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El primer genocidio del siglo XX: el exterminio de los Herero

La palabra “genocidio” evoca en nosotros, casi inevitablemente, las imágenes de los campos de concentración nazis o, mucho más cerca en el tiempo, la masacre de tutsis en Ruanda en 1988. Si lo circunscribimos cronológicamente solo al siglo XX, cuando se habla del primer genocidio, es bastante frecuente hacer referencia al perpetrado primero por el Imperio Otomano y luego por la República de Turquía en contra del pueblo armenio. Se intentó establecer un Estado Nacional Turco étnicamente puro, eliminando los dos millones de armenios, cuyos hogares ancestrales se extendían desde Van y Bitlis, Mush y Erzurum en el Este, hasta Trabzon, Samsun y Sivas en el Norte; hasta Ankara, Kütahya e Izmir en el Oeste, y  Adana, Marras, Antep y Urfa en el Sur.

Los estudios históricos difieren en el número de víctimas mortales. Las estimaciones más bajas las cifran en 600.000 y las más elevadas en 1.800.000.

Este no fue, sin embargo, el primer genocidio del siglo XX. Hay que retroceder una década, hasta el año 1904 y trasladarnos  a África para localizarlo y fue llevado a cabo por un estado europeo, Alemania. El canciller Otto von Bismarck se decide en abril de 1884 a informar a Londres de la protección que ha acordado a los colonos germanos del suroeste africano. El territorio es oficialmente puesto bajo protectorado alemán como consecuencia del reparto de África por las potencias occidentales  en la Conferencia de Berlín de ese año. Además del África suroccidental, a Alemania le fueron adjudicados los actuales Togo, Camerún y una  área en la zona del Tanganica. La proclamación es hecha sobre el terreno por el explorador Gustav Nachtigal, investido de la función de comisario del Reich. La colonia tomó el nombre de Sudwest-Afrika. Heinrich Göring, el padre del futuro dignatario nazi le sucedió en 1885 por un periodo de cinco años.

Berlín vio en esta zona un Eldorado para su expansión colonial y, sobre todo una oportunidad para buscar ese “espacio vital” del que ya venía hablando el geógrafo Friedrich Ratzel, preocupado porque miles de sus compatriotas tenían que emigrar del país. Parecía una excelente solución  hacerlo a una “segunda Alemania” convirtiendo el Segundo Reich (1871-1919) en ese gran imperio con el que fantaseaba el Káiser Guillermo II. Ese idílico planteamiento, sin embargo, se encontró con un problema no menor, precisamente: las mejores tierras ya estaban ocupadas por tribus locales lo que dificultaba que los colonos se establecieran allí.

Con dos asistentes y sin ejército, Göring representa el orden alemán en un embrión de colonia cuya capital es fijada en Otjimbingwe. A pesar de ello consigue formar un tratado con el jefe herero, Samuel Maharero y, de esta manera, logra impedir cualquier alianza entre las tribus autóctonas. En 1893, el líder de los Nama, Henrik Witbooi intenta infructuosamente una alianza entre su tribu y la de los Hereros en contra de los alemanes, cada vez más voraces de tierra. Paradójicamente  cuando Wittboi acepta finalmente someter a los Nama bajo la soberanía germana para convertirse en eficaces auxiliares del ejército colonial, los Herero     que habían hasta aquel momento participado  en la represión de cualquier rebelión, comenzaron a oponerse a la potencia colonial exasperados por la peste bovina y las exacciones de los colonos. En el año 1902, el territorio estaba poblado por 4.500 blancos (2.600 alemanes , 1.400 afrikaners y 460 británicos) contra 200.000 africanos, entre los cuales 80.000 Herero, 60.000 Ovambo y 20.000 Nama).

Lo que aconteció no fue una excepción a la regla. Si en 1879, el 90% del continente negro estaba gobernado por africanos, en 1900, salvo una diminuta fracción, todo su territorio se encontraba bajo la órbita de unas pocas metrópolis europeas.

La consigna en la Conferencia de Berlín fue que los reclamos debían ser notificados a los demás  y que las zonas ocupadas tenían que tener algún grado de injerencia y de autoridad previa por parte del ocupante. No obstante, Alemania junto a Italia rompió esta norma. Bismarck, anfitrión del encuentro en la capital alemana, quería demostrar que pisaba fuerte en el escenario internacional.

La etnia herero pertenece al grupo bantú del sur de África y comprende varias subdivisiones con diferencias lingüísticas. En Namibia las principales son  las Tjimba y Ndamurando en Kunene,los Mahareo en los alrededores de Okahandja y los Zeraua en Omaruru. El territorio que habitaban era conocido como Hereloland. Los Nama- de donde proviene el nombre de Namibia- son el grupo más numeroso entre las familias lingüísticas kxoe y koikhoi del sur del continente, y se caracterizan por su corpulencia pequeña y la piel clara respecto a otras etnias africanas. Un tercer grupo es  el khoisan o Joisan , subdividido entre los San (llamados bosquimanos) dedicados a la caza y la recolección, y los Khoi (llamados hotentones) dedicados al pastoreo.

Gran parte de la región protegida estuvo en manos de una compañía: la Deutsche Kolonial Gesellschaft für Sudwest Afrika. El desenvolvimiento del país corría a cargo de esta organización, bajo la supervisión del gobierno imperial alemán. Sin embargo, la compañía sobrepasó sus fondos y en 1892 el ejecutivo de Berlín acometió el cometido directo de desarrollar el África del Sudoeste. Para ello, como se verá más adelante, las autoridades germanas recurrieron a una cosntante actividad bélica en contra de las tribus nativas entre 1895 y 1904.

La colonización germana, no obstante, había comenzado con misiones evangelizadoras que eran dirigidas por monjes y predicadores los cuales en muchas ocasiones no eran alemanes sino holandeses, daneses e incluso ingleses. En la zona limítrofe entre Namibia, Bostwana y Sudáfrica, varios pueblos africanos de ganaderos y pastores itinerantes optaron por convertirse- al menos aparentemente- al cristianismo. La cruz les prometía protección y prosperidad. Sin embargo algunos de ellos -y particularmente los Herero y los Nama- fueron un paso más allá. Empezaron a participar en alianzas locales con los colonos armados, primero  y con el Protectorado proclamado por el Alto Comisario del Reich, Heinrich Ernst Göring, después, para guerrear contra otras tribus.

Sus hijos fueron a la escuela con niños blancos, hijos de predicadores. Sus jefes tradicionales aceptaron vestirse  a la occidental y firmaron para ser auxiliares del colonizador. Incluso algunos de los primeros colonos alemanes habían tomado esposas africanas. Además, muchos de ellos adoptaron nombres europeos.

¿Significaba aquello que, a partir de entonces,  se aceptaría la igualdad de trato entre africanos y europeos? Nada más lejos de la realidad. Göring no estaba interesado en ello y lo que pretendía, en realidad, era enfrentar a los diferentes pueblos entre sí para facilitar a Berlín el control del territorio. Así, ofreció protección a los Herero, siempre y cuando estos ayudasen a aplastar a los Oorlam o a los Nama que se mostraban rebeldes.

Andrés Pérez  afirma que las investigaciones historiográficas sobre el episodio todavía no son concluyentes, pero que “varios indicios señalan que, en el fragor de los combates, poco a poco fue quedando claro para los jefes Herero y sus combatientes que había doble rasero y que no  eran tratados en igualdad con los alemanes”. La gota que hizo colmar el vaso fue la profanación por Göring de una sepultura ancestral Herero.

Este fue el detonante, pero desde hacía años los colonos que se iban asentando en el territorio se iban quedando con la tierra y con el ganado, esenciales para la subsistencias de Hereros y Namas. Los europeos y las compañías coloniales acapararon los mejores pastos. El objetivo a alcanzar desde el punto de vista de Berlín era el de transformar el sudoeste africano  en una colonia de poblamiento blanca, confinar los indígenas en reservas y, en caso de que estos se mostrasen recalcitrantes o rebeldes, desembarazarse de ellos, ni más ni menos. La aspiración del II Reich era una África blanca atravesando el continente de este a oeste.

Las primeras reservas indígenas se establecen en 1897 para los Namas y, siete años más tarde, en 1903, los Herero son, a su vez, deportados a zonas tribales.

En 1893 se produce el primer levantamiento  en armas de los Nama y durante cuatro llevan a cabo una guerra de guerrillas contras las tropas coloniales alemanas  antes de aceptar su dominio en 1896. Los colonos, sin embargo, continúan apropiándose de los bienes de las tribus locales

Ello provoca que en 1903 algunas de las tribus namas se rebelen de nuevo bajo el liderazgo de Hendrik Witbooi (Pellay, Colonia del Cabo, 1830- Vaalgras, Namibia, 1905) 60 colonos alemanes fueron asesinados en un primer ataque. Ese año, los Herero ya habían cedido una cuarta parte de sus trece millones de hectáreas a los germanos, factor que se agravó con la construcción de la línea de ferrocarril de Otavi que iba desde la costa africana hasta los asentamientos alemanes tierra adentro.

 

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Hendrik Wittboi (tercero a caballo por la izquierda) y varios compañeros suyos. Fuente: Wikimedia

Al darse por terminado el enfrentamiento con los Nama  y otros menores la práctica habitual del gobernador Leutwein era obligar a las poblaciones autóctonas a aceptar diferentes formas de paz negociada. La resolución de esos pequeños conflictos solía implicar la pena de muerte para los líderes rebeldes además de castigos para el resto de la población. Esta tenía que pagar con “prisión, pérdida de territorio o multas”, según afirma la historiadora Isabel V. de la universidad de Cornell (Estados Unidos)

Hasta ese momento solo los Nama se habían levantado en armas, pero una nueva política de cobro de impuestos y deudas aprobada en noviembre de ese año provocaría que los Hereros se sumasen, meses después a la rebelión.

Durante bastantes años la población herero había tenido la costumbre de pedir prestado dinero de los comerciantes blancos, con enormes tasas de interés. Durante mucho tiempo, igualmente, dicha deuda quedó sin cobrar, ya que la mayoría de los hereros vivía modestamente y no tenía bienes para pagar. Con el objetivo de corregir este problema, cada vez mayor, el gobernador Theodor Leutwein decretó con buenas intenciones que todas las deudas no satisfechas en el año en curso serían anuladas. A falto de pago monetario, los colonos alemanes empezaron a llevarse el ganado y los pocos objetos de valor de los hereros, con el fin de recuperar sus préstamos. Este promovió el surgimiento de un enorme resentimiento hacia los germanos por parte del pueblo herero, sentimiento que se tornó en desesperación cuando vieron que los funcionarios del Reich  eran cómplices de esta práctica.

Y no solamente se trataba de una explotación económica. La tensión racial entre europeos y africanos era muy alta por el supremacismo de los primeros entre los cuales los había que veían a los Herero y Nama como una simple fuente de mano de obra barata, mientras que otros deseaban simple y llanamente su exterminio. Una prueba  de este supremacismo es que la Liga Colonial Alemana declaró que, en lo que se refería a cuestiones jurídicas, el testimonio de siete africanos era equivalente al de un hombre blanco.

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Samuel Maharero. Fuente: Wikimedia

Si el ataque nama había causado 60 muertes entre los europeos, cuando se sumaron a la revuelta los Herero en 1904 bajo el liderazgo de Samuel Maharero  (1856- Protectorado británico de Bechouanaland, en la actual Bostwana), la revuelta alcanzó su punto álgido. Entre 120 y 123  colonos germanos fueron asesinados en enero de 1904, el 97% , hombres (Maharero había dado órdenes de respetar la vida de mujeres, niños, británicos  y sacerdotes) siendo, asimismo, destruidas sus granjas. El detonante fue que el día 12 de enero en la ciudad de Okandja, centro administrativo fundado por Herero y Nama y, de hecho, donde residía el líder local Samuel  Maharero, colonos alemanes abrieron fuego sobre la población autóctona. Después de negociar, un muy numeroso grupo de hereros accedió a entregar sus armas al gobernador Leutwein el cual se convenció de que aquellos y el resto de la población nativa habían abandonado la lucha y retiró la mitad de las tropas alemanas estacionadas en la colonia. No obstante, después de ello, los rebeldes Herero, armados con 6000 fusiles sitiaron Okahandja, sabotearon las vías ferroviarias y las líneas telegráficas y rompieron relaciones con Windhoek, la capital.

Una semana más tarde en su “última hora” y en la sección “Alemania”, el diario conservador  francés L’Echo de Paris anuncia la revuelta a sus lectores en algunas líneas bajo del título “Grave insurrección”

Es una grave insurrección la que acaba de estallar en el Damaraland, en el norte del suroeste africano alemán. Las tribus de los Hereros formada por alrededor de 65.000 individuos se han sublevado y amenazan las vías férreas, las granjas, las propiedades y la persona de los colonos.

Leutwein lidió con el conflicto cuatro meses, pero acabó siendo destituido después de que sus tropas tuvieran que retroceder ante los rebeldes Herero en la batalla de Oviumbo. El Káiser Guillermo II se sintió, con toda seguridad, humillado al enterarse que las tropas del Reich habían sido derrotadas por unos “africanos primitivos” y decidió enviar allí a Lothar von Trotha.

Adrian Dietrich Lothar von Trotha (Magdeburgo, 1848- Bonn, 1920) ya había brillado en una misión similar en el África Oriental Alemana sometiendo a la resistencia del pueblo Hehe de la actual Tanzania. También lo hizo en China donde participó en el Levantamiento de los Bóxers, un movimiento nacionalista ocurrido a finales del siglo XIX como consecuencia de la creciente influencia extranjera sobre el gigante asiático.

Para su misión en la África del SO alemana, a Von Trotha se le dio la comandancia suprema convirtiéndose así en la máxima autoridad civil y militar de aquel territorio. Los refuerzos que llegaron a la colonia desde la metrópoli  sumaron cerca de 20.000 soldados. Von Trotha se refirió al conflicto con los Herero como una “guerra racial”. En ella, por cierto, participó Franz Xaver Ritter von Epp, que llegaría ser unos de los primeros miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP).

El 11 de agosto de 1904, en ocasión de la batalla de Waterberg, el cuerpo expedicionario alemán mató de 5.000 a 6.000 combatientes hereros, pero también masacró a los 20.000 a 30.000 mujeres, niños y ancianos que los acompañaban. Los supervivientes huyeron hacia el desierto de Omaeke (Kalahari) perseguidos por las tropas germanas que habían envenenado los pozos de agua. Los militares instalaron puestos de guardia a lo largo del desierto. Los soldados tenían orden de disparar a  matar a cualquier hombre, mujer o niño herero. El desierto será una trampa mortal para entre 24.000 y 30.000 de ellos, según las fuentes, que murieron de sed o inanición. Las patrullas germanas encontraron más tarde esqueletos alrededor de unos agujeros de unos 25- 50 pies de profundidad que los fugitivos habían excavado en un vano intento de encontrar agua.

A pesar de la matanza, no se pudo eliminar totalmente la amenaza militar, como se pretendía, ya que los hereros supervivientes se retiraron con sus familias hacia Bechuanalandia, protectorado establecido por el Reino Unido en 1885 en el área de lo que es hoy en día Botsuana.

El 2 de octubre Lothar von Trotha promulga una orden de exterminación (Vernichtungsbrfelh) de los hereros:

“Yo, el general de las tropas alemanas, dirige esta carta al pueblo herero. Los Herero ya no son de ahora en adelante sujetos alemanes. Han matado, robado, cortado narices, orejas y otras partes de los soldados heridos y ahora, debido a su cobardía ya no pelean. Digo al pueblo: Cualquier persona que nos entregue a un Herero  recibirá 1000 marcos. El que nos entregue a Samuel Maharero [el líder de la revuelta] recibirá 5000 marcos. Todos los Herero deben abandonar el país. Si no lo hacen, les forzaré con mis grandes cañones. Cualquier Herero descubierto en los límites del territorio alemán, armado o desarmado, con o sin ganado, será abatido. No acepto a ninguna mujer o niño. Deben partir o morir. Tal es mi decisión para el pueblo Herero”.

En su diario de campaña el militar precisa: “Considero que la nación herero como tal debe ser aniquilada y, si no es tácticamente posible, expulsada fuera del territorio por todos los medios (…) Estimo más apropiado que la nación perezca”. La administración civil de la colonia  contesta la orden de exterminio, pero el emperador Guillermo II se desentiende. No será hasta que la opinión pública en Alemania reaccione, que la oposición liberal y socialdemócrata en el Reichstag se implique y que la prensa internacional denuncie las masacres que Guillermo II acepta levantar la orden de exterminio en 1905.

El bando de la política de exterminio se explica también por factores económicos. Los colonos tienen necesidad de mano de obra para hacer funcionar el territorio ocupado. Los hereros supervivientes son reagrupados en campos de concentración (Konzentrationslagern), como lo pide un telegrama de la cancillería del 14 de enero de 1905. El recurso a tales campos no es nuevo. Hubo algunos similares en Cuba durante la guerra de independencia  y en Sudáfrica en el curso de la guerra de los Boers (1899-1902).Sin embargo, el colonizador alemán añade una novedad: el trabajo forzado. Explotados, subalimentados, maltratados, la mitad de los prisioneros mueren durante el primer año, la mayoría de las veces por agotamiento: 7.862 sobre las 10.632 mujeres y niños y los 4.137 hombres internados en los campos. Son destinados a las empresas civiles que pueden beneficiarse de una mano de obra gratuita o utilizados como vulgares esclavos.

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 Lothar von Trotha. Fuente: Wikimedia

El canciller príncipe Bernhard von Bülow (en el cargo entre 1900 y 1909) se oponía a la política de hechos consumados de Von Trotha al considerar que solo impedían que se continuara con la colonización y la actividad económica que se derivaba de la misma. Al no tener real autoridad sobre Trotha, el canciller solo podía acudir al emperador Guillermo II argumentando que las acciones del militar eran “contrarias a los principios humanitarios y cristianos, económicamente devastadoras y perjudiciales para la reputación internacional de Alemania.” El Imperio Alemán defendió inicialmente su modus operandi ante el mundo argumentando que el pueblo herero no podía ser protegido en virtud de los Tratados de Ginebra ya que, según el gobierno de Berlín, los hereros no podían ser clasificados como humanos sino como infrahumanos.

El escándalo internacional, sin embargo, crecía, pues numerosos colonos llegados del enclave británico de El Cabo, trabajaban en el África del SO alemana e inevitablemente eran testigos del tratamiento brutal dado a los hereros, su esclavización y asesinatos masivos. Para evitar que las noticias del exterminio de los nativos continuasen, Guillermo II accedió a censurar las acciones de Von Trotha y le ordenó detener sus políticas, pero cuando se tuvo noticia de ello en la colonia, en diciembre de 1904, ya casi el 40% de la población herero y el 50% de los Nama habían desaparecido.

Al comenzar 1905, la rebelión de los hereros había sido sofocada. De la tribu, en otros tiempos floreciente, no quedaba apenas rastro, solamente una decena de millar de individuos refugiados en las colonias británicas vecinas a los cuales se añadían algunos millares que se habían echado al monte.

En septiembre de ese año, la autoridad imperial dicta, por temor a la “degeneración racial” del Volk, una orden de prohibición  de los matrimonios mixtos, que desde mediados del siglo XIX, habían sido corrientes, especialmente entre los colonos  iniciales desarmados que acompañaban a las primeras misiones evangélicas.

En 1905, según una estadística del Ministerio alemán de las Colonias, había unos 10.632 mujeres y niños y 4.137 hombres, mayoritariamente Herero (aunque también de otras etnias) internados por las autoridades coloniales. Las condiciones de vida en los campos eran tan duras  que más de la mitad de ellos, 7.862 personas exactamente, perecen desde el primer año de cautividad.Al principio, los militares reservaban a los Herero para su uso personal. No será hasta 1905 y no sin dificultades que las empresas civiles obtienen su cota de prisioneros, mano de obra preciosa, ya que, como lo estipula  una circular “como prisioneros no hay que plantearse el pagarles por su trabajo.”

Cada detenido es tatuado con las letras GH por Gefangener Herero (Herero capturado) y los campos se inspiran en los creados por los británicos en Sudáfrica a raíz de la revuelta de los Bóers en 1901.

Fueron los Herero los que construyeron la línea de ferrocarril Luderitzbucht-Keetmanshoop. Un británico, Lelsie Cruikshank Barlet, testigo de los hechos, cuenta las escenas apocalípticas que acompañan estas obras: desnutrición, gritos e insultos, latigazos, violaciones, hombres y mujeres agotados o heridos, abatidos a los largo de la vía. Testimonio confirmado por un institutor herero Samuel Kariko:

El nuevo gobernador alemán prometió salvar la vida a los millares de supervivientes, esqueletos en pie en su mayoría que se escondían todavía en el monte. Serán agrupados, a su vez,  en la isla de Luderitzbucht en condiciones muy precarias […] La gente moría allí como moscas envenenadas. Los viejos y los niños en primer lugar; las mujeres, los hombres más débiles, después […] Los hombres válidos eran obligados a trabajar en los depósitos portuarios y ferroviarios. Las mujeres jóvenes, incluso las que estaban casadas, se convertían en concubinas de los soldados

Sobre las condiciones de vida en los campos es particularmente revelador el testimonio de  de Johan Nootchout, un holandés naturalizado británico:

Llegué a Luderizbucht y, después de algunos minutos apercibí 500 mujeres indigenas tumbadas a lo largo de la playa. Estaban manifiestamente destinadas a morir de inanición. Cada mañana y cada tarde les era necesario cavar de cuatro a cinco tumbas […] En otros sitios, vi cadáveres de mujeres […] comidos por aves de presa. Algunas de entre ellas habían sido manifiestamente abatidas a muerte […] Cualquier prisionero que intentaba escaparse era conducido delante del lugarteniente que le administraba 50 latigazos. El castigo era dado de la manera más cruel posible; trozos de carne volaban por los aires; […] Concluí en mi estancia que los alemanes  no estaban hechos para la colonización y que los crímenes atroces y los asesinatos a sangre fría no tenían más que un solo objetivo: la extinción de la población aborigen.

Friedrich von Lindequist, gobernador de la colonia de noviembre de 1905 a agosto de 1907, llama todos los Herero a concentrase en los campos de Omburo o Otjihaena desde donde son enviados  hacia los centros de obras ferroviarias o a campos de concentración como los de Windhoek, Swakopmund o Lüderitzbucht.

Von Trotha se ocupó seguidamente de los Nama, hasta entonces aliados de los alemanes. Chocados por la crueldad de la represión, estos se rebelan  a su vez poco después de la derrota de Hamaraki-Watenberg. El 22 de enero de 1905 el comandante germano no duda en evocar la suerte de los Herero para empujarlos a rendirse:

Cualquier Nama que elija no rendirse  y que sea visto en la zona alemana será abatido hasta que todos sean exterminados. Según la ley,  los que, al principio de la rebelión sean responsables de homicidios de blancos o que hayan dado la orden de matar a blancos lo pagarán con su vida. Para los que aún no hayan sido reducidos se hará con ellos como se hizo con los Herero, quienes en su ceguera creyeron ellos también  que podrían ganar una guerra contra el potente emperador alemán y el gran pueblo alemán. Os pregunto, ¿dónde están hoy los Herero?

Los Nama serán enviados al campo de concentración de  de Shark Island y sometidos, igualmente, a trabajos forzados. Todos los reos eran allí separados en grupos aptos y no aptos para el trabajo. Asimismo fueron pre-impresos certificados de defunción que indicaban “muerte por agotamiento posterior a la privación. La mortalidad en los campos alcanzó el 45% en 1908.

El campo de Windhoek albergó  alrededor de 5.000 prisioneros de guerra en 1906. Las raciones de comida eran mínimas, consistían en un puñado de arroz crudo, un poco de sal  y agua. Estas exiguas condiciones de alimentación vinieron acompañadas de caballos y bueyes que, al morir, eran entregados como comida a los prisioneros, originando la dispersión de enfermedades como la disentería. Las ejecuciones, palizas y linchamientos eran comunes y el sjambok o litupa (especie de látigo) era a menudo utiilizado para obligar a los presos a trabajar.

Al respecto  es ilustrativo un artículo publicado en el diario sudafricano Cape Argus publicado el  28 de septiembre de 1905 titulado “En la Sudáfrica alemana: más sorprendentes denuncias, horrible crueldad”. Se trataba de una entrevista con Percival Griffith, “contador que debido a los tiempos difíciles se hizo cargo de los transportes laborales en Angra Pequena, Lüderitz”,  en la que relataba su experiencia:

Hay cientos de ellos, mayoritariamente niños, mujeres y unos pocos viejos…cuando se caen agotados son atizados por el sjambok por los guardias, con extrema crueldad y fuerza, hasta que estos se levanten… En una ocasión vi a una mujer llevando en su espalda a un bebé de menos de un año, ella cayó y el látigo no tuvo ninguna piedad para con ella, golpeándola durante unos cuatro minutos hasta que pudo levantarse y, sin emitir quejido alguno, agarrar su carga y seguir con su trabajo, el bebé lloraba muy fuerte.

El 29 de octubre de 1905 muere, a consecuencia de una herida recibida en el campo de batalla de Vaalgras, Wittboi, el jefe de los Nama

No satisfecho con explotar estos y a los Herero, el colonizador va a utilizarlos como cobayas humanas. Cráneos -cerca de 800- y cabezas conservados en frascos serán enviados a Alemania con fines científicos. Objetivo: demostrar la superioridad de la raza blanca sobre la negra por la medida de los cráneos. Los restos (cráneos,  ojos, penes y otras partes del cuerpo) no fueron devueltos a Namibia hasta septiembre de 2011.

Las sociedades de antropología europeas y, particularmente, de Alemania,  se alegran de recibir masivamente cráneos de Herero y de Nama, vendidos por los soldados para supuestos estudios biométricos raciales, procedentes, sobre todo, del campo de exteminio de Shark Island.

El científico alemán Eugen Fischer (Karlsruhe, Alemania, 1874- Friburgo de Brisgovia, 1967) llegó a los campos de concentración  para realizar experimentos raciales, usando niños Herero y mulatos descendientes de mujeres Herero y padres alemanes como elementos para su examen. Conjuntamente con Theodor Mollison (Sttutgart, 1874- Munich, 1952) experimentaron también  con prisioneros Herero.

Estos experimentos incluyeron  esterilización, inyecciones de viruela, tifus y tuberculosis. Según el trabajo realizado por el investigador Clarence Lusane, los mismos serían  el precedente a los que realizarían años más tarde los médicos nazis siendo uno de sus alumnos Josef Mengele.

Ha habido que esperar hasta el 29 de agosto de 2018 para que Alemania restituyese a Namibia los huesos de los Herero y Nama exterminados en la época. La ceremonia se desarrolló en una iglesia protestante berlinesa. Michelle Müntefering, ministra adjunta encargada de la política cultural internacional en el ministerio federal de Asuntos Exteriores declaró: “Las atrocidades pepetradas en la época en nombre de Alemania son actos que se calificarían hoy día como genocidio aunque no es hasta más tarde que este concepto es definido en términos de derecho”. Sin embargo para Veraa Katuuo, co-fundador de The Association of the Ovaherero Genocide in the USA es como si la representante del gobierno alemán hubiese hurgado en la herida: “Me ha decepcionado que Alemania eludiese sus responsabilidades confiándolas a una iglesia  que ha sido cómplice”. La asociación ha presentado una querella contra el Estado alemán a este respecto aún pendiente de resolución por parte de la justicia americana.

Para el historiador Christian Kopp  de la alianza de oenegés  No Amnesty on Genocide, los Herero y los Nama tienen el derecho de preguntarse  “por qué la canciller Angela Merkel, quien algunos días antes había depositado flores en memoria de las víctimas del genocidio contra los armenios en 1914 no estaba presente en la ceremonia en memoria de las víctimas africanas del primer genocidio cometido por Alemania. Ya es bien hora  que el presidente federal o la canciller tengan el valor de inclinarse en el desierto de Omaheke en memoria de cien mil niños, mujeres y hombres Ovaherero y Nama asesinados entre 1904 y 1908”. Kopp lamenta “una aproximación altiva, de estilo colonial, una mezcla de ignorancia, por una parte y de arrogancia colonial profundamente  arraigada en relación a los pueblos africanos y negros”.

Volvamos, sin embargo, al año 1905. En la metrópoli diversas voces se levantan  en contra de la continuación de la política de von Trotha por parte de misiones cristianas así como de la oposición liberal y socialdemócrata en el Reichstag y también la prensa internacional empieza a ocuparse del asunto. Igualmente condicionantes económicos son puestos sobre la mesa en favor de un arreglo inmediato del conflicto. Como había previsto ya el antiguo gobernador Leutwein, la guerra había provocado una  auténtica penuria de mano de obra. Las empresas locales no dejan de reclamar al gobierno el traslado de los prisioneros de guerra. Otros factores que influyen en la búsqueda de una solución es la degradación a escala internacional del prestigio de Alemania, el temor a la formación de una guerrilla organizada o la penuria. El canciller Von Bullow para convencer al emperador Guillermo II utiliza los siguientes argumentos:

1º La política de exterminio no es cristiana. Es el punto más débil de su argumentación ya que el emperador estimaba  que los conceptos cristianos no se aplicaban ni a los paganos ni a los salvajes.

2º Se trata de una política poco realista.

3º Es una política económicamente insensata.

4º Esta política comporta el riesgo de dar a los alemanes una terrible reputación entre las naciones civilizadas.

August Bebel, líder socialdemócrata, por su parte, dijo que los Herero estaban haciendo lo mismo que Arminio en tiempo de los romanos. Arminio es la figura más conocida de la historia germana por su enfrentamiento frente a las legiones del Imperio.

Predominó, no obstante, el reconocimiento hacia Von Trotha. Alfred Von Schlieffen, miembro del Consejo del Estado Mayor del imperio dijo que “las intenciones de Von Trotha eran para alabar”.

De hecho, el militar fue condecorado el 19 de agosto de 1905 con la medalla Pour le Mérite, uno de los mayores reconocimientos civiles y militares del imperio

Finalmente, tras semanas de discusiones, Guillermo II cede y se pone fin a la política de exterminio sistemático. De ahora en adelante cualquier Herero que se entregue a las autoridades ya no será abatido sino considerado prisionero, obligado a trabajos forzados y marcado con las letras GH de Gefangener Herer. Los supervivientes al genocidio, aun así, no serán autorizados a repoblar el Hereroland, desde ese momento, tierra del imperio y serán reagrupados, como ya se ha comentado, en campos de concentración. El uso de la palabra Konzentrationslagern, traducido directamente del inglés, aparece tal cual en un telegrama  de la Cancillería fechado el 14 de enero de 1905.

En 1906, en parte por la presión parlamentaria, los presupuestos son recortados. Sin embargo, los supervivientes no serán autorizados  a volver a sus tierras. Estas han sido confiscadas y entregadas a los soldados alemanes que han regresado a la vida civil.

Desde 1907, todos los africanos  de más de 7 años de edad deben desplazarse  llevando consigo un pasaporte interno (una pieza de cobre numerada) que les designa una región concreta donde debe trabajar, obviamente integrados en la economía colonial. En cuanto a los Herero supervivientes son destinados directamente al trabajo forzado como siervos de los colonos.

La guerra termina oficialmente el 31 de marzo de 1907, pero los campos no son cerrados antes del 27 de enero de 1908 cuando los Nama deponen las armas. A mediados de febrero del mismo año  la importante tasa de mortalidad de los Nama (70%) trae como consecuencia el abandono de los trabajos y entre los que siguen todavía con vida, un tercio está tan enfermo que es probable que perezca en un muy corto plazo de tiempo.

La mayoría de los Herero desaparece en el espacio de siete años. Los historiadores divergen sobre el balance del genocidio. Según el informe Whitaker de la ONU (1985) serían unos 65.000 Herero (80% del total de la población) y 10.000 Nama (50%) los que habrían sido exterminados entre 1904 y 1907. Otras estimaciones aumentan el número de víctimas hasta las 100.000, mientras que algunos especialistas revisan el total a la baja. Así, consideran que la población herero era de 40.000 personas en 1904. Walter Nuhn avanza, por su parte, la cifra de 24.000 víctimas. En cualquier caso, excepto  para los historiadores negacionistas, el carácter genocida de la masacre no se cuestiona. El simple hecho que los Herero no constituyan hoy más que una reducida parte del mosaico étnico namibio lo evidencia. Los 120.000 Herero suponen tan solo del 6% al 7% de la población actual de Namibia, estimada en unos dos millones de habitantes.

BIBLIOGRAFÍA

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