Reseñas Tecnología Teoría

Reseña de «Desde un bosque lejano»

El mito de Unabomber

La editorial Errata Naturae ha publicado una selección de escritos de Theodore Kaczynski, el famoso «terrorista» cuya identidad fue un misterio durante más de una década y que se le dio el apodo de «Unabomber». La parte principal de esta edición corresponde, por supuesto, a su famoso manifiesto, que publicó en la prensa bajo identidad secreta, pero se acompaña de otros publicados posteriormente. El resultado es una edición bien cuidada que pone en la actualidad el pensamiento del controvertido estadounidense. Creo, sin ser un gran experto, que incluye contenido nuevo respecto a las ediciones anteriores en castellano que conozco. Pero no vamos a afirmar que es la primera edición, porque lo primero que hay que decir es que los escritos de Unabomber no se han publicado desde los circuitos comerciales (libros, revistas…), sino militantes, y en este ámbito es difícil conocer realmente el total de lo editado o publicado, pues más allá de lo sacado por grupos o ateneos, cualquiera que conociese a Unabomber lo podía haber traducido e imprimido en cualquier fotocopiadora de los años noventa, para difundirlo a su propio criterio. Es decir, por la autogestión desde la militancia o lo personal. En esta ocasión, ha pasado por los registros habituales del mercado (depósito legal, ISBN…), aspecto que no es en sí un mejoramiento, pero sí contribuye a su difusión en medios distintos a los que se usaron anteriormente.

Las ediciones de los escritos de Kaczynski han sido frecuentes en países anglosajones, pero en el mundo hispanoparlante se ha dado en menor medida, comparativamente. Al respecto, debo aclarar que no soy un experto sobre los originales ni las ediciones deseadas por Kaczynski ni sobre sus traducciones. Sí soy consciente de las polémicas sobre las múltiples interpretaciones de su obra y las críticas a varias de sus traducciones. Las primeras que conocí sobre ellas fue en algunos incidentes en Francia, que llegaron a mi conocimiento, para ver que poco menos se tildaba a Unabomber de supremacista, algo que me sorprendió. Entonces, yo ya era activista, pero conocía los escritos de Unabomber desde mi juventud, mucho antes de comenzar en ese activismo. Pues ya circulaba por Internet en medios digitales que identificaba como «subcultura». Yo tomé contacto por esa vía desde mi adolescencia, en un lugar como Ceuta, con poco ambiente activista, pero con cierto interés en la subcultura de los años noventa que se daba en otros lugares del mundo.

Por entonces, entre los jóvenes de Ceuta ya se hablaba de Unabomber, detenido unos años atrás, y no se nos aparecía como un terrible terrorista, sino una como especie de «héroe/pirao» con mala fama, algo desquiciado, pero claro: quién no lo estaba, aunque fuera un poco, por entonces. Muchas de las figuras de la época eran así. En cambio, por los problemas políticos internos de nuestro país, ETA sí se nos aparecía como algo terrible e inmoral, mucho más que Unabomber: el odio de las instituciones, de la prensa española (y con ello de buena parte de la población), contra la organización vasca, era muy superior al que se podía dar a esa especie de lobo solitario que era Unabomber: una figura que ya por entonces, fuera del ámbito militante (entonces yo no lo estaba) aparecía como anarquista.

Ciertamente, existían ya algunos textos suyos por internet traducidos al castellano, a los que accedí, y aunque sin duda notaba diferencias con lo poco que había leído de Bakunin, entonces lo atribuí a a que pertenecían a contextos distintos en épocas y países, con lo que conllevaba a nivel social y psicológico. En realidad, aunque se ha dicho que Unabomber renegó del anarquismo, creo que está claro a que se refería más bien a los anarquistas que él había conocido en Estados Unidos y Gran Bretaña, no al anarquismo en sí. Creo que lo confirma su defensa de la libertad (especialmente la libertad individual cuya tradición en EEUU es bien conocida), sus ataques al Estado y a la idea de los servicios colectivos desde la administración, y sus distintas posiciones que vemos en sus escritos. Otra cosa es que su anarquismo sea diferente al del anarquismo militante de un país u otro.

Esta edición contiene un prólogo que me llamó la atención porque notaba una preocupación por el posible horror hacia la figura de Unabomber y su uso de la violencia extrema. Un horror que quizás exista en algunas partes muy localizadas, pero creo que se puede decir que, en general, Kaczynski no llegó a infundir ese terror, quizás debido a que sus acciones aparecieron en un contexto donde, en comparación, la violencia ejercida por otros grupos políticos o terroristas, o por los ya presentes asesinos en serie y lobos solitarios (abundantes en EEUU), eran más temibles que la de un hombre aparentemente muy dañado por el Sistema, hasta tal nivel que se comprendiese que se hubiese desquiciado. Porque, eso sí, Unabomber siempre apareció como un loco y un solitario con pocas habilidades sociales y psicológicas, lo que suponía que sus razones estuviesen prejuzgadas por esas supuestas carencias. Pero, se decía: «ay, Unabomber, cualquiera puede acabar como tu, aunque no fuéramos unos científicos geniales ni unas mentes privilegiadas. ¿Quién podría acusarte de nada?»

Pero volvamos a la edición, para relatar, desde mis conocimientos, lo que ya se había hecho en España, rogando disculpas si obvio algunos trabajos, pues soy consciente del mérito que tenían hacerlos desde la autogestión y las fotocopias «a pelo» que se hacían para multiplicar los ejemplares, sea como sea. Lo primero que hay que mencionar es el trabajo de el Ateneo Libertario de Besós, que lo sacó con un título entonces muy popular por Estados Unidos y España: «Manifiesto de Unabomber: La sociedad industrial y su futuro». Entonces ya estábamos en el nuevo milenio y me suena que en los noventa algo sacó las Juventudes Libertarias, pues algo vi en una fanzineteca de Granada. Pero sigamos: Último Reducto, de Bilbao, editó otra selección en 2005, con el nombre de «Textos de Ted Kaczynski». Y en 2011 Ediciones Isumatang, por Valladolid, apostó por sacarlo con el título más clásico, «La sociedad industrial y su futuro», con una traducción aceptada por el autor. Otro meritorio trabajo fue, nuevamente, de Último Reducto, que sacó «La verdad acerca de la vida primitiva: una crítica del anarcoprimitivismo». Ultimo Reducto e Isumatang están muy relacionados, y es evidente su protagonismo en la llegada a España de los escritos de Unabomber. Tienen unos criterios distintos a los de Errata Naturae: mientras estos últimos presentan un Unabomber izquierdista y anarquista, aunque distinto a los perfiles habituales de sus respectivos movimientos sociales, Ultimo Reducto incide en que su pensamiento y propuesta social evita conscientemente el izquierdismo y busca la reacción de la población no posicionada políticamente. La cuestión de fondo es si Unabomber viene de un contexto izquierdista o no, y ello ha causado esa guerra por las traducciones de los textos de Kaczynski, que ha requerido su autorización personal para legitimizarlas. Como hemos visto, algunas de estas traducciones llegaron a presentar pensamientos y afirmaciones supremacistas y biologicistas, que ha supuesto acusaciones y polémicas dentro de los movimientos sociales, y en particular en el anarquismo.

Pero, aparte de toda esta cuestión, que no es poca cosa, el lector se preguntará a qué se debe mi interés en escribir esta reseña, que no soy un experto en Unabomber: la respuesta es que veo muchas reflexiones y críticas interesantes que se pueden tener en cuenta desde los movimientos sociales actuales, se compartan o no sus conclusiones o posturas. Por ello he dividido por temáticas las ideas más interesantes para mi criterio.

El antipoliticismo y el poder

Kaczynski comparte la idea esencial del anarquismo: el rechazo del dominio. Bajo su perspectiva, el poder como control o yugo afecta negativamente a las necesidades vitales que cada individuo debe cumplir a lo largo de su vida. Comparte una cosmovisión principalmente materialista: hay un mundo natural a nuestro alrededor, que percibimos, e independientemente de las creencias está ahí aquí y ahora.

La preocupación principal de Unabomber, en la problemática de una vida menos libre y más dependiente, es la tecnología. Considera que se avecina el control absoluto sobre la humanidad y todos los individuos, y sin darnos cuenta, porque queremos esa tecnología que nos hace depender y requiere personas con dominio. Al final, lo que no consiguieron ni los gobiernos, ni los ejércitos, ni las empresas, lo logrará la tecnología: un dominio absoluto del mundo y de toda la población. La oposición es difícil porque hay que responder a unas necesidades que nos hemos construido a lo largo del tiempo, eso sí con los intereses de los poderosos de por medio. Aceptamos las facilidades que nos ofrecieron (y nos ofrecente), de modo que ya está ya en nuestro día a día, en nuestro ocio, en nuestro trabajo y en nuestra cultura. A la vez, la tecnología adquiere, y tiene ya, carácter y personalidad propia: es un sistema total que no se puede frenar, sino por medio de un colapso, de una violencia generalizada y de una revolución, que debe llegar por las masas movilizadas. No por medio de vías políticas, sino por la voluntad general de la gente: Unabomber se muestra como un antipolítico.

Como la tecnología responde a las necesidades del poder y de nuestra economía, hay que evitar asumir el poder político, ya sea por medios legales o ilegales, porque son medios desarrollados bajo el prisma tecnológico. Debe ser de carácter global, porque la tecnología sabrá regenerarse si no es destruida de un modo completo:

«El grado de libertad personal de una sociedad viene determinada más por su estructura económica y tecnológica que por sus leyes o su forma de gobierno.«

Las antiguas monarquías o tiranías «carecían de mecanismos eficaces para hacer cumplir la voluntad del gobernante«. No había una policía realmente estructurada y masiva, ni buenas comunicaciones en beneficio de los gobiernos. De modo que, pese al concepto autoritario de estos gobiernos, la gente del pueblo era más libre. Y sobre nuestros males: «el alto índice de criminalidad de nuestra sociedad se debe a las presiones que esta ejerce sobre las personas, a las que estas no pueden o no quieren adaptarse.» En ellos está la revolución, la humanidad.

Kaczynski comprende el poder en sus distintos sentidos polisémicos, y acepta la capacidad que tiene cada individuo o grupos, pero lo rechaza en su sentido de dominio, porque anula o limita el desarrollo vital y la iniciativa que exige toda libertad para desarrollar las neceesidades vitales. Kaczynski se considera anarquista pero hace notar que hay una gran variedad de tipos de anarquismos y pensamientos, siendo seguro que algunos de sus integrantes no le reconocerán como ácrata.

Las críticas al izquierdismo

Kaczynski dedica muchas páginas para hablar del izquierdismo y, especialmente, el izquierdista, cuyo perfil es sometido a un análisis, prácticamente psicológico, que manifiesta las características del movimiento izquierdista actual, incapacitado para hacer la revolución y menos de frenar el absolutismo tecnológico que se avecina.

Aclara que habla del izquierdismo actual, y no del pasado, el «socialismo», que aunque tuviera algunos aspectos semejantes, prefiere no analizarlo, por no conocerlo de primera mano, y advertir que no sufrían, en general, los problemas que señala Unabomber. Ahora deriva en una idea general de rechazo a los opresores, generalmente desde posiciones no oprimidas. Recuerda mucho las críticas de Nietzsche, pretendidamente imbuidas de fino análisis psicológico, que terminó acusando al socialismo del siglo XIX como la nueva moral de los pobres y débiles, resentidas contra quienes eran mejores y contra la figura del «genio» (cuyo desarrollo ideal, aún no logrado, es el Superhombre). En este caso, los izquierdistas actuales son un conjunto de sentimientos de inferioridad gestionados desde una sobresocialización. Así pues, dice:

«pienso que el papel decisivo que desempeñan los sentimientos de inferioridad, baja autoestima, impotencia e identificación con las víctimas por parte de personas que no lo son es una peculiaridad del izquierdismo.«

En este panorama, los propios izquierdistas, para justificar sus posiciones son, según Unabomber, los que en realidad tratan a estos oprimidos como inferiores. Creo que puedo decir que resulta algo falaz, porque es obvio que no se trata de que sean inferiores o no, sino que la sociedad, y concretamente el Sistema, los trata como tales, y ese es el problema que denuncian los izquierdistas. Es una situación real que el izquierdismo pretende combatir y reaccionar en consecuencia.

La siguiente crítica al izquierdismo es su relativismo cultural, expuesto especialmente por sus más conocidos filósofos. El hecho objetivo y constatado de la aceptación de la tecnología en todo el mundo, sin importar la cultura que sea, y solo con la oposición de determinados sectores políticos, muestra que no todo es culturalmente relativo. Para Kaczynski un banquero español se parece más a un banquero japonés que a un campesino español. Y es así como funciona la tecnología y la verdadera ideología hegemónica de nuestros tiempos: «el sistema no se guía por una ideología sino por la necesidad que implica la técnica.» Con todo, sería legítimo reflexionar aspectos como el turismo, que es un agente económico principal en la actualidad, y sin embargo fomenta la diversidad cultural y un pensamiento relativista, mientras que la tecnología habla de un mismo mundo y unas mismas necesidades, y tiene un pensamiento universal, que se impone. Hubiera sido bueno saber si hoy, para Unabomber, está cobrando más importancia el turismo o la tecnología.

Es justo anotar las frecuentes insistencias de Kaczynski en la relativización de sus afirmaciones sobre los izquierdistas, asegurando que no ocurre en todos ellos, y reconociendo cierta complejidad y extremos que apuntan a otro sentido. Es obvio y razonable, pero resulta cansino y trivial tantas paradas para decir lo mismo o matizaciones más o menos obvias. Creo que muestra una preocupación, ya que siendo un individualista, le resulta difícil hablar de colectivos donde hay muchos individuos, y tratarlos como iguales a todos, no encaja bien con los sistemas de análisis de todo individualista. Pero tiene claro que el anecdotismo no explica las acciones políticas que se dan generalmente en los movimientos sociales.

Estas críticas a los izquierdistas como gente no perteneciente a minorías pero que se emocionan y solidarizan con ellas no sería nada grave si no fuera por lo que hay detrás, y que tiene que ver con las necesidades de dar plenitud a su vida por cada individuo. En esto no es tanto culpa del individuo de izquierda o del izquierdismo, sino del propio Sistema, que hace imposible llegar a esos objetivos vitales que marcan toda vida animal: mientras la gente no politizada se dedica a consumir o llevar a cabo hobbys o carreras intelectuales o deportivas, el izquierdista cumple un deber y de acercar la justicia social al común, algo que el propio Kaczynski reconoce como loable. Pero como es difícil de implantar de un modo permanente en la sociedad (solo la revolución lo puede lograr, y no se llega), el hecho es que el izquierdista no busca, en la práctica, los objetivos que proclama, ni tampoco el bien general, sino sus propias necesidades y sus propios intereses personales, que pueden confundir bien con los propios de los demás, es decir, del resto de los individuos. Esto impregna una fuerte moral entre los izquierdistas, bien definida, que intentan imponer a los demás, porque es lo justo o se ajusta a sus ideales, y encuentra dificultad en distinguir moral de justicia ideal. Por eso tienden a ser personas alejadas de las nociones de equidad y existe una potencialidad hacia el totalitarismo, como consta, para Kaczynski, en el comunismo.

Como pretende buscar el bien común, y busca la aceptación social en su sobresocialización durante su militancia, ve que la gente usa la tecnología y da aparente ventajas a quienes más han sufrido en el trabajo o en la discriminación, pero «a la larga (…) es incompatible con lo salvaje, con la libertad humana y con la eliminación de la tecnología moderna«.

Como hemos dicho, para Unabomber la auténtica motivación del izquierdista no son sus objetivos declarados, sino la momentánea sensación de poder que obtienen al luchar, y más todavía cuando triunfan, algo que ocurre, admite el autor, con frecuencia. Pero cuando lo consiguen, no para, porque no se trata de los objetivos, sino de sus necesidades: buscan otro objetivo con los que seguir esta dinámica. Esto no quiere decir, admite Kaczynski, que no sufre angustia ante los males del mundo. Y que ciertamente razona y se preocupa sobre ello. Pero la rueda no para de girar: el izquierdismo se debe al izquierdismo, no a la humanidad ni a los ideales de libertad.

Un punto importante en el Manifiesto es que se reconoce que hay diferentes grados de izquierdistas, muchos de ellos honestos y potencialmente útiles para la revolución antitecnológica. Desgraciadamente, sobre ellos Kaczynski admite que no sabe cómo gestionar su papel, pese a que no hay duda que esos «verdaderos creyentes» son elementos imprescindibles para cualquier revolución. Por otra parte, hay otros izquierdistas, no notables ni importantes en el movimiento, pero parte de su masa (posiblemente mayoritaria) que son honrados y nunca abusan para conseguir sus propósitos. Pero su falta de agresividad y de interés en ejercer su mayoría les hacen impotentes en el izquierdismo. El hambre de poder de los dirigentes izquierdistas suele ser suficiente para que el movimiento siga no solo sus imposiciones sino sus puntos de vista y praxis. Estos hambrientos de poder están siempre mejor organizados, son más despiadados y más maquivélicos; son arrogantes y dogmáticos.

Luego, otros izquierdistas, una parte de los «sobresocializados», que pasa a llamar «criptoizquierdistas», son más discretos, pero son más peligrosos porque, cuando quieren, influyen más: nunca muestran agresividad, no entran en confrontaciones ideológicas y actúan en silencio. Tienen valores burgueses en algunas de sus prácticas, pero difieren radicalmente en su psicología, ideología y motivaciones. El criptoizquierdista es diferente al sobresocializado en cuanto el primero se siente más integrado: sobre todo por la población con la cual se mueve bien, y no tanto por el sistema. También es menos rebelde en su impulso que el sobresocializado. Pero es profundamente colectivista y su necesidad de poder es superior al del burgués, por carecerlo.

La Utopía en la Tierra que pisamos

Hemos mencionado anteriormente las necesidades vitales que tienen los organismos vivos, y en particular el ser humano. Es quizás la parte más interesante del corpus teórico de Kaczynski. Y para él era el gran conflicto en la actualidad

Como hemos comentado, hay una incapacidad de satisfacer sus objetivos vitales y de autorrealización. La frustración nos lleva a los múltiples problemas psicológicos de la actualidad: depresión, ansiedad, sentimiento de culpa, impotencia, pesimismo, etc. Imbuidos en el rechazo al maltrato a las minorías y a las situaciones de vulnerabilidad, los izquierdistas han asumido unas posturas propias de la corrección política -en palabras de Kaczynski- y se ven afectados por todos esos problemas psicológicos que son generales en toda la sociedad. Sí admite que el izquierdista tiene el mérito de considerarse a sí mismo fuerte, de modo que ocasionalmente son capaces de realizar acciones liberadoras y revolucionarias.

En su pensamiento, señala que en la sociedad moderna, los objetivos vitales, la autorrealización, no pueden cumplirse, por el modo de vida desnaturalizado que seguimos. De modo que para satisfacer la pulsión vital que tenemos como animales, se ha sustituido con «actividades sustitutorias». Ejemplo de estas son la actividad científica, las competiciones deportivas, el voluntariado, la actividad artística o literaria, o el éxito económico. El activismo político también lo es. El problema de estas actividades es que son falsas sustituciones: nunca satisfacen y por ello nunca descansan. Siempre hay más. La mayoría tienen objetivos «externos» a nosotros mismos, por lo que no depende de uno mismo el cumplirlo. Para Kaczynski, las actividades sustitutorias son degradantes y terminan frustándonos en un modo que no podemos controlar.

El hombre primitivo, en cambio, vive sus ciclos vitales: crece y aprende, se reproduce, forma parte de su grupo humano, enseña. Y, como relata Kaczynski, se sienta a mirar el horizonte: es parte de la naturaleza y ha cumplido con su sencillo, pero vital, papel. No hay frustración, no hay estrés, no hay depresión. No se trata de admirar las flechas de piedra, sino de cómo se vive y por qué. Por ello, Unabomber concluye del siguiente modo:

«Desde mi punto de vista, la causa principal de los problemas sociales y psicológicos de la sociedad contemporánea se cifra en que las personas carecen de oportunidades suficientes para desarrollar su proceso de autorrealización«.

El hombre moderno tiene hoy día menos poder que el hombre primitivo. El gran poder contemporáneo sobre la naturaleza se asienta no sobre un individuo, sino en grandes organizaciones, que los cede a los individuos. El hombre primitivo tenía un gran poder «en» (no «sobre») la naturaleza, pese a su escaso poder colectivo.

Por su parte, para gobernar el comportamiento humano, la tecnología solo necesita manejar neuronas, hormonas y moléculas complejas. Problemas que la actual ciencia puede afrontar sin problemas: la «ciencia ficción de ayer es la realidad de hoy«.

La sobresocialización es un peligro porque condiciona al individuo a las expectativas de la sociedad. Por supuesto, intenta rebelarse afirmando su individualidad, pero depende de la aprobación del resto, de los valores y de la moral imperante, y ello condiciona los razonamientos. Asimismo, la autonomía, necesaria para cumplir las actividades vitales primarias, no tiene por qué ser plena y total: hay formas relativas, pero mientras siga siendo autónomo, cumple con su propósito. Kaczynski cree que los grupos grandes hacen que el papel del individuo esté tan diluido que hace que no pueda cumplir los objetivos vitales de las personas, ni siquiera dentro del movimiento. Esto también pasa en la sociedad, donde la hegemonía capitalista solo da importancia a los grupos con acumulación de capitales, o la administración con los distintos equilibrios mutuos de poderes: «en cualquier sociedad tecnológicamente avanzada, el destino del individuo depende de decisiones en las que apenas puede influir.«

Sobre esto, no vamos a relatar los testimonios que conocemos que hablan en primera persona del entusiasmo en grandes asambleas o mítines, y cómo se sentían, personalmente, como parte de algo grande con mucha fuerza. Pone en duda algunos de los extremos del autor, así como su consideración de que el izquierdista no valora realmente la importancia de la invidualidad, olvidando la rica tradición individualista que ha tenido la izquierda estadounidense, y más concretamente la anarquista y naturista.

Los expertos, hoy, nos dicen qué debemos comer, cómo hacer ejercicios, cómo tener relaciones sexuales, quién debe educar a nuestros hijos, y mucho más. Y aquí entramos en la cuestión principal que preocupa a Unabomber: la pérdida de capacidad, iniciativa y autonomía de las personas. En esta pérdida, juega un papel determinante la tecnología. Lo que él tema es que nos convirtamos en seres sin decisión y conciencia. Sin poder determinar cómo queremos que sea nuestra vida. Y en esto, la tecnología no ha sido lo único: también lo es la burocracia y el capitalismo. Ser alguien permisivo, que permite que otro le controle, no es ser libre: es una sensación subjetiva que no niega el hecho objetivo.

Para él, los científicos no investigan, principalmente al menos, por su curiosidad, capacidad innata en el ser humano. En las páginas que dedica a esta cuestión, creo que puedo afirmar que es bastante dudoso negar esas motivaciones a terceras personas. Hay una gran cantidad de matices y contraargumentos que se pueden realizar contra lo que escribe. Sin embargo, es cierto que la ciencia avanza «a ciegas», o más bien bajo los condicionantes económicos. Pero ello es como todo en el mundo capitalista.

El objetivo del sistema es el control total de la vida en la Tierra, incluyendo a los seres humanos. Solo un pequeño grupo de personas tendrían poder real, y aún así estarían limitados por la propia tecnología. En estos peligros, destaca la IA, pero porque teme que las máquinas hagan todo el trabajo, perdiendo aún más los propósitos profundos a las personas. Lo único que les quedará son ocio y actividades superficiales. Él propone otra cosa:

«el modelo inspirador que yo propongo es la Naturaleza, es decir, la naturaleza salvaje: aquellos aspectos del funcionamiento de la Tierra y los seres vivos independientes de la gestión humana y libres de nuestra interferencia y control.«

El Sistema no existe para satisfacer las necesidades humanas, pero en cambio sí obliga al comportamiento humano a adaptarse a las necesidades del régimen, o bien se recurre a «rediseñar nuestra humanidad para adaptarla a los requisitos del sistema.» Al final, para el Sistema, la manipulación de una persona es una «cura».

Otra cuestión interesante que plantea respecto a la gente en general es cuando afirma que las personas suelen esforzarse más cuando espera obtener recompensas que por temor a castigos, rompiendo la generalizada idea de la obediencia por el miedo. Esto hace que, desgraciadamente, la gente que trabaja en el sector tecnológico es especialmente eficaz, porque su trabajo viene seguido de resultados positivos en todos los sentidos.

Mucho de lo que comienza como una opción, con el tiempo, se vuelve obligatorio. Generalmente ocurre impuesto por el Sistema, como por ejemplo vemos hoy con los coches eléctricos, pero otras veces por las necesidades de la población ante problemas creados por el propio Sistema. Así por ejemplo vemos los caminos en el campo, necesarios para ir al trabajo del modo más rápido, agradable y seguro, o con los certificados electrónicos. Las posiciones en contra, sean más o menos racionales, están en desventaja al respecto. Cada nueva tecnología «hace difícil o imposible para un individuo seguir viviendo en su seno sin utilizar dicha tecnología.«

Distingue lo que hoy es la tecnología de lo que ha sido en otros contextos, en los que no se dio ese absolutismo, ni tampoco se avanzó al respecto, y hasta se dieron retrocesos tecnológicos en culturas enteras, algo que hoy no puede darse. La clave es que hoy es un sistema unificado y estrechamente organizado. Hay tecnologías asociadas a culturas humanas, que cuando se derrumban, esa tecnología también colapsa. Pero la tecnología a pequeña escala, a uso de toda la población, con plena autonomía, sobrevive perfectamente. Y es la más temible. En la sociedad contemporánea, la tecnología se ha popularizado extensamente y con ello está presente en las vidas de todos. Por ello ya no retrocede ni desaparece. Al estar hoy la sociedad del mundo entero asociada a la misma tecnología, el derrumbe de esta última supondrá el colapso social en todo el mundo. Una revolución social en toda regla.

El biologicismo en Kaczynski

Se han escuchado acusaciones a Kaczynski de tener ideas supremacistas, esto es, la superioridad del hombre blanco, o en su defecto de unos más que otros por sus condiciones genéticas. Yo no entendía por qué, pues aunque de joven no había leído todos sus escritos, lo que sí vi no me pareció relacionarse con este extremo. Sí sabía que criticaba, en cierto sentido, la lucha por las minorías, que quizás explicase estas acusaciones, pero se necesitaba para ello forzar y sesgar. O que su gran admiración hacia la naturaleza lo llevase a seguir esa idea, tan propia del individualismo, de diferenciar cada individuo por su condición biológica particular, en la que unos resultan mejores que otros, en una especie de darvinismo social. ¿Unabomber llega a esto? Con la lectura del manifiesto y de algunos textos posteriores, tanto en esta edición como en otras (pero no todas), creo que puedo tener una perspectiva más general sobre el supremacismo en Kaczynski.

Es cierto que nuestro autor tiene deslices biologicistas, que en su momento no di mucha importancia porque estaba acostumbrado a leer autores, no pocos izquierdistas, que aceptaban en algún modo el darvinismo social. Me lo tomaba como meras bizarrías, porque poco afectaban al contenido de sus obras. Lo que veo ahora en Kaczynski es que hay cierta reiteración a la crítica contra las posiciones y argumentaciones que explican los problemas sociales bajo un enfoque sociológico o cultural. Más concretamente, al relativismo.

Al criticar a los movimientos de lucha a favor de las minorías, desde una trayectoria que no ha sido parte del mundo de la militancia ni del activismo, y no conocer bien los debates que se dan dentro, es fácil relacionar muchas partes del Manifiesto hacia posiciones reaccionarias o privilegiadas, ya que Kaczynski no parece consciente de las implicaciones de algunas de sus reflexiones. Ahora bien, no creo que podamos encontrar argumentos supremacistas en toda su obra, y aunque no se indica, el tono de algunas de sus frases parece indicar algunas rectificaciones que ha realizado a lo largo de su vida.

Entre sus ideas biologicistas, que suelen ser cuanto menos aventuradas, vemos por ejemplo sus lamentos sobre cómo el éxito de los cuidados de la tecnología nos llevará a cierto debilitamiento genético. Uno de los ejemplos es la diabetes: si se descubriera una cura, las personas que genéticamente la padecen se reproducirán más y empeorará al ser humano como especie. Pero en realidad, debemos objetar, la diabetes ha existido durante miles de años y ello no ha supuesto que las personas que la padecen hayan desaparecido por «selección natural». Está ahí y no parece que se vaya a erradicar por medio de la ingeniería genética. Con todo, aquí vemos más ideas eugenésicas, del estilo que la izquierda y el anarquismo defendía en el siglo XIX y bien entrado el XX, que supremacistas.

Entre las críticas a los movimientos por las minorías, vemos, por ejemplo, cómo Kaczynski se lamenta que, para conseguir la discriminación positiva, se usen términos hostiles o dogmáticos, algo que para él resulta contraproducente. En cambio, se muestra partidario que se use un enfoque diplomático y conciliador; naturalmente la razón es puramente estratégica, pero los izquierdistas no recurren a este modo, a juzgar por Kaczynski, porque no les «satisface emocionalmente» y prefieren esa agresividad y a realizar acusaciones. Le da rabia porque ve que esa necesidad está por encima de la situación general que sufren «los negros», cuya opresión e injusticia en el trato no niega. Pero la lucha, tal como existe hoy, por esta causa, es compatible con el actual Sistema hegemónico:

«La igualdad de trato de todas las razas y grupos étnico puede venir exigida por los principios de equidad, pero no por ello es en sí mismo un valor moral de nuestra sociedad. Lo es tan solo porque es bueno para el sistema tecno-industrial.«

Para él, la lucha de las minorías, aunque justificadas, son de «importancia periférica»: «Nuestro verdadero y común enemigo es el sistema tecnológico-industrial«. Acepta la lucha por la justicia social, pero no puede aceptar que use la tecnología: «son dos batallas distintas que no pueden librarse al mismo tiempo«. Aunque admite algunas excepciones, como por ejemplo el modo de difusión de la revolución antitecnológica, que requiere usar medios de comunicación.

Una de las partes más bizarras del Manifiesto es cuando anima a los revolucionarios a tener muchos hijos, porque los caracteres, pensamientos y actitudes sociales de los padres se heredan en su descendencia. Afirma que está demostrado científicamente. Sea por educación o genes, está seguro que lo cierto es que se heredan y así se ve en la realidad misma. Sin embargo, los revolucionarios tienden a tener pocos hijos, y esto es un problema para Kaczynski..

La rueda de tuerca del Sistema llamada Reformismo

La tecnología se desarrolla dentro de la lógica del Poder, y por ello va hacia el Poder. Tecnología, Sistema, Economía, Poder… todo esto forma parte de un todo, y no puede cambiarse parcialmente. Debe ser del modo más profundo, radical y corto en el tiempo. Más todavía porque no suele ser un dominio consciente, tal como dice el autor:

«en términos generales, el control tecnológico sobre el comportamiento humano no se introduzcirá con una intención abiertamente totalitaria, ni siquiera por un deseo consciente de restringir la libertad humana. (…) sino mediante un proceso global de evolución social«.

Contra esta orientación del cómo actuar, emerge el reformismo, que involuntariamente, refuerza y defiende el Sistema que acabará fagocitando la humanidad, la libertad y la autonomía. Aún triunfando con pequeños logros, al ser parcial, el Sistema se refuerza por otras partes que mantiene vivas.

O bien los protagonistas del triunfo se relajan o debilitan, y entonces el Sistema reacciona y recupera el terreno perdido, consiguiendo que la pérdida de derechos que se conquistaron en un momento dado, vuelva al cauce de los dominadores.

El espectáculo que se ha fomentado entre las masas desde hace dos siglos ha logrado distraer y relativizar los problemas y peligros que amenazan a la Humanidad, y ha permitido que el Sistema haya podido ejercer una mayor presión sobre la población.

Los cambios permanentes solo se pueden dar ante una transformación de las estructuras sociales. Y la tecnología, desde su popularización, ya no da marcha atrás. Esa aceptación social al Progreso y sus consecuencias dificulta la reacción, que se da al final por una minoría más concienciada y capacitada.

Pese a la dificultad de reacción, la tecnología produce gran cantidad de marginados:

«Debido a la presión constante que ejerce el sistema para modificar el comportamiento humano, poco a poco aumenta el número de personas que no puede o no quiere adaptarse a las exigencias de la sociedad: parados de larga duración, dependientes de la asistencia social, miembros de bandas juveniles, rebeldes antigubernamentales, ecologistas radicales y saboteadores, desertores escolares y otros resistentes de diversa índole.«

Pero están lejos de poder hacer una oposición activa: no tienen tiempo, ni voluntad, y están entretenidos con otras cuestiones. Y el ambiente de conflicto que es inevitable en el activismo social no ayuda en nada, pese a ser imprescindible, pues como dice el autor: «La mayoría de la gente odia los conflictos psicológicos.» Ello condiciona la ideología revolucionaria y la propia lucha por la liberación. Obliga a recurrir a pequeños grupos de activistas con gran fuerza teórica interiorizada, psicológica y capacidades, incluyendo la de influenciar a los demás. Ello debe acompañarse con un modo de transmitir las ideas y los problemas: con calma y razón, sin distorsionar la verdad ni manipular, aunque sin renunciar a las emociones cuando sea preciso. Se debe respetar siempre la base teórica del movimiento, y sin recurrir a lenguaje zafio que haga perder respeto al movimiento y así alejarlos.

El Manifiesto entra en su parte más constructiva y militante, definiendo las actuaciones y el perfil de su gente.

Así pues, su visión del revolucionario es la de ser impredecible y para ello debe evitar usar los mecanismos del propio sistema, obteniendo objetivos que rompa con lo hegemónico. Es así como se vuelve peligroso.

Jamás se debe dar conflictos entre los revolucionarios y la población, sin importar el tipo de conflicto social que se dé. En cambio, importa la actitud, y cómo y a quién se culpa.

Kaczynski frente a Kaczynski

Esta edición se acompaña de varios escritos de Kaczynski posteriores a su famoso Manifiesto. Escritos que reflexionan sobre las críticas recibidas y las ideas que se han aportado posteriormente. Es un poco lamentable, como anota el ya detenido Unabomber, las primeras críticas, casi infantiles, al buscar solo defectos de capacidades literarias y filosóficas del autor, enfocadas a aspectos como la originalidad, cuestión que poco importa para alguien preocupado por el silencioso pero imparable ascenso de la tecnología.

«La revolución que viene» es un texto conocido y de cierta extensión, con posturas algo similares a lo teorizado por el actual decrecimiento. Reflexiona sobre lo que va a ocurrir a corto plazo, que reconoce que no todo será previsible. Preocupa mucho la posibilidad de quedar olvidados o despreciados muchos valores: anhelo de libertad, apego a la naturaleza, el coraje, el honor, la honradez, la moralidad, el amor, la amistad… Kaczynski ya hablaba de la maternidad subrogada y los diseños de bebés, que van en contra de las creaciones libres de la Naturaleza. «Las condiciones de la vida moderna favorecen la pereza, la mansedumbre y el miedo.» Todo ello se debe a que se enseña a la gente a tener miedo ante la violencia física, y por ello hay que ser pasivos y obedientes.

El siguiente texto es «El camino hacia la revolución». La principal cuestión en este escrito es ahondar en el proceso de la destrucción de la humanidad por parte de la tecnología: el sistema de producción, que repercute en el comportamiento humano (disciplina horaria, salarios, jerarquía corporativa…), y en el tratamiento de la información, y con ello, del deseo. Esto está presente en el mundo entero, y la tecnología común está haciendo una cultura común.

La población actual se aleja de la democracia porque ven claramente que las elecciones están condicionadas por las tecnologías de propaganda y la capacidad multiplicada por el dinero. La gente se limita a aceptar el progreso tecnológico y los males que conlleva como algo inevitable en la que no pueden hacer nada. «Se disocian para no pensar en el futuro.» El revolucionario debe entender esto y saber dar respuesta, intentando ser eficaz, capaz, coherente, comprometido y determinado. Hay que estar dispuestos al sacrificio (la «revolución no será ninguna fiesta; será brutal y mortal«) y saber no dar una importancia excesiva a la opinión pública, pero sin enfrentarse a la población. Con estas cualidades, un pequeño grupo puede «arrastrar a la mayoría vacilante«. El triunfo llega con trabajo perseverante:

«La historia ofrece numerosos ejemplos de causas en apariencia perdidas que al final triunfaron gracias a la tenaz perseverancia de sus partidarios a su rechazo a aceptar la derrota.«

Sin embargo, también añade algo que sabemos: que la mayoría de las revoluciones llegan en momentos inesperados e imprevisibles, donde se dan «pantallas» de oportunidades. Por eso siempre hay que estar preparados de antemano para aprovechar la coyuntura. Para ello hay que existir como movimiento y tener una actividad constante. Con todo, recuerda lo que supone una revolución aún triunfante, y es el colapso de lo que existía, que conlleva situaciones de, en palabras textuales, desastre, sufrimiento y muerte. Pero mientras la revolución se vea como algo vago o como un juego, nunca se podrá llegar a ella.

Entra en la cuestión de la violencia, que normalmente en la historia no se ha considerado como algo negativo desde el punto de vista moral. Se rechaza más bien cuando supone una amenaza para el sistema hegemónico, y es ahí donde entra el aspecto constante de la violencia política: la revolución. Y no las guerras, cuando éstas han sido mucho más violentas.

Otro texto es «Golpear donde más duele». Señala que el Sistema hegemónico, que controla el mundo, se adapta y cambia muy bien. Lo compara con la goma, en contra del hierro: lo puedes golpear muy duro, cede, pero luego vuelve a su forma anterior.

Para Unabomber, no se puede atacar este Sistema dentro de sus propios valores. No entiende de compromisos intermedios, sino de combates a vida y muerte. Las luchas de justicia social como el trabajo, el racismo, el machismo, etc., aunque sean justas, no salen de los propios esquemas del Sistema, que los puede asimilar y adaptar. En cambio, aspectos como usar menos la tecnología, o el capital, no lo puede adaptar. Es ahí donde está la lucha.

Finalmente, leemos «El truco más astuto del sistema», sobre la misma cuestión que el anterior. Interesa porque distingue que las personas son parte del Sistema, pero no son el Sistema, algo que debe ser importante y a menudo parece que se olvida. Un ejemplo: alguien puede robar en un supermercado o estafar a Hacienda, y aún así seguir defendiendo las leyes del Sistema contra los robos o la corrupción. Y aunque el Sistema pueda defender el feminismo, el antirracismo o el movimiento LGTBI+, no quiere decir que todo esto sean mecanismos propios del Sistema: lo es la domesticación o que no se piense en el problema de la tecnología.

El objetivo del Sistema no es que se robe lo menos posible, sino «obligar a los ciudadanos a obedecer las normas con la menor cantidad posible de perturbaciones, actos violentos y mala publicidad«. Se hace que la gente no comprenda las raíces de sus frustraciones, de tal manera que su rebelión carezca de sentido. A menudo la rebelión simplemente imita a sus precedentes, sin fijarse un objetivo o reto nuevo. El Sistema recurre a «trucos» para dar salidas controladas a los impulsos, frustraciones y rebeldías de la población. Estas medidas del Sistema no están planificadas, son más bien reacciones lógicas e instintivas que se dan puntual pero repetidamente. Pero ello hace que los «trucos» del Sistema no sean perfectos.

El Sistema tiene dos vías de propaganda: una negativa, consistente en causar miedo e indignación; otra positiva, fomentando positivos, exagerando sus consecuencias beneficiosas.

Finalmente, otro texto incluido es «Moralidad y revolución. Una mirada anarquista», donde expone sus ideas sobre la moral, en la que afirma que existe una natural, común en toda la humanidad, a pesar de la diversidad cultural existente. Los puntos en común que percibe se resumen en no hacer daño a quien no te ha hecho daño; dañar a quienes dañan o te han dañado; hacer favores y devolver favores; los fuertes deben tener en consideración a los débiles (lo que parece contradecir las acusaciones de darvinismo social o supremacismo); no mentir; cumplir promesas. Como vemos, son seis principios. Parecen claros pero el problema es que están sujetos a interpretación. Con todo, tienen más aceptación y profundidad que las leyes, que tienden a cambiar.

Unabomber hoy

Independientemente de las polémicas de sus traducciones o de la fidelidad de las ediciones, vemos en este libro muchas reflexiones interesantes para la actual sociedad, pero también para los movimientos sociales. Recopilo algunos de los puntos que me han llamado la atención, dejando claro que los veo como aportaciones para la reflexión:

En primer lugar, el reto de no ver la clase obrera como el corazón de la liberación contra la opresión y las desigualdades sociales. La satisfacción social vendrá con la destrucción del control de la tecnología y el encuentro con una mayor armonía con la naturaleza salvaje, el control de nuestras vidas por medio de la sencillez y lo cercano y experimentar nuestros propios ciclos vitales. Es interesante que un crítico al relativismo cultural, que podía adoptar ciertas tendencias reaccionarias o «salvadoras» de la izquierda «de siempre», no vea el sujeto revolucionario en el trabajador clásico, sino en unas minorías bien capacitadas y convencidas en la lucha contra el control tecnológico, donde los principales enemigos no son presidentes o empresarios, sino ingenieros, científicos y mecenas de las ciencias.

La otra cuestión es su análisis psicológico, a menudo aventurado, pero ciertamente interesante. Explica las frustraciones que vive el conjunto de la población y al notable aumento de medicarse con productos que afectan a las emociones o al cerebro. La relación del desencanto con la anulación del control del cumplimiento de nuestros ciclos vitales, que se encuentran en una situación de dependencia respecto a un sistema que no podemos controlar ni influir. La necesidad de satisfacción para sustituir esa carencia vital nos empuja a no ver con objetividad los problemas sociales y a actuar en consecuencia, limitándonos a éxitos relativos que nos satisfacen personalmente pero que no serán duraderos, y a menudo pueden ser contraproducentes.

Se requiere realismo y una vida sencilla para evitar la frustración, y la razón frente a satisfacciones que nos pueden mover en favor de los dominadores. La lucha contra éstos será sangrienta, dura y muy sufrida, que encontrará más bien pocas satisfacciones y exigirá lo mejor de los activistas, su compromiso, seriedad y conocimiento de lo que está pasando, en lo cual tratará muy bien con el resto de la población, aunque no comprendan los puntos de vista de los revolucionarios. Al final, aunque no puedan impulsar la revolución, son parte de la humanidad, y en un momento dado pueden ser parte del proceso de liberación.

Por supuesto, en un individualista como Kaczynski, encontraremos todo tipo de aportaciones a los recurrentes debates sobre el individualismo, lo colectivo y el activismo.

A mi me hubiera gustado algún texto sobre Unabomber y la cultura popular, tanto en su faceta artística como callejera, pasando por lo cómico o grotesco. Material hay. Al fin y al cabo, se ha convertido en una figura emblemática, casi de leyenda, de nuestra época.

Estas son algunas de las ideas que, aunque no se compartan, ciertamente tienen actualidad en estos momentos, y por ello es loable esta edición y hacer conocer las ideas de Kaczynski.

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