Anarquismo Sindicalismo Revolucionario

1919, DE LA REVOLUCIÓN A LA REACCIÓN EN IGUALADA: OCHENTA Y CINCO DÍAS DE LOCAUT

En diversas ciudades catalanas, coincidiendo con el estallido de la huelga de la Canadiense en Barcelona, 1919 se inició con una revolución y finalizó con una reacción: un locaut patronal. En las páginas siguientes vamos a analizar cómo se desarrollaron ambos procesos en la ciudad de Igualada.

Reorganización anarcosindicalista

La huelga de la Canadiense y sus repercusiones en Barcelona han estado ampliamente tratadas. No volveremos a ellas. Solo comentar que, de forma mimética a lo que había sucedido en la ciudad condal, el 25 de marzo de 1919 en Igualada los anarcosindicalistas declararon una huelga general. La prensa local quedó sometida a censura militar mientras 300 somatenistas salieron a las calles.

Como la mayoría de las zonas industrializadas de Cataluña, durante el verano de 1919 Igualada fue un polvorín. Con un gobierno presidido por Antonio Maura y bajo el estado de guerra, las sociedades obreras fueron clausuradas, muchos sindicalistas fueron deportados, encarcelados o huidos mientras la crisis económica se agravaba y dejaba a muchos trabajadores sin trabajo. El hecho de que la provincia de Barcelona permaneciera en una situación de estado de guerra y exenta de garantías constitucionales no impidió que una serie de conflictos alterara la vida laboral, lo que hacía suponer que una vez levantado el estado de guerra el clima de malestar empeoraría. Esta suposición venía condicionada también porque de forma mimética a otras ciudades industriales de Cataluña durante estos últimos meses la CNT de Igualada había experimentado un importante crecimiento debido, sobre todo, a que la nueva estructura organizativa del Sindicato Único (reorganizado en 1918) permitía un mayor desarrollo del sindicalismo local.

En julio cambiaba el gobierno. Joaquín Sánchez de Toca fue llamado a presidirlo. Fiel a su ideología, puso como ministro de la Gobernación a un político reformista, el católico social Manuel Burgos y Mazo, partidario de la sindicación voluntaria y opuesto a la petición de la patronal catalana al proyecto de sindicación obligatoria y única. El nuevo ministro colocó de gobernador civil de Barcelona a Julio Amado, un hombre de talante dialogante, que llegó a la ciudad condal en unos momentos en que el levantamiento del estado de guerra privaba de protagonismo a Capitanía, inmovilizaba al Somatén y devolvía la legalidad a la CNT, ilegalizada la primavera anterior.

Tras un cierre de seis meses, el 1 de octubre se ponía fin a la clausura que pesaba sobre todos los centros obreros de España y la Federación Obrera de Igualada retomaba sus actividades. Salvador Seguí, Josep Molins y otros destacados sindicalistas de la CNT reemprendieron sus actividades propagandísticas por toda la Cataluña industrializada.

Rebelión empresarial: presencia igualadina en el Segundo Congreso Patronal Español

El levantamiento del estado de guerra a finales del verano de 1919 la patronal lo sintió como un hecho inquietante. A esta sensación de malestar se sumó el que, en un intento por canalizar la situación por la vía de la negociación, Sánchez de Toca planteó una serie de medidas legislativas en materia social. Ninguna de ellas contemplaba la petición de la patronal catalana que reiteradamente pedía el establecimiento de la sindicación obligatoria y única para patronos y obreros. Estos factores provocaron la reacción de la Federación Patronal de Barcelona (un verdadero sindicato único patronal), que instó a la Confederación Patronal Española, con sede en Madrid, a convocar un Segundo Congreso Patronal Español que se celebraría en el Palacio de la Música de la ciudad condal. El objetivo último del evento era el de decretar un locaut que primero sería de ámbito local, pero después se extendería a toda Cataluña e incluso a toda España. Durante la desestabilización que supuestamente provocaría este “pacto de hambre”, la patronal pensaba que podría derrocar al gobierno e “imponer al gobierno que conviene a España”. En definitiva, la patronal abogaba por un gobierno que pusiera fin al sindicato confederal ya fuera por la vía de la represión, ya a través de poner en marcha la medida de sindicación obligatoria.

En el Archivo Municipal de Igualada se conservan algunos de los documentos que la Confederación Patronal Española envió al Ayuntamiento de la ciudad anunciando la convocatoria del congreso. Empezaban de la siguiente forma:

“Cada día más enconada la lucha entre los factores Capital y Trabajo, que juntos integran la riqueza nacional, va haciendo insostenible la vida económica del país, que llegará a su completa ruina si no se consigue dar con una fórmula armónica de los intereses patronales y proletarios”.

Y unas circulares instaban a los patrones igualadinos a que enviaran memorias, apuntes, notas, proyectos, opiniones y, en general, “cuanto pueda ilustrar en el Congreso sobre cada uno de los extremos puestos a debate”.

La lectura de las actas del congreso permite comprobar algo que llama especialmente la atención: de los discursos de algunos de los oradores emanaron conceptos hasta ahora desconocidos entre el empresariado (rebeldía, provocación, energía, revolución, movilización, disciplina, patriotismo). En este sentido, una de las frases pronunciadas por el secretario de la organización resulta muy elocuente: “(…) Implantado en toda España [el locaut] equivale a una revolución (…). Si precisa se acordará para toda España”.

El locaut. El caso de Igualada

Algunos patronos por convicción, otros atemorizados por las coacciones ejercidas por la Federación Patronal de Igualada (fundada en mayo de 1919), la cuestión es que el empresariado igualadino se cohesionó en torno a esta organización para secundar un locaut en un movimiento unitario que corrió paralelo al que se daba entre los patrones de distintas zonas industrializadas de Cataluña.

El tres de noviembre de 1919 en Barcelona comenzó un locaut parcial. En Igualada, en las mismas fechas, en una fábrica de curtidos de la ciudad se decretó un local que, a instancias de la Federación Patronal igualadina, se fue extendiendo. Durante los días siguientes, el resto de las empresas enroladas en la organización fueron secundando el paro. Se deconoce la magnitud de este primer locaut, pero por la ciudad corrían rumores de que se estaba intimidando al gobierno para que decretara el estado de guerra. Se estableció entonces una Comisión Mixta, que fracasó.

Paralización total. Primer objetivo cubierto: cambio de gobierno y de gobernador civil

El 30 de noviembre de aquel 1919, Félix Graupera, constructor de obras y presidente de la Federación Patronal de Barcelona, ​​llegó a la ciudad condal procedente de Madrid con el acuerdo tomado en la sede de la Confederación Patronal de decretar el locaut total en toda Cataluña a excepción de los ramos de alimentación, servicios públicos, tiendas al por menor y prensa diaria. A pesar de que el gobierno declaró el locaut ilegal, ese mismo día, la Federación Patronal igualadina cumplía órdenes de la Confederación y acordaba decretar el “pacto de hambre”. Este segundo locaut, que sería total, estuvo en activo del 1 de diciembre de 1919 al 23 de febrero de 1920. Según informaba el diario La Vanguardia, en total, quedaron parados entre 8.000 y 9.000 obreros igualadinos (de los que, como hemos dicho antes, según fuentes obreras 5.600 estaban afiliados a la CNT. La población era de 12.512 habitantes).

¿Por qué los patronos de Igualada secundaron masivamente el locaut? Veamos. Igualada era una ciudad industrial que atravesaba una profunda crisis económica, tenía una gran cantidad de existencias almacenadas y contaba con un importante movimiento obrero de cariz revolucionario. Todo ello explica por qué en esa ciudad el locaut fue apoyado como en pocas poblaciones de Cataluña. Desgraciadamente, una férrea censura de prensa dificulta realizar un análisis pormenorizado de lo que día a día sucedió en la ciudad. Pero algunas notas aparecidas en los periódicos y otro tipo de documentación, entre ellas algunas hojas y manifiestos emitidos tanto por los patronos como por los obreros, han hecho posible reconstruir en cierta medida lo que significó el locaut igualadino. La lectura y el análisis de estas fuentes permiten afirmar que, aunque presentó una dinámica propia y se prolongó varias semanas más que en el resto de Cataluña, su desarrollo estuvo estrechamente vinculado al paro general que tenía paralizado buena parte del territorio catalán, pero sobre todo la ciudad condal. Los patronos igualadinos tenían en común con los industriales barceloneses y con los de otras zonas fabriles catalanas que vivían bajo el temor a una revolución obrera un punto importante: cómo fuera, debían resolver la crisis planteada por la posguerra. Con la declaración del locaut, la virulencia de la respuesta de la patronal a la crisis económica y social de esos años trascendía el marco más estrictamente laboral. En efecto, más que una cuestión puramente laboral o política -que también estaba- había un trasfondo: muchos sectores sociales pensaban que el desafío obrero ponía en peligro el mantenimiento de la sociedad burguesa.

La patronal catalana movilizó todos los medios disponibles para conseguir sus objetivos. En el Archivo Municipal de Igualada se ha hallado un suplemento de un Boletín que editaba la Federación Patronal de Barcelona y era enviado a las asociaciones afines. En este escrito, que evocaba fielmente el temor de que embargaba la patronal a finales de aquel 1919, la amenaza de la Federación quedaba expuesta: el locaut no finalizaría mientras tuvieran que tratar con el Sindicato Único. Mediante la medida de fuerza que representaba la amenaza de un locaut que se haría extensivo a todo el Estado, la patronal exigía que el gobierno aceptara los contratos de trabajo individuales. Con ello, pedía implícitamente la disolución del sindicato confederal.

La movilización de la patronal catalana era un elemento de desgaste decisivo para el gobierno liberal. El 12 de diciembre, el ministro de la guerra, Antonio Tovar, cesaba en el cargo. Acto seguido, el resto de ministros dejaba su cartera en manos de Sánchez de Toca. La impresión general era que quedaría constituido un gobierno militar. Pero, finalmente, se formó un gabinete de concentración, constituido por civiles. La presidencia del gobierno pasó a ser ocupada por un conservador maurista, Manuel Allendesalazar.

La grave crisis ministerial había finalizado con la constitución de un gobierno civil, no militar, pero produjo un importante cambio: un relevo en el Gobierno Civil de la provincia de Barcelona. En efecto, ante una posible insurrección del capitán general, Joaquín Milans del Bosch, que contaba con el apoyo de la patronal, el gobierno jugó fuerte para tener a raya a Capitanía y a la vez apaciguar a la patronal. El reforzamiento del poder civil, poniendo en el cargo de gobernador a un hombre considerado de “línea dura”, José Maestre Laborde, conde de Salvatierra, fue fruto de esta estrategia encaminada a controlar la trama golpista.

José Maestre Laborde, Conde de Salvatierra

Al llegar a la ciudad condal, Salvatierra realizó un análisis de la situación por la que pasaba la provincia y encontró a un culpable: el terrorismo anarquista. Decidido a acabar con la CNT, sólo esperaba el permiso gubernamental para clausurar a las organizaciones obreras y aplicar la represión. De momento Salvatierra no pudo llevar a cabo esta medida, pero sí siguió una estrategia que tendría como finalidad canalizar la conflictividad social por la vía de la negociación, a la vez que apoyar el despliegue y crecimiento de unos nuevos sindicatos, unos sindicatos distintos de los confederales: los Sindicatos Libres. Surgidos como una alternativa a la preeminencia sindical de la CNT, tuvieron una importante presencia en Igualada.

La llegada de Salvatierra no provocó ningún movimiento de reacción violenta entre los obreros, porque éstos seguían fielmente las consignas de no alterar el orden. Como durante el primer locaut, los sindicalistas igualadinos guardaban una férrea disciplina para con las consignas que venían dictadas por sus líderes sindicales, que a la vez seguían las directrices marcadas por los dirigentes anarcosindicalistas. Aunque estaban en una situación inusual, permanecían en calma: estaban parados, pero nadie les había comunicado que se les había despedido. Durante aquellos días, los anarcosindicalistas se reunían en el local de la Federación Obrera y celebraban actos destinados a “orientar a los trabajadores para que sigan con la misma conducta que hasta la presente”. No querían dar ningún motivo que justificara lo que la patronal pretendía: la declaración del estado de guerra. Esto significaría que el mando del orden público recaería en el capitán general de Cataluña y que el Somatén volvería a salir, armado, a recorrer las calles igualadinas. Entonces la represión sería férrea y comportaría el encarcelamiento y acoso de los dirigentes sindicales y el cierre de las sociedades obreras y su prensa.

El 20 de diciembre, la Federación Patronal de Barcelona redactaba un manifiesto en el que exponía cuáles eran las condiciones que los obreros debían cumplir para que se acabara el locaut. El manifiesto volvía a insistir sobre el punto básico que estaba en la base de la declaración del locaut y con el que la patronal trataba de negar representatividad a la CNT: los obreros debían firmar individualmente el contrato que les presentara la Federación Patronal de cada localidad. El documento fijaba también que el patrón tenía derecho a ejercer el despido libre. Las calles de Igualada, como las de todas las ciudades industriales catalanas, presentaban un aspecto inusual, con la Guardia Civil patrullando tanto a pie como a caballo. Las fuerzas de caballería del Regimiento de Castillejos sólo esperaban una señal para salir de los cuarteles.

Un sueño patronal: regular el mundo laboral sin la intervención estatal

El 15 de enero de 1920 la Federación Patronal de Barcelona se dirigía de nuevo a los obreros y a la luz pública catalana. El escrito daba a conocer una serie de normas generales que los trabajadores deberían aceptar para levantar el locaut. La Federación Patronal de Igualada hizo suyas estas bases por varias razones. En primer lugar porque mantenía ciertos vínculos con la federación barcelonesa y, aunque a veces lo negaba, en cierto modo se sentía obligada a seguir sus órdenes; de lo contrario se exponía a sufrir las consecuencias. Y, en segundo lugar, porque la patronal percibía que el momento para presentar las bases era el adecuado: estaba en medio de un largo locaut que tenía paralizada la producción catalana, la clase obrera estaba sometida a la miseria, los dirigentes sindicales se encontraban en prisión o habían huido y había un capitán general que, apoyado por el Somatén, amenazaba al gobierno con un golpe de estado. Las bases reflejaban fielmente que uno de los motivos por los que se había producido este movimiento de empresarios, traducido en la declaración del locaut, era impedir que se pusiera en marcha el definitivo proyecto de la semana laboral de 8 horas, decretada el pasado 3 de abril con motivo de la huelga de la Canadiense.

La patronal establecía el tipo de condiciones que deberían cumplirse para proceder al levantamiento del locaut. En síntesis eran las siguientes: el contrato de trabajo se haría por escrito, haciendo constar el salario y clase de trabajo a efectuar. Este contrato se adaptaría a la fórmula general que la Federación Patronal de Barcelona había presentado para todas las industrias, no permitiendo a ningún patrón imponer condiciones especiales en prejuicio de los obreros. El empresario podría exigir a sus trabajadores hasta un número de 12 horas semanales extraordinarias. Se podría contratar el trabajo por unidad de tiempo, es decir, fijando el salario por hora, o bien se podría contratar a destajo, y el patrón podría despedir de un día para otro a cualquier obrero. No se admitiría ninguna intervención de representantes ni delegados de sindicatos en la organización y distribución de de los trabajos. La inscripción de los obreros para reanudar los trabajos se verificaría a partir del 19 de enero hasta el 25. Quienes estuvieran conformes con estas condiciones podrían dirigirse a sus trabajos, haciéndolo personalmente o por escrito, para inscribirse en la lista que se abriría al efecto en cada puesto de trabajo. Se pondría en conocimiento de los obreros el texto del contrato y reglamento de la industria de que se tratara, a fin de que pudieran expresar su conformidad. En definitiva, en el ámbito de la empresa, el patrón podría aplicar los mecanismos que alejaran al obrero de cualquier tipo de control sobre su trabajo, una vez destruidos los espacios de resistencia e incluso de negociación.

Un par de días después, el comité de la Federación Obrera de Igualada respondía desde la clandestinidad a la provocación de la patronal distribuyendo un manifiesto entre los trabajadores que llevaba por título «La Organización Obrera de Igualada a todos los trabajadores». Los líderes sindicales informaban que, con el fin de intimidarles, la autoridad había cerrado el local de la organización, pero que ellos tenían como tribuna el manifiesto, y añadían: “cuando éste se nos prohiba tenemos la hoja clandestina y después el papel a mando escrito”. Aseguraban que las juntas de los sindicatos funcionaban y que «habrá comités secretos mientras circule un obrero por la calle». Los líderes anarcosindicalistas pedían a los trabajadores solidaridad y una serena y entusiasta colaboración. Temían que, con el cierre del sindicato, los obreros abandonaran la organización, y por eso hacían un llamamiento a los obreros para que no se dieran de baja “de las sacrosantas filas en que militáis y siguiendo esa conducta os haréis dignos luchadores del ejército invencible de proletarios que un día no lejano derrumbará y cerrará la antigua sociedad podrida de parásitos y explotadores”. Y pedían: “¡Alerta, pues, compañeras y compañeros: Que nadie entre en el trabajo sino que antes os lo advierta verbal o por escrito el Comité permanente de la Federación Local!”.

Probablemente, la llamada de los dirigentes obreros a sus bases pidiéndoles que no abandonaran el Sindicato Único era debido a que en aquellos momentos muchos obreros se estaban afiliando a los Sindicatos Libres, que estaban amparados por la patronal y el Gobierno Civil. Ocurre que no todos los obreros, por el hecho de serlo, son revolucionarios, pero sí son conscientes que necesitan un paraguas que los proteja de la sociedad capitalista.

A través de la prensa, las sociedades obreras igualadinas acusaban que la patronal igualadina empleaba subterfugios para negarse a conceder la jornada de 8 horas y seguir obligando a sus obreros a trabajar 10. Denunciaban también que la Federación Patronal de Igualada no hablaba en nombre propio, que estaba sometida y dependiendo de las consignas de la Federación Patronal de Barcelona. Mientras, por Igualada corrían voces que hablaban de actos de violencia contra la burguesía y de distintas acciones de sabotaje. Alguna publicación narraba que se había agredido a tiros al patrón curtidor Jaume Martí i Gabarró y a su hijo mientras trabajaban en la azotea de su empresa recogiendo “carnazas”. Sin embargo, el firmante de la nota dudaba si ese rumor era cierto. A finales de enero, dos atentados conmovieron a la sociedad igualadina: una bomba estalló, sin demasiadas consecuencias, en casa del presidente de la Federación Patronal, Joan Llansana y Bosch. Tres días después, explotó otra en el domicilio del secretario de la misma organización patronal, el patrón curtidor Jaume Talló i Talló. Entonces muchos sindicalistas fueron perseguidos, Uno de sus máximos líderes, Joan Ferrer, sintiéndose amenazado, huyó a Barcelona. A pesar de estos sucesos, los líderes sindicales ponían énfasis en resaltar el carácter pacífico del obrero igualadino y en la serenidad y calma que mantenían los trabajadores de la ciudad. Por el contrario, acusaban a la burguesía igualadina de utilizar todos los medios para conseguir hacer claudicar a la clase obrera.

El empresariado: ¿consenso o divergencias?

Como decíamos antes, el objetivo prioritario que llevó a la patronal a decretar el locaut fue el de conseguir imponer un gobierno que estuviera dispuesto a clausurar la CNT y a decretar la sindicación obligatoria y única. Sin embargo, cabe preguntarse, ¿qué sectores patronales habían sido partidarios de secundar la consigna del líder de la Federación Patronal de Barcelona, ​​Fèlix Graupera, y qué grupos empresariales estaban dispuestos a llegar hasta el final? Sabemos que la Federación Patronal de Igualada, el sindicato patronal que había decretado el locaut igualadino, había aglutinado en su seno a todas las asociaciones patronales sectoriales que funcionaban en la ciudad, aunque cada una de ellas tuviera, al mismo tiempo, un funcionamiento independiente.

No obstante, a pesar de esta unidad aparente, es lógico pensar que un locaut de esa envergadura produciría fricciones entre los propios empresarios. Dentro de la asociación que englobaba a los curtidores, por ejemplo, se conoce que se originaron problemas, provocando la dimisión de varios miembros de la junta directiva. El 1 de enero de 1920, en el local del Casino del Fomento (el “casino de los señores”), y bajo la presidencia de Agustí Baliu, la Asociación Patronal de Curtidores celebró una asamblea que tenía como una de las finalidades proceder a la elección de 5 miembros para cubrir estas vacantes. En esa misma reunión, se leyó un comunicado de la Federación Patronal de Igualada que recomendaba a los afiliados que tuvieran «constancia y fe» para continuar el paro.

De hecho, dejando de lado la situación de penuria a la que estaba sometida la clase obrera, quienes más se resentían de aquel interminable locaut eran los patronos económicamente más débiles. La situación se volvía insostenible para estos sectores empresariales modestos y probablemente en muchas ocasiones hicieron tambalear la consigna patronal de aguantar el paro hasta el final. Este miedo a que el “pacto de hambre” se rompiera generó un movimiento de solidaridad empresarial en toda la Cataluña industrial. En un gesto insólito, los grandes patronos catalanes apoyaron a los empresarios económicamente más débiles. Así, cuando la banca empezó a recortar los créditos a los industriales y comerciantes más modestos, la Federación Patronal de Barcelona puso a disposición del Sindicato de Banqueros todo el dinero con el que contaba la organización (doce millones de pesetas (de la época)).

Enlazado con lo anteriormente expuesto, un punto muy importante que conviene destacar es que durante el largo locaut decretado y sostenido por la Federación Patronal de Igualada, esta organización se hizo con el control del mundo empresarial de la ciudad. En este triunfo de la Federación Patronal igualadina no podemos menospreciar el carácter autoritario que esa organización tenía. Y no se puede menospreciar este elemento porque comportaba la amenaza de futuras coacciones contra los patronos que no quisieran obedecer sus consignas, mientras les sometía a una férrea disciplina. Por ejemplo: los fabricantes de yeso y cemento habían establecido un almacén único, desde donde no se realizaba ninguna venta sin el consentimiento por escrito de la Federación Patronal. Para tener acceso a cualquier otro servicio, siempre era necesario llevar una papeleta expedida por la organización autorizando la operación.

¡Ay de lo que haya traicionado nuestra causa!”. El reto anarcosindicalista

Además de tener una gran repercusión entre los sectores más obreristas y los situados cerca de la clase obrera, el manifiesto de la Federación Patronal de Barcelona emitido el 15 de enero también representó un reto para el gobierno. Ello quedó palpablemente demostrado. El presidente del ejecutivo, Manuel Allendesalazar, ordenó al gobernador civil que hiciera una demostración de fuerza delante de la patronal: que emitiera un bando ordenando que el locaut se acabaría cual él lo dispusiera, es decir, el 26 de enero.

El bando del gobernador se dio a conocer el 21 de enero, pero no hacía referencia alguna a las condiciones establecidas por la Federación Patronal. Al día siguiente, el Comité de la Federación Obrera emitía una circular a los obreros de Igualada y comarca. Hacía un comunicado conjunto con la CNT en respuesta al último manifiesto de la Federación Patronal y al bando ya la circular del gobernador civil. Los dirigentes sindicalistas se reafirmaban en su posición. Sostenían que las pretensiones de la patronal eran injustas y que los escritos del gobernador no respondían a un espíritu de imparcialidad, sino que estaban al servicio de la patronal. Pedían el reconocimiento del Sindicato, la readmisión del personal despedido y la libertad de los compañeros presos con motivo del presente conflicto. Hacían un llamamiento a los obreros para que no claudicaran en estos momentos, para que no firmaran contratos individuales y para que no entraran en el trabajo sin haber cobrado íntegramente los salarios percibidos durante las semanas del locaut.

A pesar de las órdenes del gobernador y del asentimiento de la Federación Patronal al levantar el locaut, a primeros de febrero Igualada continuaba parada por el locaut patronal. Formalmente el paro había finalizado, pero los obreros seguían sin ir al trabajo. La peculiar situación fue aprovechada por los dirigentes empresariales para insistir en la consigna de que el paro ya no existía, que ahora estaba ante una huelga general. Una huelga que había que castigar, a la vez que también era necesario reprimir las coacciones que los sindicalistas pudieran hacer a los “esquiroles” hasta que los trabajadores entraran sumisamente en el trabajo.

La llegada de Bartolomé de Roselló y el final del locaut

Desde el 26 de enero de 1920 Barcelona y otros lugares de la provincia habían vuelto más o menos a la normalidad, pero Igualada, junto con Manresa, continuaban totalmente paradas. Los obreros seguían en su negativa de no incorporarse al trabajo en las condiciones que marcaba la Federación Patronal.

El gobernador civil de la provincia estaba preocupado porque en esas dos ciudades continuaba el locaut. Probablemente, la inutilidad de sus diligencias fue el móvil que le impulsó a enviar a la capital de Anoia a un hombre de su confianza, el comandante Bartolomé de Roselló, ligado al tradicionalismo, que poco después sería llamado jefe del Negociado de Asuntos Sociales del gobierno civil de Barcelona, dependiente del Ministerio de Trabajo. Gracias a sus gestiones, el 23 de febrero el conflicto quedaba resuelto. Durante la primavera anterior Roselló había sido el impulsor de unos nuevos sindicatos que tuvieron una presencia importante en Igualada: los Sindicatos Libres. Anteriormente se ha hablado de ellos.

Propaganda del portavoz de los Sindicatos Libres, «Unión Obrera»

Y entonces ocurrió que, a pesar de que los directores del Sindicato Único obrero habían ordenado: “que nadie se inscriba en las listas de las fábricas y que nadie de vosotros acuda al trabajo sin previo aviso de este Comité”, los obreros desobedecían las consignas y se incorporaban al trabajo sin el previo aviso de este Comité.

Ante esta actitud, y con el Sindicato Único perseguido, los patronos se mostraron intransigentes e hicieron firmar a los trabajadores los contratos individuales, contratos de un día, que daban la facultad de despedir al trabajador de un día para otro. Asimismo, realizaron entre sus obreros una cuidada selección del personal; es decir, establecieron un nuevo «pacto de hambre». Dado que la Federación Patronal de Igualada, y el resto de federaciones patronales de otras ciudades, estaban en posesión de listas negras dejaron sin trabajo a los trabajadores considerados como más conflictivos, sobre todo a aquellos que habían tenido algún cargo en las juntas directivas de las sociedades obreras.

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Un trabajo previo a este artículo en Soledad Bengoechea: Les dècades convulses: Igualada com a exemple, Barcelona, ​​Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2002.

Soledad Bengoechea, doctora en historia, es miembro del Grupo de Investigación Consolidado “Treball, Institucions i Gènere” (TIG), de la UB y de Tot Història, Associació Cultural.

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