El Internacionalismo como identidad diversa.

Cuando leemos las grandes obras del anarquismo, de pensadores como Bakunin, Reclus, Malatesta, Gori, Grave, Malato o Kropotkin, nos encontramos un discurso frente a la cuestión nacional diverso, pero con un hilo conductor común: más allá de cualquier sentimiento nacional, muy por encima de ello, existían afinidades más importantes, como sería la clase social y/o el sentimiento de pertenencia a la humanidad.

Charles Malato, fundador de la “Ligue Cosmopolite” y miembro muy activo del anarcocomunismo en la década de 1880 del siglo XIX, afirmó que “en la idea de ‘patriotismo’, el principio positivo, real e indestructible es el de solidaridad, la parte negativa es la que hace aparecer como enemigos, o al menos, como vecinos peligrosos, los que viven al otro lado de la frontera1. Una reflexión interesante y acorde con una mentalidad progresiva o materialista de la época. Anarquistas como Malato reconocían la existencia de los sentimientos nacionales, pero se mostraban contrarios a los mismos por los aspectos negativos que ofrecían. Eran considerados, en cierto sentido, como producto de una sociedad liberal agonizante.

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Para el proyecto revolucionario anarquista era necesario substituir la idea de patria por la de mancomunidad humana, ya que “hay dos modos de negar a la patria: uno estrecho, bárbaro, irrealizable además, que sería querer el despedazamiento de un país unificado por la lengua y por un conjunto de costumbres. Esto sería el regreso al provincialismo, a la Edad Media. El otro, noble, generoso, justo además (…) es preconizar la federación de los pueblos libres, constituyendo una patria única, sin rival2.

El ideal definitivo era el hermanamiento de todos los pueblos del mundo, el cual, según los planteamientos preconizados por Malato, pasaba por reconocer la existencia de naciones y razas, tal y como se debatía en círculos científicos y sociológicos por entonces. Pensaba que antes de la mancomunidad universal, existiría en primer término una solidaridad “racial”, en el sentido de la unión de los diferentes pueblos que conformaban las razas latinas, eslavas, germánicas, etc. Posteriormente a esas uniones raciales, sostenía que sería posible la fraternidad mundial.

Malato durante el contexto de la Gran Guerra, se aliará con Piotr Kropotkin y otros anarquistas que, ante el escenario bélico, se mostrarán contrarios al “militarismo germano”, lo que provocó agrios debates y polémicas internacionales con otros compañeros anarquistas como Malatesta, Berkman o residentes en países latinos y eslavos. Sin embargo, si analizamos su concepción internacionalista, formulada a partir de una teoría que defendía previo paso a la fraternidad universal, la circunscrita estrictamente a las diferentes “razas”, podemos comprender el posicionamiento, cuanto menos, de Malato sobre las consecuencias de una preponderancia germánica derivada de una victoria bélica: sería un retroceso para la humanidad, porque dentro del germanismo, según muchos anarquistas internacionales, existía un fuerte poso de militarismo y centralismo, el cual había sido asumido incluso por las ramas mayoritarias del socialismo alemán.

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Más difícil resultó entender que Jean Grave, otra destacada figura libertaria y amigo muy próximo de Kropotkin, se mostrase durante la Gran Guerra como contrario al germanismo, por idénticas posiciones mostradas por su amigo, el príncipe ruso, o Malato: la victoria del militarismo alemán supondría un freno al desarrollo positivo humano. Grave, unos años atrás, había destacado por ser una de las figuras más cosmopolitas del movimiento libertario, siendo reprimido a menudo por sus ideas y acciones antipatriotas. Él aseguró en su momento que los nacionalismos habían sido una mera invención de la burguesía, con el objetivo de controlar ésta la forma de ver el mundo de la población, también antaño se mostró contrario al militarismo y chovinismo francés, al tiempo que consideró a las naciones como un mero accidente en la Historia.

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Manuel Buenacasa Tomeo (1886-1964)

Otro personaje interesante para ver esa riqueza interpretativa del hecho nacional fue el aragonés Manuel Buenacasa, quien nos dejó escritos en “El movimiento obrero español”3 planteamientos interesantes para explicar la penetración del anarquismo en territorio ibérico y, lo que nos resulta más atrayente, algunas pinceladas de un destacado militante confederal sobre su idea de España. Él, como otros obreros, entendía que la “nación” española se componía de diferentes pueblos, cada uno de los cuales tenía características propias. En este sentido otras personalidades hispanas como Juan Montseny o incluso Anselmo Lorenzo, mantuvieron posicionamientos parecidos y que, en cierta forma, tampoco diferían demasiado del discurso nacionalista de ciertas corrientes republicanas avanzadas de entonces.

Buenacasa creía en una España formada por una diversidad de pueblos con características propias, destacando del pueblo trabajador andaluz su naturaleza rebelde y luchadora, mientras que del castellano, a excepción de Madrid, La Mancha y Valladolid, ofrecía una imagen más negativa, pues pensaba de él que “era pardo, como sus estepas, como sus yermos4, describiéndoles como trabajadores que, más allá de sufrir la explotación, se mostraban sumisos a ella.

De Cataluña y  Barcelona destacaba su rol de vanguardia irradiadora de ideales progresivos para el resto de España, mientras que del trabajador del norte destacaba la nobleza en sus luchas o, de su tierra, remarcaba que “los trabajadores aragoneses son algo más que simples idealistas émulos de Platón”, puesto que “no ha habido en España gesta alguna de importancia social no secundada inmediatamente por el pueblo aragonés”. En conclusión, la idea de Buenacasa sobre España sería en muchos sentidos plurinacional y fundamentada en tópicos esencialistas o raciales, una tradición que, desde hacía décadas, otras corrientes republicanas habían preconizado. Pero este hecho no era un obstáculo para el desarrollo del ideal internacionalista, puesto que si por una facilidad destacaron éstos, fue el de reciclar gran parte de discursos anteriores o superponerse a identidades previas, ya que al fin de cuentas, lo que les interesaba era la mancomunidad humana internacional, por lo tanto, los pueblos, en si mismos, no eran más que átomos de un cuerpo superior. Y Buenacasa, en última instancia, pensaba en la fraternidad entre pueblos.

Así pues, los posicionamientos “plurinacionales” de Buenacasa o Malato, al igual que otros abiertamente apátridas y cosmopolitas, como los de Paolo Schicchi o Jean Grave antes de la Gran Guerra, fueron compatibles con los discursos que realizaron organizaciones obreras afines al sindicalismo revolucionario y anarcosindicalismo, desde su eclosión a inicios del siglo XX y hasta la Primera Guerra Mundial, ya que todos ellos, dentro de la diversidad, eran planteamientos cuanto menos internacionalistas.

En el programa revolucionario de la CNT del 16 de julio de 1917, en pleno contexto bélico internacional y de crisis social y política en España, se afirmaba en su punto cuarto que se debía de “conceder a los extranjeros iguales derechos que los nacionales, a fin de que el hombre halle en todas partes una patria, y también para que un lógico sentimiento de fraternidad cosmopolita, reemplace poco a poco al de la nacionalidad exclusiva5. En la misma línea, tras finalizar la contienda bélica internacional, en una editorial del periódico “Solidaridad Obrera”, se afirmaba que “las cuestiones de lenguas, sentimientos maternales o de terruño, religiones o costumbres, que ocupaban el primer plano en las libertades políticas de los pueblos (…) han pasado hoy a segundo lugar, no interesando ya a nadie más que a aquellos retardatarios que se engolfan en el estudio de un punto determinado de los múltiples aspectos de la vida y que se alejan de las corrientes del progreso, sin darse cuenta que todo evoluciona, permaneciendo aferrados a ideas que van quedando relegadas a segundo o tercer lugar6.

Para el portavoz de la CNT en Cataluña, la cuestión nacional era un tema secundario, se consideraba como algo que existía, que hasta cierto punto era comprensible, pero fruto del pasado, ya que pensaban que la “autonomía, sí; independencia, también; pero la del individuo primero, que como consecuencia de ello y automáticamente se producirá todo lo demás7. Para gran parte del anarquismo la idea de patria era un anacronismo condenado a desaparecer, la podías sentir o no, incluso tener teorías como Buenacasa de proletarios sumisos por naturaleza en tierras castellanas, pero el internacionalismo que preconizaban unos y otros relegaba, siempre en última instancia, la idea de patria al baúl de los recuerdos.

En un ámbito más internacional también lucharon otras organizaciones obreras por la superación de los patriotismos, como fue el caso de la IWW en Estados Unidos y otros lugares del globo, destacando por su oposición a la guerra de 1914-1918 y por la solidaridad con los trabajadores revolucionarios de Rusia. Esta praxis, unida a otros factores de su historia, explican la aparición del primer Red Scare en Estados Unidos y las llamadas Palmer Raids, pero eso no oculta que la IWW desde su fundación en Chicago en 1905 fuese una organización abiertamente internacionalista. Y eso lo podemos comprobar si pensamos en sus mismos estatutos, en donde se aprecia un concepto de clase trabajadora diverso e inclusivo con las minorías, cuando se afirmaba que ninguna persona por su raza, género, ideas personales u origen nacional podía ser excluida de la IWW, la cual pensaba que el proletariado debía de unirse en una “One Big Union”, una organización internacionalista que fuese el embrión de la sociedad socialista futura.

De igual modo en Italia, en el congreso fundacional de la Unione Sindacale Italiana (USI), acontecido en noviembre de 1912 en Módena, se apreciaban claramente estos planteamientos internacionalistas. Esta organizació anarcosindicalista no fue la organización obrera predominante en Italia, pero superó habitualmente los 200.000 afiliados, manteniéndose antes de la contienda con cifras bastante importantes, así como activa en los movimientos revolucionarios que se desarrollaron en Italia hasta el auge del fascismo. Tampoco debemos de olvidar que dentro de la más moderada CGIL existían corrientes anarcosindicalistas o que, más allá del sindicalismo, en Italia existía aún una fuerte tradición asociativa anarquista. De hecho, aunque inferior ya en número al marxismo, aún durante la Gran Guerra el anarquismo fue un movimiento con fuerte arraigo social en el territorio.

Retornando a la USI, en su congreso fundacional y sobre el escenario de una posible guerra mundial, defendía que se Richiama il proletariato al dovere di opporsi ad ogni costo e con tutti i mezzi al fratricida macello cui lo si vorrebbe mandare in omaggio ad interessi che riguardano soltanto la classe nemica8. De hecho en Italia la oposición al belicismo ya había provocado dentro del movimiento obrero conflictos con el estado-nación italiano, como fue la huelga general contra la guerra en Libia del 27 de septiembre de 1911, u otros conflictos como la revuelta antimilitarista del junio de 1914, conocida como la Settimana rossa, la cual nos mostró el antagonismo de clase existente por entonces y, tras la barricadas en las calles, el deseo de una parte de la juventud proletaria de no morir en beneficio de una supuesta patria italiana.

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Lenin proclamando el poder de los soviets
El internacionalismo como conciencia identitaria fue divers0 y, cuanto menos, hasta la gran contienda bélica de 1914-1918, con numeroso seguimiento entre las clases populares occidentales. Sin embargo, la Gran Guerra significó también el inicio del declive de dicha conciencia: las mismas polémicas entre internacionalistas, el progresivo afianzamiento de los procesos nacionalizadores o que, tras la victoria bolchevique en Rusia, éstos hicieron, con mayor o menor entusiasmo, algo tan nacionalizador como crear y afianzar un nuevo estado-nación, en un mundo que, tras la contienda, definitivamente se establecía bajo estos parámetros, sirven para entender la hegemonía actual de los nacionalismos y la desintegración, en muchos sentidos, de aquellos viejos ideales obreros y socialistas partidarios de la hermandad universal.

Notas al pie.

1 Carlos Malato, Filosofía del Anarquismo. Madrid & Gijón, Ediciones Júcar, 1978, p.13.
2 Ibídem. p. 31.
3 Manuel Buenacasa, El movimiento obrero español. Historia y crítica, 1886-1926, París, Familia y amigos del autor, 1966.
4 Ibídem. p. 117.
5 Comité Obrero. “Programa revolucionario de la CNT, de julio de 1917”, Antonio Bar, La CNT en los años rojos. Del sindicalismo revolucionario al anarcosindicalismo (1910-1926), Madrid, Akal, 1981, pp. 794-796.
6 “Editorial”, Solidaridad Obrera, 19/11/1918, p.1.
7 Ibídem.
8 Ugo Fedelli.“Breve storia dell’Unione Sindacale Italiana. En: Volontà, núms. 9-10-11, 1957. [consultada versión web el 20/08/2015]. http://usistoriaememoria.blogspot.it/p/ugo-fedeli-breve-storia-dellunione.html?m=1

Escrito por Fran Fernández

Francisco Fernández Gómez. Doctor en Historia, investigador y docente. Apasionado de la historia social, los estudios sobre nacionalización, las nuevas tecnologías y la confrontación de pareceres.

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