En la primera parte de este artículo se analizó brevemente el primer desarrollo de la psicología y psiquiatría modernas, así como el interés de dichas disciplinas en clasificar y comprender la manifestación de la locura.

Observamos como en el siglo XIX, en un contexto de cientifismo positivista, se intentó insertar como locos a los partidarios y partidarias de ciertas ideologías como el anarquismo, el cual, tal y como observamos, criticó dichas acusaciones desde diferentes prismas, aunque el mayoritario incidía en hechos como que muchas de las nombradas enfermedades, en el fondo, no eran más que el resultado de un ambiente desgarrador de la libertad y solidaridad humana, o que el anarquismo, en cualquier caso, no dejaba de ser un reflejo del resto de la sociedad.

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Sigmund Freud

En el tránsito del siglo XIX al XX, Sigmund Freud, bajo parámetros que bebían de las enseñanzas de pensadores como Charles Darwin, Friedrich Nietzsche o Arthur Schopenhauer, estableció las bases de la psicología dominante del siglo XX y, si pensamos en gran parte de sus discípulos, hasta nuestro presente.

Freud, con investigaciones tan reconocidas como “La Interpretación de los Sueños” (1898)  o “Tótem y Tabú” (1913), abrió la puerta al psicoanálisis, al subconsciente y a la sexualidad, entendida esta última como la búsqueda innata del placer. Los planteamientos freudianos frente a la psiquiatría y psicología dominante, representaron mayor tolerancia frente a la enfermedad mental. Más que medicar, se buscaba el escuchar, puesto que uno de los planteamientos de Freud era que mediante el habla se podía curar una persona enferma o trastornada. Más que clasificar, se buscaba el comprender, más que la camisa de fuerza, se apostaba por la terapia. En este sentido Freud fue un avance para mejorar el trato que, hasta entonces, recibían muchas personas consideradas anormales.

Freud a día de hoy es un personaje denostado, puesto que gran parte de sus planteamientos se pueden etiquetar como pseudociencia, sin embargo su legado, en gran medida, sigue vigente. Sus planteamientos son profundamente esencialistas, resumiendo gran parte de las enfermedades y trastornos mentales como producto de una sexualidad (en un sentido amplio) mal resuelta, también consideraba a la mujer como un ser inferior al hombre y, en gran medida, trastornado. Sobre la homosexualidad la asociará a la idea de “perversión”, puesto que no se regía bajo la lógica reproductiva de la especie. Y así continuaría un largo etcétera de hipótesis freudianas a día de hoy poco sostenibles.

En síntesis, tanto Freud como discípulos posteriores suyos, como Jacques Lacan o Willem Reich y su teoría orgónica, apuntaban que la causa de los trastornos y enfermedades mentales eran comúnmente una manifestación de una sexualidad / energía orgónica reprimida o defectuosa, lo que en la práctica se traduce en la separación, como se hacía en el siglo XIX, de la población mentalmente sana y enferma.

Sin embargo, durante el siglo XX empiezan a surgir críticas a todo ello en el seno de la psiquiatría y psicología. En el año 1960 Thomas S. Szasz, en “El Mito de la Enfermedad Mental“, planteó varias cuestiones interesantes, entre ellas una clave: lo que definía el ser un enfermo mental o una persona sana no recaía en un factor objetivo y demostrable, más bien en otros de carácter subjetivo, cultural o legal. En este sentido, afirmó que:

The concept of illness, whether bodily or mental, implies deviation from some clearly defined norm. In the case of physical illness, the norm is the structural and functional integrity of the human body. Thus, although the desirability of physical health, as such, is an ethical value, what health is can be stated in anatomical and physiological terms. What is the norm deviation from which is regarded as mental illness? This question cannot be easily answered. But whatever this norm might be, we can be certain of only one thing: namely, that it is a norm that must be stated in terms of psycho-social, ethical, and legal concepts. For example, notions such as “excessive repression” or “acting out an unconscious impulse” illustrate the use of psychological concepts for judging (so-called) mental health and illness. The idea that chronic hostility, vengefulness, or divorce are indicative of mental illness would be illustrations of the use of ethical norms (that is, the desirability of love, kindness, and a stable marriage relationship). Finally, the widespread psychiatric opinion that only a mentally ill person would commit homicide illustrates the use of a legal concept as a norm of mental health. The norm from which deviation is measured whenever one speaks of a mental illness is a psycho-social and ethical one. Yet, the remedy is sought in terms of medical measures which — it is hoped and assumed — are free from wide differences of ethical value. The definition of the disorder and the terms in which its remedy are sought are therefore at serious odds with one another. The practical significance of this covert conflict between the alleged nature of the defect and the remedy can hardly be exagerated.

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Ya en 1961, uno de los pensadores más reconocidos del siglo XX, Michel Foucault, en su primer tomo de “Historia de la Locura”, así como a lo largo de su trayectoria, plantearía una idea similar a la de Szasz, como sería la de que quienes ostentan posiciones de poder son quienes rigen lo que es normal y lo que no, en definitiva, la enfermedad mental es un término fundamentado en un componente estrictamente cultural. El ser humano salvaje no padece de locura según Foucault, puesto que ésta aparece en sociedades fundamentadas en el dominio y el control.

En dicho contexto crítico de la década de los ’60, el doctor David Cooper popularizó el término “antipsiquiatría”, cuando  publicó “Psiquiatría y Antipsiquiatría” en 1967. Habituado a trabajar con toda clase de pacientes diagnosticados como enfermos mentales, afirmará cosas como que en las sociedades existen “técnicas que permiten primero señalar a ciertas minorías y luego tratarlas mediante un conjunto de operaciones de gravedad creciente, que van desde el menosprecio, la exclusión de clubes, escuelas o tareas, y otras medidas similares, hasta la invalidación total como personas, el asesinato y el exterminio en masa” (p.9).

Sobre enfermedades como la esquizofrenia, afirmará que más que una enfermedad era una situación en que:

“los actos y la experiencia de cierta persona son invalidados por otros, en virtud de razones culturales y microculturales (por lo general familiares) inteligibles, hasta el punto de que aquélla es elegida e identificada como ‘enfermo mental’ y su identidad de ‘paciente esquizofrénico’ es luego confirmada (por un proceso de rotulación estipulado pero altamente arbitrario) por agentes médicos o cuasimédicos” (p.14).

En dicho contexto de surgimiento de la antipsiquiatría, David L. Rosenhan, e inspirado por los trabajos de la antropóloga Ruth Benedict de los años ’30 -destacó que los conceptos de normalidad o anormalidad eran diferentes según el contexto cultural-, decidió experimentar con un grupo de voluntarios, completamente sanos, quienes lograron infiltrarse en hospitales mentales afirmando tener alucinaciones sonoras. Tras ser ingresados afirmaban que habían desaparecido los síntomas, pero lo común ante esta aparente cura fue seguir considerándolos enfermos, siendo sometidos a medicalización, en algunos casos padeciendo abusos de diferente índole y a un trato generalmente deshumanizado.

A partir de entonces diferentes voces han ido cuestionando la diagnosis de enfermedades mentales en los ámbitos de la psiquiatría y psicología, mientras que entre una parte considerable de especialistas, favorables al concepto de enfermedad mental, han penetrado también este tipo de planteamientos.

En este sentido, en investigadores como John Read encontraríamos un ejemplo de ello, cuando se muestra claramente crítico en considerar a la esquizofrenia como enfermedad, ya que sostiene que se etiqueta como tal en base a factores culturales. En una entrevista que se le realizó el pasado 2012, ofreció datos interesantes, como que un 15% de la población escuchaba voces, o que un 80% de la gente mayor de 60 años, cuando pierden a su pareja o un ser querido, han vivido alguna vez situaciones en que los ven o los escuchan después de la muerte. Para Read la consideración de la esquizofrenia es un hecho cultural, puesto que, como menciona, en los maoríes el escuchar voces no representa ningún síntoma de enfermedad. Pese a ello, también sostiene que la manifestación de la esquizofrenia y otras enfermedades tienen su origen en un hecho traumático, por ejemplo cuando se padecen abusos sexuales en la infancia, que cifra en un 20% en niñas y en un 15% en niños.

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Otro ejemplo de ello sería el caso de Andoni Anseán, psicólogo y presidente de la Sociedad Española de Suicidología, quien en una reciente entrevista, afirmó que actualmente en España se producen casi 4000 suicidios al año, normalmente con el perfil de “un varón de edad adulta con algún trastorno mental, probablemente depresión y con presencia de algún factor precipitante como crisis conyugales, económicas o laborales”, sin embargo denuncia que existe un exceso de medicalización ante problemas que se pueden resolver de otras formas, afirmando que:

“La psiquiatrización de la vida cotidiana significa que se patologizan procesos normales, como el duelo, las separaciones afectivas, las pérdidas de trabajo o las crisis económicas y, por tanto, puede medicalizarse a personas sanas, que están respondiendo de una manera natural a situaciones conflictivas propias del devenir de la vida. En otras palabras, es un proceso de medicalización de la vida en el que se corre el riesgo de psiquiatrizar la infelicidad”.

La huella dejada por la antipsiquiatría en nuestro presente sigue estando viva, y en este sentido, resultan interesantes ciertas apreciaciones relativas a lo que se conoce como Neurodiversidad, un termino relativamente reciente, originado dentro de la comunidad autista, pero que actualmente se extiende a un amplio grado de situaciones consideradas como enfermedades y trastornos como la dislexia, la hiperactividad, el trastorno obsesivo compulsivo, la bipolaridad, esquizofrenia, etc.

La Neurodiversidad plantea que, frente a las concepciones clásicas de clasificar a la población entre sana y enferma mentalmente, lo deseable es cambiar el paradigma. La neurodiversidad plantea que el ser humano, como especie, de manera natural manifiesta una diversidad en cuanto a características mentales, y que dicho hecho no ha de plantear necesariamente una separación entre personas enfermas y sanas. Para la neurodiversidad lo normal es que existan individuos que sean divergentes mentalmente frente a la mayoría de la población, y que este hecho más que perjudicar, beneficia al conjunto de la humanidad. En este sentido, el profesor británico Fergus Murray (alias Oolong), afirma en “Neurdiversity and Mental Health” que:

The neurodiversity paradigm suggests that it’s not altogether a bad thing that human brains vary quite a lot. Perhaps this diversity can make us stronger as a species, as communities, as individuals. This perspective is in opposition to the medical model of brain variations and disability, which takes for granted that ‘normal’ brains are both real and desirable, so that any deviations from that norm represent disorders, mistakes or diseases.

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El paradigma de la neurodiversidad es interesante puesto que es inclusivo. Nacido en el seno de la comunidad autista, destaca por reivindicar como sujeto con derechos y consideración social a quienes son señalados como divergentes. Si pensamos en las personas autistas, suelen destacar por tener evidentes problemas para relacionarse con el resto de la población, puesto que los “inputs” que reciben de su entorno difieren de la manida normalidad. Presentan dificultades para comprender ciertas manifestaciones comunicativas humanas, por ejemplo manifestando dificultades para comprender el sarcasmo, la ironía o muestran una fuerte tendencia para entender la comunicación de forma literal. Evidentemente, un autista de baja funcionalidad y con retraso mental, diferirá mucho de uno de alta funcionalidad con superdotación intelectual, pero las características anteriormente mencionadas, como otras, son comunes a todas las personas autistas.

Otra característica común reside en la forma que tienen de manifestar sus pensamientos, los cuales los suelen hacer sin demasiados filtros y de manera directa. Esto provoca normalmente que sean considerados excéntricos, insensibles, prepotentes o descarados. También manifiestan obsesiones con diferentes temas, aunque de manera diversa. Dentro del espectro encontraremos personas autistas que desarrollan una obsesión fija y permanente en el tiempo, por ejemplo, mientras que otros tendrán varias a la vez, mientras que otras, destacarán por emprender una obsesión pero de manera breve y substituirla por otra cada poco tiempo.

La comunidad autista, en este sentido, representaría uno de los mayores quebraderos de cabeza para mantener el viejo paradigma médico de la enfermedad mental. Sí, son personas neurodivergentes, y su expresividad corporal y verbal, muy a menudo, resulta extravagante o extraña (suelen tener tics, practicar poses poco comunes, dificultad para establecer contacto visual, etc), sin embargo, son personas que pese a su supuesto aislamiento y necesidad de tener ciertas rutinas, o mostrarse a menudo poco tolerantes a la contención de la rabia, son normalmente honestas, fuertemente empáticas ante injusticias existentes y, en bastantes casos, se muestran proclives en participar activamente en organizaciones reivindicativas. De igual modo, entre quienes suelen ofrecer niveles de alta funcionalidad, como los Asperger, existe cierta tendencia a mostrar fuertes capacidades y habilidades en uno o varios campos del conocimiento. En este sentido, personalidades como Newton, Einstein, Turing o Tesla, por citar unos pocos científicos de renombre en la historia, encajarían dentro del espectro autista, y considerarlos como locos, enfermos o padecientes de un trastorno, me parece cuanto menos obtuso. Bajo el paradigma de la nerodiversidad, se les puede considerar neurodivergentes, pero en lugar de mostrar una connotación negativa en ello, se buscaría el reconocimiento positivo.

En el campo que nos ocupa, la historia social, aceptar y aplicar el paradigma de la neurodiversidad puede ser útil, puesto que nos abre una nueva oportunidad de integrar un sujeto en la historia, como es el representado por el amplio elenco de neurodivergentes, como un elemento más a analizar, como suele ser común el hacerlo cuando nos referimos a la clase social, el género/sexo, etnia o nación.

En la próxima entrega de este artículo aplicaremos brevemente este paradigma sobre la neurodiversidad, encontrando hipotéticos casos de diferentes neurodivergentes en la historia social, pero no con el ánimo de clasificar o señalar a un movimiento como enfermizo, más bien para reivindicar el papel histórico de dichas individualidades y como, precisamente por su divergencia de la norma, lograron muchos de sus hitos en la vida, comúnmente logrados en favor de un beneficio colectivo.

 

Escrito por Fran Fernández

Francisco Fernández Gómez. Doctor en Historia, investigador y docente. Apasionado de la historia social, los estudios sobre nacionalización, las nuevas tecnologías y la confrontación de pareceres.

2 comentarios

  1. Interesante tema y bastante tabú. Sobre la antipsiquiatria recomiendo la película “Si puó fare” https://www.youtube.com/watch?v=5ZEAc9KD12I. Como crítica a algunos que defienden a capa y espada la antipsquiatria diré que en según que casos y no son pocos, no basta la terapia psicológica y es necesario la medicación. Otra cosa es que está claro que hay una sobremedicación, por ejemplo se están recetando benzodiazepainas para dormir como churros, creando gente adicta, zombies. Estás pastillas son útiles para frenar un ataque de ansiedad por ejemplo pero para trastornos del sueños no creo que sea la mejor idea recetarlas tan fácilmente. El problema no es pastillita si pastillita no, sino el negocio de las farmaceuticas a través de la medicación de “nuevos trastornos” o como única solución a los “trastornos psiquicos”. Pero claro, es mucho más caro para el estado por ejemplo que en la Seguridad Social hubieran muchos más psicológos y terapias psicológicas.

    Yo creo que si existen trastornos mentales, que de la misma forma que cualquier orgáno del cuerpo puede enfermar, la mente también. Y sin denostar la llamada “herencia biológica”, pienso que tiene mucho más fuerza en la mayoría de casos las experiencias vitales de la persona. Si vivieramos en una sociedad más justa, no creo que hubieran tantos “trastornos mentales” aunque en mi opinión contiunarían existiendo. Se ha avanzado mucho, pero la mente contínua siendo una gran desconocida.

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    1. Concuerdo contigo en lo que planteas. La idea que planteo es ampliar un poco el horizonte de este tema… De hecho yo también creo que existen enfermedades o trastornos mentales, xo creo que existe un sobrediagnóstico (véase los relacionados con la hiperactividad), que bajo la normalidad se está constriñendo la diversidad humana y, también, creo que es necesario eliminar tantos prejuicios ante la existencia de neurodivergencias y considerar este hecho, de manera seria y honesta en nuestras investigaciones. Gracias por la lectura Arnau. Un abrazo. 😉

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