Fragmento de ¿Por qué Marx no habló de copyright?, que recupera la olvidada relación entre anarquismo y derechos de autor, antes de la tan celebrada desde la posmodernidad muerte del autor.

Los dilemas de los anarquistas

El anarquismo fue de los primeros movimientos políticos en reflexionar sobre la propiedad intelectual. En 1855 el estadounidense Lysander Spooner publicó The Law of Intellectual Property – An Essay on the Right of Authors and Inventors to a Perpetual Property in their Ideas, una de las primeras alusiones a la propiedad intelectual como tal, ampliando el concepto de propiedad literaria original. Spooner es una figura controvertida dentro del anarquismo, ya que los neoliberales extremos o anarcocapitalistas reivindican también su figura. Fue un anarquista individualista, muy influenciado por Proudhon, y firme defensor de la propiedad intelectual e industrial.

En el seno de los debates que se produjeron en EEUU sobre este tema otros anarquistas no tuvieron una postura coincidente con Spooner. Fue el caso de su amigo Benjamin Tucker, otro anarquista individualista e impulsor de la revista Liberty. Tucker fue un firme defensor (como los liberales de la época) del libre comercio, por lo que abogaba por la abolición de la propiedad intetectual e industrial. Hay que recordar que los medios libertarios también sufrieron la censura y la persecución de sus publicaciones en EEUU. Gracias a la ley Comstock la publicación anarcofeminista Lucifer the Lightbearer tuvo muchísimos problemas y su editor Moses Harman fue encarcelado varias veces. Tucker emigró a Europa después de que un incendio acabara con su editorial, editora de Liberty.

También reflexionó sobre la propiedad intelectual y la mejor manera de difundir su obra y eludir la censura León Tolstoi. Este autor sufrió de manera recurrente la censura de todas sus obras de contenido político, como El reino de Dios está en vosotros, editado en Alemania. El secretario y amigo Vladimir Chertkov se vio obligado a exiliarse de Rusia y creó en Inglaterra la editorial Free Age Press. Tolstoi renunció a todos sus derechos de autor de las obras publicadas por Free Age Press, con el objetivo de abaratar las ediciones de sus textos y mejorar su difusión. En la correspondencia que mantuvo Tolstoi con Mahatma Gandhi se percibe la influencia que ejerció en temas como la desobediencia civil y la no violencia. Por hechos posteriores parece que también le transmitió su visión sobre propiedad intelectual, ya que Ghandi renunció en un momento dado a sus derechos de autor: su libro de 1909 Hind Swaraj (en inglés Indian Home Rule) se publicó con un aviso de “no rights reserved”.

Otro célebre anarquista ruso fue Piotr Kropotkin. No reflexionó sobre propiedad intelectual, sino que centró sus análisis en la propiedad industrial, las patentes y la mercantilización del conocimiento científico. Lo hizo en La conquista del pan (1892), con argumentos que a día de hoy siguen siendo plenamente vigentes:

Ciencia e industria, saber y aplicación, descubrimiento y realización práctica que conduce a nuevas invenciones, trabajo cerebral y trabajo manual, idea y labor de los brazos, todo se enlaza. Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza de la humanidad, tiene su origen en el conjunto del trabajo manual y cerebral, pasado y presente. Entonces, ¿qué derecho asiste a nadie para apropiarse la menor partícula de ese inmenso todo y decir: ¿esto es mío y no vuestro?

En España el movimiento anarquista tuvo a finales del siglo XIX y principios del XX una fuerte hegemonía política y cultural. Los anarquistas contaron con un elevado número de publicaciones y editoriales, por lo que es lógico que reflexionaran sobre el trabajo cultural, los intelectuales y su relación con los sindicatos. El anarquista español Anselmo Lorenzo, que conoció a Marx en 1871 en un conflictivo congreso de la Internacional, sentó las bases de la posible relación entre intelectuales y sindicatos en su texto El derecho a la evolución, una conferencia de 1911 publicada años más tarde:

Cuantos intelectuales nos hablan de cultura, de reformas, […] si vienen de buena fe, ayúdennos en nuestra obra de reivindicación y de emancipación; abiertas de par en par tienen las puertas del sindicalismo; nadie les priva de constituirse en sindicatos de producción intelectual; por ejemplo, en defensa de sus derechos de autor contra la explotación editorial; porque, más o menos privilegiados, y a veces más míseros que los obreros de blusa bajo su traje decentemente presentable, son asalariados […] y pueden concertarse con nuestros sindicatos, federaciones y confederaciones; en el libro, en el periódico y en la tribuna pueden prestarnos utilísima cooperación.

El propio Salvador Seguí, histórico anarquista apodado el Noi del Sucre y asesinado por pistoleros del Sindicato Libre lo tuvo claro: “mi profesión es pintor. Soy ahora, además, periodista, y vivo de mis artículos y colaboraciones”. Seguí llegó a escribir una novela social, Escuela de rebeldía, publicada poco antes de su asesinato en la popular colección La Novela de Hoy (hay una magnífica tesis doctoral sobre esta colección a cargo de María Montserrat García Martínez).

Los avatares específicos de las publicaciones del anarquismo ibérico están reflejados en el libro Solidaridad Obrera y el periodismo de raíz ácrata (2007) de Francisco Madrid. En este trabajo se recupera una cita de Antonio Maura de 1901, donde queda patente la preocupación del poder por la enorme influencia cultural del anarquismo:

Sucede entre nosotros que nos parece que lo hemos hecho todo habilitando a los más humildes y a los más ignorantes para que deletreen, y luego se olvida que el único pasto que llega a su espíritu son publicaciones anarquistas, publicaciones que encarnan todos los odios y todas las pasiones.

En el libro de Madrid también se analizan las tensiones dentro del movimiento sobre cómo financiar sus publicaciones y remunerar a la plantilla de periodistas, colaboradores, administrativos y tipógrafos que las sostenían. Cuando Solidaridad Obrera pasó a ser una publicación diaria el medio se profesionalizó. Pero hay que resaltar que esa no fue la tendencia general en las publicaciones del movimiento anarquista, que rehuyeron el tener liberados y tuvieron una periodicidad que posibilitó que sus contenidos fueran proporcionados exclusivamente por activistas o por colaboradores.

A finales del XIX se produjo una explosión editorial anarquista, reflejo de la fuerza del movimiento en esos momentos. Dolors Marín lo refleja así en su libro Anarquistas, donde presta mucha atención a la novela y editoriales libertarias:

A finales del XIX el grupo de los Arus, Altadill, etc., decidió escribir Los Misterios de Barcelona, a imitación de Los Misterios de París. En la prensa anarquista eran muy populares las narraciones de Émile Zola, Magdalena Vernet, Pi y Margall, A. Strindberg, Carlos Malato, Anatole France, A. Lorenzo, Bernard Lazare, Julio Cambra, Ricardo Mella o José Prat, entre otros, recogidas por Juan Mir bajo el título de Dinamita Cerebral.

Hubo más anarquistas implicados en la difusión de la cultura. Juan Montseny (Federico Urales) y Teresa Mañé, provenientes de la fabricación de botas de vino el primero y de una escuela racionalista la segunda, se convirtieron también en editores. Mediante sus colecciones de cuentos posibilitaron que muchos escritores anarquistas y proletarios pudieran publicar sus textos. Al regresar del exilio ambos impulsaron una de las revistas más emblemáticas del anarquismo, La Revista Blanca, que pasó posteriormente por distintas etapas y orientaciones políticas dentro del anarquismo. En ella publicaron personalidades y autores de renombre como Unamuno, Giner de los Ríos, Jacinto Benavente, Ramiro de Maeztu o Clarín.

Además de La Revista Blanca Montseny y Mañe publicaron de 1925 a 1937 más de noventa títulos de la colección La Novela Ideal, con tiradas entre 10.000 y algunas 50.000 ejemplares. Eran historias autobiográficas de anarquistas y sindicalistas contando sus experiencias de lucha. Federica Montseny, hija de Urales y Mañé, resumió así el periplo de La Novela Ideal, con una línea editorial precursora del feminismo:

Éste era el crimen cometido por La Novela Ideal: liberar las relaciones entre las mujeres y los hombres y luchar contra lo que era constante intrusión del clericalismo, lo mismo en la enseñanza, que en la cultura, que en la prensa, que en todas las manifestaciones de la vida española.

A pesar de la censura y la represión los anarquistas consiguieron crear un entramado editorial orientado a la cultura obrera, escrita, distribuída y leída por proletarios, al margen de las industrias culturales de la época.

Escrito por David García Aristegui

David García Aristegui nació en 1974 y es Licenciado en Ciencias Químicas (Bioquímica) por la Universidad Complutense de Madrid. Publicó el libro ¿Por qué Marx no habló de copyright? (Enclave de Libros) en 2014, y desde entonces desgrana sus pensamientos a través de sus ya habituales artículos críticos en varios medios de comunicación. Destaca entre sus textos el capítulo sobre SGAE en CT o la Cultura de la Transición (DeBolsillo, 2012) o el prólogo para Criminales del copyright (Hoja de Lata, 2014). Fue el creador de uno de los pocos programas dedicados en exclusiva a la propiedad intelectual, Comunes. Actualmente imparte la asignatura de Propiedad Intelectual en el Grado de Creación Musical en la Universidad Europea de Madrid; colabora en Barrio Canino, realizado desde Ágora Sol Radio, y con los colectivos Ciencia Para el Pueblo y la Unión de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras. Su último trabajo ha sido el autoeditado Sin mono azul. Breve historia del sindicalismo en el trabajo cultural (1899-2015) y en el 2017 se publica, junto a Ainara LeGardon, SGAE: el monopolio en decadencia.

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