Anarquismo CNT Revolución Social

Un par de aportes sobre el poder y la revolución española a raíz de una reseñade Rumbo a Zaragoza

Respuesta de Roberto Martínez Catalán a la Reseña de la revista Rebel Worker sobre su libro «Rumbo a Zaragoza: Una crónica de la Columna Durruti»

Hola Rebel Worker Paper:

He leído con interés la reseña que habéis publicado sobre mi obra: Zaragoza Bound. A Chronicle of the Durruti Column. Y me gustaría aclarar unos puntos que se han entendido mal; quizás porque no he sido suficientemente claro.

En primer lugar, lejos de rechazar el sistema de Consejos Obreros, defiendo precisamente lo contrario, que hubiera constituido la mejor salida para la situación revolucionaria creada en julio de 1936.

Como expongo, en el Pleno de la CNT catalana del 21 de julio se discutió el camino a seguir ante el escenario de guerra y revolución que se abría ante ellos, polarizándose la discusión entre dos posturas: 1) Aplazar la revolución y colaborar con las demás fuerzas antifascistas en la derrota de la sublevación militar, propuesta que salió victoriosa; 2) Disolver la Generalitat y proclamar el Comunismo Libertario; “ir a por el todo” lo llamó García Oliver, un eufemismo que utilizaba en lugar de “tomar del poder”.

En la página 38 relato como García Oliver, según sus memorias, propuso en aquel pleno que “se terminase lo empezado” y “forzando los acontecimientos (…) los sindicatos anarcosindicalistas fueran a por el todo, esto es, a organizar la vida comunista libertaria en toda España”. “Una propuesta que [continúo explicando yo], dado que la CNT no agrupaba a la mayoría de la clase trabajadora y mucho menos de la población en su conjunto, algunos de forma justificada tachaban de ‘dictadura anarquista’”. Y aquí llega el fragmento clave: “Lo más llamativo del asunto es que parece que todos los allí participantes contemplaban una hipotética proclamación del comunismo libertario y marcha hacia delante con la revolución de este o muy similar modo, en cualquier caso se entendía que la CNT como organización debía ‘prevalecer después de la revolución’. Ni entonces, ni -lo que es más importante- en debates posteriores sobre este tema, se planteó siquiera la posibilidad de convertir los múltiples comités que surgieron como setas por toda la geografía -previa democratización y coordinación hasta erigir un poder central- en los órganos de gobierno de un futuro régimen revolucionario. Una fórmula mucho más coherente que el establecimiento de alguna especie de dictadura sindical o la colaboración con las demás fuerzas antifascistas sin importar ideología y que podrá haber atraído el apoyo de otros sectores revolucionarios, así como de trabajadores sin filiación política específica. En su lugar, contemplaron a estos comités revolucionarios como meros organismos provisionales que tarde o temprano tenían que desaparecer, principalmente no cabe duda porque eran extraños a sus esquemas organizativos”. Estos comités democratizados hubieran constituido, de hecho, Consejos Obreros (o Soviets libres). Al menos así lo veo.

En segundo lugar, como apunto en el fragmento destacado, estos comités hubiera sido necesario en mi opinión coordinarlos hasta erigir un poder central; de cara fundamentalmente a coordinar la economía y lucha armada. Sin embargo, este poder central -llámesele Consejo, Comité, Junta o Gobierno (como hago al final del libro a sabiendas de que es harto polémico)-, no debería haberse guiado por la misma lógica que un gobierno tradicional, sino por una revolucionaria: control desde la base, rotación de los cargos, igual remuneración que un trabajador más….

¿Significa esto que defiendo la necesidad del Estado? Depende de lo que se entienda por Estado; pues es un concepto bastante resbaladizo, abierto a interpretaciones. Si se entiende por Estado a la existencia de algún tipo de poder central, sin importar sus características, puede en efecto afirmarse. Pero si entendemos por Estado a una estructura burocrática separada de la sociedad, que tiende a perpetuarse en el poder y cuyo principal objetivo es la defensa de los intereses de unas clases dirigentes; en tal caso no. Y quiero subrayar a este respecto que en el libro hablo de Gobierno revolucionario, en ningún caso de Estado revolucionario.

Así pues, por último, una de las cuestiones clave que pretendo plantear no es la del Estado, sino la del poder; la de la necesidad de constituir un poder obrero que ocupe el vacío dejado por el derrumbe estatal y sea capaz de hacer frente a los desafíos que abre el comienzo de la Revolución. La toma del poder que sostengo no es en el sentido de partido, sindicato, organización o grupo dirigente cuales quiera que sea; sino en el sentido de clase. La clase trabajadora en su conjunto debe tomar, ejercer el poder, a través de sus propios organismos.

La Revolución, la emancipación de los trabajadores, tal y como consagró en sus estatutos la Primera Internacional, debe ser obra de los propios trabajadores.

Un saludo.

La reseña de Rebel Worker

«Rebel Worker», Sidney, May – June 2026, p. 16-18.

Rumbo a Zaragoza: Una crónica de la Columna Durruti
Roberto Martínez Catalán
AK Press

«¡Rumbo a Zaragoza!» fue el grito de guerra de la milicia anarquista en su avance desde Barcelona hacia Aragón al comienzo de la Guerra Civil Española. «Rumbo a Zaragoza: Una crónica de la Columna Durruti» es, aparentemente, un relato de este hecho. Pero no lo es. Se centra principalmente en las lagunas clave del pensamiento anarquista, tal y como se perciben desde fuera y desde dentro de la milicia. Martínez Catalán considera que estas lagunas tuvieron consecuencias fatales para la organización y la conducción de la guerra, lo que condujo, en última instancia, al fracaso de la revolución. Sugiere que cualquier intento futuro de reorganización libertaria de la sociedad requiere un replanteamiento de la teoría anarquista.

Este libro se articula en torno a un estudio de la Columna Durruti, una formación miliciana liderada por anarquistas que se constituyó en los primeros días tras la derrota del levantamiento militar en Barcelona. La Columna Durruti partió inmediatamente hacia Zaragoza, la principal ciudad de la provincia de Aragón. Esta ciudad era un bastión de la CNT, donde el levantamiento militar había tenido éxito. A diferencia de la Cataluña rural, la influencia anarquista y de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo, el sindicato anarcosindicalista) era fuerte en la zona rural de Aragón. A medida que las milicias anarquistas avanzaban por los pueblos en su marcha hacia Zaragoza, la mayoría de ellos crearon colectivos para compartir la tierra.

Para Martínez Catalán, al menos dos elementos son esenciales para una política que aspire a una revolución exitosa. Uno es la cuestión de las formas de organización militar necesarias para ganar una guerra civil, y el otro es la cuestión del Estado. Ambas son cuestiones de poder. Para Martínez Catalán, la profunda antipatía de los anarquistas españoles hacia el militarismo y el Estado les llevó a buscar a tientas soluciones improvisadas para problemas inevitables y predecibles.

La CNT era el sindicato más grande de España y el más fuerte en el «cinturón rojo y negro», la franja de barrios obreros que rodeaba Barcelona, donde la mayoría de los trabajadores eran miembros del sindicato anarcosindicalista. Según George Orwell, allí era tan habitual ser miembro de la Federación Anarquista como lo era serlo del Partido Laborista en Gran Bretaña. La toma a gran escala de fábricas y empresas de Barcelona bajo diferentes formas de control obrero no se aborda en este libro. La atención se centra en lo que Martínez Catalán considera las cuestiones clave del ejército y el Estado, cuestiones para las que, según él, los anarquistas no estaban teóricamente preparados para afrontar. Tras la experiencia de las milicias, se analiza la colectivización rural en Aragón.

No se puede subestimar hasta qué punto caló el antimilitarismo entre las bases anarquistas y de la CNT, y esta antipatía es fundamental para las cuestiones que identifica Martínez Catalán. Durruti, el líder de la Columna, realizaba emisiones regulares dirigidas a las unidades de la milicia. Estas se centraban de forma abrumadora en la cuestión de la disciplina funcional en una milicia igualitaria y antiautoritaria. No se hacía el saludo militar ni se decía «señor», y no existían privilegios de rango. La milicia se organizaba en grupos de diez, que a su vez se agrupaban en grupos de cien. Se celebraban reuniones periódicas de delegados elegidos de ambos niveles. Esto seguía en gran medida la práctica sindical de la CNT. Estos delegados participaban en reuniones de nivel superior con Durruti y un exsargento de artillería del ejército que colaboraba con Durruti como asesor militar.

Simone Weil, que formaba parte de la unidad internacional de la Columna Durruti, resume así una transmisión de Durruti: «disciplina, disciplina y más disciplina». La idea era una regulación del comportamiento autoimpuesta (e impuesta por la presión del grupo). Esto significaba acatar las órdenes en combate y reservar los debates sobre la organización y los diferentes enfoques de la guerra para los momentos de descanso y las reuniones periódicas de delegados. Los anarquistas se oponían a la coacción y se basaban en el diálogo y en una ética igualitaria de cooperación y reparto. La cuestión era hasta qué punto una unidad militar podía organizarse según estos principios. Martínez Catalán sostiene que, aunque la Columna Durruti era considerada por sus oponentes como la más disciplinada de las milicias, existía una aceptación a regañadientes de lo que él considera un compromiso «necesario» que la teoría anarquista no podía abarcar. Señala que, si bien no existía la coacción militar tradicional, sí había coacción. Los infractores expulsados de la Columna eran enviados de vuelta, a pie, a Barcelona.

1692468 Simone Weil, in the Durruti Column, Spain, 1936 (b/w photo) by Unknown photographer, (20th century); (add.info.: Simone Weil (1909-1943) french philosopher, here in 1936 during spanish civil war when she was in the Durruti Column); PVDE.

Durruti consideraba que era esencial trabajar para lograr la victoria lo antes posible, lo que significaba la liberación de Zaragoza; si la guerra continuaba, acabaría con la posibilidad de una revolución libertaria, ya que endurecería y brutalizaría a quienes participaban en ella. Hablando de las relaciones entre las milicias y los campesinos de Aragón, Simone Weil señaló en aquel momento: «Sin ninguna insolencia ni brutalidad —o, al menos, yo no vi ninguna—… existía un abismo entre los hombres armados y la población desarmada, un abismo como el que separa a los pobres de los ricos. Siempre había algo de humildad, sumisión y temor en la actitud de unos, y de arrogancia, despreocupación y condescendencia en la de los otros».

Durruti se opuso e intentó detener los asesinatos de «fascistas» (por lo general, grandes terratenientes) que solían producirse cuando la Columna llegaba a un pueblo, el cual solía colectivizarse por aclamación tras cierto debate. Este movimiento rural, en parte anarquista consciente y en parte formado por los sectores más pobres del pueblo que veían valor en el cambio hacia la colectivización (aunque al menos algunos se sintieran coaccionados), se organizó entonces bajo el Consejo de Aragón. Este estaba formado por líderes de las milicias anarcosindicalistas de Barcelona, y su propósito era organizar y controlar la retaguardia. Aunque a menudo se cita como ejemplo de organización revolucionaria, en gran medida fue lo que habría hecho cualquier ejército regular. No parece que hubiera ningún movimiento para someter al Consejo al control de las colectividades.

Había distintos niveles de implicación en los colectivos. Martínez Catalán reproduce (en sus notas) algunas entradas del diario que Simone Weil escribió en aquella época: «Conversando con los campesinos de Pina. ¿Estáis todos de acuerdo en cultivar juntos? Primera respuesta (en varias ocasiones): Se hará lo que diga el comité. Anciano: Sí, siempre que nos den todo lo que necesitamos y yo no tenga que estar todo el rato esforzándome por pagar al carpintero, al médico, como me pasa ahora… Otro dijo: Ya veremos cómo sale todo… ¿Preferís cultivar juntos o repartiros las cosas? Sí (pero sin demasiada rotundidad)… Para los milicianos, estos campesinos aragoneses empobrecidos y magníficos, que soportaban su degradación con tanta dignidad, ni siquiera eran objeto de curiosidad».

Franz Borkenau (The Spanish Cockpit) describe su visita a un pueblo colectivista donde había dos cafés, uno para los colectivistas y otro para los individualistas (este era un término anarquista peyorativo para referirse a los pequeños propietarios, no a los anarquistas individualistas). Se trataba de una situación en curso que seguiría desarrollándose, quizá decantándose en un sentido u otro, con los colectivistas en posición dominante, pero que también podría haber mantenido un alto grado de tolerancia hacia las decisiones individuales que no implicaran el trabajo de otros.

George Orwell, que servía en la milicia del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), alineada con los anarquistas en el Frente de Aragón, relata un incidente que muestra hasta qué punto estaba arraigado el espíritu antiautoritario entre las bases de la CNT. Esto era así incluso entre aquellos que habían elegido al POUM, en lugar de a los anarquistas, como orientación política. La mayor parte de las bases de la milicia del POUM procedían de la CNT. Para Orwell, la milicia del POUM era lo más parecido a una sociedad plenamente igualitaria que se podía encontrar en tiempos de guerra. Orwell señaló que, a pesar del igualitarismo, en la milicia del POUM se suponía que había que obedecer las órdenes. Cuando intentó arrastrar hasta su puesto a un miliciano que se negaba a cumplir con su guardia, Orwell se vio rodeado por milicianos que le tildaban de fascista. Cuando Mary Lowe y Juan Brea, adscritos a la sección internacional del POUM, describieron el funeral de Durruti, señalaron que, mientras los comunistas desfilaban como autómatas y los anarquistas se dispersaban deliberadamente por todas partes, ellos consideraban que el POUM desfilaba de una manera correcta y democrática. Porque, resumieron, «todos éramos cenetistas».

Martínez Catalán extrae lecciones fundamentales de la experiencia anarquista mediante el análisis de las decisiones tomadas y de cómo se tomaron. Considera que su fracaso estaba intrínsecamente ligado a las perspectivas teóricas de los militantes anarquistas, aquellos que dedicaron sus vidas, tanto durante como después de la guerra civil, a la lucha por un socialismo igualitario y libertario. Sostiene que «…la lección de la fallida Revolución Española… podría resumirse como la obligación ineludible de tomar el poder político y establecer algún tipo de gobierno revolucionario democrático, dotado de sus correspondientes cuerpos armados especializados —ejército o policía, o como cada uno prefiera denominarlos—, a menos que se estuviera dispuesto a condenar la revolución al fracaso de antemano; al menos en las primeras etapas».

La expresión «al menos en las primeras etapas» encierra el problema. ¿Qué forma de gobierno revolucionario renunciaría a mantener el poder? Una que podría hacerlo es el sistema de consejos obreros, descartado por Martínez Catalán. Considerado como el órgano que ostenta el derecho exclusivo a determinar el uso de la fuerza —lo que, en este contexto, se ajusta a la definición fundamental del Estado de Weber—, sigue siendo la forma de organización que puede someterse al control más directo de las bases. Puede coordinar en lugar de ordenar, dependiendo del grado en que se mantenga, o avance, bajo el control de las bases.

Martínez Catalán defiende la necesidad de que los anarquistas reconozcan claramente la necesidad de alguna forma de Estado (independientemente del nombre que se le dé). El libro incluye un análisis crítico del grupo «Amigos de Durruti» (que en realidad no eran amigos de Durruti), que abogó por una junta revolucionaria y una nueva revolución durante los combates de los Días de Mayo de 1937 en Barcelona. Lamentablemente, no se menciona nada sobre la defensa de los consejos obreros por parte del voluntario italiano Camillo Berneri, que llevó a cabo en las milicias y a través de su periódico Guerra di Classe hasta su asesinato. Justo antes de los Días de Mayo fue abatido a tiros (ya fuera por agentes estalinistas o fascistas italianos) tras realizar una emisión de radio sobre la muerte de Antonio Gramsci.

Martínez Catalán se muestra desdeñoso ante la idea de una organización anarcosindicalista como alternativa al Estado. Destaca la postura de Durruti de que la CNT liberaría Zaragoza, llegando incluso a rechazar el apoyo del POUM en un asalto a la ciudad, con el argumento de que la CNT bastaba por sí sola para liberar Zaragoza y proclamar el comunismo libertario.

Tanto Durruti como García Oliver, dos de los militantes más destacados de la FAI (Federación Anarquista Ibérica), siempre hablan de la revolución como la toma del poder por parte de la CNT como forma de transición hacia el comunismo libertario. Sin embargo, para ellos esto tenía que ser una CNT que compartiera sus puntos de vista sobre cómo llevar a cabo la revolución. El periodo comprendido entre la formación de la FAI en 1929 y el levantamiento militar de 1936 fue una etapa de búsqueda y consolidación del dominio de la FAI dentro de la CNT.

Lo que aquí falta es la historia del dominio de la FAI en los congresos de la CNT, de la expulsión del BOC (que más tarde formaría el POUM) y de los trientistas de la CNT. Los trientistas, anarcosindicalistas de toda la vida, se oponían a las tácticas insurreccionales de la FAI. Abogaban por construir la CNT como una organización de masas orientada a una revolución libertaria. Expulsados de la CNT junto con las secciones sindicales locales que los apoyaban, se preguntaron cuál era el objetivo del sindicato. Declararon la revolución y, por tanto, se convirtieron en sindicalistas revolucionarios. Pero al preguntarse qué tipo de revolución, declararon una revolución libertaria. Llamaron a su organización la Federación Sindicalista Libertaria y trabajaron para reunificar la CNT y desarrollar la democracia interna. La historia del auge del sustitucionismo de la FAI es tan relevante como lo que se hizo con él.

Lenin, en una discusión con Bujarin sobre la autonomía sindical, dijo: «Todo lo que viene de abajo es el método anarquista. Pero ¿no ve el camarada Bujarin que, si los trabajadores pudieran votar sobre todo, podrían votar a favor de acabar con el socialismo?». Esta es, sin duda, la postura fundamental que distingue al anarquismo de otros enfoques. Algunos de los problemas que examina Martínez Catalán se deben a un alejamiento excesivo de esta postura, más que a uno insuficiente.

Zaragoza Bound es un libro con mucha información valiosa y argumentos estimulantes. Se trata de una obra en la que las notas son una parte esencial, ya que contienen versiones más matizadas de los argumentos principales y pasajes extensos y valiosos extraídos de numerosos relatos de primera mano.

Sin embargo, precisamente por estas razones, no es el mejor libro para iniciarse en la Revolución Española. «Homenaje a Cataluña», de George Orwell, ofrece una mejor visión de la situación en la que, según Orwell, la clase trabajadora llevaba las riendas, y de por qué eso era importante. «Revolución y contrarrevolución en España», del trotskista Felix Morrow, escrito en aquella época, ofrece un relato imparcial y crítico de lo que ocurrió. La historia oral de Ronald Fraser, «La sangre de España», y «Clase, cultura y conflicto en Barcelona 1898-1937», de Chris Ealham, aportan relatos académicos modernos que captan la experiencia vivida de la guerra y la revolución.

A pesar de estas reservas, se trata de un libro valioso, especialmente para los anarquistas. Su argumentación en contra de las visiones anarquistas (que a menudo tilda de «sueños anarquistas») sobre alternativas al Estado puede llevar a conclusiones difíciles. Sin embargo, el fallo de su argumentación radica en que hace que las diferencias entre las formas de poder social general parezcan irrelevantes ante la necesidad de un Estado. Para Martínez Catalán no hay alternativa. Sin embargo, la democracia radical del sistema de consejos obreros es precisamente esa alternativa. Una alternativa compatible con el desarrollo de objetivos libertarios y democráticos. Una que puede fracasar, pero también una que puede tener éxito.
xxxxxx

Disponible en inglés en: https://libcom.org/article/rebel-worker-book-review-saragossa-bound-chronicle-durruti-column

Respuesta de Agustín Guillamón

La historia real y los consejos imaginarios. Sobre la reseña de Zaragoza Bound

La reseña de xxxxxx sobre Zaragoza Bound resulta sorprendente por una razón elemental: pretende discutir uno de los problemas fundamentales de la Revolución española —la cuestión del poder revolucionario— ignorando precisamente los organismos mediante los cuales ese poder fue ejercido efectivamente por el proletariado catalán entre julio de 1936 y mayo de 1937.

No se trata de una omisión secundaria. Constituye una insuficiencia historiográfica que afecta al conjunto de su argumentación.

La revolución de julio de 1936 no produjo soviets semejantes a los rusos ni consejos obreros comparables a los alemanes de 1918-1919. Produjo algo distinto: una extensa red de comités revolucionarios de barrio, comités locales, comités de defensa, comités de fábrica, comités de abastos, patrullas de control y organismos de coordinación económica y militar que surgieron de la derrota de la insurrección militar y asumieron funciones que hasta entonces habían pertenecido al aparato estatal. Fueron esos organismos los que garantizaron el abastecimiento, organizaron la producción, ejercieron el orden revolucionario, coordinaron la represión de la contrarrevolución y permitieron la expropiación de fábricas, talleres y servicios públicos. Éste es el hecho histórico fundamental de la revolución catalana.

Sin embargo, el reseñador apenas les dedica atención. Prefiere desplazar el debate hacia una discusión abstracta sobre los consejos obreros, los soviets y diversas experiencias revolucionarias ajenas a la realidad española. Los consejos aparecen repetidamente como alternativa al Estado, como forma superior de democracia proletaria y como respuesta a las tesis defendidas por Roberto Martínez Catalán. Pero cuanto más insiste en esos modelos abstractos, menos habla de los organismos revolucionarios realmente existentes.

La consecuencia es clara. Allí donde el lector —o el historiador— debería partir de las formas concretas que adoptó la revolución para comprender su naturaleza y sus contradicciones, la reseña reemplaza los hechos por categorías abstractas. Allí donde sería necesario examinar el funcionamiento de los comités revolucionarios, su relación con los sindicatos, los mecanismos que articularon su coordinación y las causas de su posterior desmantelamiento, opta por refugiarse en analogías extraídas de otras experiencias históricas. De este modo, la historia concreta queda eclipsada por el peso de la especulación doctrinal.

Y sin embargo, el problema central de la Revolución española nunca fue la elección entre Estado y consejos obreros. El verdadero problema histórico fue la coexistencia conflictiva entre dos poderes antagónicos. Por una parte, los organismos revolucionarios surgidos de la insurrección proletaria de julio. Por otra, el aparato estatal republicano que la Generalidad y el Gobierno central fueron reconstruyendo progresivamente hasta recuperar el monopolio de la administración, de la coerción y de la fuerza armada.

La cuestión decisiva no era si debía existir poder. El poder revolucionario existía ya. Lo ejercían los comités de barrio, los comités de defensa, los comités locales, los sindicatos y las organizaciones obreras que habían derrotado al ejército sublevado en las calles de Barcelona. La cuestión era cómo coordinar ese poder, cómo consolidarlo y cómo impedir que fuera absorbido por unas instituciones estatales cuya reconstrucción fue facilitada por la propia política colaboracionista de los comités superiores de la CNT.

Resulta significativo que la reseña, dedicada precisamente a debatir el problema del poder revolucionario, ignore esta cuestión fundamental. Más significativo aún es su tratamiento de los Amigos de Durruti, cuya importancia histórica parece no comprender.

Los Amigos de Durruti no surgieron como resultado de una discusión académica sobre el Estado ni como una elaboración doctrinal destinada a corregir determinadas insuficiencias teóricas del anarquismo. Surgieron de una experiencia revolucionaria concreta y traumática: la militarización de las milicias confederales y la progresiva subordinación de la revolución a las necesidades del Estado republicano.

Una parte sustancial de sus militantes procedía de la Columna Durruti. Habían combatido en el frente de Aragón y habían vivido directamente el proceso de militarización impuesto a las milicias revolucionarias. Consideraban que la transformación de las columnas confederales en unidades del ejército regular significaba mucho más que una simple reforma organizativa. Significaba la liquidación de una de las conquistas esenciales de julio de 1936 y la subordinación de la revolución a los objetivos del Estado republicano.

Por ello rechazaron la militarización. Ochocientos milicianos de la Cuarta Agrupación de Gelsa de la Columna Durruti abandonaron el frente y regresaron a Barcelona con sus armas. Eran revolucionarios desertores que rompían con la política de la dirección confederal, convencidos de que la revolución estaba siendo sacrificada en aras de la guerra. En Barcelona, junto a otros anarquistas contrarios al colaboracionismo de la CNT con el gobierno de la Generalitat, fundaron una organización destinada a defender la continuidad del proceso revolucionario: Los Amigos de Durruti.

Este dato resulta decisivo para comprender el origen y la naturaleza de la Agrupación. Los Amigos de Durruti no fueron intelectuales que reflexionaban sobre el poder desde la distancia. Fueron revolucionarios que extrajeron conclusiones políticas de una experiencia de combate. Apenas dos meses después de constituirse formalmente como agrupación, esos mismos militantes se encontraban nuevamente en primera línea, levantando barricadas y combatiendo en las Jornadas de Mayo de 1937 contra la ofensiva contrarrevolucionaria dirigida por estalinistas, republicanos y fuerzas de orden público.

Su programa nació de esa experiencia.

Y precisamente por eso resulta imposible comprender su propuesta de Junta Revolucionaria si se la interpreta como una simple variante libertaria del Estado. La Junta Revolucionaria no pretendía crear una nueva estructura estatal separada del proletariado. Pretendía coordinar y centralizar el poder revolucionario ya existente en los comités revolucionarios, los comités de defensa y las organizaciones obreras surgidas de la propia revolución. Su legitimidad debía proceder de esos organismos y no de una burocracia especializada ni de un aparato separado de la clase trabajadora.

Aquí aparece otra de las debilidades fundamentales de la reseña: su constante confusión entre poder y Estado.

Todo Estado ejerce poder. Pero no toda forma de poder constituye un Estado.

Los comités revolucionarios ejercían poder. Las colectividades ejercían poder. Las patrullas de control ejercían poder. Los comités de defensa ejercían poder. La Junta Revolucionaria propuesta por los Amigos de Durruti habría ejercido poder. La cuestión histórica consiste precisamente en analizar la naturaleza de ese poder, sus formas de organización, sus mecanismos de control y su relación con la clase trabajadora.

Reducir todas esas experiencias a una forma estatal indiferenciada no resuelve ningún problema teórico. Lo elimina mediante una definición arbitraria. Es una simplificación conceptual que impide comprender tanto la revolución española como las aportaciones políticas más originales surgidas en su seno.

La misma pobreza analítica aparece en el uso reiterado de autores como George Orwell, Simone Weil o Franz Borkenau. Nadie discute el interés testimonial de sus escritos. Constituyen fuentes útiles y, en ocasiones, extraordinariamente sugestivas. Pero resulta difícil aceptar que en 2026 sigan siendo utilizados como principales autoridades interpretativas mientras se ignora una extensa historiografía producida durante las últimas décadas a partir de archivos sindicales, documentación administrativa, prensa obrera, fondos judiciales y fuentes inéditas.

Orwell observó durante unos meses una columna del POUM. Weil permaneció pocas semanas en Aragón. Borkenau fue un observador ocasional. Ninguno estudió los comités revolucionarios de Barcelona. Ninguno tuvo acceso a la documentación disponible actualmente. Ninguno pudo reconstruir la compleja dinámica de los organismos revolucionarios surgidos en julio de 1936. Su valor es testimonial y literario. Convertirlos en fundamento principal de una interpretación histórica revela una dependencia excesiva de viejos relatos anglosajones y un desconocimiento preocupante de las investigaciones posteriores.

Pero el problema de fondo no es bibliográfico. Es metodológico.

La historia no consiste en seleccionar ejemplos que confirmen una hipótesis previa ni en sustituir los hechos por modelos ideales. Tampoco consiste en proyectar sobre el pasado nuestras preferencias políticas contemporáneas. La tarea del historiador es partir de la realidad efectivamente existente, reconstruir los procesos concretos, identificar sus contradicciones y explicar sus transformaciones.

La revolución catalana existió. Los comités revolucionarios existieron. Los comités de defensa existieron. Las colectividades existieron. Los Amigos de Durruti existieron. Todos ellos constituyen realidades históricas documentadas y verificables. Son esos hechos los que deben explicar nuestras teorías y no nuestras teorías las que deben sustituir a los hechos.

Por eso la cuestión central sigue siendo la misma que planteó la propia revolución: ¿qué fueron los organismos de poder proletario surgidos en julio de 1936, cómo funcionaron y por qué fueron derrotados? Mientras esa pregunta permanezca sin respuesta, cualquier discusión sobre consejos obreros, Estado o poder revolucionario seguirá moviéndose en el terreno de la abstracción.

La historia comienza precisamente allí donde terminan las abstracciones y aparecen los hechos. Y los hechos, en este caso, son obstinados.

Conclusión: el libro de Roberto Martínez Catalán se merecía un mejor reseñador.

Agustín Guillamón

Barcelona, junio de 2026

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.