, habita un bajo (que con gran probabilidad serviría también de taller). Se trataba de un oficio en creciente corrosión, que empujaba los ingresos de los zapateros hacia abajo, acercándose a los de otros trabajadores no cualificados. La presencia de un intermediario entre el casero y el artesano, y la violencia de la escena del cobro nos hablan de un conflicto transversal a la clase trabajadora y, en cierto modo, de unas resistencias a la violencia estructural y directa, que en algunos lugares se estructurarían más adelante con distintas formas de acción colectiva (huelgas de inquilinos, como sucedería en Barakaldo y Sestao en 1905), pero que también se daban, seguramente, desde las esferas individual y de la simple vecindad, sin que las conozcamos aún demasiado.

El problema de la vivienda y el inquilinato se encuentra entre los más enquistados entre la clase trabajadora de finales del XIX y principios del XX. Si bien el discurso público incidía en la oportunidad que el Ensanche y el extrarradio ofrecían a la ciudad de Madrid para solucionar el problema de los barrios colmatados del centro (un eufemismo que remite a la situación de hacinamiento que allí se sufría), la realidad es que el crecimiento desordenado del extrarradio se hizo sobre las bases de un caserío obrero muy deficiente y que, con frecuencia, los trabajadores peor pagados no podían permitirse.

El cobro de los alquileres fue frecuentemente encargado por los propietarios a administradores que, como se ve claramente en la figura encarnada por el verdugo Ruiz Castellanos, debieron ejercer con modos nada sutiles

El pago de la vivienda se abonaba mensualmente, el primer día de cada mes, lo que acarreaba grandes problemas para la población jornalera o que, en general, cobraba sus atribuciones de forma semanal e irregular. Si un pago no llegaba a tiempo pronto aparecía la orden de desalojo sellada por la Audiencia Territorial. El número de desahucios no dejó de crecer durante el siglo XIX y se aceleró en el tránsito al XX, siendo el distrito de Universidad (que engloba administrativamente parte del extrarradio norte), el más afectado. En la mayoría de los casos encontramos en esta situación “a jornaleros, labradores, zapateros y dependientes de comercio a jornal” 2. Según datos manejados por Isabel Rodríguez Chumillas 3, el número de desahucios debió acercarse a 4000 en los ochenta y a 5000 en los noventa, y la propia Asociación de Propietarios de Madrid declaraba en un informe que en 1902 tres jornaleros sufrieron, respectivamente, catorce, doce y once desahucios.

El cobro de los alquileres fue frecuentemente encargado por los propietarios a administradores que, como se ve claramente en la figura encarnada por el verdugo Ruiz Castellanos, debieron ejercer con modos nada sutiles. Un artículo de La Justicia de 1896, donde se defendía, en nombre de la Asociación de Propietarios, la rebaja de los aranceles por desahucio con el fin de acelerar los mismos, lo decía muy claro: “Esa frase tan conocida que afirma que en los barrios de las afueras hay que cobrar con trabuco…”

El relato de las andanzas de Francisco Ruiz Castellanos también nos habla de unos barrios bajos y obreros, en el centro o en el extrarradio, donde las armas abundan (hecho acrecentado en el caso de las de fuego para el extrarradio por la naturaleza semirural de sus inmediaciones), y de la existencia de una justicia popular, que esta vez sí se casó con la ordinaria: el jurado encontró inocente al zapatero Bartolesí, inquilino del cuarto bajo de la calle Hernani número 8, para quien el fiscal había pedido cadena perpetua.

Citas:

1No me considero historiador local por centrar el estudio en un área determinada en este caso, sino porque durante los últimos años he centrado mi interés en diferentes momentos de este barrio, desde su nacimiento, en el último tercio del XIX…hasta prácticamente ayer.
2SALANOVA, Miguel, et al. Madrid, los retos de la modernidad Transformación urbana y cambio social,(1860-1931) pp. 204-205
3CHUMILLAS, Isabel Rodríguez. Asociacionismo y defensa de la propiedad urbana. Madrid durante la Restauración. p. 97

Bibliografía:

CHUMILLAS, Isabel Rodríguez. Asociacionismo y defensa de la propiedad urbana. Madrid durante la Restauración. Historia Contemporánea, 2012, no 24.
GARCÍA JIMÉNEZ, Salvador. No Matarás. Célebres verdugos españoles. Barcelona: Editorial Melusina, 2010.
SALANOVA, Miguel, et al. Madrid, los retos de la modernidad Transformación urbana y cambio social,(1860-1931). 2015. Tesis Doctoral. Universidad Complutense de Madrid.

Prensa histórica consultada:

El País
La Monarquía
La Correspondencia de España
El Correo Militar
El Motín

Escrito por Luis de la Cruz

Historiador local, bibliotecario, eterno aprendiz de periodista, admirador de mis amigos activistas... adicto a pasear con mirada política. Autor de Contra el running. Corriendo hasta morir en la ciudad postindustrial. Fundador del periódico local Somos Malasaña.

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