Historia Social Marxismo

Entre el ocio y la reivindicación: las jiras socialistas del Primero de Mayo en la Dehesa de la Villa (Madrid)

El desborde periférico de las grandes ciudades y la ocupación obrera de los nuevos barrios, nacidos al margen de los planes de ensanche oficiales y de toda planificación urbana, es una constante que, con matices, es común al crecimiento urbano occidental en el periodo que abarca del último tercio del siglo XIX a los años treinta.

Los espacios abiertos que articulaban la urbanización informal del extrarradio obrero, tomaran la forma de descampado, merendero o campo circundante, son citados a menudo como espacios de esparcimiento dominical de la clase obrera del interior de la ciudad, pero eran también uno de los pocos espacios de sociabilidad, ocio y desempeño político de los propios habitantes del extrarradio hasta la tercera década del siglo XX.

Un buen ejemplo del espacio vacío del extrarradio como oportunidad para la clase trabajadora a través de su ocupación de facto, y de cómo la sociabilidad obrera hizo suyo un espacio que, en opinión del discurso burgués del momento, debía estar destinado a su esparcimiento y el ocio, son las jiras campestres en la Dehesa de la Villa, gran espacio boscoso situado en el extrarradio norte de Madrid.

La Dehesa de la Villa es, aún hoy, el vestigio de la Dehesa de Amaniel que, de mucho mayor extensión, fue por siglos la dehesa carnicera del concejo, donde pastaban las vacas que alimentaban a la población de la ciudad. Estos montes de la Villa, que se usaron durante la Edad Moderna como pasto, para obtener leña o para cazar, fueron achicándose y a finales del XIX eran un paraje natural con vistas a la sierra apetecible para el esparcimiento burgués. En las cercanías de la Dehesa aparecen quintas de gusto burgués y el Plan Granés –un intento municipal tardío y fallido por poner orden urbanístico en el arrabal–  le dedica mayor espacio que a otras zonas del extrarradio norte, donde ya existían barrios con entidad propia, como Cuatro Caminos y Bellas Vistas. El técnico municipal no ahorra en verbo florido a la hora de referirse al paraje, del que dice que “la naturaleza derramó sus dones sobre este bellísimo rincón”[1].

En opinión del planificador, el desarrollo urbano de la zona era prioritario y debían habilitarse accesos en transporte desde Cuatro Caminos y Sol. Es decir, en la mente del técnico, el extrarradio era oportunidad de escape para las clases medias, ignorando que la realidad había situado ya al norte de la ciudad nuevas barriadas en el desborde de su Ensache oficial.

Los espacios abiertos del extrarradio norte, semirurales y cercanos a la urbe, siempre habían sido lugar de ocio para la clase trabajadora y espacio de desempeño político. Las jiras, tampoco eran una novedad y no se circunscribieron únicamente al ámbito socialista ni a la celebración del Primero de Mayo, aunque con motivo de la efeméride adquirieron, seguramente, su forma más masiva y constante. Así, la Dehesa de la Villa se asoció al imaginario popular y obrero de Madrid, convirtiéndose en escenario de otras jiras, como, por ejemplo, la de promiscuación de la asociación Libre Pensamiento en 1928 (Heraldo de Madrid 5-4-1928), o una gran jira familiar de las cigarreras en 1929 (La Libertad 15-10-1929).

Tras el Primero de Mayo espontáneo de 1886, organizado en el ámbito anarquista estadounidense, la fecha se convierte en cita internacional después del congreso socialista celebrado en París el año 1889, con las ocho horas como principal horizonte reivindicativo. En España, la Fiesta del Trabajo se celebra ya en 1890, bajo el mandato liberal de Sagasta. Al año siguiente, con Cánovas y los conservadores en el poder, se prohibirían las manifestaciones, permitiéndose en los años sucesivos las reuniones celebradas en locales cerrados, con presencia de delegado gubernativo. En Madrid no habrá de nuevo manifestación hasta que en 1903 los trabajadores hicieran frente a la prohibición manifestándose. Tras los titubeos de estos primeros años, las manifestaciones se irán produciendo con permisividad por parte del Régimen de La Restauración –hasta la llegada de la Dictadura de Primo de Rivera–, sin que, en general, se produjeran grandes desórdenes públicos[2].

Ya en la primera celebración, en la capital, se había producido una discrepancia en el seno del movimiento obrero. Mientras que los anarquistas celebraron su manifestación el 1 de mayo, los socialistas la trasladaron al domingo 4 de mayo, marcando, de alguna manera, el comienzo de una tradición que une la fecha con lo festivo en la tradición socialista.

En 1894 se había plantado la semilla de lo que pronto serían las jiras del Primero de Mayo. El socialista Juan José Morato lo contaba de esta manera en la prensa con la perspectiva de varias décadas (La Libertad 1-5-1930):

El año 1894, sin acuerdo previo, los panaderos que tenían familia resolvieron pasar la tarde del Primero de Mayo en la Fuente de la Teja, y algunos grupos de operarios internos les imitaron. Pasar la tarde nada más, porque a las nueve o a las diez de la noche había que comenzar el trabajo y llegar a él con los sentidos bien despiertos.

Tan grata fue la jornada que al año siguiente –1885– ya fue casi todo el oficio quien pasó por la Fuente de la teja o Pradera del Corregidor.

Y entonces se ajustaron ciegos que, por parejas, tocaban la bandurria o la guitarra, y no falló algún gaitero, amigo y paisano, que fuera de grupo en grupo llevando a ellos, con los dulces sonidos, el recuerdo de la tierra querida.

Y se hizo más, y fue alquilar un carro que trasladase las meriendas y el vino, y que, a última hora, cuando el sol poniente arrancaba fulgores que arrasaban los edificios fronteros, servía de tribuna para inflamadas arengas.

Un año después –en 1896– los panaderos invitaron a pasar la tarde en su compañía a los colegas de otros oficios, con los que tenían motivos de gratitud y de especial simpatía.

Y como aquello era bueno, el año siguiente invitaron los panaderos a grupos de obreros de otros oficios, y por fin, a partir de 1888 o de 1899, la jira campestre entró en el programa del día, celebrándose en la Pradera del Corregidor, y después, hasta hoy, en la Dehesa de la Villa.

Tras la Primera Guerra Mundial, la Dehesa de la Villa adquiere claro protagonismo entre las diferentes localizaciones de celebración del Primero de Mayo. Aunque la prensa da noticia del esparcimiento obrero en diferentes lugares del extrarradio, como “los Cuatro Caminos, Dehesa de la Villa, Moncloa y Amaniel” (El Imparcial 2-5-1925).

La Huelga Revolucionaria de 1917 ha situado de manera importante el extrarradio norte como uno de los puntos más activos del movimiento obrero madrileño. Los barrios de Cuatro Caminos y Tetuán han sido escenario de algunos de los hechos más convulsos de la huelga, y las ametralladoras colocadas en la glorieta de Cuatro Caminos y en el barrio de Ventas supusieron un salto cualitativo en la represión de la protesta en la ciudad de Madrid[3]

La llegada del primero de mayo de 1917 se produce con las Casas del Pueblo clausuradas y expectación respecto de cuál será la actitud gubernativa.[4] Las reuniones preparatorias de los Primeros de Mayo siempre se habían llevado a cabo en las casas del pueblo y la reapertura antes de la fiesta puede entenderse como un guiño para la vuelta a la normalidad.

Sin duda, la progresiva consolidación del extrarradio norte como espacio de la clase trabajadora madrileña, tuvo que ver con la preeminencia de la Deshesa con respecto a otras localizaciones para las jiras. Sin ir más lejos, Largo Caballero había comenzado a construir su residencia en la primera calle particular de la zona en 1914 (entonces no tenía nombre, luego sería la calle Sort), en los límites de la Dehesa de la Villa. Antonio García Quejido y Vicente Barrio, compañeros de sindicato, también habían adquirido parcelas en las inmediaciones[5]. Aunque Largo Caballero tuvo que soportar ataques por aquella casa unifamiliar, se trataba de un hotelito modesto, cuya presencia no deja de subrayar las fuerzas centrípetas desatadas entre la teoría planificadora, que quería haber hecho de la zona una nueva área de esparcimiento y evasión para la burguesía madrileña, y la realidad imponiendo aquel pedazo de campo como área de salida natural de los barrios obreros a orillas de la calle Bravo Murillo, el eje sobre el que se había articulado el arrabal obrero de Cuatro Caminos, al norte de la ciudad planificada.[6]

La relativa facilidad para llevar a cabo manifestaciones y paros laborales con motivo del Primero de Mayo se acabaría con la Dictadura de Primo de Rivera, en 1924. Tras una primera reunión con buenas perspectivas con el presidente del Directorio por parte de una Comisión mixta (UGT y PSOE), comenzaron los telegramas de Gobernación a los gobernadores civiles y militares provinciales en el sentido de impedir las manifestaciones.

Tanto PSOE como UGT hicieron, este año y en los sucesivos, llamamientos a no rebasar los límites de lo permitido, sujetando la acción política del Primero de Mayo en los contornos del paro laboral (muy dificultado), los mítines y los actos de celebración. De esta manera, con la estrecha vigilancia de los Tercios y la Guardia Civil, que intensificaron su vigilancia, las jiras de las tardes ganarían peso en el programa político del Primero de Mayo madrileño.

Desde el punto de vista de la geografía de la movilización, la prohibición del “desfile obrero” en el interior de la ciudad, y la entronización obrera de la jira como máxima manifestación de ocupación de su clase en espacio público, las demostraciones obreras salían del foco (de la misma ciudad, en realidad) y quedaban confinadas a espacios extra muros.

Sin embargo, la mayor segregación social de la ciudad y el peso adquirido por la clase trabajadora irán haciendo que los espacios obreros del extrarradio vayan ganando peso, en un proceso que culminará a la altura de los años treinta. Es por eso que esta ocupación posibilista también anticipa –o quizá prepara– la gran presencia del obrero en la nueva geografía urbana de los treinta.

En 1928, la prensa expresaba el paradójico trasvase de actividad dentro-fuera que el Primero de Mayo producía (La Voz 1-5-1928):

El aspecto de la ciudad, paralizado el tráfico urbano, produce cierta extrañeza. Durante toda la mañana, del centro de la periferia, se han visto numerosas caravanas familiares que se dirigían a los alrededores para pasar el día en animadas jiras, manera indicada por la Unión General de Trabajadores para festejar el día. El sitio preferido por los obreros madrileños ha sido, como en años anteriores, la Dehesa de la Villa.

Desde el punto de vista del orden público, y teniendo en cuenta el contexto de retroceso de libertades públicas, hay que tener en cuenta que las jiras habían sido tradicionalmente tranquilas. Cuando había habido problemas de orden público, había sido en el transcurso de las manifestaciones. Así sucedió, por ejemplo, en 1920, año en el que se produjeron disparos durante el recorrido y, sin embargo, la jornada se prolongó con absoluta tranquilidad desde el mediodía en la Dehesa de la Villa. En las contadas ocasiones en las que se habían producido problemas de orden público durante las jiras, los agredidos habían sido los obreros. Así ocurrió con Miguel González Llerena, habitante de la calle Oviedo (Cuatro Caminos), que tras dar buena cuenta de la merienda con Rosa Maroto (vecina de Puente de Vallecas) y varios familiares, decidieron jugar un partido de fútbol junto al merendero Las Flores, cuando fueron interrumpidos por un grupo de agresores, por lo que tuvieron que ser atendidos en la casa de socorro de Cuatro Caminos (El Liberal 2-5-1926).

Durante los años de la República, con una mayor importancia de las manifestaciones, también se siguieron celebrando jiras masivas, en la Dehesa de la Villa, y también en otros espacios como la Casa de Campo, la Moncloa, las inmediaciones de El Pardo, la Pradera de San Isidro y “todos los alrededores de Madrid” (La Tierra 2-5-1932). Las celebraciones debieron ser muy populosas y transcurrir en un ambiente  distendido, como prueba el hecho de que en 1933 se extraviaran 80 niños en la Casa de Campo y 15 en la Dehesa de la Villa (todos fueron recuperados por sus padres en los refugios municipales) (El Sol 2-5-1933)

La Dehesa se convertiría durante la guerra en escenario bélico (aún hoy se conservan allí algunos restos de la contienda), el alto conocido como el cerro de Los Locos es un espacio tradicional de reivindicación republicana y quienes se consideran herederos de la tradición socialista de aquellos años continúan la costumbre de las jiras campestres por el Primero de Mayo.

Notas:

[1]         Núñez Granés, Pedro: Proyecto de urbanización del extrarradio de dicha villa, Madrid, Ayuntamiento (1919), p-18

[2]         LARA, Lucía Rivas. Actitud del gobierno ante el 1º de mayo, desde 1890 hasta la Segunda República. Espacio Tiempo y Forma. Serie V, Historia Contemporánea, 1988, no 1.

[3]     Sánchez Pérez, Francisco. Protesta colectiva y cambio social en los umbrales del siglo XX: Madrid 1914-1923. Tesis Doctoral. Universidad Complutense de Madrid, Servicio de Publicacionespp-145-152

[4]         Rivas, Lucía. Actitud del gobierno ante el 1º de mayo, desde 1890 hasta la Segunda República. Espacio Tiempo y Forma. Serie V, Historia Contemporánea, 1988, no 1., p- 96

[5]         Para profundizar en ello véase Aróstegui, Julio. Largo Caballero: el tesón y la quimera. Debate, 2013. En el libro Aróstegui agradece a Antonio Ortiz, historiador oficial de Tetuán la información facilitada. Interesante es también consultar al respecto de las jiras este artículo suyo.

[6]         Si bien es cierto que en la zona también abundaron quintas burguesas.

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