Donald Trump, un multimillonario magnate de la construcción de los Estados Unidos  conocido, desde hace décadas, por su poder de influencia y postulados reaccionarios, ha sido escogido como nuevo presidente de los Estados Unidos de América.

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En el contexto de la violación de una joven en Nueva York, en donde se acusó a varios jóvenes negros, alguno de ellos menores de edad, Trump pagó de su bolsillo este anuncio, asegurando que la pena de muerte debía de aplicarse contra los acusados. Finalmente los jóvenes “superdepredadores” (así los señalaban los media) fueron encarcelados, aunque años después se demostró su inocencia.

Tras su victoria electoral frente a Hillary Clinton, las calles de muchas ciudades americanas han reaccionado con protestas, con miles de norteamericanos indignados porque un hombre como él, capaz de afirmar que creará un muro para controlar la frontera mexicana pasándoles la minuta, que deportaría a todo migrante ilegal, con declaraciones isalmófobas o que tenga un posible pasado de excesos y acosos sexuales, entre otras graves acusaciones, es una auténtica vergüenza “nacional”, señalando que, en cierta manera, Trump no representa los ideales de la nación americana, que es una anomalía. Sin embargo, si miramos en la historia de los Estados Unidos de América, encontraremos diferentes personajes y situaciones que, más que señalar a Trump como una anomalía, lo destacarían como parte de una tradición política, cultural y social arraigada profundamente en parte de la población norteamericana.

¿Cómo es posible que Trump sea presidente?

1. Los padres fundadores y la declaración de Independencia. 

El 4 de julio de 1776, Thomas Jefferson, John Adams y Benjamin Franklin, presentaron el redactado de la declaración de Independencia Americana. Un texto solemne que afirmaba en su preámbulo que  “todos los hombres son creados iguales y dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se vuelva destructora de estos principios,el pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que base sus cimientos en dichos principios, y que organice sus poderes en forma tal que a ellos les parezca más probable que genere su seguridad y felicidad“.

En síntesis, que todas las personas bajo soberanía de los Estados Unidos son iguales y tienen los mismos derechos, que de esa soberanía nacen voluntariamente los gobiernos y que tienen la capacidad de cambiarlos o abolirlos, si no respetan los derechos y libertades. Pero el problema real de dicha declaración, muy avanzada en su tiempo, fue que se gestó en base a la más absoluta de las hipocresías.

Más allá del factor evidente que es un texto redactado por hombres y para hombres, con un evidente factor patriarcal, reside la evidencia que el preámbulo no es más que un brindis al sol. Por entonces muchas zonas de los Estados Unidos tenían economías esclavisas, siendo incluso alguno de los padres fundadores terratenientes con esclavos a sus órdenes y posibles hijos bastardos o semibastardos fruto de relaciones con esclavas.

Así pues, el sexismo y racismo de Trump es inherente a la misma declaración de independendencia del 4 de julio de 1776.

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2. Abraham Lincoln y la XIII Enmienda.

El 1 de febrero de 1865, con la Guerra de Secesión dando sus últimos coletazos, el presidente Lincoln, quien desde 1863 ya había empezado a “liberar” de la esclavitud a negros, para de esa forma motivarles para que se uniesen al bando federado, firmó la XIII Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos.

En dicho documento se abolió oficialmente la esclavitud, lo que se traducía en la inmediata libertad de los negros esclavos, quienes eran la base de la economía de los derrotados estados del sur. Pero de igual modo que la declaración de independencia era hipócrita en la aplicación de su contenido, esta enmienda dejaba abierta la puerta a la esclavitud en casos de condenas penales. Así pues, pese a que formalmente los negros eran ciudadanos libres, los cuerpos represivos locales en el sur, en consonancia con las órdenes recibidas por las élites políticas y económicas, se dedicaron a encarcelar y esclavizar a negros por cosas tan sencillas como pasear por la calle, vagancia, acusaciones de robo, acoso a mujeres, entre otras inventivas. Así pues, como se dice vulgarmente: “hecha la ley, hecha la trampa”. Sumemos posteriormente las políticas segregacionistas, para entender la hipocresía de dicha enmienda.

De hecho, la XII Enmienda recientemente ha servido para dar título a un interesantes documental que trata sobre la relación entre el racismo histórico de los Estados Unidos hacia los negros, y la actual situación de saturación de las cárceles americanas, llenas de negros y otras minorías, hasta el punto que, pese a que Estados Unidos representa un 4% de la población mundial, cobija él solo al 25% de la población reclusa del planeta. Y llega a la conclusión que el racismo institucional es parte fundamental de la Historia de los Estados Unidos.

La película de D.W. Griffith, “Birth of a Nation”, fue un acontecimiento en 1915 en Estados Unidos, siendo recomendada su visualización por el mismo presidente Woodrow Wilson. Como “spoiler” de la película, los “malos” son negros y los “buenos” los blancos anglosajones y protestantes del Ku Kux Klan. De este film dicha organización racista tomó el ritual de la cruz en llamas.

3. El discurso racista en el medio obrero. De Los Mártires de Chicago a Donald Trump.

Algunos análisis sobre la victoria de Trump inciden que ha prometido una vuelta al estado del bienestar que Reagan y otros presidentes habían liquidado. Se afirma que si Bernie Sanders el candidato presidencial “socialista” de los demócratas, perdedor ante Clinton en las primarias, hubiese sido el rival de Trump, hubiese podido quitarle votos, puesto que Trump ha prometido nuevas políticas sociales y Sanders también lo hacía, a diferencia de Hillary Clinton, más tibia en este terreno.

Es un hecho que por estas ideas en  políticas sociales se pueda comprender que parte de la clase obrera americana haya votado a Trump, pero si pensamos que afirma que también quiere deportar a obreros de otras nacionalidades, o que quiere limitar fuertemente la entrada de nuevos migrantes, cabe preguntarse realmente qué objetivo tiene Trump, si una defensa de la clase obrera, como algunos creen, o sencillamente una nueva maniobra en la construcción nacional americana, aquella que hunde sus raíces en el discurso de separar al “buen trabajador” americano, del migrante sedicioso con ideas disolventes.

Trump afirma que México importa a Estados Unidos la “basura” que no quiere: traficantes, violadores y delincuentes, lo que significa que todo trabajador moreno de piel y acento latino es sospechosos de entrada y que mejor se marche de Estados Unidos. De igual modo, el migrante musulmán, dada la islamofobia de Trump, es un mero sospechoso de introducir en suelo americano doctrinas vinculadas con el islamismo radical. Nada nuevo bajo el sol: separación de la clase obrera en base a la nacionalidad. Una vieja medida de paz y control social.

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Si miramos en la historia americana la relación entre el poder y la lucha obrera, nos encontramos que desde el conflicto de los Mártires de Chicago de 1886 y 1887, pasando por la represión contra la Industrial Workers of the World, los “pánicos rojos”, las políticas y tratados que firmó a finales del siglo XIX e incios del siglo XX, en donde no se permitía la entrada de obreros anarquistas y socialistas, así como las habituales deportaciones de los residentes en suelo americano radicalizados, las cazas de brujas anticomunistas o la guerra sucia contra los Panteras Negras, podemos entender parte de esas “políticas sociales” de Trump, las encaminadas a separar racialmente a la clase obrera blanca americana de sus hermanos y hermanas nacidas en otros estados o etnias.

En este contexto debemos de entender las políticas sociales prometidas por Trump y tampoco dejan de sorprender dado su cariz reaccionario; Hitler, Mussolini o Franco, los tres dictadores fascistas más conocidos en la Europa del siglo XX, también tuvieron sus respectivos discursos obreros, como sus diferentes políticas en el terreno social, pero eso no dejaba de ocultar que estas políticas, más allá de cierto paternalismo, se fundamentaban en el más completo autoritarismo y desprecio por el diferente.

4. Nixon, Trump y la mayoría silenciosa.

Durante toda la campaña electoral americana no ha dejarme de chocarme un hecho curioso: en mucha de la parafernalia electoral entre los partidarios de Donald Trump aparecía la frase “la mayoría silenciosa”, en referencia a esa parte de la población que no suele mostrar públicamente sus convicciones políticas.

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La primera vez que leí dicha frase no pude dejar de pensar en Rajoy, el PP y los suyos cuando, en referencia al problema independentista en Cataluña, apelaban a esa llamada “mayoría silenciosa” para defender la españolidad de la díscola región. Pero no es que Trump copie a un hombre tan gris como Mariano Rajoy, no, de hecho, más allá de otros antecedentes, Richard Nixon fue conocido por utilizar dicho concepto.

Hoy en día Nixon es recordado como un mal presidente por el conocido caso Watergate, así como otras nefastas políticas. Pero parece que el propio pueblo americano olvida en sus películas y el rol dado a Nixon en ellas, que en las elecciones de 1972, las cuales significaron su segundo mandato presidencial, éste arrasó y consiguió uno de los mejores resultados electorales en la historia americana. Nixon abrió políticas de guerra sucia contra la disidencia política, pero para estas u otras políticas discutibles, se amparaba en ese recurso discursivo de la “mayoría silenciosa”.

Ahora bien, ¿quienes son esas mayorías silenciosas? Para Nixon, al igual que Trump, cualquiera que comulgue con la estabilidad política, ideales conservadores y patriotas y, al mismo tiempo, rechace cualquier oposición en la calle a los gobiernos (conservadores, claro). Así pues, es un penoso recurso dialéctico, ya que no es más que afirmar que esos seguidores tuyos, inactivos en las calles, son verdaderamente la verdadera mayoría de la nación, frente a las minorías radicalizadas que no tendrían, según este argumento, suficiente influencia social.

Veremos si con los años Trump será considerado como Nixon, pero en su momento el denostado Richard fue muy popular, tal y como parece ser hoy en día para varios millones de norteamericanos el señor Donald Trump.

5. Trump representa una forma de sentir norteamericana

Como punto final a este artículo, pienso que Donald Trump encaja perfectamente con la historia de los Estados Unidos de América. El racismo, la exclusión del diferente, la persecución de la disidencia política, las políticas represivas contundentes, entre un largo etcétera de hechos, han formado y siguen formando parte del legado histórico de dicho país. Es un hecho, Trump sí que representa a millones de americanos, de igual modo que no es una anomalía en un país forjado en base a la hipocresía, la discriminación racial, el sexismo, el clasismo y la imposición violenta de los ideales liberales.

Pero hay siempre esperanza. Si entendemos que el conflicto es uno de los motores de la historia, y si miramos en la misma historia norteamericana, podemos entender que frente a esa América reaccionaria y autoritaria, han existido siempre en ese territorio voces que se han alzado contra las injusticias, ese “crísol” de pueblos que definió Emma Goldman, esa energía internacionalista que irradió la IWW, esos luchadores por los derechos civiles y sociales durante los ’60 y ’70, o movimientos como los Panteras Negras y otros más recientes, demuestran que en Estados Unidos de América existe vida más allá de Trump, su mitificada “mayoría silenciosa” y el legado histórico que lo ha parido.

Escrito por Fran Fernández

Francisco Fernández Gómez. Doctor en Historia, investigador y docente. Apasionado de la historia social, los estudios sobre nacionalización, las nuevas tecnologías y la confrontación de pareceres.

2 Comentarios

  1. Es una lastima como se confunde la geografía. Estados Unidos no es América, ni siquiera Norte América. ¿Por qué seguir la mala costumbre de los estadounidenses de llamarse a si mismos “América”?

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