Dentro de algunos meses se cumplirá el primer centenario de la Revolución de Octubre, sin lugar a dudas uno de los acontecimientos más decisivos en la historia del siglo XX. Paradójicamente, la Revolución rusa ha generado una historiografía sumamente “conservadora”, tendiente a una narrativa centrada en la acción de las élites políticas y sus grandes líderes. Con demasiada frecuencia, las masas populares han quedado reducidas a meros antecedentes, o a una especie de coro griego en una obra centrada en la ineptitud de Nicolás II, las intrigas de Rasputín, el fracaso de Kerensky o el genio de Lenin. En un anterior artículo, nos referimos a la oleada de agitación que recorrió Europa durante 1917, con el objetivo de identificar ciertos factores estructurales y coyunturales transnacionales detrás de la Revolución rusa. En el presente artículo, nos referiremos a tres grandes matanzas obreras durante el zarismo, decisivas para transformar aquellos elementos estructurales y coyunturales en una acción colectiva de masas. Parafraseando el lema de un mítico periódico de la socialdemocracia rusa, a continuación nos centraremos en “las chispas que reavivaron el fuego”.

skra (La chispa) fue un periódico editado por los exiliados socialdemócratas rusos a comienzos del siglo XX.
Iskra (La chispa) fue un periódico editado por los exiliados socialdemócratas rusos a comienzos del siglo XX. Su lema era “De una chispa el fuego se reavivará”

En un clásico estudio, Leopold Haimson y Eric Brian (1992) identificaron tres grandes oleadas de huelgas en Rusia a comienzos del siglo XX: 1905-1907, 1912-1914 y 1915-1917. En estos años se registraron niveles de conflictividad muy elevados, que involucraron a gran parte de la mano de obra industrial. Si bien cada una de estas oleadas fue diferente, las tres presentaron algunas características comunes, como el improviso aumento de las huelgas calificadas como políticas o el protagonismo de categorías concretas de trabajadores. A pesar de la importancia de los factores estructurales (en particular los procesos de urbanización y de transformación del proceso productivo) y coyunturales (como las crisis económicas), cada una de estas oleadas comenzó a partir de una reacción ante eventos concretos, es decir, las grandes matanzas perpetradas por el zarismo en contra del movimiento obrero. A continuación, nos referiremos a tres grandes masacres que desencadenaron la rabia de los trabajadores rusos contra el régimen zarista: el “Domingo sangriento” de 1905, la matanza de los mineros de Lena en abril de 1912 y la represión de los trabajadores de Ivanovo-Voznesensk en el verano de 1915.

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La manifestación del domingo 9 de enero de 1905 en San Petersburgo.

El “Domingo sangriento” y la revolución de 1905

Durante los primeros años del siglo XX, en el Imperio ruso comenzó a manifestarse un incipiente malestar entre obreros y campesinos, sobre todo a través de huelgas y disturbios rurales. A partir de 1904, a la crisis económica que vivía el país se sumó la creciente impopularidad del gobierno tras las humillantes derrotas militares en la guerra ruso-japonesa, dando alas a la oposición liberal para iniciar una campaña a favor de la adopción de un régimen constitucional.

En este contexto, el 9 de enero de 1905 (todas las fechas que daremos son correspondientes al calendario juliano) la Asamblea de Trabajadores Rusos convocó una manifestación obrera en San Petersburgo. La Asamblea había sido fundada en 1903 por el pope Georgi Gapón, presentando así un carácter religioso y conservador, además de estar bajo el control de la policía secreta zarista. Sin embargo, el despido de algunos de sus afiliados de la fábrica metalúrgica Putilov a finales de 1904 había generado un creciente movimiento de solidaridad entre los trabajadores de la ciudad. Gapón decidió canalizar el descontento a través del tradicional formato de una petición al zar, que incluía tanto demandas laborales como de liberalización del sistema político. El objetivo de la manifestación del día 9 era dirigirse la residencia del zar, el Palacio de Invierno, para entregarle la petición. Sin lugar a dudas, un acto nada revolucionario y que, de hecho, no contaba con el apoyo de los principales grupos de la izquierda.

Desde las primeras horas de la mañana, los manifestantes comenzaron a desfilar exhibiendo íconos y cantando himnos religiosos y patrióticos desde distintos puntos de San Petersburgo. El objetivo era que las distintas columnas de hombres, mujeres y niños convergieran ante el Palacio de Invierno, ignorando que Nicolás II se encontraba fuera de la ciudad. A pesar de la moderación en las demandas y en la actitud de la manifestación, las autoridades ordenaron llevar adelante una dura represión. A medida que las distintas columnas se acercaban al palacio, fueron recibidas con violentas cargas por parte de la guardia imperial y la caballería cosaca. La represión se extendió durante varias horas, afectando incluso a ignaros habitantes de la ciudad que habían decidido aprovechar la tarde del domingo para pasear por el centro. A pesar de que no existe acuerdo sobre el número de víctimas, se calcula que durante el día murieron varios cientos de personas y muchas más resultaron heridas. La matanza pasaría a la historia como el “Domingo sangriento”, y fue el punto de partida de una serie de huelgas, disturbios e insurrecciones que se extendieron por el Imperio, lo que tradicionalmente se define como la Revolución rusa de 1905.

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El “Domingo sangriento”, de Ivan Vladimiriv. A diferencia de lo que se suele representar, la manifestación no logro llegar a la cercanías del Palacio de Invierno.

Un aspecto central de la oleada de huelgas y protestas que siguieron al “Domingo sangriento” fue la lucha por el reconocimiento legal de sindicatos y cooperativas, involucrando a trabajadores de ambos sexos y de distintos niveles de cualificación. La agitación asumió un carácter cada vez más político al conectar con la oposición liberal en base a un programa democrático. Sin embargo, a medida que avanzaban los meses el movimiento tendió a radicalizarse, alcanzando su punto álgido en octubre con una masiva huelga de ferroviarios y el surgimiento de los llamados Soviets (consejos) de diputados obreros en distintas zonas de Rusia. Ante el aumento del peligro revolucionario, el zar se vio obligado a aceptar un régimen parlamentario, lo que contribuyó a dividir a los rebeldes, al contentar parcialmente a los liberales pero no a la izquierda. A pesar de que el movimiento se encontraba fragmentado y en reflujo, los sectores revolucionarios intentaron dar un salto adelante a través de una insurrección impulsada por el Soviet de Moscú en diciembre de 1905. El levantamiento resultó un fracaso, dejando un saldo de alrededor de 700 muertos y 2.000 heridos.

La represión durante este período fue especialmente brutal. Según Orlando Figes, entre octubre de 1905 y abril de 1906 el zarismo ejecutó a unas 15.000 personas, hiriendo además a unas 20.000 y exiliando a más de 45.000 (1996: 202). Por otra parte, la desarticulación del movimiento permitió a Nicolás II limitar el alcance de sus concesiones, especialmente en lo referido al poder y la representatividad de la Duma, la nueva asamblea parlamentaria. En definitiva, como ha señalado Diego Caro Cancela, “la revolución que vivió Rusia a lo largo del año 1905 fue el primer levantamiento de masas contra el zarismo que tuvo lugar el historia del Imperio e implico la irrupción —por primera vez— en la vida política de una parte significativa del pueblo ruso” (2006: 26). Como veremos a continuación, no sería la última.

Poster soviético conmemorando la Revolución de 1905
Poster soviético conmemorando la Revolución de 1905

La matanza de los mineros de Lena

El resultado de los sucesos de 1905 fue, en muchos sentidos, paradójico. Por una parte significó un cierto grado de liberalización política, pero también reforzó la autocracia concentrando el poder ejecutivo en las manos del zar. La concesión de algunos derechos básicos permitió el florecimiento de una incipiente sociedad civil, si bien en un contexto sumamente represivo en el que miles de personas fueron ejecutadas durante estos años. En definitiva, la estabilización del régimen zarista fue solamente superficial, desarrollándose además paralelamente tanto las violentas acciones protagonizadas por las ultranacionalistas Centurias Negras como los miles de atentados de los grupos revolucionarios.

Por su parte, los trabajadores aprovecharon la legalización parcial de los sindicatos, afiliándose de forma masiva a ellos. Dicho éxito significó una constante presión policial sobre el movimiento obrero: cientos de sindicatos fueron clausurados y a un número similar se les negó su inscripción legal. Aun así, durante algunos años la conflictividad social y laboral disminuyó sensiblemente, alimentando las esperanzas de los mencheviques de transitar hacia un movimiento obrero completamente legal siguiendo el modelo de la socialdemocracia europea y “liquidando” las organizaciones revolucionarias clandestinas. Sin embargo, en 1912 una brutal nueva matanza contribuiría a hundir gran parte de las esperanzas al respecto.

Víctimas de la matanza de Lena en 1912.
Víctimas de la matanza de Lena en 1912.

A lo largo del río Lena en Siberia se situaban enormes yacimientos de oro explotados por la empresa de capital ruso y británico Lenzoloto, la cual obtenía cada año beneficios millonarios. Por el contrario, los mineros y sus familias se encontraban sometidos a unas durísimas condiciones de vida y de trabajo, caracterizadas por largas jornadas laborales (hasta 16 horas), bajos salarios, multas y la obligación de comprar comida (generalmente de muy mala calidad) en las tiendas de la compañía. La situación estalló a finales de febrero de 1912, cuando cientos de trabajadores de la mina Andreyevsky abandonaron el trabajo alegando que se les había servido carne en mal estado. Durante las semanas, siguiente, la huelga se extendió rápidamente por las otras minas, involucrando unos 6.000 trabajadores. Los huelguistas demandaban aumentos salariales, la jornada de ocho horas, la abolición de las multas y una mejora de los alimentos. Tras la ruptura de las negociaciones, el gobierno envió en abril al ejército para arrestar al comité de huelga, provocando las protestas de los mineros. El 4 de abril, una manifestación pacífica de alrededor de 2.500 huelguistas fue duramente reprimida por las tropas, dejando alrededor de 250 muertos y más de 500 heridos (Lowry, 2007). De todas formas, la huelga continuó hasta mediados de agosto, cuando los huelguistas hubieron de aceptar la derrota y alrededor de 9.000 trabajadores abandonaron las minas.

Como había sucedido tras el “Domingo sangriento”, la masacre provocó una enorme indignación popular. Inmediatamente, alrededor de unos 250.000 obreros abandonaron el trabajo en protesta (unos 100.000 de ellos en San Petersburgo), mientras que el 18 de abril (Primero de mayo en el calendario gregoriano) alrededor de medio millón de personas se manifestaron a lo largo de todo el país. La matanza de Lena inauguró una nueva oleada de huelgas en el Imperio que se extendería hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial. Si bien el nivel de conflictividad fue inferior al de 1905-1907, contribuyó a romper con la pasividad en que se había sumido el movimiento sindical durante esos años. Por otra parte, la represión estatal y la hostilidad patronal contribuyeron a politizar los conflictos laborales, desnudando ante los ojos de los trabajadores la connivencia entre el zarismo y los empresarios en su contra.

Asamblea para las eleciones al Soviet de Petrogrado de los trabajadores de la fábrica metalúrgica Putilov en en el distrito de Vyborg.
Asamblea para las eleciones al Soviet de Petrogrado en la fábrica metalúrgica Putilov.

La oleada de huelgas entre 1912 y 1914, presentó un carácter marcadamente violento y radical por parte de las masas trabajadoras. Una actitud, que favoreció el avance de los bolcheviques en las principales organizaciones sindicales del país. El punto álgido se vivió el 3 de julio de 1914, con la declaración de una huelga general en San Petersburgo. Las barricadas y los enfrentamientos con el ejército se mantuvieron hasta el 15, pocos días antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial, desobedeciendo incluso las instrucciones de los bolcheviques para volver el trabajo a partir del día 9, al considerar que la huelga había fracasado.

La intensidad de la conflictividad laboral en estos años ha generado un largo debate historiográfico con respecto a si Rusia se encontraba al borde de una situación revolucionaria en vísperas de la guerra o, por el contrario, se habían sentado ya las bases para el desarrollo de un régimen liberal y democrático. Al respecto, es necesario destacar que, efectivamente, la estructura de las organizaciones revolucionarias era aun extremadamente frágil y que, a pesar de la intensidad de la agitación, ésta tuvo escasa resonancia en el campo, concentrándose fundamentalmente en las dos grandes ciudades industriales del país. Considerando las contradicciones del desarrollo histórico ruso, la verdad es que resulta imposible decantarse en forma clara por una de las dos alternativas; sin embargo, ante el nivel de militancia al que había llegado la clase obrera, su integración en el cuerpo político habría requerido de transformaciones difícilmente imaginables en el ámbito del régimen zarista, y que el estallido de la guerra haría aún más difíciles.

El Zar nicolás segundo exhibe un ícono a las tropas rusas.
El zar Nicolás II segundo exhibe un ícono a las tropas rusas.

La huelga de Ivanovo-Kineshma

Al iniciarse los primeros combates en el verano de 1914, nadie en Europa había anticipado las verdaderas consecuencias de una guerra industrial, ni tampoco la posibilidad de que se extendiese durante varios años. La Gran Guerra obligó a los países beligerantes a movilizar todos sus recursos en pos de la victoria, tensionando al máximo los distintos sistemas políticos. La “guerra total” reconfiguró el significado de nación y ciudadanía, arrastrando consigo a los grandes imperios autocráticos hacia su destrucción.

El primero en caer fue el Imperio ruso, en el que estas tensiones se manifestaron en forma especialmente temprana e intensa. En este sentido, la movilización popular y obrera jugó un rol fundamental en la caída del zarismo en febrero de 1917. Tras el inicio de la guerra, la conflictividad laboral, al igual que en el resto de Europa, descendió marcadamente; sin embargo, la creciente inflación y la escasez de alimentos comenzaron a generar un profundo malestar entre los trabajadores y campesinos. A partir de 1915, las protestas comenzarán a ser cada vez más frecuentes a lo largo del país, a lo que se sumó una nueva oleada de huelgas a partir del verano. Lamentablemente, una vez más el desencadenante de la agitación sería una matanza obrera.

La región industrial de Ivanovo-Kineshma, a unos 250 kilómetros al noreste de Moscú, era una zona dominada por la industria textil. Durante la guerra, el número de trabajadores entre la población llegó a unos 150.000, residentes en una serie de pueblos surgidos alrededor de las fábricas textiles. La gran mayoría de estos obreros eran mano de obra no cualificada, con una alta proporción además de mujeres y menores de edad. Estas características coincidían con los sectores menos conscientes y movilizados de la clase obrera rusa; sin embargo, en esta zona se desarrolló una intensa tradición de agitación y militancia sindical a partir de 1905. De hecho, aquí se formó el primer Soviet de toda Rusia, y durante todo este período los bolcheviques mantuvieron una sólida hegemonía en la región.

Las necesidades del ejército durante la guerra contribuyeron a reactivar la industria textil local, lo que empujó a los trabajadores a recurrir a la huelga para defender sus salarios ante la elevada inflación. Una huelga general el 25 de mayo de 1915 había logrado que el gobernador estableciese controles sobre los precios, pero los empresarios se resistieron a subir los salarios. Por ende, la agitación continuó durante las semanas siguientes y se volvió cada vez más politizada. El 10 de agosto, en la ciudad de Ivanovo-Voznesensk se repartieron octavillas llamando a transformar la guerra imperialista en una guerra civil revolucionaria, lo que llevó a la policía a arrestar a una veintena de los obreros más activos. Por la tarde, varios miles de trabajadores intentaron dirigirse a la cárcel para exigir la liberación de los detenidos, ante lo cual el ejército abrió fuego sobre la manifestación, dejando alrededor de un centenar de víctimas entre muertos y heridos.

Plaza de la Revolución en la ciudad de Ivanovo.
Plaza de la Revolución en la ciudad de Ivanovo.

Los sucesos de Ivanovo-Voznesensk provocaron una serie de protestas a lo largo de todo el país. Dicha respuesta se vio amplificada por la coincidencia con otros acontecimientos de gran trascendencia, como la derrota de las tropas rusas en Galicia o la reconstitución de la Duma. Para Haimson y Brian (1992), la oleada de huelgas que siguió puede dividirse en tres fases. La primera duró entre agosto y diciembre de 1915, asumiendo un carácter sobre todo de protesta socioeconómica ante la inflación y la escasez de alimentos y artículos de primera necesidad. Durante la segunda, a comienzos de 1916, la conflictividad comenzó a ser claramente impulsada por los obreros metalúrgicos y a concentrarse en San Petersburgo, ahora llamada Petrogrado. La última fase, entre julio de 1916 y febrero de 1917, alcanzó un carácter cada vez más político. Aunque se extendió también a Moscú, estuvo protagonizada en gran medida por los metalúrgicos del distrito de Vyborg en Petrogrado, los cuales lograron arrastrar también a las obreras del textil. Justamente, estas dos categorías serían las que liderarían las protestas de febrero de 1917 que forzaron la abdicación de Nicolás II.

La manifestación en Petrogrado por el Día Internacional de la Mujer
La manifestación en Petrogrado por el Día Internacional de la Mujer (23 de febrero de 1917 en el calendario juliano) marcó el inicio de la Revolución de Febrero.

En síntesis, la caída del zarismo estuvo marcada por una serie de factores estructurales de larga duración, así como de la excepcional coyuntura de la Primera Guerra Mundial. La urbanización y las transformaciones tecnológicas en ciertos sectores industriales habían creado las condiciones para una movilización obrera de masas; sin embargo, como hemos visto, fue el carácter represivo y sangriento del zarismo el que transformó en acción colectiva estos factores estructurales, desencadenando tres grandes oleadas de huelgas y protestas durante los primeros años del siglo XX. En este proceso, la legitimidad del zar como “padre bondadoso” de los trabajadores rusos se fue erosionando, lo que permitió el crecimiento de una conciencia de clase y política cada vez más radicalizada y difusa. Las consecuencias más espectaculares de este proceso no se manifestaron, eso sí, en febrero de 1917 con la caída del zar, sino que en el triunfo de los bolcheviques en octubre de 1917. En un próximo artículo nos referiremos al rol de la clase obrera rusa en los acontecimientos que llevaron de una revolución a otra.

Bibliografía

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Escrito por Juan Cristóbal Marinello

Doctor en Historia por la Universitat Autónoma de Barcelona. Sus investigaciones se han centrado especialmente en el movimiento obrero catalán entre finales del siglo XIX y comienzos del XX.

2 Comentarios

  1. Muy interesante y estoy de acuerdo con lo planteado. En el fondo gira en torno a la teoría del coste político derivado de la represión. En su momento, cuando hice el Máster, leí cosas sobre las consecuencias para el sistema en aplicar la represión, llegándose a la conclusión que, ante episodios de represión sangrante, el sistema veía reducido su apoyo social. De los primeros en darse cuenta de ello, aunqur fuese en la Metrópoli, fueron los británicos, que cambiaron cargas con fuego real a cargas a golpe de porra…

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