El pasado jueves, 7 de septiembre, acudí a una conferencia de Silvia Federici en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza (en el marco de un congreso de historiadores). Tal y como había sucedido antes en Madrid, y a pesar de que la autora había dado otra conferencia en la ciudad dos días antes, el Aula Magna de la facultad se llenó. Los organizadores tuvieron que meter sillas, la gente se apretaba en las escaleras y hubo gente siguiendo la charla desde el exterior.

El éxito parecía sorprender a la autora italiana, que deambulaba esos días por los pasillos de la universidad con marcha discreta y mirada tímida. Lo cierto es que Federici ha estado antes en España (también en Zaragoza) y nunca se habían visto estas colas, propias de un festival pop.

Durante su intervención, Federici desgranó con un castellano de paso lento pero firme los conceptos fundamentales del marxismo y relató los capítulos de la obra del filósofo que contenían la semilla feminista que ella y otros marxistas se encargarían de regar en los setenta (un riego que usó los mimbres analíticos del materialismo para criticar el absoluto olvido que autor fundacional y discípulos habían tenido con las mujeres).

Su intervención fue una mezcla de teoría y experiencia, en la que, como buena marxista, el discurso nace de la praxis y la necesidad. En su caso, de la militancia en los feminismos de los setenta.

Especialmente controvertida fue su reivindicación del salario por el trabajo doméstico que, más allá de acuerdos o desacuerdos sobre sus virtudes, tiene la importancia de poner de manifiesto que el trabajo de las mujeres en las casas produce un valor que es expropiado por el capital, y sin el cual la acumulación capitalista no habría sido posible. El trabajo de cuidados se ha naturalizado, dándose por hecho que no tiene un valor económico, y ponerle un precio (salario) lo devuelve a su forma desmitificada. Es decir, es trabajo.

Una de las partes más interesantes del encuentro con Federici fue el largo turno de debate. Como detalle positivo, hay que decir que todas las preguntas, menos una, las hicieron mujeres, lo que no es habitual: los hombres seguimos ostentando el privilegio de la visibilidad en el espacio público y nos resistimos a dejar escapar el monopolio de la voz. Como detalle negativo, y hasta risible, cabe señalar el hecho de que la única pregunta formulada por un chico sirvió básicamente para recordar el privilegio al que nos referíamos: fue larga, antes un discurso que una duda y consistió en explicarle a la experta en feminismo y marxismo… en qué consiste aquello de mezclar feminismo y marxismo.

La mitad del aforo estaba compuesto por historiadores, a pesar de lo cual sus preguntas no se centraron en los presupuestos de la acumulación originaria capitalista a partir del cuerpo de la mujer, en las relaciones laborales en el XVIII, o en los mecanismos de dominación social en tiempos de la caza de brujas –todos asuntos fundamentales en su obra- sino en asuntos relativos a la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres hoy. De entre los diversos temas de actualidad que salieron en las preguntas (los distintos tipos de feminismos, la gestación subrogada, las nuevas masculinidades o la prostitución) una especialmente adquirió cuerpo de debate: la necesidad de dotar de estrategia la potencia que el feminismo viene demostrando en los últimos tiempos.

Lo que diferentes voces señalaron es lo siguiente: “es obvio que hay energías desbordantes en los feminismos ¿cómo las enfocamos?”

Las feministas consiguieron en 2014 la retirada del Proyecto de Ley para la reforma del Aborto de Gallardón y han obtenido una presencia absolutamente transversal en los Movimientos Sociales en los últimos años. No se trata ya de un anexo al pack de la asamblea, que se traduce en el empleo de lenguaje inclusivo o en prestar atención a la existencia de lugares libres de violencia hacia las mujeres. No, consiste también en que algunos de los debates de las distintas familias del feminismo se han incorporado a la naturaleza misma del cambio social. El lugar que los cuidados han ocupado en la agenda política de los márgenes es un buen ejemplo. Además, no podemos obviar que el feminismo, acaso en su versión más desproblematizada, está también de moda: las principales revistas mainstream le dedican reportajes y no hay famosa que se escape de responder a la pregunta comodín “¿Te consideras feminista?”

En las colas de la gira de Federici late esta potencia del feminismo hoy. Una feminista, joven pero de larga trayectoria, me contaba que en su grupo feminista de Zaragoza muchas de las chicas, “más jóvenes que ella”, habían ido a ver a la autora de Calibán sin más referencia que alguna conversación. Ella lo atribuía, en mi opinión certeramente, a que hay una necesidad intuitiva de feminismo, que merodea en busca de debate, cuerpo teórico y estructuras. Cabría añadir, quizá, que hay más gente ávida de radicalidad de lo que suponen algunos teóricos del cálculo electoral y el centrismo.

Al acabar las dos horas largas de encuentro, Silvia Federici aplaudía a la audiencia con ojos emocionados, mientras el público la aplaudía sinceramente durante largo rato. Aún queda una cita con la Federici, el 11 de septiembre en Katakrak (Iruñea). El acto se llenará de nuevo y lo que contará más o menos lo sabemos todos los que hemos leído su obra. Sin embargo, lo más difícil de vislumbrar del aquelarre discursivo es hasta dónde llegará la marea, hoy alta, de esa lucha por la igualdad que ha hecho suya el aura de la vieja militante.

Traficantes de sueños ha publicado dos obras de Silvia Federici. Su fundamental Calibán y la bruja y la recopilación de textos Revolución en punto cero. Ambas pueden comprarse o descargarse en PDF en la página de la librería-editorial.

Escrito por Luis de la Cruz

Historiador local, bibliotecario, eterno aprendiz de periodista, admirador de mis amigos activistas... adicto a pasear con mirada política. Autor de Contra el running. Corriendo hasta morir en la ciudad postindustrial. Fundador del periódico local Somos Malasaña.

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